N/A: ¡Hola! Esta es la primera vez que me animo con un AU. Hace mucho tiempo vengo trabajando en esta historia, pero recién ahora me animo a publicarla. El final está escrito pero aún tengo mis dudas sobre ciertos detalles del desarrollo, dudas que serán resueltas según la recepción que tenga la historia y la reacción de los lectores, porque soy nueva en esto del AU y hay cosas que necesito ver sobre la marcha. Mi final es el que es y no lo voy a cambiar, pero bueno, supongo que esto es parte del experimento.

Es un byaruki, of course, lo que me da más libertad para explorar la pareja. La historia en sí es bastante dramática pero tendrá sus momentos de humor y de aventura, no todo será angst, habrá de todo un poco. Hay varias parejas y también incluyo personajes del último arco, porque bueno, quiero variar un poco y salir de mi zona de confort.

Algo que quiero aclarar de entrada es que en esta historia no está Ichigo, lo siento pero ya hay muchos fics sobre Rukia y el naranjo. Por lo mismo del párrafo anterior, las combinaciones de parejas son otras.

Es un AU moderno sin redes sociales, por si alguien lo nota. Las redes sociales son una cagada en el sentido de que ya no existe el misterio y hay poco margen para la imaginación. En mi universo ficticio ideal, no existen las redes sociales, así que ese elemento no estará presente en la historia.

A diferencia de mi primer long-fic de la pareja, el cual está incompleto, éste tiene un desarrollo y un final trazados. No puedo decir cada cuánto voy a actualizar porque me cuesta calcular esas cosas y tardo, soy muy perfeccionista a la hora de escribir y me la paso corrigiendo y recorrigiendo todo lo que escribo. Creo que al igual que mi traducción de El reto, voy a estar publicando en un promedio de un capítulo cada veinte días.

A cambio de la paciencia, les prometo mucho byaruki :)

¡Que lo disfruten!

Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo.


I

Un encuentro... ¿accidental?

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El sonido de la alarma del móvil le llegó como desde lejos. Rukia, tapada hasta la cabeza, extendió el brazo por debajo de la manta para coger el aparato y lo silenció. La cama estaba tan tibia y acogedora como para levantarse… Estaba muy cansada, necesitaba seguir durmiendo, necesitaba continuar naufragando en el arroyo de ese inconmensurable calor, hermoso y placentero… Miró la hora en la pantalla y pegó un salto.

—¡Diablos!

El reloj marcaba las once: se había quedado dormida para ir a trabajar. Se levantó a los tumbos, llevándose puesto todo el desorden de ropa y de cosas que había tirado en el suelo y se metió en el baño de inmediato para asearse.

—¡No puede ser, es la segunda vez en la semana!

Se secó la cara rápido y volvió al cuarto, buscó su uniforme en el ropero y lo abolló dentro de su bolso, por último se vistió con la ropa menos arrugada que encontró.

—Oba-san debió de haber salido temprano hoy —Pensó en voz alta mientras se apresuraba. Su tía la despertaba todos los días antes de irse a trabajar, pero al parecer esta vez; o se había ido antes del horario usual, o Rukia no había escuchado su llamado. Era algo muy típico en esos días, cuando el cansancio acumulado por las horas de trabajo y las de estudio se cobraba lo suyo.

Rukia vivía con su tía en una casa pequeña pero respetable en el área conurbana de la ciudad. Su tía trabajaba hace años en una fábrica de kimonos conocida de la región y poseía un sueldo lo suficiente digno como para que las dos gozaran de una vida tranquila, sin demasiadas complicaciones. No obstante, a Rukia le gustaba tener su propio dinero y por esa razón había incurrido en la búsqueda de un empleo ni bien cumplió los dieciocho. Actualmente además de estudiar en la universidad, trabajaba como mesera en un restaurante prestigioso de la capital, donde hacía el turno del mediodía y cubría muchas horas los fines de semana.

Su vida no siempre fue fácil. Por empezar, nunca conoció a su padre, de quien nunca supo nada, y a su madre apenas si la recordaba de no ser por las fotografías: ésta murió de un tumor maligno en la garganta cuando ella tenía tres años. Su hermana mayor, Hisana, había muerto hace cuatro años cuando un asalto en el puerto de la capital se hizo con su vida. Rukia estaba acostumbrada desde pequeña a recibir ese tipo de golpes, golpes que dolían pero que la obligaban a hacerse cada día más fuerte, y pese a que su crecimiento estuviera marcado por ese tipo de desgracias, ella siempre fue el tipo de persona que se paraba ante las dificultades con la frente en alto.

