Lo de Lyle lol

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Dos meses, esa era la mayor cantidad de tiempo que había pasado separada de su hijo. Dos meses y contando…

Amor, de nuevo lo estas haciendo–

Ignoró la voz de su marido y sus demandas al igual que los días anteriores, en cuanto se hizo aparente para él que no se trataba de otro caso de Leni siendo Leni sino de que en realidad, sí estaba concentrada en algo importante, algo que la mantenía despierta por las noches e inquieta durante el día, algo que ella todavía no se dignaba a compartir. Por su parte, Leni seguía haciendo oídos sordos al mundo exterior, en su mente, una sola pregunta.

¿Qué era lo que le estaban ocultando?, sabía que Lyle no le estaba contando toda la verdad, sabía que algo ocurría, algo importante.

Leni, ¿estas segura de que estas bien?–

Por supuesto–, contestó sin usual chispa que solía contener su voz, tan solo para silenciarlo.

Dos meses completos en los que Lyle había cambiado, y no para mejor. Se sentía distante, indiferente, como si detrás de cada una de sus palabras escondiese un secreto terrible, un secreto que le avergonzaba. Leni lo conocía demasiado bien como para no darse cuenta, era… era demasiado parecido a su padre, demasiado honesto incluso cuando trataba de evitarlo.

¿Tal vez se había dado cuenta de que en realidad, el hombre que lo engendró y aquel que lo crió eran personas distintas?

El chico estará bien–, le dijo su marido para consolarla, –Está aprendiendo a vivir por su cuenta, a valerse por si mismo, ¿y quién sabe?, quizás tiene a una chica y no desea que sus padres lleguen en un mal momento–

Leni frunció el ceño y se puso de pie, –Si no nos visita pronto iré a verlo yo misma–, declaró firme.

Dale espacio amor–, insistió su marido, –No querrás que se sienta obligado a compartir cada pequeño secreto, Lyle merece algo de espacio–

¡Tú lo criaste!–, añadió el hombre de manera defensiva al ver la expresión de enojo en el rostro de Leni, –Lo menos que puedes hacer es confiar en él–

Supongo que no me queda de otra–, murmuró Leni abatida después de un rato, –Vendrá a vernos dentro de poco, y solo entonces le preguntaré qué es lo que le molesta–

Tiempo y paciencia, lo primero era un recurso escaso del que no pretendía abusar, lo segundo, era algo de lo que ya no disponía.

Partió temprano aprovechando que su marido saldría en un viaje de trabajo y que ella misma disponía de unos cuantos días libres, todo esto con la idea de llegar a ese pueblo en el que residía su hijo, buscar un lindo lugar para comer y llamar a Lyle. Allí lo vería y finalmente podrían charlar en paz sobre todo lo que le preocupaba.

El nuevo lugar de residencia de su hijo era tal y como se lo habían descrito, un pueblito encantador que le recordaba un poco al viejo Royal Woods. Condujo por las calles admirando los paisajes tan diferentes a los que estaba acostumbrada, sonriendo con verdadera felicidad al darse cuenta de que la decisión de su hijo de independizarse no fue tan irresponsable como creyó en un inicio. Ya cerca de mediodía decidió que había visto lo suficiente. Buscó en donde estacionar y por fortuna halló un lugar frente al sitio ideal para encontrarse con Lyle. Se trataba de una linda esquina con una gran enredadera que se extendía sobre un toldo de hierro, con mesas de madera delicadamente decoradas y un aire hogareño que la llenó de añoranza por su hogar. Leni buscó una mesa adentro que quedase cerca de las ventanas, para de ese modo, disfrutar del agradable clima sin que el ruido de los autos fuese demasiado.

