N/A: Hola

Vengo con este One Shot como parte del Concurso Navideño del grupo de WhatsApp de "Muérdago y Mortífagos", son dos capítulos que ya están publicados.

Está dedicado a todas las lindas personas que me leen, y en especial a la pequeña Cristy por su cumpleaños, ¡Felicitaciones! Besos Chupos y Abrazos para tí.

Espero lo disfruten.


En Alaska


Pasa los dedos a través de su cabello rubio por doceava vez en la noche. No lleva mucho tiempo en aquella mesa iluminada por lucecitas amarillas intermitentes que le permiten, dentro de sus lapsos de claridad, ver su reflejo en el escaparate delicadamente adornado con puntitos de poliestireno simulando nieve.

La mesera desde el fondo del restaurante lo mira con indecisión, ha ordenado un vaso de agua del cual no se atreve a tomar ni un sorbo. Con los nervios a flor de piel teme atragantarse con el mínimo de líquido y morirse allí sin tener la oportunidad de revelarle al mundo la mejor decisión que ha tomado en su vida.

Observa un reloj de pared que marca diez minutos antes de su hora anhelada, no pierde la costumbre de ser puntual y esa noche los segundos se expanden de manera enfermiza, su acompañante no tardará en llegar y la idea le adormece las palmas de las manos, ni en sus más importantes partidos de quiditch ha sentido el reflujo de emociones tan contradictorias como en ese momento y planta los pies fuerte contra el piso pues siente que el suelo lo absorbe.

Mira a su alrededor, buscando distraerse, detallando los extravagantes accesorios que visten los muggles en el restaurante: una variopinta variedad de gorros, cuernos de reno y collares con luces parpadeantes. Sonríe ante la ironía, están a cuatro horas de año nuevo pero la gente no se desprende de la navidad.

Lanza otra mirada a la calle y se pierde entre la danza de unos escasos copos de nieve luchando con el viento, le hacen recordar a la bruja que está esperando y el momento en que su alma aprendió a vivir.


Un cielo cubierto de brillantes estrellas nunca visto, parece no tener límite de no ser por el brusco corte de montículos de nieve y glaciares sobresaliendo de la tierra como erupciones expulsadas a diestra y siniestra.

Un bostezo cruza sus labios, nacido del aburrimiento de ver mil veces el mismo paisaje. No ha perdido la soberbia que tanto odio causo durante su aborrecida estancia en Hogwarts y le importa una mierda alejarse de su familia durante las fiestas a pesar de los insistentes ruegos de Narcisa.

Allí estaba él, después de segundos de viaje gracias al bendito traslador, en el lugar más inhóspito del planeta, seguramente por ello lo había escogido. Huía de la gente, de lo conocido, de la vida que tenía. Muchos le habían repetido que era hora de sentar cabeza, de organizar sus asuntos y darle un heredero a su familia. Como si fuera sencillo renunciar a su libertad para introducir en su mente los problemas de otro. Esa era la razón de estar allí; no perdía la cobarde costumbre de eludir una pelea, y, esta pugna con la vida de verdad no la quería dar.

A tan solo dos días de casarse con Astoria, Draco compraba un pasaje de ida para la península de Kenai en el remoto estado de Alaska, pagando una suma exorbitante por el silencio del vendedor en Terrortours. El plan incluía un sinnúmero de actividades sin reposo, queriendo engañar el cansancio del alma con el agotamiento del cuerpo.

Sin dilatar más la cuestión, Draco viste los implementos propios de su primera actividad, esquiar. Diestro en el asunto, no se deja afectar por la gruesa vestimenta; unos pantalones grises holgados no ayudan a su imagen, pero son el filtro perfecto para el inclemente viento que se clava como finas agujas sobre la piel desnuda. Sube la cremallera de una amplia chaqueta oscura y saca de los bolsillos un par de guantes térmicos y un gorro de lana gris regalo de su madre mil inviernos atrás. Trayendo a su memoria la imagen de los elfos domésticos tejiéndolo para él, carga los esquíes junto con los bastones bajo un brazo y con su mano libre agarra un casco color esmeralda.

Se detiene a pensar entre el murmullo de la gente, abrumado por la infinita necesidad de su familia en gobernar cuanta decisión influencia su futuro: es la primera vez que se atreve a contrariar los deseos de su padre. Tal vez esa sea la razón del bombear excesivo de su corazón llevando calor a cada parte de su cuerpo, ilógico, teniendo en cuenta los menos quince grados centígrados que abruman a los pocos visitantes provenientes de todas partes del mundo al nuevo Resort Mágico.

