Disclaimer: Ninguno de los títulos o personajes utilizados aquí, me pertenecen. Son propiedad intelectual y mercantil de sus respectivos autores. Así es, no gano nada escribiendo esto.

Títulos: El Origen de los Guardianes. Cómo entrenar a tu dragón. Valiente. Enredados. Los Croods. Hotel Transilvania. ParaNorman. Epic: El Reino Secreto. Nuevas adiciones: Gravity Falls. Star VS Las fuerzas del Mal. Hora de Aventura. Miracolus: Las Aventuras de Lady Bug. Over the Garden Walls. Frozen. Moana: una aventura en el mar. Sendokai Champions. Avatar: La leyenda de Aang y la Leyenda de Korra. Kubo y la Búsqueda Samurai. El Loráx. Steven Universe. Coraline y la Puerta Secreta. Seis Grandes Heroes. Intensamente. Ralph el Demoledor. Los Increíbles.

¡Hola de nuevo! Esta secuela estará centrada en Mérida, pero como saben no dejo de lado a otros personajes.

Como se habrán dado cuenta por fin agregue las series, caricaturas y películas que se incluirán desde ahora. No sé si agregaré más en el futuro. Por ahora este me basta.

Agradezco el apoyo que me han dado en "El Sello Roto" y "El Adagio de los Muertos", precuelas de este fanfic. Espero que "La Prisión Cósmica" también tenga un buen recibimiento.


Prólogo


"Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos. La identidad no es una pieza de museo, quietecita en la vitrina, sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día".

—Eduardo Galeano.


Mérida despertó a las cinco de la madrugada. Antes no había tenido ningún motivo para levantarse tan temprano. Elinor solía reñirle por tener que despertarla con mucho esfuerzo, pero eso había quedado atrás. Quedarse dormida hasta mediodía durante vacaciones ya no era una opción.

Tenía que volverse más fuerte.

Salió de la cama para cambiar su pijama por su ropa deportiva. Ató su cabello con un lazo rojo, sin importarle si quedaban algunos mechones colgando. Sabía que no importaba su aspecto para lo que iba a hacer. Bajó a la cocina donde tomó un vaso con agua y se dirigió a la puerta trasera, que colindaba con la parcela de bosque en su patio. Empezó su rutina con ejercicios de calentamiento y algunos de estiramiento.

Tras finalizar miró al cielo oscuro. Las estrellas que se veían aún. Faltaban dos horas para que su madre despertara y comenzara oficialmente el día para todos los ocupantes de su casa.

Llenó sus pulmones con el fresco aire de los campos en Castleton. Era una mañana fría, pero no le importó. Trotó hacia el bosque siguiendo el sendero de hojas y hierba aplastadas que se hiciera desde que había comenzado a ejercitarse, al inicio de las vacaciones. La misma rutina que Levi les había enseñado, más otros ejercicios que aprendió de su padre.

Dos horas diarias en la mañana, dos horas de práctica de arco y espada por la tarde a escondidas de su madre. Fergus la ayudaba con eso.

El camino había sido memorizado por Mérida. Conocía cada lindero, recoveco y atajo entre los árboles, y reconocía el sonido de cada animal pululando por ahí. Era parte de su entrenamiento, ser capaz de estar atenta a cada cosa a su alrededor. Además correr siempre la había hecho sentirse libre, al igual que cabalgar. Recordó la pelea de la noche anterior. Su madre le había reñido por no haber depositado las migajas sobre el bote de basura, como correspondía.

No era extraño que tuviera problemas con Elinor, había sido así desde que aprendió a caminar. Elinor había insistido en convertirla en una respetable bruja con excelentes modales. Por supuesto, no era algo que a Mérida le apeteciera hacer siquiera darle un poco de su atención. Sus desacuerdos habían sido muchos, pero no tan fuertes como ahora que Hiccup vivía con ellos.

Mérida quería a Hiccup, incluso si apenas estaban viviendo como familia, y él estaba pasando por una situación delicada. Mérida estaba dispuesta a apoyarlo en lo que pudiera.

En sí que Hiccup viviera con ellos no era un problema… hasta que Elinor lo convertía en uno.

Parecía que lo que Elinor no había encontrado en ella sí lo había encontrado en su primo. A ojos de su madre, Hiccup tenía las cualidades dignas de un miembro de la familia Jolene. A Mérida le disgustaban las no disimuladas comparaciones que hacía entre ella y su primo. Era como si le gritara en la cara que era defectuosa, un producto que no cumplía con las características de lo aceptable. «Aceptable», según Mérida, sólo podía significa una cosa: aburrido. Su madre era terriblemente aburrida, no tenía nada emocionante que contar ni siquiera porque provenía de una familia que había sido reconocida por domar dragones.

Por eso Mérida se sentía más identificada con su padre. Fergus era un torpe bruto, pero amaba a su esposa y a sus hijos. Mérida y sus hermanos pasaban buenos momentos oyendo sus historias de juventud. El único que la entendía era él, no obstante, dado que padre solía apoyar la mayoría las decisiones de Elinor tampoco era el más confiable apoyo. Tampoco podía contar con sus hermanos; Hubert, Hamish y Harry eran muy pequeños como para ayudarla a resolver sus conflictos. En cuanto a Hiccup, lo dejaba fuera del tema sin discusión.

Sus amigas habían sido su única salvación. Alicia y MK habían estado dispuestas a soportar sus quejas y a darle consejo en sus momentos más oscuros. Ferret y Manny también la apoyaban, así como Wee (aunque este último no era el más hábil en el tema). Visitar a sus amigos de la infancia mantenía tranquila a Mérida, fuera de pensamientos que prefería no tocar. Al finalizar sus visitas, regresaba a casa sin la menor intención de odiar a su primo, pues él no tenía la culpa de nada, salvo de ser hijo de la hermana muerta de su madre y la representación perfecta de lo que un verdadero Jolene debía ser.

"No pienses en eso. No pienses en eso", se dijo a sí misma aumentando la velocidad. Pero los pensamientos iban y venían con voluntad propia, conduciéndola a pensar en lo feliz que sería si su madre dejara de molestar, si simplemente desapareciera. "¡No pienses en eso!".

Dio un paso en falso, cayendo y dando vueltas en la tierra y la maleza hasta quedar tendida boca arriba.

—Auch —dijo sin tener la menor intención de levantarse pronto.

Miró al cielo otra vez. Los primeros rayos teñían los colores oscuros por unos más claros. El mundo estaba tranquilo a pesar de su desesperación. ¿Cómo podía ser eso justo?

Se levantó y retomó su carrera. Cuando completó el recorrido, regresando a su casa, realizó una serie de ejercicios para ganar fuerza y tonificar cuerpo, usando pesas y ligas para apoyarse. Cuando el sol se asomó por el horizonte, supo que el tiempo había acabado. Estiró los brazos antes de ir al cobertizo al lado de su casa. Su caballo, Angus, bramó felizmente en cuanto la vio. Mérida le dio avena en un bote especial, limpiando el cobertizo mientras Angus se alimentaba. La limpieza no tomaba tiempo, pero servía como excusa para justificar su sudor y su aroma pestilente.

—No se lo cuentes a nadie, Angus —dijo Mérida dándole una jugosa manzana como postre. Angus era un caballo especial, como si pudiera entender lo que le decía de verdad, por lo que supo que su secreto estaría a salvo—. Nos vemos luego, con suerte haré que mi madre olvidé lo de mis lecciones extras de historia y me dejé la tarde libre. Cabalgaremos un rato. ¿Te gusta la idea, amigo?

Angus soltó un bramido afirmativo y le mordió de forma juguetona una ramita que tenía atorada en el cabello. Mérida le dio una última caricia y salió del establo para ir a desayunar.

