La Tormenta Perfecta


El Mismo Bando


Los flashes de las cámaras destellan cegantes luces como si mil relámpagos se colaran a través de mis ojos. El miedo turba mi corazón con violentas sacudidas de pánico que bloquean mis sentidos y me anclan a la plataforma de ese maldito crucero. Y siento lastima por mí, porque metida en ese vórtice de mierda en el que no veo la salida, de lo único que soy capaz de pensar, es en Malfoy.

De manera instintiva mis manos estrujan los oídos, al tiempo que mi cuerpo se paraliza preso del sobresalto producido por un magnánimo trueno que estremece los cimientos del barco y remueve el tableado sobre el cual estoy parada. Mágicamente los flashes se detienen y recuerdo que soy una bruja, la mejor de mi generación cómo solían decirlo y, en un arranque de lucidez desaparezco del lugar al primer sitio que se atraviesa por mi entumecida mente.

Disfruto la aplastante sensación y es la primera vez que padezco placenteramente la visión borrosa a mi alrededor, y el mareo posterior a la aparición. Cualquier cosa es cariño después del ataque cínico de los medios y las preguntas incesantes de Ronald que no calman la agitada marea.

Apoyo mis manos en el marco de la puerta de mi habitación. Nuestra habitación. Y por Morgana si no soy la más estúpida del universo al aparecerme en la casa de un marido engañado.

Con culpa, arrastro mi mirada por lo que ha sido nuestra alcoba matrimonial, el más vívido testigo de nuestros logros, fracasos y esfuerzos por mantener este matrimonio dentro de lo que espera la sociedad de nosotros. Detallo la colorida frazada regalo de Molly tejida con sus propias manos. Observo el juego de alcoba en tono caoba, obsequio de George y Ginny en nuestra noche de bodas, y conduzco una mano a mi garganta presintiendo el nudo de soledad que va creciendo a medida que los minutos transcurren.

Escapar. Es lo que deseo como la condenada cobarde en la que me he convertido, porque soy capaz de darle frente a las más feroces criaturas, pero la mente se me hace trizas con la mera idea de confrontar a Ronald y aceptar mi entera culpa en esta situación.

Muerdo mi labio, con el ceño contraído en dolor y clavo las uñas en la madera del dintel de la puerta, sintiendo las astillas irrumpir bajo la carne. Me castigo, porque no quiero lastimar a Ron aunque lleve un año, tal vez dos, en esta jugarreta de la cual ya perdí la cuenta de tantas escapadas juntos. Al principio contaba cada revolcada y las repetía con la fascinación del pecado en mi memoria, exaltándolas, imaginando mi próximo movimiento, como la alumna aplicada que soy, revisaba mis puntos débiles para mejorarlos en el siguiente examen. Y me sorprenden mis dedos siguiendo el camino de mis labios ante el recuerdo del sabor de su cuerpo.

¡Soy una desquiciada!, en el peor momento de mi vida y sigo pensando en follarme a Malfoy.

Lo que más me sorprende de mi propia crueldad, es que anhelaba ensayarme el bendito anillo del demonio. Sin buscarlo, mis ojos se remolcan resignados a observar la modesta argolla de matrimonio que ahorca mi anular y luce tan insignificante al lado del orbe de Draco. Me rio con rabia, mi matrimonio pende del hilo más fino del planeta, y yo, sigo aquí con mis ridículas comparaciones.

Una luz blanca acompañada de un estruendo, me despierta de mi ensoñación y mi boca árida se abre para llenar de aire mis pulmones que se han quedado vacíos. Ronald ha decidido aparecer en el mismo sitio donde tantas veces me hacía el amor mientras yo pensaba en otro. Su mano sostiene el ramo de tulipanes, y el monstruoso abrigo del cual extrajo la marca de mi pecado.

—Me dejaste solo —acusa, con su dedo índice escarbando la podredumbre de mi alma y dejando caer lo que ocupa su mano.

