Cuando las puertas del templo se abren al cielo 1/2

Y mientras el viento se mecía suavemente, arrastrando tras de sí las hojas de los árboles, un nuevo amanecer deleitaba al mundo con sus tenues rayos de sol. La mañana había sido tranquila, todo en su justo lugar, tal vez por ello nadie se esperaba lo que estaba a punto de suceder. Pequeños trozos de piedra y hojas comenzaron a temblar. El suelo estaba temblando, una vez más. Era bastante natural en aquella zona ese tipo de terremotos. Aquel no iba ser distinto al resto y, mientras temblaba la tierra, las personas no dejaban de coger el tren al aire libre, el autobús, la bicicleta, o simplemente quedarse en sus casas durante unos minutos mientras pasaba el temblor. Era tan solo un terremoto más.

Las vibraciones, las cuales comenzaron tenues, poco a poco fueron aumentando su intensidad. Los transeúntes cesaron todo movimiento y esperaron. Pasaría en unos minutos, como siempre hacía. Japón era bastante conocido por tener ese tipo de terremotos y, por ello, estaban preparados para superarlos, hasta cierto nivel. El seísmo seguía subiendo de intensidad, las noticias emergentes avisaron de que cada persona debía salir del edificio con cautela. No era grave, pero tampoco era para tomárselo a la ligera. El tiempo se sucedía y la sacudida sísmica no dejaba de aumentar la intensidad, pronto los ciudadanos comenzaron a tener más cuidado sobre el terreno que estaban pisando. No era un terremoto como aquellos. Habían hecho mal en despreciarlo. La tierra volvía a temblar y, en cierta parte de Japón, más concretamente en las afueras, lo que parecía un terreno llano y seguro, comenzó a resquebrajarse en mil pedazos, como las grietas ni un cristal roto.

Justo en la otra punta de aquel país, el sitio más alejado de aquella zona, el temblor tampoco cesaba. Vibraba y vibraba y no dejaba dormir. Se trataba del móvil de Takeru, en modo vibración, como siempre, para no despertarlo. Si Takeru hubiese sabido para que lo llamaban, no se hubiese andado con tantas tonterías. Pero desde que no recibía un trabajo serio desde hacía varios años, su vida había consistido en quedarse dormido, jugar al ajedrez y leer libros. Dormir, jugar y leer, eso era todo lo que hacía. Nada era más importante para él. La llamada se cortó por quinta vez y, por sexta vez, volvió a sonar. Fuera quien fuere quien estuviese llamando, no se iba a dar por vencido tan fácilmente. Una séptima llamada, una octava, una novela, y, a la décima, Takeru no tuvo más remedio que levantarse y coger el móvil.

— ¿Buenas? —dijo con un deje de frustración —.

— ¿Es usted Takeru, el lexicólogo, gramático, lingüista, filólogo...?

— ...Nunca había escuchado tantos sinónimos en una misma oración —interrumpió el susodicho con la voz ronca y la boca pastosa —. Por favor, solo Takeru.

— Por supuesto, como desee — accedió el interlocutor muy amablemente, dando a entender que no estaba operando con un simple fulano —. No sé si sabrá lo del terremoto de esta mañana. Aunque me figuro que es así, nunca está de más recordarlo. En cualquier caso, en un terreno llano a las afueras de Japón se han encontrado recientemente unas ruinas, desveladas por el seísmo.

— Tengo cierta... Conciencia — rápidamente, el chico se encaminó a encender la televisión y poner las noticias. Ya podría haber caído una bomba nuclear, que mientras él dormía jamás se hubiese enterado —.

— Me lo figuro — afirmó el interlocutor con convicción — es por ello que cierta compañía de paleontólogos ha pedido su colaboración.

— ¿Disculpe?

— Le seré franco, señor Takeru. No hay muchos lingüistas en el país, y en caso de haberlos, ninguno tan bueno como lo es usted. Y este ha sido el fundamento por el que la empresa ha decidido contratar sus servicios. Si usted quiere, por supuesto.

— Voy a mirar mi agenda — La agenda de Takeru estaba vacía, pero como todo profesional, debía mantener su imagen —. Sí, creo que tengo un hueco. ¿Para cuándo requerís mi presencia?

— Lo más pronto posible y, si no es molestia, antes del viernes.

— Pero si estamos a jueves.

— Exactamente.

Y se quedaron ambos callados durante unos instantes. Al final, fue Takeru quien rompió el silencio:

— De acuerdo — afirmó al fin —, ¿con quién debo ir entonces?

— La susodicha responde al nombre de Hikari Yagami.

— Comprendo — dijo mientras tecleaba el nombre en el buscador del ordenador. Abrió bastante los ojos cuando se dio cuenta de que no estaba negociando con una cualquiera. Hikari era bastante conocida por sus estudios y descubrimientos. Sus compañeros de trabajo la definían como "La reina de las ruinas". —. ¿Y dónde está ella ahora mismo?

— A dos metros bajo tierra.

Takeru volvió a quedarse callado:

— ¿Está muerta?

