CAPÍTULO 3: EL FINAL

Me desperté sintiéndome terrible. Mi brazo había estado quemando toda la noche y no había dormido mucho y sentía como si mi cabeza se fuera a partir en dos. Me tomé otra dosis de Tylenol antes de vestirme y bajar. Charlie ya se había ido y no tenía mucho ánimo para comer así que me salteé el desayuno y fui a mi coche.

Permanecí en el asiento por un largo minuto, mirando directo hacia adelante, pero sin ver nada. Aun así, no pude anular exactamente la ansiedad que había empezado a crecer en mi estómago. Los eventos del día anterior continuaban dando vueltas y vueltas en mi mente. El enojado rostro de Edythe, mezclado con conflicto y angustia. El sentimiento de ese último beso y la mirada distante en sus ojos al separarnos.

Era más que seguro que todo esto eventualmente se resolvería sin ningún tipo de intervención mía y probablemente estaba empeorando las cosas al dejar que me preocupen. Incluso así, no pude evitar preguntarme qué clase de cosas habían estado en su mente una vez que me dormí y ella caminaba sola en la oscuridad.

Sacudí la cabeza y giré la llave, encendiendo el motor. Después, con la más mínima vacilación estiré el brazo y jugueteé con los botones de mi nueva radio, saltando estaciones hasta enganchar una canción con bastante heavy metal. A pesar de mi dolor de cabeza subí el volumen, esperando que el sonido ahogara mis pensamientos.

Cuando entré al estacionamiento de la Preparatoria de Forks escaneé los coches, inquieto, casi temeroso de que ella no estuviera ahí. Sin embargo mis hombros se relajaron de alivio al ver el familiar Volvo en el extremo lejano. Edythe estaba ahí, apoyada sobre él.

Salí rápidamente del auto, golpeando la puerta detrás de mí, y me apresuré a llegar a ella. Al acercarme permanecí cauteloso en caso de que estuviera en su mal humor de ayer, a pesar de que a la distancia su postura se veía relajada.

—Hola —dije con cuidado.

Edythe desvió sus ojos hacia mí, y sentí retorcerse mi momentánea esperanza de que las cosas fueran a volver a la normalidad.

Edythe no se veía enojada o siquiera perturbada. No había tensión en su rostro, o en sus hombros. De hecho no había ninguna emoción en su rostro.

—Hola —respondió, y pudo haber venido de un autómata a juzgar por la calidez en la voz. Se volteó en dirección a la escuela —. Mejor vamos, llegaremos tarde a clases.

Me quedé en mi lugar por un momento, mirándola vacilante. Sin embargo ella no dejó de caminar y me apuré para seguirle el paso.

Me sentía mareado. Pero no valía la pena sucumbir a ideas de desgracia. Obviamente seguía afectada por el día anterior. Era mejor dejarle algo de espacio por el momento para que lo vaya superando a su tiempo.

—¿Cómo está tu brazo? —preguntó después de estar caminando uno minuto o dos. Habló sin voltearse, sus ojos en la pared de ladrillos del colegio frente a nosotros.

—Oh, no está mal —mentí, aliviado de tener la botella entera de Tylenol en la mochila.

En clase, Edythe nunca miró en mi dirección y no me habló. No traté de entablar conversación, y en lugar de eso continuaba lanzándole miradas al reloj, desesperado por que llegara la hora del almuerzo para encontrar a Archie. En serio necesitaba ver un rostro familiar ahora, y tal vez saber cómo estaba Jessamine.

De todos modos, cuando el timbre al fin sonó y Edythe y yo entramos a la cafetería, mis ojos escaneando con anticipación la mesas, no tardé mucho en darme cuenta de que él no estaba ahí. Nos sentamos en la mesa de siempre y esperé un poco. Cuando los últimos alumnos de su clase ingresaron y él no estaba entre ellos, finalmente me dirigí a Edythe y rompí el silencio de toda la mañana.

—Ey, ¿dónde está Archie? —dije, tan casualmente como pude —¿Está aquí hoy?

A pesar de esto, tenía miedo de ya saber la respuesta.

La expresión de Edythe fue vagamente aburrida, mirando vacíamente por una de las ventanas altas de la cafetería. Pasó un minuto antes de que respondiera.

—No… no vino. Está con Jessamine.

—Ah —dije, mi mirada bajando para ocultar mi decepción —. Por cierto, ¿cómo está?

—Se ha ido por un tiempo.

—¿Qué? ¿A dónde? —articulé luego de una pausa.

Los ojos de Edythe no se movieron de la ventana, como si la conversación apenas le interesara.

—A ningún lado en particular.

—Veo.

Tenía sentido. Si Jessamine quería irse por un tiempo, Archie la seguiría a todos lados para apoyarla. Aun así, si Edythe no se recomponía rápido, la vida realmente apestaría sin Archie para levantar los ánimos e intentar hacerla entrar en razón.

—Se irá por un tiempo —continuó Edythe —, estaba intentando convencerla de ir a Denali.

—Ah —dije.

Recordaba Denali: ahí vivía otro grupo de vampiros que, como Carine y los Cullen, habían elegido una vida de abstinencia de sangre humana. Edythe había ido ahí un tiempo atrás, cuando mi llegada a Forks le había dificultado estar aquí.

Fruncí el ceño con culpa. Royal y Eleanor se habían ido, suponía que porque Royal no podía soportar estar cerca de mí, y ahora Jessamine y Archie se habían marchado también. Yo era como una plaga.

Por primera vez, los ojos de Edythe se dirigieron a mí y pareció leer el dolor en mi rostro.

—¿Cómo está tu brazo? —preguntó, su voz albergaba un poco de preocupación, pero su aburrida y distante expresión permaneció inmóvil.

Pude sentir algo del miedo transformarse en frustración ahora; me pregunté por cuánto tiempo podría mantener esto corriendo.

—Bien —dije, un poco más cortante de lo que era mi intención —, molesta poco.

Indiferentemente, Edythe se encogió de hombros antes de volver a ver vagamente a través de la ventana. De todas maneras, cuando regresé, sin hambre, la atención a la comida, noté a Edythe estudiándome de reojo con una expresión que no me resultaba familiar: tenía el ceño fruncido, como si estuviese intentando resolver un difícil problema matemático, o intentando captar un nuevo concepto. Cuando me volteé a mirarla, sus ojos regresaron a la ventana. Por alguna razón que no me explicaba, la mirada en sus ojos cuando me había mirado me dejó más inquieto que cuando me ignoraba.

Ya para el final del día, me sentía irritable y cansado, y ya me había hartado de la perpetua ley del hielo.

—Así que —dije mientras caminábamos hacia mi camioneta —, ¿vas a venir más tarde esta noche?

