Continuación del fic de Sonette y Cleo

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Flotaba por sobre las nubes, acariciando con la yema de los dedos la textura suave y deliciosa de las mismas. Un océano blanco y azul y dorado que se extendía más allá del horizonte, enmarcado por una bóveda oscura decorada por una infinidad de estrellas. Allí, Sonette cerró los ojos y halló la paz.

Conforme se desplazaba por el firmamento, sus pies, antes ligeros, comenzaron a pesar. De manera paulatina le siguieron sus piernas, su cintura, y luego, el resto de su cuerpo.

Conforme atravesaba las nubes, sintió en sus muñecas un ligero tirón que aumentaba y aumentaba, arrastrándola de manera inexorable a la tierra. Mas, las nubes eran descomunales, y por más que descendiese a través de ellas la verdad es que parecían no tener fin.

Pensó en lo reconfortante que hubiese sido permanecer allí por la eternidad, en ese bendito adormecimiento de los sentidos, la apacible y envidiable libertad que la reclamaba, hasta que de la nada, las nubes de disiparon, y un ojo enrojecido, tan grande como el sol, la arrastró de regreso a la realidad.

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Clyde se consideraba a si mismo un buen hombre, era un buen hombre, y como tal, sabía que de su persona se esperaban ciertas cosas. No solo se trataba de mantener un techo sobre sus cabezas y una alacena llena, eso, cualquier pobre diablo lo lograba. No, lo suyo iba más allá, desde la colegiatura de las niñas incluyendo clubs, sociedades y actividades extra académicas, viajes de campo, actividades de mitad de semestre y final de año y todo cuanto pudiese incorporar en medio, un seguro de salud con múltiples beneficios, un lugar importante en la sociedad y más que nada, un futuro asegurado para las dos, que demostrase a todo mundo el valor de los McBride.

Lo suyo iba más allá del simple deber, de lo que cualquiera haría, porque él, a diferencia de otros, era un buen hombre, y un buen hombre cuidaba de su familia por sobre cualquier otra cosa. Por ello, lo de Lincoln lo tenía perplejo. Estaba seguro de haberle inculcado a sus hijas los valores de una familia decente, de gente de bien, y por ello no comprendía el que su hija menor se rebelase de esa manera. Cleo, más que nadie, debería de saber que entablar cualquier tipo de relación con ese criminal era una ofensa contra su propia familia y en especial contra Sonette y su madre.

Cleo no sabía lo peligroso que podía ser su ex amigo, no tenía ni la menor idea.

–Así que salió, y no tienes idea de a dónde fue–, acusó en cuanto vio el rostro de su mujer palidecer.

Haiku le había pedido que interviniera al fin, y eso era exactamente lo que haría, mas, ninguno de sus esfuerzos darían frutos sin la cooperación de toda la familia. No podían esperar que nuevamente lidiase con todo como la última vez.

–Salió con ese chico con el que querías que saliera, ya sabes, el hijo del profesor–, contestó ella confirmando lo que él ya sabía.

Clyde no contestó, no necesitaba hacerlo al menos hasta que Haiku se hallase por completo receptiva a sus palabras. Había aprendido, temprano en su matrimonio, que debía proyectar cierta imagen no solo con ella, sino que con todo mundo.

Cuando Haiku se dio cuenta del error que cometió al permitir que Lincoln los separara fue necesario que Clyde actuase como el hombre. Allí estaba esa preciosa mujer, el amor de su vida, rogando por ayuda, ¿y quién mejor para prestársela que su alma gemela?, lo de ellos era obra del destino, tan solo les faltaba un pequeño empujón. Tan solo necesitaba demostrar a Haiku que él era mejor que Lincoln, y siendo que Haiku era una chica brillante, no tardó en comprender. Con Lincoln viviría condenada a la pobreza, luchando día a día por migajas, mientras que Clyde tenía un plan para darle la vida que merecía, un plan tan brillante que les dio el inicio que requerían para fundar su familia.

Haiku de esto último, poco y nada sabía. De seguro tenía una idea vaga de sus actos, sabía, así como algunas pocas privilegiadas personas, que a Lincoln lo usaron como chivo expiatorio. El pobre idiota estaba tan desesperado por dinero que no le costó convencerlo de convertirse en un criminal. Un fraude de seguros no sonaba tan escabroso como otros delitos, pero no por ello cargaba una pena menor.

Una serie de inversiones riesgosas, y una propuesta hecha en el momento adecuado bastaron para que Loud se pusiese la soga al cuello. Jamas cuestionó su rol en el incendio de su anterior lugar de trabajo, ni las instrucciones que Clyde le dio. No era muy inteligente, jamas lo fue, pero aún así sorprendía a Clyde con su estupidez. Llegaba a tal grado su ignorancia que ni siquiera logró morir adecuadamente, y en lugar de eso, escapó con vida de las flamas, con vida pero terriblemente mutilado, si es que sus fuentes eran fidedignas.

El que siguiese existiendo de esa manera, luego de perder incluso su reputación, lo hacía verse repugnante. Lincoln era una criatura miserable, que moriría, esperaba Clyde, solo y con gran dolor.

Pero de estas cosas, Haiku no necesitaba saber. Suficiente era que estuviese de acuerdo con que su marido hiciese lo necesario por la familia, y en esta ocasión no sería distinto.

–Bien, me alegra que haya entrado en razón–

Haiku suspiró molesta frente a la actitud despreocupada de su marido.

–Lo dudo, mi hija no se daría por vencida así como así–, refunfuñó ella evidentemente indignada, –Cleo es demasiado lista para su propio bien. Me preocupa Clyde, me preocupa que esa mente suya la lleve a cometer una estupidez–

Clyde pasó por alto la fiera recriminación de su mujer, dado que Haiku, mejor que nadie, debería de comprender que la raíz de la rebeldía de su hija se encontraba en la madre. Cleo y Sonette habían sido criadas para ser independientes, y Clyde, por mejor, lo permitía. No deseaba que ninguna de las dos pasara por lo que pasó Haiku con Lincoln, y la mejor forma de prevenir que un perdedor de esa calaña arruinase el futuro de cualquiera de sus hijas era enseñarles a mantener a raya a esa clase de sujetos. Coincidentemente, Clyde también comprendía que eso no siempre daría resultado, dado que no todas las alimañas operaban de la misma manera y en el caso particular de Loud, se trataba de una peste en extremo persistente y molesta.

Por ello no siempre se podía contar con la misma estrategia, cualquier persona, sin importar quien fuese, tendría defectos sobre los cuales difícilmente podían ejercer alguna clase de control. Más allá de reconocer las falencias propias el secreto residía en identificar situaciones de riesgo y evadirlas. De haber sido más lista, y menos sentimental, Haiku se hubiese dado cuenta a tiempo que debía de estar con su verdadera alma gemela y no con un inútil como Lincoln Loud.

Con Cleo sucedía lo mismo, y si bien ella misma se las hubiese arreglado para lidiar con el típico chico sin futuro, pues con Lincoln se veía superada. Clyde sabía de primera mano como funcionaba su ex amigo, y sabía también que Cleo podría despertar y verlo tal como era por su propia cuenta, ¿pero para qué arriesgarse y dejar pasar más tiempo?, no, no permitiría que tal insulto contra su familia permaneciese impune. Alguien debía de pagar, Lincoln tendría que enfrentar la justicia, pero antes, pondría a sus hijas a salvo.

Cleo era inteligente, y de seguro sabría reconocer el salvavidas que su padre le estaba arrojando.

–Eso no importa, en cuanto lo conozca, se dará cuenta de lo mucho que tienen en común y volverá al buen camino–

Le bastó a Clyde ver el rostro de su mujer para saber lo que opinaba de él en ese momento. No existía la admiración inicial que los único, ni la vieja camaradería, mas, esas cosas siempre podían revivirse, y sucedería, pero a su ritmo, bajo su designio.

Haiku no necesitaba conocer toda la verdad. Se daría cuenta al fin que Clyde tenía razón.

Siempre sucedía así, sin falta.

–Como tú digas amor–, contestó ella abdicando a las maquinaciones de su marido.

Como en muchas otras ocasiones, Haiku se dio por vencida y se entregó a la voluntad de su hombre, que bajo su alegre superficie ocultaba la profunda satisfacción que le producía tener nuevamente la razón. Haiku le resentiría por un tiempo al igual que lo haría Cleo, tal vez y hasta tratarían de hacer un frente común incluso si aquello no resultaba en otra cosa que unos cuantos malos ratos y sus posteriores disculpas.

Honestamente, no esperaba más de ninguna de las dos, al fin y al cabo, pensó Clyde ya más calmado, Haiku era una chica lista, la más lista que hubiese conocido salvo por uno de los engendros Loud. Se daría cuenta por si misma, no de todo, pero si de suficiente como para concluir que su marido seguía siendo tan confiable como de costumbre.

–Noté algo extraño con un par de cuentas al hacer las compras–, comentó Haiku fingiendo despreocupación, –¿Qué hiciste Clyde?–

Su sonrisa era positivamente triunfadora, al grado de que Haiku acabó por palidecer al darse cuenta de que ya todo estaba hecho.

Tal y como sucediese años atrás, ella no necesitaba los detalles, ese no era su papel.

Con que le fuese fiel, con que apoyase cada una de sus decisiones, bastaría.

Ella no requería saber más.

–Me encargo, como lo prometí–

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Pánico, terror como nunca antes había sentido, y en medio de todo, una mórbida fascinación por lo que estaba a punto de suceder.

Su cuidadosamente planeado ataque fracasó casi al instante, dejando a Sonette en una posición comprometedora en la que nunca se imaginó estar. Lincoln parecía ser una criatura de hábitos, haciendo las cosas de forma metódica mientras se acercaba la hora de dormir. Sonette lo había estado observando desde que se las arregló para entrar en su departamento, bien oculta bajo la cama, y de todo lo que podía ver, concluía que el tipo era aburrido y predecible, para nada cercano a lo que imaginaba, y es que había imaginado muchas, muchas cosas, cada una más terrible que la anterior

No había nada interesante allí en su hogar, nada salvo algunos papeles los cuales no pudo examinar como le hubiese gustado. El departamento era pequeño y estaba bien aseado, contando apenas con una sala de estar junto a una isla y cocina con un refrigerador que parecía de juguete en comparación al que ella tenía en casa. Una pequeña mesa al lado del balcón con las ventanas cerradas, enceres básicos en una esquina y un televisor adherido a la pared. Su habitación seguía la misma linea, con una cama de dos plazas, dos veladores, un pequeño escritorio con más papeles y un armario.

