Algo que comparten todos los grandes imperios comerciales, desde los más caritativos hasta los más interesados, es que, por muy grandes que sean, se asientan bajo los hombros de gente pequeña. Gente sin grandes ambiciones, que busca ganarse la vida.
Leo era de esa "gente pequeña", y es sólo una expresión, ya que, físicamente, siempre superó, con mucho, la estatura normal de su gente. Nacido en Argentina, fue de joven a buscar fortuna a los Estados Unidos, donde, gracias a sus cualidades físicas, fue empleado por varias firmas como guardaespaldas o portero. Fama, fortuna, nada de eso estaba en la agenda del joven Villalobos, que lo único en lo que pensaba era en vivir su vida, sin pensar en los negocios que pudieran llevar sus patronos.

No era fácil para un latino llevar una vida fácil en aquella sociedad, pero eso no impidió que Leo se casara y tuviera una hija, Verónica. Enferma de un problema neuromuscular, la pequeña estuvo confinada a silla de ruedas desde muy pequeña. Esto impulsó a Leo a tomar trabajos más arriesgados y de moralidad más cuestionable, ya que la enfermedad era parcialmente genética.

Por eso, cuando su jefe de por aquél entonces, Augustus Sinclair, fue invitado al Sueño de Rapture, Leo fue uno de los muchos que lo acompañaron. Uno de los que componían la "gente pequeña", que pasó a habitar Artemis' Suites, junto con su familia, encargándose de los negocios que Sinclair Solutions estimase adecuado. Aparte de su usual función de portero o guardaespaldas cuando era necesario, Leo Villalobos también tuvo que encargarse de convencer a algunos periodistas de que no alzasen sus voces contra el negocio, o de que, en los tests tempranos de plásmidos, los pacientes se mantuvieran bajo control.
Pero Rapture pronto enseñó sus verdaderos colores, y sus gentes no tardaron en dejar de un lado sus fachadas de humanidad. El cóctel entre la sociedad objetivista de Andrew Ryan y los plásmidos comenzó a agitarse, y muchas de las personalidades más destacables comenzaron a distorsionarse.

Para Leo, el comienzo del fin fue la desaparición de su esposa, la doctora Vega, que trabajaba en el Pabellón Médico con el prestigioso Dr. Steinmann. Un cirujano que tenía tanto de genial como de loco, y que, según los rumores, no se tomaba muy bien que le llevasen la contraria. Leo se crujía los dedos pensando en lo que le haría, pero, entre la falta de su esposa y la inseguridad en las calles, decidió que la salud y el bienestar de la pequeña Verónica valían más que cualquier venganza que pudiera completar.
Según los disturbios se fueron haciendo más crecientes, la obsesión de Leo con mantener a salvo a su pequeña Verónica fue aumentando, y no tardó mucho en faltar al trabajo, encerrándose en casa con una escopeta cargada, preparado para disparar contra todos los que, en su mente, pretendían llevársela para hacerle cosas horribles.

Y vinieron, sí. Finalmente vinieron. Pero no eran contrabandistas, ni agitadores, ni ladrones. No eran monstruos. Era el señor Sinclair, con un par de sus hombres. Se presentaron allí, sin más, llamando educadamente a la puerta. Con una cortesía en la que Leo no dejó de ver cierta amenaza velada, se interesaron por sus faltas, y por su situación en general, aunque no tardó en comprender que ya conocían gran parte de la historia. Al fin y al cabo, llevaba varios años trabajando con ellos. Eran prácticamente de la familia, ¿verdad?

La pequeña paralítica, la mujer desaparecida, la falta de seguridad… Era normal que Leo estuviera tan desesperado. Era normal que Leo hubiera faltado al trabajo, preocupado por el bienestar de su hijita. Y Augustus Sinclair se preocupaba del bienestar de sus trabajadores.
Pero, en el fondo, no había nada de qué preocuparse, le aseguraron. Antes, en la superficie, las enfermedades habían sido una plaga que había atenazado a la humanidad, pero allí… Allí, con los plásmidos, todo era posible. Las dolencias genéticas eran una cosa del pasado. Leo era como de la familia, y Sinclair se preocupa por su familia.