–Aquí es perfecto–, se dijo a si misma sonriendo al tomar asiento y pedir su orden, –Ahora a darle la sorpresa a mi bebé–

Buscó en su bolso el cual estaba abarrotado de materiales de costura. Sin importar que su rápida incursión en el mundo de la moda hubiese acabado apenas comenzó, el amor de Leni por las telas jamas disminuyó. Era algo nato en ella el ver a las personas y diseñar de inmediato el mejor atuendo posible, la prenda precisa para destacar la belleza de cada quien. Tal vez por ello encontró a esa pareja tan cautivadora y no pudo evitar el imaginar los pequeños retoques que les daría a ambos, nada excesivo obviamente, solo lo necesario para resaltar lo que ambos trataban de proyectar.

–Que hermosos se ven–, murmuró, –Me recuerda a mi misma y a Linc…–

Apenas esas palabra surgieron de sus labios, la misma sensación de desasosiego que estaba aunada al nombre de su hermano la llenó de una profunda tristeza. Durante años, imaginó que Lincoln regresaría y al fin charlarían de lo sucedido entre los dos, para que así, ella pudiese pedir perdón por romper su promesa y él hiciese lo mismo. Pero Lincoln jamas regresó, se fue alejando de todos, volviéndose distante y silencioso al punto en que podían pasar meses sin que tuviesen noticias sobre él. Todo lo que sabía sobre su hermano era que estaba bien, o al menos eso creía. No existía manera alguna de corroborarlo salvo por esas llamadas esporádicas que hacía a casa, y en las cuales se aseguraba siempre de no dar detalles. Leni por años le pidió a sus padres que por favor le avisasen de cualquier pista que tuviesen, sin embargo, ambos se negaron rotundamente hasta que ella se rindió y se hizo a la idea de que jamas volvería a verlo. Era una manera triste de terminar su historia, aunque tomando en cuenta lo torrentosa que fue quizás era la forma adecuada. Ahora que gozaba de la madurez de la que no disponía en ese entonces, comprendía que jamas la hubiesen dejado ser feliz junto a Lincoln.

Era algo que nunca sucedería y ella… ella estaba contenta con eso. No le quedaba de otra, mas, no podía evitar el imaginar de vez en cuando lo que pudo haber sido, lo que debió de suceder.

Tal era la culpa que plagaba su corazón por haber fracasado como su hermana que casi pasó por alto lo similar que era ese hombre a la idea de Lincoln a la que le había dado forma durante todos esos años. Aquel hombre que tenía en frente, el caballero cuyo vestuario estaba resideñando… no podía ser mayor que ella, pero tenía el cabello blanco.

Cabello completamente blanco, y siendo tan joven…

Cabello blanco como su hermano menor.

La realización fue paulatina, esclareciéndose conforme lo escuchaba charlar con aquella joven que se encontraba absorta por sus palabras y coqueteaba a veces de forma descarada con él.

Esa joven de finas facciones, aunque… no, no lo era. Convincente sí, y mucho, pero no lo era.

Y sin embargo se parecían mucho como para no ser familia, ¿tal vez interpretó mal lo que veía?

Misma nariz, mismas facciones. En uno de ellos, endurecidas y algo toscas, en la otra, teñidas de cierto encanto que parecía ser imposible de replicar. Apenas pudo darle unos vistazos de cuando en cuando, en los momentos en que la melena no ocultaba el rostro hasta que al fin se decidió a hacer al cabello a un lado, todo esto mientras reía de una broma de mal gusto que al parecer, no le había hecho gracia al caballero de cabello blanco.

Leni comió su tostada de forma mecánica, sirviendo de su taza de té sin darse cuenta de que no le había añadido azúcar ni miel.

¿Era posible que todo lo que estuviese viendo no se tratase de otra cosa que una alucinación?, porque de ningún modo se trataba de su hermano desaparecido teniendo una cita con Lyle, a quien por cierto, sí le quedaba bien esa ropa que antes odiaba probarse.

Con un nudo en la garganta se puso de pie, agradeciendo el milagro de que no la hubiesen visto y huyó al interior del restaurante, desde donde llamó a Lyle.

Uno, dos, tres intentos sin resultado hasta que al fin recogió el teléfono, se excusó de la mesa y contestó en voz baja, bien alejado de Lincoln.