La nevera estaba prácticamente vacía salvo por una solitaria banana, un cartón de leche y algunas gaseosas.

El baño no tenía nada especial, incluso su loción de afeitar era en extremo genérica, de una marca barata que sabía vendían por rebaja en el centro comercial junto con una pasta de dientes y navajas deshechables.

Tenía un portátil con la contraseña puesta, y su fondo de pantalla era quizás lo único no genérico de todo el lugar. El dibujo parecía haber sido hecho a mano, y en el se retrataba a quienes suponía eran sus tías por parte de la familia Loud vestidas como heroínas.

Como en esas historietas…–, pensó asombrada, –Me pregunto… no, ¡por supuesto que no!–, se dijo a si misma descartando esa idea.

Aparte de ese pequeño detalle del cual solo sabía por las convenciones a las que asistía, el hogar de Lincoln parecía ser un lugar bastante miserable. No vio fotografías ni retratos, ni muestra alguna de que alguien viviese allí. Más bien parecía ser que recibió las llaves, guardó algo de ropa en el armario y dejó el resto del lugar tal y como se lo entregaron.

La normalidad de todo fue lo que la hizo cuestionarse la sanidad mental de Lincoln, porque eso que veía, ese ambiente desprovisto de calor, de cualquier clase de toque personal, no era normal.

No se imaginaba que Cleo hubiese visto ese sitio sin pensar en lo mismo.

–Creí que estaba loco, y parece que de verdad está loco, y por eso lo ataqué–, razonó Sonette mientras usaba esa misma loción genérica para limpiar sus nudillos, –Me asusté porque está desequilibrado y abusó de mi madre, y temí que hiciese lo mismo conmigo y con mi hermana–

Mantuvo la cabeza gacha en todo momento, evitando ver el reflejo de su rostro en el pequeño espejo. La loción quemaba sus nudillos, dejando marcas rojas e hirientes conforme el agua fría aliviaba momentáneamente el ardor. Supuso que sus rodillas y su costado izquierdo también estarían lastimados, mal que mal, poco antes de perder la consciencia, Lincoln logró asestarle un puñetazo. Su mano, a pesar de verse algo delicada, pesaba más de lo que Sonette se hubiese podido imaginar, muy distinta a la suya propia e incluso a la de su padre.

Clyde Mcbride no tenía esa clase de manos, mamá cuidaba de ello, mamá se encargaba de que todos estuviesen bien y a salvo.

¿Era esa otra cosa que la diferenciaba de Lincoln?, ahora… ahora ya no podía decir que eran tan distintos, no con sus nudillos apestando a loción barata, adoloridos a más no poder.

Sonette apagó la luz del baño luego de mojarse la cara. Debía ser fuerte, debía soportar sin quejarse y sacarle la verdad a Lincoln. Detrás de ella, su reflejo observaba atenta cada una de sus acciones, juzgando el ataque artero, sin provocación alguna.

Sus motivos sonaban cada vez más débiles.

–¿Por qué sollozabas?–

Comida y bebida endulzadas con las pastillas de mamá, las mismas que le recetaron cuando un par de años antes tuvo una perdida. La tercera hija de la familia McBride no pasaría del tamaño de un guisante, de existencia no supieron sino hasta el día en que mamá comenzó a sangrar. Muy adulta, le dijeron en el hospital mientras un desconsolado Clyde se lamentaba. Ya no estaba en la edad de tener más hijos, ya después de Cleo las complicaciones la hubiesen puesto en peligro y… pues mamá… ella no lo demostraba, solo que a veces, en algunas ocasiones, la sorprendían viendo quietamente un montón de fotos viejas. Solo por ello supieron que no era ni tan indiferente, ni tan fría como aparentaba.

Solo por ello descubrió que en algunas ocasiones, veía la foto de un chico peliblanco con un diente partido.

Sonette lo recordaba bien, desde el viaje relámpago a emergencias a la corta estadía en clínica de mamá. Sonette lo recordaba bien porque las píldoras en efecto le quitaban el llanto, pero esa mirada descarnada de dolor, esa mirada cargado del más profundo pesar, emergía con venganza desde el alero reconfortante de las drogas. Inquieta y vengativa, se enarbolaba en contra de todo y todos, pero hasta allí llegaba. Mamá conservaba la calma tras el sueño, un sueño profundo y solitario en el que nada ni nadie podía alcanzarla.

No se suponía que fuese así, no se suponía que tuviese pesadillas y que comenzase a despertar. No tendría motivo alguno para llamarla, ni a ella ni a la tía Leni.

Se disculpaba tanto, y sollozaba…

Sonette no deseaba escuchar más, no soportaba sentir lastima por ese monstruo.

–Aquí te tengo–, susurró, –Ahora, me dirás cómo estas manipulando a mi hermana–

Buscó entre sus cosas un juego de esposas que compró para una convención como parte de un traje, luego, se alejó del baño, apagó la luz y espero. Las píldoras harían su trabajo y lo pondrían a dormir y ella…

No debería ser posible, ¿cómo es que sigue despierto?–

Supo que había errado en la dosis al comenzar su cuerpo a sacudirse y verlo sentarse, supo que los golpes previos no sirvieron de mucho. Lincoln suspiró profundamente, apenas iluminado por la endeble luz que provenía desde la puerta entreabierta. Murmuraba en voz baja, viendo hacia la nada.

Su rostro amoratado se enfilaba en la noche hacía una eterna pesadilla. Sonette, en su desesperación, se había transformado en la persona que más odiaba. Allí estaba temblando mientras que un malherido Lincoln se recobraba y pedía perdón, buscando en la noche, buscando en las sombras. Sus dedos, largos y magullados, rasgaban la piel de sus huesudas rodillas. Su mandíbula tensa se movía lentamente, como si estuviese degustando el dolor en medio de cada ahogado quejido.

¿Por qué sigues despierto?–

Pánico, terror, la vería en cualquier instante, la vería y haría con ella cosas despreciables, la clase de cosas que de seguro le hacía a su hermana.

Horas aguardando en la oscuridad, horas planeando el cómo vencer a ese monstruo. Su brillante plan ahora parecía poco menos que una fantasía infantil. Se dio cuenta, demasiado tarde, que no había vuelta atrás de lo que había hecho. No solo entró por la fuerza a la casa de un hombre desconocido, sino que también lo drogó y lo golpeó mientras dormía, lo golpeó, porque pudo hacerlo, porque quería hacerlo, porque deseaba verlo lastimado, y ahora que lo veía, se sentía…

Antes de poder registrar el tintineo en su corazón y confundirlo con palpitaciones temerosas, y sentir en su vientre aquello que experimentaba al imaginar a Cleo y a Lincoln juntos, saltó sobre él. El peso entero de Sonette no debió haber sido suficiente como para derribarlo, pero al hallarlo cansado y somnoliento, el impulso lo condujo inexorablemente de regreso a la cama. Su muñeca terminó atrapada en una de las manos de su padre que recién comenzaba a abrir los ojos.

Horror al encontrarse en lo que suponía era la posición que Lincoln esperaba asumiese su hermana, en la que de seguro, la misma Sonette fue concebida.

¿Era esto lo que Cleo quería?–, se preguntó conforme el calor en su entrepierna se extendía a los muslos, rozando de forma insidiosa la tela que los separaba.

Dejó escapar un lastimero quejido a la vez que con la rodilla izquierda le impactaba el costado. Lincoln apenas emitió sonido, perdiendo el aliento por la profundidad del golpe.

Apenas unos segundos después le siguió con la pierna derecha, y lo vio perder la consciencia no sin antes desplomarse sobre su padre.

Pobre Sonette, pobre y desdichada Sonette. ¿Quién se hubiese imaginado que heredaría la enervante capacidad de su padre de arruinar sus propios planes?, allí estaba en su departamento, luego de entrar, burlar la seguridad y lograr ocultarse durante horas. Sus padres no tendrían idea que aquello de la supuesta pijamada era una treta, incluso si habían pasado años desde la última vez que se digno a participar de una actividad tan infantil. Cleo creería lo mismo, demasiado ocupada con una cita que en retrospectiva se veía increíblemente forzada, algo que de seguro solo hacía para complacer a sus padres.

Eso la dejaba a ella, la hija prodiga, compartiendo el lecho con su padre semidesnudo, el mismo hombre al que durante años aprendió a odiar.

Hubiese reído por lo ridículo de la situación, por lo irreal de su predicamento, de no ser porque al momento de caer sobre Lincoln, se encontró con su frente. Movimiento deliberado o simple acto reflejo al igual que el puñetazo, era imposible de saber, y no era algo realmente importante. Casi al instante, al igual que le pasó a su padre, Sonette acabó por perder el conocimiento. Su miedo olvidado por completo.

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Seguir conviviendo con sus compañeros de clase era una de esas labores que Cleo se esmeraba en cumplir a la perfección, mal que mal, gran parte de su futuro dependía de la percepción positiva que generaba entre sus pares. Siendo que la competencia para un cupo en una buena universidad no sería sencilla, el tener suficientes recomendaciones y actividades extra era un requisito más que necesario.

Además, disfrutaba el entremezclarse con ellos, incluso si en realidad no sentía cercanía alguna por ninguno de los chicos de su clase.

Era algo triste pensar que alguien como ella, que a todas luces parecía desenvolverse de forma natural entre esos críos muchas veces inmaduros, estuviese en realidad tan aislada. Su mundo consistía en apenas unas cuantas personas a las que amaba por completo, y su mejor amiga de toda la vida seguía siendo su hermana mayor.

Jamás con nadie se sintió tan a gusto como se sentía con Sonette.

Lincoln le pisaba los talones…

–Lo lamento por insistir, es solo que me han hablado mucho sobre ti y deseaba conocerte–

Debía recordarse a si misma que parte del engaño era crear una apariencia de normalidad lo suficientemente real como para no levantar sospechas. Tal cosa, la había estado dejando de lado de forma bastante descuidada, y se arrepentía de ello. Sus padres sospechaban y Sonette sabía que le mentían, seguir fingiendo de forma tan descarada ya no era una opción, por lo que debía distraer a su hermana.

