Agridulce.


Las brumas de sueño se volvían esquivas e invisibles para el gigante que se esforzaba por obligarse a dormir. Molesto por su imposible descanso, giró varias veces sobre la cama hundiendo ostentosamente el colchón y parte de las tablas bajo su cuerpo. Ahogó sus orejas con un abultado cojín blanco que parecía querer introducirse dentro de su cráneo por la exagerada presión ejercida y, finalmente resopló sacudiendo la escobilla de su barba, frustrado por no lograr su cometido.

Observó con pesar el velo negro que cubría su ventana percatándose de la oscuridad de la noche y de la lejanía del amanecer, aún faltaban varias horas para que el cielo se empezara a teñir de los tonos naranjas y azulados que marcaban la llegada de la mañana. Todo hubiera sido perfecto para un agradable reposo de no ser por los murmullos enojados que se filtraban por debajo de su puerta, y entre las fisuras de su piso.

La pareja de jóvenes, llevaba horas discutiendo sobre el plan para encontrar la tumba de los padres de Malfoy. Hermione, sentada sobre la cama aún sin retirarse su túnica azul oscura, se mostraba decidida a hacer una breve, pero efectiva visita a la última sobreviviente de las hermanas Black, tenía la certeza de obtener la información sin necesidad de involucrar a Draco en su tema de conversación. Sin embargo, el rubio, ubicado en una silla frente a la castaña, débilmente inclinado con los brazos recostados sobre los muslos y las mangas de su camisa blanca remangadas a la altura del codo, marcaba su tajante desacuerdo en la tensión de sus afiladas facciones, el entrecejo profusamente ceñido y las últimas palabras que marcaron su conversación.

—Por favor entiéndelo Granger, es un panorama sobre el cual no conocemos mucho, es demasiado arriesgado aparecerte por allí como si nada haciendo preguntas sobre temas que no te incumben, ¿por qué no lo entiendes de una buena vez? —repetía él de manera ruda, con la mirada fija en un punto por encima de la cabeza de Hermione.

En un punto tan lejano a ella, que lo llevaba a revivir el horror de ver a su madre muerta, a su padre torturado, todo en un mismo día y frente a esos mismos ojos grises que ella podía ver, apagarse en dolor y en soledad.

—Entonces, explícamelo Malfoy —suplicó ella, llevando su mano a cubrir esa otra mano pálida, crudamente aferrada a su propio antebrazo e ignorando conscientemente la temible marca de la serpiente en el—, ayúdame a entender ¿por qué esta visita es un riesgo para mí?

Él, suspiró hondo. Todo era tan sencillo y tan complejo a la vez, y cuando ella lo tocaba no hacía sino añadirle un poco más de agonía y sosiego, a partes iguales. Evadiendo su mirada, inclinó derrotado el peso de su cabeza permitiendo a su cabello hacer de cortina entre sus ojos de hielo y aquellos ojos que ardían en curiosidad, advirtió el calor de su mano, esa calidez afectuosa que había aprendido a advertir y a valorar en cada obra en la cual se involucraba Hermione.

Sus ojos grises se fijaron en la necesidad de su mirada chocolate, ese apetito por conocer, por saber algo que iba más allá de su entendimiento. Quería decirlo, por Salazar que necesitaba sacar ese doloroso peso que se iba acomodando con angustioso martirio en el vacío entre su estómago y su pecho, necesitaba expulsar ese huésped vil que le recordaba día a día al causante de su pérdida.

Ella, notó la duda arrinconada en un tramo entre sus ojos y las hebras de plata que caían ocultando el miedo, la desesperanza. Aferró su mano, enredando sus dedos entre los de Draco, y con la otra, se permitió acariciar ese rostro afilado que se iba dulcificando al contacto, cerrando los ojos a la rabia y sellando bajo ellos el inmenso placer en que se convertía para él la compañía de Hermione.