El área es perfecta. Está en la cima de una extensa planicie, dividida por libélulas de brillantes colores cuya función es señalar el nivel de complejidad en la pista. Al fondo puede observar algunas lucecillas rojas que indican las colinas inclinadas viendo un mayor movimiento en dicha zona. Sin más dilación, ajusta el casco al nivel de la barbilla e introduce sus pies en la botas fijas de los esquíes. Se aferra a los bastones casi con rabia. No quiere hacer una mierda, pero necesita distraerse; no puede pensar en su regreso, en el mañana, ni el minuto siguiente, o de seguro se arrepiente.

Se impulsa sin esfuerzo por el área llana estirando sus músculos. Mueve sus piernas con la facilidad de un experto, junta sus rodillas e inclina sus caderas hacia un lado y hacia otro. Esquivando los baches del sendero hace una nueva ruta; así quiere pensar en su vida, como un territorio sin pasado sobre el cual construye un nuevo camino. Conduce los esquís lejos de los turistas, escucha el ritmo de algunas canciones de navidad marcado por campanillas flotantes, haciendo compás con la decepción interna de extrañar a su familia, pero no bajo aquellas condiciones de opresión.

A pocos pasos de él, tras algunos pinos que ocultan un tramo circular de llanura cubierta por una gruesa capa de nieve. Allí, una inexperta y menuda figura, lo distrae al tropezar una y otra vez a causa de unos esquíes demasiado largos para su tamaño; ataviada entre la espesura de capas de ropa y la deficiencia de la fuerza suficiente en los brazos para impulsarse de manera apropiada. Problemas que fácilmente serían solucionados con el uso de un par de hechizos.

Divertido, Draco frena suavemente sin levantar mucha nieve y se detiene reclinando su cuerpo en uno de los bastones, aprieta sus labios para no reír, dividido entre la indecisión de ayudar o malgastar un poco más de tiempo viendo a la que ha descubierto es una chica, por algunos rizos que asoman, fracasar en su torpeza. El destino decide por él.

Atraído por el ruido y las luces, un oso de gran tamaño olfatea con el hocico pegado al suelo en busca de comida. Desde su ángulo, la distraída novata no advierte su presencia, sin embargo, Draco sí. Pasmado por unos segundos por la majestuosidad de la criatura, ha abierto los labios y todo parece estar suspendido a su alrededor: la música, el frio y el instinto de supervivencia. El grueso pelaje castaño se mueve ceremonioso a cada paso, las pisadas van dejando tras de sí la marca de sus garras y el monumental tamaño del animal es solo comparable al de las gigantes criaturas conocidas por Hagrid.

Un grito femenino rasga el silencio y rompe el embeleso del Slytherin. Llama la atención del animal hacia el centro del campo donde la joven aprendiz ha caído al suelo de espaldas. Un gruñido emanado desde las entrañas del animal despierta el miedo incrustado en el centro del estómago de los dos humanos allí presentes. Con desesperados intentos la chica se revuelca en el muladar de nieve y barro que empieza a levantarse al tratar de ponerse de pie, contaminada de angustia e impaciencia al no lograr deshacerse de los esquíes que le impiden levantarse.

El oso se levanta en dos patas viendo como una amenaza los rápidos movimientos de la chica y enseña más dientes de los imaginados, deja caer su peso hacia adelante enterrándose en la nieve y se acerca velozmente a la joven que chilla desde el suelo cubriéndose el rostro con las manos. Son solo segundos en los que el único pensamiento de sus seres queridos cubre su mente, sus sentidos, y la tristeza de no verlos más acompaña los instantes previos a su muerte; tan concentrada esta en ello que no escucha el hechizo pronunciado por Draco, no siente los cuatrocientos kilogramos cayendo al suelo levantando borlas de nieve a su alrededor y únicamente al percibir un brazo sobre su mano despeja su rostro casi con violencia.

Ella no entiende en qué momento se ha puesto a llorar y sus pestañas salpicadas de lágrimas no le impiden distinguir a Malfoy que la observa, reclinado hacia adelante varios centímetros con una mezcla de asombro y fastidio por su presencia. No lo piensa dos veces y se aferra de la mano de este conteniendo en ese agarre la vida que minutos atrás sentía que se le iba por los poros.