Nunca se rendía, nunca dejaba de luchar. Si vivir era algo valioso que sus familiares perdidos no pudieron disfrutar al máximo, entonces ella lo haría por ellos. Siempre supo que debía hacer la diferencia, que rendirse no serviría de nada y que el estancamiento era el último lugar en el que quería estar. Ella era fuerte, ella resistía. Nada ni nadie cambiaría su determinación.

Tía Senshumaru había hecho lo mejor que pudo y vaya si pudo. Era una mujer soltera en la mitad de los treinta, muy refinada para lo que uno solía esperar del sector social al que pertenecía. No había tenido hijos pero sí dos sobrinas a quien crio como si fueran propias, y tenía un novio que iba a buscarla con flores a la puerta cada tantos días.

Ambas tenían un carácter parecido: uno podía verlas frías y arrogantes por fuera, pero si miraba, si lograba mirarlas por dentro, podía descubrir una inagotable fuente de calor ardiendo en ellas. Se llevaban bien justamente por eso, porque eran solitarias y no invadían sus espacios personales. También tenían modos de pensar parecidos, aunque por supuesto, en sus puntos de divergencia eran totalmente opuestas, y la paz que había entre las dos solía peligrar cuando, a veces, Rukia olvidaba cumplir con ciertos quehaceres de la casa…

Cuando Rukia pasó por el comedor, vio una nota de su tía sobre la mesa.

«Tuve que irme antes, una compañera faltó a la fábrica. Tienes comida de ayer en el horno y mucha ropa para planchar. Desde el lunes. Cuídate mucho. Oba-san».

Planchar, Rukia no tenía tiempo para pensar en planchar en ese momento, ni ahora ni nunca. Rayos, ¡iba a perder el ómnibus! Cruzó la puerta de la casa cuanto antes y corrió de inmediato hacia la parada.

Era la segunda vez en la semana que se quedaba dormida, estaba en época de exámenes y el estudio le demandaba muchas horas de dedicación. Cursaba el primer año de la carrera Administración Hotelera y la cabeza le daba vueltas entre tantos números y asignaturas a las que atender. En el último mes se había quedado dormida unas cuantas veces sobre el escritorio de su cuarto, y por si eso fuera poco, las últimas semanas en el restaurante habían sido un infierno: desde que a los dueños se les había ocurrido lanzar un 2x1 en ramen, la clientela había aumentado a raudales.

—¡Lo siento! —Iba disculpándose con las personas que se le cruzaban en el camino, desde abuelos hasta niñitas de primaria.

Apenas dobló la esquina y avistó la parada del ómnibus, vio que el suyo estaba estacionado.

"Yoshi."

Corrió un poco más de prisa y cuando llegó a la puerta, el chofer arrancó el motor y reemprendió la marcha.

—¡Oye! —No, no podía pasarle esto—. ¡Oye, espera!

Sus gritos de queja fueron en vano. No podía ser… El ómnibus se alejó y Rukia se quedó observándolo, asesinándolo con la mirada.

—¡Bastardo!

Siempre hacían lo mismo. Parecía que los choferes se regodeaban al ver cómo uno se las arreglaba como fuera para llegar a tiempo a la parada, para luego seguir de largo y dejarlo a uno frustrado y atrasado en sus obligaciones. Rukia rechistó enojada y se sentó en el banco de la parada. Sacó su teléfono del bolso y buscó el contacto de Nelliel, quien ya le había enviado tres mensajes.

«Rukiaaaaa. Son las nueve y media, ¿durmiendo otra vez? Apresúrate, Kuukaku-dono aún no ha llegado».

«Rukiaaaaa. Esto debería animarte: hoy está Kaien-dono. ¡Y está preguntando por ti! Mejor que vengas rápido».

«Está bien, te pasaste de la raya, ¡tenemos mucho trabajo que hacer! Me debes una cerveza después de cubrirte por tanto tiempo. No, no sólo una, ¡sino dos! Kaien-dono está llamándote desde hoy».

¡Cielos! Rukia deseó que la tragara la tierra. Tenía cuatro llamadas perdidas de Kaien-dono, el dueño del restaurante donde ella trabajaba y también… el hombre del que estaba enamorada.

«Lo siento, Nelliel. ¡Estoy en camino!».

Cuando terminó de enviar el mensaje, el teléfono sonó con una particular melodía que estaba asignada a un único contacto. Rukia se puso más nerviosa y con los dedos temblorosos, atendió la llamada.