Vagamente, Edythe miró en mi dirección, y su expresión distraída fue traicionada por un dejo de sorpresa.

—¿Más tarde?

—Sí —asentí —, hoy trabajo. Tuve que intercambiar turnos para tener libre la tarde de ayer.

—Ah —sus ojos retornaron nuevamente a al espacio frente a ella, a lejanos pensamientos.

—Entonces —dije, interceptando algo de esperanza en la voz, determinado a establecer una promesa de verdad —, vas a verme en mi casa cuando termine de trabajar hoy, ¿no?

—Si quieres.

—Claro que sí —me forcé a sonreír.

Ahí permanecimos por un momento, en silencio sin contar el murmullo de la multitud al salir de clases.

—Bien, entonces, te veo después —dije incómodamente, al final.

—Nos vemos —dijo ella, yéndose hacia el Volvo.

Mientras conducía hacia el local deportivo de los Newton, sentí cómo la inquietud que me había acompañado todo el día se solidificaba en un nudo en mi estómago. ¿Qué estaba pasando? ¿En serio todo esto era por los sucesos de ayer o había otra cosa que estaba pasando de largo?

Decidí que la única cosa que hacer era calmarme y balancear mis pensamientos con otras cosas además de esas vagas preocupaciones.

No había dudas de que lo que había pasado ayer iba a afectar las cosas. Desde el principio Edythe me había dicho que no era responsable por mi parte pasar el rato en una casa con vampiros. Tal vez no querría que volviera a ver a su familia o que fuera a su casa. Lo odiaría, pero podría lidiar con ello si era lo mejor para la familia cuando volvieran. Todavía vería a Archie en la escuela, y puede que hasta me visitara a la casa de Charlie. Por mi lado, no sentía que hubiera pasado mucho… en comparación con la primavera pasada, realmente nada había pasado. Pero si hacía que Edythe se sintiera mejor, estaría de acuerdo.

O, tal vez, sería mejor que, al terminar el año escolar, Edythe y yo nos fuéramos para que su familia no tuviera que separarse y yo no fuera un constante recordatorio de la breve pérdida de control de Jessamine. Podíamos ir a la universidad, o fingir que eso hacíamos. Un año no sería mucho tiempo.

Analizar las posibilidades y hacer potenciales planes me hizo sentir mejor para cuando llegué a la tienda. McKayla ya estaba ahí y me sonrió y saludó al verme entrar. Tomé mi chaleco del perchero sonriéndole, todavía distraído.

—¿Cómo estuvo tu cumpleaños? —preguntó McKayla mientras me acercaba a la caja.

Le dirigí una mirada, luego la aparté.

—Me alegra que se haya acabado —murmuré.

McKayla frunció el ceño, abstraída, y no me volvió a preguntar nada sobre el día anterior.

El reloj de la pared recorrió el circuito a la velocidad de un caracol. Varias veces estuve seguro de que se había detenido por completo. A pesar de la fría actitud que tuvo Edythe conmigo todo el día, estaba impaciente por verla otra vez, esperando que ya se le haya pasado el mal humor para el momento en el que llegara. Cuando terminé de trabajar y doblé en la esquina de mi casa con mi camioneta, suspiré de alivio al ver que ella el coche de Edythe estaba estacionado enfrente.

Bajé del auto rápidamente y prácticamente corrí a la puerta. Me saqué los zapatos al entrar y me apuré para llegar al living, de donde se oía la música característica de ESPN SportCenter.

—Hola, papá, ya llegué. Hola… Hola, Edythe.

Mi papá estaba sentado en sofá viendo el partido mientras Edythe, acurrucada en sillón, tenía los ojos pegados a un libro (records mundiales de los peces más grandes jamás capturados, el cual le había regalado a Charlie como regalo de cumpleaños), como si fuera lo más fascinante del universo.

—Hola, Beau —respondió Charlie con los ojos todavía en la televisión —. Acabamos de comer pizza, creo que sigue habiendo en la mesa.

—Claro, gracias…

Continué incómodamente parado en la entrada.

Edythe dio vuelta una página llena de ilustraciones a todo color de conjuntos de pescado, luego alzó los ojos hacia mí, renuente a apartar la vista de su lectura. Por un instante vi un toque de confusión, el ceño fruncido por la concentración, como si intentase recordar algo. Sin embargo, fuera lo que fuese, no pareció poder lograrlo, y cuando sus labios por fin esbozaron una sonrisa, la lejanía de sus ojos no había cambiado.

—Estaré contigo en un instante —dijo vagamente, luego sus ojos regresaron al libro.

—Sí… sí, claro.

Me volví y entré a la cocina con desgano. Ahí permanecí, por un minuto, al lado de la mesada, viendo la pizza sin realmente mirarla. Al final terminé sentado en una de las sillas, con las manos firmemente entrelazadas y agachando la cabeza. Presioné la frente contra mis blancos nudillos. Me tomó un momento darme cuenta de que estaba temblando ligeramente.

Algo estaba mal. Terriblemente mal. Lo sentía en el pecho, de alguna manera que no podía terminar de entender.

Intenté ignorarlo, repasando mentalmente todas las posibilidades en las que había pensado antes. Tal vez Edythe iba a decirme que me mantuviera lejos de su familia de ahora en adelante. Incluyendo tal vez a Archie, también; sobre todo si se había ido con Jessamine por un largo tiempo. Tal vez me diría que quería irse, darle a su dispersa familia la chance de volver a reunirse. Tal vez no quería esperar a que terminara la escuela y prefería que fuera ahora.

Para mí, irme tan abruptamente le haría el cambio más difícil a Charlie, y me pregunté si me sería permitido volver a ver a mi mamá o si irme con Edythe significaría una separación permanente de ambos.

Sería duro, pero incluso así ya me había decidido. Mi camino estaba escrito, y estaba dispuesto a realizar sacrificio que tuviera que hacer en el trayecto. Sin importar lo que me costara, mi futuro era con Edythe. Siempre y cuando estuviera seguro de eso, podía lidiar con cualquier cosa.

Suspirando, bajé la mirada al álbum de fotos y a la cámara descansando en la mesa de la cocina, los regalos de mis padres. Deslicé la mano por debajo de la cubierta del álbum y la di vuelta, mirando los espacios en blanco para las fotos. Se me ocurrió entonces que, si nos estuviéramos por ir pronto, tal vez podría empezar a tomar algunas fotos. Sería bueno tener recuerdos del tiempo que pasamos aquí.

