El poder del deseo.

¿Seríamos más felices si todas las personas dijeran exactamente lo que desean y, en el acto, se les cumpliera? Probablemente no, porque la satisfacción en ocasiones proviene no tanto de la realización del deseo sino de su fantasía, como en el pervertido, o el de aplazarlo como en muchas historias.

Capítulo 1.

Reino de plata.

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El cielo despejado, las bellas colinas verdes cubiertas de un arcoíris de flores silvestres, embellecían el camino.

Atrás habían quedado los vestigios de que en la tierra se hubiese desatado una guerra mundial, ¡Vaya capacidad del planeta para resistir y regenerarse!

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Acostumbrada a ese paisaje, una mujer indiferente ante la magnificencia de la naturaleza llevaba sobre su espalda el fruto de su duro trabajo, unos diez kilos de tallos de arroz es lo que había conseguido durante todo el día de su rebusca en los muchos campos de siembra que ahora estaban abandonados.

Ante su vista algo inesperado sucedió. Se encontró de frente con un enorme perro salvaje que, al verla comenzó a ladrar mostrándole sus fieros y enormes colmillos. Ella no reacciono como la típica mujer asustada e indefensa, lo que ya antes había vivido no podía compararse a esta situación aparentemente peligrosa.

Comenzó a responder los ladridos y gruñidos de aquella bestia, de la misma forma; como si del mismo animal se tratara.

Se detuvo asustada cuando escucho y vio a lo lejos a una joven corriendo y gritando con todas sus fuerzas. Todo indicaba que huía de algo o de alguien, ya que lucía aterrada.

Las cosas sucedían tan rápido que su cerebro no le indico que hacer, permaneció como una estatua inerte. Tres sujetos de aspecto temerario y sucio, perseguían a aquella joven que llevaba las telas de su vestimenta desgarradas y al verla escapando; sin ninguna compasión aquellos infelices, le dispararon por la espalda.

El horror cubría ese hermoso lugar, de la herida de aquella espalda brotaba a borbotones sangre que mojaba el fresco pasto verde. Aquel sitio pintoresco, ahora estaba teñido de rojo; rojo sangre.

La mujer que observaba todo, continuaba paralizada. El perro salvaje ante el ruido del disparo actuó mas sagazmente, había huido rápidamente. El peor depredador de la tierra aparecía; el hombre.

Los malhechores se acercaban a ella mirándola sin decir una sola palabra; le apuntaba de frente uno de ellos, y en su temor de ver que estaban a solo unos pasos de ella; no se dio cuenta que otro tipo a sus espaldas ya la tenía como blanco en su mira y, segundos después le disparo atravesando su cráneo; matándola al instante.

Aquel trabajo que había realizado durante todo el día, quedo tirado junto a ella en el piso. Su familia no se alimentaria de ese arroz y su cuerpo tal vez serviría de alimento para el animal y su jauría que instantes atrás había encontrado.

El suceso de esa tarde no era algo aislado, el respeto por la vida y las personas habían desaparecido.

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A unas millas de ahí, en una enorme casa que ahora parecía descuidada; pero que se notaba que en el pasado era una elegante y rica mansión. Habitaban cinco personas, tres de ellos eran hermanos, un joven rubio, apuesto y alto quien era el mayor. Portaba finas ropas, pero ahora lucían desgastadas por el uso continuo, su hermano menor y su adolescente hermana vestían de manera semejante.

Se trataba de la mansión Tatsumi, reconocida años atrás por su riqueza y alta alcurnia. Pero la guerra, lo que a todos les parecía el fin del mundo, o al menos el fin de su mundo; lo había desaparecido casi todo.

Años atrás, se dividía y regia el sistema mundial en clases sociales y razas.

Clase alta, clase media y pobres. Blancos, asiáticos, latinos y negros, estos dos últimos los más marginados y despreciados. Todos divididos por fronteras creadas por la ambición y el prejuicio humano.

En el presente, casi nadie era ni rico, ni medio. La mayoría se hallaba en la pobreza y muchos en pobreza extrema. Quienes se encontraban lejos de esta eran los que habían tomado el control de todo, haciéndose dueños de la mayoría de propiedades y pertenencias de los muertos y desaparecidos en la guerra. Ahora todos los pobladores tenían los mismos derechos como los marginados; latinos y negros.

