Encuentro


Kingsley revolotea medio confuso entre los despachos del Ministerio, el gorro le cae un tanto ladeado por su brillante cabeza y la túnica se descuelga sin gracia por uno de sus brazos.

Varios aurores y empleados caminan a velocidad entre los cubículos de su abarrotado piso. El hombre, tenuemente pálido y visiblemente molesto, no ha logrado librarse de la incómoda sensación de haber sido burlado y pese a que todas las pruebas apuntan a la inocencia de Draco y la mentira de Ronald, necesita algo más que lo respalde.

Al llegar a su despacho, su mirada perdida, se encuentra con la firmeza de los ojos resentidos de Harry, acompañado por el auror Bernie. La inmensa estancia, se ve reducida por la cantidad de estantes abarrotados de libros, extraños frascos, y baúles de distintos tamaños crípticamente sellados.

En un par de zancadas el hombre avanza hasta su escritorio, donde reposa el brillante pensadero y junto a este, unos sencillos recipientes de cristal cuyo interior contienen los recuerdos robados por Harry a Draco.

—¿Son estos? —indaga Kingsley, señalando con sus gruesos dedos morenos las pequeñas botellas.

—Los recuerdos de Potter —afirma Bernie, entre una maraña de barba que oculta su boca contrastando a gracia con las brillantes entradas que flanquean su cabeza

Kingsley apresa uno de los envases entre sus manos y ve a través del líquido que parece cobrar vida propia entre sombras y figuras blanquecinas.

—¿Los ha revisado? —indaga con autoritarismo.

—No señor Ministro —replica el hombre, elevando sus peludas cejas.

—Bien, déjeme solo con Potter.

El grueso hombre se levanta con dificultad, y con pasos pesados atraviesa la estancia, desapareciendo tras la puerta.

Sin darle más preámbulos a la situación, Kingsley retira el tapón del frasco que se abre con un sonido de succión y con ceño severo evalúa a Harry antes de sumergir el enojo de sus ojos entre la centelleante agua.

El chico cuenta los minutos, permanece sentado con las manos estrujando sus rodillas manteniéndolas firmes para no juguetear con el zapateo de sus pies que pugnan por moverse nerviosos ante su destino.

En el avance de la mañana ha tenido el suficiente tiempo para meditar sobre lo acontecido, «los recuerdos son fáciles de manipular», se ha repetido en varias ocasiones al rememorar las imágenes hurtadas de la mente a Malfoy, sin embargo con la repetición de las mismas una y otra vez en su cabeza, como una canción demasiado pegajosa para desprenderse de ella, cada vez las imágenes son más fuertes, más vividas, indiscutiblemente reales.

Y han cobrado una completa autenticidad en el momento de ser entregadas a su compañero. El efecto ha sido devastadoramente intenso, se ha visto en el lugar de Draco leyendo la invitación viendo con dolorosa resignación la fecha de una boda que aguijonea en el límite de su estómago y como una filosa punta de flecha, se estaca en el corazón al leer el nombre de Hermione Granger. Percibe la furia en el trozo de papel arrugado entre sus dedos, como malformando ese estúpido sentimiento que lleva años habitando en su ser y con el que a pesar de las luchas por destruirlo parece superarlo.

No sabe si Kingsley, sumergido entre el pensadero, entenderá la intensidad del sentimiento, que él ya no puede ignorar.

Los brazos del Ministro que se aferran al escritorio, lo impulsan para sacar su cabeza de la fuente de recuerdos. Un suspiro, medio aliviado, medio resignado levanta su pecho y fija la mirada nuevamente en Harry.

—¿Qué has sentido? —pregunta conociendo que sólo el raptor del recuerdo, lo vive.

—He sentido que es real —murmura Harry, arrepentido.

Descuelga la cabeza abrumado por una verdad que se ha negado a aceptar desde el principio, suspira culpable porque ha creado un abismo entre Hermione y él, al darle prioridad a una sata de cuentos y mentiras creados por Ron, con el simple animo de manipular, de salirse con la suya sin importarle a quién se lleva por delante, a quién deja rezagado y a quién va sepultando con sus pasos inseguros y sus artimañas deshonestas.

Y eso es lo que más le duele.

Le dio credibilidad a la parte equivocada de la historia y esto seguramente le va a hacer perder a sus dos mejores amigos.

—¿Qué vamos a hacer Potter? —indaga el hombre, restregándose el entrecejo con una de sus manos.