— ¡Oh, no! ¡Es que es antropóloga! Ahora mismo está investigando las runas, sin embargo hay símbolos y letras que no comprende del todo bien. Es por ello que requiere de su presencia urgentemente.

— Lo intuyo — suspiró cansado y se rascó la cabeza. Llevaba días sin ducharse. Cuando no recibía un buen trabajo solía mal habituarse —. De acuerdo, iré lo más rápido que pueda.

— Se lo agradezco enormemente, señor Takeru.

Una vez hubo finalizado la llamada. El chico pegó brincos por toda la casa con la ilusión de un niño de cinco años. Rápidamente, se fue a duchar y a preparar la maleta. Debía sacar los billetes lo antes posible para no defraudar a aquella empresa. Acababa de mirar en la web. El grupo de expedición era bastante conocido por sus descubrimientos. Todos ellos al mando de dos excelentes personajes: Fudo Hajime y Yagami Hikari.

No podía contener las ganas. Estaba ansioso por comenzar.

.,.

El equipo de expedición estaba en plena labor cuando Takeru llegó a su destino. Busco con la mirada a sus compañeros, pero sólo pudo escuchar una voz que le resultaba familiar. Un hombre bajito y con gafas se acercó apresurado.

— ¿El señor Takeru, lexicólogo, lingüista...?

— Por favor, solo Takeru — abrevió el joven —.

— Por supuesto. Por favor, sígame. Por aquí — el hombrecillo cuya voz reconoció como el locutor de la llamada de aquella extraña mañana le guió por un camino lleno de tierra y gravilla. Le recordó, en repetidas ocasiones, que tuviera cuidado por donde pisaba, pues aún no se había asegurado todo el perímetro por completo —.

— ¿Entonces se trata de un templo?

— Precisamente — declaró el hombre bajito —. Por favor, no se entretenga. La señorita Yagami le está esperando.

Unas enormes escaleras metálicas descendían hasta el subsuelo, exactamente a dos metros bajo tierra. El equipo de investigación estaba equipado con martillos y picos para la ocasión. Una joven y castaña mujer, haciendo uso del pequeño cincel, resquebrajada con mucho cuidado la pequeña roca que cubría el alfabeto.

— Es griego — Takeru no se lo podía creer —.

— Exacto — afirmó la chica —.

— ¿Pero cómo es posible? ¿Cómo es posible encontrar unas ruinas griegas a las afueras de Japón?

— Sinceramente, no tengo ni idea — la joven cesó su trabajo y encaró al muchacho —. No sé qué hacen aquí estos vestigios, lo que está claro es que no ha sido ninguna broma. Al principio, Fudo pensó que tal vez sería algún parque o museo abandonado. No es así. Las capas de sedimentos nos confirman lo contrario.

— Pero estamos a tan solo dos metros. Si este templo verdaderamente llevase mil años o más enterrado, la excavación sería más profunda.

— Oh, y lo es — manifestó la chica — esta es la cúspide del templo. Un templo de más de 400 metros de longitud.

— ¿Y cómo se concibe eso?

— Con el radar.

— No, si me fío, pero me parece increíble que este templo haya estado escondido durante tanto tiempo sin ser descubierto antes.

— El radar indicó que a 200 metros las ondas S dejaban de propagarse. Es posible que también haya un manantial enterrado — la chica se sacudió las manos y, quitándose el guante, le tendió la derecha al otro —. Por cierto, soy Hikari, Hikari Yagami.

— Takeru Takaishi.

— ¿El lexicólogo, gramático, lingüista, filólogo...?

— ...Takeru para los amigos — le pareció haber tenido un deja vu. Igualmente estrechó la mano de la que a partir de ahora sería su compañera de trabajo —.

Hikari entonces invitó a Takeru a acercarse las runas y leerlas. Era, sin lugar a dudas, griego. Podía distinguir desde la letra alfa hasta la omega. Estaba el alfabeto completo. No era una frase, era un alfabeto. Se lo comentó a ella:

— No hay ninguna frase oculta aquí. Esto es tan solo un alfabeto.

— Eso mismo pensé yo, fíjate bien — Hikari señaló una letra en particular. Takeru abrió los ojos enormemente, una vez más. Aquel templo nunca dejaba de sorprenderlo y tan solo acababa de llegar —.

— Es la letra "kappa", o un intento de ella, puesto que no está bien escrita — siguió el dedo de Hikari y observó con detenimiento la letra que ella le indicaba —. Esa letra se llama "ómicron" — arrugó la nariz —, pero no está bien escrita. Empiezo a dudar seriamente que esto sea un templo de más de mil años de antigüedad.

— Observa la siguiente, está no me suena — la joven señaló otra letra —.

— Sinceramente, esta tampoco me suena lo más mínimo, pero si tuviese que decir alguna al azar, la más parecida sería la letra "iota". Una vez más, no está bien anotada.

— Hay más, hay muchas más letras mal expresadas. Pero es como si estuviesen siguiendo un patrón —acertó a decir la muchacha — No están escritas de esa manera sin una finalidad concreta — Hikari señaló con su dedo la siguiente letra —. Yo no sé sobre el tema, la he clasificado como "alfa".

