23 de Julio del 2005.

El joven de 17 años, Gus Griswald, caminaba por el bosque buscando el camino de vuelta a la cabaña donde estaba pasando sus vacaciones familiares, cuando de pronto sintió un peso enorme sobre la espalda.

-¡Llévame al lago, ahora! –Ordenó Jenny, su prima de 16 años, quien saltó sobre él a modo de "caballito".

-¡Lo que usted diga, Su Majestad! –Contestó él para seguirle el juego, pero ignorando las indicaciones. La sujetó por las piernas, que se encontraban flexionadas alrededor de su pecho, y ella, sabiendo que él comenzaría a girar con ella encima, se sujetó fuertemente.

- ¡No! ¡Gus, no te atrevas! –Dijo demasiado tarde.

Cuando Gus finalmente perdió el equilibrio, cayeron ambos al suelo en medio de las risas que les provocaba este tipo de juegos. Antes de que Gus entrara a la escuela primaria de la calle tres, él podría haber dicho que Jenny era su única amiga en el mundo. La veía una vez al año, a veces en vacaciones de verano, a veces en navidad, pero habían jugado juntos desde siempre. No era de extrañar que este tipo de juegos les parecieran normales a ambos, pues entre ellos existía una confianza que jamás hubieran imaginado con otra persona.

Ella era hija del hermano de su padre, un piloto aviador de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Las dos familias, juntas, habían rentado una cabaña frente a un lago durante dos semanas, y ahora se encontraban a cinco días de marcharse. Los nueve que habían pasado juntos, definitivamente habían sido de los mejores momentos de sus vidas.

Se sentaron juntos al borde del muelle y comenzaron a lanzar piedras al lago para que saltaran. Por más que él lo intentaba, ella siempre lograba hacer más "patitos" [NA: de donde yo vengo así le llaman a los saltitos que hacen las piedras en el agua] que él.

-¿Gus?

-¿Sí?

-¿Puedo preguntarte algo?

-¿No lo estás haciendo ahora?

-Gus, estoy hablando en serio.

-Jajaja, ok, pregunta.

-¿Cómo es la gente en Arkansas?

-Maravillosa. Los mejores amigos que he tenido jamás los conocí ahí. ¿Por?

-Estaba buscando desde hace días la forma de decírtelo… mi papá fue transferido, nos vamos a mudar cerca de ustedes…

-¿Es en serio? ¡Eso es genial!

Gus se sentía verdaderamente feliz de escuchar lo que su prima le contaba, y ella, al ver su reacción, no pudo evitar sonreír. Siempre pensó que lo suyo con Gus era una amistad de vacaciones, y temía que él no la quisiera cerca de él y sus amigos. Estaba agradecida por haberse equivocado.

Ese mismo día, mientras los Griswald miraban el atardecer reflejarse en un lago, a varios kilómetros de ahí, un chico de gorra roja escalaba por la pared de la casa de la chica más ruda de toda la preparatoria para entrar a su habitación por la ventana. La encontró cerrada y dio tres golpes en el vidrio, señal acordada por ambos para saber de quién se trataba cuando uno visitara al otro (porque ella también solía hacerlo). No pasados diez segundos, se abrió la ventana y el chico dio un salto dentro del cuarto.

-¡TJ! –Exclamó ella apenas él estuvo dentro y saltó a abrazarlo.

-Yo también te extrañé –dijo él mientras le devolvía el abrazo.

Era raro verla con algún impulso afectivo como ese, pero él era su mejor amigo de toda la vida y había pasado un mes en Florida con los preparativos de la boda de su hermana. Los Spinelli, por supuesto, fueron invitados, pero el trabajo de ambos (que, como todos los lectores saben, son espías del gobierno) les impidió asistir.

Algunas manzanas, siguiendo por la calle paralela, encontraríamos a la chica más inteligente de la escuela (tal vez del país) cerrando su libro de Álgebra y Trigonometría con Geometría Analítica y dejándolo sobre su escritorio. Acto seguido, se dejó caer boca arriba sobre su cama. Desde hacía varias semanas que estudiar se le había vuelto complicado. No podía dejar de pensar en el chico de sus sueños y sabía que no se concentraría nunca hasta saber si él sentía lo mismo por ella o no. Su ímpetu científico y su hambre de saber la llevaban a preguntárselo a sí misma todo el tiempo, pero no importaba que tan lista pudiera ser ella, ni qué argumentos pudiera tener para tal o cual respuesta, nunca tendría la certeza de nada hasta "experimentar", como el método científico le pedía.

Entiéndase la experimentación como una manipulación de algunos elementos dentro de la naturaleza con el fin de observar los resultados. Es decir, tenía que confesarle a Vince La Salle sus sentimientos y esperar su respuesta.

Aunque, muy a su pesar, no haría falta alguna. A un par de kilómetros de donde ella se encontraba, estaba él, saliendo con Amy, la chica que había conocido un par de meses atrás.

Mikey, en cambio, había descubierto lo dulce que Kurst podría llegar a ser. En serio, ella era la chica más maravillosa que jamás había conocido en toda su vida. Tal vez estaba algo subida de peso, pero eso era algo que a él jamás le había importado en absoluto. Era muy bonita, en realidad, y abrazaba tiernamente como nadie más que él conociera (además de sí mismo). Por eso le dolía tener que hacer lo que estaba a punto de hacer esa noche. Sabía que la iba a lastimar, pero era mejor que seguir lastimándose a sí mismo y a ella, eventualmente.

-Kurst, tenemos que hablar.

-Oh, no, Mikey. Nada que inicie con esa oración puede terminar bien.

-Lo sé.

Este pintaba como un año maravilloso para los seis chicos de la vieja banda de la escuela de la calle tres. Excepto por un pequeño detalle: no lo sería en absoluto. Alguno de los seis besaría por primera vez a una chica, un par de ellos tendrían sexo por primera vez, uno más (¿o dos?) terminaría con el corazón roto, alguien con el alma destrozada, otro perdería al amor de su vida y dos de ellos aprenderían que a veces el amor puede estar en otra clase de persona.