En cuanto entró la atrapó el aroma de tarta de manzana recién hecha y el ruido y risas de sus hermanos jugando en la mesa. Su madre estaba hablando con Hiccup a la vez que le servía una buena ración de tocino frito con una rebanada de tarta. Elinor estaba decidida a hacer que Hiccup subiera unos cuantos kilos, lo que era una meta imposible dado que no había habido un cambio en el peso de su primo sin importar la cantidad de comida que ingiriera. Mérida saludó a su padre y a sus hermanos y se sentó al lado de Hiccup, que le extendió un vaso para llenárselo con fresca agua.

—Gracias, Hicc —dijo Mérida zampándose el agua.

—Oh, Mérida, ¿qué estuviste haciendo para terminar así? —preguntó Elinor. Mérida se miró. La ropa estaba llena de tierra, el cabello de ramas y hojas, y las pecas desaparecían detrás de una delgada capa de mugre. Mérida gimió derramando el agua sobre sí logrando que Elinor pegara el grito al cielo.

Mérida gimió de nuevo.

—Esos modales… recuerda que una dama no debe sentarse en la mesa en tales fachas. Una dama de estar presentable en todo momento —regañó Elinor moviendo su varita y limpiando en un santiamén a Mérida—. Que cuides a ese caballo no significa que debas descuidar tu apariencia, Mérida.

"¿Estás bien? ¿No te hiciste daño?... bah, nunca me preguntará nada como eso", se dijo Mérida bajando la cabeza.

—Lo único bueno de eso es que te levantas temprano. Antes no lo habías hecho y creo que tiene que ver con que tú estés aquí, Hiccup —por un segundo la expresión severa se suavizó—. Me alegra ver que tus buenos hábitos están siendo asimilados por Mérida.

"¿Buenos hábitos? ¡Pero si Hiccup no recoge los papeles de las notas que hace! Tiene un tiradero en su habitación, pero no le dices nada. Además, muerde los lápices", pensó Mérida apretando los puños sobre sus rodillas.

—Mérida por razones propias, tía Elinor —explicó Hiccup con suavidad al notar su turbación; Mérida le dirigió una mirada de agradecimiento mientras esperaba que su intervención fuera suficiente para que su madre se detuviera.

Pero Elinor tenía más cosas por decir.

—No la excuses, cariño, mi hija tiene que aprender a escucharme —dijo con convicción mientras ponía frente a ella un plato con avena acompañado de frutas picadas. Elinor cuidaba la alimentación de Mérida—. Una bruja no debería perder el tiempo en actividades que no ayuden a su formación mágica, aunque admito que la equitación puede tener sus beneficios. Lo que no me parece adecuado es que venga a la cocina sin asearse antes de sentarse. No es una conducta digna de una dama.

—Bueno, limpiar estiércol de caballo no es una tarea que haga una dama —dijo Mérida—. Qué suerte que yo no quiero ser una.

Fue como si hubiera asesinado a alguien frente a su madre.

"Aquí vamos de nuevo", pensó hastiada.

—Tus comentarios sin sentido sólo logran que esté más decidida a que te vuelvas una bruja respetable. Este comportamiento no es adecuado.

—¿Para una dama? Bueno, pues lo repito. No quiero ser una dama. Y no pienso que eso me haga menos respetable, sólo insoportable para ti.

—Basta, Mérida. Te lo advierto, no quiero tener que tolerar tus desplantes infantiles durante el desayuno.

—¿Desplantes infantiles? ¿Es eso lo que significa para ti que me defienda de tus acusaciones? —se levantó de golpe, golpeando la mesa con los puños.

—No toleraré más de tu rebeldía, jovencita. En esta casa hay reglas y tienes que obedecerlas.

El ambiente ameno y cordial pasó a uno tenso y frustrante. Los trillizos dejaron de reír y jugar. Fergus estaba indeciso entre interceder o no. Hiccup se mantenía a la espera.

—Eres tan injusta conmigo —dijo Mérida aguantando las ganas de agregar: "y con Hiccup no lo eres".

—Tener reglas y seguirlas no es el fin del mundo, Mérida. Es incomprensible que no seas capaz de escuchar lo que digo. Obedecer a tu madre no es un castigo es la obligación de los hijos.

—O la de un perro.

Elinor torció la boca de disgusto, pero Mérida estaba harta como para tomarlo en serio.

—No habrá postre para ti en dos semanas, ni tampoco cabalgarás y no podrás recibir correspondencia de tus amigos —ordenó Elinor—. Si dices que te trato como a un perro, bien, que así sea.

—¿Qué? ¡No! ¡No puedes hacerlo!

—Claro que puedo, y no recurras a tu padre, él está de acuerdo conmigo —levantó el mentón y miró hacia Fergus que se había atragantado con tocino repentinamente.

Mérida no toleró sentirse superada. Pateó una de las patas de la mesa logrando que la comida se cayera al piso. Dio media vuelta y salió disparada a su habitación sin atender a los gritos de Elinor. Cerró de un portazo la puerta de su alcoba y se sentó en la cama refunfuñando.

Elinor se quejaba de que no la escuchaba, pero ella tampoco escuchaba a Mérida. Su madre sólo quería verla como si fuera una muñequita sin sentimientos ni ideas propias. ¿Era tan difícil para su madre entender que ella no era una marioneta?

Su estómago gruñó. Por el enojo había olvidado comer y tras dos horas de ejercicios, estaba hambrienta. Pero bajar a la cocina significaría una derrota aún peor y no quería que su madre empezara otro sermón. El castigo había sido muy duro para hacerla pensar las cosas dos veces.

Un toque en su puerta la hizo salir de su miseria. No podría ser su madre ni tampoco su padre, y sus hermanitos no tocarían sólo entrarían sin preguntar.

—Pasa, Hiccup.

La puerta se abrió dejando ver a su primo sosteniendo una bandeja con comida. La boca de Mérida salivó como el perro de Pavlov. Su estómago gruñó tan fuertemente que Hiccup se le quedó viendo como si tuviera vida propia, para después poner la bandeja en la cama. Mérida notó que la comida era el desayuno que Elinor le había preparado a él y sonrió con complicidad. Hiccup siempre se las arreglaba para no comer las grandes cantidades que su tía le imponía.

—Aceptaré ayudarte con tu desayuno si comes conmigo —dijo Mérida tomando un trozo de crujiente tocino.

—Hecho —dijo Hiccup.

Comieron en silencio creando esa atmosfera de comprensión que habían desarrollado hace poco. Mérida no conocía a fondo a Hiccup, y viceversa, así que no podrían ofrecerse un consuelo adecuado. Hiccup no quería ser juiciosa con ella, menos recriminarle, cuando no le correspondía. Una brecha entre ellos, no como una barrera sino como una justa limitación. Estaban cómodos con eso, aunque a veces Mérida solía meterse en asuntos como su relación con MK o con convencerlo de unirse a Quimera. No todas las quimeras le desagradaban a Hiccup, pero las principales sí por lo que prefería mantenerse fuera de eso, incluso si Mérida le contó McGonagall los había aceptado.

—Lamento lo que ocurrió. No es mi intención causarte problemas —dijo Hiccup mirando a la pared donde los posters de múltiples equipos y jugadores de quidditch la adornaban.

—No hay problema, Hiccup, sé que no es tu culpa —comentó, pero sintió que no lo creía realmente—. Mi madre está obsesionada desde que aceptaste presentarte ante el Consejo de Ancianos. Sigo pensando que es una mala idea, digo, no es que no lo merezcas, pero creo que es una bobería.

El Consejo de Ancianos era un terceto de magos que custodiaban las viejas costumbres reales. No tenían una función importante en la sociedad, salvo la de ayudar en asuntos de la realeza. Como en las familias reales nacían cada vez más squibs, el consejo había permanecido olvidado, pero como Elinor instó a su sobrino a aceptar sus títulos como único heredero de los Jolene (para ayudarlo económicamente), Hiccup tendría que conocerlos personalmente para realizar una serie de pasos de autentificación.

