Disclaimer: Saint Seiya y sus personajes son propiedad de M. Kurumada. Yo sólo me divierto con ellos.

Aviso parroquial: Nos leemos al final del capítulo :)


"Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mí es la soledad infinita"

Albert Camus


Lo supo en cuanto pisó su templo en la Tierra.

Pese a la insólita piel de anciano que usaba como disfraz, sus ojos claros y divertidos como los de un niño - que mucho le recordaban a su padre - siempre lo delataban.

Aunque el resto de los inmortales lo tomaran como un maestro del engaño, de una u otra forma ella siempre sabía cuando aquel Dios mentía y cuando no.

Por ello, Hermes fue directo al punto.

"Nuestro padre reclama con gran urgencia tu presencia inmediata en el Olimpo".

En un instante se materializó dentro del magnifico recinto. Aunque su semblante permaneciera impasible, en su interior había un remolino de emociones.

"Eres demasiado humana, para ser un ser divino", le había dicho su hermano más como una suave reprimenda, que como un cumplido.

Una de las doncellas la interceptó en el camino hacia el Gran Salón, para indicarle que los Olímpicos se encontraban en el Templo de Hefesto.

Aquel mal presentimiento se intensificó y apresuró su paso.

No ardía en deseos de ver a los suyos. De hecho algo que detestaba en lo profundo de su ser, era tener que lidiar con los miembros de la corte de Zeus, principalmente con la cónyuge de su padre.

Por dentro, deseaba con todas sus fuerzas dar media vuelta y regresar a la Tierra, pero sabía que si la había convocado era porque Zeus no confiaba en nadie más para resolver aquel problema, sin importar de que se tratase.

No obstante, sus experiencias anteriores -divinas o humanas- no la habían preparado para ese momento.

Eran tantas emociones.

Dolor, consternación, ira, burla... todas conjugadas al mismo tiempo. El cúmulo de emociones era aún más abrumante por pertenecer a los Dioses, tanto que la golpeó con fuerza apenas dio el primer paso dentro de la habitación. Fue el tacto gentil, pero seguro de un par de fuertes manos lo que la sostuvo por la espalda y le brindó soporte inmediato de una forma tan sutil que su trastabilleo fue apenas perceptible. El recién llegado la rodeó con su brazo empujándola gentilmente hacia la habitación, en un gesto caballeroso que la Diosa agradeció con un ligero cabeceo.

Los inmortales guardaron silencio al instante que Zeus apareció en la puerta de los aposentos personales de Hefesto. Todos rodeaban el lecho de la Diosa de la Belleza, quien mantenía el rostro bajo, cubierto por su larga cabellera de fuego que descendía hasta su pecho, tratando de cubrir su voluptuosidad y su vergüenza.

A su lado, el Dios de la Guerra los observaba iracundo. Aún atrapado como un animal sobre la telaraña invisible hecha con finos hilos del cosmo del Dios de la Forja, resultaba imposible ignorar la violencia en sus ojos, el deseo ardiente de derramar la sangre de los suyos.

Los ojos grises de Atena se movieron discretamente por la habitación, ubicando a Hefesto en el rincón más alejado a ellos, empuñando con fuerza su martillo sin mirar a nadie. Aún a esa distancia, era notable la forma en que apretaba su mandíbula, mientras sus fosas nasales se dilataban por la furia apenas contenida.

Menos mal que Hermes, Poseidón, Dionisio y muy a su pesar, Hades estaban formando una discreta columna de seguridad entre esos dos.

-Y bien, querido mío... - destiló pronto Hera con voz venenosa. Sus ojos recorrieron la peculiar escena, con una expresión llena de asco y luego miró con sorna a su esposo - ¿Qué harás al respecto?

Atena la conocía demasiado bien, para identificar de inmediato sus intenciones. No era la infidelidad cometida contra Hefesto, sino la tolerancia del adulterio entre los Dioses - que eventualmente incluía a su padre - lo que la molestaba.

El Olimpo y la Tierra estaba plagado con hijos de Zeus que no le pertenecían.

- Magnífico Zeus...- enunció con voz profunda el Dios del Sol, sus ojos azul acero afilados juzgaban con severidad la escena frente a sus ojos - La infidelidad es una falta grave, incluso para los dioses.

- Desde luego, cuando tan deplorable hecho es cometido por una Diosa resulta ser aún más aberrante - condenó Hera, con una certeza letal.

- Me parece que están exagerando los hechos - intervino Poseidón.