— ¡No por Dios, no! Ni de lejos, esa letra es "lambda" — corrigió el rubio —.

— No encuentro más letras indebidamente caligrafiadas. Aunque haya algunas que están repetidas.

— Ciertamente, aquí por ejemplo — dijo mientras señalaba un símbolo en particular — se ha repetido "ómicron" — Takeru reflexiona sobre sus propias palabras —. Este es un segundo alfabeto. Hay dos alfabetos completamente iguales, escritos en el mismo muro.

— Pero hay algo que diferencian el uno del otro — comenzó Hikari —.

— El primer alfabeto solo tiene cuatro letras erróneas, mientras que el segundo tan sólo tiene dos — finalizó el chico —.

— ¿Cuál es la segunda letra? — quiso saber su compañera —.

— La segunda letra errónea del segundo alfabeto es — y marcó con el dedo aquella misteriosa grafema mal escrita — esta — indicó —.

— Parece una V, una V deficientemente expresada.

— Y sin embargo, se distancia mucho de su letra original. Se trata de "ni" la letra N en tiempos modernos — Takeru observó con más detenimiento y repitió, tres veces, la observación sobre ambos alfabetos —. Parece que ya no hay más letras mal escritas.

— Espera un momento — Hikari sacó de su mochila de trabajo un block de notas y un lápiz. Rápidamente comenzó a apuntar todas las letras, recibiendo la ayuda de Takeru para saber su significado moderno —. Repítelo una vez más, por favor.

— "Kappa" representa a la letra K, "ómicron" es la letra O, "iota" es el símbolo I, "lamba" es el carácter L, una vez más se repite el símbolo "ómicron" y la última letra es "ni" el rasgo N.

— "KOILON" es la unión de todas las letras.

— Y se pronuncia " ki-lon" — añadió Takeru —. Significa hueco o cóncavo.

Ambos se quedaron callados y observaron, una vez más, los dos alfabetos escritos en aquel muro.

— ¿Por qué crees que querrían los griegos mantener oculta una sola palabra en dos alfabetos? — volvió a preguntar el rubio —.

Hikari negó con la cabeza.

— No creo que quisieran mantenerla oculta. Sí en nuestro abecedario hubiésemos puesto mal algún kanji, cualquiera que supiese leer se daría cuenta al instante, no, estas letras están mal a propósito. Los que las plasmaron en estas runas querían que prestáramos atención y nos diéramos cuenta de cuál era la palabra escondida.

— ¿Pero con qué propósito?

La chica se acercó a las runas y apoyó su mano desnuda sobre estas. Rozó un poco el dorso de ésta sobre las letras y frunció el ceño. Éste acto no pasó desapercibido para Takeru, quien apoyó su mano izquierda sobre el muro y comprobó su tacto.

— ¿Con que "Koilon", eh? — volvió pronunciar la chica —. "Koilon..."

Y la tierra volvió a temblar. Ambos se pusieron en guardia. Puesto que estaban bajo tierra, un terremoto no era una buena manera de sobrevivir. Los chicos corrieron hacia la salida, sin embargo, antes de poder alcanzar la escalera metálica, un muro de rocas les bloqueó el paso. Ambos se habían quedado atrapados dentro, completamente a oscuras.

Una luz se encendió en la lejanía. Fuertes pisadas avanzaron hacia ellos mientras la linterna los deslumbraba con sus implacables rayos artificiales.

— ¿Hay alguien ahí? — preguntó una gruesa voz en las proximidades. Las pisadas se detuvieron a un metro de los dos chicos —. Oh, Hikari eres tú.

— Hajime — pronunció la chica con un quejido mientras agarraba la mano que le tendía aquel hombre —.

— Se … Señor. Creo que nos hemos quedado atrapados y sin salida. Aquí dentro no hay oxígeno, es posible que muramos ahogados — Takeru reconoció la voz como la del interlocutor que había hablado con él desde el móvil. El señor bajito y con gafas los acompañaba allí abajo —.

Las cuatro personas intentaron quitar las rocas de en medio para poder salir, pero eran demasiado grandes y bloqueaban todo el paso. Por si fuera poco, intentarse abrir paso por un muro de rocas era bastante peligroso, sobre todo después de un seísmo, puesto que los sedimentos podrían haber quedado frágiles y caer sobre sus cabezas en cualquier momento.

— Pero estamos a tan solo dos metros bajo tierra. Debería haber alguna manera de salir — argumentó Takeru —.

El señor Fudo negó vigorosamente con la cabeza.

— ¡Qué locura, muchacho! Precisamente porque estamos a muy bajo nivel, la tierra sobre nuestros cuerpos es todavía más frágil. Apenas una fina capa es la que impide que las rocas no nos partan la cabeza por la mitad. Intentar remover la tierra a la fuerza sólo lo empeoraría.

Takeru chasqueó la lengua en señal de frustración.

— ¡Todos! ¡Moriremos todos!