—Atrapar a Ronald, tendremos que usar veritaserum, estoy seguro que no hablara con la verdad por voluntad propia —responde con nostalgia en la voz y el rostro ligeramente oculto entre los hombros.

—Sí, tiene razón. Sin embargo necesitaremos un par de pruebas más para desbaratar este circo que hemos armado. Vamos a San Mungo, debo revisar los recuerdos de la chica Granger.


Hermione atraviesa la hoja de madera, con el corazón encaramado en su garganta. Cubre con vergüenza la abertura trasera de su bata que deja entrever un insípido calzón blanco mientras que su mano libre sujeta con firmeza la varita hurtada a Ronald tiempo atrás, la misma varita que le ha servido para abrir la puerta de su habitación, seguir parte del rastro dejado por su patronus y extraviarse por el hospital hasta ser ayudada por Luna.

Sus ojos rodean con ansias el pequeño consultorio que tiene tres ocupantes, dos a la expectativa de su llegada. Sólo lo ve a él, y es todo lo que necesita para que el corazón se deslice con prisa a su lugar y empiece su acelerado movimiento al compás de sus piernas que la arrojan hacia Draco.

Ignora a Narcissa sentada junto al joven que la observa sorprendida con los ojos aún marcados por el llanto previo y desatiende a Lucius que permanece dormido en una silla gracias al hechizo de su esposa.

La varita cae en el camino y sus manos ya no se preocupan por cubrir su espalda, los dedos viajan veloces a recorrer tramo a tramo las facciones de Draco, tendido en la cama, que la observa aliviado con los ojos más brillantes que le ha visto su madre. No se dicen nada, les basta llenar sus pupilas con la presencia del otro para estar completos y cuando los ojos no son suficientes sus labios hablan en medio de un beso mudo que se expresa a través de las lenguas encontrándose después de tanto tiempo, con una avidez desesperante por recuperar las horas perdidas.

Hermione, entrecierra sus manos alrededor de las facciones afiladas de Draco, como una afirmación al sentido del tacto que él se halla ahí y no es un producto de su necesitada imaginación. Siente su aliento entre las pausas que se permiten para respirar y nuevamente sucumbe ante la boca ansiosa de Draco que se apodera de la suya, la lengua que la invade saboreando sus labios, su paladar y todo lo que allí pueda encontrar para recuperar su sabor, para devolverse los besos guardados, los suspiros extraviados, las caricias encerradas.

Caricias.

Con reticencia Hermione se aparta, porque no ha sentido el roce de Draco en ninguna parte de su cuerpo, y eso, no es admisible. Ante el panorama más amplio, la castaña divisa los crueles hilos que se ciñen contra él limitándolo en la necesaria tarea de abrazarla, también con el rabillo del ojo alcanza a percibir una presencia oscura que no había advertido con anterioridad; su cabeza se levanta y un corrientazo de susto la atraviesa de punta a punta.

Narcissa Malfoy, se halla de pie, junto a la cama donde previamente estaba sentada. La tensión transita por todo su cuerpo y un cariz incomodo se aloja en sus ojos que no atinan a mirar a ninguno de los jóvenes. No es sencillo.

—Si usted desea puedo llevarme a su esposo —ofrece Luna que se ha quedado relegada junto a la puerta, vigilando el exterior—, deben tener mucho por hablar.

Narcissa parpadea confusa, no había sido consciente de la presencia de la rubia y, despliega una mirada de agradecimiento a Luna. Definitivamente necesita tiempo y espacio para digerir lo que por años se ha obligado a negarse.

Con la paciencia de una madre a su hijo, la rubia toma a Lucius por el brazo y lo despierta del encantamiento que lo mantiene con la cabeza descolgada y los ojos bien sellados. Él, entretenido con la maraña de cabello rubio y los pelillos de la pluma que cuelga de sus rizos, se deja conducir hasta el exterior de la pequeña estancia. Antes de que la puerta se cierre a sus espaldas, Luna menciona.

—Si alguien pregunta, yo me fui con Lucius antes que Hermione apareciera.

Los tres asienten, y Hermione incapaz de levantar el rostro ante Narcissa mas por respeto que por miedo, detalla la varita que ha dejado caer a su paso, se lanza hacia ella con premura y con una seguridad que va apropiándose de cada minúscula parte en su ser, pronuncia el hechizo que va deshilvanando los incomodos lazos.