Bajo la mirada, obligando a mis ojos a concentrarse en una partícula en el tableado que se vuelve borrosa ante el líquido salado amontonado en mis párpados. He sido una mierda, y él, únicamente me juzga por dejarlo solo. Contraigo mis labios conteniendo las palabras que no deseo decir, lo he dejado solo desde hace mucho tiempo para salir corriendo en pos de otro.

Escucho el atronar de sus pisadas contra el suelo de madera que parece abrirse con cada paso acercándose a mí, y cruzo los dedos rogando con todas mis fuerzas que de verdad se abra, y me trague en una vía sin retorno directo hasta el inframundo donde ciertamente debo tener un lugar reservado.

Siento sus manos apoderándose de mi quijada obligándome a mirarlo, a fijarme en esas pupilas verdes que arden en ira y en agonía. Me permito detallar los años que han pasado por su rostro, algunas líneas se marcan en el contorno de sus ojos, tal vez de angustia al imaginar a otro hombre entre mis piernas o de pronto de antigua felicidad, falsa alegría que yo le brindaba.

Sus labios se mueven en medio de gritos ahogados por la tristeza que escala a través de su garganta a escasos dos pasos de mí, su voz retumba con furia contra los cristales de la habitación al son de los truenos que continúan quebrando el cielo en el exterior.

—¿Qué está pasando Hermione? —indaga con un brillo de esperanza rebordeado en sus ojos, que por Dios no quiero extinguir—, dime, ¿qué te ha faltado en este matrimonio?

Dos lágrimas caen temblorosas dejando un canal oscuro sobre mis mejillas, y un líquido pastoso y pesado empantana mi boca de excusas, mentiras y pretextos que se sellan al interior. Me asombro de su astucia, él, ni siquiera pregunta si el engaño es cierto, lo lee en mi rostro y mi silencio habla más que mi voz, no necesita una descarada afirmación de todo lo que estamos perdiendo. De todo lo que estoy arruinando.

—Todo es culpa tuya—acuso con voz ahogada, cuando lo veo darme la espalda y tensar los hombros—. Eres tan aburrido y, no confías en mí, jamás has creído que sea lo suficientemente buena en algo—continúo, excavando con mis ojos en el suelo esperando extraer cualquier justificación que me deje bien librada en esta pelea—, y…y…además nunca me dices cosas bonitas, te veo observar otras mujeres de una manera muy diferente a como lo haces conmigo.

Su rostro enrojecido se gira confrontándome, con los puños crispados a lado y lado de su cadera, veo parte de mi reflejo en sus ojos cristalizados que contienen con firmeza las lágrimas y comprendo lo patéticas que suenan mis mentiras.

—¿Y eso te da el derecho de ir a revolcarte con cualquiera que tenga una buena bodega en Gringotts? —escupe, sacando de su bolsillo el pequeño cofre de mi desgracia y arrojándolo sobre la cama—, no te atrevas a culparme Hermione Weasley, no vengas a lavar tus culpas conmigo, porque mientras yo me he partido el lomo tratando de complacerte, tú has refregado el tuyo en la cama del primero que te ha ofrecido la salida más fácil.

Un relámpago ilumina la estancia dejando su impresión blanquecina en mi rostro y me puedo ver con los labios abiertos en sorpresa y casi petrificada en mi postura encogida. Cada maldita palabra es tan dolorosamente cierta que mi corazón ha olvidado cumplir su trabajo y se ha quedado estancado entre una palpitación y otra, no tengo una respuesta a su certera acusación y por fin la brillante señorita Granger se ha quedado sin argumentos.

Una lluvia sorda ha empezado a resonar sobre el tejado de nuestra casa cuyo viento fresco se cuela por debajo de las puertas sin lograr aliviar la tensión eléctrica de nuestra pequeña habitación. No puedo soportar la dureza de sus ojos en su gesto lastimado, y como la cobarde que soy desciendo mi mirada siguiendo la ruta de su rígida figura. Debo reconocer que realmente se esforzó para verse elegante para esta noche y otro par de lágrimas arrastran parte de mi maquillaje que cae fundiéndose sobre el delicado vestido negro.

—Lo siento —suplico apenas con voz audible—, perdóname.

Su labio inferior tiembla de ira, mientras mis hombros titilan de miedo.