Lo que en el pasado fue la servidumbre en la mansión Tatsumi, en el presente algunos eran sus ayudantes y residentes por voluntad propia, otros decidieron salir a buscar a sus familiares. Tatsumi Souichi trabajaba al lado de su leal sirviente y amigo Kurukawa desde el amanecer, hasta el mediodía cultivando sus vegetales; lo que era su alimento. También, se aventuraban de vez en cuando a salir en busca de alguna liebre o animal pequeño para saciar sus ganas de carne.

Hasta la fecha, Souichi mantenía su dignidad intacta, aunque semanalmente le abastecían de alimentos procesados en cajas selladas, y algunos frescos, él pretendía sobrevivir por sus propios medios; no deseaba tener mayores ventajas a las de sus pocos vecinos sobrevivientes que también morían de hambre. Además que se proponía preparar a sus hermanos para la vida que ahora enfrentaban.

Salir de su propiedad resultaba en un riesgo enorme. Lo que años atrás en Nagoya y demás ciudades de Japón eran avenidas transitadas, ahora estaban cubiertas de hierba. Los autos y trenes que habían sido destruidos por proyectiles o bombas de implosión, estaban en lugares que prepararon para comprimirlos pues ya eran inservibles. Los combustibles fueron tomados por los poderosos.

Japón a lo largo de la historia de la humanidad, siempre se destacó por su fortaleza después de las guerras. Siempre conseguía salir adelante sin aceptar la ayuda de otros países, pero ahora nadie ofrecía ayuda. Todas las naciones estaban devastadas y el retroceso, más la degradación ahora reinaba en el planeta.

La poca electricidad que aún estaba reservada en las plantas, la utilizaban solo los ricos y por supuesto El Rey de plata en su lujoso castillo. Los pobladores tenían que utilizar lámparas de petróleo o velas de cera.

La vida del ser humano era una batalla continua por la supervivencia. Siempre lo fue, sin embargo el exponer la integridad y salvar el pellejo a cada instante; resultaba agotador y desgastante.

La sociedad, aun antes de la guerra había cambiado mucho su supuesta moralidad, si es que podría llamársele así, o si es que existía alguna.

Décadas atrás los homosexuales se escondían y se les consideraba una minoría rechazada y marginada; los raros, los extraños. Pero, incluso esto había cambiado, ahora los extraños y minoría eran los heterosexuales. Aunque estos jamás se esconderían, ellos se consideraban los normales.

Los hombres, habían dejado atrás el gusto por las mujeres y los que aun mantenían este; resultaban ser violadores. Las féminas prácticamente estaban siendo asesinadas y algunas que se les permitía vivir, tenían que sufrir un embarazo no deseado y dar tumbos por la vida, como las mujeres que se mostraron al comienzo de esta historia. Las personas que vivían esa realidad, eran testigos de la falta de amor al semejante y ferocidad que muchos tenían.

Había algunas excepciones, Souichi se preocupaba enormemente por sus dos hermanos, y Kanako era su prioridad frente a los sucesos de cada día. Se olvidaba de sí mismo y que su padre antes de partir a la guerra como la mayoría de los hombres mayores a treinta años, había tenido que ceder en entregar a su primogénito cuando este cumpliera los veinticuatro años.

Sería entregado al hijo del que ahora se había proclamado Rey y señor de Tokio y sus ciudades aledañas. El Rey de plata o El Rey plateado. Morinaga Tenno.

Tatsumi Soujin no estaba obligado en participar en la guerra, al ser un personaje importante para el mundo de la ciencia y además acaudalado, estaba exento al servicio militar. No obstante, el amor por su país y el pensamiento que de esa manera su familia conseguiría un futuro mejor; lo llevaron a alistarse al ejército de Japón.

Nagoya había sido tomada también por estos poderosos, los Morinaga. El cabeza de familia, ahora El Rey de plata, aprovecho su puesto en el gobierno y las influencias que tenía para derrocar a otros que querían alzarse como monarcas de la tercera parte de la nación.

En un principio, el trato con Tatsumi Soujin, había sido el de entregar a Tomoe; el hijo segundo.

Nagoya era un punto importante para pactar y aunque Soujin no era un rey, si contaba con reconocimiento y apoyo de muchos ciudadanos, de ahí el interés del Rey de plata de crear un alianza con él.

