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Si hay algo que une a dos personas, es definitivamente el dolor.

Pueden no conocerse, pueden no entenderse ni sentir nada antes de ello.

Pero una vez que el dolor llega y ambos seres lo comparten, es inevitable que el dolor permanezca en ellos.

«¿Porqué pasó esto?», «¿Qué hice yo?»

Y te enojas. Lo evades. Te frustras. Lo enfrentas.

Y sobrevives.

Pero, cuando la persona es Ben Solo y es una persona con la que es sencillamente imposible convivir, hablar y expresarse, el dolor debería ser ignorado aún cuando crees no poder.

Si alguien me hubiera dicho que llegaría a comprender su sufrimiento y que el trauma provocado aquel día estaría tan cerca de él como estuvo de mí, no lo habría creído ni por un segundo.

No sé cómo estaba ahí o por qué. Pero estaba. Y yo también.

Mismo sitio, mismo momento, diferente situación para cada uno. La de él más delicada en ese instante que la mía. Luego, las de ambos se volverían desventajosas.

y después, por un instante, algo se despertó en él.

Cuando aquel tipo rozó mis brazos con sus asquerosos dedos, pasó en él algo que también pasó en mí pero ante lo que yo no pude reaccionar.

En cambio él reaccionó.

Y de un modo que si yo no hubiera estado allí, jamás habría reaccionado.

...

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El hombre que me había tocado, ya no tenía vida. Yacía inmóvil y ensangrentado a los pies de Ben. Su cabeza, ahora transformada en una masa gelatinosa e indescifrable había salpicado totalmente los zapatos de fina gamuza de él, que permanecía fijo y tembloroso frente al hombre muerto. Los cómplices que permanecían fuera del almacén en que nos habían mantenido secuestrados, no habían hecho acto de presencia.

Con los labios temblorosos y sin poder encajar los dientes, me quedé acurrucada en una esquina, mirándole fijamente, observando cómo le temblaban las manos y el esfuerzo sobrehumano que representó para él asesinar. Parecía que en ese instante lo mantenía absorto, como si hubiera salido de su cuerpo para evitar enfrentar la realidad del acto que acababa de cometer.

Y entonces el sonido de las sirenas nos obligó a sacudirnos el sopor en que nos hallábamos sumidos desde horas atrás. Sus manos ya no temblaban. Permanecía mirando el cuerpo inmóvil del hombre, cual si yo no existiera en aquella habitación.

Cuando entendí realmente dónde me hallaba, fue que puse atención y comprendí que estábamos en el cuarto de atención de una nave industrial.

Entonces recordé qué hacía yo allí y cómo me había involucrado en un asunto que no sólo no me correspondía, sino que podía haber evitado totalmente de no empecinarme en buscar al tipo que me había amenazado en los vestidores por haberle visto con su novia.

Me odié profundamente por haberme involucrado en aquella situación, porque ahora había sufrido de acoso sexual, secuestro y todos los asuntos ilegales en que me hubiera metido por seguirlo. Pero estaba segura de que me habría odiado más si me hubiese sólo dado la vuelta y no hubiera intervenido en nada.

Es normal pensar que a una mujer indefensa, cualquiera podría pensar en sobajarla y humillarla en su más profunda intimidad. ¿Pero a un hombre? ¿Y a un hombre joven, fuerte y atlético, además?

No sabía cómo mirarlo a la cara sin avergonzarlo. No sabía qué pasaría después de aquello.

Es cierto que no era la persona más amable. Pero esto iba más allá del bullying escolar. Recuerdo que permanecí acurrucada contra la lámina fría mientras los policías gritaban que subiéramos las manos. Sus voces parecieron desgarrarme los oídos. Ben no se inmutó. Permaneció en la contemplación, que parecía eterna, del cuerpo del hombre al que había asesinado, como si supiera que aquello le había transformado ya en otra cosa, algo distinto, o quizá muy distinto de quien ya era. Todo había cambiado y pareció estar ajustándose a esa nueva realidad, mientras la masa roja, rosa y viscosa de lo que quedaba de la cabeza del hombre asqueroso que me había puesto los dedos encima parecí fundirse contra el suelo de concreto sin terminar, pudriéndose cada instante, en una gran y maloliente mancha oxidada de sangre, fragmentos de hueso y cabellos desparramados.

Ben estaba ensangrentado. Los dedos le sangraban. No era sólo la sangre del muerto, sino sus nudillos, con los que lo había golpeado, primero certeramente como para atontarlo. Pero luego aquello pareció eterno.

Siguió y siguió, como desquitando una vieja afrenta. Y después de unos minutos, aquello ya no parecía más que un reflejo mecánico y violento, poderoso pero ya sin furia. Como si sólo estuviera asegurándose que ya no se levantaría.

Trataron de interrogarnos.

Hubiera querido hablar. Decir algo contundente para defender a Ben. Para defenderme a mí misma. Los detectives, contrariados ante la horrible escena, no lograban comprender si es que habíamos sido las víctimas o los victimarios. Si habíamos actuado en defensa propia legítima o si habíamos deliberadamente planeado todo con el hombre muerto para luego asesinarlo en alguna especie de ritual sanguinario.