–Hola bebé–, le saludó tratando de controlar el temblor de su voz, –¿Cómo estas?, ¿qué haces?, ¿qué cuentas de nuevo?–

Disparaba preguntas al azar, todo con tal de recobrar la compostura y no hacer una escena.

–Yo…–, contestó Lyle algo confundido, –Pues… estoy bien mamá, estoy con un amigo ahora, estamos comiendo–

–¿Solo un amigo?–, cuestionó Leni, –¿Seguro que no es cómo lo que aquella ocasión con ese chico que te escribió un poema y todo eso?–

–Mamá… no empieces tú también–, se quejó Lyle frente a las burlas de su madre, preguntándose cómo era posible que lo siguiesen molestando por algo que había sucedido años atrás.

Leni por su parte no lo hacía con intención de burla, no era por crueldad. Tan solo le resultaba tierna toda la atención que su hijo recibía.

¿Acaso Lincoln lo veía así?, no podía ser, ella conocía los gustos de su hermano y bueno… entre su cuerpo y el de Lyle existía una gran diferencia. Incluso con el paso de los años ella seguía siendo una mujer hermosa, tanto que todavía provocaba uno que otro arranque de celos por parte de su marido, sin querer claro está-

–Solo bromeaba hijo, no era más que una broma–, rió Leni, sin sentir alegría

Lyle veía a Lincoln de manera nerviosa, quien por su parte, se contentó con mantener la distancia.

–Como tú digas, y a todo esto, ¿cómo está papá?–

¿Qué diría el padre de Lyle si supiese en lo que estaba metido su campeón?, siempre estaba tan orgulloso de él que de seguro le destrozaría verlo así. Leni jamas se atrevería a romperle el corazón de esa manera, lo que limitaba sus alternativas.

De haber sido cualquier otra persona se hubiese contentado con dejarlo experimentar y ya, sin juzgar ni condenar ni nada por el estilo, pero era Lincoln, y Lincoln…

Debía poner fin a fuese lo que fuese que estuviese haciendo su hijo, no tenía otra alternativa.

–Está bien, en casa. Yo estoy afuera–

–¿Afuera dónde?–

Su hijo, su muy listo hijo, su príncipe, tuvo el tino de girar para así indicar a Lincoln que todo estaba bien y que no tardaría, antes de congelarse.

–Adivina quién vino de visita –

Lincoln trató de ponerse de pie antes de que Lyle lo detuviese. Temblando, alzó la vista al cielo y pretendió que todo estaba bien.

–Eso es grandioso mamá–

Lyle dio un vistazo de soslayo a Lincoln que parecía entretenerse examinando sus uñas, mas, la preocupación era evidente en su rostro.

–Sabes, podríamos comer juntos, ahora mismo estoy viendo un hermoso café en el que podríamos reunirnos –

Sintió escalofríos al darse cuenta de que había sido descubierto, vio hacía la calle y luego al interior del café, y allí la encontró, con los brazos cruzados y una expresión de desasosiego que no vaticinaba nada bueno.

Ni en sus peores pesadillas imaginó que lo atraparían así, con las manos en la masa.

–Mamá, puedo explicarlo–, susurró con desesperación, –Ok… tal vez no pueda explicarlo, pero no estoy haciendo nada malo–

–Oh claro que vas a explicarlo Lyle –, contestó Leni en tono amenazante, –Estás en graves, graves problemas jovencito–

Lyle tragó saliva y se volteó lentamente, luego, apoyó ambas manos sobre la mesa, exhalo abatido y dio por hecho que su vida estaba arruinada.

–¿Estas bien Laura?–

Adiós Lincoln–, pensó, –Fue lindo conocerte, pero si no me deshago de ti de inmediato de seguro que mamá va a matarte–

–Necesito que te vayas–, le dijo más cortante de lo que deseaba y sin elaborar más.

–¿Por qué?, ¿qué pasó?–

Sacudió la cabeza y resistió el impulso de tomar sus manos entre las suyas, con mamá viendo todo lo que sucedía no podía permitirse otro desliz.