—Es una mera formalidad, no voy a gobernar una nación —replicó con calma—. Rapunzel me explicó cuál sería mi función como príncipe. En general, es más como una figura de soporte que otra cosa.

—Eso espero, con la amenaza de Pitch y Gothel, esos ancianos podrían usarte como estandarte de paz y progreso, y créeme que incluso te secuestrarían para llevar a cabo sus planes.

—Has visto demasiadas películas de conspiraciones, prima. No va a pasarme nada. Tendré sangre Jolene, pero soy mestizo. Eso tiene que contar, ¿no es así?, por lo menos para esos ancianos que creerán en la pureza en la sangre. Me sorprende que hayan accedido conocerme dado mi estatus sanguíneo.

—Lo hacen porque no tienen otra opción, Hiccup, por donde lo veas son sólo viejos codiciosos y odiosos.

—Y eso que todavía no los conocemos —soltó un suspiro—. Si soy sincero tengo dudas ya que contigo pusieron muchos peros, siendo que tu madre tenía una probabilidad más alta de retomar el trono a pesar del destierro. Tengo la certeza que hay algo escondido tras esto.

—¿Planeas averiguarlo?

—Por supuesto —contestó robándole varios trozos de tocino y comiéndolos en un bocado—. ¿Qué buscaron que encontraron en mí? O tal vez debo dejar de pensar tanto. Me estoy portando tan paranoico como Fishlegs.

—Si te pones a chillar o a quejarte como lo hace Ingerman, usaré el Aguamenti para apaciguarte.

—No me importaría terminar mojado si eso me calma. En tiempos como estos lo primordial es mantener la cabeza fría. Pitch y Gothel pueden influir en nuestros más profundos anhelos, convertir nuestros sueños en pesadillas, sacar lo peor de nosotros, así que darles más poder no está entre mis planes.

—Ni en lo míos.

—¿Sigues haciendo ejercicio? —preguntó Hiccup para cambiar de tema—. Creí que odiabas al profesor Levi.

—Él no me gusta por ser tan estricto y por su irritante manía con la limpieza —contestó, sincera—, pero su clase es distinta. Sabe lo que hace y no nos trata como si estuviéramos hechos de cristal. El profesor Levi es un maldito, pero también lo son Pitch y Gothel, y por lo menos él no quiere controlarnos para hacer quién sabe qué cosa.

—Guy es de la misma opinión —comentó Hiccup recostándose en la cama tras terminar el desayuno—. Y piensa que McGonagall nos prepara para una guerra a futuro.

—Oye, no eres el único amigo de Guy al que le dice lo que piensa, ¿de acuerdo? No sólo es él. Muchos creen que pronto tendremos que enfrentarnos a más enemigos, más circunstancias inesperadas. Parece que ya no hay tiempo para hacer cosas de niños, ¿no crees? Como si de alguna forma esa etapa se hubiera acabado cuando Pitch se liberó del sello.

—No podemos evitarlo, estamos muy implicados —pronunció Hiccup evitando agregar que fue Jackson quien liberó a Pitch—. Aunque McGonagall decidiera no hacer nada, seguir como si estuviéramos a salvo con ellos allá afuera no es conveniente. Hogwarts fue el primer lugar donde Pitch residió, McGonagall sabe que no es el sitio más seguro de todos, por lo que está tratando de prepararnos lo mejor que puede. Tengo la hipótesis que no sólo Hogwarts, sino todo el país, incluso el mundo entero, caerá ante ellos.

—Viéndolo así, ni los muggles estarán a salvo —y pensó en su padre, en los padres de MK y de sus amigos nacidos de muggles; el mundo estaba bajo una gran amenaza y ni siquiera lo sabían—. Por las Barbas de Merlín, Hiccup, esto sí que es deprimente. Parece cosa del destino que nos toque un final fatal.

—Nada está decidido todavía.

—Es raro que seas optimista. Creo que el tocino frito tuvo que ver con eso —sonrió ella dejándose caer de espaldas y recostando su cabeza en sus brazos cruzados.

—Sólo expreso lo que pienso, justo como tú, prima.

—Yo digo demasiadas tonterías.

—Claro que no, quizás estás un poco loca, pero tienes razón en algunas cosas —dijo con firmeza—. Sabes, todos dicen que Flint y Babcock son líderes a quienes es sencillo escuchar, pero yo creo que tú también lo eres.

Mérida nunca había pensado de sí misma así, como líder. Después de todo, le parecía pesado dirigir a un grupo ya que le parecía tedioso. Quizás es porque detestaba la responsabilidad que ser líder significaba. Ser responsable era perder su libertad, y perder su libertad era perderse a sí misma, subyugarse a otros… a su madre. Ser responsable era ser como Elinor y eso la asustaba.

—Hablando de Babcock, ¿te enojaste porque la invité a tu ceremonia de presentación? —preguntó Mérida repitiéndose que no debía pensar en esas cosas. Notó la cara de Hiccup y pensó en la larga y repetitiva faena que les esperaba, pues invitaría a sus amigos a ir a su casa o a pasear—. ¿Qué te molesta, Hiccup? Pensé que habían hecho una especie de tregua.

—Me sorprende que me preguntes eso cuando te he oído quejarte de ella un par de veces.

—Bueno sí, porque suele ponerse pesadita con ciertas cosas. Pero es una buena persona, su único problema es su padre, es muy paranoico. En serio, Hicc, él no me dejó visitarla ni porque mamá le escribió una carta de recomendación, ¡una carta de recomendación! ¿Quién pide eso en la actualidad? No es como si yo fuera una salvaje sólo quería conocer su casa y ver cómo se encontraba.

—¿Babcock está enferma? —preguntó Hiccup.

—Para nada, como te dije, es culpa de su papá —contestó—. Creo que está en contra de su amistad con Ruffnut y Mavis. Al principio pensé que era por mantener una alta reputación, como siempre presume Courtney, pero no creo que sea eso. Por lo que sé, su padre quiere enviarla a otro colegio, uno menos problemático. Ella se negó y, bueno, la castigó severamente. Ruffnut y Mavis están muy preocupadas, como todos en Quimera.

—Entonces, ¿por qué irá a mi ceremonia de presentación? Espera, creo que puedo dilucidar su razón.

—¿Qué cosa?

—Si su padre quiere ganar reputación, ¿qué mejor que hacer que su hija se codee con la elite de la sociedad mágica? Y no sólo Babcock… Rapunzel me ha contado sobre Agatha Prenderghast y el modo en que busca insertarse en una actividad y sobresalir pese a ser tímida. Agatha es prima de los Babcock así que ellos también buscan ganar algo.

—Bueno, Norman no sobresale en nada. Es bastante común —comentó Mérida.

—Él y su prima poseen esa extraña habilidad para hablar con los muertos —dijo Hiccup—. Una habilidad así no es para presumir considerando los prejuicios que continúan existiendo en la sociedad mágica, sin embargo, él y su prima se expusieron y convirtieron su falla en una ventaja.

—Los haces ver como si estuvieran sacando provecho de la situación.

—No conscientemente. Norman y Agatha sólo quieren ser aceptados mientras que Babcock busca fama y aprobación.

—Tiene el ego grande, sí, pero ella no haría esa clase de cosas por fama.

—Piénsalo de este modo, puede que haga cosas que luzcan desinteresadas para que los demás le crean. Si fuera una buena persona, lo sería con todos, ¿no es así? Mínimo trataría de llevarse bien o algo así. Hace lo que hace para sentirse superior a los demás.

—No creo que Babcock sea así.

—¿Por qué?

—Si fuera cierto nos habría abandonado al enfrentarnos a Pitch y no habría estado en contra de Gothel cuando empezó a tensar las relaciones entre estudiantes. Ella no es mala. Además, si creyeras de verdad en eso, no te juntarías con ella. Te conozco lo suficiente para saber que rogarías a los profesores que no te colocaran con Babcock para hacer los trabajos porque tú no toleras estar con las personas que odias.