-¿Exagerando? - cuestionó Hera, centrando sus ojos en el Dios marino, quien no se amedrentó ante su furia y le dirigió una sonrisa burlona.

Advirtiendo el conflicto por avecinarse y con la intención de contenerlo, Hestia tomó la palabra.

- Hermano mío... - se dirigió a Zeus en tono suave - Esta es una lamentable situación, que quizá podríamos resolver si nos permitimos escuchar los motivos de Afrodita...

- ¡Dilo como es, hermana!- apuntó Deméter, cuya virtud no era precisamente la paciencia -Todos te lo advertimos: no era prudente desposar a tu hija, en contra de su voluntad- Hestia rodó los ojos ante su falta de tacto - Si escucharas más nuestros consejos y menos los berrinches de tu esposa, esta historia sería diferente - finalizó con un gesto de intolerancia y una mirada retadora, que encendió de inmediato el rostro de Hera.

- Deméter...- la llamó Zeus con una media sonrisa, que escondía una advertencia.

Visiblemente avergonzada ante la desnudez de sus hermanos y su implícito significado, Artemisa se apresuró, apenas disimulando su incomodidad.

- Gran Zeus, ¿no podríamos resolver esta penosa situación, como es debido? Abordarla ahora, en tan deshonrosas circunstancias es ofensivo, incluso para nosotros.

- Fueron descubiertos en flagrancia, Artemisa. Este advenimiento no puede ser pasado por alto. Es imperante resolverlo ahora, antes de que ocurra una desgracia mayor - replicó Apolo y enseguida dirigió una mirada hacia el agraviado esposo, que resultó elocuente para todos.

- Coincido con Apolo en que este tema debe resolverse de forma inmediata - intervino Hermes cauteloso- y lo más discretamente posible.

- Todos aquí comprendemos la magnitud de la falta cometida -intervino Dionisio abriendo sin decoro los cajones de los muebles en la habitacion y levantando el índice enfatizó - pero antes quisiera apuntar que al menos la mitad de los presentes hemos nacido o tenemos descendencia producto de una infidelidad - pronto la indiferencia en su rostro, dio paso a un gesto de celebración al olfatear el contenido de una botella. Tras dar un largo trago del líquido, dio un gesto de aprobación y apuntó de inmediato - Condenarlos por ceder a sus pasiones, sería montar un precedente y condenar el origen divino de la mayoría de nosotros. - finalizó mirando de soslayo a Hera, quien emulaba la mirada asesina de Ares.

- No se perdería nada, en todo caso...- la réplica sin sentido de la Diosa del Matrimonio se vio interrumpida en el acto, cuando la deidad al costado de Atena avanzó al frente y con gentileza, cubrió a Afrodita con su capa, brindándole un gesto de clemencia, hasta entonces negado por el resto.

- Dime una cosa, Padre... - cuestionó con tono neutral, dirigiendo su atención primero hacia Zeus- ¿Quién resulta más indigna? ¿La esposa que ultraja el lecho nupcial y traiciona la confianza dentro del matrimonio, o la que evidencia su mala entraña y el odio hacia su propia descendencia?

Hera perdió todo color en el rostro y se hizo un silencio sepulcral.

El Padre de los Dioses, quien meditaba en silencio la mejor forma de resolver la situación, levantó la mirada ante el filoso argumento de Abel. Era evidente que fuera cual fuera su decisión, inevitablemente acarrearía la muerte de uno de sus hijos.

Y eso a Hera no le importaba en absoluto.

- Padre mío.

El Olímpico suspiró para si mismo en cuanto escuchó su voz. Aflojó la fuerza con la que imperceptiblemente apretaba sus puños. Pronto, se vio reflejado en los ojos de su hija, que lo miraba amorosamente. Aún no sabía por que, pero su voz siempre funcionaba como un bálsamo a sus dolores de cabeza.

- Con tu anuencia y la de los presentes, me parece que el único indicado para pronunciarse ante tal afrenta es el ofendido - Atena dirigió su atención hacia Hefesto que de inmediato levantó el rostro hacia ella con visible sorpresa - Sólo el podría exigir el castigo, otorgar el perdón o reclamar la reparación por la falta cometida a su honor. O al menos, así es como la humanidad ha resuelto este tipo de problemas.

- ¿Estas sugiriendo que le dé su perdón a esta...?

Apolo levantó la mano para detener el comentario de Hera.

- La humanidad es imperfecta, Atena - replicó disgustado por la comparación - Ellos son una mala imitación de nosotros. Sus costumbres no son dignas de ser imitadas por los Dioses.

