Hola! Os dejo el capítulo 2! :)

Capítulo 2: El Callejón Diagón

El resto del verano pasó sin más incidentes. Cuando llegó el momento Mme. Potts decidió llevarse a Bella Londres sin M. Maurice. Al inventor no le hacía gracia que su hija viajase sin él, pero resultaba más práctico y económico, por no decir que en algún momento tenía que despedirse de su hija. El pobre muggle aportó parte de las monedas que afortunadamente había conseguido en la feria, no es que fueran suficientes para comprar todo lo necesario que aparecía en la lista, pero Mme. Potts disponía de buena parte de los libros en su biblioteca personal y no puso ningún reparo a la hora de prestarle a Bella sus ejemplares. No tenía ninguna duda de que los cuidaría mejor que nadie, aunque ahora quedaba por comprar el resto del material.

Tras varias lágrimas, abrazos, despedidas y promesas de cartas, partieron a Londres. La cara de Bella al entrar en el Callejón Diagón era de total emoción. Mme. Potts no había visto nunca unos ojos más abiertos en toda su vida. Lo miraba todo con curiosidad, observando los sombreros puntiagudos, las varitas, las lechuzas... Iba observando todas las tiendas y carteles por los que pasaba. Cuando llegaron al Banco de Gringotts, Bella parecía no salir de su asombro constante. Miró de arriba a abajo la alta fachada recubierta de mármol blanco; las columnas, inclinadas en una geometría de vértigo; las grandes puertas de bronce bruñido que se encontraban tras las escaleras y las letras que destacaban el nombre del establecimiento.

– ¡Qué preciosidad! – exclamó Bella, que nunca había visto edificio semejante. Comparado con las casas de la aldea, aquel edificio de mármol le parecía impresionante –¿A qué hemos venido?

– A cambiar el dinero que nos ha dado tu padre, no creerás que utilizamos la misma moneda que los muggles, ¿no?

A Bella le costaba adaptarse al vocabulario y referirse a toda la gente que conocía desde siempre como muggle. Atravesaron unas cuantas puertas hasta llegar a la sala principal. Esta se trataba de una cámara de mármol muy larga en cuyo techo colgaban numerosas lámparas de araña. Tras largas mesas que se extendían a lo largo de la sala, había más de cien criaturas que Mme. Potts había dicho que se llamaban duendes. Ella los había reconocido gracias a uno de los libros de texto que le había prestado Mme. Potts, aunque tenía que reconocer que, vistos en persona, resultaba todo mucho más excitante. Tras hablar con uno de los duendes, consiguieron sin problema las monedas necesarias para poder empezar a comprar lo que faltaba de la lista. Bella estaba histérica de emoción.

– ¿A dónde vamos primero? – preguntó al salir de Gringotts.

Sin contestar a la pregunta, nada más bajar las escaleras de Gringotts, giraron hacia la derecha, continuando su camino por el Callejón Diagón, Bella la siguiendo a Mme. Potts, obediente. La primera tienda con la que se cruzaron, en la que se adentraban brujas con aire refinado y elegante, mirando por encima del hombro a todo el que pareciese indigno de entrar en ella, era sin duda la tienda de lujo más impresionante que los ojos de la muchacha habían visto en toda su existencia y supo con toda seguridad que ella no se podía costear lo que fuera que vendiesen allí. Subió la vista para encontrarse con un cartel, en forma de manzana, que rezaba:

Queen Grimhilde: Túnicas para todas las ocasiones.