Inmediatamente, Draco, se siente liberado. Envía lejos de su alcance las desvanecidas sábanas que lo cubren y su madre abre los brazos esperando la llegada de su hijo, los cuales se quedan vacíos pues él ha decidido aferrar entre los suyos a Hermione y pagarle todos las caricias con las que estaba en deuda, sus manos acunan las concavidades del rostro de Hermione y ella se aferra a él como al mástil de un barco que llevaba mucho tiempo a la deriva.

Pasan un minuto, o dos enredados el uno en el otro, ignorando el paso del tiempo, la presencia de Narcissa y la casi palpable desnudez bajo las diluidas batas. Sólo quieren verificar el latir de ambos corazones que se estrellan el uno contra el otro en los pechos de ambos, y probar nuevamente los besos que saben a nostalgia, a recuerdos, a vida.

Entonces, el carraspeo de una garganta los devuelve al incómodo presente, y como dos imanes repelidos se separan sin desligar las manos entrelazadas.

—Madre, ella es Hermione Granger —presenta Malfoy, sabiendo de antemano que su madre conoce ese nombre y ese rostro de sobra.

—Gusto en conocerla —contesta la mujer, alargando su brazo por encima de la cama que los separa para cerrar su mano en un apretón fuerte que se disuelve rápidamente.

Los tres se quedan de pie, los dos jóvenes observando a Narcissa con expectación y ella regresa la mirada con algo de prevención, en ese punto le cuesta entender si la nobleza de Hermione es tan alta que llega al tope de perdonar tanto daño ocasionado en el pasado, y la molesta incertidumbre se instala en su estómago, se mueve a través del torrente sanguíneo y le sube a la cabeza llena de dudas, malos pensamientos, y desconfianza.

Con ademanes elegantes se sienta sobre la cama, acomodando su largo abrigo negro por encima de las piernas.

—Entonces, ¿es cierto? —empieza la mujer, indicándoles un espacio en la cama para que también se ubiquen—, ustedes están juntos y no ha existido manipulación alguna.

—Si madre —responde él, sentándose y recibiendo la espalda de Hermione sobre su pecho en medio de un abrazo.

Narcissa se mantiene estática, casi parece una escultura hecha porcelana con su rostro inmune a la emoción al ver a la joven entregarse a los brazos de su hijo, quien los cierra alrededor de su cintura de manera posesiva, enseñándole a su madre que tanto el uno como el otro se pertenecen. La mujer, pasa saliva viendo el paso de los años que no mancillan la lozanía de su piel, pero son evidentes en la independencia de Draco. Su pequeño niño es ahora todo un hombre.

—Y ¿qué tan seria es su relación? —separa sus labios rojos para preguntar—, ¿cuándo pensabas decírmelo Draco?

—La relación es tan seria madre, que pronto el anillo de la familia estará fijo en el anular de Hermione.

La casual propuesta sonroja a la castaña desde la raíz del cabello hasta la base de su garganta y una risa nerviosa se escapa por entre los labios. Por su parte, Narcissa, cuadra los hombros de manera rígida, se revuelve sobre la cama produciendo un crujido en el tableado de la cama, mientras una mueca velada no se oculta en su boca mostrando parte de su incomodidad.

—Y con respecto a tu segunda pregunta —continua Draco, depositando un beso en el cuello de la chica que se estremece bajo sus labios—, no sabía cuál sería tu reacción al respecto. Siendo sinceros madre, Hermione no es el tipo de pareja que imaginabas para mi vida, así que no crei en un principio que te afectara ser partícipe de nuestra relación. Quería tiempo con ella, para resolver nuestro pasado, siento que aún necesito su perdón por demasiadas cosas. No quería agregarle una suegra en desacuerdo a la situación.

La rubia asiente, detallando las costuras de las sábanas sobre las que se sienta y apresa una que otra mota entre sus uñas rojas deshaciéndose de la fealdad de la tela. Un viso sombrío se cala en el azul de sus ojos y conteniendo su expresión, arroja la única partícula que no le cuadra en aquel romance.

—Además, está comprometida con el chico Weasley —expresa con tono neutro y sin levantar los ojos del tendido.

—¡Él es quien nos tiene internos en este hospital!—chilla Hermione con indignación, llamando la atención de los asombrados ojos de Narcissa —, es un egoísta, insensible y no me casaría con él bajo ninguna circunstancia.