"Así que haremos esto". Le explicó, bajándose colgándose las gafas del cuello. "Si la pequeña es lo que te preocupa, sus piernas, le… Le daremos unas piernas con las que pueda andar". Se inclinó hacia la pequeña. "Unas piernas con las que puedas correr con los demás niños… Te gustaría, ¿verdad?" Leo podría decir muchas cosas, pero no podría decir que no ante la sonrisa feliz de su hija. ¡Podría jugar con los demás, ser una niña normal! Y todo ello, solo con una sencilla operación, en el interior de Sinclair Solutions.
Leo sonrió cuando la vio allí, entre los médicos, a la pequeña Verónica, hablándoles de su mamá, y de que ella, cuando creciera, también querría ser doctora.

Fue la última vez que sonrió. Todo el afecto que Sinclair había mostrado para con él a la hora de traerlo al trabajo se esfumó una vez tuvo lugar la operación, y en un abrir y cerrar de ojos, el sicario se descubrió cubriendo un turno tras otro, siendo enviado de lado a lado de Rapture sin poder descansar. Sin poder preocuparse por su Verónica.
"Está en recuperación", le decían, cuando preguntaba. "Está siendo rehabilitada". Cada día, una nueva excusa. Cada día, Leo tenía un poco menos de paciencia. Y Verónica seguía desaparecida.
"¡Sinclair!" Aporreaba la puerta, buscando al único hombre al que podía pedir explicaciones de su situación. Pero éste no contestaba, y los demás le daban evasivas. Cuando quiso buscar en las profundidades de Sinclair Solutions, se encontró con que sus averiguaciones no conducían a ninguna parte. Se encontró con que Verónica había desaparecido, no sólo de su lado, sino también de allí. No estaba. Se había desvanecido.

Entonces fue cuando confrontó realmente al dueño de la compañía. Echando la puerta abajo, entró en su despacho, hecho una furia, después de derribar sin ningún esfuerzo a los guardias. Lo agarró de las solapas de la camisa, y lo levantó en volandas. "Mi hija" gruñó, perforándolo con la mirada. "Verónica Villalobos. Ocho años, cabello negro, silla de ruedas…" El panameño que tenía sujeto respiraba agitado. "Dónde está… ¡Ahora!"
"¿Estás mal de la cabeza?" Replicó su interlocutor. "¡Suéltame!¡Seguridad!¡Quitadme a éste tarado de encima!"
El intercambio con Sinclair no duró demasiado; Cuando Leo comenzó a faltar por los disturbios, los guardias de la compañía modernizaron sus armas, y ahora eran los flamantes portadores de unos plásmidos de Electrorrayo, que no tardaron más de unos instantes en hacer caer electrocutado a Leo, en sus más de dos metros de altura, arrodillado ante Sinclair.

"¿Quién te has creído que eres, chico, para venir con esos aires?", le preguntó el gran hombre, recolocándose los tirantes. "Ignoras a tu jefe, tu trabajo, faltas a tus obligaciones... ¡Me has costado una maldita fortuna! ¿Y encima vienes aquí con exigencias, amenazándome?" Leo trató de levantarse, pero los guardias lo encañonaron con armas convencionales. Al menos, pensó, era mejor que la electricidad. "Respecto a lo de esa cría… Sabes, en realidad debería agradecerle al Dr. Steinmann… Si no se hubiera librado de tu mujer, habría sido mucho más difícil separaros."
"¿Qué has hecho con ella, monstruo? ¡Sólo tenías que arreglarle las jodidas piernas!" Gruñó Leo desde abajo. "¿Arreglarle las piernas? ¡Le hemos dado una vida entera, muchacho! ¡Le hemos quitado esa patética vida que tenía y le hemos dado una nueva! ¿Te suena el ADAM? ¿Sabes a cuánto se vende, y cuánto puede tener un solo cadáver de splicer, listo para procesarse? ¿Y sabes cuánto me paga Andrew Ryan por cada mocosa que le convierto en recolectora?"
Se la habían llevado. Eso era lo que entendía Leo. Se habían llevado a su pequeña, se la habían arrebatado. Y él, inocente de él, se la había entregado gustoso. No le habían devuelto las piernas… La habían convertido en un monstruo. Y allí, fue cuando Leo Villalobos perdió el control.