Fue turno de Hiccup de guardar silencio. Mérida tenía razón. Hiccup no podía estar cerca de quienes odiaba a menos que fuera una situación de extremo peligro. Jackson y Snotlout entraban en la categoría de personas que prefería evitar (o hechizar hasta que la mano le doliera); ¿Babcock también? Hiccup tuvo que ser honesto y admitir que, aunque tuviera un ego grande y un tonillo de voz que le irritaba, no le caía mal y nunca lo dejó colgado con un trabajo.

—Oye, ¿ya le enviaste una invitación a MK? —dijo Mérida trayéndolo de vuelta a la realidad.

—¿Invitación?

—Reacciona, tonto —le dio un golpecito con sus dedos en su frente—. A tu ceremonia. Puedes invitar a quien sea, ¿no es así? Seguro que a MK le gustará estar ahí contigo.

—Los asuntos de la realeza son para personas parte de ella o que tienen un título de la nobleza, Mérida —dijo Hiccup irguiéndose. Durante el verano, habían sido pocas las cartas que le escribió a MK ya que le parecía que su vida era monótona como para tener algo interesante que compartir, de hecho, Mérida y MK se escribían más a menudo que él con ella, y cuando preguntaba a su prima si MK lo mencionaba ella sólo le decía que no y que tendría que escribirle él mismo si quería saberlo. No tenía idea de cómo tomar aquello y no había buscado una solución.

—Seguro que no tendrán problemas si la presentas como tu novia —indicó Mérida con una sonrisita pícara.

—Sólo llevamos unos meses saliendo, no es la gran cosa. No expondré a MK a un escándalo por eso —dijo sin ánimo de continuar la conversación—. De todos modos, tú la invitarás.

—No es lo mismo, Hiccup —dijo Mérida negando con la cabeza—. Dime, tienes dos primos, Jorgenson y yo. ¿Acaso somos lo mismo?

—Es un pésimo ejemplo y lo sabes.

—Trabajo con lo que tengo —se encogió de hombros—, pero en serio, invítala. Yo ya invité a Ferret, Wee, Manny y a Babcock. Habría invitado a Alicia, pero está en un curso de verano y no podrá ir.

"Es bueno saber que no incluyó al tonto de Overland", pensó con escalofríos.

—Está bien, invitaré a MK —accedió—, ¡pero nada de comentarios inoportunos!

—Trato hecho —asintió ella—. ¿Invitarás a Guy, Heather e Ingerman también?

—Sólo a Guy, ya que Fishlegs está adelantando el material que pueda de tercer año y Heather no se ha sentido muy bien en los últimos días. Sus cartas han sido muy cortantes… no sé lo que pasa con ella.

—Ya le preguntaré a Babcock, ella siempre sabe algo —dijo Mérida—. ¿Invitaste a tu padrino?

—Él irá aunque los asuntos de este tipo lo incomodan, dice que no tiene idea de cómo funciona la nobleza. Tuve que explicarle unas cuantas cosas.

—Es adorable la forma en que te preocupas por él, Hiccup, nadie lo creería considerando lo frívolo que eres.

Ofendido, Hiccup le tiró una almohada en la cara. Mérida regresó el ataque, dando certeros almohadazos al cuerpo escuálido de su primo, demostrando que su entrenamiento estaba haciendo efecto.

—Uy, no aguantas nada —dijo Mérida—. Deberías trabajar más tu cuerpo.

—Tengo mi cerebro, sabes, con eso he podido sobrevivir todo este tiempo.

—¿Qué tiene de malo tener un poco de músculo? En lo personal la clase me ayudó a quitarme el estrés, ¡y ya quiero estar en tercer año! Oí que Levi nos enseñará defensa personal y muero por mostrarles lo que sé. Papá me enseñó mucho.

Hiccup no pudo evitar hacer una mueca al recordar que Fergus también intentó enseñarle, pero como era muy débil no podía hacer una torcedura ni siquiera porque, en defensa personal, el esfuerzo es mínimo.

—Te irá bien, eso es seguro —dijo Hiccup—. Si me disculpas, ya que he cumplido mi misión de no dejar que te mueras de hambre, me retiro. Tengo que prepararme para mañana.

—Tu gran día, eh —sonrió—. No te pongas nervioso o vomitarás.

—Ya quisieras ver eso —finalizó, recogiendo la charola para salir hacia la cocina donde Elinor seguía refunfuñando sobre los malos modales de Mérida y que Fergus tenía la culpa por permitirle hacer actividades tan poco relacionadas con la magia.

Hiccup aguantó un suspiro.

Nunca había esperado que los DunBroch fueran perfectos, ya sabía sobre los problemas que tenían porque Mérida le había contado cuando aún no sabía que eran primos. Sin embargo, Hiccup no podía evitar envidiar la calidez con la que se trataban. Fergus era un padre excelente a pesar de su torpeza. Los trillizos eran encantadores y muy apegados a su hermana. Y Elinor, aunque estricta, se esmeraba por cuidarlos.

Hiccup no recordaba que Stoick fuera alguna vez cariñoso con él.

El dinero nunca había faltado, así como un techo y comida, pero afecto… el afecto no era una palabra que pudiera estar conectada con Stoick Haddock.

—Oh, no tienes que lavar los platos, querido —dijo Elinor al ver que se remangaba las mangas y tomaba la esponja.

—Me gusta ser útil con las tareas del hogar —bastó esa excusa para que Elinor asintiera y lo dejara en paz.

Al terminar de lavar los platos del desayuno fue con su tío a la forja de armas. Prendió el horno y se puso a limpiar pues vendrían clientes importantes a ver las nuevas creaciones. Trabajar con Fergus era entretenido porque nunca pensó que la herrería le gustaría. Probablemente se debía a los conocimientos en ingeniería que adquirió en la biblioteca que manejaba la madre de Fishlegs, que podía ver más allá de lo que estaba aprendiendo acerca del manejo de los metales y cómo emplearlos de otro modo. En secreto había hecho innumerables esbozos de armas nuevas o de aparatos que harían la labor de un muggle más sencilla por el simple hecho de tener un poco de magia en ellos, un toque casi imperceptible que podría opacar los inventos tan innovadores del siglo XXI.

Hiccup los mantenía ocultos porque no se sentía capaz de llevarlos a cabo aún, o quizás porque el asunto de pertenecer a la realeza estaba llenando su agenda.

Convertirse en príncipe nunca había estado en su lista de objetivos, y una parte de él decía que lo hacía porque su tía lo deseaba. Elinor le había contado que la realeza había tenido una magia especial que se perdió con el pasar de los siglos. Los detalles se desconocían. A Hiccup no le interesaba indagar sobre aquello, a fin de cuentas, la magia ya era especial en sí, y magos y brujas la empleaban de igual modo con igualdad de fuerzas.

Después de finalizar sus quehaceres, Hiccup le pidió cinco minutos a su tío para ir a escribirle una carta a MK y mandarle la invitación. Si bien no entendía cómo estaba su relación con ella ahora, la veía feliz y sonriente. MK era sensata, y suponía que, si él le gustaba, le conocía lo suficiente para no molestarse por no escribirle con frecuencia.

En una relación, supuso, conocer a tu pareja evitaba suposiciones irracionales, como las que salían en las novelas que tanto fascinaban a Gobber. A Hiccup le perturbaban la clase de ideas que las parejas creían que eran románticas; «que si no me envía un mensaje, no le importo», «que si tiene amigas o amigos, me está engañando», «que el amor es estar pegados las 24 horas del día olvidando la individualidad y los intereses propios». Si sacaban tantos problemas de la nada, ¿para qué tener una pareja? A Hiccup le parecía que el amor era más un acto de fe, imposible saber si los sentimientos del otro eran verdaderos o falsos porque, al fin y al cabo, tú no eres el otro y no puedes lo que en verdad siente.