Consciente que no se ganará el respeto de la mujer a punta de expresarle sus dramas y desilusiones, sujeta con fuerza las manos de Draco bajo sus dedos, vistiendo su gesto de frialdad y arrogancia para continuar su discurso.

—Sé que no he tomado las decisiones más acertadas en mi relación con Draco, hace tiempo debí anunciar la disolución del compromiso con Ronald y cortar aquel noviazgo por lo sano. Sin embargo, no me arrepiento de mis elecciones, y estoy completamente segura que Draco piensa igual que yo.

El rubio asiente por toda respuesta, y sus ojos se contaminan de un indescriptible orgullo por la entereza de Hermione, su madre es intimidante en todo el sentido de la palabra y pese a ello, la castaña mantiene una dosis de aplomo digna de un Slytherin.

—Por supuesto, no querías abandonar una relación sin tener a mi hijo asegurado —interrumpe Narcissa, con gesto adusto.

Draco, tensa su afilada mandíbula ante la inoportuna afirmación de su madre y está a punto de rebatir cuando es interrumpido por la dura voz de Hermione

—No voy a entrar a explicar algo que sólo nos incumbe a su hijo y a mí —espeta ella, haciendo retroceder unos cuantos centímetros a Narcissa en su lugar—, usted debe de una vez por todas, aprender a respetar y a no hacer suposiciones incorrectas. Tenga en cuenta que no es cuestión de asegurar a Draco sino de sentirme segura con él, usted más que nadie sabrá que su familia no ha sido muy amable con los de mi tipo, sangre sucia como solían llamarnos. Tenía mis reservas.

Narcissa, no logra disimular el temblor en sus labios y todos los argumentos se le escapan por la garganta, tragando una saliva agria y espesa. Nota los hombros encogidos en su hijo y un viso de tristeza que asoma en el gris de sus ojos, como un cielo cargado de nubes a punto de estallar en lluvia. No quiere hacerlo llover, no desea ser la causante de más tristezas y fracasos en Draco. Estrujando toda la carga de orgullo bajo sus manos entre la sábana, descuelga los hombros e inclina su cabeza en el más claro acto de sumisión.

—Discúlpame. No quise ser grosera —se excusa Narcissa y sus manos de porcelana se acercan cerrándose contra el antebrazo de Hermione—, te pido comprensión, Draco es prácticamente lo único que me queda. No quiero verlo sufrir más.

Hermione asiente, su expresión molesta se va desmoronando para dar cabida a la indulgencia y, su pequeña mano se posa sobre la de la mujer.

—Yo tampoco busco hacerle daño —asegura Hermione, enrojeciendo nuevamente por la confesión.

—Sé que estará en buenas manos contigo, vi lo que hiciste con el patronus y decir que fue asombroso es quedarme corta.

Hermione sonríe, sintiendo la caricia de los labios de Draco sobre su cuello, quien recuerda la imagen del dragón, la avasalladora paz que condujo el halito de su figura, el enloquecido palpitar de su corazón al escuchar la voz de Hermione, la deslumbrante claridad que llevo luz a los rincones oscuros de su memoria; pero sobretodo, retumba en su cabeza la frase que nunca le había escuchado decir: «Te amo».

Esta seguro que le debe a esa corta oración su repentina mejoría, porque a pesar de sus citas y de sus efímeros momentos íntimos, Hermione, se había mantenido inflexible a expresar ese inmenso sentimiento que él tanto necesitaba escuchar.

Por fin se siente satisfecho, y un suspiro se enreda en los mechones rizados de la joven impregnado con el inolvidable aliento de Draco. Ella, aprisiona los brazos de este contra su cintura, deseando con todas la fuerzas de su ser que su contacto nunca termine, que ese abrazo los mantenga como uno solo, como siempre debieron estar.

Narcissa, encuentra el momento tan íntimo, tan necesario entre los dos, que sus piernas se van alejando hacia la puerta y en medio de una corriente de aire se desliza hacia el pasillo para dejarlos en soledad.

Apenas se percatan de la ausencia de la mujer, los besos regresan como un torrente de agua que no cesa, caen sobre la garganta, en medio de los ojos, a través de la ropa.