Recordaba haber leído que necesitaba una túnica de esas en la lista de materiales de Hogwarts, aunque dudaba mucho tener que comprarla ahí. Mme. Potts pareció leerle el pensamiento, pues no tardó en aclararle las dudas:

– Grimhilde se nos escapa de presupuesto. Vamos a una tienda de túnicas de segunda mano que sin duda están lo suficientemente bien. Si te soy sincera, aunque pudiera pagarlas no lo haría. Nunca me ha gustado lo superficial que es esa mujer. Por no decir competitiva. Siempre quiere estar más guapa que las demás. Reconozco que es una belleza y que puede que no haya conocido a mujer más guapa que ella... Tanto es así que muchas brujas de alta cuna, envidiosas como nadie, hicieron correr el rumor, hará ya varios años, de que toda bruja que entre en la tienda y sea más guapa que ella es envenenada con una de las manzanas que tiene en el mostrador. Tonterías, en mi opinión…

Bella había dejado de escuchar los cotilleos de Mme. Potts para detenerse ensimismada frente a la librería de Flourish y Blott's. Con la boca y los ojos abiertos entraron en la tienda porque Bella se moriría si no lo hacían, aunque Mme. Potts le explicó que comprarían los libros que no disponía en su colección en una tienda de segunda mano que no quedaba lejos de allí.

Muy a su pesar, tras quedarse embobada y apuntando mentalmente en su cabeza títulos de libros que deseaba poder leer algún día, tuvieron que salir de la tienda. El resto de la mañana continuó viendo más tiendas y entrando y comprando los elementos de la lista que no podía proporcionarle Mme. Potts.

Además de la túnica y los libros restantes, compraron un caldero que necesitaba para Pociones en la Tienda de Calderos Arawn, donde le atendió un hombre muy agradable llamado Taron. También pasaron por la Papelería Fa, donde compraron pergaminos, pluma y tinta que, según la dueña del local, al venir de China era la mejor tinta de todo el Callejón. A Bella le pareció ver a una chica, de más o menos su misma edad, mirándolas desde una puerta de la papelería, pero esta se escapó antes de poder verla bien.

También pasaron por la tienda de Artículos de Calidad de Quidditch, en la que no entraron, pero Bella acertó a ver una escoba en el escaparate en cuyo mango se podía leer Olympus 2000. Bella había leído sobre Quidditch en los libros de Mme. Potts, aunque tenía que reconocer que era un deporte que se le escapaba. Ésta le explicó que llevaba la tienda un jugador ahora retirado, Zeus, el mejor jugador de Quidditch hasta la fecha.

Posteriormente se dirigieron al Emporio de la Lechuza. En el exterior de la tienda parecían recibirles lechuzas de diferentes especies y colores que miraban a Bella desde sus jaulas colgantes. Se trataba de una tienda oscura, llena de ojos brillantes, susurros y aleteos. Bella, mirando a todas direcciones, observó que había una gran variedad de lechuzas, incluyendo de color blanco, castaño, pardo y gris. Una lechuza en particular, con el pico dorado y cascado, y plumas blancas llamó la atención de Bella, que se acercó.

Una clienta negaba con la cabeza a la vez que se alejaba de la lechuza y Bella tomó su lugar. La dueña de la tienda se acercó a ella con media sonrisa.

– No se deje engañar, aunque el pico esté un poco roto es tan capaz como las otras lechuzas de llevar el correo – le animó la dependienta. A Bella le dio la sensación de que le había estado contando lo mismo a varios clientes que habían pasado por ahí. Aparentemente sin éxito alguno.

Bella se acercó un poco más y comprobó que un par de plumas sobresalientes eran de color beige rosado. Parecía una pobre lechuza mal diseñada. Lechuzas preciosas de color pardo la observaban desde la oscuridad. Bella sonrió.

– ¿Tiene nombre?

– Chip, no es muy original… Pero creemos que le va bien.

Bella asintió y acarició a la lechuza que respondió positivamente.

– Me la llevo – decidió Bella.

La lechuza ladeó la cabeza, como saludándola. Bella sonrió. Parece que ya había hecho un amigo.

Finalmente, solo quedaba la varita y al preguntar por la tienda en la que irían a por ella, Mme. Potts respondió con firmeza:

– A Bobbidi's, por supuesto. Toda bruja necesita una varita y no hay nadie mejor que Didi Boddidi para ello.