- Me parece que tienes un estigma hacia la humanidad, querido Apolo. Si aún ellos, que son una mala imitación de los Dioses, tienen la capacidad de otorgar el perdón ante las faltas de otros, ¿acaso no deberíamos nosotros ser capaces de conceder anuencia a los errores de los demás?

- ¿Y donde queda el honor de Hefesto? - increptó Poseidón. El rencor en su voz por haber perdido el patrocinio de aquella ciudad que ya consideraba suya, durante su último enfrentamiento era más que notorio.

- Todos hemos atentado directa e indirectamente contra los sentimientos, amor, honor o integridad de otros, sin importarnos la línea de sangre. Todos hemos sido o somos el villano en la vida de alguien más... por ello, ¿acaso no deberíamos ser nosotros un ejemplo de perdón y bondad para los hombres?

- Debo conceder que el argumento de tu hija es válido en más de un sentido - Hestia apuntó reflexiva.

- Aunque sus ideales sean loables, el perdón como tal no deja de ser una utopía... - comentó Démeter mirando de soslayo a Hades, quien aparentemente ajeno y hasta cierto punto aburrido escuchaba la discusión, con la mirada perdida en los halos de luz que se colaban por los vitrales del templo-... aunque cuando haya omisión ante algunas afrentas, no significa que éstas sean objeto de perdón.

- ¿Tú que dices, Hefesto? -lo abordó Apolo - ¿Eres capaz de otorgar el piedad a quién a profanado la santidad de tu lecho?

- Hermano... - Atena colocó a un costado su báculo y acercándose al Dios de la Forja, le dirigió una mirada apacible, que en nada concordaba con el tono firme de su voz- Si fueras tú quien ofendiera a otro, independientemente de si su sangre es mortal o divina, ¿cómo desearías que a ti te fuera perdonada tu falta? - ante su cuestionamiento, Hefesto bajó su rostro con una emoción apenas disimulada.

¿Acaso sentía vergüenza?

Tras un momento de indecisión, en el que todas las emociones atravesaron su rostro sintiendo la mirada de todos los inmortales y con lentitud a causa de su cojera, el Dios cerró el espacio que le separaba de Atena, a quien le llevaba una significativa diferencia en altura. Se miraron así por unos instantes, hasta que tras un suspiro profundo, éste se dirigió a su padre.

- Zeus - lo llamó apartando la vista de su hermana - ¿Podrías brindarle a Afrodita esa libertad que tanto se le ha negado en el pasado?

- ¿Eso es lo que quieres?

- No deseo otra cosa - afirmó con una sonrisa triste, llamando la atención de su esposa, quien lo miró por un breve instante, para volver a bajar la mirada.

- Se hará como lo haz pedido - la sonrisa de Zeus indicó al resto de los dioses que aquella era una orden.

Apolo dirigió una mirada llena de significado a su padre.

Era claro que no estaba de acuerdo, pero no se atrevía a ir contra las decisiones de su padre. Las opiniones estaban divididas, pero que la solución fuera sugerencia de Atena, lo volvía prácticamente una ley.

Ante aquella respuesta, Hefesto se retiró de la recámara nupcial, no sin antes destinar una última mirada a la Diosa que en el acto dejaba de ser su compañera.

El regente del Olimpo soltó un sentido suspiro, permitiéndose soltar la tensión que sentía sobre sus hombros.

-¿Se puede saber que demo..? - se acercó Hera furiosa.

-Hefesto concedió su perdón y Afrodita es libre de su compromiso, ¿qué es lo que no ha quedado claro? - contestó de inmediato, hastiado de sus protestas - Afrodita, Ares... - pronunció en voz alta, liberándolos de inmediato de la complicada trampa de energía cósmica colocada por Hefesto sobre el lecho - Pese a que no hay acusación en su contra, debo pedirles que se alejen por un tiempo prudente. Aunque el lago parezca tranquilo, en el fondo siempre el agua es turbia. Dejen que todo se apacigüe de forma natural. Nadie hablará más de este asunto.

Hera dirigió de inmediato sus ojos dorados hacia Atena. Totalmente ajena a ella, la joven deidad intercambió un asentimiento con Abel, quien siguió al traicionado Dios sin mayor preámbulo.

- Hija mía... - el regente del Olimpo no se esforzó por disimular el enorme cariño en su voz - ¿Me regalarías un minuto de tu tiempo? Hace mucho que no platicamos.

En respuesta, ella sonrió asintiendo sutilmente.