—Solamente te arrepientes porque te descubrí —responde con tono lúgubre.

Mi aliento es obstruido a medio camino, y esta vez, una parte Ravenclaw oculta en él sale a relucir. Tiene razón, en toda esta aventura de nubes y centellas, jamás me he arrepentido en el nivel adecuado de culpa que una infidelidad debería acarrear, es más, en el par de minutos que Ronald lleva la delantera, jamás me he planteado la idea de abandonar a Draco.

Doy asco.

Mi esposo se cansa de esperar una reacción de mi parte y, sin mediar palabra, lo veo irrumpir en nuestro armario lanzando prendas a diestra y siniestra. Su ropa llueve sobre la cama, inundándome en pánico.

Me abandona.

Tomo el pomo de la puerta y la cierro tras de mí, como un grito mudo de mi desespero. No quiero dejarlo ir, a pesar de mi engaño. No me quiero quedar sola. No, sin la seguridad que Malfoy también será abandonado.

Apoyo mi espalda contra la puerta, para no dejarme arrastrar por la miseria que se aferra a mis piernas escalándolas lenta y penosamente. Sin quererlo, parezco digna protagonista de una trágica novela, replegada a la puerta, con mi elegante vestido, mi maquillaje llorado y el cabello luchando alborotado contra lo que queda de mí recogido. Saco ventaja del miedo encontrando en él la voz que se expresa en: suplicas, promesas de transformación y sumisión devota a cambio de su permanencia en la casa.

—Me importa una mierda, no te quiero cerca de mí —responde empujando las prendas con rabia en una maleta que no sé de dónde ha salido—me repugnas Hermione, eres una desagradable ramera que no tocaría ni con la punta de mi varita.

Debería llorar, tendría que lanzarme a sus piernas y obligarlo a quedarse, a que se retracte, a que me perdone. Sin embargo su orgullo herido no lo deja mirarme y el mío no me permite seguir doblegándome ante él.

—Entonces lárgate, vete de aquí y hazle un favor a mi vida —le grito, dibujando una sonrisa retorcida que me ayuda a disimular la frustración—. Prefiero vivir la indignación de ser abandonada, a sufrir la tortura de desperdiciar otro día más contigo.

Sus manos se cierran apresando el envoltorio de ropa entre sus dedos y alcanzo a ver la tensión en su mandíbula encerrando las palabras que pugnan por salir. No las deja en libertad y me mata la arrogancia en su silencio.

—Empaca rápido —grito por encima de los truenos que ocultan mi voz—, llévate toda tu ropa de segunda mano, guarda en ella los zapatos que han pasado por generaciones arrastrando las carencias de tu familia, oculta todos tus miedos en esa condenada maleta que es la única capaz de soportar el peso de la desesperanza de tu vida.

Sus hombros rígidos se giran para enseñarme el efecto de mis ofensas en su rostro descompuesto. Nunca me ha importado su dinero, pero a él sí. Y viendo que mis palabras no tienen el filo suficiente para herir hasta lo profundo de su alma, no me callo.

—¿Sabes? —pregunto mordazmente, generando presión para producir una chispa—, ni siquiera me diste tantas cosas para ser feliz. Mira esta miseria de casa, es incluso más pobre que la de tus padres. Deberías sentir asco de ti mismo Ronald Weasley.

Una marca de amargura se perfila en su frente, y los relámpagos que refulgen a través de las ventanas le iluminan aquella vena en la sien que está a punto de estallar.

—Y si vivías tan mal, ¿por qué no te largaste? —explota él desde su lugar, dejándose arrastrar por mis provocaciones—, si te avergüenzo tanto ¿qué haces aún aquí?. Yo tengo la respuesta Hermione, eres tan tremendamente insoportable, que sólo vales por lo que tienes en medio de las piernas.

La risa ahora se marca en su rostro. El muy maldito sonríe, mientras mi interior se hace trizas perforando con sus afilados bordes los restos de la cordura que aún me queda.

