Como Entrenar A Tu Dragón y Tortugas Ninjas no me pertenecen. Disfruten la historia y por favor dejen un review si les gusta.


Había dragones cuando yo era niño.

Había dragones grandes y feroces, dragones voladores que anidaban en la cima del acantilado como terribles pájaros gigantescos. Dragones pequeños y marrones, dragones corredores que cazaban ratas y ratones en partidas bien organizadas. Dragones enormes, que eran veinte veces más grandes que la gran ballena azul.

Ahora, sólo queda uno. Mi mejor amigo. Chimuelo.

Hace 5 años, mi vida era muy diferente a como es ahora. Yo vivía en una isla, llamada Berk, hogar de feroces guerreros, llamados vikingos, la cual tenía un gran problema de plagas. Dragones. En Berk, matar dragones lo era todo. Los vikingos eran conocidos por ser feroces y grandes luchadores. Yo no era un vikingo como todos los demás. No tenía grandes músculos, no podía levantar armas tan pesadas, y realmente no me gustaba pelear. Prefería diseñar, dibujar y crear. Inventaba cosas para tratar de ayudar al pueblo a defenderse de los dragones, aunque sin tener éxito.

La única razón por la que no me detenía es porque quería probarles a todos lo que yo valía. Pensé que matar a un dragón haría que mi padre se sintiera orgulloso de mí. Pero una noche, cuando por fin pude derribar a un dragón, no a cualquier dragón, sino al que llamamos la descendencia misma del relámpago y la muerte misma, el Furia Nocturna, cuando fui a buscarlo en el bosque y estuve a punto de matarlo, no pude hacerlo. Vi a ese dragón en el suelo, y no vi a una bestia como todos los vikingos creían que era. Vi a una creatura que podía sentir lo mismo que yo.

Miedo.

Cuando decidí liberarlo, aunque al principio no empezamos en buenos términos, él y yo terminamos siendo mejores amigos. Por la caída que sufrió Chimuelo, una parte de su cola quedó cortada permanentemente, impidiéndole volar. Pero usando lo que aprendí de herrería, me empeñe en crear una cola nueva para que Chimuelo pudiera volver a volar. Funcionó, aunque para que volara yo debía estar sobre él para poder manejar su cola. ¿Cuál es el sentimiento que produce volar? Libertad. Mientras más iba aprendiendo de él, más iba aprendiendo de los dragones en general y me di cuenta de algo.

Todo lo que sabíamos sobre ellos, estaba mal. Y me di cuenta, de que jamás podría matar a un dragón, porque no necesitaba hacerlo. Porque el peor enemigo del que tanto había oído hablar, del que tanto había temido, se volvió mi mejor amigo.

Ese era el mundo en el que solía vivir. El mundo en el que vivimos ahora es muy diferente. Aquí no hay islas con vikingos feroces y lagartos escupe fuego. Hay enormes construcciones por kilómetros. Edificios que alcanzan a tocar hasta las nubes, con personas que no son feroces. Bueno, no la mayoría por lo menos. Este es un mundo en el que las malas personas y los verdaderos monstruos están ahí afuera. Amenazando a la gente inocente. Y depende de mí y de mis cuatro hermanos, junto con nuestros amigos, asegurarnos de detenerlos.

De niño sabía que nunca había sido un buen vikingo. Si lo pienso bien, realmente nunca quise ser un vikingo como todos los demás en Berk. Debía encontrar quien era yo. No debía ser lo que los demás esperaban que fuera. Debía ser lo que yo soy. ¿Quién soy yo? Antes no lo sabía pero ahora lo sé. No soy un vikingo.

Soy un inventor.

Soy un soñador.

Soy un entrenador de dragones.

Soy un ninja.


-Vuela… –Pronunció la joven doncella escudo, mientras veía a su amigo, y posible interés amoroso, volar junto a la descendencia misma del relámpago y la muerte misma hacia el más grande dragón que ningún vikingo haya visto.