—¡K…Kaien-dono! ¡Lo siento! E-Estoy en camino, estaré allí en menos de…

—¡¿Eres cabeza hueca?! Te dije que hoy te necesitaba temprano, ¿cómo puede ser que duermas tanto, mujer?

—Lo siento… No tengo excusa, tomaré la respons…

—¡No importa, no importa! Sólo ven cuanto antes, ¿está bien? Y ahora también me debes una cerveza a mí.

Rukia necesitó varios segundos para recomponerse después que la línea quedara en off. Era una idiota, por supuesto que era una idiota, ¿en qué rayos estaba pensando? Kaien-dono era el hombre más amable que había conocido; él era dueño de una fortuna, ocupaba una envidiable posición social y aun así siempre tenía tiempo para tomarse una cerveza con sus empleados… Con todos sus empleados, no sólo con ella. Volvió a sentir un familiar rapto de desilusión dispersándose por todo su pecho.

Hace nueve meses que trabaja en el restaurante Shiba's pero cada día, cada condenado día sentía que había pasado allí una eternidad. Tal vez fuera por la cantidad de horas que pasaba dentro del lugar, las que a veces se extendían hasta convertirse en interminables jornadas, o quizás fuera directamente por estar en la presencia de él: el estar cerca de Kaien-dono siempre le generaba sensaciones abismales, y el hecho de que ese sentimiento, tan fuerte como monstruoso, la llevara a perder la noción del espacio y del tiempo, solía provocar en ella una vaga sensación de inestabilidad.

Kaien-dono era todo lo que una chica de su edad podía desear: tenía un carisma y un atractivo físico irresistibles, era fuerte, inteligente, bondadoso y tenía mucho dinero. Todos sus empleados lo querían, él ayudaba a todos a desempañar positivamente sus roles. Era benefactor de un centro de niños de bajos recursos de la ciudad y, oh, ¡adoraba a los niños! Uno nunca podía cansarse de hablar con él, Kaien-dono se adaptaba a todas las personas y a sus situaciones, era muy sabio y perceptivo para dar consejos sobre cualquier asunto que se tratara. Era franco, tenía buen corazón. Para Rukia no había otro hombre mejor que él, ninguno, era casi el hombre perfecto… salvo por un pequeño, gran detalle.

Kaien-dono estaba casado.

El siguiente ómnibus llegó a la parada y Rukia se subió. Tenía media hora de viaje hasta el restaurante. Se acomodó en un asiento del fondo y se puso los auriculares, y clavó la vista en la ventanilla sin mirar verdaderamente nada.

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Byakuya Kuchiki vivía solo en una acogedora y elegante vivienda ubicada en uno de los barrios residenciales de la capital. Solía despertar ni bien los rayos de sol se filtraban por las puertas shoji de su cuarto, bañando de una luz amarillezca la totalidad del recinto. Pese a que su casa era amplia, no había demasiados muebles ocupando espacio innecesario. Como todo en su vida, cada cosa se mantenía en orden y en armonía. O al menos eso procuraba.

Era hijo único y huérfano hace once años: sus padres habían muerto en un accidente de tránsito cuando él tenía trece, en la ruta que conducía del campo a la ciudad. La familia Kuchiki poseía un enorme viñedo en las tierras del sur, viñedo que era apenas un tercio de porción de la hacienda con que contaban y que era destinada a la producción y abastecimiento local. Después de la muerte de sus padres, Byakuya quedó a cargo de su abuelo Ginrei, continuó recibiendo la educación tradicional que era propia de la familia, y, a su tiempo, adquirió los conocimientos pertinentes de la empresa familiar. Se había graduado hace dos años en Contabilidad, más por sugerencia de Ginrei jii-sama que por decisión propia, y con el propósito de llevar adelante la administración, se había dedicado de lleno a eso. Sin embargo, hace casi un año que había abierto su propio negocio: una linda cafetería en el seno de la capital, que poco a poco iba haciéndose un nombre.

Después de desperezarse por unos minutos en la cama y de levantarse para correr las puertas shoji, dejando entrar el aire fresco en la habitación, Byakuya buscó su teléfono en la mesita de noche. Deslizó la pantalla hasta que encontró el contacto deseado y entonces ejecutó una llamada.

—¿Qué pasa, Byakuya-bo? No me digas que apenas despertaste pensaste en mí.

—No del todo, Yoruichi.