—Bueno, por lo menos alguien que no eres tú ha sabido aprovechar muy bien lo que tengo en medio de mis piernas —le respondo haciendo grandes aspavientos con mis brazos y, notando la oscuridad que se apodera de sus ojos—; alguien, me mostró que tu mezquindad no es únicamente financiera sino también sexual, alguien puede hacerme vibrar en la cama y no con sus aburridos ronquidos alguien me dio tan buenos orgasmos que me ayudo a fingirlos contigo. Un verdadero hombre, Ronald. ¿Sabes?, tal vez le diga que te busque a ver si aprendes un poco.

Su rostro plagado de rabia, se contrae en una mueca de odio que nunca le había visto dirigir hacia mí. Con movimientos bruscos arranca su argolla de matrimonio arrojándola a mis pies y mientras el aro dorado danza en la superficie de madera, Ronald, saca su varita del traje y con una firmeza de hierro apunta en mi dirección.

Ambos conocemos el hechizo, hemos estado tan familiarizados con la muerte que me es fácil identificar el destello previo al crimen en los ojos de Ronald.

El pavor lo cubre todo de un silencio abrumador: la lluvia, el violento palpitar de mi corazón y mis pensamientos.

Cierro los ojos evocando el último recuerdo con el que quiero irme; la imagen que marca el principio de mi fin.

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Atravieso las puertas del comedor de Hogwarts repitiendo una labor que no ejecutaba en varios años, la reunión de exalumnos es el único motivo que me ha hecho regresar después de la guerra. Calaveras claqueantes descienden del techo, grilletes oxidados se enredan en gruesas cadenas a las patas de las mesas y luminosas calabazas engrandecen y mal forman las sombras reflejadas en la pared. Cuando se trata de decoración en Halloween, nuestra vieja escuela siempre se lleva todos los premios.

—Súbete ese escote —gruñe Ron en tono alto para ser escuchado por encima de la música, al tiempo que dirige una mirada de desaprobación al nacimiento de mis senos—. Debiste buscar otro disfraz, ese es demasiado insinuante y provocador, Hermione. Eres una señora, la señora Weasley y como tal debes vestirte con decoro.

Arrugo la nariz y me adelanto un par de pasos lejos de su mirada acusadora agradeciendo al cielo que el disfraz de religiosa, como él quería para hacer juego con su traje de pontífice, no estaba disponible.

Alargo mi cuello para buscar por encima de las cabezas alguna que me resulte familiar. Molesta por la sensación de ser observada, desvío mis ojos a una mesa cercana, la mirada de envidia que me obsequia Parvati Patil es impagable. No la culpo. Si comparo su insulso disfraz de pirata tuerta con mí ceñido vestido negro hasta las rodillas, escote en forma de corazón que delata atributos jamás vistos en mí, tacón de aguja que tornea mis delicadas pantorrillas, estilizados guantes de seda negros que me visten a la altura del codo y elaborado peinado en bucles y ondas al mejor estilo pin up, yo también me tendría envidia.

Le sonrío, enseñando mis delicados labios de tono carmesí y ella me devuelve el gesto sin la misma gracia que mis ojos agatados le dan a mi rostro.

Continúo mi trayecto, acompañada de Ronald quien se apropia de una variedad de canapés y aperitivos que los emocionados elfos le ofrecen, llevando al límite la piel de sus mejillas que se expanden con cada bocado.

Abriéndome paso con seguridad entre las brumas de telaraña y huesos que levitan por doquier, llego al encuentro de Harry y Luna quienes, a diferencia de nosotros, sí han logrado ponerse de acuerdo para disfrazarse de lo que parece ser una pareja de hipogrifos.

Las muestras efusivas de nuestro afecto han aumentado con los años, y mi unión con Luna ha sido una curva de ascenso al no poder compartir el mismo espacio con Harry y Ginny al mismo tiempo. La extraño.

—Te ves hermosa —declara Harry, acomodando sus lentes bajo una gran cabeza de ave.

—¿Te parece? —inquiere Ronald, engullendo el contenido en su boca—, por favor no la alientes a vestirse de esa manera.