Sin embargo, el menor de los Morinaga a quien correspondía crear lazos y pactar con esa región del país, se negó rotundamente ante su padre al escuchar que el joven Tomoe tenía diesi ocho años:

- ¡No soy un pederasta! Y tampoco pienso cambiar pañales. Si no es de mi edad o hasta dos años mayor que yo, pacta con otra familia, pero no pienso cuidar de un mocoso -

- ¡Tú tienes veinte uno! Y te casaras a los veintidós años ¿Que tan grande es la diferencia de edad? Pero no importa, tiene un hermano mayor, entonces este será, pero... Te advierto que tiene fama de ser una fiera, ha hecho retroceder a los que han osado intentar ocupar su mansión. Además, necesitaras usar la fuerza para hacerlo tuyo, es de los que aún se proclaman normales y detesta a los homosexuales -

- Eso es porque tu insistes en que me comprometa con alguien de esa ciudad ¡No puedes escoger otra! A mí me da igual, de todos modos puedo seguir manteniendo mi estilo de vida como hasta ahora. No esperes que me adapte a una vida de familia que no deseo, prefiero tener a muchos en mi cama y no a un solo sujeto y menos a uno al que tendría que forzar... ¿Yo? ¡No necesito eso! -

Si, Morinaga Tetsuhiro era muy guapo y tenía un cuerpo irresistible. Su estatura era poco común en Japón, un metro ochenta y nueve centímetros. De ningún modo pasaba desapercibido con ese masculino rostro y cabellos tan oscuros como la noche, una oscuridad tan parecida a sus expresivos ojos. No era extraño que a su parecer, el estuviera en la posición de elegir a quien deseara y que este no se resistiera.

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Después de arduas horas en la siembra, e ir al rio, trabajosamente habían logrado pescar algo decente para ese día. Bastante agotados, acalorados y sedientos se detuvieron a beber agua de sus botellas.

En la lejanía miraban fuego, consecuencia de que ardían algunas casas. Seguramente se trataba de los forajidos que como aves de rapiña buscaban cosas para su propio provecho. Invadían propiedades y después les prendían fuego. La mayoría eran renegados o traidores que al ver que su vida corría riesgo en la guerra; desertaron. Souichi, muy indignado decía a Kurukawa:

- ¡Ese malnacido Rey Morinaga! Prometió a mi padre que todas estas masacres acabarían con su reinado de plata, esa es la casa de los Katsudo. Ellos no le hacían daño a nadie, ¡Vamos pronto a ver si aún hay alguien vivo! -

- Calmate Souichi, yo también quisiera hacer algo y terminar con todo esto... Pero, ya debe ser tarde para ayudarlos. Al menos el hombre ha cumplido con su palabra de mantenernos resguardados, hasta ahora ningún maleante ha sido capaz de burlar a los vigilantes que envió para protegernos y ha continuado enviando provisiones cada semana -

- No necesitamos de sus limosnas, tu y yo somos lo suficientemente capaces de sacar a todos a delante como hasta ahora lo hemos hecho...Debo idear alguna manera de romper ese estúpido compromiso que hizo mi padre. ¡Como si no existiesen hermosas mujeres para complacer a ese hijo imbécil y mimado del rey! -

- Sabes que ya se han pasado esos límites, ya nada les satisface a los humanos y han desviado el uso que antes se les daba a las mujeres y mejor no lo menciones, porque hasta eso ya está penado. El rey mismo tiene preferencia por los masculinos, todo el mundo sabe eso.

Oponérsele es arriesgar el pellejo y si tu padre hizo ese pacto, fue porque solo de esa forma esta parte del país obtendría toda la protección y cuidados del Rey -

- ¡Malditos maricas! Han plagado el planeta, debe haber algo que los desaparezca. Si hubiese terminado mis estudios en ciencias antes de todo este caos, ahora tendría alguna fórmula que los aniquilara o rehabilitara -

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Regresaron a su casa muy cansados, trabajar más de medio día sembrando y segando bajo el fulgente sol y todavía ir a cazar o pescar; mantenía en buena forma a ambos jóvenes y bastante ocupados.

Souichi enfureció al llegar y ver que Tomoe y Kanako solo estaban columpiándose en unas ruedas de auto viejas que habían colgado en las ramas del enorme árbol que daba frente a su casa.