–No puedo decirte, ¿me perdonas verdad?–

Lincoln asintió grave y se puso de pie, apoyando las manos sobre la mesa para acercarse a Laura.

–¿Te veré en misa?–, preguntó en un hilo de voz.

Lyle no tuvo el corazón para decirle que esa sería quizás la última vez que lo vería.

–Puedes contar con ello–

Decir que Lincoln se sentía abatido era decir poco, Laura, durante el breve tiempo de haberla conocido, se había transformado en una buena amiga, y si bien su sentido del humor abusaba demasiado de su condición de hombre casto ella era para todos los propósitos una maravillosa persona.

Dejarla por su cuenta para lidiar con el problema que obviamente trataba de ocultar le remordería la consciencia por mucho tiempo.

–¿Estás segura de que todo esta bien?, porque si no es así puedes contar conmigo Laura–, ofreció, –Después de todo, ese es mi trabajo, ¿sabes?–

Lyle parpadeó en cuanto notó la humedad aposándose en sus ojos, llorar frente a Lincoln hubiese sido increíblemente vergonzoso, así que no lo haría.

–Puedes confiar en mi–, le aseguró Laura con un pulgar en alto, –Tenme algo de fe Loud–

Lincoln le dio un par de palmadas en el hombro, dejó algo de efectivo sobre la mesa y se retiró, Lyle sacudió la cabeza al darse cuenta de que había pagado por los dos, justo la clase de gestos que esperaba de su persona y sobre los cuales constantemente discutían.

Aquel intervalo de calma acabó con una sombra que conminó a Lyle a volver a su asiento.

–Gracias por no hacer una escena–, murmuró Lyle, –Sé que se ve mal, pero te juro que no pasó nada. Lincoln es… lo encontré por mera casualidad, y desde entonces somos amigos–

Leni ocupó el asiento de Lincoln, pidió un café y tomó de las manos a Lyle, tal y como lo hacía cada vez que debían discutir algo serio, ¿y qué podía ser más serio que lo que acababa de ver?, desde que Lincoln se alejó de casa la familia entera asumió lo peor, hasta que recibieron noticias sobre su persona. Al parecer, se hallaba bien, era feliz y no regresaría puesto que había hallado su vocación en la vida. A Leni se le rompió el corazón, en especial cuando sus palabras fueron tomadas como una renuncia al apellido, renuncia de la cual jamas se habló. Lincoln se convirtió en alguien de quien existían muchos recuerdos pero ningún vínculo, nada que realmente lo conectase a casa, salvo por Lyle.

Su vergüenza, por así decirlo, nunca fue dada a conocer. Al poco tiempo de descubrir que estaba encinta un viejo amor se hizo presente, y con paciencia y ternura logró ocupar en parte el lugar de Lincoln.

Era por ese hombre, por su marido, y por el futuro de Lyle que debía ponerle un alto a su hijo.

–Tú y yo tenemos mucho de lo que hablar–

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Era viejo, muy, muy viejo.

¿Eres tu hijo mío?–

Aquí estoy padre–

Se hallaba siempre en el mismo lugar, un rincón olvidado de la capilla desde el cual, escuchaba a cualquiera que quisiese un consejo y últimamente, se abocaba a guiar a Lincoln. Todo desde aquel rincón oscuro desde el cual rezaba por la llegada de un mundo justo.

Una petición sin sentido que nadie escucharía salvo por los ídolos de yeso que nada podían hacer por la humanidad, mas, allí permanecía, estoico en una batalla personal entre el desencanto del mundo terrenal y la gloria de lo incomprensible. Aquella realidad que existía frente a esos ojos que ya nada podían ver era más bella y digna que cualquier otra cosa que Lincoln pudiese imaginar, tanto que llegó a sentir algo de envidia por el viejo monje, hasta que este le recordó lo agradecido que debía de estar por poder ver cada amanecer con sus propios ojos.

Con paciencia y dedicación, le enseñó de humildad.