Estoy a punto de rebatir, harta de su actitud mojigata, cuando el sonido de la sala es silenciado abriendo paso a los murmullos que se proliferan como el recogimiento de una gran ola a punto de estallar contra la arena. Retiro mi ceño fruncido de una mancha que arruina el hábito blanco de Ron, y entiendo el motivo de la incomodidad que se acomoda en el ambiente.

Alguien, con demasiadas agallas y muy poca empatía ha decidido desempolvar la máscara y traje de los lacayos de Voldemort. Un mortífago camina entre las llamas arrancadas de las calabazas sin detenerse a sanar las susceptibilidades que va abriendo a su paso. Tras él, una elegante mujer cubre su rostro bajo un velo y decora su cuerpo con un vestido vino tinto en la más delicada expresión victoriana.

Ambos se detienen en medio del tumulto que, inseguro, se acerca y retrocede, alrededor de la pareja. La mujer, deja caer el velo a su espalda enseñando el perfecto rostro de Astoria Malfoy, varios suspiros de alivio emanan vibrando contra las mustias telarañas decorativas. Seguido de ella, el mortífago, haciendo un ademán que abarca su rostro, evapora la máscara en medio del aire, enseñando sus desafiantes ojos grises y esa sonrisa maligna que Draco Malfoy muy bien sabe lucir.

Varias cabezas niegan en desaprobación y la música retoma su ritmo llevando ondas de falsa tranquilidad a los allí presentes.

En medio del barullo, escucho la molestia de mis acompañantes, censurando y maldiciendo el comportamiento de Malfoy, mientras mis ojos lo acompañan por el salón; su cinismo, su fiereza y su total falta de sentido común me hacen repudiarlo, y a la vez, no puedo evitar admirarlo. Nadie como él para usar lo más turbio de su pasado y dejarlo en boca de todos los exalumnos como un tema que tardara semanas en ser opacado.

Ocasionalmente, sus ojos me advierten curioseando y no me sueltan, entonces soy yo la que debo desviar mi atención a Harry o a Ron para ignorar el raudo revolotear de mí corazón y agradezco que mis guantes oculten la transpiración que se escabulle por los poros de mis manos.

—Me gusta mucho tu vestido —dice Luna, detallándome con sus grandes ojos soñadores.

—A mí no —interrumpe Ron, con la boca llena—, es indecente.

—No me parece indecente —replica Harry, sacudiendo varias plumas de su disfraz—, pienso que le queda muy bien, digo, no es su estilo pero es halloween y todo se vale.

—Gracias, Harry. Al único que parece no gustarle es a ti —reclamo a Ronald, arrugando la nariz—, le pones demasiado misterio a las cosas.

—Hermione, debes entender que esas épocas ya pasaron —empieza tragando aire, balbuceando embotado por el alcohol—, ya no eres una adolescente para vestirse así. No está bien en una mujer con tu edad y tu estado civil que andes por ahí enseñando lo que no se debe. No señor. No está bien, ni se te ve bien.

Elevo mi pecho, ahogándolo en aire para expresarle mi desacuerdo con todas las letras del abecedario y, en una torpe maniobra, Ron, salpica un espumoso trago verde sobre mi escote y parte de mi vestido. Ignorando sus excusas salgo a prisa al baño, disimulando el alivio que me produce alejarme por unos momentos de él. Lo amo, pero no bajo los efectos de la bebida.

En una rápida limpieza despejo la mancha de mi vestido y lamento no traer mi varita en la estrechez de mi traje para secar sus residuos. Con poco ánimo para regresar al interior del comedor donde un hervidero humano batalla por fanfarronear sobre su maravilloso presente, me detengo en el corredor a contemplar una hermosa vitrina que contiene los recuerdos de nuestro paso por Hogwarts.

La nostalgia se empolva en todos ellos: copas de casas, retratos, premiaciones y noticias de periódico son algunos detalles que McGonagall decidió reunir para ese viaje al pasado. Desde una foto, mi propia infantil imagen me saluda, acompañada de Harry y Ron.

—El trío de oro —susurra una voz a mi espalda, tan difícil de olvidar como de ignorar—, una delicia debe ser compartir cualquier cosa contigo, Granger.