Se derrumban tendidos frente a frente en la cama, y como los brazos parecen no ser suficientes para envolverse, las piernas se entrelazan ayudando a la memoria de la piel a recordar la calidez del otro, las curvas, cadencias y texturas de ambos cuerpos. Se evalúan nuevamente, se recorren con los ojos y con los dedos, verificando que cada cosa continúa en su lugar y que se siente de la misma manera que antes.

Draco pega su nariz al cuello de Hermione inhalando con deleite su aroma, un par de mordiscos se dibujan y desaparecen con prontitud de la garganta de la castaña que se deja invadir por un evidente escalofrío. Abre los ojos para perderlos en el rubio cabello desordenado y fijarse en esa maldad alojada la plata de sus ojos que reluce ante la imagen de las mejillas rosadas y el agitado respirar de la castaña.

Advierte la sonrisa de Draco extenderse sobre la piel de su quijada y sus labios se abren para recibirlo nuevamente en su boca, el beso es lento, dedicado, abrasador. El calor resbala desde su rostro hacia su pecho, lugar que ha escogido Draco para desplegar su mano, acoger su seno entre la palma detallando la forma de su pezón que se levanta ante su toque y va descendiendo por todo su abdomen de manera lenta, tortuosa viendo el ceño fruncido de Hermione que urge por sus manos. Sus dedos llegan hasta los filos de sus caderas aferrándolas con fiereza y pegándose a ellas. La necesita más de lo que imaginaba.

Ella, ha descongelado sus brazos que permanecían inertes y también busca con ellos rodearlo, sintiendo la tensión de su espalda, la rigidez de su columna y la dureza en el sur de su cuerpo, ahora el fuego se expande por todo su cuerpo haciendo combustión en cada uno de sus músculos.

Los sentidos de ella, se van apagando paulatinamente para dejar espacio a lo vital, al tacto que acaricia la espalda desnuda del rubio bajo la bata y el olfato que se llena con el aliento de su beso. Se va dejando inundar por esa humedad que llega tan rápido cuando se trata de él y sus piernas se van separando para envolverlo entre ellas descubriendo así la abertura de su bata por la que se cuela la mano de Draco sobre su ropa interior, la sostiene por el muslo y su pulgar se escabulle hasta esa cavidad entre la cadera y el abdomen que la hace contraer hasta el límite y empujar las mismas hacia él.

La separación de días atrás parece mentira cuando lo siente tan real, tan próximo, tan suyo. Lo ve girarse para acomodarse sobre ella, y pierde el aliento cuando sus finos dedos se van escurriendo por debajo de su bata y se introducen aislando la tela de su prenda interior, como una serpiente su mano zigzaguea bajando por el pubis que se levanta para ser acariciado en ese punto que quiere estallar con el primer contacto.

Un gemido aprisionado entre sus labios se alcanza a escuchar por encima de las jadeantes respiraciones de ambos cuando la embriagante humedad se esparce por toda su intimidad, mientras sus ojos grises se clavan en ella con un apetito que extrañaba ver, puede sentir su rostro contraerse concentrado como reacción a su mirada y ante el movimiento circular de los dedos de Draco que la llevan al límite de una manera demencial, como si conociera la frecuencia exacta, la presión justa.

Ve los dientes de Draco morderse el labio, y sus manos se aferran, suplicantes al cuello del rubio, estrujando la bata, arañándole el cuello, enredándose en su pelo, se sujeta a lo que puede porque está al borde de ese abismo entre la cordura y la imprudencia. Sus piernas se separan un poco más, dándole acceso total al tacto que juguetea curioso, el movimiento inquieto de sus dedos pasea entre su centro de placer y se escabullen de manera lenta y tortuosa en el quiebre de su intimidad.

El juego es alucinante, comprime, desinhibe y el aire se nubla de sonidos que sólo Draco sabe reconocer y disfrutar. Su ceño fruncido, sus ojos ardientes fijos en el rostro de ella que se encienden un poco más con sus uñas clavadas en la piel, con su aliento pegándole en el rostro, motivándolo, guiándolo acrecentando su toque hasta que la sensación vertiginosa se apodera de Hermione y cierra sus piernas para aprisionarlo, para que los placenteros espasmos se rieguen a través de su espalda, recorran sus piernas y terminen en su boca en un jadeo que se oculta por la boca de Draco que nuevamente se apodera de ella.

—Te amo —susurra ella, con el cabello hecho un nudo contra la cama y nota la explosión de color producida en el mercurio de sus ojos al escuchar sus palabras.