—¿Te vas a levantar, Granger? ¿O te quedaras congelándote para ser el bocadillo de otro animal? —pregunta Malfoy, sosteniendo la mano de Hermione.

Ante el comentario, Hermione, libera el estrés contenido y rompe a llorar, no tanto por la alusión a ser devorada, sino porque de ocurrir esto, nadie se enteraría de su muerte en mucho tiempo.

—Vamos, no es para tanto —responde Draco, tratando de animar la situación. No quiere tardarse más tiempo allí, suficiente drama con el suyo. Sin embargo Hermione continúa medio sentada, con la bufanda enredada en las botas y sollozando—. Levántate —puja el rubio, halando a Hermione hacia él—. Te invito una taza de chocolate caliente.

No supo de dónde salieron esas palabras, si de la necesidad de consuelo de Hermione o de la propia por remediar su soledad. Resopla con impaciencia ante la lentitud de Hermione, ataviada con esos largos deslizadores, sumado al estado de tensión de sus músculos nacido del susto y la impotencia. Impulsivamente la toma de un brazo soportando parte de su peso, advierte exiguos temblores en el costado de la castaña y solo por ello mantiene el agarre.

Ella no habla aunque resopla agitada de vez en cuando por el esfuerzo y nubes de vapor atraviesan su garganta para flotar en el aire. La temperatura ha bajado unos cuantos centígrados, mezclada con el viento ondulante cargado de pequeños copos danzado en círculos. Draco deleita sus ojos platinados con el hermoso espectáculo, curiosamente no desea estar en otro lugar a pesar de la impensada compañía.

Se detienen frente a una cabaña alegremente iluminada que hace sus veces de restaurante. Levantando sus piernas con esfuerzo para no tropezar, Hermione se desploma sobre una banca y lucha varios minutos por desapuntar los esquíes y liberar sus piernas; el extremo de las botas roza con su piel lastimándola, sin embargo no se queja.

Draco se sienta junto a ella, toma su varita y desapunta las botas liberando sus piernas en el acto, frota sus manos una contra otra, ha empezado a sentir el frio que desciende a niveles enfermizos.

—Granger, ¿crees que terminarás antes que se derritan los glaciares? —espeta el rubio, sin dirigirle la mirada—. Quiero tener la oportunidad de conocerlos.

—No fastidies, dame un momento.

Hermione forcejea con las ajustadas hebillas de su calzado. Desesperado por la parsimonia de su acompañante, Malfoy, se inclina ágilmente en su ayuda.

—Esto es sencillo —dice con una rodilla hincada en el piso—, tomas esta palanca plateada y la subes con fuerza, ¿ves?, ahora esta flojo, y haces lo mismo con todas.

En menos de un minuto hala las botas fijas a los deslizadores y las levanta con complacencia. Hermione hace un mohín de fastidio.

—Yo pude haberlo logrado sola.

—Si claro, me habría hecho viejo esperando.

Un gesto de su mano cubierta por el guante le indica a Hermione que es momento de ingresar, sonrosada por el esfuerzo previo se levanta y toma la delantera, Draco, frunce el entrecejo y la sigue sin mucho ánimo.

La campanillas tras la puerta anuncian su llegada, el cambio de temperatura es inmediato, sofocados se quitan el exceso de prendas e implementos de la actividad y Hermione se sienta en la primera mesa libre cerca a la entrada.

—Dos chocolates de menta con canela —ordena Malfoy, a una vuelapluma y una libreta que inmediatamente flota sobre sus cabezas en dirección a la cocina.

El lugar está prácticamente desierto y el pedido, traído por una elfina, no tarda en llegar. La curiosa pareja mira en diferentes direcciones evitándose mutuamente, Draco toma pequeños sorbos de su taza, al contario de Hermione, quien tiembla como una hoja al viento, su cuerpo ha liberado la angustia dejando tras ella un frio desde la punta de la lengua congelando sus ganas de comer o hablar.

Malfoy, a consecuencia de la vida que ha llevado sabe muy bien leer aquello que los labios contienen. A pesar de repetirse con severidad su necesidad de estar solo y libre de contacto, no es indiferente ante el dolor del otro, especialmente si los ve en su misma situación. Algo que no heredo de sus progenitores, sino que aprendió del hastío a vivir con vergüenza y miedo.

—Y... Granger… ¿qué te trae por acá? —indaga con la clara intención de distraerla mientras sopla el vapor de su chocolate.

