Eran las diez de la mañana. El sol brillaba alegre y las últimas nubes se iban del cielo, dando lugar a un agradable domingo. Los pájaros cantaban y volaban con vehemencia, decorando un nuevo y renovado día.

Tan cálida, la primavera iba mostrando su mejor rostro. Hasta parecía verano. Era como si por alguna suprema orden divina, las oscuras nubes de la madrugada hubieran sido despojadas con furia para dar lugar a tan deslumbrante mañana.

Todo allí afuera era muy lindo. Era una lástima que Jimmy tuviera que perderse ese bello día por estar reposando en su casa, recuperándose de los golpes que había recibido anoche.

—Y eso es todo. Pero lo que haya pasado con ese Doble Idiota y sus amigos no me importa —dijo Sarah, y le dio otra cucharada de sopa. Ya se estaba terminando.

Postrado en su cama, el niño le dio un sorbo, mientras pensaba en todo lo que había sufrido atado en esa silla, en ese sucio lugar.

—Vaya... —se limitó a decir, cabizbajo. No había hablado mucho desde que despertó, y Sarah seguía creyendo que era por el agotamiento. Y no era para menos.

Solo le dijo a Jimmy que Doble D lo había vuelto una especie de zombie violento y bruto. Lo demás fue relatado tal cual ocurrió: ese idiota pegando a todos y sacándole el boomerang, traicionando a esa estúpida Kanker, masacrando al estúpido Eddy, y luego que las estúpidas Kanker lo habían planeado todo, y de ese enredo todos fueron liberados y persiguieron al idiota hasta detenerlo y hacerlo pagar.

—Esas Kanker se los llevaron a su casa, así que deben estar pasándola muy mal, espero —le informó, todavía muy fastidiada con Doble D. Creía que había sido personal, aunque no sabía explicar por qué razón. Estaba convencida de que a ella le había tocado la peor parte.

Pero Jimmy sabía que esa era solo la mitad de la historia. Hasta donde sabía, había sido capturado y golpeado por Doble D en el bosque, aquella noche, y luego preso en ese maloliente lugar. En algún momento, éste le incrustó en la espalda ese objeto extraño, y después todo fue confuso. Él se volvió ese zombie. Recordaba imágenes ininteligibles, borrosas, vagos recuerdos, como si de una pesadilla se tratara, en el que aunque uno no recuerde a la perfección cada detalle, era capaz de dar un breve resumen. Había atacado a varios de sus amigos —a Sarah entre ellos—, y se sentía muy responsable por ello, pero ¿por qué lo había hecho?

Sarah le había relatado además todo por lo que ella había pasado (con Johnny) para encontrar a Jimmy, desde la parte de pasar por lo de las Kanker, hasta la parte en donde él aparecía, sin contarle cómo los había atacado.

—¿Qué fue lo que te hizo ese imbécil allí en ese lugar? —cuestionó ella— Dímelo, así voy y le doy su merecido.

—Pues... —Estaba muy oscuro en ese lugar, y lo único que recordaba eran detalles de su breve conversación con Doble D. Él le había dicho cosas malas, feas, horribles. Jimmy no las creyó en un principio, pero a Doble D no le tomó mucho esfuerzo convencerlo por lo menos por un solo segundo. Y fue entonces cuando le clavó esa cosa—. Él me dijo cosas...

—¿Cosas? ¿Qué cosas? —preguntó Sarah, terminando de darle la última cuchara de caldo de pollo que ella misma le había preparado. Dejó el plato en la mesita de luz.

Lo que ese Doble D le había dicho, era que ella, Sarah, solo se juntaba con él para no sentirse la más pequeña del barrio y que incluso ya estaba cansándose de protegerlo. Y que su secuestro había sido la gota que rebalsó el vaso, que ahí fue cuando ella por fin se cansó y se olvidó de él. Y esas fotos de ella con Johnny, y de los demás... Durante su estado de zombie, mientras su mente iba reproduciendo sus experiencias en formas de pesadillas, esas fotografías permanecieron allí detrás de la pantalla, presentes, como colocadas justo para la bestia que Doble D había creado en él.

De repente su mente entró en disonancia, en un conflicto entre lo que le había asegurado Doble D, y lo que ahora le había contado Sarah. Si tan poco le importaba él a Sarah, ¿Por qué ella se había esforzado tanto en buscarlo, pasando por aventuras con Johnny, como enfrentar a las Kanker, ser atacados por las gallinas de Rolf y luego llegar al basurero para atrapar al responsable? Nadie haría todo eso por alguien que no le importa más que como objeto. Doble D había mencionado también las maldades que él le había hecho a los Eds, justificando el que ahora su mejor amiga lo abandonara. Quería convencerlo de que tenía potencial para poner en su lugar a esa «mocosa». Pero Jimmy también podía cometer errores. Todo el mundo los cometía, y no por eso tenía que ser cruelmente condenado.

Y además, ¿a quién iba a creerle? ¿A su mejor amiga de la infancia, la cual siempre ha demostrado que mataría y moriría mil veces por él? ¿O a un loco de remate que robó y mintió a todos?

«Es obvio, tonto», pensó.

—Nada... Solo puras mentiras... —respondió al fin, fastidiado. Ahora iba comprendiendo el verdadero objetivo de ese Doble D. Quería romper el lazo que lo unía a Sarah. Pero no lo había logrado, claro que no. Ella y él eran inseparables.

—Bueno —dijo ella, inclinándose a darle un suave beso en la mejilla. Sarah se sentía más responsable por haber estado a punto de golpearlo para defenderse, allí en la acera, que por haberlo perdido de vista en un principio la otra noche en el bosque. Al menos ahí ella creía tener a quien culpar—. Debes dormir un poco. Si necesitas algo, estaré en la sala de estar, ¿sí, Jimmy?

—Sí —respondió, un poco más animado.

Sarah tomó el plato y se fue, cerrando la puerta. Ahora estaba solo.

Jimmy volvió su vista a la ventana. Con la tranquila calle de fondo, desde allí se podía ver colgado el mantel que ese ladrón le había robado a Sarah. Lo había encontrado en el fondo de un pozo de lodo en el basurero, según le contó ella.

Había pasado las peores horas de su vida, pero por suerte eso ya había terminado. Estaba feliz porque sabía que podía contar con una gran amiga como lo era ella, en cada lugar y a todo momento. Solo tenía que llamarla y ella llegaría de inmediato. Era de ese tipo de seres por el que él también sacrificaría mucho. Simplemente, su amistad era inmejorable.


Sentado en la acera, el héroe seguía lamentándose por la pérdida de su mejor amigo. Tablón ya no le respondía. Eso pasaba solo en tres circunstancias: si estaba dormido, si estaba inconsciente, o si ya había pasado a mejor vida, pero para él era evidente que no estaba dormido ni inconsciente, ya que nunca lo había visto así. Volvió a inspeccionar la mitad podrida de la tabla. Estaba verde, y tenía un par de moscas rodeándolo.

—Oh, Tablón —se lamentó, llevándolo a su pecho con sus brazos.

Cruzando la calle, sobre la acera, Kevin estaba sentado, todavía con varios litros de lodo encima. Tenía en sus manos la cadena que Doble Demente le había extraído a su amada bicicleta. Luego de haber detenido a ese loco y de que los Eds, Rolf y las Kanker se lo llevaran, mientras los demás abandonaban el basurero, Kevin se había quedado a explorar. Consideró que era lo más conveniente en ese momento, no solo por el hecho de que tenía mucho en que pensar, sino porque no quería tener que pasar por la incómoda situación de ver a Rolf o a Nazz. ¿Qué iba a decirles? Él odiaba pedir perdón. No sabía además si Rolf lo entendería. Para él varios de sus animales eran como sus hermanos; vivía solo con ellos la mayor parte del tiempo. Y Kevin, cegado de ira, le había querido dar en donde más le hubiera dolido.

Solo para intentar pensar en otra cosa, se giró a su izquierda. Allí sobre la acera venía Nazz.