Se suponía que deberían estar relevándolos en las demás tareas: ordeñar a la única vaca que tenían y les permitía comer leche y queso fresco, alimentar a sus pocas gallinas que les proveían huevos y llevar agua desde el pozo hasta la mansión. Si, se trataba de tareas demasiado pesadas para dos jóvenes; sin embargo, todos debían de apoyar, ya había hablado de eso con ellos en repetidas ocasiones. Pero por lo que sucedía, no habían entendido aun. No entendían que nada se había repuesto aun, ni los servicios de saneamiento, ni servicios de agua, médicos, etc.

- ¡Tomoe, Kanako! Eso de columpiarse deben hacerlo después de cumplir con sus tareas, a este paso les ganara la noche. No abusen pensando que siempre nos estarán protegiendo o vigilando esos espías del Rey. Pronto cumpliré veinticuatro años y ustedes se quedaran solos ¡Deben estar preparados para sobrevivir! ¡Maldición! -

Su rostro reflejaba su frustración, le dolía gritarles a sus hermanos. Saber cuál era su destino le robaba tranquilidad y energías. Pero si no actuaba firme con ellos, solo les estaría causando daño al no prepararlos para ser capaces si él se iba.

La preocupación de que en unas semanas vinieran por él para cumplir lo pactado, le quitaba el sueño.

Su cuerpo desfallecía de cansancio, pero la angustia superaba la fatiga. La mente no lo dejaba descansar bien. ¿Qué sería de sus hermanos si él se iba? Kurukawa era alguien muy capaz y confiaba en que velaría por ellos pero, y si ese rey ya no dejaba su cerco protector con ellos como había prometido ¿Respetarían sus vidas los forajidos que aun andaban causando destrozos y muertes?

Incluso, no había recibido noticia alguna de su padre; para estas fechas ya debería estar muerto. Eso le decía la razón, pero su rechazo a aquella posible realidad lo superaba. Aún tenía esperanzas de que regresara y compartieran juntos esa enorme responsabilidad.

Su padre partió sin enterarse que el abominable Rey se había llevado a su mujer.

Su madre era el boleto de canje, ella regresaría a lado de sus hermanos cuando Souichi cumpliera el convenio y se presentara semanas antes para la supuesta boda real con Morinaga Tetsuhiro; el menor de los hijos del monarca. De ahí la frustración del rubio, o cumplía y se casaba con el príncipe o Hanna no regresaba a casa. Un juego sucio.

Tatsumi Hanna había sido llevada a vivir a los aposentos del enorme castillo que los Morinaga habían edificado en Tokio. Su integridad estaba intacta, el Rey de plata como llamaban al dueño y señor de esa zona era un enfermo bisexual; pero su predilección eran los maricas. Disfrutaba sodomizarlos hasta el cansancio. No tocaría a una mujer mientras tuviera de donde escoger.

Era bien sabido que el estilo de vida en ese castillo por parte del monarca era de lujuria y desenfreno total, habían retrocedido a la era común del segundo siglo; algo muy semejante al reinado de los Cesares de la antigua Roma. Parecían una copia exacta del gobierno de Calígula, todos contra todos y no solo entre dos; ¡hacían orgias completas!

Al parecer los seres humanos jamás aprenden de sus errores, parecía que no comprendieron que esa degradación en la sociedad romana y el núcleo de esta; la familia. Los había llevado a perder el dominio y fama mundial que en su tiempo consiguieron.

Si acaso Tetsuhiro era el único que no se cegaba por la lujuria en aquella familia. Durante esas noches de locura, siempre tenía una excusa perfecta para retirarse y casualmente se encontraba en la biblioteca del palacio con la presencia de Tatsumi Hanna. En un principio ambos evitaban hablarse, pero después de varios encuentros terminaron por conversar civilizadamente y hasta disfrutaban de la mutua compañía.

Tetsuhiro aun siendo una persona fogosa y apasionada, prefería desahogarse sexualmente mediante la masturbación; solo cuando excedía su límite de resistencia aceptaba llenar su cuerpo del sudor de otra persona. Lo cual sucedía casi cada tres meses, cuatro veces al año.

Aunque parecía imposible, aquel hijo del rey solo era un bocón al decir que disfrutaba de tener en su cama a diferentes personas; en realidad le daba asco sentir la humedad ajena de otros cuerpos desnudos y extraños. Si lo decía era para que su padre y hermano no lo hostigaran en lo referente a esos temas.

En sus adentros, razonaba que para realmente ser feliz y disfrutar en la compañía de alguien, aun en la intimidad; era necesario desear, gustar y hasta amar a esa persona. Y, por el momento, ninguno había cumplido todos aquellos puntos.