Cuando finalizó la carta, la entregó a Hermes y la observó alejarse. El día terminó pronto y a la hora de dormir, Hiccup esperaba que Hermes hubiera llegado a tiempo para no escuchar a Mérida quejarse sobre lo insensible que supuestamente era.

A la mañana siguiente, Elinor lo despertó una hora antes de lo usual. Hiccup bostezó con pereza y se alistó tan aprisa como pudo. La ropa había sido seleccionada cuidadosamente por su tía, pero no pudo evitar sentirse avergonzado cuando se las puso. Cuando bajó a la cocina, los demás estaban listos también. Aún adormilados los trillizos se tallaban los parpados. Fergus recibía un regaño por no ajustarse el tradicional traje escocés como debía, y Mérida picoteaba los huevos revueltos; Hiccup notó que ella se había despertado aún más temprano para no faltar a su rutina de ejercicio.

"Seguramente se dormirá en la ceremonia", y si se sentía nervioso, podría reírse de lo graciosa que se vería Mérida tirando baba para calmarse.

De acuerdo con Elinor, no habría nada ostentoso en la reunión con el Consejo de Ancianos, por mucho que ella hubiera querido que todo fuera opulencia y pampa. Hiccup sabía que no podía escapar a la fiesta después de la legitimación de su sangre, un ritual por el que todos en las familias reales mágicas habían pasado. El ritual era realizado por el Consejo de Ancianos como una especie de juramento que indicaba, de manera general, las funciones que tendría Hiccup. Y con eso vendría los títulos que heredaría por ser el primogénito de la heredera, o sea, su madre Valka.

—El traje te queda perfecto, Hiccup —alabó Elinor para mala suerte de Hiccup, que no quería que nadie de los DunBroch lo viera con esa ropa.

Elinor le había pedido que se pusiera un kilt color rojo, que por desgracia dejaba expuestas sus delgadas piernas llenas de pecas. Había querido usar un frac, algo muy a tono para lo que haría (no desconocía por completo los protocolos de vestimenta de la realeza y nobleza), pero Elinor había insistido tanto que no pudo rehusarse. No estaba despreciando el kilt, pero le parecía inapropiado para su cuerpo. Sus piernas eran dos popotes frágiles de los que los trillizos no tardaron en reírse. Un más que justificado sonrojo apareció en sus mejillas y rogó por ahogarse con el jugo de naranja; pero sólo se atragantó cuando recordó que varios conocidos estarían ahí.

¿Por qué a Pitch y a Gothel no se les ocurría aparecer en el que sería el momento más vergonzoso de su vida? Lo peor era que los DunBroch llevaban un atuendo parecido al de él, sólo que a ellos sí se les veía bien.

—Usaremos un traslador, me lo ha dado uno de los duques para evitar incidentes en una aparición —explicó Elinor limpiando con su varita los restos del ligero desayuno—. Mérida, por amor a Circe, límpiate esa boca, por favor.

Mérida obedeció con una expresión hastiada que estaba. Hiccup la vio pasarse la manga de su traje como si no hubiera servilletas en la mesa.

Elinor los condujo a la sala, señalando el traslador que usarían: un florero azul. Era la primera vez que Hiccup usaría un traslador. Ya había usado la red flu y experimentado la aparición, por lo que se sentía muy curioso si se sentiría diferente. Lo fue. En cuanto Hiccup tocó el florero sintió un tirón detrás del ombligo.

En un momento estaban en la sala de los DunBroch, al otro en un sitio totalmente distinto. Cuando el vértigo disminuyó, Hiccup miró la nueva habitación. Las paredes de piedra blanca, las lámparas de vidrio de cortado, floreros con frescas flores, retratos con pinturas que le miraron con curiosidad. Todo indicaba ser antiguo y muy valioso.

Un hombre de voluminosa panza y una gran barba pelirroja los esperaba. Tenía la cabeza relucientemente calva. Vestía una túnica malva que apenas le quedaba.

—Sean bienvenidos, mis señores, mis señoras —dijo con voz cantarina, haciendo una pequeña reverencia. Se acercó a Elinor para besarle la mano, haciendo la misma acción para gran disgusto de Mérida. Asintió hacia los varones, deteniéndose por un momento en Hiccup—. Es un honor tener como invitados a los prestigiosos miembros de la familia Jolene. Mi nombre es Eanraig Scottewan, duque de Gloucester, señor del Consejo de Ancianos y su anfitrión durante todo el proceso.

—Es un placer conocerlo, mi señor —respondió Elinor, cortés—. Tuve el honor de conocer a su antecesor, Ferdinan Scottewan, por lo que sé que este asunto tan importante será tratado con la debida urgencia.

Detrás de ella, aprovechando que la alta figura de su madre la ocultaba, Mérida hizo un gesto de asco que hizo que sus hermanitos casi se rieran. Hiccup ocultaba bastante bien lo nervioso que se sentía. Eanraig le miraba discretamente, como si tratara de ver las características Jolene en él. Hiccup sabía que su abuelo, William, fue pelirrojo y su abuela, Maron, una morena de bello rostro redondo. Mérida y sus hermanos se parecían a ellos, mientras que Hiccup había heredado la apariencia física de los Haddock, con su cabello rebelde marrón rojizo y sus ojos verdes.

—Oh, qué descortés de mi parte —dijo Elinor—. Ellos son mi familia. Él es Fergus DunBroch, mi esposo. Ella es mi hija mayor, Mérida, y mis hijos menores, Harrish, Hamish y Hubert —luego tomó a Hiccup por los hombros y lo presentó directamente—. Él es Hiccup Haddock, hijo de mi difunta hermana Valka.

—Oh, así que usted es el señor Haddock. Su tía ha dicho mucho sobre usted en sus mensajes —dijo Eanraig inclinándose hacia Hiccup—. Usted, mi señor, se parece al príncipe William. Sí, él tenía esa impresión en la mirada.

"Y… acabas de perderme. Adularme no hará que ganes mi confianza", pensó con ganas de darse la vuelta y dejar que alguien más tomara su lugar.

—Espero ser de utilidad, mi señor. Cumplir mi deber como miembro de la familia Jolene —respondió fingiendo tan bien su incomodidad que Fergus y Mérida se vieron mutuamente como preguntándose si no era otro Hiccup quien estaba ahí.

—Muy bien, muy bien, pero puede tutearme, mi señor. Los protocolos son importantes, pero quiero que se sienta cómodo. Usted pidió que fuera lo más informal posible y trato de apegarme a las órdenes de mi príncipe. Les pido que me sigan, la reunión también será breve como lo solicitó. Así que, por aquí, por favor.

Eanraig los condujo por un pasillo de alfombra verde con más cuadros en las paredes. Si Hiccup no recordaba mal se trataba de la ancestral casa de los Jolene, donde Elinor y Valka habían sido criadas la mayor parte de su infancia. Conforme caminaban, Hiccup se daba cuenta del estado no tan preservado del Castillo de Kilchurn. Salvo la primera habitación, lo demás había sido descuidado. Tenía sentido. Los elfos domésticos de los Jolene habían sido despachados en cuanto la familia desapareció. Aun así, Elinor se notaba muy contenta por regresar a su antiguo hogar.

Mérida nunca había visto esa expresión en su madre y se preguntó qué tan feliz se habría puesto si ella fuera quien ocupara el lugar de Hiccup. Esta idea la dejó aturdida y se repitió que no debía pensar en eso. Fergus se mantenía atento a que los trillizos no se fugaran por los pasillos.

Eanraig los llevó a una habitación, que Elinor reconoció como la antigua oficina de su padre. A falta de elfos o sirvientes, el propio Eanraig les abrió la puerta y los invitó a pasar. Un gran escritorio similar a una mesa redonda donde estaban dos hombres más, que se pararon en cuanto entraron.

—Les presentó a Gouba MacCallister, duque de Sutherland, y a Kyle Groum, duque de Fife —dijo Eanraig. Cuando todos se sentaron, invocó con su varita un montón de papeles sobre la mesa.