Su corazón se detuvo bruscamente. No tenía caso negarlo, ella se veía radiante, más aún con el resplandor del sol sobre las edificaciones, bañando de luz su angelical rostro. Lo único que no estaba bien era su cara de consternación. Kevin se preguntó que sería lo que estuviese pasando por su cabeza. Gracias a todos los dioses, desde los egipcios hasta los romanos, que ella nunca supo el motivo por el que él había atacado a Rolf. Y esperaba que nunca lo supiera. Tan solo de saberlo, ni él sabía lo que ocurriría.

Nazz pasó por detrás de él y siguió de largo.

Un poco fastidiado, Kevin intento convencerse de que así era mejor. Todavía no sabía que decirle. Y además, no todo estaba perdido. Regresando del basurero, cuando el sol ya había terminado de salir, Kevin cayó en la cuenta de algo realmente bueno. Doble D había mentido mucho, eso es verdad. Había mentido en eso de que ella tenía algo secreto con Rolf, lo que significaba que todo volvía a ser como antes, y eso era lo que él había estado deseando con todas sus fuerzas toda esa noche. Solo tenía que dejar que el tiempo hiciera su trabajo por él, y en cuestión de semanas, todo habría vuelto a su lugar.

Nazz caminaba sin rumbo. Apenas volvió del basurero, se había encontrado con su casa hecho un desastre: tierra por todos lados, y un extraño agujero en su ropero. Le pareció raro y absurdo el que Doble D tuviese que haber cavado un agujero para robarle una simple cámara. Se pasó una hora entera barriendo las salas, se dio un baño y salió de regreso al basurero para buscar su cámara. Pero se detuvo a medio camino y se dio la vuelta. No quería volver allí, por lo menos no ahora, por lo que regresó al callejón y ahora estaba ahí.

—Johnny —saludó ella. Se sentó delicadamente a su lado—. ¿Cómo están Tablón y tú?

El chico mantuvo la cabeza gacha, refugiando su rostro entre sus brazos y el cuerpo de su amigo. Luego levantó la cabeza.

—Se fue... —balbuceó sollozando—. Se fue, Nazz... Y por mi culpa.

Y comenzó a sollozar, intentando no quebrar en llanto. Los hombres no lloran, o eso era lo que siempre decía su padre, además del clásico «Sal y haz más amigos de verdad». Pero él no lo entendía. Nadie entendería su dolor.

La chica le brindó su hombro para que se lamentara todo lo necesario. Era lo menos que podía hacer.

—Lo siento mucho, Johnny. —Y realmente lo sentía. De hecho, le sorprendía que él no la hubiese responsabilizado aún por su perdida, siendo que si no hubiera sido tan idiota y descuidada, quizás el desquiciado lado de Doble D jamás la hubiese raptado y ella no hubiera terminado en la difícil situación en la que terminó. Pero las cosas habían resultado así, y ya nada se podía hacer—. Sé que ahora mismo no debe importarte mucho esto, Johnny —comenzó a hablar, con la voz quebrada—, pero solo quería decirte... solo quería darte las gracias. No sé qué hubiera sido de mí si tú no estabas ahí para ayudarme...

Johnny dejó de sollozar y se giró a ella, todavía con el dolor reflejado en los ojos. Ella prosiguió.

—Dios, ni siquiera sé cómo soy capaz de acercarme a ti así como si nada, luego de que por mi culpa...

—No —lo interrumpió él—. No fue tu culpa, Nazz. No digas eso. Fue una decisión que tomamos Tablón y yo. Él quería que lo arrojara... Y yo lo hice... Si no lo hubiera hecho... Si te hubiera pasado algo... él nunca me lo hubiera perdonado. En todo caso la culpa es de ese... de ese...

Johnny ya no sonaba como el Johnny de siempre, aquel niño austero, alegre e introvertido. Este Johnny ahora sonaba más maduro, más crecido, más serio. Ya no era un niño. Johnny parpadeó un poco para limpiarse los ojos. ¿Realmente la culpa había sido de Doble D? Ese era solo su lado malvado. Era incorrecto decir que fue su culpa. De hecho, era incorrecto hasta decir que la culpa fue de Rolf.

—Johnny, Doble D no tuvo la culpa de eso. Quiero decir, el Doble D que todos conocemos, no ese demente que hizo lo que hizo. Lo que dijo Rolf...

—Lo sé... —volvió a irrumpir el muchacho, aunque no lo conformaba eso. Era lo mismo que decir que Tablón había sufrido un accidente y había perdido la vida. Sin responsables.

Le dio una vista al claro cielo celeste, preguntándose qué es lo que le diría Tablón. Probablemente le diría unas palabras divinas de aliento y superación, como en las series de acción y ficción que tanto miraban. Algo como «no te rindas», «hiciste lo correcto», «sigue adelante».

«Sigue adelante...». Ojalá fuera tan simple. Una vez había escuchado una canción que quería transmitir un sencillo pero significativo mensaje. Decir adiós era parte de la vida, era necesario para crecer. Para seguir adelante. No faltaba mucho para su cumpleaños número trece, edad en la cual uno ya no era más un niño.

Johnny permaneció allí, mirando la desierta calle, con ella recostada en su hombro.

—Quiero estar solo, Nazz —le dijo tras unos minutos.

Ella se secó los ojos con una mano y accedió. Se puso de pie para disponerse a marcharse, no sin antes haberle aclarado que estaría para él siempre que la necesite.

Antes de abandonarlo, se giró de vuelta a la otra acera. Kevin ya no estaba allí. Y ahora que lo meditaba, puede que no haya sido muy justa al haberlo juzgado así hace unas horas. Él estaba cometiendo una locura, sí, pero allí lo único que le parecía era que todos estaban locos, y que el contexto era tal que el simple acto de juzgar ya era injusto. Kevin estaba fastidiado porque le habían tirado toda la responsabilidad, y no conformes con esto, también le habían pedido soluciones. Ella le había recriminado el no haber accedido a ir en busca de Jimmy, y él le había respondido que ya tenía mucho en que pensar.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que no era la única que esperaba más de él. Era el líder natural, habitual, no oficial, el que se supone que —en este caso— debía haber capturado al ladrón con sus propias manos, luego de haber batallado junto a sus amigos. Todos lo habían colocado en ese lugar. Lo habían hecho al no haber tomado por sus cuentas las riendas del asunto. Él lo hizo porque nadie más lo había hecho. Como en los viejos tiempos, él decía que había que perseguir además a Ed y a Doble D «solo por si acaso», y todos estaban de acuerdo. Pero nadie más que él quería hacerse responsable de las consecuencias.

Nazz se preguntó si aquello tuvo algo que ver con su futura perdida de raciocinio que desembocó en el violento ataque a Rolf y a Víctor. Lo que hizo en ese basurero fue algo muy estúpido, y ella no quería justificarlo para nada, pero tampoco creía que fuera correcto juzgarlo así de fácil. ¿Por qué lo había atacado en primer lugar? Era algo que debía preguntárselo ella misma, pero aún no se animaba.

Al lado de la casa de Johnny se encontraba la de ella, así que si quería podía hasta observarlo desde su ventana. Pero por alguna extraña y fortuita razón, no tenía ganas de entrar. Quería ir al jardín trasero, a tirarse y no hacer nada más hasta mañana.


—Pues si no dejas de moverlo, te seguirá doliendo.

—¡Silencio! Está despertando —ordenó Marie. Doble D estaba abriendo lentamente los ojos.

Con un gran bostezo, estiró los brazos hacia los costados, casi golpeando con la izquierda a Ed y a May. Conforme su vista iba adquiriendo nitidez, identificó a los allí presentes uno por uno.

—¡Doble D!

—¡Cabeza de Calcetín!

—¡Doble D amigo!

Eran sus amigos, quienes presenciaban su tan esperado despertar de las tinieblas. De izquierda a derecha, estaban: May, Ed, Rolf, Eddy y Lee. Doble D se desperezó, sobándose los ojos con las manos.

