Habían pasado dos años desde la partida de Spike. Desde su "colapso" nervioso, desde la segunda destrucción de su mundo… desde la cruel evidencia de que la vida es una mierda siempre, no importa cuánto se crea uno que se merece otra cosa, algo mejor.

Faye estaba sentada en una plaza bajo un árbol, mirando la puesta del sol más hermosa que podía ofrecer Europa, la colonia lejana en la que vivía hacía seis meses. Fumaba, aunque el cigarrillo se consumía entre sus dedos porque los colores intensos del sol eran un imán a su mirada.

Dos años atrás no había sido capaz de reflexionar nada, había quedado en carne viva, como si de un plumazo le hubieran arrancado la piel. Sabía que no sentía amor entonces, ni ahora.

Amor, era una palabra muy fuerte, muy importante y estaba convencida de que no podía usarse a la ligera. No, no había sido amor. Algo menos, ¿cariño? Amor era sin dudas lo que Spike había sentido por Julia, ese sentimiento imprudente y feroz, irracional, que lo había llevado a morir en vida, a no ver nada más que ese sueño peligroso para después zambullirse de cabeza en el desastre.

Bien por él. Pero si el amor era solo eso ella no lo quería. Le gustaba la vida, estaba hambrienta de ella y si bien estaba todavía herida no pensaba volver a deprimirse. Eso era perder tiempo y tiempo era algo que por alguna razón el universo sí le había regalado. Suspiró y le dio una última pitada al cigarrillo moribundo.

Claro que sí le había gustado Spike, reflexionó, mientras arrojaba el cigarrillo a la distancia dándole un certero golpe con el índice. Ese gesto era tan de él… Tal vez Spike fuera el primer tipo por el que se había interesado realmente después de Whitney. Tal vez, tal vez, tal vez… El potencial era el tiempo preferido para pensar en él porque lo que podría haber sido nunca sería. Sonrió y se recostó contra el árbol, estirando las piernas delgadas, cruzando los tobillos. Entonces sonó el comunicador en su bolsillo. Miró el reloj, a tiempo.

-. El sitio que me dijiste esta atestado de gente así que encontré una mesa vacía en el restaurante chino de la vuelta. Supongo que lo conoces así que te espero aquí, ¿sí? – el rostro de Jet le mostró el menú un segundo. – No se te ocurra dejarme plantado o llegar muy tarde, estoy famélico y la cerveza me cae mal con el estómago vacío.

-. Ok, estoy yendo.

Faye se levantó. Las luces de la plaza se estaban encendiendo conforme el día se volvía más oscuro. Jet Black estaba de visita en Europa y habían quedado en verse. De alguna forma la familia de la Bebop seguía en contacto pues también solía comunicarse con Ed o verla si extrañaba la Tierra y hacía una visita o si había algún botín que cazar. Sí, de vez en cuando todavía se dedicaba a ser cazarecompensas. Poco trabajo y buena paga, en general.

Se sacudió el polvo de la faldita negra que llevaba y se calzó la cazadora de cuero. Un poco de labial rojo y estaba lista para disfrutar de una cena con parte de su pasado reciente. Los dos solos. Siempre era así, cada tanto, si el universo los acercaba cenaban o tomaban algo juntos pero Faye exigía que fueran ellos dos solos. A Spike no quería verlo más.

Tal vez hubiera sido mejor que el tipo muriera ese día desangrado, cortado al medio por la katana del otro enfermo. Dios, tenía todas las de perder, pero claro, mala hierba nunca muere así que había sobrevivido. El círculo se había cerrado y todo había terminado tal y cómo había empezado: con Jet y Spike solos en la Bebop haciendo lo que sabían hacer y sin perros, una niña y una mujer con actitud.

Encendió otro cigarrillo y empezó a andar. Estaba cerca del centro y tenía hambre así que cuando divisó la avenida y el barrio de restaurantes del otro lado sonrió. Allí estaba ella, Faye Valentine, sobreviviente. Tratando de ser feliz. La niña del cassette beta estaría orgullosa de ella.