Las caricias de ella subían y bajaban desde la base de su cuello, hasta el borde de sus párpados cerrados, deslizándose sin prisa por encima de sus pómulos, dibujando con precisión el perfil de su nariz, la cual se dilataba con el olor de Hermione, captando una fragancia duce y amarga a la vez, un aroma tentador, que se le antojaba vibrando con ansias en su paladar y que con el paso de los días se iba haciendo más sólido, más palpable, más propio.

El sonido de la cama perdiendo peso y un indudable aumento de ese sugestivo efluvio, le avisó del cambio de postura en el cuerpo de Hermione, lo cual lo conminó a abrir los ojos de manera abrupta para percibir en un primer plano los labios de ella acercándose con lentitud a su rostro.

El espanto se dibujó en el gesto de pánico que dilató sus pupilas y elevó sus cejas hacia la frente; su boca salivando, se cerró por un momento tragando todo el apetito de ella que se había abierto en un segundo, y sus labios se separaron, dedicados a recibir ese aliento agridulce que su lengua ansiaba degustar. Sintió perder todo el planeta bajo sus pies, al ver esos labios acercándose sin dilación hacia él, antes de sentir el roce misericordioso de aquel beso que se estampaba justo en la punta de su nariz.

Si bien sus hombros se desinflaron como un triste globo, su corazón se expandió a todo lo que el limitado espacio en el pecho le permitía. El roce no duro más de dos segundos, pero fue el tiempo suficiente para colmarlo de una grandeza infinita y una felicidad que no se permitía desde mucho tiempo atrás.

Hermione Granger, había logrado colarse por una de esas fisuras de su maltratado corazón, abriéndose un lugar, sin lastimarlo, para quedarse allí y llenar todo el vacío que helaba su interior.

Estaba perdido.

Ella volvió a su puesto, sin advertir la turbulencia de emociones que su inocente gesto había causado en Draco y con la mano aún entrelazada a la de él, retomó su pregunta con tono dulce.

—Vas a decirme ¿por qué mi plan es inseguro?

Draco, pasó saliva antes de contestar. En la punta de su lengua pugnaba por salir la verdad acerca de Weasley, una verdad que sujetaba con fuerza la totalidad de su corazón y lo oprimía inclemente contra el pecho, una verdad que tenía una sensación igual al olor de Hermione: agridulce.

—No confío en Andrómeda —mintió Draco, porque no podía sincerarse.

Por cobardía, por inseguridad, pero más que nada por egoísmo. Ella jamás creería la versión de un exmortífago culpando a un héroe de guerra, sobre todo si se trataba de uno de sus mejores amigos, y si lo hacía, tampoco le parecía justo contaminarla con ese mismo odio calcinante, devorador de vida, de energía, de paz; pero sobretodo, mentía porque no pensaba arruinar ese momento, no deseaba vivir ese cambio abrupto de la total felicidad al vacío de la tristeza, la desilusión y tal vez del abandono.

Otra noche sería.

—No conozco a esa mujer —continuó él, justificando su mentira sintiendo el pulgar de Hermione acariciar con círculos de gloria el dorso de su mano—, nunca la he visto y en mi familia jamás se habló sobre ella, no sé para qué bando está jugando porque no entiendo los motivos de aquellos que asesinaron a mis padres.

Hermione asintió, dejándose cubrir por un mohín de concentración tan claro en su rostro, que a Draco le parecía ver las ideas transitando veloces por entre las arrugas de la nariz de Hermione y sintiéndose celoso de esos dientes apresando el labio, que ella mordía cuando solía pensar.

—Estoy segura que ella no tuvo nada que ver —acotó Hermione con tono autoritario, dispuesta a no dar su brazo a torcer—, Malfoy, tú no la conoces, no la has visto en tu vida, pero yo sí, y puedo decirte que reconozco el dolor cuando lo veo, el auténtico sufrimiento. Ella amaba a tu madre y estoy segura que estaría más que dispuesta a ayudarnos.