—Chicos —pronunció levemente, con su amigable voz de siempre, y su amigable sonrisa de siempre. Sus ojos volvían a ser verdes y sus ojeras habían desaparecido casi por completo. Doble D había regresado.

—¡Doble D! —repitó Ed con alegría, lanzándose a sus brazos. Doble D sintió que se hundía en algo cuando su amigo se lanzó a recibirlo, y fue ahí cuando se dio cuenta de que estaba en una cama.

—Uy... yo tamb... te extrañé... Ed... pero... no puedo... —Ed volvió a su lugar para dejarlo respirar, y liberó un fuerte estornudo.

Doble D se dio cuenta además de que en lugar de su refinado y ambicioso traje negro con corbata blanca, ahora llevaba una bata gris añil, y debajo de ésta, un montón de vendas y curas cubrían casi todo su cuerpo.

—Ay, ¡que tiernos! —opinó May.

—Vaya, vaya. Volvió el galán —comentó Lee, con un vaso con agua en sus manos. Tenía un tono más amistoso que en otros días. A Doble D se le detuvo el corazón por unos instantes. No estaba acostumbrado a abrir los ojos y ver a las Kanker en primera plana. No a las otras dos, al menos.

—Oh... Hola Lee, hola May —saludó con nervios.

—A mí también me extraña estar aquí, amigo, pero solo mira mi brazo. —Eddy, quien llevaba una bata de color amarillo maíz, le mostró el cabestrillo en el brazo derecho que le habían diseñado las Kanker a base de vendas del botiquín de ellas. Llevaba también algodón en sus fosas nasales. Y él le había hecho todo eso. Sin embargo, así estaba. Alegre por verlo bien.

—Rolf también se encuentra bien —señaló Rolf, al lado de él. Tenía otra camisa, pero ahora en su brazo llevaba un torniquete con vendas para detener la hemorragia. Al ver esto, a Doble D le vino una gran oleada de culpa. Él (su lado más oscuro) había persuadido a Kevin para que le hiciera eso.

—Oh, Eddy, Rolf... Yo... yo no quise...

—Ni lo sueñes, Shakespeare —lo detuvo Eddy—. No intentes hacerte cargo de lo que hizo el demente de tu...

Eddy se detuvo en ese momento. Había recordado quien era ese demente. No era alguien nuevo, ni tampoco las píldoras con inteligencia propia, eso ya lo habían discutido. Ese ser era...

—¿...tu lado malo? —completó Lee con cautela.

—Así es... supongo que eso es verdad —admitió Doble D, quien hasta el día de hoy creía que existían en el mundo personas con bondad y otras con maldad. Él no quería creerse perfecto ni mucho menos, pero no imaginó que, en algún lugar, muy en el fondo de su alma, existía alguien capaz de robar, enterrar, amenazar y destruir vidas. Eso lo decepcionó mucho.

—Ya, ya, Doble D. Lo que importa es que ahora todos estamos bien —interrumpió Rolf, luego de un incómodo silencio. Rolf no guardaba para nada rencor hacia él. Hasta le parecía estúpido siquiera pensar en ello.

—Habla por ti, charlatán —respondió Eddy, mostrando de nuevo su brazo, con Ed volviendo a estornudar. Lee y May soltaron una risa.

Doble D se sentía como si hubiera regresado de una gran odisea en un lugar muy, muy lejano, y fuera recibido por sus amigos y seres queridos, que con los brazos abiertos, lo esperaban deseosos de saber cómo había estado y que aventuras había tenido. A diferencia de lo que se pensaba, él siempre se había sentido más cercano a todos sus amigos del callejón —incluyendo a las Kanker— que a los otros niños del barrio y de la escuela. Hasta los veía más que a sus padres. Todo ese recibimiento hizo sentir extraño a Doble D. No se quejaba para nada, pero era raro. La única vez que los Eds y las Kanker se habían llevado bien había sido el día en que se conocieron, cuando ellas los recibieron con una agradable hospitalidad, para luego transformarse en un gran tormento para ellos tres.

Le deprimió pensar que toda esta acogida era más de lo que él merecía. Se le ocurrió que lo que dijo Marie sobre él no fue tan cierto después de todo.

—Marie... —mencionó de repente, girándose a los lados. Todos ellos se voltearon a él, sorprendidos—. ¿Dónde está Marie?

—Justo aquí, mi vida —le contestó una voz de arriba.

Doble D elevó la vista. Pero por supuesto. Ella estaba sentada en esa cama, con él descansando en su regazo. Eso explicaba también los suaves masajes en su cabeza de calcetín.

Mientras los demás reían y comentaban alguna cosa sin importancia, él se quedó asombrado por el semblante de la chica. Nunca había notado lo atractiva que era.

—¿...bien, Doble D?

—Eh, ¿qué? —Doble D regresó a la tierra.

—Que lo pusimos a secar un rato —dijo May. Al ver la estupefacción en el rostro del chico, las tres rompieron en carcajadas.

—Marie, deja de hipnotizarlo —sugirió Lee.

—Te decíamos que acabamos de lavar tu traje y lo pusimos a secar ahí afuera —completó la menor entre risitas.

A Doble D casi le dio un paro de solo imaginar...

—Tranquilo, Doble D. Nosotros te sacamos esa ropa —le informó Ed, quien dejaba notar su resfriado. Era el único que conservaba su ropa. Hasta estaba más reluciente que de costumbre.

Doble D dio un respiro. En realidad, ese costoso traje negro tenía más manchas de sangre y basura que otra cosa. Se había revolcado en el suelo del basurero, y de seguro algunas gotas de esa asquerosidad parda habrían caído en él.

—Pero con este sol, no tardaría en secarse —estimó Marie, mirando a la ventana—. ¡Aunque te veías muy sexy de negro, bombón!

Lee y May estuvieron de acuerdo. Doble D rio con nervios, sin evitar sentirse alagado.

—Oye, ¿y recuerdas algo de lo que hiciste en tu modo sonámbulo? —preguntó Rolf.

—Por supuesto que lo recuerda, mira lo rojo que está —señaló Lee, riéndose junto a May. Ed se unió a las carcajadas.

Así era. Pero también se sentía a salvo. Después de tanto sufrimiento en ese lugar oscuro y desolado, donde nadie más que su facción malvada lo escuchaba, finalmente podía estar en paz... salvo por esa fuga en su consciencia. A pesar de que todos le repitieran que él no tenía que culparse, sabía bien que ese había sido él.

Doble D bajó la vista al piso y vio a Víctor, recostado sobre una cobija en el piso, detrás de Ed. Estaba estirándose. Parece que hasta él había tenido su merecido descanso.

—Pues... bueno. Puede que les suene extraño, pero, si recuerdo lo que hice. Casi todo —informó con pena, chocando sus dedos índices.

—Oh, ¡cuenta! ¡Cuenta! —suplicó May, apoyándose en la cama.

Los demás estuvieron de acuerdo. Ed estornudó una vez más. Doble D carraspeó un poco.

—Bien. Creo que esta historia se remonta al miércoles en la escuela. Rolf se acercó a mí por...

—Sí, eso ya nos lo contó él —irrumpió Eddy—. Te ofreciste a crear una medicina contra su insomnio.

—Y fue muy lindo de tu parte, Doble D —sostuvo Marie, en un intento por hacerlo sentir mejor. Doble D volvió a reír tímidamente.

Realmente había sido un buen gesto de él. Fue por eso que se había encontrado trabajando un viernes a la mañana mientras todos sus amigos roncaban. Él no había estado trabajando en eso solo porque amara experimentar. El motivo de su arduo trabajo fue para ayudar al prójimo. Para ayudar a un amigo.

—Sí, bueno. Me quedé velando toda esa noche creando esas píldoras. Les explicaré. Esas medicinas originalmente iban a ser... —Se detuvo al ver que estaba por entrar al complejo lenguaje técnico que nadie en esa habitación tenía ganas de comprender en ese momento—. Bueno, sedan todo el organismo de uno, haciendo que se canse más y más y finalmente caiga rendido.

—Lo supuse —afirmó Rolf.