Cuando comenzaron a construir Rapture, haciendo las primeras prospecciones, fue encontrada, no muy lejos, una gran caverna en el suelo volcánico, caverna que Augustus Sinclair se apresuró a comprar antes de que atrajese miradas codiciosas. Allí fue donde instaló su negocio, y más allá, al borde del precipicio que daba a una fosa, realizó otra construcción: La penitenciaría Persephone, donde eran encerrados los disidentes y los criminales, gente que no sólo no entraba en el sistema, sino que se convertía en un problema para éste.
Podrían haber muerto, haber dado de comer a los peces, pero allí, vivos y despojados de su libertad, eran mucho más útiles, ya fuera como esclavos o como sujetos de experimentación.

Bien, pues Leo dio con sus huesos en una de aquellas diminutas celdas, colocadas alrededor de una columna central en una plaza de cinco metros de diámetro y con sendos guardias armados. Allí fue donde Leo fue a parar, y donde pasó los días siguientes, encerrado y dándole vueltas a la desaparecida pequeña.

Una prisión de la superficie tiene ciertos estándares que mantener de cara al público, pero en Rapture… En Rapture a nadie le importa qué ocurra entre rejas, y menos aún en tiempos de disturbios fuera de ellas. Las condiciones eran inhumanas, enloquecedoras. Leo no tardó en ceder, y su obsesión con la desaparición de su familia comenzó se intensificó. Era su culpa, se dijo. Todo aquello era su culpa. Aquella espiral de locura en la que había entrado al bajar a Rapture, y en la que había metido también a su esposa e hija… Todo era culpa suya. Y ahora, Irene, su mujer, había desaparecido, y Verónica le había sido arrebatada.

Acosado por la culpa y los remordimientos, Leo fue sumiéndose en una espiral de autodestrucción, y ni siquiera el Dr. Grimes, el terapista, era capaz de sacarle una palabra decente, de mantenerlo aferrado a su propia identidad. Porque Leo Villalobos era el que había bajado allí, siguiendo el sueño de una vida mejor, y Leo era el que había perdido a su mujer a manos de un médico demente y a su hija a manos de uno que no lo era. Leo era el que había sumido su vida en un infierno bajo el agua, y, si él era Leo, entonces era algo horrible. Así que su nombre no tardó en dejar de cobrar importancia. Él dejó de ser Leo, dejó de ser un hombre, y su nombre dejó de importar, al tiempo que otro nombre comenzaba a correr de boca en boca.

El nombre de Sofía Lamb, una disidente política encarcelada por Ryan, se extendía en el micro-ambiente de la cárcel. Miedo, curiosidad, veneración… La psiquiatra no dejaba indiferente a nadie, y hasta el Dr. Grimes tenía una opinión sobre ella.
Pero él no. A él no le importaba que fuera una experiencia nueva, que sus palabras resonasen en el alma de las personas. No le importaba su espiritualidad, ni la filosofía colectivista. Sus ojos muertos ya sólo miraban al suelo, ya sólo se agitarían por la llegada de la pequeña Verónica, a la que, sabía seguro, nunca más vería. Y, si no lo hacía, ¿Qué importaba el resto? ¿Qué importaba aquella mujer, o el Dr. Grimes, o Sinclair, o nadie?

Tal vez habría sido diferente si ese preso realmente hubiera escuchado, como los demás. Si hubiera mostrado interés, tal vez habría sabido que la Dra. Lamb también ansiaba, como él, reencontrarse con su hija, y que también ésta le había sido arrebatada para ser convertida en Little Sister. Si la hubiera escuchado, tal vez se habría identificado con ella, y tal vez se habría convertido en uno más de la Familia Rapture.
Si la hubiera escuchado… Pero no lo hizo. Aquel preso no escuchaba nada, más allá de su propia cabeza, repitiéndose una y otra vez que la había perdido, que Verónica no volvería. Verónica, ese era el único nombre que escuchaba.