Él, llevo su mano sobre el rostro de ella en un acto completamente desesperado e inconsciente, notando al instante que su piel hizo contacto con ella, la tibieza de la sangre que se agolpaba a borbotones bajo su tacto. Deslizó su pulgar entre el delicioso límite del labio inferior y la quijada de la chica, notando los nervios escaparse en un suave jadeo que lanzó hacia él el hechizo de su olor. No la soltó, era precisamente ese su miedo, dejarla ir, pensar en que siempre tendría que ser ella quién expusiera su vida por él.

—Dime ¿qué puedo hacer para que te sientas tranquilo? —preguntó ella, disimulando la falta de aire que producía la cercanía del rubio, su delicado roce y esa apariencia descompuesta que sin quererlo se volvía su debilidad.

—Llévame contigo —sugirió él, notando el desacuerdo en el gesto de Hermione—, no sé, dame una poción multijugos, hazme invisible, quiero saber qué sucede cada segundo que pases en esa casa.

—Eso sí es demasiado arriesgado, Malfoy. No cuento con el tiempo para preparar una poción y aunque usara un encantamiento desilusionador, cualquiera podría tropezar contigo antes de sacarte de Hogwarts, y entonces, todo lo que he hecho hasta ahora para mantenerte seguro, se iría a la basura.

Draco, bufó enojado, separando su mano del rostro de Hermione para peinar su cabello, molesto consigo mismo. Movió su cabeza en círculos tratando de aliviar la tirantez de sus músculos endurecidos en el cuello, y desabotonando a su paso dos broches de su camisa blanca que hacían presión sobre su garganta.

Hermione, se sorprendió con los labios separados de embeleso, ante el adonis en el cual se convertía el rubio con sencillas acciones como esa. Su ceño fruncido, los ojos rudamente cerrados, su cabello rebelde yendo y viniendo por el vaivén de su cabeza que al girar le marcaba algunos músculos en los hombros que se adivinaban por encima de su camisa blanca. Y su rostro enrojeció, al sentir una intensa curiosidad, por ver más allá del par de botones sueltos.

En un segundo, el rubio detuvo su movimiento y abrió los ojos clavando su mirada con intensidad en ella, no dijo nada, pero su labio tiro de una de las comisuras, enseñando una sonrisa de lado que estremeció a Hermione de polo a polo. Ella, parpadeó avergonzada, y escondió sus ojos en su regazo.

—Tengo una idea —dijo ella, aclarándose la garganta y llevando nerviosamente su cabello tras la oreja—, existe una manera en la cual puedes saber todo lo está pasando mientras yo esté en casa de Andrómeda, sin exponerte.

—Dímelo entonces Granger —ordenó él, borrando el gesto burlón de su rostro—, lo que sea para poder estar al tanto mientras te encuentres fuera de aquí.

—Con esto, no vas a poder vernos, pero sí lograrás escucharnos.

Y revolviendo entre su bolsillo de su túnica, extrajo el pequeño escarabajo que batallaba patas arriba sobre la palma de su mano hasta girarse por completo y caminar por entre las líneas del destino que en algún punto de sus quiebres, unían el azar del uno con la otra, colisionándolos en esa bella coincidencia.

—Y qué se supone que haga con ese animal —replicó, con un ademan de desprecio en el mohín de sus labios, asqueado por el insecto.

—Simplemente debes llevarlo encima de ti, lo más cerca que puedas de tu oído. Yo cargaré a su hermano gemelo conmigo, de esa manera todo cuanto yo diga y oiga, será replicado por el gemelo que este contigo —ella sonreía complacida por su idea, ignorando el fastidio de Malfoy al imaginarse tocando el asqueroso insecto—. Te prometo que el plan funcionará a la perfección, tú estarás tranquilo y tendrás la información que necesites acerca de tus padres.

Por mucho que le desagradara la experiencia de portar cerca de su piel, a la alimaña de incontables patas que se movían con rapidez por encima de la mano de Hermione, debía admitir que hasta ahora era la mejor opción.