Al no detectar movimiento en la habitación en frente, subí las escaleras lo más silenciosamente que pude y tomé una foto de mi habitación. Sentí un poco de nostalgia al darme cuenta de que no había cambiado mucho en los diecisiete años que la había estado usando. Luego volví a bajar con renuencia, caminando más despacio para atrasar el momento de volver a ver a Edythe y la distante mirada en sus ojos. Me recordé que sólo debería darle un poco de espacio. Lo que sea que me iba a pedir que hiciera, probablemente sabía que sería duro. La dejaría tener un tiempo para sí, para que pudiera prepararse.

Supuse que Edythe se daría cuenta cuando me acerqué silenciosamente a la puerta de la sala de estar, con la cámara alzada frente a mí como un arma. De todas maneras, sus ojos no se movieron. Forzándome a ignorar el hielo de mi estómago, tomé la fotografía.

Entonces los dos se dieron vuelta, Charlie ceñudo mientras que la expresión de Edythe seguía siendo de mármol.

—Ey, ¿por qué fue eso?

Me obligué a verme más contento de lo que en realidad me sentía.

—Vamos, papá, conoces a mamá. Va a estar mandándome emails a lo loco en poco tiempo demandando saber si estrené mis regalos. Decidí tomar la iniciativa y sorprenderla.

—¿Pero por qué estoy yo en la foto? —su ceño se frunció más.

Arqueé una ceja.

—Tú compras la cámara, tú estás en ella.

Murmuró algo para sí.

—Oye, Edythe —dije casualmente, sin verla a los ojos —¿podrías sacarme una con mi papá?

Edythe apartó el libro a un costado y le entregué la cámara. Me senté al borde del sofá, rodeando con un brazo el hombro de Charlie, como en una especie de "abrazo de hombres" a medias. Él suspiró como un mártir.

—Sonríe, Beau —murmuró Edythe.

Lo hice como pude, y parpadeó el flash.

—Dejen que les saque una juntos —sugirió Charlie, ansioso por escapar.

Edythe se paró elegantemente del sillón, esturando el brazo para voltear la cámara.

Fui a pararme junto a ella, y sentí su brazo deslizándose alrededor de mi cintura, pero su mano apenas tomó mi costado. Rodeé sus hombros con mi brazo, apretando un poquito más firme de lo que era probablemente necesario.

—Sonríe, Beau —volvió a recordarme Charlie.

Forcé a mi boca a volver a curvarse en otra sonrisa y miré a la cámara. Me cegó el flash. Parpadeé.

—Eso es todo por esta noche —anunció Charlie, ocultando la cámara entre lo almohadones del sofá y sentándose para resguardarla —. No quieres usar todo el rollo ahora.

Edythe se apartó de mí suavemente. Charlie nos miró.

—No tienen que quedarse a ver esto. Pueden ir a hacer algo que disfruten —me clavó la mirada, como si yo la hubiera forzado a ver deportes.

—No, creo que debería ir yéndome a casa, de todos modos —dijo Edythe, sonriendo un poco —. Hay colegio mañana.

Charlie se veía sorprendido. Edythe había venido para esperarme y yo recién acababa de llegar. Aun así se reservó los comentarios.

—Bien, entonces —dijo encogiéndose de hombros, a pesar de que todavía se veía confundido —. Ten cuidado en el regreso. Beau te puede acompañar hasta tu coche.

—Gracias —dijo, asintiendo un poco cortésmente.

La seguí, más que acompañe, a su auto.

—¿Vas a volver? —le pregunté en voz baja. Pero ya sabía la respuesta.

—Esta noche no —respondió. Sin explicación… aunque tampoco esperaba una.

Miré al coche plateado apartarse de la acera y continué viendo el lugar donde había desaparecido incluso después de haberse ido. Permanecí ahí parado por un largo rato, viendo la calle desierta, y ni siquiera me di cuenta cuando comenzó a lloviznar, la lluvia empapando mi cabello y resbalando por mi rostro. Salí de mi estupor al oír la puerta de la casa rechinar al abrirse detrás de mí.

—¿Beau? —me llamó Charlie —¿Qué estás haciendo?

—Nada —Negué con la cabeza, sintiendo gotitas de agua caer de mi cabello. Me volví y lo pasé de largo al caminar de vuelta a la casa.

No descansé mucho esa noche. En su lugar estuve dando vueltas en las sábanas mientras mis sueños se llenaban de figuras sombrías y resplandeciente luz del sol que siempre estaba fuera de mi alcance, jugando en los bordes de mi consciencia.

Cuando finalmente de desperté, antes de que el sol apareciera por el horizonte, me dolía el cuerpo y tenía la boca tan seca como un desierto. Traté de escuchar algo de la música de Edythe mientras me vestía, pero eso sólo intensificó la ansiedad que plagaba los rincones de mi mente y terminé apagándola. Después de comer un bowl de cereal, decidí que el día estaba suficientemente despejado para continuar mi proyecto del álbum de fotos. Fotografié una vez la camioneta, el frente de la casa y el bosque, que me había parecido muy oscuro y misterioso cuando había llegado por primera vez a Forks, pero ahora era más como un viejo amigo.

Guardé la cámara en la mochila, decidiendo que me enfocaría en este proyecto para distraerme de lo incómodas que estaban las cosas con Edythe. Tiempo, me recordaba a mí mismo, sólo necesita tiempo. No la moleste. Déjala ir a su propio ritmo.

Pero aún entonces me preguntaba cuánto tiempo más podría durar esto, y cuánto tiempo podría soportar yo antes de perder la cabeza. Esta vaga ansiedad que me decía que algo estaba mal, esta intuición de que algo desagradable se encontraba a la vuelta de la esquina, algo que no estaba seguro de qué podía ser… era una tortura que superaba a la de saber con certeza que algo malo va a suceder.

Me dirigí a la escuela, y al llegar ahí encontré a Edythe sin cambio alguno, tal vez incluso más fría y distante que el día anterior. Me estaba esperando en el estacionamiento como siempre, pero después de un saludo robótico volvió a sumirse en un silencio de tumba. La quietud me pesaba como una fuerza física, pero tenía miedo de romperla. Para el almuerzo Edythe seguía sin haber dicho nada, así que crucé la línea invisible que siempre separaba nuestro lado de la mesa de los demás para hablarle a Jeremy.

—¿Ey, Jer?

—¿Sí, amigo? —me miró.

Forcé una sonrisa.

—¿Me harías un favor? Se supone que saque fotos de todos. Para mi mamá, ya sabes.

Revolví mi mochila hasta encontrar la cámara.

—Claro, amigo —dijo él con una pequeña sonrisa perversa.