El Muerte Roja.

-Esa cosa tiene alas. Bien ¡Veamos si las usa! –Dijo Hipo a su dragón, Chimuelo, mientras maniobraron en un vuelo en picada para lanzar un ráfaga de plasma contra el Muerte Roja, haciéndolo caer al suelo.

Este golpe hizo enfurecer al enorme dragón, quien levantó sus enormes alas.

-¿Con eso habrá temido? –Dijo el muchacho mirando hacia atrás para encontrarse con la gigantesca bestia persiguiéndolos por los aires. –Pues si vuela.

El muchacho y su dragón se dispusieron a maniobrar entre las rocas en las costas de la isla, las cuales eran destruidas al paso de la bestia que los perseguía. Desde la playa en la isla, Estoico, el padre de Hipo, observaba junto con toda su gente. Todos veían asombrados con la gran batalla que estaban presenciando.

Entonces Hipo miró hacia arriba y se dio cuenta de todas las nubes que cubrían el cielo. Supo entonces lo que debía hacer.

-Listo Chimuelo. Hay que desaparecer. –Le indicó a su compañero al mismo tiempo que ajustó el pedal de la cola del dragón para poder dirigirse hacia arriba. –¡Vamos amigo!

Empezaron a subir bien alto hacia las nubes, junto con el Muerte Roja siguiéndolos hacia arriba.

-¡Aquí viene! –Gritó Hipo para que esquivaran la gran llamarada de fuego que les disparó el Muerte Roja desde su gigantesca mandíbula.

Al llegar a la cima, el gran dragón se quedó aleteando en el mismo lugar entre las oscuras nubes, perdiendo de vista al Furia Nocturna. Era claro cuál de los dos dragones tenía ventaja en ese lugar. Sin que pudiera evitarlo, el Muerte Roja comenzó a recibir poderosos y veloces disparos. Hipo y Chimuelo salían desde las sombras de las nubes disparando al punto débil del dragón, que en estos momentos eran sus enormes alas. Desde abajo cada disparo se veía como un gran destello entre las nubes, destacando la enorme sombra del dragón.

Entonces el Muerte Roja, decidió que ya tuvo suficiente. Dio un rugido de furia, para luego lanzar una enorme llamarada, iluminando todo el espacio y casi alcanzando a sus oponentes.

-¡Cuidado! –Hipo y Chimuelo pudieron esquivar el ataque, pero la aleta artificial de Chimuelo, la cual estaba compuesta por unos tubos de metal de hierro y una tela, empezaba a quemarse. –Se acabó el tiempo. –El jinete sabía que no podrían seguir volando más. –A ver si esto funciona.

El Furia Nocturna se dejó caer en picada, dirigiéndose hacia el enorme dragón.

-¡¿Eso es lo mejor que haces?! –Provocó Hipo a la bestia, al mismo tiempo que Chimuelo le rugía.

El gran dragón intentó atraparlos con sus mandíbulas pero falló y se dispuso a seguirlos en su vuelo en picada hacia el suelo. Intentando atraparlos.

-¡No te canses amigo! ¡Vamos bien! ¡Sólo un poco más! –Alentó Hipo a Chimuelo, mientras el Muerte Roja se acercaba cada vez más y más.

Al estar tan cerca, el Muerte Roja abrió su mandíbula, preparándose para dispararles una enorme llamarada.

-Tranquilo amigo. –Hipo sintió cómo el gas del Muerte Roja venía desde su boca, preparándose para freírlos. -¡Ahora! –El jinete y el dragón se voltearon, disparando una ráfaga de plasma al interior de la boca de la gran bestia, incendiándolo desde adentro.

Estaban a punto de llegar al suelo, por lo que el gran dragón intentó abrir las alas para poder detenerse, pero debido a los golpes anteriores que el Furia Nocturna le había dado, en las alas de la bestia se abrieron enormes agujeros, impidiendo que pudiera detenerse. Hipo y Chimuelo esquivaron la cabeza y comenzaron a subir sobre el cuerpo, al mismo tiempo que el enorme dragón chocaba contra el suelo, formando una gran explosión de fuego.