—El punto es que tuvieron un efecto secundario. Mejor dicho, un error. Liberaban malos sentimientos al introducirse en el organismo —aseguró, pensando en toda la operación que llevaban a cabo en el complejo sistema nervioso—. Es decir, quien las tomara estaría de mal humor o deprimido mientras esperaba a que las píldoras terminaran de agotarlo. Sé que suena absurdo, pero así era.

Todos asintieron. Parecía que lo estaban comprendiendo.

—Ese era el defecto que guardaban. Uno normalmente sería capaz de controlar esos pensamientos con su mente, interponiendo los demás sentimientos. Eso en tanto se mantuviera despierto. Resulta que como yo no tenía insomnio, esas píldoras me encontraron durmiendo, sin defensa mental, y se apoderaron de mi miente, lo cual me hizo tener sueños raros, casi pesadillas. Y como llevaba varias noches sin dormir bien, en algún punto de ese sueño, mi cuerpo fue el que se despertó, piloteado por esos sentimientos negativos, dando lugar a ese ser que vieron en todo el día de ayer. A medida que los ciclos transcurrían, yo iba viéndome...

—¡Mas agotado! —completó Ed, quien se había guardado la explicación a la que habían concluido allí en el bosque.

—Exacto —afirmó sorprendido—. Eso era porque esos agentes continuaban en mi organismo consumiendo mi energía. Y llegó un punto de inflexión en el que terminaron de consumirlo, y yo no pude despertar más. En resumen, si Rolf los hubiera tomado, habría pasado varios días malos, para caer al final al estado en el que terminé yo. —Hizo un breve silencio—. No estoy seguro, pero creo que esas píldoras en realidad no consumían mi energía, sino que se la transferían a mi yo sonámbulo. Aunque eso no explica de dónde obtenía esa fuerza física, pero supongo que eso lo investigaré algún día. —Finalizó su explicación lanzando un gran respiro—. ¿Alguna pregunta?

May levantó la mano.

—¿Si, May?

—Yo no entendí nada.

Doble D puso una cómica cara inescrutable.

—Entendimos, Doble D, no te preocupes —le aclaró dulcemente Marie, quien había logrado captar bastante de su explicación. Mucho más que los demás, a juzgar por sus expresiones—. Ese malvado eras tú solo que sin el resto de tus sentimientos y pensamientos. La peor versión de ti mismo. Y al encontrarte mal dormido, esos sentimientos tomaron tu cuerpo y lo manejaron cual auto robado.

Doble D asintió con asombro. Por lo menos ella lo había entendido.

—De más está decir que su composición material estaba perfectamente diseñada para perdurar en el organismo por varios días —finalizó el genio.

Todo en la mente de Eddy terminaba de cerrar. No lo de los agentes que sedaban el no sabia qué cosa, sino lo que su conciencia le había dicho allí en el basurero. Eso de que todos cometían errores. Eso abarcaba tanto desde la escala de la moral, hasta la de la inteligencia. Incluso alguien tan brillante como Doble D había cometido un gran error.

—Bueno... Rolf, disculpa que casi te condeno a varias noches malas. Quería intentar evitar esos efectos en las nuevas píldoras, pero eso te lo iba a decir una vez que las terminase.

—No te preocupes, Doble D muchacho. Lo que importa es que al final si lograste quitarme el insomnio. No de la manera que Rolf esperaba, pero me ayudaste —le aseguró con una gran sonrisa.

A Doble D le sorprendía el que Rolf se tomara tan bien todo lo que le había hecho. Luego entendió el motivo. Allí en el basurero, el granjero no dejaba de culparse por lo que había causado. De pronto, se vio a sí mismo enfrentado a un espejo, solo que con Rolf del otro lado. Habían tenido papeles muy parecidos: ambos habían trabajado intensamente, ambos habían tenido problemas de descanso, aquel accidente había surgido de la cooperación de ambos, y para finalizar, ambos quisieron hacerse responsables de las travesuras de ese ladrón. Era muy probable que en esta ocasión no hubiera nadie que comprendiera a Doble D más que Rolf.

—Como les iba diciendo, estuve todo el miércoles y el jueves trabajando en eso sin descanso. En algún momento del jueves por la noche, recuerdo que tomé un vaso de agua que se encontraba en mi escritorio, hasta el fondo —continuó, con vergüenza de haber cometido ese grosero error.

—Y no te diste cuenta de que en ese momento te habías tragado esa poción —continuó Ed, animado.

—Correcto. Ese era el vaso con esas píldoras que Rolf casi se tomó momentos antes. Luego de eso me quedé dormido en el escritorio, y desperté a la mañana siguiente. Continué mi trabajo y entonces me llamó Ed para contarme que su pistola de juguete había desaparecido.

—Sí. —Ed sacó de su bolsillo esa pistola colorida que había reencontrado en el suelo del basurero—. Sí que fue una tragedia —comentó riendo.

—Espera —lo detuvo Lee—. ¿Despertaste en la misma posición?

Doble D lo meditó un rato.

—Pues ahora que lo pienso, Lee, creo que sí. Fue como si...

—Como si ese ser quisiera que él no se diera cuenta —completó Marie con indignación.

—Y lo logró, porque... nunca se me había ocurrido que yo era el ladrón —confesó, nuevamente sorprendido. Ese había sido otro golpe a su orgullo. Doble D se había burlado a sí mismo.

—Entonces, cuando el chico Doble D se quedó dormido, su lado sonámbulo rufián salió a robarle a los demás y a construir esos pozos en el basurero.

—Vaya, ahora todo tiene sentido —concluyó Lee, quien encontraba sorprendente el cierre de los hechos—. También fue en ese momento que te robaste nuestro pegamento.

—Correcto —repitió Doble D, apenado.

Marie podía notar en su rostro la vergüenza que debía sentir. A ella no le parecía justo que él se hiciera cargo de lo que hizo su versión malvada, incluso sabiendo que esa era una parte del buen Doble D, una facción. Ella sabía que el original, el real, el que contenía a todas sus partes y a cada una, ese jamás lo habría hecho, y eso era lo que contaba. Porque según ese criterio todo el mundo podría llamarse bueno o malo, en función de la parte que se tomara en cuenta. Por no irse muy lejos, consideró a Lee como ejemplo. Aunque odiara admitirlo, su hermana mayor tenía un lado audaz, comprensivo, fuerte, y en el extremo del extremo, justo. Esa parte de Lee sin duda era más buena que la parte malvada de Doble D que robó y engañó a todo lo que respirara. Pero si volvieran a considerar no solo esas dos partes de ellos sino todo el ser de cada uno, su «amorcito» volvería a elevarse a los cielos acompañado de un coro angelical, mientras que Lee regresaría a los infiernos, a ser la temida Lee Kanker que todos en el barrio y en los salones aledaños al suyo respetaban con temor.

—...buscarnos a nosotras, ¿no? —le dijo May a alguien, con cierto aire de molestia. Marie no había escuchado.

—Sí, pero eso ya lo hablamos. Déjalo —dijo Lee, tomando de nuevo el vaso. Se giró a ver a Eddy. Ambos sabían lo que pensaba el otro. Por sus gestos, Eddy entendió que ella no iba a revelarles lo del espionaje de ellos luego de la reunión en lo de Rolf. Tal vez porque consideraba que ya habían tenido suficiente. Solo bastaba con mirarlos para darse cuenta. Estaban hechos polvo.

—Luego de esa reunión y otras cosas, pasé todo el día agotado y me fui a dormir a las ocho de la noche —prosiguió Doble D. Todos se acercaron a él, como niños ansiosos por oír historias de terror del abuelo—. Ahí fue cuando lo vi todo. Fueron imágenes difusas, nubladas. Era como una pesadilla. Vi que estaba agazapado en mi habitación y que de pronto salí y golpeé a alguien que estaba ahí.

Eddy y Rolf se miraron. Doble D continuó.

—Supongo que ahí fue cuando golpeé a Rolf, ¿no? —ambos asintieron—. Ahí fue cuando lo golpeé y lo enterré...