Bella asintió como si conociese la tienda. Al caminar hacía donde quiera que estuviese la tienda, pasando de nuevo por delante de Gringotts, observó que había otro callejón, de frente, y cuando le preguntó a Mme. Potts por él esta se puso un poco nerviosa, dejándole claro que no era un callejón que soliesen frecuentar las buenas compañías y que todo lo que necesitaban se encontraba en el Callejón Diagón. Esto solo consiguió que la curiosidad de Bella aumentase, ¿qué habría en el tal Callejón Knockturn? ¿Qué era lo que ponía tan nerviosa a Mme. Potts?

Afortunadamente para Mme. Potts, Bella no pudo dedicar mucho más tiempo a esos pensamientos porque las tiendas de camino a Bobbidi's captaron su atención, especialmente la tienda de Sortilegios DunBroch, donde cada mago que salía parecía tener las narices o las orejas más largas de lo normal, algunos parecían extender sus orejas con una elasticidad mágica. Otros con cara de pillos llevaban cajas bajo la mirada desesperada de sus padres, que se encogían de hombros mientras rodaban los ojos. Otros parecían ir rodeados de fuegos artificiales, otros llevaban una bolsa en la que se podía leer "las Fabulosas bengalas del doctor Filibuster". Tres niños pelirrojos en la entrada, que parecían ser la travesura personificada, invitaban a entrar a todo el que pasaba por ahí.

Una vez llegaron a Bobiddi's, al pasar por la puerta, Bella pudo sentir por primera vez la magia. El aire estaba repleto de ella. Las paredes estaban llenas de pequeñas cajas apiladas en los estantes tras el mostrador que rezumaban esa aura mágica.

Al sonido de la campana que anunciaba su llegada, una mujer rechoncha, que llevaba una túnica azul celeste abrochada al cuello con un lazo rosa, salió al mostrador. El mostrador tenía un libro enorme abierto, con garabatos que Bella no pudo entender. La dueña tenía el pelo blanco que iba a juego con los dientes que se asomaban tras la sonrisa amable que les dedicó.

– Bienvenida – comentó la mujer, que no dejaba de sonreír –. Ya estaba esperando su visita, señorita Maurice.

Bella se extrañó, mirando a Mme. Potts que por toda respuesta le guiñó un ojo.

– Hacía mucho tiempo que no la veía a usted, Mme. Potts. Parece que fue ayer cuando vino usted aquí a por su primera varita.

Mme. Potts sonrió, como si recordara ella el mismo momento ella también. Bella se preguntaba cuál sería la edad de Bobiddi. A simple vista no parecía ser mucho más mayor que Mme. Potts, sin embargo, parecía que llevase en la tienda durante más años de lo que contaban sus arrugas. A pesar de eso, sus ojos la delataban, mostrando en ellos el peso de los años, con todas las cosas que tendría que haber visto.

Sin decir nada más, tras subir unas escaleras, Bobiddi cogió una de las cajas con una sonrisa enigmática. Al llegar al mostrador, abrió la caja tendiéndole una caja vacía. Bobiddi suspiró.

– ¿Qué canastos he hecho yo con esa varita mágica? – preguntaba mientras miraba de un lado a otro, rebuscando entre las anchas mangas de su túnica –. Estaba segura… ¡Qué raro…! ¡Oh! Ya recuerdo, la dejé aquí – dijo con una sonrisa de disculpa.

Bella no fue capaz de decir de dónde había salido la varita que de pronto apareció en los dedos de la dependienta. Tampoco era capaz de averiguar si todo el numerito había sido a propósito, o si se trataba de un despiste. Con un poco de vacilación, tomó la varita que Bobiddi le tendía sin saber muy bien qué hacer.

– Vamos, agítala.

Bella obedeció. Nada más hacerlo, las cajas a las que había apuntado salieron despedidas de la estantería dando círculos en el aire y cayendo al suelo. Bella soltó la varita en el mostrador del susto mientras veía como Bobiddi negaba con la cabeza y guardaba la varita dentro de la caja en la que tendría que haber estado.

– Parece que esa varita se había escondido a conciencia –dijo ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora mientras que iba hacia otro rincón de la tienda a por otra caja –. Probemos con esta – dijo tendiéndole otra varita que esta vez sí que estaba en la caja que le correspondía.