—Cielos, sí que sabes cómo romperle el corazón a una chica.

—Si romperle el corazón a una persona conlleva expresarse con sinceridad, entonces debo de estar dejando muchos corazones rotos por allí, indudablemente.

—Créeme, chico, algún día te replantearás lo que dices. ¿Qué es lo que pasa?

Mientras hablaba, Byakuya entró en el baño y giró los grifos de la ducha para regular la temperatura del agua. Se quitó los pantalones de dormir y los dejó a un costado.

—¿Hablaste con el propietario?

—Sí. Dice que es muy pronto para hablar de compraventa, no llevas ni siquiera un año de alquiler. En serio, Byakuya-bo, ¿no te parece que estés siendo ansioso?

—Lo estoy. Es la primera vez que emprendo un negocio. O mejor dicho… Algo que es exclusivamente mío.

—Eres tierno cuando quieres.

—Tienes una extraña percepción sobre el cariño, Yoruichi.

—¿Ah? Y tú tienes una molesta costumbre de despreciar mis humildes halagos. Dime, Byakuya-bo, ¿qué es lo que tiene que hacer una chica para permear ese duro corazón?

—Tengo un día largo. Esta conversación se termina.

Antes de que Yoruichi pudiera decirle algo más, Byakuya colgó el teléfono, como era usual entre ambos. Aunque fingía, siempre fingía, no hacer caso de esos comentarios jocosos con que ella lo pinchaba, en el fondo siempre le quedaban resonando. Porque de alguna manera él sabía que en parte, esos comentarios apuntaban a cierta verdad. Yoruichi lo conocía bastante bien, además de ser una vieja amiga y su compañera de negocios también era su amante en la cama. Sí que sabía dónde pinchar, y vaya si con unas pocas palabras lograba inquietar un poco su imperturbabilidad de hierro.

Hace años que no se enamoraba. La única vez que lo hizo fue a los dieciocho, cuando aún era inmaduro y estaba lleno de frustraciones, y la experiencia en ese entonces había afectado de tal forma su vida que la palabra "amor" había terminado por ser una palabra alienígena, extranjera en su diccionario. Le había dado demasiado de sí mismo a la persona equivocada, a la mujer que recordaba con ternura pero que no había sido capaz de corresponder su amor.

"Hisana."

Sí. Ella había tomado mucho de él, había tomado demasiado sin devolverlo y se lo había llevado consigo a la tumba. ¿Podía él odiarla, o al menos condenarla por eso? Claro que no, Byakuya no se arrepentía de nada. Él no miraba hacia atrás, no le daba vueltas a los errores ni a los traspiés del pasado, sólo los tomaba como punto de referencia para aprender y para avanzar… No siempre había una recompensa, a veces se debía entender que también es necesario lidiar con el fracaso y por ello, aprender de esos errores es fundamental.

Ya no guardaba sus fotos, hace tiempo que las había botado. Pero sí que las había conservado por mucho tiempo, más del necesario para tratarse de un amor que en ninguna manera había estado destinado a ser. Byakuya solía recordar, con más enfado que desilusión, lo obstinado que había sido al aceptar un cariño a medias. Siempre tuvo bien claro que el fallo principal en esa relación había sido concedido por él, por no haber sido capaz de renunciar desde el principio a un amor que sabía no era retribuido.

En ese entonces, Hisana era una chica suave, dulce y delicada… Todo lo que él creía necesitar en aquellos tiempos de inminente soledad. Lo había atrapado desde el inicio, desde la primera mirada, cuando la encontró vendiendo flores en un puesto callejero de la avenida sobre la que estaba el banco en el que él realizaba sus cuentas. Un breve intercambio de palabras fue todo lo que bastó para lograr captar su tímido interés. A los dos meses ya dormían juntos, y él la llenaba de promesas y de regalos costosos.

La había amado mucho, quizás con una pasión inadecuada para tratarse de un primer amor que no demostraba el mismo entusiasmo por imaginar un futuro lleno de ilusiones compartidas, pero que la había querido no se podía negar; Hisana había sido todo lo que sus padres hubieran desestimado, no obstante, había sido la única chica capaz de mover algo en su interior. Él había sido tan joven, tan ingenuo… Por creer que los sentimientos de esa muchacha algún día cambiarían, por no haberse atrevido a anticipar, ni una sola vez, que ese maravilloso cuento de hadas que él se había fabricado en la genuinidad de sus sentimientos podía de hecho un día acabarse.