La Diosa del Matrimonio permaneció impávida en la habitación, mirando salir a Zeus acompañado de Atena. Apolo y el resto de las Diosas los siguieron de inmediato. Hades le dirigió una mirada llena de aburrimiento antes de desaparecer en una bruma oscura y Dionisio no le prestó ni la más mínima atención, ya que había distinguido el murmullo de las doncellas del palacio y se había ido tras ellas, en un claro plan de conquista. Solo Hermes se retiró con un asentimiento dirigiendo una mirada de soslayo al Dios de los mares, que aún permanecía en la habitación.

Una vez que todos los que podían representar un problema salieron de los aposentos, Hera dio la media vuelta hacia Afrodita. Era tal la ira en sus ojos, que Poseidón interpuso su brazo para evitar que se abalanzara sobre los amantes.

- ¿Acaso no hiciste lo que te pedí?

- Ya antes te había mencionado que si tu propósito era comenzar una guerra entre los Dioses - intervino el regente de los mares - el indicado para esa tarea era yo...

- ¡Maldita sea! - insistió Hera, ignorándolo - ¡Contéstame!

Afrodita la miró con irritación.

- Se hizo todo, tal y como lo indicaste, madre...- repuso Ares poniéndose en pie y estirando la espalda. Una sonrisa desvergonzaba cruzó su rostro mientras enfatizaba - Yo provoque las guerras que hicieron necesario el uso de armas divinas. Para cuando Hefesto se reunió con Atena, Poseidón ya se había encargado de sembrar "esa" idea en su mente.

- Afrodita... - insistió Hera clavando la mirada en la nuca de la Diosa del Amor.

- Si lo que quieres saber es si le di la poción del amor lujurioso a mi esposo, si alimenté sus deseos y le si sugerí toda clase de perversiones durante lunas enteras para que la metiera en su cama, si lo hice - contestó la aludida sin mirarla, mientras tomaba una suave tela de satin para cubrir su desnudez, con aquellos gestos llenos de seducción tan propios en ella, pero visiblemente fastidiada - Pero tal como lo viste, no dio resultado.

- Atena debe ser realmente frígida, si no logro encender la pasión de un monstruo como Hefesto...- se burló Ares, contemplando con visible deseo la piel de la diosa pelirroja.

- Más bien, ninguno ha sabido como someterla... - exclamó Poseidón.

- ¡Se trataba de obligarla! - Hera comenzaba a durar si Poseidón realmente ambicionaba el dominio de la Tierra o a la querida hija de Zeus - ¿que parte de eso no entendieron?

Los Dioses tardaron un par de segundos en percibir su presencia, por ello cuando sus miradas se dirigieron hacia la joven deidad que aguardaba de pie en el marco de la puerta, con una expresión ilegible en su rostro, no sabían como reaccionar a ella. Ares, que había perdido su acero en pos de la pasión, se agazapó esperando con ansias el menor movimiento de la Diosa de la Guerra; mientras Poseidón aguardaba a la expectativa, afianzando la mano sobre su tridente. Hera levantó el rostro con obstinación incapaz de admitir la bajeza de su iniciativa y Afrodita...

Ella, que la conocía lo bastante, sentía que el piso que la sostenía se había convertido en aire.

Sin mediar una palabra con ellos, Atena avanzó unos pasos dentro de la habitación hasta llegar a la columna donde había dejado recargado el símbolo de su poder en la Tierra y siguió su camino hacia la salida, sin dirigirles una sola palabra.

No obstante, sus ojos acerados y brillantes como la plata solo la contemplaron a Afrodita por un breve instante antes de salir de sus aposentos.


Capítulo 4: Inesperado.

No podía soportarlo más.

Bajo el rostro y en un solo movimiento, secó rápidamente el sudor que escurría sobre sus ojos, deseando hacer lo mismo con el que deslizaba dentro de su armadura. Era más de medio día y el despiadado sol del verano griego apuntaba en lo alto del Santuario, abrasante, caliente y sofocador; haciendo imposible tolerar el metal de las Cloths, sin importar la orden a la que éstas pertenecieran.

Y es que, a pesar de haber entrenado en Grecia gran parte de su vida, aún le resultaba desagradable la sensación del metal humedecido por sus líquidos corporales. No obstante, la preocupación que sentía en ese momento superaba la incomodidad dentro de su ropaje sagrado, quemando como fuego ardiente en sus entrañas.