¿Qué si acaso caería?, por supuesto que no. Sonette era condenadamente lista y además, conocía a su hermana a la perfección. Cleo con esto, contaba con que Sonette estuviese tan ocupada observando la evidente distracción que terminaría por perder de vista su verdadero objetivo.

–Descuida, no es tu culpa. Papá tiene una manera de ser que se dificulta decirle que no, ¿no crees?, pues… ¡no hay más que hacer!. Al menos disfrutemos la velada–

Era afortunada de haber encontrado a un candidato tan atractivo en tan poco tiempo. El señor L le había preguntado si acaso debía negarse o no, y en un inicio, Cleo consideró adecuado rechazar a ese pobre muchacho para así no complicar las cosas, mas, ahora que veía lo útil que sería tenerlo alrededor, siendo que no le quedaba de otra que aceptar que necesitaba ayuda, incluso si esa ayuda desconocía su papel.

–Entonces Cleo, ¿por qué me rechazaste la primera vez?–

El que fuese además de guapo, inteligente, endulzaba el trato.

–¿A qué viene esa pregunta?–

–Pues es obvio que tenemos química, nos llevamos bien, tenemos gustos similares…–

Esa confianza… por algo le había gustado. Admiraba en cierta medida el que fuese tan confiado, al punto que rayaba en la arrogancia, pero sin ser desagradable. Eso lo hacía un desafío y ella amaba los desafíos, no por nada Lincoln la había cautivado.

De ser otras circunstancias, se hubiese permitido caer enamorada, y sufrir, como se esperaba que las chicas como ella lo hicieran.

–Y sé que me encuentras atractivo–

–Eres bien parecido, lo admito, y sí tenemos mucho en común–, contestó Cleo, moviendo de un lado al otro la pajilla de su malteada antes de darle un sorbo.

Bien parecido, o mejor dicho, completamente hermoso. Jamie era de su tipo, era alto, fornido, pero no demasiado. Un atleta que cuidaba de sus estudios, de una buena familia, conocidos, dado que sus padres eran amigos de los padres de Cleo, y sin olvidar sus preciosos ojos azules como el cielo. En definitiva, poseía todas las cualidades que lo convertían en alguien ideal para enamorarse, incluso si tal amor a la larga quedaba expuesto como un encaprichamiento, uno de muchos.

–¿Pero?–

Al mismo tiempo, el que fuese tan condenadamente perfecto arruinaba la ecuación. Tal vez, solo por una ocasión, Cleo quería sufrir realmente, amar, de la forma en que presentía acabaría por destrozar su corazón.

–Conocí a alguien más–, confesó sin observar su reacción.

–Oh, lo lamento Cleo, en serio que no tenía idea–, se apresuró a disculparse el joven, –No soy la clase de chico que se entrometa en una relación–

–Ya te lo dije, no hay nada de que disculparse–, respondió ella con falsa dulzura, pues bien sabía que aquello último no era cierto.

Jamie había visto algo que quería, y planeaba conseguirlo. La idea de "no entrometerse", le era por completo opuesta a sus verdaderas intensiones. Claro, existían de por medio justificaciones morales, pero esas eran meras excusas sencillas de vencer dada la motivación correcta.

En el fondo, era un hipócrita, ¿pero quién no lo era?

–¿Y quién es esta persona?, me imagino que debe ser bastante interesante como para llamar tu atención–

El tiro de salvo, por así decirlo, ya había sido disparado.

El juego estaba en marcha.

–¿Por qué tantas preguntas?–

–Soy una persona curiosa–, susurró Jamie reclinándose mientras que sonreía, –Como tú, además de que deseo saber quién es mi rival–

–¿Rival?, L está en su propia categoría–, contestó Cleo sonriendo.

No duró ni cinco minutos–, pensó ella decepcionada, –De haber sido otras las circunstancias, lo hubiese hecho sufrir tanto como él me haría sufrir, y no habría aprendido nada. Los chicos como Jamie son imposibles

–¿L?, no me digas que es amigo de tu hermana–

Cleo ahogó la risa, ¿en serio fue en eso lo primero en lo que pensó?, pues… no era tan descabellado, aunque claro, la realidad superaba por mucho a cualquier ficción que Jamie pudiese imaginar.

–Sonette lo detesta, y no, lo de "L" no es por lo que te imaginas–

–Entonces no es amigo de Sonette y está en su propia categoría–, resumió Jamie.

–Correcto–

El joven se frotó la barbilla, inclinándose hacía atrás, –Dudo que sea algún chico de secundaria, de seguro se trata de alguien mayor–, concluyó, –No me imagino que alguno de nuestros compañeros hubiese conseguido una cita contigo sin que todo el mundo se enterase–

–Podría ser, ¿celoso?–, preguntó Cleo coqueta.

Jamie asintió sonriendo, –Sí, y mucho. Cualquiera lo estaría Cleo–

De haber sido diferente, de no existir Lincoln, le hubiese dado una oportunidad.

Y a pesar de lo divertido que parece, palidece pobremente frente al desastre humano del que en enamoré–

–Y lo admites, vaya que eres honesto–, le felicitó Cleo.

–Ser honesto es algo que siempre me ha funcionado–, añadió Jamie.

–¿Si?, ¿y crees que te funcione ahora?–

Él la vio fijamente, enfocando esos preciosos ojos azules que a cualquier otra le hubiesen robado el aliento.

Era bueno, era condenadamente bueno a la hora de jugar.

–Creo que tengo posibilidades–

–Honesto y confiado, que interesante combinación–, comentó Cleo sonrojándose, –Te tienes mucha fe–

–Ayuda el que también sea bien parecido–, le siguió Jamie sin perder el paso.

–Y para nada modesto–

El muchacho se sacudió de hombros, balanceando entre sus dedos su propia malteada.

De seguro, para los transeúntes, tanto él como Cleo parecían extras de una de esas películas viejas sobre adolescentes americanos, de la clase que se reúnen en fuentes de soda vistiendo las chaquetas del correspondiente equipo de Football local. De hecho, esa era justo la imagen que deseaban proyectar. En su ciudad, se esperaba que los chicos como Jamie fuesen parte del equipo, de cualquier equipo, y que vistiesen sus chaquetas oficiales, mientras que Cleo, que en realidad no participaba tanto en actividades deportivas, podía permitirse vestir como quisiera. Claro que tal libertad era parcial, como todas las cosas, existían límites, límites a los que ella se atenía y que consideraba racionales, justos.

¿Para qué cuestionar el sistema si bien podía manipularlo a su antojo?, no existía necesidad de resistirse, no para alguien como ella.

De algún modo, la familia McBride había ido a dar a un lugar que se rehusaba a perder cierta imagen plástica, y Cleo, estaba contenta con ello. No existía necesidad de rebelarse, al menos, no hasta la aparición del padre de Sonette.

De no haber sido por Lincoln, se hubiese conformado con ser parte de la postal del pueblo, tener a un chico como Jamie y luego… seguir con él.

–Tú yo haríamos una linda pareja Cleo–

Cleo podía imaginarlo. Sus estudios no los haría muy lejos de casa, y de seguro Jamie tendría una beca deportiva esperando por él. Bien podrían seguir juntos, proyectarse a futuro y unir sus familias. Tanto los McBride como los Stevenson eran personas de bien, profesionales y educadas, pilares de la comunidad. Una unión entre los dos era deseable, era algo que Cleo, hubiese aceptado a gusto, una vida que se seguro la hubiese hecho feliz.

Ahora, todos esos motivos le parecían insuficientes. Podría haber sido Jamie, o uno de los muchos chicos como él que de seguro se enamorarían de una chica como ella, una chica linda de una buena familia que también tendría una carrera, pero no por ello sería menos capaz de llevar a cabo el sueño de una familia.

Podría haber sido, y debería haber sido…

Al final, soy igual que mi madre–, pensó fascinada, –Soy… una masoquista–

No había sido honesta en toda la velada, no se había despegado de su papel, salvo por una oración.

–En otras circunstancias, quizás, pero ahora que lo conocí a él… dudo que cualquier otro pueda complacerme–

Estaba convencida de que Jamie había logrado siquiera por un instante ver a través de ella. Su rostro, que conservaba esa sonrisa ganadora, propia de alguien acostumbrado a salirse con la suya, se congeló.

Sin embargo, poco le duró.

–Sea quien sea L, dudo de que sea un gran reto–, rebatió confiado.

Cleo tuvo problemas en ocultar su irritación.

–Cuidado, no vaya a ser que esa confianza se te suba a la cabeza, y además, ¿acaso no dijiste no ser esa clase de chico?–

–No es confianza, es certeza–, afirmó sonriendo, –No pienso jugar sucio, pero si te demostraré lo que valgo, ¿y quién sabe?, puede que te haga cambiar de opinión–

Era esperable, y en cierta medida algo triste. El chico era guapo, era talentoso, era amado y arrogante. De seguro, al igual que ella, había aprendido a manipular y convencer a cualquiera de que lo que él decía y deseaba era lo que debía de hacerse. La idea de ser rechazado no existía realmente para él, pues estaba acostumbrado a los desafíos, florecía con ellos y los llevaba al límite. Para él, Cleo era premio, uno al que de seguro amaría pero que no sería ni el inicio ni el fin de su vida. Juntos, podrían haber logrado ese clásico sueño americano de secundaría e incluso haber escapado llegado más allá, para así no acabar como otra estadística de divorcio en cuanto la novedad pasase de moda y alguno de los dos se hubiese dado cuenta de que jamás construyeron algo realmente duradero, algo que los sustentase cuando ya todo lo demás se hubiese acabado.

Bajo cualquier otra circunstancia…–, repitió su consciencia, –Hubiese sido perfecto, pero perfección es justo lo que deseo evitar–

Era el polo opuesto de Lincoln, que guardaba su corazón dentro de una caja fuerte, que ponía barrera tras barrera con tal de mantener a todo mundo afuera. Se notaba demasiado la diferencia en cuanto a experiencias de vida. La forma artificial con la que Lincoln se desenvolvía parecía una mala copia de la confianza natural de Jamie.

Lunge era la interpretación de Lincoln de la persona que de seguro querría ser, mientras que Jamie era sencillamente Jamie. Lunge podía emular ese encanto, podía imitar esa aura tan atrayente que en otros surgía de manera natural, y así con todo, no era otra cosa que un disfraz. El hombre que allí se ocultaba hacía un esfuerzo enorme por no estallar, apenas permitiéndose uno que otro respiro mientras que intentaba subsumir su propia naturaleza. Su crueldad posterior al ser descubierto debía de ser la primera capa, y lo que se encontraba bajo ella era algo con lo que Cleo se había obsesionado.