Porque así fue, en verdad. Tras un año y medio de noviazgo en el cual él había dado todo de sí, Hisana lo tomó de la mano pidiéndole perdón y lo abandonó. Dijo que lo sentía mucho, que le daba gracias por todo… Dijo que nunca podría terminar de agradecerle por todo lo que él había hecho por ella, que Byakuya era demasiado amable y merecía ser feliz… Aseguró que realmente lo sentía pero que ya no podía seguir engañando a ambos…

Y algo de sensato había tenido ese amor por ella al fin, porque él no se atrevió a pedirle que se quedara. No, nunca había sido del todo capaz de rebajarse por nadie, y que el diablo se lo llevara a la tumba si tenía que rogarle a quien fuera por un poco de cariño. Habían sido palabras muy duras de oír, sí, pero imposibles de objetar; él tenía la certeza de que en verdad eso era lo que ella sentía, no podía negar lo evidente ni obligarla a sentir lo mismo que él. Byakuya había aceptado su derrota y sobrellevado el abandono en silencio.

Poco antes de un año se enteró de lo ocurrido: un asalto en el puerto, un tiro en el pecho y hasta nunca más Hisana. Fue muy difícil al principio, pero cuando le llegó la noticia, él ya había logrado encajar la idea de la separación. Porque no tenía caso lamentarse, porque él había soportado situaciones peores y tenía los pantalones bien puestos para entender que el mundo no se terminaba en una mujer. Pese a su corta edad, tenía un peso grande sobre sus hombros, una responsabilidad heredada que pesaba más que todo lo demás.

Había sido doloroso saber de su muerte, pero quizás, al final había ganado algo de madurez. Y no debía permanecer demasiado tiempo revisando esos sentimientos, había que olvidar ese viejo rumbo y conservar sólo las buenas anécdotas.

Y ahora, mientras se duchaba, de la nada lo acosaban esos recuerdos, probablemente atizados por la llama, siempre constante, de la soledad, la cual todavía no lo abandonaba.

Byakuya Kuchiki ya era un adulto y Hisana, cuya familia él ni siquiera había llegado a conocer, era parte de su pasado.

Saliendo del cuarto de baño, lo azotó el recuerdo vago e inútil de su voz relatándole algo sobre su hermana pequeña.

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Rukia entró al restaurante corriendo. Casi que saltó para cruzar la barra e hizo acopio de aire y de fuerzas para encarar a su patrón.

—¡Kaien-dono!

—Ah, así que te dignaste a aparecer —El otro rechistó dejando de beber agua de su botellita—. Cielos, ¡Rukia-chan, estás hecha un desastre!

—¡Lo siento! —Rukia se disculpó mientras su patrón la despeinaba.

—No importa, lo importaste es que ya estás aquí. ¿Cómo van tus exámenes?

—E-estudiando. Muy duro —Rukia contestó sintiéndose honrada ante la muestra de interés.

—¿Duro contra el escritorio?

—¡Kaien-dono! —Oh, ¿por qué tenía que hacer chistes con doble sentido justo en ese momento? No ayudaban en nada.

—Esa es mi empleada —Le dio una palmada de ánimo en el hombro—. Trabaja duro hoy y descansarás mañana, ¿verdad? Sin embargo… prefiero esa frase que dice: "elige un trabajo que ames y no tendrás que trabajar el resto de tu vida". Suena más atractiva.

La mirada en los ojos de Rukia era de conmoción pura cada vez que Kaien empezaba a hablar de esa forma. Lo admiraba, de veras.

—Bueno, es hora de moverse —Kaien le hizo seña de despedida con las manos—. Nelliel se está volviendo loca.

Rukia se encaminó de inmediato hacia el vestuario. Por supuesto que Kaien-dono no estaba enfadado, él siempre era tan comprensivo y gentil con ella que se le hacía difícil no sentirse encandilada ante esas muestras de confianza y apoyo. ¿Por qué, por qué tenía que haber caído por él? Habiendo tantos hombres en el mundo y ella tenía que ir y perder el aliento por el equivocado.

Aquello era más fuerte que lo que había sentido por Grimmjow, su ex novio. Kaien-dono rompía todos sus esquemas.

Rukia se vistió el uniforme y se puso el delantal lo más rápido que pudo, y en menos de cinco minutos ya estaba circulando por el salón.

Ahora, tocaba la tarea más ardua de todas…

—Buenos días, señor cliente. Permita que le deje la carta.

Debía exhibir su mejor actitud para no decepcionar a la inmaculada clientela, y fingir que ser mesera de un enorme restaurante era el mejor empleo del mundo.