—Em, aventura —dice tan insegura de sí misma que Draco no entiende si ha sido un sarcasmo.

—Si tus planes incluyen casi ser devorada por un oso, de seguro estás cumpliendo tus expectativas de «aventura». — Draco entorna los ojos, tomando otro sorbo y pidiendo galletas de arroz.

—¿Qué pasó con el oso? —Hermione brinca de su asiento—. ¿Está muerto? —solloza con la culpa de cargar otro difunto en su consciencia

—Está bien —calma Draco, extrañado—. Solo usé un Desmaius. Ya debe estar por ahí libre atormentando otros turistas.

Hermione suspira y sin ser consciente de ello empieza a beber el chocolate. El efecto del dulce le ayuda a recuperar la calma que su cuerpo pide a gritos, poco a poco su apetito mejora y empieza a comer las galletitas de Draco. Este sonríe solo un poco al ver su objetivo logrado. Solicita otra orden de galletas, pero esta vez tardan más tiempo de lo necesario.

—Estúpidos elfos —resopla el rubio tamborileando sus dedos con impaciencia.

—No hables así de ellos, tienen muchas responsabilidades a su cargo —gruñe Hermione con la voz entrecortada.

—Esa es la misión en su vida, Granger, están aquí para servir, nada más —replica, exasperado peinando su cabello rebelde por el uso de gorro—. Es eso o la muerte.

—¡CÁLLATE, ESTÚPIDO HURÓN! —explota la castaña, dando un puñetazo a la mesa. Los pocos presentes en el lugar se giran ante el escándalo—. No sabes lo que hablas, idiota, los que deberían morir son las personas como tú.

La castaña sale hacia el baño como un huracán, dejando al rubio confundido. Se frota el entrecejo abochornado por la escena, quiere huir nuevamente para no perder el hábito; al parecer es lo único que se le da bien, pero no con todas las miradas sobre él. Si algo ha aprendido de su familia es a contener sus emociones y como buen Malfoy toma aire con tranquilidad y traga su último sorbo de chocolate.

Un plato aparece ante su mesa conducido por una elfina, «buena hora de aparecer», piensa Malfoy al tiempo que la observa con arrogancia de arriba a abajo.

—Muévete, ¿qué esperas? —espeta Draco mirando a su alrededor.

—Dery ha escuchado por error su conversación, Dery sabe qué le pasa a la señorita Granger —responde la elfina, retorciendo el borde de su camisón.

—¿Que tienes por decir? —sisea Malfoy, manteniendo su porte arrogante disimulando su curiosidad.

—Dery ha escuchado sobre un escándalo —susurra la elfina, con voz temblorosa acercándose a la mesa—. El elfo Craw murió a manos de los amos Rosier, Dery escuchó que investigan a la señorita Granger, Dery sabe que ella no tiene la culpa, pero Dery sabe que fue decisión de la señorita Granger mantener a Craw con esa familia.

Draco entrecierra los ojos sintiendo la completa estupidez descender sobre él, hace un gesto con su cabeza indicándole a la elfina que se retire, la cual obedece de inmediato. Desliza su cuerpo al borde de la silla, sopesando la opción de buscarla en el baño donde seguramente estará encerrada llorando o dejarlo pasar, finalmente no es su problema. Se ríe de la ironía del día, evadiendo la responsabilidad de resolver sus asuntos, en menos de veinticuatro horas Hermione lo ha puesto a tomar decisiones.

Deja descansar la cabeza sobre su mano, reflexionando sobre su actuar, suficiente tiene con el disgusto que seguramente estarán pasando sus padres y su prometida con él, para achacarse un conflicto más. Se sobresalta por el chillido infernal de un pito que bien podría ser confundido con el alarido de una banshee seguido de una voz armoniosa:

—Último llamado a los huéspedes participantes del Mushing. Favor acercarse a la pista número tres.

Draco se levanta encogiéndose de hombros, tiene un itinerario que cumplir y el trineo con perros es su favorito, deja un par de monedas girando sobre la mesa y sale del lugar, no sin antes echar un vistazo hacia la puerta del baño.

Después de caminar por unos quince minutos, está a punto de regresar cuando advierte un gran número tres flotando muy cerca de él. El viento quema, ardiendo en el interior de sus pálidas mejillas, al parecer ni su más costosa bufanda de pelo de Demiguise puede protegerlo en su totalidad.