No era que careciera de su propio encanto, estaba segura que mucho de Lunge era en realidad Lincoln siendo la persona previa a… fuese lo que fuese que le hubiese sucedido, pero era ciertamente distinto a alguien como Jamie, que podría, sin mucho esfuerzo, hacer feliz a cualquier chica como ella e incluso como Sonette.

No imaginaba cómo lograba soportar tanto rencor, y eso, eso hacía que Lincoln fuese más precioso ante sus ojos. Lo suyo, era completamente honesto y puro. Odiaba y amaba de tal manera que se destruía a si mismo, y al final, seguía eligiendo las decisiones más dolorosas para su persona. Quería cargar con el peso del mundo sobre sus hombros, y con ello, expiar la debilidad que de seguro plagó su niñez, a la que culpaba por abrir su corazón y dejarlo vulnerable.

Jamie, de seguro podría ser capaz de lo mismo, si encontraba a la persona adecuada, pero esa persona no sería ella.

–Si fuese un rival de temer no te hubiese dejado salir en una cita con otro chico–

Cleo, cada vez, estaba más tentada a hacerlo sufrir. Jamie no se lo hacía sencillo, no dejaba de hablar.

–¿Entonces no es un digno rival por no ser un tonto controlador?–, preguntó algo más ácida de lo que deseaba.

–Para nada–, corrigió Jamie, –Lo que digo es que yo jamas me hubiese tomado tan a la ligera una relación–

–Todavía no damos el siguiente paso–, admitió Cleo.

–Y quizás no lo den nunca–

Cleo se dijo a si misma que era mejor no interrumpirlo, que lo que decía bien podría tener algo de mérito. No era una tonta enamorada ni nada por el estilo, a final de cuentas, tenía demasiado en común con su madre como para permitirse caer de esa manera.

No por eso estaba contenta de que le enrostraran sus propias dudas.

–Es un hombre complicado–

–Un hombre al que no le importa que vayas a una cita con otro, un hombre que no te ha llamado ni nada desde que llegamos–, insistió Jamie, –Me parece bastante desinteresado–

–… Como dije, no hemos dado ese paso–

Su buen ánimo se esfumó, y a pesar de ello, no perdió su sonrisa.

–Lo siento Cleo, no debería inmiscuirme–

Lo iba a usar, claro que lo haría, y se lo estaba facilitando tanto con su molesta actitud…

–Debe ser que siento algo de envidia–

Cleo, por fuera, mantuvo la imagen de perfecta compostura que desarrolló para desenvolverse con sus compañeros.

Jamie… lo haría sufrir, no tanto como se lo merecía, o mejor dicho, como lo haría de sentir por él algo remotamente superior a su muy superficial y momentánea atracción. Mas, lo haría sufrir y tal vez, solo tal vez, le enseñaría algo de humildad, cosa que le vendría muy bien.

–Tu tal "L" es un tipo afortunado–

Afortunado… no tenía ni la menor idea. Lincoln no era afortunado, al menos no por el momento, pero Cleo no pensaba dejarlo así sin más.

Un par de citas para quitarse a Sonette de encima, un par de citas y luego lo dejaría, y en el intertanto, tomaría más y más de Lincoln, capturaría, y sometería su afecto. De algún modo lo lograría.

Apenas prestó atención a la vibración de su teléfono, pensando que se trataría de su hermana, espiando desde algún lugar. Sonette acabaría por decepcionarse al darse cuenta de que Cleo hacía exactamente lo que dijo que haría, y eso era, hacer feliz a papá.

–Cuéntame más de ti–, entonó de manera dulce, –Siento que nunca hablamos en realidad Jamie–

Como un tonto le siguió el juego, y mientras vertía su alma, o al menos, aquellas partes que consideraba aceptables y atrayentes, se sacrificaba por el deseo de Cleo de robar más y más de un hombre que de seguro quebraría su corazón.

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La despertó el olor del café fresco, junto con una compresa fría aplicada sobre su frente.

–¿Uh?, cinco minutos más mamá–

Se sentía fatal, con una jaqueca como nunca antes hubiese sufrido. Todo el cuerpo le dolía, los párpados le dolían, respirar le dolía.

¿Me resfrié?, ¿pero cómo?–, se preguntó conforme sus pensamientos tomaban forma, –La noche anterior… ¿qué hice la noche anterior?. Me cepillé los dientes, me lavé la cara y luego… ohhh, cierto, tenía que hacer eso y… ¿qué era eso que tenía que hacer?–

En medio de sus cavilaciones, inconexas y odiosamente confusas, recordó un libro que leyó a la mitad, un par de escenas de películas que le intrigaron, y la letra de una canción que tarareaba su madre, un día gris, viendo hacía la nada…

Allá en la profunda oscuridad, la duda se cernía sobre ella. No la dejaría escapar.

En las pulsaciones vacilantes de su confundido cerebro, se manifestó la habitación a oscuras de su hermana y Cleo bajo las cobijas, Sonette se había levantado nuevamente para ir al baño en medio de la noche, siendo esa, su excusa habitual. Se había levantado en medio de otro sueño, sujetando su muy delgado camisón en un pobre intento de conservar la modestia.

Al relamerse los labios, afuera de la habitación de Cleo, logró percibir, por sobre los ronquidos de su padre, como la respiración de su hermana se aceleraba.

Nghhh… Lin… –

La cama sacudiéndose, tan sutilmente, tan suavemente, y sus sueños entremezclados con dulces fantasías. Sonette recostándose contra la pared, y su delgado camisón incapaz de detener el delicioso contraste que el yeso pintado ofrecía. Una oleada de bendito frío contra su piel ardiente, y los gemidos casi inaudibles de su hermana que de seguro pensaba en él.

Lo odiaba de una manera que rayaba en lo ridículo, lo odiaba con la misma intensidad con la que deseaba acabar con esa malsana fijación que tenía en él.

En un sublime suspiro, Sonette gimió al compás de su hermana menor, y se imaginó junto con ella en la habitación, observando a ese monstruoso rostro que todo lo consumía, el mismo que le ofreciese secretos innombrables, verdades ajenas a su existencia.

El infierno manifiesto al verse tomar el lugar de Cleo.

¿Por qué de todas las personas tenía que ser él?–

Un pálido espectro, una sombra cualquiera, y no hubiese hecho ninguna diferencia, pero él… él era la parte faltante de Sonette, y si Lincoln era un monstruo, entonces ella también lo era.

Su apellido, su crianza, toda su historia podía decir una cosa, pero de noche, con las luces apagadas y el camisón pegado a su cuerpo casi podía jurar que esas sombras cobraban forma, y que en la saturación de aire y calor, en el vaho profundo y pesado que se perdía frente a sus adormecidos ojos, un par de demonios se manifestaban y así revelaban lo que Sonette tanto temía.

Sonette, con toda seguridad, estaba tan enferma como Lincoln.

No era buena ni honesta como su padre, no era confiable ni admirable como su mamá, y ciertamente carecía de todas las cualidades maravillosas que hacían de Cleo alguien tan especial.

Un gemido colapsando su endeble realidad, su vergüenza expuesta en temblor de sus manos, en los dígitos que de forma torpe e impaciente hacían a un lado la tela que poco y nada hacía por no exponerla al juicio silencioso de su familia, dividida en múltiples retratos colgados alrededor del corredor.

Bajando la cabeza avergonzada, lamió su dedo indice y anular, para luego… estornudar.

Su nariz picaba.

–¿He?, ¿por qué no puedo rascarme?–

Era más que nada una pregunta retórica, al menos, esa era la intensión hasta que descubrió que en efecto sí podía mover los brazos, solo que no con completa libertad.

Abrir los ojos fue una tortura, en especial con el dolor de cabeza que tenía. Necesitaría una ducha, una ducha y mucho descanso, o mejor una tina caliente, sopa de pollo y luego de eso mucho descanso.

Afortunadamente conocía a la persona perfecta que le proporcionaría todo y cuanto quisiera.

–¿Cleo?, me duele todo–, se quejó, –¡Cleo!–

–Vendrá más tarde–

Pensó, tan solo por un instante, que se trataba de una pesadilla. Ese sentado allí junto a la cama, leyendo una historieta y bebiendo café, de seguro no era Lincoln Loud.

–Buenos días, hija–, le dijo en tono afectuoso, como si acaso, no hubiese nada de mala sangre entre los dos, –¿Dormiste bien?, ¿descansaste?–

¿Me escuchó?–, pensó aterrada al rememorar su más reciente pesadilla.

–No te ves muy bien–, comentó Lincoln antes de apartar la compresa fría y colocar su mano sobre la frente de Sonette, –Ya no tienes fiebre y ap parecer no tendrás un moretón pero sí estás empapada de sudor. Te ofrecería mi ducha, pero no tengo ropa para ti, ni la paciencia para esperar que no arranques la tapa de la cisterna y trates de partirme la cabeza en dos–

Sonette intentó alejarse de Lincoln, tarea por demás inútil tomando en cuenta su actual predicamento.

–Por otra parte quizás debería bañarte yo mismo, y de paso comprar un sonajero y un biberón–, bromeó de manera cruel, –¿Te gustaría eso Sonette?, de seguro te encantaría ya que sigues actuando como una cría, y no como la joven que ya es prácticamente una adulta, una adulta que está metida en muchos, muchos problemas–

Allí estaba a merced de Lincoln, que a pesar de su sonrisa, no se veía para nada contento.

Tenía puesta esa tétrica máscara hasta la mitad, dejando sus labios expuestos, labios amoratados, mejillas hundidas, y decoloración que alcanzaba sus ojos. Incluso con la barrera blanquecina que lo separaba del común de la sociedad era posible notar lo que ella le había hecho.

–Te mataré si me tocas–, prometió Sonette en un hilo de voz, –Yo no, nunca, ¡jamás seré como mi madre!–

Lincoln ojeó su revista asintiendo para si mismo, tratando en vano de contener su ira. Al verla en la mañana, por un instante, la confundió con su madre.

Quiso aplastar su cuello, verla tornarse azul y morada conforme sus pulmones morían, sentir su corazón acelerarse y luego desfallecer, mientras que la luz abandonaba sus ojos, mas, no era Haiku quien se había atrevido a atacarlo de forma tan artera, mientras dormía y al alero de la oscuridad. Por su lengua reseca supuso que lo habían drogado, y no contenta con ello también lo golpeó mientras estaba indefenso.