— ¡Cierra el pico, Yuma! — mandó Hajime con brusquedad —. Prestarme atención todos, quiero que quede bien clara una cosa que voy a deciros. Nadie va a morir aquí, no mientras yo pueda evitarlo. Por el otro lado no tardarán en volver a abrir la entrada, no nos vamos a quedar sin oxígeno. Además, quedarnos aquí parados tampoco nos va a ayudar en nada — señaló la linterna que tenía pegado al casco —. ¿Por qué no exploramos un poco mientras tanto? — y regalo a la muchacha una sonrisa afable, sonrisa que ella compartió —.

— ¡Eh, mirad eso! — la castaña apuntó con su dedo índice a los antiguos epitafios. Estaban completamente destruidos y mostraban un agujero entre los muros —.

— ¡Es un pasadizo! — exclamó Takeru —.

— ¡Bien hecho, muchachos! — felicitó Hajime —.

Los cuatro se acercaron a comprobar las derruidas runas. Efectivamente, había un agujero que conectaba aquel lugar con un canal subterráneo. Unas escaleras de tierra llevaban hacia abajo. Una extraña humedad subió a la superficie y el fuerte olor a tierra mojada deleitó las narices de los más experimentados antropólogos, esto es, Hikari y Hajime.

— ¿Y a qué esperamos? Entremos — la joven entró por el pasadizo y bajó por las escaleras, sus pasos resonaban por todo el lugar —.

— Me gusta cómo piensa esta chica — dijo el hombre mientras copiaba sus pasos, bajando igualmente él —.

El hombre bajito y con gafas tembló durante unos segundos, entonces Takeru le dio una patada a traición y la obligó a bajar las escaleras con él detrás.

— Moriremos todos — farfulló Yuma. Sin querer y sin pensarlo, pisó una baldosa que se hundió lentamente, con un crujido casi sepulcral. Tras esto, sendas antorchas empezaron a arder como por arte de magia. La zona quedó iluminada —.

Una sala grande se abría al final de las escaleras. Tenía varias estatuas, muy sutilmente esculpidas al detalle. En el suelo el símbolo de un cuervo blanco estaba plasmado por todo el lugar. Más allá había una puerta enorme. A ambos lados de ésta, dos ovejas, una blanca y la otra negra, se erguían intimidantes.

— ¿Qué es todo esto? — quiso saber Takeru —.

— Es la sala de Apolo — no tardó en resolver el señor Fudo. El resto lo miró con actitud interrogante —. Observar el enorme cuervo, era uno de los animales que representaban a Apolo — luego señaló a las ovejas —, además, se decía que Apolo cuidaba de un rebaño de ovejas. Ésta es sin lugar a dudas la sala del dios Apolo.

— Takeru — llamó Hikari —, esto es para ti — la castaña señaló una runa en griego. Al lado de ésta, sobre una antorcha apagada, descansaba una pluma de color negro —.

Takeru se aclaró la garganta y comenzó a leer:

— " En tu mano cogerás una pluma negra como la noche. Entre los muros que custodian la entrada, deberás escribir el nombre del amante"

— ¿Qué querrá decir? — preguntó Yuma —.

— ¿El nombre del amante? — más que una pregunta, pareció una reflexión salida de los labios de Takeru —.

— Hajime — Hikari se dirigió a su superior —, antes has mencionado que ésta era la sala de Apolo, ¿no?

— Así es — afirmó el hombre —.

— Apolo tuvo dos amantes — volvió a reflexionar Hikari —. Jacinto y Cipariso.

— Chicos — llamó Yuma — a cercanos y ver esto.

Lo que Yuma señalaba al fondo, entre los muros de la puerta, no era muy alentador. Densas manchas negras, como de sangre coagulada, dibujaban entre los muros de las puertas una macabra y abstracta imagen. Escrito con pluma aparecían los nombres de Jacinto y Cipariso.

— Los dos amantes masculinos de Apolo quedan eliminados — Fudo Hajime se rascó la barbilla y se encogió de hombros —. ¿Algún otro aporte?

— El resto eran todas mujeres, pero hay muchas y quién sabe lo que nos sucederá a nosotros si colocamos mal el nombre — mencionó el rubio —.

— Exacto — Hikari bufó —, existen muchísimas amantes. Jamás podremos encontrar a la verdadera — la chica se alejó y Takeru fue tras ella —.

Los dos empezaron a recorrer la sala. El temperamento de la joven era, por lo que pudo comprobar, bastante volátil si se trataba de paleontología. Necesitaba distraerla con algo. Comenzó a observar el enorme cuervo blanco que había en la sala, al cabo de un rato mencionó:

— ¿Sabías que el pelaje negro de los cuervos se llama "negro noche"?

— Sí, es un color muy bonito. Aunque también me parece precioso el color blanco de los cuervos.

— ¿Los cuervos albinos?

— Los que carecen de color también son muy bonitos.

— El cuervo blanco representaba a Apolo, si mal no recuerdo — ambos se detuvieron y miraron al enorme cuervo —.

Más tarde, se acercaron a contemplar las dos grandes ovejas que custodiaban la puerta. La de la izquierda era la blanca y, la de la derecha, la negra.

— Parece que esta sala juega bastante con los colores blanco y negro — mencionó Takeru —.