De reojo, Mérida leyó que eran de títulos de propiedades; en cuanto Hiccup se legitimara como príncipe, todas las propiedades que pertenecían a los Jolene pasarían a él

—Somos el últimos Consejo de Ancianos, pero no por eso nos tomamos nuestra responsabilidad a la ligera. Nuestro deber para con la familia Jolene es absoluto.

—Pero Hiccup no es un Jolene, salvo en la sangre —replicó Mérida sin pensarlo, percibiendo la mirada desaforada de su madre.

Los tres hombres la miraron fijamente, pero no lucieron molestos por su interrupción.

—En estos tiempos de incertidumbre, no podemos apegarnos a las viejas costumbres —dijo Kyle—. El mundo necesita saber que puede confiar en las figuras de poder.

Mérida tuvo ganas de resoplar. ¿Pretendían convertir a Hiccup en un símbolo de gloria y esperanza? Vaya disparate.

Kyle prosiguió:

—Los Jolene han desaparecido como apellido, lo que es un hecho lamentable, pero como el señor Haddock tiene su sangre, puede reclamar el título y convertirlo en algo más. No es… ortodoxo, pero puede hacerse como un precedente.

—El señor Haddock tendrá que hacer el ritual para que sea oficial. Antes se hacía un gran festejo, pero él ha pedido ser breves, y aquí estamos —dijo Gouda.

Elinor quería morir de la vergüenza. Hace una semana, para evitar preguntas tontas, había estado enseñando a su hija y a su sobrino sobre lo que pasaría en el ritual, cómo se manejaría la sucesión. Tal parecía que Mérida no había puesto nada de atención a sus clases.

—El apellido del señor Haddock tomará el lugar de los Jolene y sus hijos, si decide tenerlos, heredarán sus títulos —terminó de explicar Eanraig. Miró a Hiccup intensamente—. Espero que haya prestado atención a las lecciones de su tía, mi señor, para llevar a cabo el ritual y lo que vendrá después.

Hiccup asintió vehemente.

—El juramento y la ceremonia de presentación ante la sociedad —dijo como si fuera necesario aclararlo. Los nervios aumentaron. "Por favor que tía Elinor me permita cambiarme antes de la ceremonia. Mis piernas no son un espectáculo que nadie querrá ver"; aunque su apariencia nunca había sido un problema para él (es decir, que lo avergonzara), ahora empezaba a conocer aquella pena juvenil por no tener un cuerpo que pareciera atractivo.

—Perfecto, ya que es todo lo que debe hacerse, vayamos a lo esencial —dijo Eanraig. En este punto, los tres hombres se levantaron. Hiccup imitó el gesto, mientras que Elinor convino decirle a su familia que se quedaran detrás—. Hay fuerza en las palabras, mi señor, y este juramento lo hizo el príncipe William en su momento, y lo habría hecho su señora madre si estuviera viva. Ahora, ¿acepta el legado de sus ancestros? Legado que se originó hace miles de años, que ahora corre por sus venas.

—Sí, lo acepto —respondió Hiccup mientras un hilo brillante de color plata surgió del pecho de Eanraig.

—¿Juras proteger la historia de tus antepasados de todo aquel que ose dañarla? —preguntó Kyle.

—Sí, lo juro —volvió a responder notando otro hilo saliendo de la cabeza del mago.

Mérida no estaba segura de lo que sucedía. Por un momento, creyó ver agonía en los rostros de los dos hombres, como si hacer el ritual supusiera un esfuerzo tremendo.

—¿Juras sostener el pasado, vigilar el presente y esperar el futuro? —preguntó Gouba con su hilo saliendo de su abdomen.

—Lo juro.

Los hilos de los consejeros serpentearon, cayendo en el suelo y arrastrándose hasta donde Hiccup. Como gruesas cadenas de metal, lo atraparon sin posibilidad de escape. El impulso fue tal que creyó que lo aplastarían contra el suelo. En su interior, su magia se removió, desprevenida por semejante asalto, intentando alejar lo que oprimía a su contenedor. En su cabeza, fuertes palabras de obediencia se grabaron a fuego.

—¿Estás bien, Hiccup?

No había notado que el esfuerzo había hecho que se fuera hacia atrás. Mérida lo había acogido entre sus brazos. Los ojos azules de ella reflejaban el cansancio de Hiccup, y más que nunca, se sintió unido a ella. Mérida lo ayudó a erguirse, mientras él se preguntó qué había sido eso. Seguramente no un ritual de sucesión, si fuera así, se dijo Hiccup cuando miró a los hombres, ¿por qué lucían tan aliviados, como si se hubieran quitado una carga de encima?

Le habría gustado preguntar porque quedarse con la duda era algo que nunca hacía.

Pero Elinor estaba tan orgullosa, que sin querer y cuando lo abrazó, puso fin a su objetivo.

Hiccup se desmayó.

Despertó después en una habitación que no conocía. Mérida estaba a su lado, al igual que MK, ambas con lindos vestidas de gala. Su primer instinto fue levantarse, lo que terminó siendo una pésima idea porque el mero pensamiento le produjo dolor. El mundo le estaba dando vueltas.

—Tranquilo, amigo, estamos aquí —aquel había sido Guy sin duda.

Supuso que habían pasado varias horas desde que se desmayó, ya que cuando pudo mirar a su alrededor vio muchas caras conocidas.

—¿Q-Qué me pasó…? —preguntó.

Mérida le respondió. De acuerdo con ella, había sufrido una descompensación de magia. En palabras del Consejo de Ancianos, era comprensible tal hecho ya que era un hechizo muy poderoso que había causado una reacción adversa por ser tan joven, le habían asegurado a Elinor que estaría bien. De hecho, insistieron, el mismo William se había mareado un poco, aunque Elinor no estaba segura de si era cierto (ella no había presenciado dicho evento con su padre).

En resumen, que casi hubiera estado al borde de la muerte era normal.

Aun así, su magia no se sentía igual. Algo había cambiado. Algo había salido mal. Pero no pudo expresarlos frente a los presentes; no confiaba en los amigos de la infancia de Mérida, tampoco en Courtney que había traído a su hermano y a su prima.

—¿Cuándo llegaron? —preguntó Hiccup tratando de no aparentar debilidad. Afortunadamente lo habían cubierto con una manta, por lo que el kilt no estaba a la vista y podía ahorrarse una mala experiencia.

—Hace media hora —respondió Guy—. Has estado así siete horas seguidas.

Hiccup ya estaba entiendo por qué Mérida y MK lucían tan preocupadas.

—¿Estás bien, Hicc? —inquirió MK cuando les dijo que salieran un momento, pues deseaba cambiarse de ropa—. Si quieres puedo quedarme a ayudarte.

—No es necesario —espetó con un tono brusco, aunque no era su intención. Que lo vieran en ese estado no era de su agrado y que MK lo quisiera tratar como un inválido, no ayudaba a su humor—. ¿Por qué mejor no le dicen a mi tía que ya me siento bien? La ceremonia de presentación sigue en pie, ¿verdad? Seguro que está aguardando noticias de mí.

—V-Vale —masculló MK avergonzada, quizás había insistido demasiado—. Vamos, Mérida, hay que ir con tu mamá.

Mérida estaba divida entre ir con ella o quedarse, pero MK la tomó de la mano y pidiéndole a los demás que la siguieran, dejó a Hiccup y a Guy a solas.

—¿Cómo te sientes, amigo? —preguntó Guy sabiendo que Hiccup le hablaría ahora.

—¿Harry vino? —dijo en respuesta. Guy asintió—. ¿Podrías decirle que estoy despierto? Quiero hablar con él.