En poco tiempo se estaban pasando la cámara de mano en mano, todos intentando fotografiar a los otros en sus peores momentos. Sólo cuando McKayla logró tenerla intentó sacar un par de fotos decentes, aunque noté que parecía perseverante en tomarle la foto a Jeremy desde un punto abajo del mentón, desde donde estaba seguro que protagonizarían sus fosas nasales. A mediados del verano McKayla y Jeremy habían cortado, y seguían en esa incómoda etapa post-relación: medio que amigos, pero con un filo.

Cuando la cámara volvió a mí, todo el rollo había sido usado.

—Perdón, hermano —dijo Jeremy.

—Está bien —me encogí de hombros —. Igualmente ya tengo todo lo que quiero.

Cuando terminó la escuela, Edythe otra vez caminó conmigo afuera, su mirada aún perdida en el horizonte, callada, ni siquiera rompiendo el silencio para preguntar por mi brazo.

Tenía que trabajar ese día de nuevo, y por primera vez me sentía casi agradecido por ello, sólo por poder darme un respiro y darle a Edythe un tiempo para sí. Decidí que no tenía caso seguir demorando la impresión de las fotografías, considerando que no tenía idea de qué tenía deparado el futuro.

Al llegar a la casa, subí para poder mirarlas. Rompí el sobre de un tirón, pero luego vacilé, casi con miedo de que la primera imagen no le fuera a hacer justicia. Aun así me ganó la curiosidad y las saqué.

Me sorprendí al ver la primera fotografía. Lejos de ser una pálida imitación, la foto capturaba la inhumana belleza de Edythe hasta el último detalle. Pero lo que me impactó más fue su expresión: sus ojos resplandecían con una alegría y calidez que habían estado totalmente ausente los últimos días.

Volví a ver todo el montón, eligiendo dos de las fotografías que había tomado: en la que estaba Edythe sentada en la sala con el libro de pescar mientras Charle miraba ESPN, y la última de nosotros lado a lado.

En la primera, sus ojos estaban mirando el suelo, y a juzgar por la emoción en su rostro podría haber sido una escultura de hilo. La tercera era simplemente vergonzosa de ver. Generalmente decidía ignorar el contraste entre nosotros; lo hermosa, lo perfecta que era al lado de alguien torpe y ridículamente ordinario como yo. Pero en esta foto dicho contraste pareció darme una cachetada. Volví a concentrarme en la expresión de Edythe. Sus labios esbozaban una sonrisa, pero sus ojos no diferían de los de la anterior imagen. Distantes, fríos como los de una estatua.

Me rendí haciendo la tarea, colocando todas las fotografías en el cuaderno negro y titulándolas, en su lugar. Al terminar, guardé las copias de las fotos impresas en un sobre y con ellas, una carta a mi mamá.

Cuando terminé, me volví a ver por la ventana una última vez, casi esperando que Edythe apareciera ahí, lista para una larga charla. Pero por supuesto que eso no pasó.

Más intranquilo y alerta que nunca, tomé Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino de donde se encontraba al lado de mi almohada y comencé a hojearlo distraídamente por un rato hasta que me rendí y apagué la luz. Permanecí tumbado en la cama en la penumbra, viendo por la ventana, los pensamientos acelerados, la ansiedad haciéndolos revolotear en círculos hasta que por fin me sumí en un sueño intranquilo.

El día siguiente en la escuela no difirió del anterior. Frío, silencio. En las pocas veces que Edythe me miró brevemente, fruncía el ceño ligeramente como antes, pero sus ojos no se encontraban con los míos. En su lugar me estudiaban como a un objeto, sin ninguna emoción o vínculo.

Continuaba repitiéndome que estaba tomándome sus silencios y el resto de su comportamiento demasiado personalmente. Esta era simplemente su manera de lidiar con lo que la preocupaba: aislamiento y desconexión. Pero incluso así, se me encogía el estómago cada vez que la miraba y analizaba su expresión. Aburrida, intranquila, como si deseara estar en otro lugar.

El episodio que había causado esto parecía haber sucedido una eternidad atrás, y llegados a este momento, hubiera dado cualquier cosa por ver a Archie un minuto. Él podría ser razonable, sabía que me ayudaría en todo lo que pudiera; que él podría tirar un poco de luz en lo que fuera que estuviese asaltando la mente de Edythe, incluso darme una idea de qué planeaba hacer, dándome al menos una idea de qué esperar.

Pero sabía que las posibilidades de que volviera pronto eran casi nulas, así que decidí que, si nada cambiaba, iría a ver a Carine mañana. No podía simplemente ignorar esto y esperar a que pasase. Tenía que saber qué estaba pasándole a Edythe, saber cuáles eran nuestros planes. Por supuesto, intentaría arreglar las cosas con Edythe primero (incluso si terminábamos a los gritos, supuse que sería mejor que esto), pero si se mantenía fría, iría a hablar con Carine.

Después de la escuela, mientras Edythe me acompañaba hasta mi camioneta, me estaba preparando mentalmente para lo que estaba por decir, cómo iniciar la conversación. Aun así, extrañamente, fue Edythe quien habló primero.

—¿Te molestaría si paso por tu casa hoy? —preguntó cortésmente.

—Claro —dije, demasiado sorprendido para responder cualquier otra cosa.

—¿Ahora? —presionó.

—Sí… claro —dije, a pesar de que por algún motivo que no comprendía, repentinamente quise decir que no; había algo en sus fríos rasgos que hizo que mi estómago se retorciera de nervios —. Sólo voy a dejar una carta para mi mamá en el buzón en el camino y te veré ahí.

Edythe extendió su mano hacia mí, palma hacia arriba.

—Yo lo haré —dijo —, y aun así llegaré antes que tú.

Las comisuras de su boca se alzaron en esa sonrisa que siempre me hipnotizaba, la de los hoyuelos, pero no llegó a sus ojos.

—Okey —dije, entregándole el sobre después de sacarlo del auto—. Nos vemos ahí.

Se volteó sin decir una palabra y regresó a su coche. Por un minuto la vi irse antes de subirme a la camioneta.

Edythe llegó a mi casa antes que yo, y vi su coche plateado estacionado en el lugar de Charlie. Sólo pude suponer que significaba que no pretendía quedarse por mucho tiempo. Sacudí la cabeza, intentando mantener presente la decisión de habar las cosas.

Edythe salió de su coche mientras yo estacionaba, y se acercó.

Abrí la puerta, tomando mi mochila y comencé a salir.

Ella estiró el brazo y puso una mano en mi mochila.

—Déjala —dijo, sin expresión en la voz —. Vamos a caminar.

Me ofreció la mano, pero no la tomé al principio. En su lugar me le quedé simplemente mirando, con un temor que no podía describir consumiéndome el pecho. Alarmas resonaban en mi cabeza.

No obstante, Edythe tomó mi mano de todas maneras y me llevó al este del patio, hacia el bosque. Arrastré los pies, teniendo un mal presentimiento.