—Por supuesto. Rolf nos dijo que hasta le quitaste la ropa. ¿Es eso cierto, Doble D? —preguntó Lee. Marie y May se giraron a verla con tal celeridad que sus cabellos se elevaron.

—Oh, es verdad. Eso fue sin duda muy extraño. ¿Por qué lo hiciste? —siguió Eddy, muy curioso.

Era algo que llamaba la atención de todos. Doble D lo notaba al ver los ojos de todos sobre él, deseando saber la razón. Un golpe de angustia lo sacudió de repente. El sí recordaba a la perfección lo que ese malvado quería hacer con Kevin, Nazz y Rolf: una gran puesta en escena que hasta a él le avergonzaba rememorar. Sabía la respuesta, pero consideraba mejor no decir nada, para conservar la intimidad de Kevin y Nazz. Aunque le fastidiara saber que entre ellos dos se aproximaba algo, creía que lo correcto era guardarse eso para no perturbar su relación.

—La verdad... no recuerdo por qué lo hizo —mintió. Prosiguió antes de que le siguieran preguntando—. Luego no sé qué más vi. Vi imágenes oscuras, y luego, estaba de vuelta en mi cama, en pijama. Creo que ese loco se volvió a vestir para que yo no sospechara de que era un sonámbulo...

—Vaya, que astuto —opinó Marie.

—Y ahí llegó el chico Ed a por ayuda.

—Sí —respondió Eddy—, y de ahí los dos fueron a buscarme.

—Sí, eso hicimos —reafirmó Doble D—. Él me había dicho que estabas en problemas y que todos te andaban buscando por algo que no habías hecho, así que salimos a buscarte. Me sentía mucho más cansado que en la tarde. Era agobiante... Nos pasamos toda la noche buscándote. En un momento decidimos detenernos un momento porque yo no podía seguir más, sentía que en cualquier momento iba a desplomarme. —Notó como su manera de comunicar esa experiencia logró conmover a todos. Marie estaba a punto de decirle que parara, pero decidió no hacerlo—. Y ahí... cerré los ojos y terminó de dominarme...

En ese bosque, cuando se recostó (pensando en lo buen amigo que era Ed), sintió como se sumergía violentamente en un océano de agua negra. Fueron solo segundos en los que se ahogaba en esa oscuridad, y luego, nada. Hubo un gran momento de silencio. Los chicos recordaron que seguía después de esto.

—¿Y luego no volviste a despertar? —le preguntó Marie. Con la yema de sus dedos, hacía pequeños círculos sobre cada sien, liberándolo de la tensión.

—No —respondió Doble D, completamente aliviado por ese masaje. Había formado un tejado con sus dedos—. Todo lo que vi después de eso fue oscuridad, mucha oscuridad y fuego. Ese fue el punto de inflexión, cuanto mi lado oscuro terminó de tomar mi cuerpo. Vi imágenes, vi a Jimmy, al basurero. Me vi en una habitación oscura, luego en un túnel que parecía una cloaca amplia... Creo que fue al mediodía cuando conseguí recomponerme y poder ver y oír todo con claridad. Ahí fue cuando ese malvado intentó manipular a Eddy.

Eddy recordó una vez más aquel momento. Fue como si todo lo que conociera se viniera abajo, como si la esperanza de que todo se arreglara se derrumbara por completo, ante sus palabras. Pero todo eso ya había terminado. Es más, ya había quedado muy atrás.

—Y ahí llega nuestra parte, Doble D.

El muchacho volvió a largar una pequeña risa, contento de no tener que hablar de su primer encuentro con Eddy.

—Claro, Marie. Él llegó a casa y se cambió ese traje para intentar engañarla.

—Pero no lo hizo —prosiguió ella, sobre quien seguían fluyendo como agua las palabras del malvado.

Marie les relató a los demás todo lo que ese sujeto le dijo, con detalles, lujos, y una gran sonrisa maliciosa mientras lo hacía. Una vez terminado, todos estaban impactados. Doble D parecía un tomate con gorra.

—Vaya, Doble D —le dijo Eddy, riéndose con Ed y Rolf—. Sí que eres bueno en esto, «Te necesito, Marie». ¡Es genial!

—Ese es nuestro chico Doble D —sostuvo Rolf, con orgullo.

—Ya, chicos —respondió avergonzado.

—Cállate, Eddy, o te arrojo otra patata a los dientes. —Eddy cambió por completo su rostro. Ahora estaba muy amargado—. Es broma, tonto. —Ella volvió a soltar una risa junto a sus hermanas, y luego se relajó.

—Eso sí que fue innecesario —comentó con dureza, cruzándose de brazos.

—Siento mucho haberte golpeado de esa manera, pero Doble D seguía ahí, y de alguna manera tenía que convencerlo de que estaba de su lado —se defendió Marie, haciéndole muecas de arrepentimiento.

Eddy intentó tranquilizarse recordando que todo eso fue necesario para engañar al Doble D sonámbulo y recuperar al real. Después de todo, ella había traído de vuelta a su amigo.

—Bien... Supongo que lo puedo dejar pasar... —admitió, aún con molestia.

—Rolf quiere saber cómo fue que ustedes hicieron ese plan tan maniático para atrapar al chico Doble D —irrumpió Rolf. Ed lo apoyó también. Aquella jugada maestra despertaba la curiosidad de todos, e incluso Víctor se puso de pie.

—¡Oh, claro! Fue todo idea de Marie —confesó Lee, dejando el vaso de agua que estaba tomando. Doble D volvió a mirarla, nuevamente impresionado—. ¿Les cuentas tú?

—Bien... —carraspeó un poco para iniciar su tan genial narración—. Luego de que Doble D me derritiera con sus dulces palabras, me contó lo que había planeado. Eso de llevarlos a todos al basurero. Me dijo que fuera y raptara a esa boba de Nazz para confundir a Kevin con no sé qué. Esa parte no la entendí.

—Pues eso si fue raro... —admitió Eddy, quien pensaba que ese Doble D la había secuestrado solo para saber que se sentía tener un rehén.

—Me dijo que la llevara al basurero, a una base que él había armado, y que la dejara en una silla. Y eso fue lo que hice. Volví al barrio y me pasé horas entre arbustos, buscándola. Estaba con ese otro zoquete persiguiéndolos a ustedes, muchachos. En un momento, ella se quedó muy atrás, y yo aproveché el momento para atacarla arrojándole una de esas papas sin que nadie viera —relató con ligero orgullo. Nazz nunca le cayó bien y esa no era una novedad—. La llevé a la base y la até a una silla. Sabía que de esa manera, él podría confiar en mí, al saber que me había atrevido a hacer eso.

—Ya veo... —dijo Doble D. A pesar de no estar de acuerdo con hacer pasar a Nazz varias horas de angustia, conociendo a Marie, comprendía que era algo que tenía que hacer.

—Luego volví en busca de ellas y las vi ya en el bosque.

—¡Sí! Te encontramos en un arroyo —recordó May, chasqueando los dedos.

—¡Sí! En el camino fui pensando en lo que íbamos a hacer. Al encontrarme con ellas, les dije todo lo que él me había dicho que hiciera, y luego les conté lo que yo pensaba hacer. El plan era que yo iba a seguirle la corriente a Doble D, mientras Lee y May fingían morder el anzuelo.

—Correcto —confirmó Lee, recordando ese encuentro. Marie les había suplicado ayuda con ese caso, y Lee no quería dejárselo tan fácil. Quería sus disculpas por haberle faltado el respeto. Marie respondió que solo había sido una broma y que no fuera tan infantil. Y May interfirió una vez más solicitando cooperación de ambas, exigiendo que se dieran la mano y dejaran las diferencias de lado, especialmente a Marie, si es que quería ayudar a Doble D. Y así fue como terminó la pelea Kanker.

—Hasta ensayamos como íbamos a pelearnos, lo que íbamos a decir, lo que íbamos a hacer...—enumeró May con sus pequeños dedos, más alegre por haber participado de tan genial rescate que por su actuación en él—. Aunque varias cosas fueron improvisadas.