—Está bien, Granger —admitió, resignado ante la postura erguida y victoriosa de Hermione—, mañana me quedaré en la cabaña, escuchando atento lo que pase contigo mientras estés fuera.

—Sólo tienen un pequeño inconveniente —carraspeó la voz de Hagrid al otro lado de la sala, vestido con una enorme bata naranja similar una carpa de circo —, mañana Draco no podrá estar aquí, tengo una inspección del departamento de Criaturas por parte del Ministerio y pueden entrar a la cabaña en cualquier momento. Hermione, tendrás que esconder al chico en tu cuarto.

Los dos jóvenes cruzaron una mirada sin advertir, un brillo de curiosidad en los ojos de Draco y una sombra de nerviosismo en las pupilas de Hermione.

Por fin, el silenció se asentó en la pequeña casa. Hagrid desandando sobre sus pasos regresó a su habitación para tenderse en su cama, y echó una suave frazada sobre su voluminoso cuerpo, quedándose dormido minutos después con una sonrisa en el rostro por la pequeña mentira blanca que acababa de decir. Un día solo en su cabaña para dormir a sus anchas, valía todas las mentiras del mundo.


Draco, terminó de acomodarse las mangas de un jersey gris que definía su silueta a la perfección, dejándolo por fuera de un pantalón color avellana. Con dedos ágiles, introdujo los únicos tres botones ubicados en el pecho, en sus respectivos ojales para ultimar su vestuario.

Dirigiéndose a la cocina, su reflejo le devolvió una curiosa imagen en uno de los cristales de la impecable alacena. Un joven sonreía, luciendo como un completo muggle que tal vez podría ser un estudiante u ocupar cualquier trabajo, sea lo que fuere a lo que se dedicaran los no magos, un joven sin un bochornoso pasado y de seguro con un futuro alucinante. Le gustó su imagen, le motivó verse de aquella manera tan diferente a él mismo, tan parecido a Hermione.

Ladeó su cabeza viéndose desde diferentes ángulos, y no le importó despeinar un poco su organizado cabello para lucir un tanto más desinhibido. Ojalá le gustara así, hacia sólo unos minutos que la había visto partir a través de la chimenea, después de levantarse apresurada de su cama y despertarlo a él que yacía incómodamente recostado sobre la tabla del comedor.

Ahora en la cocina de Hagrid y con el tiempo en su contra, aprisa tomó la jaula de Benten que colgaba de su habitual lugar en la cocina aprisionándola entre su antebrazo y su torso, de un manotazo recogió la lata de comida del ave, y sacando su varita del bolsillo trasero del pantalón, transformó la cama de Hermione, que aún tenía su silueta formada en los relieves de las sábanas, en el viejo sofá del gigante y, finalmente, se apropió de su bolsa de ropa, eliminando así cualquier rastro de otro habitante en el renovado lugar. Sin más dilación, arrojó los polvos flu en la chimenea y con nerviosismo nombró la habitación de Hermione para ser conducido allí.

Inmediatamente desaparecieron las llamas verdes, lo desconcertó la potencia del olor de Hermione exacerbado por todo el lugar. Como un animal en cacería, desde su posición, olfateó el aire captando la procedencia de aquella fragancia, una tarea difícil dado que todo el aura de la habitación estaba pletórico por su presencia.

Extrañamente se sintió mareado, su visión no era borrosa, pero si era confusa, como si estuviera viendo las cosas desde afuera de su cuerpo. Dejó lo que traía en sus manos junto a la red flu, y se internó en el cuarto con intención de encontrar un lugar para sentarse, percatándose del lametazo escalofriante que rasgaba su columna y dejaba a su paso espasmos sudorosos en las palmas de las manos y en la base de las piernas.

Mientras caminaba un tanto tembloroso, no pudo ignorar ese mundo que abría ante sus ojos esa parte desconocida de Hermione que ella guardaba para sí misma y ocultaba del mundo, era como estar sumergido en su pequeño universo.

