Disclaimer: Los personajes y las localizaciones pertenecen a J. K. Rowling. Hago esto sin ánimo de lucro, ni nada parecido. Solo me gusta escribir :)

Despertó y todavía estaba oscuro. Con una mano tanteo en el vano buscando el velador de Albus, pero recordó que no estaba en Hogwarts. Espero unos momentos hasta que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. El cielo raso era amplio y daba al final de la pared, a sus pies, con las enormes ventanas de su habitación. Hoy no había Luna. Bajo la puerta iban y pasaban pequeñas siluetas iluminadas por candiles de mano, los elfos domésticos ya habían empezado a trabajar, no faltaba mucho para que amaneciera. Dormito moviéndose de un lado a otro por lo que le parecieron horas. Por más que estiraba sus piernas, éstas no conocían el final de la cama. Abrió los ojos y pudo distinguir el azul que cubría las paredes, la luz se colaba por los extremos mal cerrados de las cortinas de pesado género. Cruzó y llevó ambos antebrazos a su frente esperando que alguien abriera la puerta para decirle que el desayuno estaba listo y que él respondiera que acababa de despertar, pero nada pasó. Tensó todos sus músculos en un largo quejido antes de despejar y levantarse de un tirón, solo para sentir la sangre bajar hasta su cuerpo.

Mareado, contempló los baúles. Era la primera vez que los hacia él mismo. Había tenido mucho tiempo en vacaciones. Se levantó en dirección a su "ropa de calle", como la llamaban algunos, ordenada enfermizamente sobre su escritorio la noche anterior. Se la tendría que cambiar en el tren. Puso estratégicamente el uniforme escolar sobre todas las cosas dentro del baúl. Todo estaba planeado.

Lavo su cara con paciencia, tomándose más tiempo del necesario y se miró al espejo después de mucho. Su cabello había crecido, el flequillo le llegaba casi a los ojos. Por puro tedio no se lo corto en vacaciones. Le recordó al peinado de uno de los Scamander, solo que ellos tenían las raíces de un rubio más oscuro. Al igual que su padre, no tenía casi vello facial. Mientras inspeccionaba más a fondo su agudo mentón, recordó los pequeños cortes que, como cada mañana, aparecían bajo la barbilla de Hugo Weasley. A través de Hugo, volvió a sentir ansiedad, volvió a acordarse de ella.

Todo bien, salvo por sus grises ojeras. Ya se ducharía en el colegio.

Un elfo doméstico toco a su puerta. Su padre solicitaba la presencia del señorito en la mesa para el desayuno, algo así dijo. Salió al largo pasillo del segundo piso de la Mansión Malfoy, no sin antes guardar su varita de olmo en el incómodo bolsillo del pantalón muggle. Bajo las escaleras, haciendo crujir hasta el último rincón de la casa, más de un retrato familiar se quejó. En el comedor, solo estaba su padre en un extremo de la mesa ridículamente larga en la que comían habitualmente tres personas. Estaba leyendo El Profeta, al sentir a su hijo tomar asiento lo bajo recordando la página en la que había quedado.

―Buenos días Scorpius.

―Buenos días padre ―dijo sin mirar hacia delante, en su lugar observaba a un puesto cercano a la cabecera―, ¿dónde está mamá?

―Partió temprano a casa de tu tía Daphne, no se sentía bien y alguien tiene que llevar a tu prima a la estación.

Scorpius asintió tomando los cubiertos. Comió su tortilla de queso en silencio mirando de reojo a su padre, lucia ansioso, como queriendo hacer la pregunta que definiría su vida para siempre, solo que, en lugar de eso, se levantó, dio gracias por los alimentos y se retiró.

―Te espero en la sala ―No lo soportó más, dejo caer el servicio sobre su aún a medias omelette.

―¿Solo eso dirás? ¿No tienes nada más que decirme?

Draco Malfoy no era un hombre de palabras ni mucho menos de expresar su afecto. Lo había llevado bien hasta la fecha aún con la madre de Scorpius. Sin embargo, ni todos sus años lo prepararon para afrontar la carga que representaba ser un buen padre, o al menos uno atento. Sabía que algo no iba bien, incluso antes que Astoria le pidiera hablar con él. Tener un hijo adolescente es complicado, dijo en aquella ocasión. Mas ahora se arrepentía de no conocer bien a su hijo.

―Tu madre me ha dicho que estás raro últimamente ―mencionó intentando mantener su tono habitual, pero se notaba el titubeo propio de alguien que teme no estar haciendo las cosas bien―. Dice que tu actitud es diferente también, ¿Tengo razón?