Quiso aplastar su cuello, pero supo que eso no se vería bien en un caso de auto defensa, y en el pueblo en el que estaban llevaba las de perder. Afortunadamente su buen juicio reinó, y fue capaz de recobrar el sentido para darse cuenta de que esa no era Haiku.

Dejando de lado su revista, examinó la figura temblorosa de su hija. Esa furia en sus ojos era completamente una herencia Loud.

Sonriendo para si mismo, suprimió el dolor y se preparó para la confrontación. Por mera necesidad, acabó esa mañana dándose una ducha relámpago mientras que revisaba el daño ocasionado por Sonette.

Se vistió deprisa, usando las prendas habituales que ocultaban la mayor parte de su cuerpo, más que nada, no le apetecía ni un poco la idea de que su hija se diese cuenta de que estaba vulnerable. Todavía le dolía la mandíbula, y qué decir de sus costillas y su rostro. No, la niña debía verlo inmaculado, fuerte, indiferente a todo lo que le había hecho. De otro modo, quizás intentaría repetir su tonta hazaña y en esta ocasión sí estaría perdido.

Apenas estaba aguantando, lo suficiente como para que Cleo llegase y se la llevase a casa, lo suficiente como para no colapsar frente a su hija.

Tragó la amarga bebida y se cubrió el resto del rostro, tratando de ignorar la mirada desafiante de su descarriado vástago.

Me hizo sangrar–, pensó con un orgullo enfermizo, –Al menos no es una cobarde como esos dos. Impulsiva si, inconsciente a más no poder, pero no una cobarde

Esa mañana Lincoln despertó sobre una almohada pegajosa, con saliva corriendo por su rostro y una sensación de ligereza en sus miembros, que luego se dio cuenta era entumecimiento por el cuerpo que descansaba sobre su persona.

Sonette, no Haiku sino Sonette, dormía profundamente con un chichón en la frente.

Habían pasado años desde la última vez que alguien lograse dejarlo fuera de combate, o pasará una noche entera con él, y ciertamente en ninguna ocasión se trató de una chica delgada y paliducha que parecía se quebraría si el viento soplaba muy fuerte.

Quiso reír como no lo había hecho en años, antes de cerrar la boca para no despertarla por el gruñido de dolor que casi se le escapa.

Tendría que preguntar cómo lo había logrado. Era cierto que desde que dejó su viejo oficio comenzó a relajarse. Ya no necesitaba ser tan paranoico, ni estar alerta a cada segundo. Su vida en la vieja ciudad se acabó un día y así sin más volvió a ser Lincoln Loud, o al menos, algo similar.

–¿Qué harás conmigo?–, preguntó Sonette al ver la sonrisa serena de Lincoln, –Sea lo que sea…–

Los labios de Lincoln se curvaron hacía atrás, enseñando los dientes en un claro desplante de agresividad. Su mandíbula seguía tensa, sus nervios protestaban al mismo tiempo que sus articulaciones magulladas intentaban manejar el cansancio.

–Entonces, ¿salió tal y cómo querías?, de seguro te divertiste mucho planeando esto–, interrumpió Lincoln antes de que ella pudiese decir más.

Sonette contuvo el aliento, sin saber si acaso jugaba con ella o si su pregunta era honesta.

–Vamos, lo menos que podrías hacer es mostrarte orgullosa por tu trabajo–, insistió él, –Lo hiciste Sonette, de verdad lo hiciste, ¿querías lastimarme?, pues lo cumpliste de manera prolija–, bromeó antes de ponerse de pie, haciendo que todo su cuerpo crujiese al mismo tiempo, –A cualquier otro Sonette, a cualquier otro que me hubiese hecho algo así, le habría arrancado el corazón con mis propias manos, pero a ti… a ti debo felicitarte. Sí, así es hija, tengo que felicitarte por lograr lo que tu madre no tuvo el coraje de hacer por si misma, y darme mi merecido en persona–

Sonette respiró profundamente y cerró los puños. Sabía que esposada a la cama, con solo sus piernas libres, no podría hacer mucho para defenderse. Lincoln iba a vengarse, de seguro, le haría a ella lo que no pudo hacerle a su madre.

La sola idea de tener sus manos sobre ella, tocándola, le hizo enfermar

–No tengo nada que decirte–, sentenció Sonette al desviar la mirada.

Postura firme, labios sellados y la resolución suficiente como para no quebrarse y rogar, o al menos, eso trataba de proyectar. Lincoln podía ver a través de ella sin mucha dificultad. El temblor en sus hombros que se diseminaba por todo su cuerpo, la respiración agitada, que por más que intentase ya no le era posible controlar, y por sobre todo, la silenciosa plegaría por ayuda.

La vio cruzarse de piernas a altura de los tobillos conforme un parche oscuro se manifestaba en su entrepierna.

La vio cerrar los ojos, ocultando el resplandor sombrío de sus lagrimas.

De algún modo, esa niña seguía encontrando maneras de romper su corazón.

Lincoln quiso gritar, quitarse esa asquerosa máscara y arrancarse el cabello. Todo, ¡todo en su maldita vida salía mal!, su propia hija, ¡su sangre!, lo veía como a una especie de degenerado abusador, un violador.

¿¡Cómo se atrevían esos dos a envenenar la mente de Sonette en su contra!?.

¡Debería haberlos asesinado hace años!–, quiso gritar, –A ellos, a sus familias, ¡a todo mundo!… debería… yo debería haberte protegido, yo debería…–

Cada segundo fue una tortura para Lincoln, el ver a su hija aterrorizada solo por estar en su presencia era algo que esperaba jamás volver a experimentar.

–Entiendo, hablarás con tu hermana entonces–, murmuró ya vencido, –Ya puedes abrir los ojos, pronto volverás con los tuyos–

Ciega a la devastación que provocó en su padre, Sonette abrió los ojos. Él seguía allí sentado, viendo hacía la pared.

–Cleo no vendrá, está ocupada con un chico–, rebatió ella.

Lincoln suspiró cansado, ladeando la cabeza hacía la izquierda, señaló la ventana.

–Eso fue anoche–

Podía ver los engranajes dando vueltas en la cabeza de su hija, que con toda seguridad, había planeado y planeado sin descanso solo para darse cuenta de que jamás estuvo a la cabeza, de que todo lo que había hecho, había sido en vano.

–Tu hermana pensaba distraerte con esa cita, estaba segura de que la seguirías y te pondrías en ridículo, pero al parecer, ibas un paso adelante–

Sonette ya lo imaginaba, el tiempo que pasó vigilando a su hermana, decidiendo si seguirla todo el camino o dirigirse directamente con Lincoln. No debería haber sido una elección difícil, no deberían de haber existido complicaciones, pero deseaba, más que nada, adelantarse a su hermana, y detener a ese monstruo antes de que pudiese actuar.

En cuanto logró entrar, y se puso a esperar, sospechó que algo iba mal. De seguro en cualquier momento Cleo aparecería, habiendo dado una excusa a su cita para encontrarse con Lincoln.

Luego pasaron las horas, y se puso impaciente.

–Por supuesto–, explicó Lincoln, –No tuve manera de alertarla anoche, no con lo que me hiciste, pero ya la puse al tanto Sonette y vendrá por ti en cuanto logre deshacerse de esa plasta que tu padre escogió para entretenerla–

La joven tiró y tiró, pateando e insultando como si estuviese endemoniada, mas, a los ojos de su padre, aquello no era otra cosa que un berrinche que se salía de control.

–Adelante, ¡sigue tirando!–, la retó Lincoln, –Quizás logres abrir así esas esposas antes de que aparezca tu hermana, y así me des la oportunidad de disciplinarte, ¡niña malcriada!–

–¡Ya suéltame!–, gritó Sonette humillada sacudiendo los brazos, –¡Dejame ir Lincoln!–

Lincoln tuvo que retroceder en cuanto Sonette perdió el miedo, ahora, estaba de regreso a la carga. Sus piernas se fueron enredando con las sabanas y frazadas, consumiendo su energía, drenando sus fuerzas mientras que de su boca salían nuevas y coloridas maldiciones. Saliva volando por doquier en un decadente espectáculo.

El orgullo ciertamente precedía a la caída, pensó Lincoln, el orgullo que esos dos implantaron en Sonette, la falsa seguridad que le brindaron con sus cuentos sobre el monstruo Loud que la impulsaron a tomar tan drástica decisión.

Era vergonzoso verla así.

–En cuanto llegue Cleo–, siseó Lincoln desde su asiento junto a la cama, –En cuanto llegue tu hermana–

Sonette había sido humillada, no solo su gran plan se había desmoronado como una torre de naipes, sino que de paso, se tornó en su contra de tal forma que ahora era ella la presa. Lincoln la tenía a su disposición, podía hacer con ella todo cuanto quisiera y no había ni una maldita cosa que ella pudiese hacer al respecto.

–Lincoln, suéltame en este instante o te juro que te arrepentirás–

Sonette trataría de apelar a su lado racional, de seguro, se daría cuenta de que lo que hacía era incorrecto y…

–Ya me estoy arrepintiendo de no arrastrarte de vuelta con el traidor y su perra y dejar que lidien con tus rabietas. Por si no te has dado cuenta, hija, ya no eres una niña. Esto que hiciste–, susurró haciendo énfasis en la almohada manchada de sangre que Sonette no había visto, –No es algo que esos dos puedan arreglar, no es algo de lo que se sale ileso Sonette–

La joven hizo rechinar sus dientes, ¿cómo se atrevía a decirle hija y además, a hablar con ella de responsabilidad?. Quiso rebatir sus palabras, encararlo lo que le había hecho a ella y a su madre, pero Lincoln no le dio oportunidad.

–¿Tienes idea de la cantidad de problemas en los que te metiste?, no solo es la entrada ilegal, sino que también el asalto, la detención, ¡demonios Sonette!, ¡por poco más y me matas!–, gritó al arrancarse la máscara y revelar su abominable rostro.

Sonette sintió las lagrimas amontonarse en sus mejillas, las mismas que no deseaba revelar. Lincoln seguía hablando de esto y aquello y de lo decepcionado que estaba, y ella no podía hacer otra cosa salvo observar ese tétrico despojo humano que se cernía sobre ella.