Que el Patriarca ordenara con carácter de urgente que todo aprendiz, caballero en entrenamiento y maestros de cualquier orden se alistara y mantuviera atento a cualquier eventualidad, no hacía mas que aumentar la incertidumbre. Pronto, ese sentimiento se vió rebasado cuando Sion ordenó que todos los caballeros dorados abandonaran sus posiciones y se reportaran en su Antesala, para montar una guardia perimetral a la Cámara de Atena; siendo sustituidos en sus puestos por la orden de plata. Como último movimiento, la instrucción para ellos - como la orden de más bajo nivel, pero más cercana a Atena - fue resguardar el camino entre la casa de Piscis y la Antesala del Patriarca.

¿Por qué aquella elaborada estrategia de defensa?

La respuesta llegó a medias, cuando al despuntar el día, Kannon apareció frente a ellos acompañado de Shaina, indicándole a Jabú de Unicornio que los siguiera rumbo a la Casa de Aries. Luego, Seiya y sus compañeros pasaron horas realizando recorridos en los alrededores de cada una de sus posiciones, intercambiando uno que otro comentario entre ellos y turnándose eventualmente la vigilancia de la salida de la doceava casa.

La película estuvo completa en cuanto sintieron aquellas poderosas presencias ingresar al territorio de Atena.

Había visitas en el Santuario.

Visitas que requerían que todas las fuerzas armadas de Atena estuvieran preparadas ante un inminente ataque.

Aunque a través de sus cosmos, los guardianes provisionales de cada templo transmitían el mensaje de "SIN NOVEDAD", ninguno de ellos relajaba su posición conforme aquellas presencias se acercaban a su puesto.

Seiya gruño limpiando nuevamente el sudor que perlaba su nariz, impaciente ante la tardanza de los visitantes, aunque tal vez en el fondo su emoción tenía otro origen.

Desde aquella tenebrosa visita al territorio de las Moiras, no había logrado acercarse a Saori.

Fue el Patriarca quien recibió las novedades de su misión y quien transmitió la información a la Diosa, negando así la posibilidad de que Seiya contemplara de nuevo su rostro y buscara si en sus ojos había alguna señal de amor para él.

Había esperando tanto por aquella segunda oportunidad, que la decepción hizo mella en su corazón y en un momento de debilidad había terminado en una taberna de Rodorio con Desthmask, llorando como un niño sin saber que hacer con sus sentimientos.

El caballero de la cuarta casa lo escucho pacientemente, llenado su copa con licor y esperando que "la bestia de la decepción" fuera liberada.

La resaca del día siguiente le recordó a Seiya porque motivo evitaba el consumo de alcohol y resolvió poner manos a la obra en su plan de conquista.

El problema fue que al paso de los días la ansiedad fue ganando terreno y Seiya no era precisamente un dechado de paciencia.

Y los celos... los celos eran el infierno mismo.

Cada día alrededor de la media tarde, con libro en mano y una estúpida expresión en el rostro, Aioros subía a la biblioteca dentro de la Cámara de Atena y pasaba horas ahí dentro. Tentado ante la posibilidad de encontrar ahí a Saori, Seiya había considerado la posibilidad de acercarse e incluso externo su deseo de conocer aquella reforma en el Santuario en voz alta frente a sus compañeros, pero entre la sonrisa cínica que le había dedicado Hyoga y la mirada llena de escepticismo de Shun, perdió la ganas y la confianza en usar esa estrategia.

Evaluó rápidamente otras posibilidades.

Recordó que Atena acostumbraba a caminar en el jardín de Piscis. Parecía un movimiento seguro, ya que no lo exponía directamente y siempre podía argumentar que se encontraba haciendo recorridos, buscando puntos débiles en la seguridad perimetral y ese hubiera sido un excelente pretexto, de no ser por Deathmask que lo atrapó en su última escabullida al doceavo templo, evidenciando ante el guardián de esa casa "cuan desesperadamente enamorado se encontraba el Caballero de Pegaso".

Para su alivio, ante aquella revelación, Afrodita se había limitado a arquear una ceja perfectamente delineada, evaluándolo de pies a cabeza y tras un momento crítico, le sugirió tomar algunas de sus rosas ya que, según su percepción "no era elegante hacerle el amor a una dama, sin ofrecerle flores primero".

Eso sí que era una novedad.

Aunque escéptico, Piscis parecía estar de acuerdo con los sentimientos que el joven de cabellos desordenados tenía destinados a su Diosa y entonces recordó las palabras del Caballero de Cáncer.

"No te garantizo que eventualmente alguno no se moleste o se sienta traicionado, pero al final cada uno elegirá seguir fiel a la devoción que sentimos".