Genial, está hablando a través de mamá, pensó Scorpius. Tenía la cabeza gacha y apretaba, sin darse cuenta, el largo mantel, no pudiendo creer el poco tacto del que era testigo. Trato de elegir una respuesta cruel o sarcástica. No, papá estoy bien, de maravillas de hecho, o, De verdad no te das cuenta que tu único hijo está actuando extraño… ¿y te haces llamar a tu mismo padre?. Antes de poder escoger sintió el dolor en sus palmas, sus uñas comenzaban a encarnarse. Se dio cuenta de la ridícula posición en la que estaba y respondió.

―Estoy bien.

Sin más, cogió su baúl y salió al rellano de la sala, tomando junto a su padre una vieja tetera que los trasladaría a la estación 9¾.


Despertó y todavía estaba oscuro. Se había movido durante la noche, lo sabía porque Lucy no estaba junto a ella en la misma cama. Se sentó en su lugar y la vio acurrucada abrazando su regalo de navidad, un oso de felpa que media más que ella. Sintió su espalda húmeda, su ropa de pijama estaba hecha jirones. He tenido una pesadilla, pensó, aunque no consiguió recordarla.

Contemplo un punto fijo en la pared hasta que sus ojos se adaptaron a la oscuridad, la habitación estaba muy calurosa, producto de la cantidad de gente que ahí dormía, sus primas yacían por todas partes, en camas, sobre estas, hasta en colchonetas dispuestas por el suelo. Lily no regresó. Hace 6 años eran divertidas esas pijamadas en casa de los abuelos, cuando la vida era más sencilla. Se levantó en dirección al armario, tomo su ropa de calle en silencio, procurando no despertar a nadie, y se dirigió al baño. Al encender la luz, lo primero que vio fue el espejo, el cual evito mirar mientras se desvestia, entro en la ducha y dejo correr sus pensamientos cual flujo de agua tibia.

Recordó el juego que hicieron la noche anterior, el de contestar preguntas con toda honestidad, sin más, nada de trucos ni Veritaserum, solo honestidad de primas, por eso era divertido. Vinieron a su mente las preguntas, ¿es verdad que te gusta uno de los Scamander?, ¿qué se sintió atrapar la Snitch antes que Albus en el último partido?, hasta que Lily hizo la pregunta que todas las primas, tácitamente, tenían prohibido hacer:

―¿Qué te traes con Malfoy? ―Todas dejaron de reír, hasta que Molly reaccionó.

―Lily ―le espetó su prima, disfrazando la desesperanza de no saber cómo proceder con una mirada de enojo.

―Responde, ¿qué te traes con él?.

―Lily ―esta vez fue Rose la que respondió, al mismo tiempo que cruzaban miradas.

Recordó escuchar de Dominique que esté juego lo creó la madre de Lily, hace muchos años, que lo jugaban una vez al año, en Navidad, con tía Hermione y tía Luna, y que éstas se lo legaron a Victoire y Dominique. Sus primas no pudieron compartir mucho entre ellas, era aburrido contar tus secretos a alguien que ves casi todos los días, por lo que optaron por jugar cada una con su propio grupo de amigas, en Hogwarts. No fue hasta que Molly, Roxanne, Lucy y Rose heredaron el juego, que se pudo retomar la tradición; eventualmente Lily se les unió poco después. Los Weasley, al ser tan numerosos, habían adoptado la nueva tradición de pasar las vacaciones cada quien por su lado. Sin embargo, era casi una obligación reunirse la mañana siguiente a Navidad y Año Nuevo. Rose no fue ninguno de esos días a casa de sus abuelos, con la excusa de no sentirse muy bien. Aliviada y a la vez deprimida por haber evitado a su familia, nada hacía presagiar que sus primas llegarían a su casa durante la tarde del último día de vacaciones de invierno.

―¡No me mires así! ―gritó Lily luego del largo silencio―, como si fuera una niña.

Rose no iba a reaccionar, estaba completamente fuera de combate, síntoma de lo delicado que era el tema para ella. Sus primas lo sintieron, había que alejarla de Lily.

―Detente ―ordenó Lucy, observando con aparente enojo a la menor de los Potter. Ésta reaccionó a la situación y vio todo el lio que había armado. Con vergüenza, se levantó en dirección a la puerta y cerro de golpe con la misma fuerza con la que lo haría una Bludger.

Recordó ver a Lily sonrojarse cuando Albus menciono durante la cena del 31 de agosto que Scorpius había estado ayudándola un poco en Defensa Contra las Artes Oscuras.

Recordó el inexplicable sentimiento amargo que la invadió, en lugar de sentirse feliz por ella.

