El pequeño correteaba junto con sus seis hermanas por la casa, risas agudas de crío era lo que le daba vida al hogar modesto de Eger.
- ¡Corre, Imre! ¡Gabi te pisa los talones!- Exclamó la tercera chiquilla a la vez que tomaba su mano. El niño les correteó hasta el interior de la casa, donde continuaron su rutina de cantos, bailes y risas en la habitación de las niñas.
- Ilka, se me ha ocurrido algo. . .- Susurró la tercera al oído de la más pequeña. A su vez, la otra sonrió con malicia mientras dirigía la mirada al chiquillo. Ante sus orbes verdes no entendía bien el por qué se reían.

- ¿Están seguras de que debo ponerme esto? - La inseguridad del muchacho ante la perspectiva de las seis niñas mejoraba el asunto.
- ¡Segurísimas! - Rieron y respondieron al menor de la familia en unísono.
Algo emergía de su cuerpo, se sentía libre en aquel vestido que le dieron a Margita, la quinta hija, en su cumpleaños anterior. Las flores y colores vivos le apasionaban de una manera única, además que cuando sus hermanas le decían que se parecía a su madre era totalmente verdad.

-Ahora todos somos unas lindas muñequitas en nuestra casa. ¡Las muñecas de papá! - Rószi canturreaba a la vez que tomaba las manos de Piri y su hermano. Las demás se unieron a aquella rueda de cánticos, se podían escuchar hasta el estudio del señor Kertész.
A pesar de que estaba acostumbrado a aquella bulla decidió ir a tranquilizar a las niñas. A paso tranquilo y sonrisa apacible fue hasta la habitación de las pequeñas donde se encontró con la escena.