—Menos mal, me estaba desesperando con cada segundo que pasaba —Nelliel pasó a su lado cargando una bandeja con platos sucios—. Me debes una cerveza, va en serio.

—Lo sé. Hey… ¿Kaien-dono está realmente tan relajado? Quiero decir… Me atrasé dos horas —La expresión de Rukia era tan sincera que a Nelliel le dio lástima.

—Eres dramática —Habló más bien con indignación—. Kaien-dono siempre está relajado, a decir verdad, él no parece preocuparse del todo… —Nelliel le echó a su patrón una mirada algo reprobatoria y después le sonrió a Rukia con malicia— ¿Él te gusta, cierto?

—¡P-Por supuesto que no! —Mintió la otra.

—Vamos, no tienes que ocultarlo. Incluso a Bambi-chan le gusta, dice que no dudaría en acostarse con él —Nelliel ahora le hablaba al oído—. Ya se acostó con Bazz-kun, por cierto.

—¿Con Bazz-kun?

—Huh. No digas que te lo conté —Nelliel se alejó para hablar con el tono de voz normal—. Como sea, no deberías avergonzarte por admitir que él te gusta, de hecho, no cambiará nada si lo haces, ¿o sí? Es decir, todos sabemos que él está casado y que no es ese tipo de hombre…

A Rukia se le revolvió el estómago al oír esas últimas palabras. No, claro que no… Nada iba a cambiar, eso seguro.

—¡Señorita mesera!

—Bueno, seguiremos conversando —Antes de que Rukia se dirigiera a su mesa, Nelliel le dijo al oído con un deje de excitación—. Tengo otra para contarte más tarde.

Rukia ya estaba acostumbrada a los chimentos de Nelliel, la muchacha trabajaba tantas horas en el negocio, de lunes a lunes, que parecía conocerse de memoria la vida de Dios y María Santísima. No importaba de quien se tratara; ya fuera empleado, cliente o patrón, todos tenían reservado un lugar en el repertorio farandúlico diario de Nelliel Tu Odelzswanck. Por ende, Rukia terminaba sabiendo cosas que en la mayoría de los casos no le interesaban… Mucho menos cuando esa información, distribuida clandestinamente entre cierto sector del personal compuesto principalmente por féminas que atendían mesas, involucraba a cierto patrón alto, de pelo oscuro y ojos verdes.

No, no podía distraerse justo en ese momento con esos pensamientos, tenía mesas que atender y había unas cuantas por limpiar.

Se le escapó una mirada. Él no le estaba prestando atención, por supuesto. ¿Qué podía hacerle pensar que él estaría poniendo su atención en ella? Suficiente con la paciencia que le tenía y el sueldo bien pago que depositaba cada mes sobre sus manos.

Concentrada, Rukia apoyó unas copas de helado sobre la mesa de los clientes y continuó realizando sus labores.

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Byakuya estacionó su camioneta a la vuelta de la cafetería. Aquella era una peatonal muy transitada, de suelo adoquinado y lindos edificios. El local era pequeño pero de buen ver, afuera había una empalizada sobre la que se montaba un conjunto de mesas, a tono con el césped prolijamente recortado, y un árbol de sakura contrastando con la marquesina verde le daba un toque personal que lo distinguía.

Dentro del salón sonaba una suave pista de jazz y reinaba el aroma exquisito del café. El encargado del negocio, Shinji Hirako, estaba en la barra hablando por teléfono.

—¡No seas estúpido! ¡No pueden pagarte tan poco para decir una tontería como esa!

Había unas cuantas personas desayunando a pesar de que eran casi las once de la mañana. Una de las meseras estaba ordenando la farmacia y la otra atendía una mesa.

—Diablos…

Shinji colgó el teléfono. Byakuya se había acercado a la computadora del mostrador, echando un breve vistazo a las grabaciones de las videocámaras, y luego se quedó revisando unos papeles por unos minutos.

—¿Ya viste el resumen? —preguntó de repente refiriéndose a las facturas de luz—. Hay que efectuar el reclamo, es una suma descabellada.

—Sí, estaba en eso, Kuchiki-dono. Dicen que quitaron los subsidios y que se están cobrando las tarifas obligatorias o no sé qué diantres. Es una locura.

—Ya veo. Parece ser que el cambio de gestión va en serio después de todo.