Hikari reflexionó:

— Apolo siempre cuidaba de su rebaño. Las ovejas representan el rebaño, el rebaño representar las personas. Apolo siempre cuidaba de sus personas.

— O de sus amantes — divagó Takeru —.

Ambos se miraron a los ojos y luego miraron las dos estatuas, completamente perplejos.

— Sí una oveja se descarriaba de su rebaño, Apolo era el primero de saberlo — dijo Takeru —. ¿Por qué?

— Se lo decía un cuervo, el cuervo blanco — apoyó la muchacha —.

Ambos volvieron a mirarse y una sonrisa cruzó sus rostros.

— ¡Sí! — afirmó Hikari con júbilo —, en aquellos tiempo todos los cuervos eran blancos, hasta que un cuervo le contó un secreto a Apolo que lo hizo enfadar. Como castigo, Apolo cambió el color blanco de todos los cuervos por el negro noche.

— ¿Un secreto? — Hajime se acercó con Yuma detrás —, ¿qué secreto?

— Un cuervo blanco avisó a Apolo de que una de sus amantes lo estaba engañando — narró Takeru —.

— Apolo no se lo creyó, por eso dejó caer su castigo sobre los cuervos, por mentirosos, por divulgadores de mentiras y por indiscretos, convirtiéndolos en pájaros de mal agüero — continuó Hikari —. Más tarde descubrió que lo que le contó el cuervo era verdad. Por lo que él mismo fue con una flecha llena de celos y se la clavó a la infiel.

— En otras versiones es Artemisa quien lo hace — añadió Yuma con un tembloroso dedo —.

— Ya, ya — el líder de la expedición detuvo el diálogo —. ¿Y de quien estamos hablando sí puede saberse?

Una vez más, Takeru y Hikari no pudieron evitar cruzar miradas. Sonrieron a la par y proclamaron a coro:

— ¡La amante de Apolo es "Coronis"!

— Pues ya estamos tardando — el señor Fudo cogió la pluma negra y se dispuso a escribir el nombre sobre los muros —.

— ¡Detente un momento! — avisó Hikari — no podemos ponerlo en nuestro idioma, es posible que la puerta lo dé cómo erróneo — luego miró a Takeru —. Escríbelo tú, Takeru. Escríbelo en griego.

Así lo hizo, escribió el nombre de Coronis en griego. Un pequeño temblor volvió a invadir el templo. Las enormes puertas se estaban abriendo y, con ellas, la sala comenzó a temblar. Al otro lado de aquellos muros un ancho pasillo comenzó a iluminarse por varias antorchas, todas ellas con aquel mágico fuego que las encendía a cada segundo, una detrás de otra. El pasillo era descendente y, de hecho, tenía la estructura de una escalera de caracol. El grupo se miró entre ellos y, con la excepción de Yuma, el cual fue arrastrado, todos bajaron alegres y más que dispuestos a continuar explorando. Mientras hubiese fuego ardiendo, nadie debía preocuparse por el oxígeno. Una equidad que tenían tanto las personas como el fuego era que ambos se alimentaban del aire.

La siguiente sala era algo más pequeña, no obstante, un abrumador calor los envolvió nada más entrar. El aire que se respiraba era bastante pesado.

— En vez de una sala — Yuma se tapó la nariz — parece más bien una sauna.

— Hace demasiado calor aquí — Hikari comenzó a sudar, al igual que el resto del grupo —.

Efectivamente, una fogata gigante permanecía en el centro de aquel lugar. Sus llamas, más vivas que nunca, estaban deseando devorar cualquier cosa que se impusiese sobre estas. Sobre el muro derecho, feroces armas hechas de metal resplandecían orgullosas con el bailar de las llamas.

— Esto parece... — comenzó Takeru, siendo interrumpido por el hombre grande —.

— ...una fragua — continuó el señor Fudo —. Probablemente esta sea la sala de Hefesto, forjador de las armas de los dioses.

Flaqueado por el muro izquierdo, una cavidad cóncava era rellenada con un enigmático fluido, el cual despedía un hedor completamente repugnante.

— Si no fuese por el olor — lagrimeó Yuma — ahora mismo me daba un baño.

— Creo que despide ese olor precisamente para que nadie pueda bañarse — comentó Takeru dando la espalda a sus compañeros y prestado atención en un muro con inscripciones rúnicas —. Dice así: "Con los restos de una religiosa pieza, Hefesto forjó lo que con metal no podía ser forjado".

Y al final, dos gruesas puertas les cerraban el paso a la siguiente sala. Por delante de estas, una balanza bastante desequilibrada dejaba caer su lado izquierdo y alzaba el derecho.

El grupo quedó en silencio. El calor era agobiante y apenas les permitía pensar. Gruesas gotas de sudor comenzaban a caer por los rostros de todos mientras un leve color rosado en sus pieles se iba intensificando. Yuma ahogó un quejido cuando, queriendo salir de aquella infernal sala, se dio cuenta de que la entrada por donde habían llegado estaba cerrada a cal y canto.

— Quiero irme a casa — sollozó el hombrecillo —.