Con valor en el corazón y cansado de buscar un momento oportuno que al parecer jamás llegaría, Seiya decidió que lo mejor era enfrentar su destino directamente, así que solicitó una audiencia con Atena.

Para su sorpresa, la solicitud le fue negada en automático por Shion, que de inmediato giró sus indicaciones para orquestar aquella peculiar recepción que no terminaba de cuadrarle.

Estaba harto.

Sin importar lo que tuviera que hacer, así tuviera que arrastrarse por todo el piso de la Sala del Patriarca para llegar hasta ella, iría a buscarla y la besaría.

Seguro que la besaría.

Estaba completamente sumergido en sus pensamientos, hasta que un cosmos conocido envió corriente fresca a través de su armadura, arrancando aquella horrible sensación de bochorno, dejandole únicamente la incertidumbre ante lo desconocido.

- Gracias, amigo... - contestó suspirando, sin retirar la mirada de la salida de la casa de Piscis.

- Te vi sufriendo y no lo resistí... -contestó el aludido acercándose y mirando fijamente hacia el mismo lugar que Seiya - ¿En cuánto tiempo se hace normalmente este trayecto por el Santuario?

- ¿Por normal te refieres a que no haya flechas clavadas en el corazón de Saori y una orden de caballeros dorados impidiéndonos el paso para salvarla? - preguntó Seiya de vuelta con un mohín gracioso, mientras se rascaba la cabeza.

- A buen ritmo y con el permiso de los caballeros dorados, incluso los aprendices más lentos hacen el recorrido en menos de una hora - precisó Geki, quien se acercaba con el resto de los caballeros de bronce.

- Están tomándose su tiempo... - intervino Ban que se posicionó al otro extremo achicando los ojos, mirando hacia el poniente del Santuario - Hay una tensa calma en el ambiente.

- ¿Y ustedes saben quién...? - Pegaso y Cisne negaron de inmediato sin esperar a que concluyera la pregunta. Andrómeda dejó salir un suspiro de frustración inconscientemente, lo que denotaba que los ánimos en general no eran los más sanos.

- Shun, ¿Ikki se ha comunicado contigo?

El Caballero de Andrómeda negó suavemente, después de revisar su teléfono móvil.

- No te preocupes Andrómeda - intervino Ichi haciendo un movimiento teatral con sus brazos, apuntando en vertical con las puntas de sus manos hacia el cielo [1] - El llegará en el momento preciso, haciendo su entrada triunfal.

- ... para luego desaparecer tan misteriosamente como llegó - completó una voz conocida, que llamó de inmediato su atención.

- ¡Shiryu, amigo! - exclamó Seiya despegando sus ojos un momento de su objetivo y levantando su mano en el aire, a manera de saludo.

- Bienvenido - aunque cruzado de brazos, Hyoga acompaño su saludo con una sonrisa, que fue correspondida por un asentimiento por parte del Caballero Dragón.

- Comenzábamos a preocuparnos - comentó Ichi dándole una palmada amistosa en la espalda.

- Lamento la demora, pero tuve que atender algunos pendientes en China.

- ¿Pendientes? - Seiya frunció el ceño.

- Trámites... documentos. - explicó el caballero con un gesto dubitativo, haciendo un movimiento con las manos que evidenció su incomodidad al abordar el tema.

- No nos habías comentado que tuvieras problemas de ese tipo. - Hyoga lo miró con recelo, no por el asunto de los trámites. Era extraño ver a Shiryu dudar antes de hablar, como si no estuviera seguro de lo que estaba por decir.

- ¿Porqué no le pediste ayuda a Tatsumi? - cuestionó Nachi acercándose hasta ellos - La señorita Kido le dió instrucciones de ayudarnos a regularizar cualquier asunto legal que nos hiciera falta.

Desde luego, Shiryu lo sabía. Cuando fueron adoptados por la Fundación Graude, Mitsumasa Kido había prevenido cualquier complicación legal que pudiera interferir en la vida civil de los jóvenes que protegerían a Atena, principalmente como una protección legal a su empresa y al legado de su nieta, otorgándoles su apellido, aunque la mayoría de ellos no acostumbraban a usarlo.

Posteriormente, la misma Saori había dispuesto que independientemente a su servicio como caballeros, aquellos jóvenes contaran con otras opciones a largo plazo, aunque de momento únicamente Shun, Jabú y Nachi habían expresado su interés de emprender estudios formales e incluso desempeñarse en una carrera profesional a futuro.