Ben permaneció con el forense por largo tiempo, quien tomó todo tipo de muestras, le curó y le hizo una serie de preguntas sobre la magnitud de los golpes para determinar si había empleado fuerza excesiva. El cráneo deshecho lo comprobaba pero era parte del montón de requisitos con que pretenderían acusarlo. Mientras todo eso pasaba, respondía escuetamente, apenas con monosílabos. Por momentos se extendía demasiado en sus respuestas. Pero en todo momento permaneció con la vista fija en mí y en todos mis movimientos. Su rostro parecía congestionado, como si necesitara mucho llorar y luego dormir por tiempo indefinido.

El doctor también determinó que yo padecía de mutismo selectivo por el trauma sufrido. En silencio me revisaron y cuando el examen físico se avecinaba, pidieron a Ben que saliera. Se negó en un inicio. Luego un policía entró a la sala donde nos custodiaban, diciendo que Jyn estaba fuera.

Por alguna razón sentí que se me rompía el corazón cuando salió, casi con urgencia.

Entre la persiana pude ver como ésta se abalanzaba contra él y lloraba desesperada, mientras él no dejaba de mirar al interior. Nuestros ojos se encontraron. Sentí dolor físico, a pesar de que estaba intacta. Un policía cerró la persiana y salió.

...

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Finn tocó a mi puerta dos días después. No me había presentado en la universidad y no tenía intenciones de presentarme. No aún. Estaba asustada, demacrada, inmersa en las imágenes de esa tarde y noche, que me eran imposibles de olvidar.

Jamás podría ver de la misma forma las luces azul y rojo de una patrulla policial. Jamás una sirena de ambulancia había tenido un sonido tan horrible y desgarrador en mis oídos.

Y nunca podría olvidar el desamparo en sus ojos cuando me miró detrás de la persiana como diciendo: «Gracias. Ahora sálvame de esto».

Cuando Finn llegó, me abrazó fuertemente, su semblante parecía muy preocupado.

- ¿Te hizo algo? ¿Qué fue lo que pasó? El tipo está en la universidad como si nada. Su novia organiza el baile de graduación.

- Finn, Jyn es de segundo.

- Y lo organiza.

- Estaré bien. Sólo...

- ¿Él te hizo daño?

- No - respondí, apenas con un hilo de voz - Ben fue quien golpeó a aquel hombre hasta asesinarlo. Cuando lo alcancé por fin, porque lo busqué, Finn... - Me callé. Comprendí que una persona como Ben Solo jamás apreciaría que se supiera que había sido una víctima.

- ¿Qué pasó?

- El hombre que lo secuestró, me descubrió y trató de violarme. En un descuido, Ben lo golpeó y ...

- ¿Estás confesándome que el hijo de un empresario y la senadora más poderosa del país es un asesino? - esto lo dijo un poco escandalizado.

- Te digo abiertamente que lo mató para salvarme. Si él no me hubiera quitado a ese hombre de encima, estaría muerta, Finn.

- Entonces no es tan terrible como pensábamos - concluyó.

- No sabría qué decirte ahora.

Ojalá hubiera sabido qué decir.

- Rey, debes regresar. Necesito que cantes.

- ¿Que yo cante? ¿Dónde?

- El sábado hay una protesta en el centro comunitario.

- Finn, aún no tenemos preparada totalmente esa canción y además falta entregar el ensayo y...

- El ensayo se entregó ayer. Tu nombre está en él. No te preocupes. Ensaya y estaremos listos para el sábado. Hay temas que deben tratarse inmediatamente.

- ¿Por ejemplo?

- ¿Supiste lo que pasó en la discoteca?

- Si.

- Quiero ayudar a repararlo.

Lo miré atenta. En verdad había mucha discriminación todavía, y por razones muy estúpidas además. Pero existía.

Yo no soy una persona que vea las cosas desde mi propia perspectiva. Trato de verlas todas, de situarme en la situación de cada uno antes de opinar.

Pero matar a una persona porque no nos gusta su color, su ropa, su estatus social o por capricho no es justificable, así que evado a ese tipo de personas.

- Está bien Finn. Aprenderé totalmente la canción y el sábado estaremos listos.

Cuando Finn se fue, en lo único que podía pensar era en hablar con Ben. Al parecer estaba mejor que yo, que no podía siquiera mirar a nadie a la cara.

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Uno de los policías me había pedido que si necesitaba algo, pidiera su ayuda y eso hice. Le pedí buscar el número de Ben, con el pretexto de que no lo conocía pero quería agradecerle su apoyo y me lo dio, así sin más.

Era lunes y los lunes siempre son un caos, así que no me extrañó que Ben no supiera quién era. Una vez reconoció mi voz, simplemente dijo:

- Desearía no haberlo hecho, pero estás bien y eso importa totalmente.

Una vez más, las lagrimas afluyeron a mis ojos abotagados. Me acurruqué y espere otro día más que llegara la noche.

Parecía haber nacido de nuevo y él también. Lo intentaba.

Se veía bien.