Negro.

Era todo lo que veía, un negro vacío, ¿cuándo llevaba ahí? No lo sabía pero ya llevaba bastante ahí, sola, abandonada, olvidada.

Después de tantos buenos años, por fin la desgracia volvía a acosarla, estaba perdida, derrotada por esa mocosa malcriada, y su amigo entrometido; tenía que también era culpa suya por haberla subestimado, creyó que sería igual de fácil que los otros pero se había equivocado, pero ya no importaba, pronto ya tendría su oportunidad para vengarse.

Y entonces recuperaría todo lo que le habían quitado.

Pero primero tenía que salir de ahí, ya había perdido la cuenta de todos los días en los que había estado escalando, de no ser porque la sed de venganza la motivaba, ya habría caído de regreso al vacío, pero no pensaba en rendirse ni descansar, hasta que tuviera su cuello entre sus manos, y más importante aún, sus ojos.

Oh sí, iba a guardar esos ojos con mucho, MUCHO, cariño.

Y entonces lo vio, una ligera luz que venía del techo y que apuntaba directamente hacia ella, ¡La salida!

¡Por fin había llegado!

Usando todas las fuerzas que le quedaban, saltó y saltó hasta que llegó a la superficie, ya podía oler, la lluvia, el pasto mojado y el lodo, ya casi estaba ahí.

Empujo la tabla de madera pero nada, estaba atascada, pero no había llegado tan lejos para darse por vencida, empujo y empujo hasta que la superficie cedió, apenas un poco pero lo suficiente para poder salir.

Se arrastró fuera de la oscuridad y salió hacia el frío de la noche, por fin estaba afuera, su venganza estaba por comenzar.

Camino hasta el borde del lugar, desde ahí podía ver la trampa conocida como El Palacio Rosa, perfecto, y mejor aún.

La mosca no se había ido todavía.

El camión de la mudanza recién estaba afuera, apenas estaban por irse, los señores estaban subiendo los últimos muebles y entonces… la vio, ahí estaba la mosca, de brazos cruzados, con el ceño fruncido, tal y como la recordaba.

Estaba discutiendo con su madre, pero ella la ignoraba como siempre, jeje, casi rio por la nostalgia, la mosca refunfuño pero se metió en el coche, de mala gana claro estaba.

Se apresuró a bajar la colina, si se apuraba los alcanzaría, y lo hizo, justo cuando uno de esos gorilas terminó de subir la última caja y dio la orden de irse, ella llegó a saltar, ya no pudo entrar en el contenedor pero pudo aferrarse al camión por debajo.

No le importaba que el viaje fuera algo pesado, el destino valdría la pena.

Se aseguró de estar bien sujeta, lo estaba, las puertas de los coches se cerraron, encendieron el motor y el vehículo se puso en marcha. Excelente, todo había empezado bien, y lo que bien empieza bien acaba.

La mosca no lo sabía, pero se estaba dirigiendo hacia una telaraña, su telaraña, y esta vez no iba a poder escapar.