La cama, cubierta por una colcha de color azul y estampados de peces marinos, opacaba sus tonos vivaces por una lluvia de ropa que inundaba la superficie a diestra y siniestra, lo mismo hacían varios libros, bolsos y zapatos en el suelo. Curiosamente aunque sus pertenencias se esparcían por doquier, la habitación no lucia desordenada, había un orden dentro de ese caos que parecía ser Hermione Granger.

Introdujo sus manos en los bolsillos, dando abrigo al frio que le hacía tiritar los dientes que mascaban el aire con sabor a ella, y de paso evitaba la curiosidad de tomar con sus dedos cada cosa.

A medida sus pasos embotados, seguían esquivando objetos por el suelo, su boca se iba secando al llenar cada papila de su lengua con ese gusto agridulce, abrumador, su garganta descargaba débiles sonidos roncos y la respiración era más profunda, condenadamente necesitada, a sabiendas que en ese olor estaba la enfermedad y el antídoto a todo en su vida. Por eso no dudó en seguir el enloquecido aroma que tóxicamente se escurría por debajo de la puerta del baño, cuya hoja, se abrió en el momento justo en el cual Draco se acercaba con los ojos entrecerrados, como dominado por el hechizo del Amortentia.

Entonces ocurrió.

Las pupilas de Draco, se dilataron hasta dejar una fina línea de plata alrededor de un orbe negro y sin fondo que se llenaba con la visión de Hermione recién salida de la ducha. Sus hombros descubiertos emanaban ondas de vapor que parecían salir de las pecas de su piel, los rizos que Hermione trataba de recoger en un moño sobre su cabeza, escurrían gotas de agua sobre su cuello, descendían hacia su clavícula, y posteriormente se sumergían bajo la toalla siguiendo el sendero de su cuerpo oculto desde los senos y hasta la altura del muslo, donde más perlas liquidas salpicaban su piel morena.

Ella, se encogió estrujando el trozo de tela entre sus dedos liberando los rizos que rebotaron contra su espalda, avergonzada por la manera en la que Draco la observaba. No era solo la oscuridad en sus ojos, era el subir y bajar del pecho agitado del rubio, los labios ligeramente separados que enseñaban débilmente los incisivos que a simple vista, lucían más largos y afilados de lo habitual; sus hombros se encogían y apuntaban en dirección a Hermione como un ser a punto de atacar a su presa, su cabello caía tenebrosamente sobre su frente perlada sin ocultar del todo el cariz herido en la arruga de su entrecejo, como si se estuviera conteniendo dolorosamente para no lanzarse, para no moverse, para no sentir.

Su olor.

Era eso lo que ardía en la entrada de sus fosas y rasgaba la garganta como aire cargado de agujas. Ese mismo olor que lo lastimaba y le gritaba desde cada poro herido, que la atrapara, la hiciera suya y la poseyera de todas las maneras posibles. La sangre le hervía a grados demenciales y, los músculos de cada extremidad incrementaban su tamaño luciendo rígidos, tirantes, amenazadores. Un impulso animal salía a flote en el joven quien paulatinamente iba apangando todas sus funciones humanas, reservando el espacio vacío para la supremacía de dos instintos básicos: alimentarse y aparearse, y Draco en ese momento vivía la ansiedad de una confusa mezcla de ambos.

Y luego estaba ella, con ese rostro impávido por la sorpresa que reflejaba la ingenuidad de su alma y la inocencia de todo lo que provocaba en Malfoy, una cruel tentación entre lo divino y lo profano.

Algo debió advertir Hermione, en la fiereza de su postura medio encorvada e inclinada hacia adelante y, dejando el temor tras las olas de humo que ondeaban a su espalda, se acercó con una seguridad inquebrantable, sin vacilación en sus delicados pies descalzos mudos sobre la gruesa alfombra, sin acobardarse ni siquiera cuando de la garganta del chico manó un aullido lastimero, como si su parte humana se debatiera en aquel terrible lamento descargando a través del pliegue de sus labios y sus puntiagudos colmillos, el dolor que le producía perderse en su licantropía.