Nos habíamos adentrado pocos metros en el sendero cuando se detuvo abruptamente. La casa todavía era visible por entre los árboles.

Edythe se volteó a mirarme.

Respiré profundamente, mentalizándome.

—Nos vamos —dijo directamente.

Me había estado preparando para eso, pero la idea de dejar a Charlie continuaba siendo suficiente para dejarme sin aliento, así que me vi obligado a preguntar:

—¿Por qué ahora? Otro año no…

—Beau, es hora—me interrumpió —. De todos modos no podríamos quedarnos en Forks por mucho más tiempo. Carine está diciendo tener treinta y tres, ya es un exceso hacerle creer a la gente que tiene más de veintinueve. Es tiempo de que empecemos de nuevo.

Parpadeé, desconcertado por su respuesta. En mi mente nos había imaginado a nosotros dos yéndonos juntos para que su familia pudiera vivir aquí en paz. Aquella explicación no tenía ningún sentido.

Al mirarla a los fríos ojos, me congelé. Todo este tiempo había estado equivocado. Había creído que seríamos Edythe y yo quienes nos iríamos, pero ella se refería a que estaba marchándose con su familia. Dejándome atrás.

—Esa no es la razón, sabes que no —dije suavemente cundo volví a encontrar mi voz —. Irse a tan repentinamente. Un año más no haría la diferencia —tomé una bocanada de aire antes de agregar: —Pero si tienes que irte ahora… iré contigo, estoy listo.

—No puedes, Beau — Edythe dijo llanamente —. A donde vamos no es lugar para ti.

Negué con la cabeza.

—Quiero estar donde tu estés, Edythe. Digo… ¿cómo puedes nos saber es a esta altura?

—No soy buena para ti, Beau.

Yo seguía negando con la cabeza, intentando desprenderme de sus palabras antes de que me llegaran a la cabeza y pudiera procesarlas. Comenzaba a sentir la sombra del enojo en los bordes de mi mente, pero no parecía ser capaz de superar al miedo que me congelaba.

—Eres buena para mí —insistí —. Antes… antes de conocerte mi vida estaba… completamente hueca, vacía. No estaba… —continué negando la cabeza, encontrando las palabras correctas para describir mis sentimientos.

—Mi mundo no es bueno para ti —dijo ella.

—Mira —dije —, lo que pasó con Jessamine… no fue nada, Edythe. Absolutamente nada.

—Tienes razón —asintió lentamente —. Fue justo lo que era de esperar.

Podía sentir el pánico rasgando mi garganta. El tono de mi voz demasiado aguado, cortado al acusar:

—Me lo juraste. Cuando estábamos en Phoenix dijiste-

—Que me quedaría siempre y cuando fuera lo mejor para ti —terminó —. No lo he olvidado.

Algo logró romper la barrera que había estado manteniendo todo a raya en mi interior, y el nudo en mi garganta desapareció.

—Esto es sobre mi alma, ¿no? —dije repentinamente, mi voz rígida, a pesar de que seguía teniendo algo de desesperación —Carine me contó lo que piensas. Es estúpido, claro que tienes un alma. No podrías decidir acerca del bien y el mal sin una. E incluso si no la tienes… tomé mi decisión y quiero estar contigo.

Edythe me devolvió la mirada por un momento antes de bajarla. VI trazos de emociones que no pude comprender. Su boca se torció y cerró los ojos, la delicada piel arrugándose entre las cejas. Al abrir los ojos, parecían casi compungidos.

Se rio suavemente, pero sin humor, y sus hombros se relajaron.

—Oh, Beau —dijo, y a pesar de que había un poco del viejo afecto, algo en su voz me congeló la sangre —. No se trata de eso.

Alzó la mirada hacia mí y esta vez pude ver claramente las emociones contradictorias en sus ojos dorados. Culpa, más que nada… pero no el tipo de culpa que había visto en su rostro cuando Joss me perseguía, o cuando me había visto yaciendo en el piso de la sala de ballet, herido y sangrante. No la angustiada o vulnerable mirada de alguien con un principal papel en mi futuro, quien quería –necesitaba– perdón. En su lugar me miró con los remotos y distantes de una extraña.

—Beau —dijo lentamente —, debes entender que esto… lo nuestro simplemente no puede funcionar. No perteneces a nuestro mundo, y yo no pertenezco al tuyo. Estoy tan cansada, Beau. Estoy cansada de fingir ser humana cuando no lo soy. Lo intenté constantemente, luchando contra mis instintos todo el tiempo, constantemente caminando de puntillas en cosas hechas de cristal.

Me le quedé mirando, sin saber bien cómo responder. Sentía como si cada una de las inseguridades que había tenido nunca acerca de nuestra relación estaba azotando mi mente de repente, retorciendo cuchillos en mi pecho.

Los ojos de Edythe estaban inundados de remordimiento.

—Sé que dije un montón de cosas irresponsables los últimos meses. El otro día, en la casa, con Jessamine… fue una alerta. Me forzó a parar y examinarme a mí misma. A mí y a mis verdaderos motivos en todo esto, los que durante todo este tiempo fui demasiado terca para ver.

Sus labios se curvaron en una rígida sonrisa, una de reproche para sí.

—Nunca me di cuenta de que el ciego amor adolescente podía ser tan abrumador, tan engañoso. Y me permití dejarme llevar, imaginando tales tonterías como el destino y el amor eterno, y el amor rompiendo cada barrera. Pero para nosotros, dos personas de dos mundos diferentes, nunca fue más que una pasajera fantasía. No estamos conectados como me hice creer. No me identifico con las cosas de tu mundo, Beau, y cualquier esfuerzo de mi parte para aparentarlo no es más que una vacía mentira, un juego. Y sé que tú no puedes entender el mío: te digo de los peligros, las reglas, pero no lo terminas de comprender, y no puedes ayudarme a distribuir el peso de vivir en él. Tuve que haber visto todo esto desde el principio, pero en su lugar consentí un capricho, un irresponsable impulso, y me detesto ahora por haber permitido que llegara tan lejos.

Ya al final de esto estaba desesperado por hablar, y las palabras salieron atropelladamente de mi boca antes de que dijera la última palabra.

—Entonces transfórmame. Conviérteme en lo que tú eres. Así nada de esto sería un problema, ¿no? Seremos parte del mismo mundo. No tendrás que seguir enlenteciendo tu paso por mí.

Edythe me miró, y ante la disculpa en sus distantes ojos, lo supe. Mi cerebro comprendió ese vago miedo que me había acompañado los últimos días y supe lo que estaba por ocurrir. Y no había absolutamente nada que pudiera hacer para detenerlo.