— Esta sala es como el averno — El señor Fudo se frotó la frente con la mano, empapándola más, si se podía, de sudor —. Cuanto antes logremos resolver el misterio, mejor. Veamos — se dirigió a Hikari —, ¿qué solía forjar Hefesto en su fragua?

— Las posibilidades son muchas — la camisa de la mujer, por debajo de su traje reglamentario de paleontología, se le había pegado al cuerpo completamente y eso la estaba incomodando —.

— Forjó las armaduras de todos los dioses del Olimpo; las égidas de Zeus y Atenea, las castañuelas de Hércules, el cetro de Agamenón... — explicó Takeru —.

— Pero según dice la inscripción, "..., Hefesto forjó lo que con metal no podía ser forjado" — aventuró a decir Yuma. Su pequeño cuerpecillo, perlado por el sudor, le daba un aspecto de anfibio deshidratado. Se acercó al muro donde colgaban las armas y toco una espada. Rápidamente retiró la mano al comprobar en piel propia el calor que desprendía —.

— Con una religiosa pieza... — La castaña se acercó al muro de armas. Allí residía un collar precioso, unas sandalias de cuyos laterales colgaban dos blancas y pequeñas alas, un cinturón que se parecía más bien a un ceñidor, un hombro blanco o como de hueso y un casco de guerrero —. Cualquiera de — y se fijó en el ceñidor — estas cosas puede ser la correcta.

— ¿Qué pieza puede ser la exacta? — interrogó Hajime, pero la chica negó con la cabeza mientras dejaba escapar un prolongado y tortuoso suspiro —.

— El collar pertenece al mito de Harmonía — señaló la joven — y esas deben de ser las sandalias de Hermes — su mirada no se apartaba de aquel ceñidor, el cual le ponía más incómoda si cabía —. Ese debe de ser el cinturón de Afrodita. El hombro de marfil de Pélope —lo señaló, al igual que el casco — y el casco de invisibilidad de Hades. Todos ellos forjados por Hefesto — luego miró la balanza — y solo uno con religiosa pieza.

Yuma probó a sentarse en el suelo, para su desgracia, este también ardía, lo que le obligó a levantarse.

— ¿De qué estaba hecho el collar de Harmonía? — chilló el hombrecillo —.

— El mito solo cuenta que estaba maldito. Se lo regalaron a Harmonía durante su boda para que atrajera las desgracias — el hombretón miró a los dos muchachos —. ¿Creéis que es la pieza religiosa?

Los dos chicos se miraron entre ellos.

— El mito contaba que estaba maldito, pero maldito por un dios. Es posible que fuera ese — aventuró a decir Takeru —.

— ¡Perfecto! — sonrió Yuma mientras cogía con vigor el collar y lo colocaba en la balanza —.

— ¡Espera Yuma! — intentó detenerlo Hikari —.

Pero no llegó a tiempo. La balanza no se equilibró por completo y activo un mecanismo. Sonó un fuerte chasquido, como de abertura, pero no fueron las puertas las que se abrieron, era el suelo bajo los pies del hombre menudo. Yuma cayó a un pozo y comenzó a gritar y a suplicar inútilmente que lo sacaran de allí, pero el pozo era demasiado profundo, además, cuando los tres camaradas quisieron asomar la cabeza y alargar el brazo, las baldosas volvieron a cerrarse con enorme velocidad. Fudo Hajime observó la estructura cóncava llena de agua que desprendía tal hedor.

— No es agua — dijo en un susurró —, es ácido.

Los dos muchachos se alejaron con la garganta seca e intentaron tragar saliva. Era la segunda sala y ya les faltaba un miembro. La balanza se volvió a desequilibrar y el collar salió catapultado a la pared. Con exquisito cálculo, volvió a colgarse donde estaba. Takeru se quedó estático. Densas lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas.

— Es mi culpa — sollozó — si no le hubiera dicho...

Hajime le dio unas palmadas en el hombro.

— Olvídalo, muchacho. Si no hubieras sido tú, hubiera sido otro. Sucede lo mismo con Yuma, yo también comenzaba a perder la cordura — El inmenso calor estaba agobiando a Takeru. Sus finas telas de lana no lo defendían tan bien como el grueso traje de paleontología que traían los dos líderes al mando de la expedición. El señor Fudo, intentando contener alguna lágrima, lo notó y se quitó su chaqueta —. Toma, no te refrescará, pero evitará que te sigas quemando la piel — y se lo colocó a la fuerza, puesto que Takeru había entrado en rapto emocional y no se atrevía a moverse ni a responder —. En cuanto salgamos al exterior, me encargaré de enviar a un equipo de rescate. Deberemos traer el cuerpo — e intentó no sollozar —.

Los tres se quedaron en silencio profundo, roto tan solo por el crujir de la madera, siendo devorada por la fogata. Cuando pasaron unas cuantas horas, al comprobar que la temperatura estaba aumentando en demasía, la suave voz de la chica se unió a aquella curiosa resonancia ígnea.

— Si seguimos la misma regla de tres — pronunció Hikari en un susurro —, todas las armas han sido forjados por un dios, por tanto todas son religiosas. Ese fundamento no nos vale — se sorbió la nariz — y ya ha quedado claro que el collar no es el objeto correcto.