- Lo sé... - contestó Dragón con una sonrisa floja y triste en el rostro - Es solo que... esto me tomó desprevenido.

- ¿Qué es lo que ocurre Shiryu?

- Luego les cuento... - contestó aliviado al ver salir una pequeña comitiva de la casa de Piscis.

No tenía ganas de ser el centro de atención en esos momentos y mucho menos, quería tener que enfrentarse a la realidad que había estado eludiendo durante todo su camino a Grecia. Sin embargo, la sensación de tranquilidad en Shiryu pronto se vio superada al contemplar a los visitantes.

Seiya estrechó los ojos cuando distinguió un rostro familiar entre ellos.

- Esto debe ser una maldita broma...- susurró Hyoga como un eco a los pensamientos del resto de los caballeros que habían participado en la batalla en el fondo del océano.

-Pero, ¿qué rayos está haciendo él aquí? - entre dientes, Seiya dejó salir aquella expresión llena de inconformidad, mientras Shun le detenía por el brazo en un movimiento sutil, pero firme.

Geki, Nachi, Ban e Ichi dirigieron sus miradas a Shiryu, quien asintió confirmando que se trataba de un enemigo de Atena.

- Es un gusto volver a verlos, caballeros de Atenea - pronunció en cuanto se acercó lo suficiente a ellos, reforzando su saludo con una sonrisa amable, que en nada concordaba con aquel Dios que les había hecho ver la peor de las suertes apenas cinco años atrás.

Su cosmo, aunque controlado y evidentemente poderoso, era amable y cálido justo como el de su Diosa.

- Ha pasado mucho tiempo, Poseidón - se animó el Caballero Andrómeda a contestar ante el silencio de los demás, que no lograron articular una frase elocuente.

Nachi analizó rápidamente al hombre frente a ellos, que sonrió incómodo ante aquella referencia y más aún, al percatarse que el sentido protector de los caballeros frente a él se había activado inconscientemente, ya que todos se habían colocado en medio del camino a la Antesala del Patriarca.

- Aunque la fuerza vital de Poseidón viva en mi cuerpo - explicó gentilmente- en este preciso momento, únicamente soy Julián Solo.

- Eso suena extrañamente conveniente - Hyoga soltó aquella frase, avanzando hacia él, siendo atajado por Sorrento de Siren, quien tan fiel como en otras ocasiones, acompañaba al joven receptor del Dios de los Mares.

- El señor Julián ha conseguido imponer su voluntad ante la de Poseidón, controlando así el poder de su cosmo - contestó Sorrento con voz contenida - Su objetivo no es derrotar al Santuario. En su infinita sabiduría, el reconoce que la protección hacia la Tierra debe ser su prioridad, así que ha venido hasta aquí como muestra de su apoyo a Atena.

- Comprenderán que tenemos nuestras reservas respecto a su visita. -explicó Shiryu, tratando de mediar la hostilidad que comenzaba a hacerse presente.

- No he venido a ella como un enemigo - completó el joven portador - sino como un aliado en la batalla que se avecina.

-Escuchen bien Caballeros- intervino Kannon, avanzando hasta quedar entre Sorrento y sus camaradas - Ellos son invitados de Atena. No debemos hacerla esperar.

- ¿Cómo puedes garantizarnos que él no viene por la vida de Saori? - increptó Pegaso. El ceño en su rostro se hizo profundo mientras su mirada iba de Kannon a Julián Solo - Dios o no, en el pasado la secuestró y luego la confinó dentro del soporte de su templo, para asesinarla. ¡No puedo permitirle el paso!

- No seas insolente Seiya... ¡Quitate o te quitaré yo!

- Atrévete. - lo retó el otro. Jabú se acercó al caballero de Pegaso y le sostuvo por el brazo, con fuerza. Sin embargo, Pegaso se sacudió su agarre y asumió una posición defensiva frente a el.

- Por favor, no peleen.

Los integrantes de la orden de bronce enfocaron su atención en la figura femenina que avanzó hasta colocarse junto a Poseidón.

- Soy Lyfia, la actual representante de Odín en la Tierra.

Los caballeros centraron su atención en la joven. Su largo cabello celeste yacía sostenido por una cinta roja, tenía un rostro hermoso, enmarcado por grandes ojos azules que resultaban hipnóticos. En una primera visión, guardaba semejanza con su Diosa, aunque ella la nombrada Lyfia parecía ser mucho más joven.

- Puedo garantizarles que nuestra visita es en términos de paz, Caballero Pegaso..