Me giro enrojecida, avergonzada por la alusión sexual que impregna la expresión de Malfoy que me observa varios centímetros por encima de mi cabeza, aún con su oscura túnica cubriendo el cabello platinado. Su altura es dominante y su cercanía intimidante.

—Weasley —digo tajante—, señora Weasley, no se te olvide.

—¿Ya te dejaste someter, Granger? —cuestiona, chasqueando la lengua en el paladar en evidente desaprobación—. Lo que más me gustaba de ti era ese carácter indomable y desafiante. Es más, me excitaba.

La respiración parece extinguirse en el límite de mi pecho y casi veo mis ojos abiertos como platos. Bruscamente los cierro, aislando esa mirada de hielo y retomando mi alabada racionalidad.

—Impresionante que un mortífago piense tal cosa de una sangre sucia —espeto, sacando a la superficie mi aplomo y ocultando a la perfección el temblor que siento en todo mi cuerpo.

—Soy uno muy diferente —simplifica rozando con su aliento los bucles de mi cabello y levantando los vellos de mi cuello que quieren alcanzarlo—, podríamos ser un trío perfecto: tú, yo y una buena botella de Chateau.

Sus ojos se clavan entre mi escote y su mirada es tan lasciva que por poco la siento tocarme cuando desciende por mis muslos, redondea mi trasero y culmina en el delgado tacón que clavo con fiereza al suelo. Un escalofrío rasga con uñas de hielo mi espalda y no puedo evitar que la humedad en mi intimidad haga presencia.

Asustada y confusa, le doy la espalda. No sé qué tipo de hongo haya hecho hogar en esa vieja mascara de mortífago, pero ha de ser uno muy fuerte para que se haya atrevido a hacerme tales insinuaciones.

—Simplemente piénsalo Granger, la oferta estará activa hasta que se acabe la fiesta —grita, antes de verme desaparecer al interior del comedor.

Recibo una copa de un oscuro trago y lo ingiero a fondo sosteniendo parte de mi peso recostada en la pared. El licor no hace sino acrecentar el deseo de lava que hierve descendiendo por mis huesos hasta adueñarse de mi vientre. La inexperiencia de mi vida sentimental es un amplio cuaderno de páginas blancas con unos escasos renglones que involucran a Ronald, y en este momento me cuesta comprender si Malfoy está bromeando conmigo o realmente coquetea.

Despejo esos prohibidos pensamientos con un ademan de mis guantes y acorto la distancia hacia Harry y Ron que me dan la espalda hablando entretenidos.

—Esa mujer sí sabe lucir sus curvas —señala mi esposo, apuntando con su copa en dirección a Pansy en su mejor faceta felina—. Seguro jugaría con esa gatita hasta hacerla ronronear de gusto —termina estallando en risas y relamiendo sus labios, lujurioso.

Si existe una fuerza más poderosa que el amor, es la soberbia. Impulsada por esa vieja amiga que a veces me aconseja de manera equivocada, me retiro nuevamente del comedor, herida en mi orgullo porque a mi esposo le parece indigna mi manera de vestir, pero bien que disfruta escurrir sus ojos por la figura de otra mujer.

Con el corazón a punto de saltar por mi boca, veo que Malfoy continua en el mismo lugar que lo dejé. La lava que no ha cedido se arremolina presionando esa parte de mi cuerpo que merece ser atendida.

Su sonrisa es pura maldad al igual que la llama encendida en el reborde de mis ojos. Soy inexperta en todos los significados de la palabra y aun así no temo tomarlo de la mano y arrastrarlo al interior del desértico baño. No puedo pensar, porque si lo hago, se me acaba la mal encaminada valentía.

Un vacío vertiginoso se adueña de mi estomago al contacto de sus labios sobre los míos, la humedad de su boca es poca comparada con la que se mantiene en mi sur y no sé si es la ansiedad, el miedo a lo prohibido o el temor a ser descubiertos lo que incrementa mi deseo.

Como una hoja al viento se sacude mi cuerpo al percibir su boca glotona por mis hombros desnudos y mi cuello expuesto, estoy a punto de estallar en nervios y placer y él aún no me ha quitado la ropa. Soy una estúpida primeriza.