— Veamos, las sandalias de Hermes no tienen ningún mito referente, solo se conoce que Hefesto las forjó para él, pero no dice cuando — explicó el hombre —.

— Hermes es conocido como un dios astuto y ladrón. Robó los bueyes de Apolo y se calzó las sandalias aladas para no dejar huellas ni rastro que seguir — Hikari reflexionó —. Si puede tener alguna relación con la religión, sería la desobediencia a uno de los diez mandamientos cristianos: "No robarás" del "Arca de la Alianza".

— ¿Y el cinturón?

— Es un regalo que le hizo Hefesto a Afrodita. Afrodita era la diosa del amor y la lujuria, por ello, para que no hubiera controversia entre los dioses, Zeus la casó con Hefesto, el dios más feo. Hefesto era descrito como tuerto y cojo, pero le hizo tan feliz el casamiento que le regaló a su esposa un cinturón, el cual le hacía mucho más irresistible. Cabe destaca que Afrodita solía engañar a su marido constantemente y Hefesto era conocido por ser un dios muy celoso — declaró la chica —. Su relación con la religión sería la lujuria, uno de los siete pecados capitales, el cual, en demonología, es representado por el demonio Asmodeo.

El señor Fudo se rascó la cabeza mojada y sopló. Densas gotas de sudor salieron disparadas. La voz de ambos se había vuelto seca.

— ¿Y el hombro de hueso?

— Es marfil — corrigió ella —. Hefesto se lo dio a Pélope, que había perdido su hombro izquierdo. El mito cuenta que su padre Tántalo cocinó a su propio hijo para dárselo en ofrenda a los dioses. Deméter se comió el hombro izquierdo, pero el resto de dioses se dieron cuenta de que la carne era humana y revivieron a Pélope, dándole un hombro de marfil. Su relación con la religión podría ser el canibalismo. En cuanto a Hades... Representa el infierno, el inframundo.

— Pero las inscripciones hablan de una religiosa pieza. Volvemos al principio — gruñó el hombre —.

Takeru tan sólo quería volver a su casa y dormir, jugar al ajedrez y leer. Hikari se acercó a él e intentó animarlo. Le dio unas palmaditas en el hombro y se colocó delante de él.

— ¿Qué tal estás?

— Mejor — contestó con un hilillo de voz. No era verdad, pero más le valía no mostrar tanta debilidad, no quería desanimar al grupo, menos a Hikari —.

— ¿En qué piensas?

— Pienso en que me gustaría volver a casa y dormir, jugar al ajedrez y leer — soltó una leve risa ante su pensamiento —. Ese estúpido, pensar que acabaría en esta situación — contuvo las lágrimas —.

— ¿Te gusta al ajedrez?

— Es uno de mis pasatiempos.

— ¿Tienes mucho tiempo libre?

Takeru se atragantó con su propia saliva. No daba tan buena imagen decir que estaba ocupado haciendo nada a decir que estaba ocupado con asuntos más importantes relacionados con su carrera y ascenso laboral.

— Sí, bueno. Del poco tiempo que consigo sacar entre trabajo y trabajo.

Mientras Hajime inspeccionaba las armas, los dos chicos iniciaron una conversación trivial, intentando ignorar las altas temperaturas de aquel lugar.

— Vaya — parecía impresionada —, debes de ser un hombre muy ocupado — después miró hacia arriba, como queriendo mirar a un cielo que no había —. Cuando no consigo un buen trabajo suelo tener mucho tiempo libre. Leo libros de mitología y de paleontología, pero es aburrido cambiar la rutina. Muchas veces me desespero por buscar un empleo. Voy de empresa en empresa, suplicando porque me hagan un hueco.

— Qué curioso — comentó Takeru —, nadie lo adivinaría, teniendo en cuenta que sales en todos los periódicos.

— Me alagas, pero no es, ni por asomo, la mitad de bonito de lo que lo pintan. Una vez terminada la expedición, te quedas vacía, sin nada que hacer. Y el único remedio que puedes poner es seguir buscando y seguir suplicando que te dejen trabajar con un grupo — Hikari suspiró, pero luego miró a Takeru y sonrió —. A mí también me gusta jugar al ajedrez — dijo, intentando recuperar la conversación anterior —, aunque no se me da especialmente bien. Recuerdo que de pequeña me gustaba mucho jugar con los caballos.

— Creo que todos los niños que han visto por primera vez las piezas de ajedrez se asombran y les gustan los caballos — Takeru compartió su sonrisa —. En lo que a mí respecta, mi pieza favorita siempre ha sido la dama. Capaz de moverse en cualquier dirección, es la pieza con más valor del ajedrez si excedemos al rey.

— Son las piezas con mayor valor porque representan al rey ya la reina — dijo la muchacha —.

— Exactamente — premió Takeru — y los caballos representan a la caballería, a los caballeros, no a los caballos en sí.

— Pareces conocer también el significado de las piezas. Me sombras a cada momento.