Agotada, con las piernas aun entumecidas por la sensación de vacío que las hace temblar, quiere hacerle vivir lo mismo. Desea verlo perderse entre su mirada y robarse los jadeos que son sólo suyos. Sus manos ansiosas descienden por el abdomen del rubio que la observa con las pupilas insanamente dilatadas, un gruñido mana entre su garganta al sentir la atención del roce sobre su miembro, por debajo de la ropa.

Ahora es el turno de ella de tener el control, deja caer su peso sobre el costado y con su mano libre obliga a Draco a tenderse sobre la cama. Él, se deja hacer perdiendo su voluntad, su fiereza y toda la razón cuando siente la tibieza de sus dedos juguetear con el elástico de sus boxers, Hermione lo baja lentamente, como si el tiempo no jugara en su contra, como si Narcissa no esperará afuera un par de habitaciones cerca de allí. Finalmente se compadece de la voz jadeante de Draco que murmura un par de palabras que ella no sabe entender y desliza la prenda por encima del muslo.

La respiración ha quedado contenida en los labios del rubio ante la cálida mano de Hermione quién con suaves movimientos va recorriendo la dureza de su intimidad, lo siente agrandarse bajo sus dedos y con su boca apresa los suspiros entrecortados que se van haciendo más audibles, más necesitados con el incremento de la velocidad de sus dedos y la presión de su agarre, quiere ver el quiebre de su voluntad, el gesto perdido que ablanda el metal de sus ojos con la destreza en sus manos.

Lo mira, lo recorre con esos ojos castaños que adquieren un tono rojizo al tener el poder, entiende en el entrecejo fruncido que desea aguantar, que quiere prolongar esos chispazos de placer que se extienden por su abdomen, tensionan los hombros bajo la bata, ahogan la voz entre los gruñidos de la garganta y dilatan las pupilas de sus ojos que la observan hasta dejar un fino reborde glacial que se extiende de la misma manera que su miembro no soporta más. La cadera puja, su rostro se contrae y la explosión, es inevitable.

Ella sonríe, sin vergüenza, sin temor, su gesto es más bien una mezcla de adorable picardía, que se deja caer sobre él. Lo deja recuperar el aliento, cubrir su intimidad hasta que todo regresa a su lugar, a excepción de esa inconfundible sensación de haber abandonado el cuerpo, visitado el paraíso y volver a ocuparlo en un insuperable sosiego.

Un fuerte golpe contra la puerta retumba sobre la hoja de madera, y su eco estremece a través de los corazones asustados de ambos jóvenes que se han sentado sobre la cama, expectantes, pálidos, trémulos.

Sus manos se conectan en un agarre que las hace parecer sólo una, es entonces cuando un par de sonoras risas se explaya por los pasillos del hospital y más sonidos secos se escuchan por el pasillo. Al parecer una serie de bromas y juegos entre los sanadores del hospital que esquivan los muérdagos que aparecen y desaparecen por doquier para evitar ser víctimas de un beso.

Poco a poco, la respiración se va recuperando, el calor va descendiendo y los jadeos opacando. La travesura ha sido realizada.

Aliviados, se lazan de lado sobre la cama, suspirando de alivio como dos adolescentes que se han salvado de ser sorprendidos cuando se dedican al amor. Hermione, traza caminos sobre las delicadas hebras de plata del cabello del joven que cierra los ojos y se maravilla por la suavidad de su caricia.

—Te extrañé —susurra aprisionando con sus ojos las pupilas de litio que se abren para iluminarlo todo y, con la ansiedad de la primera palabra dicha su boca no sabe callar—, no podía estar más tiempo sin saber de ti. Debí hacerte caso y anunciar la cancelación de la boda, no pensé que todo llegara tan lejos. No imaginé los alcances de Ron. Este hospital es horrible, me dijeron que habías perdido la memoria.

—Tranquila —murmura él, sellando los parpados de ella con un beso—, no hay nada que hacer al respecto, ahora que estamos juntos todo estará bien.

—No creo que estemos bien —refuta ella, con tono desesperado entrecerrando sus dedos con angustia en la bata de Draco—, ellos no creen que lo nuestro es real, argumentan que estoy bajo un hechizo que has inventado, quién sabe para qué "maléficos planes". Eso les hizo creer el muy cobarde de Ronald. Debemos huir ahora que podemos, escondernos por un tiempo hasta que las cosas se calmen, o hasta que por lo menos encontremos la manera de defendernos por la ley.