Ella lo sabía, a tan sólo un paso de distancia del rubio podía ver lo que los libros explicaban de manera escueta; la condición lobuna no sólo se manifestaba ante el brillo acusador de la luna llena, se hacía presente en pequeños episodios donde el impulso animal superaba el raciocinio natural, y serían desencadenados cuando el joven sintiera transgredido su territorio, percibiera en amenaza su vida, o como en ese momento, olfateara el derroche de feromonas por parte del objeto de su deseo.

—Draco —mumuró su nombre de manera consciente, clamando a la parte humana escondida en la inmensidad de sus ojos oscuros—, tranquilo, eres lo suficientemente fuerte para controlar esto. Juntos podemos.

De la manera más lenta posible, llevó una mano a entrelazar la de Draco, de cuyos dedos empezaban a surgir unas frías y gruesas garras que se mantuvieron intactas por la caricia y, con la otra mano, afirmó suavemente el nudo de la toalla sobre su pecho para después acunar la barbilla del joven quien amainó su rostro cuando la fragancia propia de Hermione se filtró sin calma por los agujeros de sus fosas, se deslizó con paciencia por los canales sinuosos de su sangre y trepó sin descanso hasta los recovecos de su cerebro donde logró hallar el paraje exacto en el que se ocultaba el lado racional del joven.

De repente, el característico olor de Hermione, se fue nublando sucesivamente y permitiendo únicamente a la dulzura colmar de su pureza la estancia.

Una inspiración profunda, alejó la arruga marcada de su frente, aclaró la oscuridad de sus pupilas iluminándolas con la plata de su iris, los filosos colmillos regresaron a su tamaño natural y las marcas fibrosas de sus músculos, se fueron desinflando, eliminando la rigidez de sus hombros, la tensión de sus brazos y devolviendo la forma de sus manos a la normalidad.

—Todo está bien, ya ha pasado —susurró ella, con el timbre de voz más grato posible—, ¿Te sientes mejor? —indagó, maravillada por el cambio.

—No lo sé, me siento confundido, ¿qué me pasó? —preguntó, parpadeando alarmado y aspirando la calma que la esencia azucarada de Hermione le proporcionaba.

—No ha sido nada —negó ella, trazando siluetas relajantes en la mejilla del rubio—, es sólo que eres un licántropo joven, sin mucha experiencia y aún no manejas los alcances de tu poder. Supongo que hay algunos detonantes a tu alrededor, activadores de tu lado…salvaje.

Un temblor sacudió al joven de los pies a la cabeza, bordeando las terminaciones nerviosas con el maldito pánico que siempre sentía, pánico de herir a alguien.

—¿Te he lastimado? —cuestionó él, presionando con más fuerza de la necesaria la mano de Hermione.

Con la mirada angustiosa, evaluó el cuerpo de la joven imaginando con una chispa de malicia en sus ojos, la desnudez bajo la toalla empapada que cubría parcialmente a la castaña, quien advirtiendo el hilo de sus pensamientos y sin contener la vergüenza apiñándose en su rostro, bajo la mirada hasta fijarse en los dedos de sus pies y retiro su mano del rostro del joven, para aferrar el trozo de tela sobre sus senos.

—No, no ha pasado nada, te lo digo en serio —aseguró sin mirarlo, lanzando sin quererlo una bocanada de su olor exquisito—, al parecer te desconectaste por un momento, le abriste un espacio al licántropo que vive en ti y me has mostrado parte de su aspecto.

—¿Te he asustado? —interrogó, con un hilo de voz, levantando la quijada de ella para obligarla a mirarlo, para comprobar con sus ojos la certeza o falsedad de sus afirmaciones.

—Ja, ya quisieras —bufó ella, suprimiendo la tensión—, no eres tan temible como crees. Eso me recuerda —se interrumpió, rompiendo el agarre y retrocediendo hacia el baño—, deberías trabajar en la poción matalobos, es el momento justo para empezar a prepararla. Los ingredientes están en la repisa de allí, puedes tomar lo que necesites.