Los vikingos en la playa debieron apartarse un poco y cubrirse para no ser dañados por la explosión.

Por su parte, Hipo y Chimuelo huían lo más rápido que podían de las llamas del cuerpo de la bestia que estaban por alcanzarlos. En este punto la aleta de Chimuelo estaba completamente destrozada, por lo que no pudieron esquivar la enorme masa picuda de la cola que estaba por golpearlos.

-No…¡NOOO! –Fue lo último que logró decir Hipo cuando golpearon la cola. Dejando al muchacho caer inconsciente hacia las llamas.

Chimuelo trató de alcanzar a su jinete, siendo envueltos los dos por las enormes llamas, nadie pudo ver el extraño portal con forma de triángulo de color rosa brillante abriéndose de la nada, tragándoselos a ambos, y desapareciéndolos de este mundo.

El humo y la ceniza cubrían todo el lugar. Un gran silencio se extendió a lo largo, hasta que fue terminado por la voz de un hombre.

-Hipo. ¡Hipo! ¡Hijo! –Estoico el Vasto fue el primero en avanzar a la escena, buscando a su hijo.

Al llegar al lugar lleno de escombros distinguió algo no muy lejos, por lo que se apresuró a avanzar.

-Hipo… –Recogió el pequeño objeto que encontró, reconociendo que era la bota izquierda de su muchacho, la cual estaba mayormente quemada. –¡HIPO! –Volvió a gritar el Jefe vikingo, pero por ningún lado había señas de su hijo o del dragón negro.

Todos los demás vikingos llegaron hasta donde estaba su Jefe. Al ver lo que cargaba en su mano y la mirada melancólica que tenía, se dieron cuenta de que había ocurrido lo peor. Uno de los vikingos, con una pierna derecha de madera, un martillo en lugar de brazo, con un bigote largo y amarillo, quien había sido el mentor de Hipo en cuanto a la herrería y el mejor amigo de Estoico, se acercó.

-Dispérsense… Debemos encontrarlo... –Habló Estoico, tratando de ser firme.

-Estoico… –Contestó Bocón, con pena.

-Sepárense y busquen por todos lados.

-Estoico… No tiene caso…

-No. Bocón, está aquí. Debemos buscarlo.

-Estoico… No está…

-Bocón, ¡tiene que estar aquí!

-¡Estoico! –Bocón tomó por el hombro a su amigo. –Nadie podría sobrevivir a eso. –Le dio a su amigo una mirada triste.

El gran Jefe vikingo miró a su alrededor para luego darse cuenta de lo que acababa de suceder. Su hijo. Su única familia. Lo único que le quedaba de su amada esposa. Se había ido.

Estoico calló al suelo de rodillas con la cabeza baja, dándole la espalda a todos los que estaban presentes.

-Ay hijo… Yo hice esto…

Estoico había enfurecido cuando descubrió que Hipo entrenó a un dragón. Su furia no sólo había hecho que negara a su muchacho, sino que había arrastrado a casi toda su gente a esta isla para poder destruir de una vez por todas a los dragones, sólo para encontrarse con el enorme dragón que casi los asesina a todos. Eso fue lo que Hipo intentó decirle pero Estoico no quiso escucharlo, sólo escuchó lo que él quiso escuchar. Y ahora fue su hijo quien tuvo que pagar por el error que su padre cometió.

-Val… ¿qué es lo que he hecho?...

A su espalda, los vikingos se asomaban con sus miradas tristes, mientras bajaban sus cabezas en señal de respeto y arrepentimiento. Ni siquiera se molestaban por los dragones que había entre ellos que se mostraban también decaídos. Al parecer después de todo el muchacho tenía razón. Ellos no eran sólo las bestias que creían que eran.