Takeru no pudo evitar ponerse rojo, más rojo de lo que aquella bochornosa sala le estaba poniendo.

— ¿Y qué representan las torres? — siguió preguntando la castaña con una infantil curiosidad —.

— Las torres representan a las catapultas, de ahí su movilidad en línea recta, puesto que no puedes redireccionar la trayectoria de una bala en movimiento.

— ¿Y el alfil?

— Aunque la palabra "alfil" tiene su origen en el árabe y significa "elefante", más tarde pasó a representar a los templarios, los guerreros de la iglesia, los que luchaban ciegamente en una sola dirección. Por eso la movilidad de los alfiles consiste en moverse diagonalmente entre casillas negras o casilla blancas, puesto que representan la fe ciega en un solo color, en una sola casilla — miró la cara de su amiga y se adelantó a su próxima pregunta —. Los peones representan a la infantería militar, por eso son tantos.

Pero Hikari no respondió, estaba enzarzada en sus propias reflexiones. De repente se había quedado completamente callada y no contestaba a nada. Takeru pensó que le había afectado demasiado calor y la movió un poco para comprobar que estaba bien y no iba desmayarse. De repente, la joven lo miró con ojos estrellados. Las palabras se agolpaban en su boca y salían en forma de tartamudeos. El chico la sujeto por los hombros para mantenerla de pié. Verdaderamente creía que se encontraba mal, pero de repente, ésta se soltó y le preguntó con aire triunfal:

— ¿No te parece muy curioso que la palabra alfil se parezca tanto a marfil?

— ¿Disculpa? — no parecía comprender bien adónde quería llegar su compañera —.

— ¿Y si no tuviera que ver con el mito? ¿Y si todo fuese una trampa, una estratagema para engañarnos? ¿Y si las runas estuviesen jugando con nosotros, siendo la respuesta diferente de lo que pensamos?

— No creo poder seguirte — Takeru estaba abrumado por tanta información —, ¿a dónde quieres llegar?

— " Hefesto forjó lo que con metal no podía ser forjado" — relató, una vez más —. Puedes forjar una sandalias con metal y serían una armadura, puedes forjar un cinturón con metal y sería un aro, puedes forjar un gorro con metal y sería un casco — luego miró a su compañero —, pero no puedes forjar un cuerpo humano. El marfil es el hueso de los elefantes y tiene su origen en la palabra alfil. Alfil significa elefante y marfil significa...

— "Hueso de elefante" — recitó Takeru —.

— ¡Es un juego de palabras! Con una religiosa pieza se refería a la pieza de ajedrez, al templario. Representando está más antiguamente al elefante. Hueso del elefante, el marfil, pieza con la que estaba hecha...

Una vez comprendió, Takeru se sumó a la respuesta:

— ...el hombro de Pélope — articularon a la vez —.

Una vez lo hubieron comprendido pidieron ayuda a Hajime para trasladar el objeto elegido a la balanza. Los tres llevaron el hombro y lo colocaron. La balanza comenzó a desequilibrar se y, cuando parecía que iba a quedar en perfecta simetría, el hombro de Pélope acabó pesando más de lo que parecía y bajo el brazo derecho de la báscula completamente, hasta tocar el suelo. Entonces sonó un chasquido y el grupo se puso en guardia, rezando por qué no se abriese un agujero bajo sus pies. En vez de eso, la sala les sorprendió abriendo sus dos enormes puertas y dejando salir un benevolente y más que gratificante aire frío. No tardaron en cruzar la puerta, queriendo salir de aquel lugar. Entonces a Takeru se le ocurrió girar la cabeza y comprobar si la puerta, que tiempo atrás Yuma verificó, estaba cerrada. Así era. Soltó un suspiro y siguió a los dos líderes de la expedición hacia la siguiente sala.

Esta vez las antorchas le sorprendieron entendiéndose ya pagándose intermitentemente. Los chicos no pudieron evitar soltar una exclamación:

— Este templo está maldito — anunciaron tanto el rubio como la castaña a coro. Se miraron y sonrieron, pero luego recordaron que estaban en un trabajo y apartaron la mirada, ruborizados, tal vez por el bochorno de la sala anterior, o tal vez no —.

Al recordar que ya no estaban en esa infernal sala, la pareja no dudó en quitarse sus respectivos chalecos. Nadie sabía de dónde, pero una fresca brisa recorría y masajeaba cada poro de sus pieles descubiertas. Las camisetas de ambos se habían adherido al cuerpo y les hicieron pasar un momento bastante incómodo cuando intentaron airearlas, comprobando que, verdaderamente, estaban pegadas a su piel. La sala en la que se encontraban dejaba pasear un viento que arrastraba consigo el sonido del agua. De repente sonó una especie de chasquido.

El siguiente mecanismo había sido activado.


Este es un reto de Hikari Caelum, del topic: ¡Te reto a ti, sí, a ti!

Lo siento Hikari, sé que he tardado mucho y, en cierta medida, este fic estaba pensado para ser de un solo capítulo, pero tu idea es tan buena y le he dado tantas vueltas que al final me he extendido un poco. De cualquier manera... ¡Que lo disfrutes!