—Qué hacerle… Lo que me encoña de todo esto que esos enclenques empleados de bureau puedan defender una política tan arbitraria como si en verdad los fuera a beneficiar. A veces no sé quién es peor. Ah, ahí está el nuevo pastelero —Shinji señaló a un muchacho de rostro ceñudo que podía avistarse en la trastienda—. Su nombre es Kensei y está matriculado. Sus masas finas tuvieron buena repercusión, sin embargo… Se está robando la atención de mis chicas.

Lisa, que era una de las meseras, justo se dirigía al área de producción para reponer una bandeja con dulces.

Byakuya se acercó a las vitrinas para inspeccionar la mercadería y le pareció que estaba bien. Correspondía que en cuanto tuviera un rato libre, se acercara al nuevo empleado para saludarlo como era debido.

—Estaré en la oficina. Si viene Ukitake, hazlo pasar.

—Entendido.

Cuando Byakuya se retiró del salón, la otra de las meseras se aproximó a la barra. Shinji la miró invariable.

—¿Qué pasa, Momo? ¿Quieres un beso?

—No —rezongó la chica dejando una libreta de cuero sobre la barra—, quiero que pases esta tarjeta.

—Rayos… —Shinji ejecutó la operación con un leve rechiste—. Eres un aguijón en mi pecho.

.

Eran casi las tres de la tarde, la hora pico iba terminando y en un rato Rukia podría volver a casa. Aunque claro, como había llegado tarde tendría que reponer las dos horas que faltaban.

Se quedó parada por un momento junto a la barra para beber un poco de agua. El horario del mediodía solía ser más tranquilo que el de la noche pero en aquel sitio, el trabajo fluía a borbotones, no por nada Shiba's era un buen lugar para comer; tenía fama y una gran clientela. Uno siempre estaba de aquí para allá con tantas tareas.

El sonido de un plato siendo apoyado sobre la barra frente a ella la sustrajo de sus pensamientos. Era un cuenco con ramen.

—Come algo, no quiero que después me demandes por sugestión a la inanición —Kaien se acomodó del otro lado.

—¿S-Se supone que existe ese tipo de demanda? —Rukia cogió los palillos mirándolo incrédula.

—El dinero puede inventarla, ¿verdad que sí? Aunque no está en el protocolo, que yo recuerde. Oye, Rukia-chan, quería hablar algo contigo.

—¿Qué? —Rukia tenía una especie de amor-odio hacia esos momentos que Kaien le ofrecía a solas, la volvían tan estúpida y vulnerable.

—He visto que llegas tarde y que no rindes bien. Sé que estás estudiando y no tengo intenciones de ir contra eso, pero necesito que cumplas aquí, sabes —Kaien hablaba en tono condescendiente pero iba en serio—. Tengo dos opciones para proponerte.

Rukia lo miró expectante sosteniendo los palillos.

—Podemos reducir tus horas de trabajo, por lo que sólo tendrías que venir los fines de semana, o puedes pasar al turno de la noche, entrarías a las ocho y te quedarías hasta el cierre. ¿Qué te parece?

—Eso… —Rukia lo sopesó por un momento. Ninguna de las opciones le venía bien. No quería perder horas de trabajo ni mucho menos trabajar hasta la madrugada. La única solución era dejar de llegar tarde, sin lugar a dudas.

Miró el salón por un momento. No le gustaba estar en ese aprieto. Además, el perder horas de trabajo también complicaba sus estudios, porque con ese dinero ella sustentaba sus gastos universitarios.

—Kaien-dono, puedo volver a intentarlo —pidió al fin con resolución—. Por favor, confíe en mí. No volveré a fallar.

Se sintió nerviosa cuando él se le quedó mirando fijo, con esa mirada sardónica que era tan molesta como coruscante. A Rukia la ponía terrible.

—¿Sí? —La probó.

—Sí —Dios, ¡quería salir corriendo!

—Parece que puedes volver a intentarlo entonces —concedió Kaien al fin—. Cambiando de tema, ¿dónde diablos se metió Nelliel? —Frunció el ceño al ver que había gente esperando en el salón y que su mesera favorita no estaba—. Lo siento, Rukia-chan, parece que tu ramen deberá esperar un rato más. ¿Puedes ir a atender?

—Claro —Se limpió rápido con una servilleta de papel y se dirigió a las mesas.

—Con permisooo —Una muchacha carilinda de pelo largo y oscuro justo había cruzado la barra, era otra de las meseras.

—Ah, siempre en el momento oportuno —suspiró Kaien al verla—. Adelante, Bambi-chan, el salón te espera.