—¿Qué? Espera. ¿Me están diciendo que todo eso también fue actuado? —la interrumpió Eddy, recordando la violenta pelea que habían armado con Marie—. ¿Hasta cuándo se dieron una paliza, se agarraron de los pelos y se revolcaron por el piso? ¿Hasta cuándo esta insensible golpeó a Doble D? ¿Eso también fue actuado?

—Por supuesto —le respondió Marie, sin poder recordar eso de que se agarraron de los pelos—. Doble D quería que atacara primero a May y luego a Lee, y yo se los dije. Y a partir de ahí, escribimos el guion.

—Así que mientras ellas dos se metían en la niebla, yo hacía como que perdía el control con él. Y se lo tragó todo, además de la paliza, claro.

Doble D no podía dejar de asombrarse. Realmente la actuación de las tres había sido espectacular, magnifico. Lograron engañar al diablo, y todo por haber hecho lo que nadie más hizo. Hicieron lo que toda su vida habían hecho: estar juntas.

—Pero... ¿entonces todo fue actuado? —preguntó Ed, quien recién se incorporaba al relato.

—Vaya. Hasta Rolf se lo tragó entero —admitió Rolf, Todos, excepto Ed, estallaron de risa—. ¿Qué? ¿Qué dije?

—Nada, Rolf, nada —respondió Eddy entre risas, y luego se dirigió a ellas—. Pero... esos golpes que se dieron fueron tan reales.

—Por supuesto, tontito. Es algo que siempre hacemos; pelear. Por una razón somos hermanas, ¿no? —le dijo Lee. Marie asintió.

—Pero... pero... Oye, ¡yo hasta te vi llorar! —dijo Eddy, señalando a May.

—¿A mí? Ah, es verdad. «¡Deténganse, por favor! ¡No!» —gritó May, llenando de lágrimas sus ojos en cuestión de instantes. Eddy y los demás sintieron sus oídos romperse. Se echó a reír mientras se las limpiaba—. ¿Ves? Así de fácil.

—Mis tímpanos... —lamentó Doble D.

—Oye, y siento también haberte gritado eso que te dije. Es que adoro el drama.

—Sí, ya me di cuenta —admitió Eddy, rasgando los ojos. Esa frase que May le había lanzado sí que le había dolido, debía reconocer.

Doble D recordó la impotencia que sintió al no poder hacer nada en ese momento. Las palabras que ellas se dijeron en ese bosque habían sido realmente fuertes, y crueles.

«¡Mamá tenía razón, eres el error de esta familia!»

Y él creía que su relación fraternal estaba irremediablemente rota, y que la culpa era por supuesto suya, de su lado oscuro. Sospechó que de cualquier modo no debió haber sido nada fácil para ellas haber hecho eso.

—Y después, cuando se fueron... —Marie se llevó una mano a la cara. Solo Doble D alcanzó a ver su risa— Dios. Cuéntales tú, May.

—Oh, sí —pronunció Lee, al ver lo que se venía.

—Cuando ustedes se fueron, y nos dejaron a mí y a Marie allí... —continuó, sin poder contener la risa. Era contagioso, casi hasta lograba hacer reír a todos menos a Eddy—. No se imaginan como nos reímos —dijo recordando como todos se iban tras Doble D, quien escapaba hacia el basurero. Una vez aseguradas de que se habían alejado lo suficiente, ella y su hermana se rieron a carcajadas. Marie le aseguró que se habían creído todo.

—¿Se están... riendo de nosotros? —cuestionó Eddy.

—No de ustedes. Con ustedes —corrigió Marie, risueña.

—Entonces fuimos al paso dos: ir hasta el basurero fingiendo que ella había ganado.

—Sí. Tenía conmigo una soga que tomé de la base de Doble D —relató de nuevo Marie. May quería que la atara ahí y la llevara arrastrando hasta el basurero. Marie le respondió que no se pasara de lista y que primero iban a llegar y después la iba a atar—. Nos fuimos hasta la entrada del basurero, esperando el momento indicado. Entonces até a May junto con ese pez y entré con ella.

Y ahí fue cuando volvieron a escena. Los demás habían llegado hasta el oscuro Doble D, con Nazz en sus manos. Rolf estaba en la otra punta del basurero defendiéndose de los ataques de Kevin.

—Y ésta, niños, es la mejor parte —anunció Lee, dejando el vaso de agua vacío—. ¿Recuerdan que les dije que él tenía un máximo de doce disparos en esa pistolita?

Ellos dijeron que sí.

—Bien... ese era un número aproximado. Le acerté por suerte. Luego de recargar el arma, se fue a entretenerse con alguno de ustedes, y yo me fui con Marie y con May a algún lugar en donde nadie nos viera.

—Nos ocultamos sobre una montaña de chatarra —prosiguió May—. Allí Lee nos advirtió sobre todo lo que le había pasado a Doble D y lo que había que hacer para que volviera a la normalidad.

—Nos dijo que ese Doble D tenía una navaja en alguna parte de su ropa, y que podríamos quitárselo junto con el pegamento para desarmarlo por completo —finalizó Marie.

—Vaya... —murmuró Doble D, desde el regazo de ella, recordando cuando el malo le había sugerido a Eddy que aún llevaba esa navaja consigo para intimidarlo—. Entonces... ahí fue cuando...

—Ajam. Ahí fue cuando planeamos el golpe final. Con la soga, volví a atar a ambas, haciendo como que les había ganado. Y fui directo a abrazarte —relató con malicia, ante la cara de asombro de los tres muchachos.

—Y Rolf creía... que todo se había perdido.

—Ya me parecía... Sabía que ella no podría con ustedes dos. Sin ofender —aclaró Eddy. Marie jugueteaba haciendo muecas, poniéndole una de molestia—. Pero ¿por qué no nos dijeron nada?

—¿Para que lo echaran a perder? No creo que les hubiese salido bien seguirnos la corriente. Además, todo estaba marchando sobre ruedas, así que ¿para qué cambiar el plan? —sostuvo Lee.

—Y además queríamos hacerlo solas. No porque seamos egoístas, sino para probar que podíamos sin ayuda —añadió May con orgullo. Por algún motivo se acordó de Johnny. Él las había liberado de las ataduras de Doble D en esta casa después de haber titubeado un rato. Si no lo hubiera hecho, las cosas habrían terminado muy mal.

—Sí, pero... —Pero no hubo nada más para decir. Sus habilidades de actuación no eran tan brillantes como las de ellas—. Bah, olvídenlo.

Rolf se sintió tonto ante la idea de que todo había estado calculado sin que él lo supiera. Había hecho un plan para atraparlo, pensando que gran parte del desenlace dependía de él. No obstante, se vio admirado por el papel de las hermanas Kanker.

—Luego ese Doble D dio su tiro doce conmigo —continuó Marie—. Y como ya tenía a todos, supuso que no iba a necesitarlo más, así que ni se molestó en recargar.

—Y después quiso que yo activara esa cosa verde —interrumpió Eddy, recordando con asco aquella sustancia.

—Ay, sí. Eso fue asqueroso hasta para nosotras —señaló May.

—Sí, Doble D. Tu alter ego debió de odiarnos mucho como para intentar tirarnos eso —le dijo Marie.

—Y después May liberó a todos con estos dos termos —continuó Lee, señalando ambos recipientes sobre la mesita de luz. Fueron un regalo de una tía que vivía en Sudamérica.

—Oigan, pero... ¿no podían haber intercedido más temprano? Si se hubiesen dado prisa desatándose, habrían llegado a detenerlo antes de que me quebrara el brazo —cuestionó, volviendo a enseñar su brazo.

—Es que estábamos muy cerca de él, Eddy —argumentó Lee—. Y cuando comenzó a golpearte por no haber accedido tirar esas mentas, se distrajo por completo contigo y aprovechamos la ocasión. Si lo hubiéramos hecho antes, él se habría dado cuenta y habría descubierto a Marie, le habría arrebatado el pegamento una vez notado que no lo llevaba consigo, nos habría pegado con él y todos habríamos pasado a ser historia. —Recordó lo complicado que fue planificar ese último paso, allí detrás de varios repuestos de autos amontonados y con el alboroto que todos habían armado—. Y además queríamos ver que era lo que ibas a hacer con esas mentas.