Ya sabiendo lo que hacer, Bella agitó con fuerza la varita, decidida. Una de las lámparas salió despedida contra la pared, deshaciéndose en añicos y Bella abrió los ojos desmesuradamente, pidiendo perdón. De nuevo, dejó la varita en el mostrador, como si temiese romper algo más.

– Definitivamente esta no –dijo Bobiddi mientras ponía la mano en su mentón, pensando en qué se le estaba escapando con aquella chica. Sonrió, pensando ya en su siguiente alternativa.

Subiéndose a unas escaleras desapareció de la vista de las clientas. Observando las cajas iba murmurando algo que Bella no alcanzó a entender. Tras un grito de celebración, Bobiddi volvió con una caja en sus manos, sonriendo satisfecha con su elección.

Bella titubeó antes de coger la nueva varita. ¿Y si ninguna funcionaba? ¿Acaso iba a tener que probar todas las varitas de la tienda? ¿De verdad no había una manera más funcional de llevar la tienda?

Pero, silenciosamente, Bella cogió esta nueva varita.

El momento en el que una bruja, o un mago, recibe por primera vez su varita se cuela en la memoria de cada uno para siempre. Esa primera conexión con la magia no deja a uno indiferente y Bella, que tenía un don natural para apreciar las pequeñas cosas, guardó ese momento en lo más profundo de su ser. La magia la llenaba por dentro, parecía sentirla recorrer cada una de sus venas. Toda ella se sentía viva, diferente, poderosa… mágica.

Saliendo de ese embrujo, volviendo a la realidad, Bella observó a Bobiddi que la miraba sonriente.

– Hacía tiempo que no le vendía a nadie una varita con fibra de corazón de dragón –dijo con una sonrisa misteriosa – 10 3/4 pulgadas, madera de vid, flexible. Es estupenda para hacer hechizos. Qué curioso.

– Disculpe, señora, ¿qué es tan curioso? – preguntó Bella.

– Recuerdo perfectamente a quién le vendo mis varitas, señorita Maurice. Si la comunidad mágica supiese de esto… – decía la anciana mientras se relamía en sus palabras –. Debes de tener un talento especial para la magia si esta varita ha decidido elegirte.

– ¿Elegirme?

– Oh, por supuesto. No creerás que es la bruja la que elige su varita, ¿verdad? No, no, por favor… ¡Qué disparate! La varita, sin saber muy bien por qué, elige a su dueño. Uno digno para ella, ¿comprende?

Bella, a la que minutos antes se le habría hecho raro pensar en la varita como un objeto con capacidad de elección, asintió, entendiendo lo que decía.

– Son muchas las familias más influyentes de toda la comunidad mágica las que han venido con sus hijos pidiendo esta varita, señorita Maurice. Evidentemente, la varita los rechazó a todos. Ninguno de ellos era lo suficientemente bueno para ella. Por supuesto, todos ellos la han intentado comprar dispuestos a pagar lo que fuese por ella – explicaba mientras negaba con la cabeza –. Yo vendo la varita a su dueño, no al mejor postor. Si la varita te rechaza, no te la vendo. Simple, ¿verdad? Las familias ricas nunca se acostumbran a no tener lo que desean… –dijo con reproche mientras se cruzaba de hombros, como si la avaricia de tantos no fuese con ella.

– ¿Por qué tanto interés en esta varita? -preguntó Mme. Potts.

– La última vez que vendí una varita como esta fue a un alumno brillante. El Ministerio de Magia no se creería jamás que ha elegido a la hija de un muggle – decía mientras parecía desternillarse de risa, particularmente orgullosa de haberse dado cuenta de las capacidades de la muchacha y haber pensado en esa varita.

– ¿Quién fue la última persona a la que se la vendió? – preguntó Bella con curiosidad. La mujer le miró, sonriente.

– El mismísimo director de Hogwarts – dijo añadiendo una pausa –. Merlín. El mago más grande de todos los tiempos.

Y se acabó!

¿Habéis identificado pequeños guiños a personajes?
Si tenéis alguna duda preguntadme en un rr!

Besos!