En menos de un minuto, Harry llegó acompañado de Gobber para sorpresa de Hiccup. No había visto al hombre desde hace meses. Era obvio que Harry no dejaría a Gobber fuera de un evento tan importante para Hiccup, por mucho que a Elinor le desagradara. Las defensas de Hiccup se activaron. No quería que Gobber se preocupara, o que fuera con su padre con el chisme de que se había desmayado, posiblemente a Stoick no le importaría, pero sí que aprovecharía la oportunidad para recalcar lo mala que era la magia.

—Hola, campeón —saludó Gobber moviendo la mano donde tenía el gancho. Vestía un ridículo traje a cuadros y una corbata de moño mal anudada, un intento por ser elegante—. El primer día como un príncipe y te desmayas, ¡sí que te has lucido, compadre!

Harry notó la ligera flexión en el cuerpo de su ahijado. Pequeñísima. Pero si había algo en lo que Harry fuera experto era en leer esas flexiones, las mismas que él tuvo —y seguía teniendo— cuando no quería parecer débil. Ah, Hiccup no quería decir nada frente a Gobber.

Se quedaron charlando sobre cosas sin importancia unos minutos mientras Harry transfiguraba las ropas de Hiccup por algo más apropiado. Ahora Hiccup se veía mejor con un traje en tono oscuro, el cabello ligeramente peinado (y no todo atrás como Elinor quiso que lo llevara) y con una corbata verde que resaltaba sus ojos.

Cuando Hiccup recuperó la fuerza para levantarse, salieron rumbo al salón principal. La presentación de Hiccup como príncipe sería dentro de unos minutos. Le había sorprendido que Elinor no fuera a verlo, pero suponía que su tía estaba demasiado enfocada en la fiesta como para preocuparse por él. Guy, Harry y Gobber lo dejaron solo para su gran momento, mientras se dirigían al Gran Salón.

Hiccup se quedó cerca de las escaleras. Apenas se dio cuenta que el pasillo no se veía tan descuidado como cuando llegó (seguramente había sido obra de Elinor, cuidar que todo estuviera bien para la ceremonia). Su entrada triunfal, que ahora le parecía un mal chiste, sería cuando el heraldo anunciara su nombre y títulos y tuviera que bajar por la escalera. Quizás, si tenía suerte, se caería y se rompería el cuello.

"Qué bueno que mi cerebro produce imágenes alicientes para calmarme", se dijo con sarcasmo, pues su cabeza era su peor enemigo y no sólo por su tamaño, sino por la cantidad de burlas mentales que le susurraba cuando algo le salía mal.

—Disculpa.

—¡Ay! —chilló ante la repentina intromisión de Agatha. Miró hacia su lado izquierdo topándose con la niña acompañada de su primo.

—No quería asustarte.

—No, no me asustaste, es sólo que… me sorprendiste, sí, eso —carraspeó tratando de recuperar la virilidad que su grito agudo le había hecho perder—, ¿qué hacen ustedes dos aquí? Creí que estarían con Babcock.

A Hiccup no le pasó desapercibido que Norman y Agatha tenían su misma altura aunque eran un año menor que él. Demonios, ¿qué nunca crecería? Porque Stoick no era un enano y Valka era alta como una amazona, así que ¿dónde estaban sus dos metros de altura, su herencia biológica que tanto merecía? A veces Hiccup creía que era adoptado.

—Estás encadenado —dijo Norman—. Lo vi cuando nos dejaron entrar a donde estabas. Al principio pensé que se trataba de un hechizo de protección, pero… pero son cadenas. Tres en total.

Hiccup dudó por un segundo. Un segundo, el mismo que le tomó darse cuenta que Norman no podía estarle mintiendo. Después de todo, si Norman era capaz de ver a los revividos de Gothel, podría ver cosas que otros no. Miró a Agatha como para corroborar, y ante la expresión asustada de la niña no pudo menos que sentir como todo se derrumbaba.

¿Qué demonios le habían hecho los del Consejo de Ancianos? ¿Su tía lo sabría o…? No, Elinor no lo habría permitido ni siquiera por su deseo de volver a lo que era antes. Sin embargo, la jaqueca que achacó a Hiccup le impidió pensar en algo más. No entendía qué habían pretendido esos tres al hechizarlo con tres cadenas. Tenía que decírselo a Elinor. Tenía que…

Pero comprendió que no podía. Por alguna razón, Hiccup…

—No se lo digan a nadie —ordenó consciente que había sonado muy grave.

Norman le miró, boquiabierto. Agatha se llevó una mano a la boca. No entendían la razón de su petición. Para ellos era algo perturbador. Las cadenas se apretaban al cuerpo de Hiccup como serpientes constriñendo su magia. Era un escena inexplicable; tres energías en acción. La magia de Hiccup, la magia de las cadenas y… y algo que no podían describir como magia. Era una mancha cerúlea, como fuego, que engullía a Hiccup lentamente.

—Tienes que decirle a alguien —dijo Norman, alterado—. Es no es normal, no es… ¡tu vida puede estar en riesgo!

—No sabes qué clase de magia es —agregó Agatha.

—Es mi decisión —espetó dejando a los primos muy aturdidos por la falta de afección en su voz—. Agradezco que me hayan dicho, pero esto… esto no es su incumbencia.

Hiccup se alejó de ellos, dejándoles con la palabra en la boca. Por eso no se dio cuenta que no solamente ellos habían oído la conversación.

Courtney había estado cerca, oculta en una esquina.

Había ido a la ceremonia de presentación escapándose de las garras de su padre gracias a la intervención de su mamá (con la condición que llevara a Norman y a Agatha). No había esperado enterarse de un complot contra Haddock. Un ultraje.

Cadenas, estaba encadenado.

Courtney no conocía ese tipo de magia. Necesitaba saberlo. No podía preguntarles a sus padres con las tensiones que se vivían en su casa. Pero tenía otras opciones. Usó su galeón y escribió un mensaje para Ruffnut y Mavis. Habían comprobado que la distancia no importaba para los mensajes, podían recibirlos estando muy alejadas.

Bien podría hacer como que no había pasado, que no era su problema. No eran amigos, ni siquiera se agradaban. Pero estaba en deuda con él. Guy y Heather le habían dicho que Hiccup salvó a Ruffnut en su enfrentamiento contra Jackson. Courtney no sería malagradecida con alguien que había salvado la vida de su mejor amiga.

Iba ayudarlo, así fuera a escondidas y sin que él se lo agradeciera.


Las trompetas soñaron. Ante los expectantes presentes, una luz enfocó a Hiccup al principio de las escaleras. Era un grupo de cincuenta personas, que Hiccup sólo conocía por nombre. Elinor le había hecho aprenderse los nombres y títulos de todos los que vendrían.

—Todos de pie ante su Alteza Real, el príncipe Hiccup Haddock de Jolene, duque de Kilchurn, el tercero de su nombre —anunció el heraldo. Hiccup agradeció que omitiera su segundo nombre porque ya era suficiente con ser Hiccup, aunque notó las expresiones de confusión de algunos cuando dijeron que era el tercero. Bueno, sinceramente, Hiccup tampoco conocía nada acerca de sus antepasados con quienes compartió nombre.

La decoración del salón no podía ser más ostentosa. Lamparillas flotantes en formas de esferas en el techo. Grandes cortinas verdes y marfiles, con los escudos de las familias Jolene y el propio sello de Hiccup que se asemejaba a un dragón. Cuando Hiccup bajó por las escaleras, estudió las caras de los presentes. Identificó a Star Butterfly, una princesa que estudiaba en Ilvermony con el cabello rubio y extrañas marcas de corazón en cada una de sus mejillas; a Elsa Arandelle, de cabello plata y ojos azules, alejada de todos. Reconoció Stanford en la multitud, acompañado por Bill. Fue obvio que sería un invitado de honor. Lo que no le gustó fue que el demonio le estaba sonriendo de una forma que le produjo escalofríos.

El flash de una cámara lo cegó haciendo que olvidara la presencia de Bill de momento.