Aprieta el paso al ver un pequeño grupo de siete personas y advirtiendo la presencia de varios canes jugueteando entre la nieve, atados entre sí. El vapor de su aliento parece congelarse en el aire convirtiéndose en borlas de nieve.

—Llega tarde, señor ¿Malfoy? —indaga el instructor, un hombre joven de tez morena, que según adivinó Draco provenía de alguna calurosa isla—. Pero está justo a tiempo para acompañar a la señorita Granger —continua mirando con picardía a Hermione—. Lo siento, se perderá de mi compañía, por cierto mi nombre es Fernando.

Draco observa con asombro a Hermione, «¿Cómo diablos llegó antes que yo?»

—¿Podemos cambiar de compañero? —suplica la castaña a una pareja cerca de ella, sus opciones eran limitadas.

—Lo siento, querida —responde la mujer—. Es nuestra luna de miel.

—Vamos, Granger —dice Draco, con suplica en su voz, acercándose sin prisa—. Es una simple actividad. Te perdono las ofensas del pasado para que te sientas cómoda.

—Pufff —bufa Hermione, cruzando los brazos sobre su pecho y frunciendo el gesto—. Idiota.

Con gesto trágico, Draco posa una mano sobre su pecho fingiendo estar lastimado. Hermione, lanza una mirada asesina, y levanta la bufanda al nivel de su nariz para ocultar la sonrisa bajo ésta.

El instructor los invita a acercarse y con una rápida explicación al grupo, da las pautas básicas para la actividad. Hermione las aprende al instante como si se tratara de los pasos esenciales para un hechizo.

Draco, a pesar de haber gastado varios inviernos en ese lugar, siempre desistía de participar de ello evitando el constante acoso de su padre y la interminable decepción en la que siempre terminaban sus actividades familiares, con rostro meditabundo, disimula el desconocimiento de su cabeza en el tema.

—Entonces, solo para aclarar, ¿estos animales no responden a la magia? —indaga con una mano masajeando la quijada y la otra cruzada sobre su estómago.

—Exacto, señor Malfoy —responde alegremente el instructor—. No podemos usar magia sobre ellos, han sido entrenados y tienen buen oído, confíe en mí. Solo debe silbar la nota adecuada y pisar el freno. A ver, enséñeme cómo lo hace

Draco arruga la nariz ante la petición, «¿cómo quiere que silbe? Ni que yo fuera un vulgar»

—Está bien, no lo haga —concluye Fernando—. Señorita Granger, enséñeme usted.

Hermione, estira los labios avergonzada y con la perfección característica de ella logra las tres diferentes notas necesarias para manejar a la manada de perros. Los demás aplauden sin mucho ruido, pues los guantes sobre sus manos no producen el efecto esperado.

—Perfecto, señorita Granger —felicita el guía, pellizcando la mejilla sonrojada de la castaña sorprendida por el gesto—. Usted dirigirá su trineo.

Draco, descuelga la mandíbula en evidente desacuerdo, su vida puesta en manos de la mujer que hace unas horas había insultado por trillonésima vez. Pasa saliva maldiciéndose por estar allí, por ser un cobarde y no emitir el estúpido silbido y sobre todo, por no tener la osadía de negarse después de haberla hecho sentir mal.

Cabizbajo se encamina hacia el trineo rojo, fijado al suelo. Cuenta diez hermosos perros de raza Husky, un listón verde se entrecruza entre sus lomos y culmina atado a la baranda delantera del trineo.

—Siéntese, por favor —indica Fernando señalando ampliamente con el brazo la lona del deslizador.

El rubio suspira, intercala una mirada de amargura entre Hermione y el guía, y levantando con desgano los pies, se sienta con las piernas cruzadas y recuesta la espalda.

—No, no, no —regaña el líder—. Debe dejarle espacio a la señorita Granger.

—¡¿Qué?! —Chilla Hermione—. No, yo voy de pie, detrás del trineo.

—No, señorita, en ese lugar va uno de mis elfos en caso de emergencia. Usted debe ubicarse entre las piernas del señor Malfoy, así que por favor separe sus piernas y deje que la señorita Granger se siente delante suyo.

—De ninguna manera —responde Draco, esforzándose por levantarse, la pesada y rígida ropa no se lo permite.

—Claro que si —afirma Fernando—. De lo contrario tendré que cancelar la actividad para todos los presentes.

—Oh, vamos.