¿Has pensado en lo que te dije?–

Respiró profundamente, allí en esa caverna construida por los hombres, bajo el alero de las doce estaciones esculpidas en piedra que descansaban en las salientes apenas iluminadas de los muros. Un coro celeste resonó para anunciar que dentro de una hora celebrarían la liturgia. Lincoln había aprendido a reconocer la importancia del tiempo al escuchar los cuentos del viejo monje que esperaba su respuesta, y como era de esperarse de la persona en la que se estaba convirtiendo, no se atrevió a desperdiciar más de su tiempo con dudas ni cobardía. La única persona dispuesta a ayudarle, la única persona que le mostrase compasión desde que perdió a Leni merecía su honestidad, sin importar lo dolorosa que pudiese resultar.

Con la cabeza gacha para que su frágil mano reposase sobre ella, y el corazón abierto, le confesó el haber viajado de regreso a casa a buscar a su hermana.

El anciano monje suspiró profundamente, su pecho constreñido por el esfuerzo subió apenas un tanto al sentir como el espíritu de su joven amigo menguaba.

No puedo decir que no me alegra que haya terminado–, confesó apenado, con esa voz apagada que incluso en el silencio de la capilla era difícil de notar, –Lincoln, quiero que comprendas que el señor te está dando una nueva oportunidad, y no solo a ti, sino también a ella–

Quería rebelarse ante esas palabras, demostrarle que se equivocaba pero sabía que aquello acabaría en fracaso. Le habían escupido en el rostro, lo habían repudiado hasta el cansancio y ya no le quedaban fuerzas para resistir lo que a todas luces era un intento suicida por revertir lo inevitable.

Hundió el rostro entre las manos, blandiendo los dientes en un colérico gruñido que fue ahogado por otra ronda de campanadas.

Sé que tu corazón se resiste, créeme, lo comprendo a la perfección–

Lincoln río con amargura, –Dudo que haya pasado por lo mismo padre–

Aquel viejo rostro marcado por las arrugas, con sus ojos muy hundidos y su expresión de eterna melancolía se quebró en una sonrisa que atrapó desprevenido a Lincoln.

¿De verdad eres tan presuntuoso para creer que eres el único que ha amado de esa manera?–

El joven peliblanco frunció el ceño, era cierto que se trataba de un hombre muy viejo y que era razonable que antes de entregarse a la vida como sacerdote hubiese tenido otra vida. Sin embargo, a Lincoln tal imagen le parecía difícil de concebir. No lograba reconciliar al hombre al que conocía con la idea de su versión joven y mucho menos en las mismas circunstancias.

Yo también conocí esa clase de amor Lincoln, no del mismo modo, pero sí con la misma intensidad–

Entonces…–, cuestionó intrigado, –¿Por qué decidió ser monje?–

El anciano cerró sus pequeños y apagados ojos, esculcando en memorias largamente enterradas. En su vida, pocas personas llegaron a saber aquello que lo mantenía despierto por las noches, con ambas manos cruzadas sobre el pecho, temblando al contar las cuentas del rosario.

Aquello que devora al hombre día a día, los arrepentimientos de toda una vida entregada a la iglesia y a Dios…

Lincoln… no se trata de como son las cosas, ¡sino de lo que deberían ser!–

Ante la confusión del joven, procedió a elaborar.

Se trata de sacrificio, si yo… si hubiese sucumbido, entonces todo lo que ella amaba sobre mi sería una mentira–

Viejos arrepentimientos, de la clase que se carga sobre los huesos, que hieren cada noche con los males propios de la edad. El anciano monje, en su larga y muchas veces triste vida, contempló en sus oraciones el pedir perdón por las oportunidades desaprovechadas.

Realmente la amaba, pero no más que a sus principios.

Renunciar a ella era la única manera de ser la persona digna de su amor, incluso si en eso se le iba la vida.

Sacrificarse en nombre de un ideal, renunciar a todo en nombre de aquellos a los que amamos, ¿no es ese acaso el pináculo de la humanidad?, ¿no es esa la esencia absoluta de la divinidad?. Me preguntas porqué me alejaría de la única persona a la que amé y te respondo con la única verdad que tiene sentido para mi, Lincoln–

La serenidad que parecía ser una fijación permanente del rostro del anciano se quebró por completo, en su lugar, resolución.