Y, haciendo un paquete con algunas de las prendas amontonadas sobre su cama, desapareció tras la puerta del servicio.

Draco, se limitó a seguir la dirección indicada por la castaña, llegando a unas cuantas divisiones en las cuales reposaban una serie de frascos y recipientes de colores tornasolados, que se distinguían unos de otros con minúsculas notas en cada uno de ellos, en cuyas letras reconoció la amplia caligrafía de Hermione. Destapó con cuidado los mismos, arrancándoles el corcho con suavidad, evaluando los ingredientes, asombrándose de la calidad, consistencia y precisión de cada uno. Hermione, había ubicado todo lo que él necesitaba.

Su corazón dio un vuelco, y vibró a la par con su estómago que temblaba con cosquillas placenteras, ella lo tenía todo listo, todo planeado, todo por él; y se permitió sonreír, disfrutar de aquella fascinante sensación de felicidad e ilusión, tal vez, su vida no estaba destinada a ser miserable y solitaria, y como una afirmación a su esperanza, un graznido lo llamó desde la jaula, donde se mantenía abandonado Benten.

Así como él estaba dispuesto a salvar al ave, Hermione, parecía dispuesta a salvarlo a él.

Se dedicó a darle un par de mimos al ave, después de levantar la jaula del piso y llevarla al caótico escritorio de Hermione. Se escurrió sobre una abullonada silla de madera, con adornos arabescos en los reposabrazos, y sintió un terrible agotamiento en cada fibra de su cuerpo, como si hubiera hecho un gran esfuerzo del cuál no tenía memoria, casi parecido al cansancio que sentía después de transformarse, casi.

Sus ojos agotados, se clavaron en la perilla de la abertura del baño, cuyos visos dorados giraron para abrir la lámina de madera y mostrar tras ella a Hermione.

Su cabello caía en rizos organizados sobre uno de sus hombros, los cuales ahora se cubrían por un abrigo entallado color magenta, largo hasta la mitad de sus muslos. La parte inferior de su cuerpo, vestía un pantalón negro ceñido a la finura de sus piernas, descendiendo hacia un par de botas en cuero del mismo tono del pantalón. Hermione, fingió no darse cuenta del gesto extasiado del chico que jamás la vio más hermosa, el aliento se paralizó en su pecho, lugar en el que su corazón latía con celeridad mientras la observaba tomar un pequeño bolso que terció sobre su pecho y en cuyo interior dejo caer a uno de los escarabajos hermanos.

Se tomó su tiempo para cerrar el bolso y limpiar algunas motas negras que malograban su abrigo, al tiempo que sus ojos observaban de manera disimulada a Draco. Era prácticamente hipnótico, no podía mentirse a sí misma, había sido revelador observarlo en aquella fachada semi-humana, ser testigo de aquellos cambios que lejos de asustarla, la invitaban a quererlo, a conocerlo, a tenerlo. Adoraba verlo tan necesitado, tan débil y a la vez tan fuerte; era una imagen difícil de digerir. Además estaba el cuadro que le brindaba en ese momento, le agradaba hasta el extremo verlo con ropa muggle, sentado con la pierna cruzada en esa poltrona, y apoyando su mano sobre la mandíbula como si fuera un emperador moderno.

Necesitaba salir de allí.

Terminó su injustificada tarea y se dirigió hacia la puerta de la habitación, seguida por el chico quien se levantó en un puro acto de galantería. Frente a la salida, Hermione, exhibió el escarabajo gemelo sobre su mano, que fue observado con la más absoluta repulsión por parte de Draco.

—Éste se quedará contigo, recuerda, sólo necesitas mantenerlo cerca de ti y él hará todo el trabajo —y con voz autoritaria, ignorando el mohín de tristeza en el ceño de Draco, continuó—, no olvides preparar la poción, estamos en la semana justa para iniciarla y dejarla lista a tiempo para evitarnos accidentes. ¿Está bien?