—Dense prisa, son solo unos minutos.

—Por favor, nos estamos congelando.

Las quejas no se hacen esperar, «maldita presión de grupo» piensa Hermione mirando de reojo a Malfoy. Él enrojece a causa de la vergüenza, pero separa sus piernas y pega su espalda hasta casi fusionarla con la lona del trineo.

Fernando da un ligero empujón sobre la espalda de Hermione impulsándola hacia adelante, con tozudez se acomoda dejando un amplio espacio entre ella y Draco; este separa sus piernas para no tener la desgracia de rozar su cuerpo.

En instantes el resto del grupo está listo para dar la partida, Fernando exhala dos silbidos cortos y fuertes siendo la señal conocida por la manada para avanzar.

Al principio el andar es lento, se deslizan por un camino que se abre entre montañas de nieve un metro por encima de sus cabezas hasta llegar a un claro despejado de árboles y colinas de nieve, es simplemente la llanura blanca que se abre ante sus ojos enseñándoles la maravilla de un cielo sin nubes.

Ni el viento estrellándose contra su humanidad logra desviar la atención de la infinidad de puntos titilantes en la bóveda celeste. Dejándose llevar por la emoción, Hermione olvida la compañía en su vehículo y suelta un largo silbido haciendo eco en los sensitivos oídos de los canes que emprenden una marcha acelerada.

El efecto dominó de la velocidad lleva a Hermione hacia atrás cayendo sobre el pecho de Malfoy quien se aferra con ferocidad a las barandas laterales, el cabello alborotado cubre el rostro de Malfoy, quien remedia la incomodidad echando su cabeza hacia atrás y observando el mismo cielo, detallando la constelación de la cual deriva su nombre.

Hermione es liviana, su cuerpo tibio corta el frio externo y apacigua el hielo interno oriundo de la soledad de un alma incapaz de hallar la paz entre toda la opulencia y viene a encontrarla en un estúpido cielo que bien puede ver desde cualquier parte del mundo, pero que solo allí se siente tan bien.

La castaña ríe, sin darle importancia al hecho de estar sobre Malfoy, imagina su cara de pánico y le agrada esa dulce venganza por la imprudencia del restaurante. En aquella posición no alcanza la barra delantera así que deposita sus manos sobre las rodillas de Malfoy sin mucha presión, «¿qué más da?» piensa sin vergüenza, «entre toda la ropa y los guantes, su sensación será mínima».

Violentamente la manada da un brusco giro. La alocada Hermione, es impulsada hacia un costado siendo detenida por el brazo de Malfoy, este la estrecha con el mismo brío con el que atraparía su vida, la percibe tan pequeña, le cuesta un tanto imaginar que ese frágil cuerpo contenga la valentía que toda la vida envidió, y de pronto cae en cuenta que ella tiene todo lo que a él le hace falta.

Un silbido ondulante disminuye la marcha y Hermione, estirándose a todo lo que le dan sus piernas, presiona la palanca justo para detener el movimiento del carruaje. Se levanta despreocupada con una sonrisa en los labios pagada de sí misma.

Draco se queda unos momentos sentado en el carruaje detallando a Hermione, gesticulando teatralmente los pormenores de su aventura a los demás aprendices. No puede pensar, no desea llenar su cabeza de tontas ideas, torposoplos llamaría Lunática, al embote de su cabeza.

Con prisa, el rubio, se levanta y encamina sus pasos de regreso al restaurante.

—¿Que pasó, Malfoy? ¿Te emocionaste con este apretado paseo? —Levanta la voz Hermione, con sorna—. Hay un baño cerca, no seas tímido.

No recibe respuesta y deja caer los hombros con frustración.

Se sentía, sola, más que nunca, pero completa consigo misma. Había aprendido, a fuerza de rutina, a olvidarse de su vida, fluía naturalmente su comportamiento de satisfacción altruista sonriendo de manera amable a todos cuantos necesitaban su ayuda. Siempre dispuesta a una palabra, un consuelo o algo de su tiempo, con la soporífera insatisfacción de no tener la vida que quería; consolándose con hacer feliz a toda forma de vida a su alrededor.

En este momento su elección cargada de egoísmo la llena de una barata satisfacción; está cumpliendo uno de sus sueños, en completa soledad, pero con la plena seguridad de estar haciendo lo correcto.


Fin del primer capitulo, no olviden seguir leyendo.

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Un abrazo Sta Granger