Eddy volvió a mantener silencio.

—Yo sabía... que no lo iba a hacer... —aseguró Ed, luego de otro gran periodo intentando entender la trama.

—Yo también, Ed —respondió Doble D. Todavía se sentía debilitado.

—Ese loco quería que de alguna manera nos destruyéramos entre nosotros —concluyó Eddy—. Hizo hasta cosas que ni Doble D habría pensado hacer.

—Y no lo logró porque lo detuvimos —afirmó Rolf con orgullo, golpeando puño con palma. Vio cómo las Kanker lo destruían con la mirada—. Bueno, lo detuvieron. —Y ahora sí sonrieron.

Todo resultaba impensable para Eddy, quien en un principio aseguraba y hasta juraba que las responsables eran las Kanker. Se imaginaba desenmascarándolas a ellas en la escena del crimen. A ellas, a Jimmy o a Kevin, quien por ese entonces había estado comenzando a darle mala espina por hablarle cada vez menos.

—Yo aún no logro comprender como es que ustedes sí pudieron y los demás no —admitió Eddy molesto—. Es decir... para detenerlo, ustedes tres debieron haber hecho algo que ellos no hicieron.

—Somos mejores, por eso —aseguró Lee.

—E hicimos algo... jugamos a su juego —continuó Marie, ahora seria—. Él quería que se mataran entre ellos, y ellos no quisieron. Pero nosotras no tuvimos problemas en hacerlo.

—O sea, jugamos sucio.

—Él dijo... que nadie quería ensuciarse las manos. Y fue eso lo que tuve que hacer para engañarlo. El trabajo sucio, golpear a mis hermanas, a Eddy, a Nazz y al pelonchas... —Marie se sentía incómoda por haber tenido que hacer esas cosas, lo cual encontraba muy extraño, ya que por lo general, jugar sucio era motivo de orgullo para las tres. Pero esta vez, se sentía como si hubiese hecho algo malo. No por los bobos del callejón, sino por Doble D y los que estaban en esta habitación. Y él ahí sobre sus muslos, observándola, podía saber en qué estaba pensando—. Creo que no había otra manera...

—No fue por eso —irrumpió Doble D con lentitud, llevándose nuevamente la atención de todos—. Lo vencieron porque no dejaron que ese maniático las separara. Permanecieron unidas. Se mantuvieron firmes ante sus engaños. A diferencia de los demás... que terminaron atacándose entre ellos y atacándolos a ustedes. —Se giró a Marie—. Yo sabía que no ibas a dejar que lo tuyo con tus hermanas se rompiera así de fácil.

Ella sonrió, recordando una vez más su pequeña discusión con Lee. Como en todas, la ira del momento le hacía perder el control, pero luego de unos minutos todo volvía a la normalidad, a tal punto que ya ni siquiera hacía falta acercarse a ella a disculparse, porque ambas sabían que solo había sido el momento. Lee tenía razón, los hermanos se peleaban y eso era lo normal. Ellas se enfadaban entre ellas, pero nunca dejarían de quererse por ello.

Doble D alcanzó a ver como una de las manos de Marie abandonaba su cabeza para secarse una lágrima, y regresar. En algún punto del relato, esos masajes se habían transformado en caricias sin que él se diera cuenta.

Mientras tanto, Eddy comenzaba a caer en cuenta de cómo las cosas se habían distorsionado. Un ladrón había surgido como producto de un accidente entre dos chicos honrados, siendo este enemigo Doble D. Y las tan infames hermanas Kanker lo habían vencido por el bien del callejón. Eso estaba bien y ellas se lo merecían, pero era hora de regresar a la normalidad. Y la normalidad, para él, era que ellos y ellas no podían llevarse bien. No porque no lo quisieran —él no lo quería—, sino porque sabía que para el día siguiente, todo el mundo regresaría a su rutina. Solo le bastaba girarse a ver como Lee lo observaba. Dentro de unas horas volverían a ser el Coyote y el Correcaminos. Hay cosas que iban a cambiar a partir de mañana, pero esta no era una de ellas. Eso era lo que creía.

—Bueno, amigos, Rolf debe ir a seguir ocupándose de sus bellos animales. Varias de las gallinas de Rolf deben seguir correteando por ahí —habló el granjero, rompiendo el hielo—. No, Ed. Rolf agradece tu solidaridad, pero debes quedarte a recuperar fuerzas —dijo al ver que el Ed más alto se disponía a ir con él. Todo mundo sabía lo mucho que adoraba a las gallinas.

—Cuídate Rolf. No sabes cuánto te debo —se despidió Doble D. Ambos se tendieron la mano.

—Y por cierto, dejen descansar al muchacho Doble D todo el día, no lo presionen —aclaró antes de irse—. Nos vemos, chicos Eds y chicas Kanker. Vamos, Víctor.

Los ahí presentes lo despidieron al unísono. La puerta se cerró una vez que los dos salieron. Eddy se acercó a Doble D.

—Bueno chicas. Sé que han sido de ayuda rescatando a Cabeza de Calcetín, pero la tregua terminó. Vámonos Ed, Doble D. —ordenó Eddy.

—Pero Eddy... —pronunció Ed, consternado.

—Eddy, no...

—¡Óyeme! ¡¿Quién te crees?! —vociferó Marie—. ¿No oíste a Rolf? ¡Doble D tiene que descansar!

Eddy agradecía la mano que ellas tres les habían brindado, pero el mejor que nadie sabía que una unión entre ambos tríos no debía ocurrir, que las cosas eran como eran, y que ellos y ellas eran incompatibles. Y ya habían pasado mucho tiempo juntos.

—¡Pero yo digo que...!

—¡Sí! ¡Solo míralo! ¡Está destruido! ¡Déjalo en paz! —la apoyó May.

Estaba por responderle, pero entonces vio a Doble D.

—No te preocupes, Eddy. Voy a estar bien —le aseguró, dedicándole una vez más una radiante sonrisa. Esa con la que siempre lograba tranquilizarlos, comunicándoles que él sabía lo que hacía. Y Eddy sabía que esa sonrisa era una señal de que todo iba a salir bien.

—¿Estás seguro? —preguntó Eddy, acercándose a él.

Lee olfateó el ambiente. Algo se estaba quemando.

—¡May! ¡Las hamburguesas! —Lo habían olvidado por completo.

—Oh, ¡por Dios! ¡Por Dios! —May salió disparada hacia la cocina. Desde abajo se escuchó—: ¡Se queman! ¡Se queman!

Lee meneó la cabeza. El sabroso aroma del manjar alcanzó las narices de los tres Eds.

—Sí... hamburguesas... —murmuró Ed, babeando. Un gran rugido proveniente de su estomagó resonó por todo el remolque. Eddy también sintió su estómago aullar.

—¡Están a salvo! —se escuchó de las escaleras—. ¡Las Kankerburger de todos están a salvo!

—¿Las Kanker qué? —exclamó Eddy, quien volvía a dudar de si darle un fin a la tregua. Había escuchado ese nombre alguna vez, en esta misma casa.

—Estamos cocinando unas jugosas y magnificas Kankerburgers con queso derretido y barbacoa para celebrar que logramos salvar a Cabeza d... digo, Doble D —anunció Lee, entusiasmada—. Y apuesto a que no se lo querrán perder, después de haber pasado días huyendo y vagando por ahí sin comer nada, ¿o sí chicos?

Eddy intentó hacer oídos sordos al rugido que su estómago lanzó en ese momento. Una parte de sí mismo le decía que no debía acceder, que ese no era él, que no debía juntarse con esas horribles Kanker, pero se giró a ver a Ed, y él... se veía tan entusiasmado y hambriento.

—¡Por favor, Eddy! ¡Di que sí! —le rogó, al mismo tiempo que May regresaba a la habitación.