Entre ellos había una joven con cabello rubio, ojos azules, hombreras, falda de pinchos. Astrid Hofferson. Se encontraba paralizada con la cabeza agachada, las manos entumecidas, conteniendo la respiración, sintiendo cómo se le aguaban los ojos. Desde joven lo único en lo que se enfocaba era en ser la mejor guerrera de Berk, por lo que no se consideraba sentimental por nada ni por nadie. Pero en estos momentos, darse cuenta de lo que estaba pasando. Que el chico que siempre vio como arruinaba las cosas cuando sólo intentaba ayudar. El chico del que nadie se fijaba pero que ella no podía dejar de mirarlo en curiosidad. El chico que la superó en el entrenamiento de dragones pero que no buscaba gloria. El chico que la llevó al cielo a tocar las nubes y ver el espectáculo más hermoso que jamás haya visto. El chico que le mostró que en el mundo puede haber más que sólo pelear y matar. Ya no estaba. Su amigo. Justo cuando por fin decidió acercarse a él y empezar a ver quien realmente era se había ido. Estaba muerto. Ella ya no lo volvería a ver.

Nunca.

Con todos estos pensamientos el dolor en su pecho crecía cada vez más y sentía cómo sus ojos empezaban a soltar lágrimas. Así que hizo lo único que en estos momentos podía hacer. Salió corriendo. Lejos de la gente. Este sentimiento era nuevo para ella, no tenía idea de lo que era, pero fue peor que la vez en la que perdió a su tío Fin.

No había nada más que pudiera pensar. Estaba muerto. Hipo estaba muerto. Y eso a ella le dolía.


En un lugar desconocido, en una especie de laboratorio con tubos de cristal enormes, ordenadores, cables dispersos, luces y líquidos fluorescentes, se encontraba una enorme máquina con forma de arco de la cual resplandecía una luz rosada brillante que sólo podría describirse como una especie de portal. En la habitación se encontraban unos extraños seres de metal con forma de humanoide. Cada individuo parecía tener incrustado en su abdomen una especie de cerebro.

De pronto, la máquina que tenían frente a ellos empezó a largar chispas mientras una alarma sonó.

-Kraang. ¿Qué está pasando con la máquina conocida cómo la máquina generadora de portales interdimencionales? –Preguntó uno de los androides.

-Lo que se conoce como el experimento de la máquina conocida como la máquina generadora de portales interdimencionales está desatando lo que se conoce como sobrecarga. –Respondió otro de los androides.

-Kraang. Desconecta lo que se llama la celda de energía de Kraang.

-Kraang. Kraang está detectando dos entidades provenientes desde el portal que Kraang generó con la máquina generadora de portales interdimencionales. –Dijo el kraangdroide que estaba monitoreando el estado del portal.

Los seres conocidos como Kraangs vieron como el portal aumentó cada vez más su intensidad para luego desaparecer, no sin antes lanzar hacia ellos una creatura negra como la noche.

Chimuelo calló al suelo sobre sus pies. Cuando se levantó y abrió los ojos y estaba vio a su alrededor estaba muy confundido. ¿Qué era ese lugar? ¿Qué eran esos sujetos a su alrededor? ¿Dónde estaba su jinete?

-Kraang, una creatura acaba de aparecer desde el portal de la máquina conocida como la máquina generadora de portales interdimencionales.

Inmediatamente varios kraandroides sacaron sus armas laser y apuntaron hacia Chimuelo, que se sintió amenazado y se puso en posición de guardia. Mostrando sus dientes y dando un rugido.

-Kraang, capturen a la creatura que se conoce como la creatura que acaba de salir del portal que Kraang generó. –Con esa orden, los kraagndroides empezaron a abrir fuego contra Chimuelo.