—No vamos a escondernos —sentencia Draco, y la combinación de la convicción en sus ojos con la seguridad de su voz se impone por encima del pánico—. Hermione, por escondernos es que las cosas se han salido de control; por ocultarnos hemos sido aislados, tildados de locos; juzgados como marioneta y titiritero, definitivamente la solución no es esa.

—Entonces necesitamos un plan —secunda ella, llevando un mechón de cabello tras su oreja, sin percatarse de la sonrisa que asoma por los labios de Draco al verla con toda su concentración plasmada en la contracción de su nariz—-. Supongo que tu madre aún tendrá bastantes influencias, vamos a necesitar sus contactos y todo el ruido del que seamos capaces de hacer. No me importa exponerme, aunque me vean como una infiel, roba fortunas o como quieran llamarme.

—Esa es mi insufrible sabelotodo —felicita Draco, robándole un beso de los labios fruncidos por el sobrenombre.

—Entonces ¿vamos? —pregunta ella, extendiendo una mano para llevarlo al exterior.


En un manchón de colores y seguido de un sonoro estruendo, los dos hombres se aparecieron en la recepción del hospital. Allí, permanece la joven de facciones asiáticas que tanto había llamado la atención de Harry, y de la que ahora sólo desea ocultarse. La vergüenza de haber sido abofeteado por Narcissa Malfoy, aún le hace enrojecer las mejillas y parte del cuello.

Ninguno de los dos necesita hacerse anunciar, caminan con decisión y con el conocimiento previo de su destino se mueven esquivando algunos pacientes que han decidido salir a dar un paseo y probar las galletas navideñas que se hornean en las cocinas del hospital.

Uno de ellos, señala hacia el techo con un envejecido dedo y cubre su sonrisa desdentada para ocultar la risa. Un muérdago, de características mágicas parece seguir a la pareja de hombres y en corrillo varios pacientes corean a la vez «Beso, beso»

Ambos ignoran las voces que aclaman una muestra de afecto por parte de ellos, y aumentan la prisa de sus pasos hasta llegar al despacho de Waas. Antes que la puerta sea deslizada, Kingsley dirige su varita al muérdago y con un hechizo no verbal lo hace desaparecer dejando un rastro de ceniza flotante.

La sanadora aparece tras la lámina de madera y su gesto es una mezcla de alivio y cansancio que acrecenta las arrugas de su envejecido rostro. Con un gesto de cabeza los invita a seguir, para que le hagan compañía al matrimonio Granger y a Ginny que aún permanece ahí, sin acabar de entender las explicaciones de Waas.

Después de las presentaciones pertinentes, de los abrazos a Harry por parte de los padres de Hermione que lo conocen de hace tiempo y de un frio beso en la mejilla con Ginny. La sanadora, retoma la vocería.

—Verá, señor Ministro, estaba explicándoles a los señores Granger los motivos por los cuales su hija se encuentra aquí y compartiendo con ellos los resultados médicos de la señorita Hermione —simplifica, observándolo por encima de los lentes, e ignorando el gesto de molestia en el rostro de Kingsley por no ser el primero en conocer su diagnóstico.

—Y ¿qué ha podido encontrar? —cuestiona Harry, pasando las plantas de las manos varias veces por la curva de sus rodillas.

—Nada —contesta Waas, entregando un folio medico al joven—, no hay rastros de poción alguna, no quedan rezagos de algún hechizo y lo único que tengo pendiente por descartar son los recuerdos que la señorita Hermione voluntariamente le ha dado a mi aprendiz.

—Entonces ¿por qué nuestra hija sigue aquí, si no tiene nada? —indaga Janice, observando a la sanadora entregarle un par de frascos a Kingsley, quien contesta la pregunta.

—Lo que sucede señora Granger, es que la magia se puede usar de múltiples formas, y no todas ellas se pueden evaluar en el cuerpo del paciente. A veces, es necesario un examen más exhaustivo que nos permita ver el interior de la mente del afectado, hacer comparaciones y discernir si verdaderamente ha habido un hechizo de por medio.

—Como una prueba psicológica —relaciona Rogert.

—Algo así —responde Harry, al ver la confusión en el rostro de los magos—, sólo que nosotros podemos ver los pensamientos que ha tenido una persona en un momento exacto.