—Beau… —dijo suavemente —Tienes que entender. Y tienes que creerme, siento terriblemente haber hecho esto, haber cometido un error de esta magnitud. No hice todo esto con el fin de herirte. Las cosas que dije las dije en serio… o al menos en el momento en el que las dije, sinceramente creí que eran verdad. Pero… cuando me detuve a cuestionarme a mí misma me di cuenta que no comprendía para nada mis sentimientos. Qué tan superficiales e infundados eran. Verás, Beau, la razón por la que yo… me interesé tanto por ti… para empezar, era una prueba de mi propia resistencia. Porque por alguna inexplicable razón tu sangre me atraía como la de nadie antes, y quise probarme a mí misma que podía resistirlo. Después porque no podía leer tu mente como a los demás. Eras un rompecabezas para mí, un misterio, y tu sangre era tan atrayente… ¿Cómo decir esto? Fue porque eres humano, un frágil humano, que tanto me fascinabas. Pero… y me desprecio por haberme dado cuenta tan tarde… que eso no es amor. Nunca fue amor de la manera en la que tú piensas en el amor. No eres un compañero con el que puedo contar, en realidad eras más como una mascota… una mascota exótica de un mundo ajeno, a pesar de que me engañé a mí misma para creer que era algo más. Disfruté cuidarte, consentirte, pero eso era todo. Si te convirtieras en vampiro, Beau, podrías pertenecer a nuestro mundo, pero perderías todo interés en mí.

Sólo la miré. No podía sentir mi cuerpo, sólo la cabeza, la cual estaba vacía, sin ningún pensamiento con sentido. Aun así, cuando hablé, mi voz estaba sorprendentemente firme.

—Veo. Eso tiene sentido.

Edythe volvió a mirarme, su glorioso rostro triste, lleno de culpa.

—Eres un humano bueno y amable y mereces algo mejor que esto. Te llevé de paseo y te arrastré conmigo… tanto pudo haberse evitado si hubiera tenido mejor juicio. Me doy asco.

Sacudí la cabeza, protestando mudamente contra sus recriminaciones a sí.

—Por favor… haz lo que tengas que hacer. No te sientas mal… mientras que sea lo mejor para ti —vagamente sentí a mi boca curvarse en una sonrisa, pero se sentía distante, como si otra persona estuviera controlando los músculos de mi cara.

—Lo siento, Beau —volvió a decir, muy suavemente, y sus ojos eran distantes —. Cuando me di cuenta de la verdad… no podía. Ya no podía fingir ser quien era antes de ti.

Asentí, nuevamente sintiendo como si me estuviera mirando a la distancia.

Comenzó a voltearse, luego se detuvo, volviendo a mirarme.

—Una cosa más, Beau —dijo silenciosamente —. Antes de irme. Júrame algo.

—Claro —murmuré con la voz ronca.

Sus ojos arrepentidos se endurecieron ligeramente.

—Lo que dijiste antes —dijo —, acerca de Romeo y Julieta siendo solo una obra, e ir corriendo a suicidarte es estúpido. Tenías razón, el pensamiento fue exageradamente romántico, tonto. Así que… incluso si la forma en la que te trate te deprime un poco por el próximo rato… no te hagas nada estúpido. Recuerda a Charlie, recuerda a tu madre.

Asentí al instante.

—Sí… no te preocupes por mí.

—Y yo te juraré algo a cambio —dijo ella con vehemencia —. Juro que no regresaré aquí. Nunca, Beau, jamás volveré a hacer algo como esto, ni a ti ni a nadie más. Vuelve a tu vida normal, y vívela de la manera en la que tuvo que haber sido si yo no hubiera interferido en ella. Beau, te prometo que será como si nunca hubiera existido.

Su sonrisa era amable a pesar de que sus ojos seguían distantes.

—No te preocupes por mí, Beau —dijo suavemente —. Eres humano… creo que descubrirás que el tiempo cura todas las heridas para tu clase.

—¿Y tú? —pregunté.

Sonrió un poco.

—No olvidaré. No olvidaré la lección que he aprendido aquí. Pero estaré bien… demasiado bien en vista de lo que he hecho… será bueno volver a mi estilo de vida normal. Hay variedad de distracciones para mi clase.

Retrocedió un paso.

—Eso es todo, supongo. Como dije, no volveremos a molestarte.

Mi mente estaba vacía, mi cuerpo demasiado entumecido, para reaccionar ante el uso del plural.

—Archie no va a volver —formulé.

Edythe asintió con lentitud.

—Todos se fueron. Yo me quedé atrás para explicar todo. Archie quería despedirse, pero lo convencí de que una ruptura limpia.

No sabía qué decir. El peso de todo estaba cayendo sobre mí y mi mente vacía giró. No sabía cómo mantenerme erguido, pero sentía a mis pies anclados al suelo por pesos metálicos.

—Adiós, Beau —dijo Edythe con suavidad.

Me quedé mirando su bellísimo, perfecto rostro y repentinamente, sentí el dolor golpearme y mi rostro contraerse.

—Espera —rogué, mi voz ronca. Estiré los brazos en frente de mí como un sonámbulo.

Ella retrocedió de un modo suave, lejos de mi alcance.

—Cuídate —dijo bajo su aliento.

Cerré los ojos como enfrentamiento contra el dolor y sentí una brisa fresca contra mi cara. Cuando volví a abrirlos, se había ido.

Di un paso adelante, mis piernas llevándome mecánicamente, como un robot. No sabía qué estaba haciendo, a dónde estaba yendo, pero no podía hacer nada más.

En todas las películas románticas que mi mamá me había hecho ver, cuando una chica se iba, el chico debía seguirla y encontrar un modo de hacerla regresar. Porque, sin importar lo que ella dijera, en realidad quería que él la siguiera. Esa era la regla. Pero incluso Pero incluso mientras me hacía paso a través del bosque y en adelante, apartando ramas y pisando maderas con la luz del cielo desapareciendo, sabía que eso no podía aplicarse acá. Edythe no era una chica común y no podía ser seguida como una chica común. Sólo podía seguir a Edythe cuando ella iba lo suficientemente lento para dejar que la siguiera y estaba cansada de que lo hiciera. Se había acabado. Todo.

Continué andando, sin prestar atención a dónde se encontraba y me tropecé con obstáculos que mi visión no registraba más de una vez. El cielo continuó oscureciendo mientras el sol tocaba el horizonte, luego se escondía debajo de él hasta que se volvió todo negro. Al final, mi pie se enganchó en algo y me caí. Me quedé panza arriba, pero esta vez no me molesté en volver a levantarme. De todos modos, no podía ver nada.