Dolía, y mucho, y ella no tenía idea del motivo. Las palabras de ese monstruo debieron haberle resbalado, no sentir nada salvo revulsión por él era lo natural.

Trató de abrir la boca, y forzarse a decir algo, cualquier cosa con tal de detenerlo, hasta que Lincoln se puso a toser. Tosía con tanta fuerza que su cuerpo entero se sacudió, al punto en que tuvo que ponerse de pie. Buscó algo en su mesa de noche, antes de salir deprisa por la puerta.

Pudo escucharlo en la cocina, con la llave del agua abierta y un ronquido seco y ahogado que la hizo estremecerse.

Mira lo que le hiciste–

La joven intentó ignorar la voz en su cabeza que estuvo ausente durante toda la noche mientras que ella tomaba venganza.

Tú hiciste esto, tú y nadie más–

Allí, esposada e indefensa, a merced del monstruo, tuvo que reconocer que no era una santa, no era inocente, mas, su corazón se rebelaba en contra de las evidencias, buscando explicaciones con tal de justificar sus crímenes, y así, permanecer ajena a todo aquello que representaba a Lincoln.

No eres diferente…–

Sintió escalofríos al darse cuenta de esto último, y por más que se dijese a si misma que estaba justificado, que Lincoln se lo merecía, la verdad era que incluso su corazón ya no estaba del todo comprometido.

Al regresar a la habitación, toda pretensión de fuerza había sido olvidada. Lincoln, de regreso con su horrenda máscara, apenas conseguía mantenerse de pie. Tenía el cabello y parte de su ropa empapados, y su respiración seguía siendo irregular.

–¿Si quiera pensaste en lo que podía pasarte?–

Sonette negó con la cabeza mientras que Lincoln volví a su asiento. Descendió lentamente, tratando de no sacudir más su cuerpo. Lincoln sabía que ya no le sería imposible esconder las secuelas dejadas por su hija, pero no por ello permitiría que lo amedrentasen.

–Mi hija en una bolsa para cadáveres, o como la perra de una puta psicótica que te quebraría Sonette, ¿es eso lo que quieres?, ¿quieres terminar como yo, o peor que yo?, no tienes idea de lo cerca que estuviste de arruinar toda tu vida–, murmuró Lincoln con evidente desesperación, –Lo he visto cientos de veces hija, a chicas tan listas, tan brillantes y preciosas como tú, las he visto a todas y cada una perder la chispa en sus ojos, las he visto rotas, completamente arruinadas y sin posibilidad alguna de salvación–

¿Con qué derecho venía a enfrentarla?, él más que nadie era culpable, y no pagó por sus crímenes. Cuando llegó la hora su padre se acobardó y huyó. Lincoln, a los ojos de Sonette, no era un ejemplo, ¡no era nada!.

¿Con qué derecho venía a hablarle así?, pretender que estaba preocupado… ¡claro que estaba pretendiendo!, de ningún modo un monstruo como él se preocuparía por ella…

Sonette le demostraría que no era tan fácil de manipular como Cleo, se lo demostraría y así terminaría con sus mentiras. Juntando corajee, intentó sentarse sobre la cama sin mucho éxito, sin embargo, seguía estando enredada, indefensa frente a Lincoln.

Ciertamente era patética, pensó Sonette a punto de rendirse. Patética e inútil, una vergüenza para toda su familia.

Abrió la boca para pedirle a Lincoln que se detuviera, pero en lugar de eso…

–Al menos yo no me escondo, miserable hijo de perra–

Apenas lo dijo se arrepintió, al ver como todo el dolor de la noche anterior, su trabajo íntimo, se manifestaba.

La abuela Loud… Sonette ni siquiera le hablaba, no la reconocía, y sabía que su conducta era mal vista, pero hasta ese entonces lograba ignorar los pocos intentos por parte de su familia o mejor dicho, por parte de Cleo y la tía Leni por tener una relación siquiera casual con Rita Loud.

¿De verdad iba a castigar a esa mujer por algo sobre lo que no tenía control?, no creía que existiese madre alguna que tuviese un hijo con la clara idea de transformarlo en un monstruo. Las personas así, las que maltrataban y humillaban a sus hijos no podían considerarse verdaderos padres, Sonette no los imaginaba como tal.

Rita era solo otra víctima y ella… también era una víctima de Lincoln, y ahora, de su nieta.

–No te atrevas a hablar así de tu abuela–, susurró Lincoln apenas conteniendo la ira, –Ella no tiene la culpa de… de lo que yo soy–

Debía ser algo hereditario entonces, que a pesar de lo mucho que su corazón se negase, sus labios todavía buscasen el verlo derrotado. Lo que tenía que decir no le produciría placer alguno, es más, Sonette estaba completamente segura de que al acabar, no sería mejor que Lincoln.

–Pues si te hubiese criado mejor nada de esto hubiese sucedido–, le dijo con Sorna, –Ya es hora de que lo enfrentes Lincoln, somos una familia de enfermos tú y yo–

–Al final–, siguió Sonette, –Soy la hija de un repugnante golpeador de mujeres, soy tu hija, soy… soy como tú…–

Lincoln tardó unos cuantos minutos en recuperarse, dando a Sonette la muestra patente de su pírrica victoria. Se cortarían el uno al otro, se insultarían y despreciarían el uno al otro, y jamás se detendrían.

Vio, en su cada vez más profunda vergüenza, como Lincoln la ignoraba para examinar todo lo que ella había llevado para llevar a cabo su misión. Ya no iban a hablar, no tenía sentido seguir con ese dialogo de locos ni pedir explicaciones. Era evidente que entre los dos jamás existiría una relación normal, y tendría que vivir con eso, con el conocimiento patente de que el tipo que la engendró estaba loco y que ella no era del todo diferente.

Vio, con una profunda sensación de desolación, las partes incompletas de su plan ser expuestas a la luz.

No, no, ya no veas, ya no sigas buscando, ya no…–, quiso rogar antes de que su orgullo se interpusiera, orgullo que por demás pronto sería destrozado.

–Suficiente, debo ir por tu hermana–, murmuró Lincoln dejando de a un lado el bolso de Sonette, –Es evidente que no estas bien–

Pálido, viejo y cansado, así se veía su padre. La figura que antes creyó imponente parecía un fantasma en contraposición al hombre que con dificultad se alejaba de la cama, dejando caer, sobre el colchón, una serie de objetos a los que Sonette intentó patear sin mucho éxito.

–¡Vuelve maldito cobarde!, ¡no he terminado contigo!–

Pánico y horror a verse expuesta. Ahora, estaba completamente segura de que Lincoln la había oído fantasear sobre cosas indecibles, la clase de sueños que si se sabían le arruinarían la vida.

–¡Le diré que me violaste, asqueroso pervertido!–

Lo vio marcar el número, y lo escuchó susurrar.

Lo escuchó susurrar antes de cortar la llamada y contar hasta diez.

–¿De dónde sacaste estas cosas?–, preguntó apuntando a la pila de objetos.

–Suéltame–, respondió Sonette desafiante, –¿Qué te interesa lo que tenga o no?, no eres mi padre, no eres nadie para mi–

–Fueron esos dos, ellos…–

Había algo en sus ojos, algo que Sonette no esperaba ver y apenas creía reconocer. De forma instintiva torció su cuerpo, alejándose tanto como le fuese posible del colchón. No que le sirviese de mucho, la cama, en si, no era muy grande, pero si lo suficiente como para sostener un par de cuerpos.

–Voy a matarlos–, susurró Lincoln, –Algo te hicieron, estoy seguro de eso. Voy a matarlos a los dos, voy a protegerte, a ti y a Cleo, y voy a matar a cualquiera que se interponga–

Aterrada, lo observó paseándose de un lado al otro, absorto en un dialogo consigo mismo. Allí, no habían dudas, no existía temor ni nada que se le asemejase. La certeza con la que prometía mantenerla a salvo a ella y a Cleo era aterradora, y por completo mal dirigida.

–¡Las robé!–, gritó Sonette mientras se abalanzaba contra Lincoln, sacudiendo toda la cama.

–Las robé Lincoln, mis padres no me hicieron nada, ellos no tiene idea de que estoy aquí–

Sonette le creyó, supo, sin lugar a dudas, de que era capaz de matar y mucho más. Por ello confesó.

Había cometido el error de pensar en Lincoln como si se tratase de un villano de televisión, una persona casi irreal que concentraba en si todo lo malo que existía al punto de resultar ridículo. La verdad era que ella no entendía ni había pasado por ninguna de las cosas de las que su madre y padre hablaban. A Sonette jamás la abusaron como a su madre, nunca la traicionaron así como Lincoln traicionó a la familia. Lo suyo era producto de la ignorancia, de creer que como estaba justificada, entonces todo habría de resultar en su favor.

Increíble que haya sido tan tonta–, pensó avergonzada.

No esperaba que Lincoln se comportase de esa manera, o mejor dicho, lo esperaba, pero con ella estando en control de la situación, y no esposada a una cama mientras que el peliblanco buscaba debajo de la cama.

Al parecer no la había escuchado, porque no se detuvo al confesar ella que el contenido de su bolso en nada concernía a Clyde y Haiku.

Pero yo estuve allí anoche, y no encontré nada–

Escuchó un click, y lo vio emerger nuevamente.

En su mano derecha cargaba un cilindro plástico, completamente negro.

Sonette no quiso pensar en lo que guardaba allí adentro, no después de darse cuenta de que lo que decía, lo decía en serio.

–¡Las tomé sin permiso del armario de mamá!–

Era muy tonto, pero una vez, durante una fiesta con amigos de la familia, Sonette se escapó a la cocina y bebió toda una jarra de ponche. No era muy fuerte, apenas y tenía una pizca de alcohol, pero para ella fue suficiente como para emborracharse y ponerse en ridículo. Su padre obviamente no estuvo complacido, pero lo hizo pasar todo como una ocurrencia de una niña, y con Cleo a su lado, tuvo la fortuna de que ese incidente no pasase a mayores.

Era muy tonto, porque incluso bajo los efectos del alcohol estaba aterrada de haber decepcionado a sus padres, tanto que después de ese incidente se prometió a si misma nunca más ponerse en esa clase de situación.