La amaba lo suficiente como para renunciar a todo por ella, incluso a mi mismo–

Lincoln creyó entenderlo, no del todo, pero al menos sí lo importante, lo fundamental.

La felicidad de Leni estaba en juego, algo que no podía sacrificar, algo a lo que no renunciaría.

No por eso fue una decisión sencilla.

¿Lo entiendes hijo mio?, ¿lo comprendes al fin?–

Lincoln asintió lentamente mientras que la arrugada y frágil mano del viejo monje se posase en su nuca. Viejos recuerdos que de seguro lo atormentarían por el resto de sus días, y la duda siempre presente de lo que hubiese pasado de abrir esa puerta y confrontarla directamente. Ese sería su calvario personal mientras ponía en orden su vida, y de paso, dejaba a Leni en paz para que hiciese lo mismo.

Con una última ronda de campanada y la llegada de los coros, el templo se iluminó, haciendo resplandecer los vitrales en una multitud de colores salvo por un recoveco olvidado por el tiempo, desde el cual, el viejo monje consolaba a un chico con el corazón roto.

Lincoln abrió los ojos lentamente, para atrapar esos instantes previos a la disolución de sus recuerdos.

–¿Ya amaneció?–

Una pregunta tonta que afortunadamente nadie escucharía, era obvio que ya había amanecido y que también estaba atrasado. Típico, sin importar lo mucho que planease las cosas siempre sucedía algo que lo obligaba a improvisar en la marcha.

Con algo de resquemor giró sobre la cama hasta que sus pies alcanzaron el suelo, se calzó un par de pantuflas y fue hasta el baño. Después de una ducha corta y una afeitada rápida ya estaba listo para seguir con el resto de su día. Las bancas necesitaban una nueva capa de barniz así como los marcos de las ventanas, a los cristales los puliría luego, al igual que al gran crucifijo de bronce que colgaba de la entrada. Lo último serían los pisos, en especial la nave central que debía de brillar para recibir a su congregación.

Y hablando de su congregación…

–Vaya, no esperaba a nadie tan temprano–

Usualmente, la iglesia permanecía cerrada salvo que él o alguna de las catequistas necesitase entrar, por lo que encontró inusual la puerta entreabierta sin señales de haber sido forzada.

Quizás es Laura, han pasado un par de semanas desde la última vez que nos vimos, espero que este bien–

Trató de desvanecer esas peligrosas ideas de su mente, Laura era una querida amiga, incluso si su falta de fe y su tendencia a poner a prueba la castidad de Lincoln resultaba desesperante. En el fondo, veía en ella a una persona honesta que decía lo que pensaba y sentía sin muchos tapujos.

El polar opuesto a Leni Loud–, pensó con una sonrisa, –De seguro se llevarían bien–

Luego de entrar y persignarse, buscó por todo el templo esperando ver daños hasta que al fin, algo llamó su atención.

–Alguien vino a confesarse–, murmuró, –¿Pero quién?, ya nadie viene, nunca–

Lincoln respiró profundamente, abrió la puerta del confesionario y tomó asiento.

–Pues… siento que estoy en desventaja, de seguro sabes quien soy, pero yo no sé quién eres–

Trató de decirlo a modo de broma, pero el nerviosismo lo traicionaba.

–Es gracioso, que un pecador como tú pretenda perdonarme en nombre de Dios–

Esa voz… no, no podía ser ella, de ningún modo era ella. Nadie sabía en donde se ocultaba Lincoln, esa información era privada para todos salvo otros miembros de la iglesia.

No usaba redes sociales, no se sacaba fotos y apenas tenía amistades, salvo algunos otros curas y Laura, nadie realmente lo conocía, y Laura ni siquiera lo conocía en realidad.

–Vaya… no sé que esperaba, pero de seguro no era tu silencio Lincoln, aunque supongo que es todo lo que puedes darme, después de todo, no se puede esperar más de ti–