El dragón esquivaba los disparos mientras lanzaba sus propias ráfagas de plasma. En un punto logró acercarse a los kraangdroides y poder derribarlos y darles con sus ráfagas. Aunque Chimuelo les estaba causando problemas, uno de los Kraang lanzó desde su arma una polea que logró enredarse sobre Chimuelo, dándole una descarga al dragón. Con esto otros kraangdroides aprovecharon el momento y se acercaron cargando lanzas con puntas eléctricas en ellas para poder noquear al dragón, inmovilizándolo en el suelo.

-Kraang. Lleven a la creatura conocida como la creatura que provino del portal que Kraang generó a lo que se conoce como celda. Kraang necesitará realizar estudios.

-Entendido Kraang.

-Kraang. Le dijiste a Kraang que fueron detectadas dos entidades. ¿Qué sucedió con lo que sería la segunda entidad?

-Lo que se conoce como la sobrecarga del portal de Kraang causó que lo que es la segunda entidad fuera soltada en otro lugar que no es el lugar en el que Kraang se encuentra ahora.

-¿Dónde se encuentra el lugar que es el lugar dónde lo que es la segunda entidad se encuentra?

-Kraang no tiene las coordenadas exactas del lugar en el que se encuentra lo que es la segunda entidad. Kraang sólo sabe que el lugar en el que se encuentra lo que es la segunda entidad es un lugar en algún lugar en lo que se conoce como la ciudad de Nueva York.


-¡Muy bien! ¡Listos o no, aquí voy! –Dijo un joven, que era de piel verde, con tres dedos en lugar de cinco, con lo que parecía ser un caparazón en su torso, y usaba una bandana azul en su cabeza. Su nombre era Leonardo. Como se puede notar no era un chico normal. Era más bien una especie de tortuga mutante.

La joven tortuga se encontraba en lo que eran las alcantarillas de Nueva York. Se encontraba buscando a sus tres hermanos, ya que estaban jugando a las escondidas, y a él le tocaba buscar. Leo se movía ágilmente, dando saltos sigilosos por el túnel de la alcantarilla.

-Je Je Je. Mikey, Donnie, Rafa. Saben que no podrán esconderse de mí. –Dijo con mucho orgullo.

De repente el quelonio se detuvo en seco, porque escuchó un ruido muy extraño, al mismo tiempo que algo lejos en el túnel pudo distinguir una especie de luz rosada brillante que de repente desapareció.

-¡¿Qué fue eso?!. –Leo de repente se olvidó del juego y se dispuso a ir a investigar.

Cuando Leonardo llegó a la sección del túnel donde esa extraña luz había salido vio que en el suelo frente a él que alguien. Se acercó con cautela para inspeccionar y se sorprendió al ver lo que parecía ser un humano inconsciente. Él nunca había visto un humano, así que no sabía cómo reaccionar.

-¿Es un humano? –Preguntó para sí mismo.

Mientras inspeccionaba el aspecto del chico frente a él no tardó en darse cuenta del estado en el que se encontraba. Varias partes del humano se veían quemadas, pero lo que más le alteró fue el estado en el que se encontraba su pierna izquierda, o lo que quedaba de ella.

-Oh cielos…

La joven tortuga se acercó para tratar de ver si el muchacho se encontraba vivo. Para su alivio, cuando se acercó a ver si su corazón latía escuchó latidos. Pero Leonardo sabía que este chico iba a necesitar ayuda urgente. No podía dejarlo aquí. Sólo y abandonado. No podía hacerlo, eso no estaría nada bien.

-No te preocupes. Traeré ayuda. Sólo resiste. –Leo se dispuso a correr lo más rápido que pudo hacia la guarida. -¡Maestro Spllinter! ¡Chicos! ¡Donnie! ¡Mikey! ¡Rafa! ¡Hay alguien herido aquí! ¡Sensei! ¡Necesita ayuda!

Mientras Leo corría desesperado por traer a su familia, Hipo pegó un gemido de dolor para luego volver a sumergirse en la inconciencia. Cuando despierte sin dudas habrá muchas cosas que no podrá entender.