Giro la llave cerrando el paso de agua. No quiso abrir la ventana temiendo pescar un resfriado por el cambio de temperatura, por lo que el baño estaba viciado de vapor. Le costaba un poco respirar, aunque no reparo en ello, sino que se secó y vistió mientras unos finos rayos de luz entraban en el cuarto. Desempaño el espejo para lavarse los dientes y le llamo la atención la expresión de su cara. Sonrió al recordar lo que Scorpius le dijo aquella vez mientras trataban de resolver un problema de Pociones; Rose, eres bellísima cuando te concentras. Ella levanto la mirada sonrojada, dándose cuenta de que la tinta en el pergamino de su compañero de estudio estaba totalmente seca y opaca. Quien sabe hace cuanto había terminado la tarea.

Salió del baño y sus primas ya estaban de pie, Lucy se peinaba sentada en la silla del escritorio, Roxanne ordenaba algo dentro de su baúl y Molly se levantaba para ir a desayunar.

―¿Cómo durmieron en mi cuarto?

―Había olvidado lo pequeño que era tu cuarto. Bueno, la última vez que alojamos aquí fue antes de que yo y Molly entráramos a Hogwarts. Ahora estamos más gordas.

Lucy y Rose rieron ante el comentario de Roxanne, era cierto de que habían crecido bastante desde entonces. Luego de que sus primas hubieran utilizado el baño bajaron las tres a desayunar, se hacía tarde, pero tenían la esperanza de que al menos alcanzarían a comer una tostada. Molly las estaba esperando con una taza de té para cada una, sin embargo, no había tostada.

―Considérenlo su escarmiento ―sentencio mientras reía por lo bajo, sabía perfectamente que, sin su tostada matutina, su hermana se ponía de mal humor―. Tío Ron ya se fue a trabajar; tía Hermione, Lily y Hugo fueron al Callejón Diagon, a tu hermano se le olvido comprar unos guantes para Herbología, así que quedan a mi cargo.

El desayuno fue rápido y agradable, lleno de bromas, comentando sobre lo que quedaba del año escolar; el partido de Gryffindor contra Ravenclaw que sería dentro de un mes, los ÉXTASIS que debían rendir Roxanne y Molly en junio. Estaban solas en casa cuando decidieron utilizar la red Flu para ir al callejón Diagon y de ahí acortar camino hasta la estación 9¾.


Despertó sobresaltado ante el retroceso del vehículo. Su respiración era pesada y agónica, como cualquiera que despierta durante la fase incorrecta del sueño. Sus padres tenían la anticuada costumbre de ir a dejarlo al tren aun fuera por el fin de las vacaciones de invierno. Todos sus primos habían pasado la noche en casa de un amigo salvo él. Comenzó a depositar su equipaje en uno de los carros que su padre había acercado. Recorrieron la sobrepoblada estación King Cross como cualquier otra persona, más de una mirada acaparaba la atención de la rojiza cabellera de su madre, poco natural para los Muggles. Cruzaron a través del pilar que soportaba el letrero con el número 10. Su padre, como todos los años, insistió en que su hijo pasara primero, lo cual le hacía gracia a Albus ya que su padre no solía imponerse sobre la opinión de nadie normalmente, pero, ante esto era intransigente.

Al traspasar, recordó lo que tío George le dijo una vez; los magos cada vez asimilamos más costumbres muggles, lo cual está muy bien. Fue la única ocasión en la cual vio a tía Hermione concordar con algo dicho por su tío. Muchos magos vestían ropas casuales, cómodas, dígase jeans, vaqueros, abrigos de invierno y ropa deportiva; en lugar de esas incomodas túnicas negras que la mayoría acostumbraba en tiempos pasados. Algo en su interior resonó al percatarse del vaho producido por la maquina roja y la gente aposentada en familiares formaciones, como si solo tuvieran permitido utilizar ese lugar en el andén. Vio a sus padres saludar a las mismas caras, hacer los mismos gestos y despedirse de forma similar de unos cuantos desconocidos para él. A lo lejos, pudo divisar, la cabellera grisácea de su amigo.

―Papá, mamá, hacia allá está Scorpius ―dijo señalando a la sección más distal del tren, como si fuera obvio que debía retirarse, por los próximos cuatro o cinco meses.

Sin embargo, sus padres al no ser completamente ignorantes de los pensamientos que tenía su hijo adolescente, se despidieron con un largo beso en su mejilla, recordándole que debía portarse bien. Antes de irse, tío Ron llego directo hacia su padre, con una cara seria no propia de él. Albus avanzó despreocupado hacia su amigo, con la expectante sensación anhelante de respuestas en su sangre.