Los espectáculos el fin de semana de hombres y mujeres bailando semidesnudos, le causaba un aburrimiento y fastidio que casi lo arrullaban durante el llamado entretenimiento. Sobresaltado abría los ojos cuando aplaudían y gritaban excitados los presentes ante tanta muestra de carnes e insinuaciones prefabricadas.

Falso, todo era falso. Y más arto estaba de ver la expresión de deseo y excitación en el rostro de Kunihiro su hermano y de su padre. Ambos solicitaban al finalizar el espectáculo, la presencia de alguno de los participantes de la exhibición ostentosa en sus aposentos.

El hijo mayor, Kunihiro, solicitaba siempre mujeres; su padre no. La mayoría de veces le llevaban eunucos, si, el rey era tan perverso que había ordenado la preparación de estos hombres exclusivamente para su uso personal. Decía que sin tener miembro viril esos hombres, podía penetrarlos hasta el hartazgo.

Sin duda, la humanidad había caído en los excesos que décadas atrás se anunciaban. Todo en los medios de comunicación era fabricado con ese fin ¿Porque anunciar autos o alimentos con personas casi desnudas? Los mensajes de tenerlo todo y tenerlo ya estaba injertado en la mente de las personas.

Difícilmente existían humanos que se preocuparan más allá de la familia, y en ocasiones ni de esta estaban pendientes.

Las bromas entre promiscuos se hacían realidad: "A los hombres nos tocan siete mujeres, y si estas arto de ellas... El octavo que sea un machito" jejejeje.

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Después de la regañina que Souichi dio a sus hermanos, por no cumplir con sus deberes. Tomoe y Kanako lejos de disculparse con su hermano mayor por su falta de responsabilidad en los quehaceres asignados, se atrevieron a rezongar.

- Niisan siempre estamos trabajando, ya no hay nada con que entretenernos y encima tratas a la servidumbre como si fuéramos sus iguales. ¡Ellos están para servirnos! ¿Por qué tenemos que trabajar? ¡Que lo hagan ellos! -

La actitud de Tomoe le enfado a Souichi, no contesto enseguida; se la pensó un poco. Sin embargo...

- No tenemos con que pagar el trabajo que hacen, ellos han permanecido con nosotros porque así lo han querido, porque... Ni siquiera has pensado que tal vez sienten cariño por nosotros. Y tienes razón, no somos iguales, para poder ser iguales hay que dejar atrás ese tipo de pensamiento que estúpidamente aun conservas ¿Crees que esperando que los demás hagan todo por ti podrás sobrevivir? ¡Ellos trabajan duro por mantenerse con vida! -

Kanako aunque era la menor, mostro un rostro arrepentido y apretó con fuerzas el brazo de Tomoe suplicante a que se disculpara con Souichi. Al final de cuentas no podían reprocharle nada, su comportamiento siempre había estado a la altura de las circunstancias. El hijo mayor de los Tatsumi era un ejemplo a seguir, fuera de su carácter de los mil demonios.

- Lo siento niisan... Sé que tú mismo nos has puesto el ejemplo, es solo que extraño tanto la vida de antes. Echamos de menos a nuestros padres, la escuela, mis amigos, las redes sociales. Creo que nos acostumbramos mucho a ese estilo de vida, a veces pienso que no podre encajar en lo que ahora se ha convertido este mundo -

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Cierto, nadie en su sano juicio se adaptaría a vivir de esa manera, siempre con miedos, siempre con incertidumbre y tratar de embonar en un lugar donde no encajas es terrible. Si lo sabía alguien, era Tatsumi Souichi. ¿Podría adaptarse al futuro que le esperaba?

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Este es mi nuevo fic.

Cierto, dirán que soy muy catastrofista y cruda con mis escenarios. Sin embargo, ese es mi estilo, tampoco puedo resignarme a que a Tetsuhiro se le vea como alguien sumiso y manso.

Me encanta describirlo como alguien dominante, poderoso y decidido, yo así lo percibo al ser capaz de controlar hasta cierto punto a senpai con ese carácter tan fuerte. Y en este fic no será la excepción.

Mi versión de cuento de hadas de El príncipe galán, será algo crudo... Están advertidos.

Espero que sea de su agrado y les entretenga.

Si desean pueden comentar lo que les parezca.

Saludos.