Hasta que, un día, la puerta de su celda se abrió de nuevo. Dos guardias, armas en mano, le apuntaron al pecho, y entre ellos apareció el Dr. Grimes, acompañado del propio Sinclair
"No sé qué busca el Dr. Alexander de él", le decía el Dr. Grimes. "Desde que entró aquí, no creo que haya pronunciado palabra coherente". Lo miró, casi con pena, y negó con la cabeza. "Creo que sacarían más de él si usan el plásmido Hipnotizar".
Sinclair lo miró, por encima de las gafas, con una mueca de desaprobación. Una sombra del hombre que fue, podía leerse en sus ojos. En otro tiempo, el preso habría saltado sobre él, con o sin armas, pero tras su paso por Persephone, ya no importaba. Ya nada importaba. "Me hago cargo, Dr. Grimes. Pero, conociendo al Mr. Villalobos, creo que será precisamente lo que busca el Dr. Alexander". Se volvió a su acompañante, que miraba a Leo con curiosidad. "Físicamente sí, pero sus ojos están muertos, y no estoy seguro de cómo funcionará la impronta mental en alguien tan inestable..."
Sinclair suspiró. "Heh… Dr. Alexander, los hombres como éste, sólo son tan débiles como lo son sus metas. Hágame caso, éste es precisamente el hombre que necesita para su proyecto Protector. Lo único que requiere, es la motivación adecuada". Después de éstas palabras, se volvió hacia el preso, ajustándose las gafas, y se inclinó hacia él, que estaba acurrucado entre la suciedad y mugre de su celda.

"Dime una cosa, muchacho… ¿Qué darías por volver a ver a Verónica?"

Al oír aquellas palabras, aquel nombre, algo en el interior del preso lleno de mugre, suciedad y obsesión se removió, y desde el fondo de su psique, el hombre llamado Leo Villalobos alzó la mirada, y atravesó con ella a Augustus Sinclair.


El Big Daddy emitió un gruñido de alarma, cambiando el verde de su escafandra por un amarillo ámbar. Miró a su alrededor. Aún estaban en el restaurante Kashmir, concretamente en los baños. Junto a él estaba la pequeña Little Sister, mirándolo con sus ojos brillantes muy abiertos, y al otro lado, entre ellos y la salida, Roy Salazar y la señora Diamond, montando guardia con las manos cubiertas de hielo.

Salazar, por su parte, lo miraba, con una herramienta en la mano. - ¿Y bien? ¡Ya he terminado! ¿Qué te parece? – Le preguntó, admirando su obra. Tras el combate que habían presenciado, y la asombrosa actuación del Big Daddy, se había autoasignado la tarea de arreglar los rotos y descosidos de su traje, convertir a aquel despojo de protector en alguien que pudiera mantener viva a su Little Sister. "Llámalo orgullo profesional, si quieres…", había dicho, más para sí mismo que para los demás. "Pero si veo algo estropeado, tengo que arreglarlo". Y, dicho y hecho, se había puesto manos a la obra. Tras piratear la cámara que había fuera para protegerlos de visitantes indeseados y colocar a Diamond haciendo guardia, Roy había recogido lo que había podido usar y se había propuesto reparar en lo posible la protección del coloso.

Dejándole espacio tras el protector a la Little Sister para sentirse segura, Rex había zurcido e intentado arreglar y mejorar el estado del coloso, que, gracias al plásmido de curación con el que contaban todos los Big Daddy, no estaba en tan mal estado como pensaba. Lo peor de todo era la pérdida de su arma principal, el taladro. Sin él, el Big Daddy había quedado francamente expuesto ante los ataques splicers, pero Roy no tardó en encontrar una solución: Aquella gran puerta, más alta que ambos y casi igual de gruesa.
No sabía de dónde la había sacado, pero una vez la hubo fijado a su muñón y lo vio levantarla, aparentemente sin mucho esfuerzo, se dio cuenta de que, como escudo, no tenía precio. - ¿Y bien?

El Big Daddy la levantó y la movió a los lados, comprobando su maniobrabilidad y emitiendo después un sonido de aceptación. – Bien. – Sonrió Roy, retrocediendo y mostrándosela a Ikana. – He conseguido mejorar un poco el diseño original, ¿no crees?
La patinadora lo miró de arriba abajo, evaluándolo, y luego arqueó las cejas. – Tienes razón. Me gusta. Pero ahora, con ese escudo, ya no se parece a un Bouncer. Es un nuevo tipo, una nueva serie. El primer sujeto, de la serie Bunker.