Ahora se giró a Doble D. Se veía tan tranquilo ahí en la cama, apoyado sobre Marie. Esa fue una imagen que jamás imagino ver. Él le dio una sonrisa y levantó el pulgar.

Sí. Esas terribles Kanker habían pasado meses detrás de ellos, fastidiándolos, espiándolos, acosándolos y hasta burlándose de ellos. Pero no todo fue tan terrible como se pensaba. Doble D había intentado sellar una mejor relación diplomática al ir con Ed a darles las gracias en el recreo (Eddy no quiso ir), logrando que ellas dejaran de molestarlos un poco, aunque seguían siendo las mismas persistentes perseguidoras de siempre, y lo seguirían siendo mañana. Pero hoy era un día diferente. Doble D estaba perdido en su propia oscuridad, a punto de caer en el abismo para nunca más volver, y ellas lo rescataron.

Y mientras tanto, la otra parte de Eddy pedía a gritos un poco de carne.

—¡Bien! ¡Ustedes ganan! Nos quedamos —cedió al fin. May, Lee, Marie y Ed se emocionaron. La primera se dirigió a la ventana.

—¡Ey, Rof! ¡Hay hamburguesas para todos! ¡¿Quieres?!

—¡Soy Rolf, niña! —se escuchó allí afuera, seguido de otros gritos.

—Oh... bueno... —May se volvió de la ventana, diciéndoles que este le había dicho que tenía urgencia en irse a su casa por su rebaño—. Vengan, muchachos. —May salió de la habitación dando saltitos.

—¡Sí! ¡Hamburguesas, Eddy! —exclamó Ed con alegría, saliendo también. Eddy y Lee los siguieron.

—Supongo que nos quedaremos un rato, ¡pero solo un rato! —Eddy intentó pasar su brazo con cuidado por la estrecha puerta. Su estomagó rugía con furia.

—Relájate, Eddy. Doble D está en buenas manos... —le aseguró Lee, antes de cerrar la puerta.

El corazón se le volcó a Doble D al darse cuenta de que ahora se encontraba solo con Marie.

—Vaya... tus hermanas... se están portando bien con ellos, Marie —inició él, para tener algo de qué hablar.

—Habla por ellas. Yo no voy a portarme tan bien —respondió con una malévola sonrisa. Se echó a reír al ver la cara de susto de Doble D—. Es broma, es broma. —Se relajó con un largo suspiro—. Cielos, Doble D. Creo que este es el mejor domingo que he tenido en años —confesó ella, jugueteando con los pocos pelos que sobresalían de su gorro.

—¿Por qué lo dices?... Oh, claro. —No había mucho que pensar. Ella tenía al chico que deseaba sobre su regazo. Supuso que después de haberlo ayudado, era lo menos que merecía.

Marie soltó una aguda risita. Se sentía ligeramente nerviosa.

Doble D sintió cómo una vez más volvía en el tiempo. Era cuando no tenía más de cinco años. Esos días en los que recién conocía a sus hermanos de la vida, Ed y Eddy, con los que jugaba hasta caer agotado. Y varias veces, por su complejo y limitado físico, había caído más temprano que tarde, y en ocasiones, con algún esguince. Recordó también como su madre se acercaba a su habitación y se sentaba en su cama. Él se recostaba sobre su regazo, y le relataba con emoción las aventuras y desventuras que había vivido en ese día, junto a sus dos grandes amigos. Todo eso mientras Mamá lo escuchaba y le acariciaba con suma delicadeza su gorra, como estaba haciendo ahora Marie.

Y una vez más, vino ese sentimiento de culpa por lo que su sonámbulo había hecho. Él estaba en el basurero arrastrándose como un pobre diablo acabado, deslizándose como una serpiente, buscando hasta el final hacer el mayor daño posible, como esas palabras que le dijo a Marie. No iba a negarlo, a él no le gustó nada hacerla sufrir. De eso se había dado cuenta en los últimos dos días.

—Oye, yo... siento todo lo que...

—No lo hagas.

—¿Qué?

—No te disculpes. Yo sé que tú nunca serias capaz, y a mí eso me basta —le aseguró, con una encantadora firmeza en su voz, que hablaba de alguien que también había aprendido mucho en estas últimas horas—. Estoy segura de que tú jamás te atreverías a lastimar a nadie, Doble D.

—Oh... —Fue lo único que pudo responder. Nunca había conocido ese lado de ella—. Vaya... Marie. Nunca pensé que nos encontraríamos en esta situación. Quiero decir, yo... No sé qué me hubiera pasado si tú no hubieras hecho todo lo que hiciste.

Marie cerró con fuerza los ojos para no volver a soltar otra lágrima.

—No sé cómo agradecerte —concluyó con suavidad.

—Bueno... yo sí sé cómo —respondió más serena, y volvió a ser la misma Marie de siempre, arrojándole otra sonrisa pícara y lamiéndose los labios. Doble D volvió a ponerse rojo y sus latidos resurgieron cómo tambores. Ya podía verse a sí mismo bañado en lápiz labial. Aunque la verdad, después del último tormento, eso no hubiera sido peor.

—¿Qu-quieres... un...? —adivinó él. Ella rio.

—No, tontito. Solo es una broma.

Ahí iba de nuevo. Doble D ya lo estaba comprendiendo.

—Pues es una lástima. Pensaba darte uno... —pronunció con una mueca de confianza.

Ella abrió los ojos de par en par, en una cómica expresión de impacto, sintiendo cómo su corazón se paralizaba, y balbuceó alguna incoherencia.

—Es broma —finalizó él, intentando contener la risa.

—Oh, eres un tonto Doble D —confesó ella, y los dos rieron.

Sí, se podría decir que Marie aprendió algo muy valioso ese fin de semana. Correr detrás de él, atormentándolo, era algo divertido. Pero era aún mejor compartir un tiempo de calidad con él, en el que ambos la pasaban bien. Y es que ella creía que lo más probable era que él no sintiera lo mismo, pero la vida continuaba. Ella era muy joven, y por lo tanto muy predispuesta a ilusionarse con lograr conquistarlo en el futuro, de alguna manera.

Le dio una mirada más. Estaba tranquilo, mirando hacía el horizonte por la ventana, pensando en quién sabe qué. Le había dicho a él en su casa, que el grupo de perdedores de sus amigos merecía hace tiempo un buen escarmiento. Eso sí fue verdad. Ella creía que ellos no valoraban a Doble D como ella. Quizás... quizás eso también fue lo que lo tenía hoy aquí, en ese estado. Abatido.

—Bueno, supongo que debes estar muy agotado y muerto de sueño y... quieres estar solo... —concluyó con resignación.

—No —repuso Doble D, todavía con algo de cansancio. Se giró a verla, directo a los ojos.

Ella también lo vio.

—Quédate.

Se lo suplicó en un suspiro, acompañado de una sonrisa. Ella también sonrió. Una excitante sensación de paz invadió a los dos chicos.

Doble D se encontraba pensando en que todo esto no habría ocurrido si él hubiese seguido su propio consejo y hubiese dormido mejor. Pero así se habían dado las cosas. Se sentía mal por un lado, pero por el otro también creía que había ganado, al haber descubierto todo lo que aprendió en estos últimos dos días.

«Sí. Definitivamente tienes que dormir mejor», se respondió.

Miró una vez más a Marie. A diferencia de Eddy, él no consideraba que ellas fueran lo peor del mundo. Era molesto lo que hacían con ellos, pero también agradable, en cierto sentido. Y además, todavía eran muy jóvenes. Uno hacía muchas estupideces de niño. Pero lo que a él le importaba, lo que él consideraba crucial era quién era cada uno en los momentos difíciles, los momentos como este. Y ella lo había rescatado del abismo. Ella, quien no creía en superficialidades, quien sabía admirar lo que se hallaba dentro de uno, quien guardaba a una persona dulce y sensible debajo de toda esa rebeldía.

Doble D se quedó recostado en sus muslos, en paz, pensando en que seguramente mañana estaría de nuevo corriendo y buscando un cesto de basura en el cual esconderse de ella.