Las cejas de ambos padres se levantan con asombro, y la curiosidad se dibuja en una sonrisa en Janice al ver el orbe plateado del pensadero, levitar sobre sus cabezas, y posarse sin que nadie la detenga sobre el escritorio de la sanadora. Ven a Kingsley derramar el líquido blanquecino al interior del recipiente e introducir su rostro, como si de baños de vapor se trataran.

—En esos pequeños frascos, están algunos recuerdos de Hermione —explica Ginny, al ver la confusión de la pareja—, son las memorias que ella ha tenido con respecto al señor Malfoy de los últimos días. El señor ministro ahora, está viendo a través de ese recipiente lo que ha visto Hermione, y podrá entender así, si ella ha sido manipulada o no.

—Pero esa es una total invasión a la privacidad de mi hija —refuta Rogert, poniéndose de pie y gesticulando de forma excesiva—, ustedes, la están espiando y lo que es aún peor, desde adentro, desde lo más íntimo de ella, analizando sus creencias, evaluando sus experiencias. ¿Cómo pueden juzgar lo que es real y lo que no?, no creo que su magia llegue a tales niveles.

Harry lo escucha y sus labios se contraen, culpables. Ojalá hubiera escuchado el discurso de Rogert antes de ocupar su mente de incredulidad y su corazón de soberbia. Quiere explicarle lo que él mismo ha sentido en carne propia.

—Porque al tomar los recuerdos de manera voluntaria de una persona, no solamente se transmiten imágenes —sonrío Harry de manera triste—, también se viven las emociones que ha tenido la persona durante ese momento, se sienten en el cuerpo como si fueran propias.

Sus palabras quedan descolgadas en el aire, dejando una exhalación helada comparable con la fría nieve que se veía caer en exceso a través de una pequeña ventana. La mirada de Harry se pierde entre los gruesos copos que le hacen recordar sus navidades en compañía de Hermione, de seguro serán unos de los recuerdos más bellos que jamás volverá a repetir. No merece el perdón de Hermione.

El matrimonio Granger se acerca paulatinamente uno contra el otro, buscando cobijo en esa otra mitad que bien entiende la angustia que apresa su apabullado corazón. No les importan los hechizos, las pociones o las maldiciones, no les interesa si su hija ha sido manipulada, tienen la seguridad que ha sido amada, porque a pesar de lo obtuso de su carta, el sólo hecho de manifestar su deseo de cancelar el matrimonio ya les ha dicho a ellos lo que mucho tiempo atrás ellos habían descubierto: su hija no era feliz.

La seriedad se dibuja en el rostro de Kingsley al levantar su rostro del pensadero. El líquido en su interior se va apagando al perder su función, y el recipiente atraviesa la habitación y se esconde en uno de los rincones del pequeño consultorio.

Los padres de Hermione aferran sus manos, soportando la angustia de su pulso desbocado, a pesar de conocer la verdad temen que esta siga siendo oculta para los demás.

—Y bien —corta Ginny el silencio, con voz demandante—, díganos ¿qué ha visto?

El Ministro toma una ardua inspiración de aire al sentir la ligera palidez que emblanquece sus labios y los pulmones que se le van reduciendo ante el gran tamaño de las pruebas.

—Hemos cometido una terrible equivocación —replica el hombre, viendo el gesto aliviado en los padres de Hermione y la evidente preocupación ensombrecer el semblante de Harry.


Holiiiiiii.

Por aquí ando publicando otra entrega de La Invitación, supongo que me merezco todo el amor del mundo por este capítulo, me he esforzado para que tengan algo de ese frutillo acido que tanto les gusta.

Perdónenme si tiene errores o cosillas para corregir la verdad he tenido un montón de cosas está semana y apenas he tenido tiempo para arreglar detalles. Igual les agradezco su paciencia, su cariño y su entrega con esta historia.

Un agradecimiento especial a aquellas que me dejaron review el capítulo anterior Jasielle, Alice1420, redeginori, espiroket, CarolineRuiz, Nitaws, Norely, Mlunatica , melychile, Lita Wellington, LidiaaIsabel, val tsubaki Conie23o9 y Nathy Malfoy Granger

Les cuento tambié que decidí continuar la historia de La Tormenta Perfecta, sólo para darle cierre, si no se han pasado por ahí…apúrense que están perdiendo tiempo.

Me despido porque estoy que muero del sueño.

Demuéstrenme su amor con un genialoso review

Un abracito

Sta Granger