Epifanía: un momento de sorpresiva revelación. Propuesta por Midnigttreasure.


—Papá, mamá, quiero ser cirujano.

Así es como comenzó todo.

Tal vez conocéis la típica historia del hijo que quería ser algo y sus padres no le dejaban. En el mi caso fue todo lo contrario. Mis padres siempre estuvieron de acuerdo con lo que yo quería hacer. Si yo quería hacer equitación, ellos rascaban de su bolsillo para que yo montase a un caballo. Si quería hacer esgrima, volvían a rascar solamente para darme una espada. Si yo quería leer, una vez más, volvían a la librería y me traían los mejores libros, los mejores cuadernos, los mejores cuentos y, a pesar de no compartir los mismos gustos, mostraban todo el interés posible. Y un día dije:

—Papá, mamá, quiero ser cirujano.

El porqué de tal elección tenía un significado muy concreto. Y es que en muchos de los libros de aventuras, de guerra o, incluso, de fantasía que había leído, se sucedían catástrofes y se enseñaba mal a evitarlas. Por ello, y para prevenir tal calamidad, concluí que lo mejor sería crear una cura, yo. Si yo me convertía en un buen médico, o en un buen cirujano, sería capaz de curar a los demás de las catástrofes que relataban algunos de mis libros. Podría prevenir la enfermedad o la muerte. Así se lo hice saber a mi familia, que quería ser cirujano. Ella me miró, me sonrió y me dijo:

—Muy bien, hijo. Pues ve y sé cirujano.

También se lo comenté a mis amigos, compañeros y conocidos, obteniendo la misma respuesta por parte de ellos. No había nada que me parase los pies. No existía ningún bloqueo a mí alrededor. Y si nada representaba un bloqueo, entonces, ¿qué era lo que me impedía avanzar? No lo sabía y simplemente lo ignoré.

Tras estudiar y estudiar, al fin, logré cumplir mi sueño. Me convertí en un excelente cirujano. Y seguía sin comprender el vacío de mi interior. Nadie estaba en mi contra, nadie me frenaba los pies. Tenía la vida perfecta, pero no concebía la perfección. No, nadie resultó un obstáculo para mí, porque el verdadero obstáculo, era yo. Nadie me decía qué hacer y qué no hacer, me lo estaba diciendo yo y, lo peor de todo, es que no me estaba guiando bien. Y cuando comprendí ciertas cosas del porqué sentía que no curaba como quería curar, me presenté ante mi familia y les confesé mis pesares. Ellos me miraron, me sonrieron y me dijeron:

—De acuerdo, hijo. Pues ve y sé.

Una vez más, ellos me apoyaban a pesar de todo. Y una vez cumplí la tarea de decirlo ante mis padres, me tuve que enfrentar a una situación todavía más difícil, decírmelo a mí mismo, el cual me obligaba a seguir un camino diferente, más provechoso, según yo. Mi mente se dividía en dos mitades, pero una debía ganar...

¿Una debía ganar? ¿Eran acaso dos mentalidades dentro de una persona? ¿Eran acaso dos ideales dentro de muna persona? ¿Era acaso dos personas dentro de una persona? ¿O no era persona, por el simple hecho de no ser capaz de ver lo que necesitaba como persona?

No, no se trataba de ganar ni de perder, tampoco de ser persona, si no de ser yo. Por ello y ante mi auténtica epifanía, me puse frente a un espejo y me dije:

—Yo no quiero ser cirujano. ¿Por qué? Porque yo quiero vivir curando a las personas. Quiero vivir cerrando sus heridas. Quiero prevenir de posibles accidentes. Quiero culturizar. Yo quiero vivir de la escritura, como cirujano del alma.

Mi reflejo me miró, me sonrió y me dijo, me dije:

—De acuerdo, Takeru. Pues ve y escribe.


Notas finales: No tengo nada en contra de los cirujanos.

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