Draco, afirmó con seguridad mientras unas nubes grises parecían formarse en lo turbio de sus ojos. Le dolía verla partir, era como si con ella se marchara la alegría, la paz, la vida. Su garganta se fue cerrando como un río que va perdiendo su caudal dejando paso a gotas tristes de nostalgia, que buscaban colarse a través de sus secos lagrimales. Tomó sin ganas el pequeño escarabajo, que camino con sus rasposas patitas sobre la piel fastidiada del rubio a quien parecía no importarle, al echarle un último vistazo a los ojos avellana de Hermione quien lo observaba con una argamasa de curiosidad y compasión.

—Adiós, Draco —se despidió, dándose la vuelta y tomando el pomo para abrir la puerta.

Fue un simple segundo, en el que el sonido de su nombre, llegó con una fuerza sísmica sacudiendo su cuerpo, sus miedos, sus prejuicios. Fue solo un segundo en el cual, él la agarró por un brazo, con fuerza pero sin lastimarla y la giró sobre su eje, la estrujó contra su pecho deseando introducirla allí para que no se le escapara nunca. Hundió su nariz entre los rizos desbocados, llenos de su locura agridulce, y con besos tiernos cubrió su cabeza con sus labios, dejó a sus dedos perderse entre el vaivén de cabellos infinitos entretanto su otra mano presionaba la cintura tensa de la castaña, no se detuvo, sus labios continuaron descendiendo por sus mejillas acaloradas y aprovechando la sorpresa de la boca débilmente abierta, le robó el sopló de asombro con sus labios, imprimiendo en ellos apenas la presencia de los suyos.

Hermione sintió la suavidad en su boca de aquellos labios presionando la humedad de los suyos con apremio, con un gusto a soledad y a miedo. El corazón parecía palpitarle en todo el cuerpo, en las rodillas que débiles se deshacían en temblores nerviosos, en los puños cerrados en torno a la tira de su bolso del cual halaba tontamente, esperando no caer por el vacío de alegría que dejaba sin suelo a sus pies y, finalmente el pulso retumbaba con fuerza en su cabeza, donde el barullo de emociones limpiaron su mente del habitual tráfico de ideas y le dejo a totalidad el espacio para memorizar la textura de sus labios gruesos.

El contacto duro, cinco segundos, tal vez diez, y fue deshecho por un Draco frustrado. No quería sentirse rechazado, no podía ver el repudio que imaginaba se estaría formando en los ojos de Hermione, no tenía la fuerza para soportar el asco que suponía dibujaban los labios de la castaña al haber recibido su beso, y dándose la vuela para evitarse el desdén, se despidió diciéndole.

—Cuídate, te lo suplico.


Holiiiii.

Tiempo sin leernos. Bueno como habrán leído en mi perfil de Facebook Sta Granger, tuve algunas complicaciones técnicas, mi computador ha estado fallando y me tuvo un tiempito castigada sin dejarme escribir, he logrado recuperar los archivos, y escrito algo a mano, y bueno, al fin salió esto

Graciaaaas, de verdad por todo su apoyo, su paciencia, su comprensión. Es lindo para mí, saber que esperan esta historia y le tienen tanto cariño como yo.

Un abracito especial a quienes me dejaron su review en el capítulo anterior loremmac, Alice1420, Jane Malfoy G, Natdrac, JeAn Tonks BaEs, johannna, Athenea-Eris, Anis24, Marycielo Felton, marfelton, Nitaws Nathy Malfoy Granger.

Este capítulo por supuesto es para todos ustedes que me leen, y en especial a JeAn Tonks BaEs quien estuvo de cumpleaños hace poco, Feliz Cumple Jessi.

Me he hecho una página con el nombre de Sta Granger, por si quieren seguirla ahí estaré publicando algunas encuestas, adelantos de las historias y bueno, lo que se me vaya ocurriendo.

Un abracito enorme

No sean crueles y déjenme un review :3.

Sta Granger.