–Y también… a veces las compro, y… y no le digo a nadie–, murmuró al borde de las lagrimas, –Por favor… ya no quiero pelear más Lincoln, ya no soporto esto–

Esperaba ya no una reprimenda, porque los hombres como Lincoln no se contentaban con hablar y…

–Ok… supongamos que te creo–, dijo Lincoln molesto mientras devolvía el cilindro a su escondite bajo la cama y recogía de paso las cosas de Sonette, –Digamos que te creo, pero eso no significa que te dejaré ir así como así–

Sonette permaneció atenta a sus movimientos, esperando que cambiase de opinión, que se diese vuelta y comenzase a abofetearla, o gritarle o algo, pero no lo hacía, ¡no lo hacía!

–Lincoln…–

–Vamos a hablar–, gruñó él antes de liberarla y ayudarle a sentarse en la cama, arrojando a un lado las cobijas y dejando el colchón descubierto, –Como lo veo, está será la primera y última vez que lo hagamos así que… puedes preguntar lo que quieras. Si me crees o no eso ya no importa–

Pensó en correr, de seguro, no la alcanzaría.

Se levantó de un salto, e intentó pasar a su lado, pero sus piernas estaban entumecidas y solo logró caer de regreso sobre la cama, sintiendo como el vértigo se apoderaba de su cuerpo haciendo que la habitación completa girase. Era afortunada de que tuviese las cortinas cerradas y la luz fuese tenue, de otro modo, hubiese embarrado la cama de Lincoln con su vómito.

En cuanto a Lincoln, este ni siquiera se dignó a mirarla. La dejó allí, yaciendo en su propia miseria. Con lagrimas en los ojos Sonette abrazó sus rodillas contra su cuerpo, convertida en un triste ovillo frente a la sombra de aquel hombre que permanecía sentado.

Así que… ¿primera y última vez?, quizás podrían llegar a un compromiso, pensó ella. Si lo dejaba hablar, si respondía algunas preguntas a pesar de que no esperaba honestidad alguna de parte de Lincoln entonces… entonces podría irse, y sepultar todo el incidente.

Ya no volvería a pensar en nada relacionado a la familia Loud, pero, ¿qué podría preguntar?, era evidente que se llevaba bien con Cleo, mas, no parecía haber nada extraño con eso. No habían señales de que su hermana jamás hubiese entrado en ese departamento, de hecho, al parecer nadie más que Lincoln conocía el interior.

Podría preguntar sobre su madre, aunque eso solo los llevaría a discutir. Sonette no pondría en duda la palabra de sus padres y Lincoln los odiaba y haría de todo con tal de convencerla de que le mentían, así que allí no había mucho que ganar.

Por tanto, si había algo que realmente deseaba saber, algo que la perseguía desde hacía muchísimo tiempo eso sería…

–¿Por qué me odias?–

Los ojos entrecerrados del peliblanco se dirigieron a ella en un instante, sorprendiendo a Sonette. Su rostro, apenas visible, evidenciaba confusión. Sonette lo detestó enseguida, odió el ser ser vista de ese modo, vulnerable, y más por ese hombre, pero si de verdad existía algo que deseaba saber era eso.

–Intentaste matar a mamá, y me hubieses asesinado a mi también–, prosiguió ella, –Tú… tú nunca nos quisiste, fue por eso, porque no querías tener hijos, ¿no es cierto?, fue porque nací, y te arruiné la vida, y por eso me odias–

A diferencia de lo que esperaba, Lincoln no lo negó de inmediato, ni trató de escapar de su responsabilidad. En realidad, parecía contemplar sus palabras.

Sonette tardó en darse cuenta que más que una respuesta, buscaba certeza. Si Lincoln la odiaba, entonces ella podría sentir lo mismo ya sin culpa, sin temor.

–¿De verdad crees eso último?–

La joven lo vio alzar una mano en un gesto incompleto, por poco, y su palma se posa sobre el negro cabello de Sonette, sin embargo, acabó por caer mientras que la creciente recriminación se asomaba en su rostro.

Finalmente, Lincoln suspiró, y posando ambas manos sobre sus rodillas, comenzó a contar su historia.

–Quería ser como mi papá–

Sonette no pudo sino escuchar transfija ese detalle. El abuelo Loud era un chef de un pequeño lugar allá en Royal Woods. Ahora que estaba viejo, gran parte del negocio lo comandaba la familia de una de sus hijas, mas, el anciano seguía yendo a trabajar día a día, o al menos así era la última vez que Sonette escuchó sobre el abuelo Lynn.

Sabía por la tía Leni que el anciano todavía preguntaba por ella, y por la forma en la que ella y la tía Lucy se referían a su padre no le costaba imaginar lo mucho que lo amaban y respetaban.

–Al crecer, me di cuenta de que ninguno de mis sueños de infancia se haría realidad. Nunca fui el más listo, ni el más atlético ni nada por el estilo. No tengo talento, no soy bueno con las personas y todo lo que toco se arruina. Supe desde hace años que jamás sería un ganador, pero al menos, creí que podría ser un buen hombre como él–

Sonette casi podía ver a Lincoln en la forma en la que con toda certeza lo veía su madre antes de recordar lo que realmente era. El pequeño niño de cabello blanco como un copo de nieve en medio de su familia. Ni muy alto ni muy bajo, como un detalle que cualquiera olvidaría. Ya podía imaginarlo creciendo, en su pequeño e incompleto mundo, creciendo hasta asumir que su vida estaría muy lejos de ser la aventura que esperaba. Joven, muy joven y cargando con una mujer y una hija.

Pero eso, en nada respondía su pregunta.

–Eramos muy pobres tu madre y yo. Todo lo que tenía era para ella y para ti, pero nunca era suficiente Sonette, nunca–

Abrió la boca para protestar antes de que Lincoln la silenciase.

–Sé que tienes preguntas, pero al menos, permite que termine de decir esto–

Se quedó con las ganas de decirle exactamente lo que pensaba de sus excusas, ¿y quién se creía que era para callarla?, no era nadie, era menos que nadie, era una basura y…

–Bien, pregunta–, escupió Lincoln molesto.

Sonette se cruzó de brazos y negó con la cabeza, –No, tú dijiste que esperara hasta el final, así que eso haré, Lincoln–

Más allá de lo infantil de su respuesta, Lincoln se dio cuenta de que no podía realmente esperar mucho de ella. Sonette sabía lo que sabía de parte de las personas en las que confiaba, y cualquier cosa que él pudiese decir sería de facto una mentira. Otro golpe para su confianza, uno de muchos pero no por eso menos desastroso.

Cleo llegaría en cualquier minuto, ya venía llegando la hora de concluir con todo.

–Un día, alguien me dio una idea, un regalo para darte el futuro que te merecías–, le contó a su hija, –Lo que obtuve a cambio fue este rostro, y la perdida de todas las personas a las que amaba–

Lincoln se puso de pie, paseándose de un lado al otro frente a Sonette.

–No insultaré tu inteligencia diciendo que soy un buen hombre, he hecho muchas cosas de las que no me siento orgulloso, he visto muchas cosas que me mantienen despierto por las noches, pensando en lo sencillo que hubiese sido darse por vencido y abandonarme por completo a la persona en la que me convertí al perderte–

Sonette consideró sus palabras, el porqué no negaba el ser una mala persona. Ella esperaba que se defendiese, o al menos ofreciese alguna excusa, y en lugar de ello, admitía libremente ser aquello de lo que ella lo acusaba.

–La verdad, es que deje de intentar ser un buen hombre. Sin ti, sin Haiki, sin mi familia, ya no le vi sentido, así que cualquier excusa se volvió válida con tal de evadir la realidad, con tal de salvaguardar la poca felicidad que podía hallar sin importar lo pasajera que fuese–, murmuró, –Pero sabes, es muy difícil dejar morir ciertos sueños, en especial cuando te das cuenta de que no hay nada ni nadie en tu futuro–

Una súbita fragilidad lo envolvió, allí frente a Sonette, pudo ser sincero.

–Tenía que intentarlo, al menos una vez–

Aquello que con tanto receló protegía, la parte de si mismo que no rindió a la oscuridad ni a la desolación, resurgió frente a su hija. El hombre que una vez partiese de casa con la idea de otorgar el mejor futuro posible para su familia seguía existiendo de cierto modo en Lincoln Loud, ya no tan puro ni ingenuo como antes, pero igual de honesto.

Más allá de su rencor en contra de Haiku, Clyde y sus hermanas, estaba la persona que ansiaba ser y que nunca sería.

–Deseaba verte más que nada en el mundo, deseaba…–

El tenerla tan cerca, al alcance de sus manos, donde podía abrazarla y decirle lo mucho que la amaba, porque la amaba, siempre la amó, incluso mucho antes de verla ella ya era su mundo entero, su todo y por ella felizmente hubiese muerto, sin embargo, para esa niña él seguía siendo un desconocido que había surgido de la nada demandando su afecto, sin dar nada a cambio.

Muy tarde, como de costumbre–, pensó, –De verdad estabas mejor sin mi Sonette–

Lincoln había querido ser un buen hombre sin lograr conseguirlo, lamentándose, de forma constante, por las oportunidades perdidas.

–¿Eres feliz Sonette?–

–¿Cómo se supone que conteste esa pregunta?, claro que sí, digo, no es perfecto pero…–, susurró ella con un nudo en la garganta, –¿Pero qué hay de ti?, ¿no me odias?, pues… pues creo que quieres decir eso, y te creo, de verdad te creo que no me odias–

Sonette se relamió los labios y examinó con cuidado el rostro de Lincoln, había algo allí que no podía comprender, y todo por esa estúpida máscara suya.

–Tal vez estás enfermo, o te pasó algo–, razonó ella, –Podrías estar reprimiendo algo, o… no sé, algo–, concluyó apenada.

–Quizás hasta me amas–, dijo Sonette riendo sin alegría alguna, –Podría ser eso y… bueno, eso–

Lincoln se apoyó contra la pared y la vio directamente a los ojos.

Era feliz con su familia.

–Me iré dentro de poco–

No había querido verlo, porque eso significaría admitir derrota una vez más, y ya estaba cansado de ser un perdedor, harto de renunciar a lo que quería de la vida. Era más sencillo caminar ciego hacía adelante que cuestionar sus propios pasos, era simple odiar a Clyde y Haiku porque los dos se lo merecían, pero Sonette y Cleo eran un asunto aparte.

Si de algo estaba seguro era de que nunca se convertiría en un buen hombre como lo era Lynn Loud, pero al menos, podría regresar a su hija parte de lo que le había quitado. No sería mucho, jamás sería suficiente a pesar de ser todo lo que le quedaba.