Vagamente me pregunté por qué estaba tan oscuro. ¿En serio podían las copas de los árboles tapar la luz de la luna por completo? O tal vez no había luna esa noche… un eclipse lunar, una luna nueva.

Me estremecí.

No sabía por cuanto tiempo había estado ahí cuando pensé escuchar voces llamando mi nombre. No estaba del todo seguro si de verdad las había escuchado o si estaba soñando. No pude hacer que mi voz les respondiera. De todas maneras, lentamente me obligué a sentarme, sintiendo los escombros del bosque pegados a mi remera, y me arrastré hasta sentarme con la espalda recostada contra un árbol. Cerré los ojos, apoyando la cabeza en la madera. Sentí una gota en mi rostro y abrí los ojos para ver que había comenzado a llover.

Repentinamente escuché algo cerca. Un resoplido, interceptado con una especie de pesada espiración. Sonaba como un animal salvaje, uno grande. Tal vez un oso, o un puma. Puede que eso haya tenido que asustarme, pero no reaccioné. Incluso cuando el sonido estaba a metros de distancia, se sentía distante, sin ninguna importancia.

Aparentemente el animal no tenía hambre, lentamente se fue, y el sonido se perdió en el bosque. Volví a cerrar los ojos.

No sé por cuánto tiempo permanecí sentado donde estaba cuando volví a escuchar un sonido, esta vez eran pisadas sobre el tamborileo de la lluvia. Abrí los ojos para ver una brillante luz en la cercanía.

—¿Beau? —dijo una voz.

Adormecido, alcé la cabeza para ver quién había hablado. El rostro cobrizo al que estaba mirando me era vagamente familiar de alguna manera, pero no pude ponerle nombre.

La figura se arrodilló frente a mí, sus ojos oscuros mirándome con preocupación.

—¿Beau, estás bien? ¿Has sido herido?

De algún modo logré encontrar una voz.

—¿Quién eres? —las palabras salieron rasposas.

La figura frente a mí era una mujer, alta y enjuta, con fuertes brazos, cabello corto en un estilo casi militar. Sus ojos parecían buscar mi rostro por… por algo.

—Mi nombre es Samantha Uley, Beau. Soy de la reserva. Tu padre Charlie estaba preocupado de que algo haya pasado. Estuvimos buscándote.

Charlie, mi papá. Como un niño pequeño, tuve la repentina necesidad de verlo.

—Oh —murmuré.

Estiró el brazo para que tomara su mano.

—¿Estás bien, Beau? ¿Te puedes parar?

No estaba seguro. Alcé la mirada a ella vagamente y su preocupación solo pareció aumentar. Aun así, al final, tomé su mano y ella me ayudó a levantarme con una sorprendente fuerza. Me tambaleé por un momento y ella me atajó, luego puso uno de mis brazos sobre su hombro para mantenerme erguido.

—No —murmuré —. No, estoy… bien. Puedo caminar.

De todos modos, ella me ignoró y se giró en una dirección del oscuro bosque que era para mí igual a cualquier otra dirección, luego comenzó a caminar, medio arrastrándome a su lado.

Puede que haya sido mi afectado sentido del tiempo, pero parecimos llegar al borde del bosque muy rápido después de eso; y poco después habíamos salido de entre los árboles para encontrar a un gran grupo de personas no muy lejos.

—Lo tengo —anunció Samantha —. Aquí está. Creo que está bien, solo un poco aturdido.

Fui inmediatamente rodeado por un grupo numeroso, todos hablando al mismo tiempo. Sus voces parecían fundirse haciendo que nada tuviera sentido. Aun así, llamó mi nombre una voz que se distinguía de todas las otras.

—Beau, hijo, ¿estás bien?

Escaneé vagamente a la multitud hasta que encontré el rostro que estaba buscando.

—Hola, Charlie —dije, pero las palabras estaban arrastradas y rasposas, como el motor muerto de un coche.

Samantha continuaba con uno de mis brazos alrededor de su hombro y yo sería apoyado contra ella. Probablemente me veía como un borracho.

Hubo un cambio de mi peso, y lo próximo que supe, mi punto de apoyo cambió de una enjuta, pero musculosa figura a otra más grande en una chaqueta pesada. Escuché a Charlie gruñir bajo mi peso, pero luego me cambió de posición y empezó a andar conmigo arrastrando los pies a su lado.

—Sólo iremos a la casa —murmuró —. Aguanta, hijo, aguanta…

Se puso de costado cuando pasamos por el umbral, y lo próximo que sabía era que yo estaba en el sofá en el living. Supe al caer en él que estaba dejando hojas y tierra por toda la tela, y consideré protestar, pero no parecí poder formular las palabras.

—¿Beau?

Oí una nueva voz y alcé la vista para ver a un hombre de cabello gris inclinado hacia mí. Me tomó un segundo recordar que sabía su nombre.

—¿Doctor… Gerandy? —logré formular.

Asintió, viéndose muy amable.

—Así es, hijo. Dime, ¿estás herido?

Había algo sobre la pregunta que me hizo parpadear, frunciendo el ceño de la confusión. ¿No me había preguntado lo mismo recién Samantha Uley? Pero ella había preguntado algo distinto. "¿Has sido herido?" había preguntado ella.

El Doctor Gerandy esperaba mi respuesta. Forcé a mi mente a trabajar.

—No… Estoy bien —dije lentamente.

Iluminó mis ojos con una luz y colocó una especie de artefacto en forma de caja cerca de mi boca, luego revisó la lectura. Volvió a mirarme y preguntó suavemente:

—¿Qué pasó?

Abrí mi boca automáticamente para responder, pero nada surgió. Podía sentir algo en lo profundo de mi mente, tratando de surgir. No quería pensar. No sobre eso.

—¿Te desviaste accidentalmente del sendero y te perdiste? —continuó.

Noté en ese momento que había varias personas más en la habitación. Varias mujeres con oscuros rostros como el de Samantha Uley. De La Push, la reserva nativa Quileute en la costa, calculé. El padre de McKayla, el señor Newton, estaba también ahí junto con el señor Weber, padre de Allen. Oí voces en la cocina también. Pero no estaba bien como para sentir mucho de nada en el momento.

—Sí —murmuré —. Yo… tomé un giro incorrecto y… no pude encontrar mi camino de regreso.

El Doctor Gerandy asintió, mientras checkeaba las glándulas bajo mi mandíbula.

—¿Te sientes cansado? —preguntó.

Asentí y no pude ni siquiera encontrar la fuerza para hablar. Me senté donde estaba, los párpados medio bajos, vagamente consciente de mis alrededores. En algún punto, Charlie y el Doctor Gerandy se alejaron del sillón, hablando en volumen bajo.