Mérida lo esperaba al final de las escaleras. Había visto como estaba vestida, pero hasta ahora detallaba su apariencia. Un vestido azul cielo de mangas largas y falda con vuelo. El cabello lo tenía peinado en una coleta de caballo, liso y pulcro, que jalaba las mejillas y parpados haciendo que se viera rara. Ésa de ahí no era su prima, y le habría gustado verla con su vestido verde y sus rizos salvajes y enredados por el viento.

Ahí fue cuando se dio cuenta de su error.

Tarde se dio cuenta que no había deseado esto, que complacer a Elinor había ido muy lejos. ¿En qué se estaba convirtiendo? De pronto no fue un lujoso salón lo que vio, sino una prisión, un lugar aterrador sin luz.

Norman y Agatha habían dicho que estaba encadenado. Ahora lo entendía.

—Hiccup, la orquesta ya empezó —indicó Mérida.

Hiccup estaba pálido, pero seguía siendo el centro de las miradas y eso lo obligó a enfocarse. Tomó la cintura de su prima y ofreció su mano. El primer baile era importante y sólo alguien con un estatus igual al de él, podía ser la indicada para compartirlo. Mérida y él dieron unos primeros pasos inseguros, avergonzados.

Esto no era lo que querían.

Ver la cara orgullosa de Elinor le supo a Hiccup más a derrota que a una victoria; esa alegría, esa expresión de afirmación le hizo comprender que éste no era su destino como tampoco lo había sido llenar las expectativas de Stoick.

Entonces, ¿cuál era su destino? El Sombre Seleccionador había tenido razón al cuestionarle sus motivos. Hiccup ansiaba el reconocimiento, o al menos eso era lo que se había dicho toda su vida. Pero al pensarlo, lo único que le venía era la imagen de penetrantes ojos verdes.

El baile terminó rápido y en cuanto soltó a Mérida, se vio acosado por miradas y susurros, sonrisas y muecas, de los invitados. Aquello era un horror.

—Denle un respiro, caramba.

La sutil pero decidida orden atrajo la atención de Hiccup. Peleando con la muchedumbre, una muchacha de piel pálida y cabello corto marrón con las puntas azules, apareció. Quizás no resultara singular, salvo por la cámara que traía en manos. Era moderna, más que las usaban en el mundo mágico.

—¿Quién invitó a una reportera extranjera a este importante evento? —preguntó un hombre regordete con una vuelapluma detrás de él.

Obviamente eso no agradó a la invitada, que mostró con orgullo su gafete. Algunos retrocedieron al leerla, otros simplemente sonrieron y se alejaron, permitiéndole a ella quedarse a solas con Hiccup.

—Gracias —expresó Haddock con verdadero alivio.

—Ni que lo digas, se ponen pesaditos porque eres la nueva noticia... Mi nombre es María Rubio, pero me dicen Maite. Soy fotógrafa profesional y suelo ser invitada en eventos así para entregar mi trabajo a galerías que lo valoren.

—¿No eres reportera?

—Claro que no. El periodismo actual es... injusto con las personas. Hacen mala fama en vez de investigar honestamente. Eso no va conmigo, pero me gusta la fotografía. Tomó fotos y las vendo periódicos donde no serán usadas para contribuir a la prensa sensacionalista. Me gusta pensar que una imagen es para rememorar un buen recuerdo o para captar la sutileza de un rostro, y usted, su Alteza, tiene un rostro bastante peculiar. ¿Me permitiría fotografiarlo? Le juro que no terminara en los titulares de El Profeta.

Hiccup le concedió el permiso motivado por su honestidad. Se aventuró a dar unos pasos, a sabiendas que a su fotógrafa no le molestaría que se moviera y a que le serviría de escudo. Hiccup buscó una mesa donde pudiera obtener algo para beber. Aun siendo blanco de una cámara, Hiccup se sentía un poco más libre con una persona que no estaba buscando su ángulo más vergonzoso para exhibirlo al cruel ojo público.

Esquivó a varios invitados, al tanto que lo tomarían como un gesto descortés, pero no le importaba. Lo que menos quería era tratar con ellos y con su tía Elinor. No tenía ganas de verla ni de escucharla decir lo orgullosa que estaba de él. Le darían ganas de vomitar. Tampoco quiso ver a MK, a la que ya había visto entusiasmada por ser su segunda pareja de baile.

Tal vez la compañía de Guy y Harry, incluso la de Gobber, aliviarían su situación. Guy sería comprensivo —Guy era demasiado comprensivo con él, en ocasiones que no lo merecía— y trataría distraerlo; Harry le platicaría sobre su trabajo, en cuanto a Gobber... Gobber tenía la cualidad de hacerte sentir bien y mal al mismo tiempo y con la misma intensidad.

—Vaya, vaya —interrumpió la espectral voz de Bill, tomándolo desprevenido, ¡No había percibido su presencia! Se supone que Bill estaba con Stanford al otro lado del salón—, estúpida elección, Ignis. Nada digno considerando todo lo que llevas contigo.

—¿Eh, se conocen? —preguntó Maite deteniéndose un momento. Admiró al recién llegado, a sus rubios cabellos despeinados y sus escalofriantes ojos dorados, similares a los de un hombre lobo, y la sonrisa maniaca.

Hiccup habría contestado con la verdad: lo conocía, sí, era el profesor de Adivinación en Hogwarts, un demonio en versión humana que McGonagall había contratado por sabe Merlín qué razones. Pero Bill se adelantó.

—Lo conozco desde antes de que naciera, incluso desde antes que sus padres planearan tenerlo.

—Pero si te ves muy joven —exclamó Maite con confusión. Bill sonrió de medio lado, como si guardara un secreto, ocasionando que ella se ruborizaba levemente.

—¡Bill! —la interrupción de Stanford tuvo la cualidad de hacer chistar al demonio y de dejar a Hiccup con otra interrogante. ¿Qué había querido decir Bill con todo eso?—. Te he dicho que no te separes de mí.

—Arruinas mi diversión como siempre, Fordsie —espetó Bill con una falsa sonrisa—, sólo estaba felicitando al nuevo principito, ¿hay algo malo en eso? No es como si esto fuera Gravity Falls y quisiera hacer un nuevo Weirdmaggedon.

Stanford entrecerró los ojos. Bill se encogió de hombros.

—Bien, bien, entiendo —dijo sin sentir culpa alguna. Volteó a ver a los dos y puso su mejor expresión dolida—. Lamento dejarlos así, pero Fordsie odia que hable con humanos. De todos modos, sé que no será la última vez que nos veamos —y miró fijamente a Hiccup—. Hasta pronto, Agnis, Maite.

Se alejó perdiéndose en la multitud. Hiccup quedó intrigado por el raro intercambio e intuía que había algo más detrás de todo aquello.

—No recuerdo haberle dicho mi nombre —dijo Maite con gesto pensativo—, quizás lo leyó en mi gafete. ¡Como sea, lamento no haberle tomado una foto!... aunque puedo alcanzarlo ahorita y pedírsela.

—Ve si quieres —pronunció Hiccup.

—¡Gracias, su Alteza! No es que usted dejara de ser interesante, pero, bueno, ¡ya sabes! —se excusó lanzándose en medio de las personas para seguir a Bill y a Stanford.

Hiccup respiró profundo. ¿Conocería a gente normal algún día? Observó que Mérida y los trillizos se acercaban, además de Fergus y Gobber, Guy y Harry, y todos sus conocidos...

No, se respondió a sí mismo. Nadie que él conociera podía entrar en la definición normal definitivamente.


¿Qué les pareció? No quise irme por líos grandes, además que en el siguiente capítulo aparecerán más cositas interesantes. Realmente no tengo mucho que decir, excepto que este fanfic pasó por un proceso de edición en el que cambié algunas partes y borré mis respuestas a los review. Para mis lectores antiguos, no se preocupen, las respuestas las guardé en un documento (hice algunas promesas ahí que debo cumplir).

Sinceramente, Abel Ciffer.