—¡A la orden, señor!

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La llave giró sobre la cerradura de la puerta y Byakuya abandonó la oficina junto a Juushiro Ukitake.

—Entonces, ¿dices que Ginrei-dono está de viaje?

—Así es. Está cansado de la ciudad.

—Qué extraño. Me pregunto por qué no se va a vivir de una vez por todas al campo.

—Le he insistido muchas veces para que lo haga, pero pienso que la hacienda le trae recuerdos.

—Ya veo.

Juushiro Ukitake era un antiguo amigo de Sojun Kuchiki, el padre de Byakuya. Actualmente mantenía un lazo estrecho con el menor de los Kuchiki, y de vez en cuando le daba una mano con las cuentas. Byakuya necesitaba asesoría en algunos aspectos, desde administrar un fondo de comercio como de cuidar de una inmensa viña.

El oficio se aprendía poco a poco después de todo, y lo primordial era disfrutar del proceso, como decían por ahí.

—Me voy —le dijo a Shinji antes de partir—. Mantén el orden, por favor.

Ukitake se despidió de Byakuya en la esquina de aquel pasaje.

—Por cierto, ¿qué sabes de Yoruichi, Byakuya? —le preguntó de repente antes de irse—. He oído que la inmobiliaria no está funcionando bien.

—No. Hay problemas con el fisco. Yoruichi está muy ajetreada —concedió el otro con su usual imperturbabilidad.

—Ya veo. Qué problemático se ha vuelto todo… —resopló—. Mándale mis saludos cuando la veas, y al pequeño Yuushiro.

Ukitake se marchó con una sonrisa y Byakuya caminó hasta su camioneta.

Era una buena tarde, soleada y refrescante, digna de otoño. No tenía mucho por hacer a esa hora, salvo pasar por la librería para comprar tinta. A Byakuya le gustaba hacer caligrafía, era una actividad relajante y últimamente había agotado sus frascos de tinta negra.

El local no quedaba lejos de allí, pero yendo en el coche el trayecto se volvía complicado. Avistó la empalizada desde lejos y miró en derredor buscando un lugar donde estacionar.

De repente, alguien se le cruzó rápido en el camino. Byakuya frenó el coche de inmediato.

"Imprudente."

Los peatones y sus condenados malos modales. Podían arruinarle a uno la vida generando un trágico accidente. Byakuya se quedó mirando a la persona con un enfado incontenible, con una ira creciente, hasta que vio bien la forma de ese individuo y sintió que el mundo se detuvo.

Era una muchacha joven, de pelo corto, baja estatura… Se giró para mirar al conductor del auto y Byakuya se quedó sin aliento.

—¡Lo siento! —imploró la muchacha con una mirada sincera. Una mirada azul… tiernamente sincera—. ¡No lo vi venir, mis disculpas!

Tenía que ser una estúpida broma, una cruel e imperdonable ironía del destino. No podía ser real que ese hermoso rostro estuviera implorándole en la ventanilla. La chica estaba nerviosa, esperando una respuesta, pero apenas la vio, él ya lo había perdido todo, no había nada que pudiera ofrecer.

—Señor... —insistió.

Byakuya debió aceptar a fuerza de razón que aquello era parte de la realidad, que todo seguía fluyendo, fluyendo intensa e irremisiblemente en el exterior y en el interior. Aquello era real. Estaba viendo un rostro que parecía remover de un puñado sus raíces.

Era muy parecida a ella. Podía sospechar fácilmente de quién se trataba.

—Eres descuidada —le dijo al fin—. Pudiste haber generado un accidente, casi te mato.

—Lo sé, realmente lo siento —Rukia estaba sin aire, ahora más por la mirada penetrante de ese joven que por la problemática situación en sí. Sus ojos parecían perforarla, arder sobre ella.

—Ten cuidado —le advirtió Byakuya—. Supongo que es un milagro que ahora estemos hablando.

Estaba tan enfadado, tan enfadado con esa chica. Un solo segundo hubiera tomado atropellarla y vivir luego con un horrible cargo de consciencia. Pero esos ojos… Eran tan familiares y aun así le transmitían tanto misterio, había tantas cosas que Byakuya quería saber. La observó un poco en detalle y se dio cuenta de que llevaba puesto un uniforme de trabajo.

—Lo haré. Debo irme, lo siento de veras.

La vio irse y leyó el grabado que había en la espalda de su camiseta.

Shiba's.

Aquello no podía terminarse allí. No podía dejarla ir tan fácilmente.