–Quiero viajar lejos, tan lejos como me sea posible–, le contó, –Quiero ver a mis hermanas, y a mis padres–

Sonette tuvo el presentimiento de que esto último jamás lo haría, pero no tuvo el ánimo como para cuestionarlo. Si quería correr, entonces nadie lo detendría. No había nada que ella pudiese ofrecerle para quedarse, y siendo honesta consigo misma, tal vez esa era la mejor opción para todos.

–¿Podrías hacerme un favor y hablar con tus tías y tus abuelos?–

Con la cabeza gacha, admitió que Lincoln no pedía lo imposible. Por años había canalizado su rencor en contra de esas personas que nada le habían hecho.

–Puedo hacer eso, digo, ellos no tienen nada que ver–

No la odiaba, y eso… se sentía bien.

¿Y eso cambia lo que sientes por él?– se cuestionó a si misma –¿Puedes vivir sabiendo eso?–

Sonette se mordió el labio inferior antes de notar la historieta, todo con tal de acallar sus dudas. No leía muchas de ellas salvo por algunas que lograban llamar su atención.

La cogió y comenzó a leerla, tan solo para matar el tiempo hasta que Cleo fuese a buscarla.

Entrecerró los ojos e hizo memoria, esa trama y personajes… los conocía, ¡no era la primera vez que veía algo así!.

–¿De verdad escribiste eso?–, preguntó sorprendida al llegar al final y ver que Lincoln figuraba en los créditos.

Sonette lo vio sacudirse de hombros, –Tuve la idea hace años, incluso hubo un piloto para televisión, pero no logró despegar–, le dijo, –Sigo pensando que era una buena idea, pero qué se yo–

Estaba impresionada, incluso si las historietas no eran lo suyo, debía admitir que las de Ace Savvy eran clásicas.

–Lo vi en una convención, el piloto quiero decir, e incluso compré un par de figuras–, le contó, –Vaya… de verdad que no esperaba esto Lincoln–

Animado por sus palabras, Lincoln se apartó de la pared para buscar algo que tenía guardado desde hacía muchísimo tiempo.

–Deja que te enseñe algo–, le dijo mientras sacaba de sus muchos papeles sin orden aparente un folio que había pasado desapercibido.

Sonette lo recibió entre sus manos sin saber qué esperar, al abrirlo, se encontró con el retrato de una bebé hecho a mano. El papel, que todavía se conservaba a pesar de los años, estaba protegido por una película plástica, contando con la firma de Lincoln en una esquina y la fecha de creación del mismo.

Había sido completado apenas unos días después del cumpleaños de Sonette.

–¿Esa soy yo?–

–Solía practicar por las noches–, susurró él asintiendo, –Este, fue el último dibujo que hice–

Sonette no podía apartar la mirada de su retrato, incluso cuando escuchó la voz de Lincoln quebrarse.

–Lo tenía conmigo durante… bueno, eso ya no importa. Lo importante es que al fin puedo dártelo–

La joven alzó la mirada sin poder creer lo que escuchaba.

–¿Te gustaría conservarlo?–, preguntó Lincoln conteniendo el aliento.

–¿Estás seguro?–, respondió ella acariciando los bordes del mismo, –Quiero decir… es precioso, pero no creo poder aceptarlo–

–Lo hice para ti Sonette–, insistió Lincoln, –A nadie más podría obsequiárselo–

Honestamente, no sabía qué decir. Sonette no esperaba nada así de Lincoln, nada tan conmovedor. Lo había imaginado de las peores maneras, toda su vida, concibió a ese hombre como alguien siniestro y cruel que solo se preocupaba de si mismo y no tenía concepto alguno de bondad, y a pesar de ello, a la hora de confrontarlo, de dejar a un lado su enojo para escuchar, resultaba que no era tan horrible, e incluso, le costaba trabajo creer que de verdad hubiese sido tan malo como para hacer lo que le hizo a mamá.

Abrazó el retrato contra su pecho y desvaneció esa última idea. Lincoln sí era peligroso, sus padres, y en especial su madre no le hubiese mentido. Si se arrepentía, pues eso estaba bien, pero no lo excusaba de sus malas acciones, no del todo.

Ese retrato no cambiaba las cosas, pero sí las ponía en perspectiva. Ahora sabía que Lincoln no la odiaba y que incluso… de verdad la quería, lo que la hizo sentirse extraña, extraña y feliz.

–Esa debe ser Cleo–, dijo Lincoln al escuchar que alguien llamaba a la puerta, –Sonette, fue bueno conocerte–

¿Ese era el fin?, Sonette no tenía ni la menor idea, pero así parecía ser. Lincoln había dicho que se marcharía, y ella le creía. Posiblemente, jamás se volverían a ver.

Por eso me preguntó si era feliz–

Siguió acariciando los bordes del retrato hasta notar que las esquinas estaban ligeramente ennegrecidas. El film plástico se estaba despegando de a poco, dejando a la vista el papel desnudo.

Lo acercó hasta su nariz para olerlo cuando escuchó la conmoción.

–¿¡Qué haces aquí!?–

Era como si el Lincoln de semanas atrás, el que conoció en el centro comercial, hubiese regresado. Sonette dio media vuelta para preguntar qué estaba pasando, y se encontró con una de las personas que menos quería ver en esas circunstancias.

–Hija, vine por ti lo más pronto que pude–

–¿Quién te crees para entrar sin mi permiso?–

Vio transfija a su madre discutiendo con Lincoln frente a ella. Haiku se mantenía impávida frente a la poco controlada agresión de Lincoln, que parecía acabaría por estrangularla en cualquier minuto.

Sonette escuchó unas cuantas cosas, acusaciones que en verdad dolían porque la ponían en entredicho de sus padres, en especial al darse cuenta de que varias de sus cosas seguían desperdigadas sobre la cama.

–¿Mamá?, esto… ¡no es lo que te imaginas!–, exclamó apenada al verse nuevamente expuesta al juicio de Haiku.

Está última tuvo que componerse antes de hablar, sabía que su hija tenía ciertos gustos algo extravagantes, lo que no era tan malo, siendo que ella misma a esa edad también era considerada como "extraña" por sus pares.

Pero Sonette parecía haberla superado con creces. En cuanto volviesen a casa, tendría una larga discusión con su hija.

–Olvidalo, nos vamos a casa–, escupió su madre con evidente desdén, –No tienes idea de la vergüenza por la que nos has hecho pasar Sonette, estoy increíblemente decepcionada de ti y de Cleo–

–Te pregunté quién te creías para entrar sin mi permiso–, farfulló Lincoln interponiéndose entre Haiku y su hija, –¿Y a quién demonios le hablas de decepción y vergüenza?, tú menos que nadie tiene derecho a darle lecciones de vida a Sonette–

Olvidando que su hija lo escuchaba, Lincoln clavó con la mirada a su ex mujer, –¿Cuándo vas a admitir la verdad Haiku?, ¿cuándo vas a reconocer que toda tu vida está fundada en una mentira?, tanto tú como Clyde…–

Haiku quiso abofetearlo, pero Lincoln fue más rápido y la atrapó por la muñeca. No necesitó ejercer mucha presión para hacerla reconsiderar su presencia allí.

–Dejame ir Lincoln–, pidió Haiki tratando de controlar su voz, –No hagas esto más difícil para nosotras. Dejanos ir, tan solo… dejanos ir–

El peliblanco dio un vistazo atrás, a Sonette que terminó de guardar sus cosas. Solo entonces soltó el brazo de Haiku. No fue amable al hacerlo, no tenía inclinación alguna por hacer reconfortante la estadía forzada de esa mujer en su hogar.

Seguía siendo hermosa, tan hermosa que Lincoln no quería otra cosa que destrozar su rostro lentamente, hasta convertirla en alguien tan repulsiva, tan miserable como lo era él mismo. Mas, su hija lo estaba viendo, y por nada en el mundo arruinaría el recuerdo de su única charla con Sonette por culpa de su madre.

–Toma a tu hija y vete–, escupió al pasar a su lado y dirigirse a la puerta.

Todavía asustada por estar tan cerca de Lincoln, Haiku erró un par de veces antes de encontrar la mano de su hija y llevarla hasta la salida, –Con gusto–, dijo en un hilo de voz al atravesar el umbral, dejando detrás a Lincoln para así dirigirse a su auto.

Sonette se detuvo de golpe, se soltó del agarre de su madre y corrió adentro. Haiku gritó para hacerla salir que era todo lo que podía hacer con Lincoln de por medio.

Algo más había capturado su atención.

No podía moverse, sus manos se clavaron alrededor del marco de la puerta presionando hasta sacar astillas, Lincoln tuvo que luchar contra todos sus instintos para no coger una de sus armas y darle la bienvenida a Clyde. El muy bastardo estaba apoyado contra el capó de su vehículo, una de esas vans familiares que uno esperaría ver en un comercial de seguros, de hecho, toda esa familia era un cliché viviente. Clyde vistiéndose como un maldito niño de coro y Haiku siguiéndole el paso, en esa mezcla bizarra que la hacía parecer una Morticia Adams suburbana.

La hija gótica de por medio casi completaba el cuadro. Los McBride eran una maldita comedia de mitad de temporada, de esas mediocres que nadie espera duren mucho tiempo.

–Así que te trajo el traidor–, murmuró al verlo.

Sonette apareció detrás de Lincoln palideciendo notablemente.

–¿Viniste con papá?–

Haiku agarró a Sonette de la mano y la arrastró rumbo a la van, –Sonette, ¡estás castigada!–, exclamó molesta mientras que la hacía entrar al vehículo, –Y en cuanto encuentre a tu hermana le diré lo mismo–

La joven solo pudo ver desde adentro como su padre se ponía en marcha al encuentro de Lincoln. Los vio a los dos entrar al departamento, sin saber qué sucedería.

Durante quince largos minutos, no escuchó nada, y luego, vio a su padre salir, con una sonrisa de oreja a oreja que hacía resplandecer sus blancos dientes, y sin embargo, su mirada era de todo menos reconfortante.

No tenía idea de lo que sucedía, si seguía o no en problemas o dónde se hallaba su hermana, porqué no había ido a buscarla antes que mamá, o siquiera cómo sabían sus padres que estaba donde Lincoln. Lo único que tenía por cierto es que no vería nunca más a Lincoln, y por más que quisiera, no se sentía feliz con eso.

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