—No, tiene razón, no estuvo bebiendo —Gerandy estaba diciendo en voz baja —. Hasta lo que puedo decir, es sólo agotamiento. Déjelo dormir por ahora y yo volveré a revisarlo mañana por la mañana —le echó un vistazo a su reloj —. Bueno, más tarde esta mañana.

Ambos continuaban moviéndose y estaban casi fuera de mi campo de audición cuando Charlie preguntó:

—¿Es cierto? ¿Se fueron?

—La Doctora Cullen nos pidió que no dijéramos nada —respondió el Doctor Gerandy —. La oferta fue muy repentina y la decisión tuvo que tomarse rápido. Carine no quería que se hiciera mucha producción del que se fueran, tanto por el bien de sus hijos como el suyo propio.

—Ya veo —dijo Charlie en una voz aún más leve

No seguí intentando escuchar. No lo necesitaba.

No sé si me dormí. Parecía ir y volver entre la consciencia, escuchando a Charlie agradecerles a los voluntarios e informando a todos los que llamó que me habían encontrado bien. Al fin las llamadas se terminaron y Charlie se situó en el sillón cercano, finalmente listo para descansar.

Dirigí mis ojos a la ventana y vi que en algún lado a través de la lluvia el cielo comenzaba a aclararse. Automáticamente me obligué a sentarme, llevando una mano al lugar donde me dolía la cabeza. A pesar de su probable agotamiento, Charlie estuvo a mi lado inmediatamente.

—¿Beau? —dijo, poniendo una mano en mi hombro —¿Cómo te sientes?

Esa era la pregunta que no quería responder, así que sólo sacudí la cabeza.

—¿Cómo… cómo supiste dónde encontrarme? —pregunté

Charlie me miró sorprendido.

—La nota que dejaste.

Sacó de su bolsillo un sucio pedazo de papel y lo desdobló para que pudiera ver lo que estaba escrito ahí.

Fui a dar un paseo con Edythe por el sendero. Vuelvo pronto. Beau.

Era una aproximación creíble de mi desprolija caligrafía.

—Eso fue inteligente —Charlie agregó con brusquedad —. Es bueno hacerle saber a la gente dónde estás, por si… por si algo así pasara.

La habitación estuvo en silencio por un largo rato, Charlie parado al lado del sofá, incómodo; yo mirando a la nada. Al fin preguntó, en voz baja:

—¿Qué pasó, Beau? Con Edythe.

El sonido del nombre dicho en voz alta me hizo encoger, y repentinamente algo que sólo había sido un apagado pulso explotó en mi pecho. Bajé mis ojos al piso.

—Cuando no volviste —continuó Charlie —, llamé a los Cullen. Nadie atendió, así que llamé al hospital para ver si podía encontrar a Carine. Fue ahí cuando el Doctor Gerandy me dijo que se habían ido. Aparentemente a Carine se le ha hecho una buena oferta en un gran hospital en Los Ángeles. Allá sí podrá usar sus talentos, sólo es una pena que tuviera que ser tan repentino. Pero supongo que Edythe te lo contó.

Volví a sentir una puñalada en el pecho ante el nombre y cerré los ojos. La soleada Los Ángeles… el último lugar a dónde irían de verdad.

—No… —murmuré —No, no lo sabía.

Sentí a Charlie volver a agarrar mi hombro, esta vez con más fuerza.

—¿Qué te dijo? —preguntó con la voz más suave de lo que nunca la había oído.

No pude responder. De algún modo, ante la gentileza en su tono, el dolor en mi pecho sólo pareció intensificarse. Sin mirarlo, me levanté del sillón, moviéndome tan rápido que mi cabeza dio vueltas y Charlie tuvo que estabilizarme.

Tenía la garganta seca, los ojos quemándose, y lo empujé ciegamente y me lancé a las escaleras, medio corriendo, medio tropezando mientras subía. Entré a mi habitación, y apenas lo hice, trabé la puerta detrás de mí.

Me quedé parado ahí por un momento, recostado contra la madera, concentrado en respirar profunda y rítmicamente, mis ojos cerrados.

Palabras que ella había dicho se repitieron en mi mente.

"Será como si nunca hubiera existido…".

Recordé la nota dejada para Charlie, que alguien debió haber estado en la casa para dejarla. Y lo supe.

Me dirigí al reproductor de CD, donde había dejado el disco plateado con todas sus composiciones. Estaba vacío. Tomé el álbum de fotos negro de donde lo había dejado en el escritorio. Al abrir la tapa, encontré que las fotos que había guardado y etiquetado no estaban. No tenía sentido buscar nada más… sabía que todo se había ido.

Retrocedí un paso y mis piernas chocaron con el costado de la cama. Me hundí en el colchón, mi cabeza inclinándose hacia mis manos, entrelazadas. Mis ojos se desplazaron brevemente a la copia de Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino, aún sentada en mi cama donde la dejé el último par de noches mientras trataba de distraerme… distraerme de lo que aún no sabía que debía temer.

Entumecido, sin pensar, me estiré y la tomé entre mis manos. La vieja encuadernación se abrió automáticamente en la última página que había leído.

"Había llegado ya al límite de mis fuerzas. Notaba cómo se me iban separando los dedos; mis manos no me obedecían ya y me negaban un puñado de apoyo; la boca, abierta convulsivamente, se llenaba de agua salada".

Me quedé mirando las palabras. Algo estaba desgarrando mi garganta, quemando mis ojos. Mi boca se abrió, pero ningún sonido escapó. No podía sentir los dedos conectados a mis manos y el libro resbaló sobre ello, golpeando el suelo con fuerza. Pero no pude escucharlo en el silencio que consumía todo y me encerraba. Sólo escuchaba el jadeo al abrirse mi boca, pero mis pulmones no ingirieron aire. Las palabras del libro continuaban en mi cabeza. No de la forma consoladora, familiar con la que lo habían hecho cientos de veces antes, sino como una sentencia de muerte.

"El frío me invadía hasta los huesos. Levanté la cabeza por última vez, luego me hundí".


Nota de TributoRunner: Sí, desaparecí por una infinidad de tiempo y realmente lo siento. Estuve trabajando mucho en una historia propia y me olvidé de este proyecto por completo… Si logro acomodar mis horarios, planeo actualizar esto al menos una vez al mes (¿?). Por suerte este era el capítulo más largo de todos por lejos. Este capítulo no lo revisé como se debe, pero pienso hacerlo… eventualmente. Voy a estar trabajando en una mejor portada para esto, también… y en revisar los capítulos anteriores por si hay algún error o palabras que no me gustan. Btw, debería traducir el final alternativo de Vida y Muerte o nah?

Anyways, los veo en próximos capítulos!

Actualizado: 06.03.2020