Disclaimer: Los personajes y el potterverso son de Rowling (y mi ceunta bancaria me confirma que no soy Rowling). "Este fic participa en el minireto de septiembre para "La Copa de las Casas 2017-18 del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black".

No tan mala suerte

Narcissa caminaba enfadad por el callejón Diagon, quizás ella solamente tuviera 13 años, pero sabía muy bien lo que era justo y lo que no, y lo que le había hecho Bellatrix, claramente no era justo. Ya no era solo ese reparto, casi ilegal, de las compras del nuevo curso, no. Su hermana mayor llevaba haciéndole la vida imposible todo el verano, y a Andrómeda, su fiel protectora, ya no parecía importarle. Tener hermanas era un verdadero asco.

Le había tocado a ella, mejor dicho, Bellatrix le había obligado, comprar las dichosas balanzas de latón, y la única tienda que las vendía era la del señor Wolf, un plasta viejo y pelota peor que una postula venenosa en el culo, además su aliento olía a rancio. ¿Para qué narices necesitaban balanzas de latón en Hogwarts, si al final nunca las usaban? Maldito colegio…

Enfurruñada, Narcissa había llegado, casi sin darse cuenta, a la puerta de la tienda, suspiró, y con la mano en el picaporte se preparó mentalmente para el peor de los olores, pero su semblante cambió automáticamente en cuanto penetró en la estancia.

Allí, en el mismo espacio en el que ella se encontraba, estaba, ni más ni menos que, Tiberius McLaggen, no alguien parecido, ¡él en persona!, el chico más atractivo de todo Hogwarts, por no decir de toda Inglaterra, y, además, se había girado para mirarla. Mirarla a ella, porque lo había comprobado y detrás suyo no había nadie más. McLaggen tenía un pelo precioso, y unos ojos increíblemente azules, ser un Gryffindor no le quitaba ningún atractivo… seguro que si la dejaban ella podría convertirle en un buen Slytherin, además era un sangre pura…

—Buenas tardes señorita Black— la saludó el señor Wolf, y luego dirigiéndose a Tiberius añadió— siento tener que interrumpir nuestra conversación, pero entenderás que no es de buena educación hacer esperar a las damas.

—Por supuesto— se apresuró a contestar Tiberius aliviado de poder quitarse al tendero de encima—no se preocupe, además yo tengo que irme ya.

McLaggen se giró y guiñándole un ojo a Narcissa le susurro un "gracias" al tiempo que, al pasar, le apretaba la mano en señal de agradecimiento.

Narcissa, completamente roja, lo vio desaparecer por la puerta, mientras pensaba que ese era uno de los mejores días del verano. Dijera lo que dijera Bellatrix estaba claro que McLaggen era el hombre ideal para ella.