La joven terminó aquella afirmación con una sonrisa amable que pronto se transformó en un gesto de dolor que desdibujó su rostro. Shaina la sostuvo rápidamente del brazo otorgándole soporte, a pesar de la doncella había flexionado una de sus rodillas y con una mano había buscado apoyo en el suelo, evitando que caer de bruces.

Julian y Sorrento avanzaron de inmediato hasta ella, para ayudarla a incorporarse.

- Lo lamento... a pesar de mi poder, mi cuerpo no esta acostumbrado al clima del Mediterráneo... - musitó en un breve jadeo, con el rostro visiblemente enrojecido.

- Ni siquiera los Dioses pueden escapar a las incomodidades de estar en un cuerpo humano - indico Sorrento, pasando la mirada del rostro de la doncella a Julián Solo.

- Lamento no haberte prevenido, el cambio de clima te afecto más de lo que pensaba - musitó el contenedor de Poseidón.

- ¿Puede continuar, señorita? - cuestionó Kannon ofreciéndole su brazo, no sin antes dirigir una mirada de advertencia a la orden de bronce.

Lyfia asintió y enderezando su delicada figura, comenzó a caminar de frente apoyada por Kannon, siendo seguida por Poseidón y Sorrento.

Muy a su pesar, la orden de bronce se retiró del camino, dejando pasar a los extraños visitantes, aunque Julián podia sentir la mirada de Seiya clavada en su persona.

- Deja ya de hacer el ridículo - susurró Jabú cuando pasó a su lado, provocando que apretara los dientes lleno de frustración.

Esta vez fue Shiryu quien le sostuvo del brazo, evitando que se avalanzara sobre su rival.

Los viejos rencores entre los dos caballeros brincaban a la menor provocación, principalmente por que mientras Seiya se trataba de mantener alejado de la tentación, su compañero de orden se las había ingeniado para que Kannon lo incluyera en cualquier movimiento que se realizara en presencia de Atena.

De momento, Jabu se había salido con la suya, pero Seiya esperaría pacientemente una oportunidad para ponerlo en su sitio.

- Seiya - la voz de Shaina lo sacó de sus pensamientos. Ella lo contemplaba a través de su máscara, sin que el pudiera leer su expresión, pero intuía que iba a reñirlo por sus acciones.

Después de un leve intercambio de silencio tenso entre los dos, ella dejó salir un bufido exasperado. Seiya la miró con desconfianza cuando se percató que se acercaba peligrosamente a él, hasta quedar a su costado, prácticamente invadiendo su espacio personal.

- Las noches en estas fechas siguen siendo muy calurosas, incluso para los Dioses - agregó en un susurro, para desconcierto del Caballero que la miró por el rabillo del ojo sin saber que hacer - Algunos incluso acostumbran salir a caminar, iluminados por la estrellas cerca de la fuente de Atena.

Dicho aquello, la amazona continuó su camino hacia la Antesala del Patriarca, dejando sorprendido a Seiya, quien tardó un momento en procesar aquella información.

Lentamente una sonrisa boba apareció en el rostro del caballero.

- Gracias Shaina - murmuró con la esperanza latiendo en su corazón nuevamente.


1: El movimiento que imita Ichi es la famosa cuauhtemiña


¡Hola a tod s!

Antes que otra cosa, muchisimas gracias por tomarse el tiempo para leerme y dejarme sus comentarios. Han sido todos tan hermosos que llenan mi corazón con alegria. Hace algunos años que empece diversas historias y por cuestiones personales, las dejé en stand by por que las vocecitas en mi cabeza se habian silenciado. Finalmente, hace algún tiempo decidí volver a escribir, naciendo dentro de mi todo aquello que tenia guardado... vengo con muchos ánimos de continuar y feliz porque ahora tengo una preciosa niña con la cual puedo compartir sus comentarios y que comparte igualmente mis gustos. Por fin mi cachorra ha crecido y esta aprendiendo a leer! Soy feliz!

Por primera vez en mucho tiempo me siento plena, tengo mucha esperanza de terminar mis historias y por fin dejare descansar a los martirizados, de enamorar a los desenmanorados y revelar los secretos y misterios de los personajes.

Mil gracias a Athena Chibi, RuiizEmi, Kira Passel, Sicaru, Herme, angie248, Samsalvatore Hey, Camilo Navas, AnEmlg-Chan, , Storm0719, miriamarlen, Pegaso Seiya, Lady Athania y Diana A, así como a los anonimos por seguir estas historias.

¡Larga vida a Atena!