Con manos temblorosas desanudo la capa y voy descendiendo por los broches de su camisa, mientras que él con pasos tiernos me hace retroceder hasta chocar mi trasero contra el firme lavabo en el que antes limpié mi vestido.

No entiendo si la expresión de pánico es evidente en mis ojos, pero él me ayuda a desnudarlo. Poco a poco cae la ropa que ocultaba su magnífico cuerpo y, debo reconocer que los años han trabajado parte de sus músculos. Mis dientes muerden con ganas parte del labio inferior que desea probar la inmensa erección que se asoma al deshacerse de la última prenda.

Un sonido gutural sale de su boca y me arrodillo frente a él como cumpliendo penitencia, aplastando el nerviosismo bajo la piel de mis rodillas. Sin vergüenza, envuelvo con mis labios rojos la muestra de su deseo, succiono su grandeza, pormenorizando las expresiones ablandadas de su rostro y los filos ambiguos de su intimidad. Me deshago de los guantes porque quiero sentirlo, necesito conocer la textura de su piel, la temperatura de su cuerpo y los contornos de su complexión.

Su mano en mi quijada me solicita detenerme, y con los más finos modales me ayuda a ponerme en pie, comiéndose mi boca al acercarme. En menos de lo que imagino mi vestido cae al suelo acompañando su disfraz y sus labios me liberan para consagrarme con la gloria de su mirada.

—Granger, eres una mujer con muchas sorpresas —dice con voz rasposa.

Alarga una mano para sentir la textura de mis ligueros y con la otra batalla con los broches de mi corsé. Toda nuestra ropa hace juego, cada prenda es color negra, tal vez igual a la oscuridad que turba nuestra alma y nos lleva a cometer el más vil pecado de un matrimonio.

Libera mi pecho agradecido de la presión del ajustador y no oculto un gemido en la posesividad de su boca sobre mis senos, me olvido de todo con el calor de su lengua acariciando mis pezones. Despacio, me acomodo sobre el lavabo y lo dejo romper con ganas los hilos de mis bragas quebrando con ello lo último que separa su erección de mí casi virginal intimidad.

Levanta mi rostro con su mano y mientras se hunde en mí, se satisface con lascivia al ver mi gesto constreñirse de placer, sus movimientos son mayores ante el roce de mis gemidos en su platinado cabello. No dejo de observarlo y eso le agrada.

Sus manos recorren el límite entre mis ligas y mis muslos. Ceñudo no oculta su complacencia, Draco Malfoy ciertamente tiene algunas obsesiones que quisiera conocer.

Mis tacos elevados se impulsan moviendo mi trasero que se sostiene por las dos palmas de Draco empujándome hacia él, como si quisiera llegar hasta lo más profundo de mi interior, sintiendo a mi estrechez ceder ante la hinchazón de su miembro en cada acometida de sus caderas y la tormenta de sus ojos grises brilla con la intensidad de un relámpago al sentirse cerca de la culminación.

El olor a sexo se apropia del baño y en la exacerbación de mis sentidos puedo olfatear que es distinto al que habitualmente percibo. Su humor mezclado con el mío es diferente, es fuerte, salvaje y casi animal, eso lleva mis uñas a arañar parte de su espalda porque nunca me he sentido más sexual que en ese momento.

Como un rayo, la corriente de placer envía espasmos a todas las partes de mi cuerpo. No muy lejos del mío, su orgasmo llega rasgando su garganta en un sonido gutural, casi bestial. Sin detener el movimiento de su cuerpo, me lleva nuevamente al borde del abismo entre el placer y el dolor y, por primera vez he vivido la experiencia celestial de un doble orgasmo.

Agotada, con las piernas temblorosas cayendo a cada lado de su cuerpo, me recuesto sobre su pecho que se mantiene tibio y algo transpirado por el esfuerzo. No siento culpa, arrepentimiento o temor, todo lo contrario, me siento satisfecha y si tuviera la oportunidad de hacerlo nuevamente, no me negaría. Sus besos sobre mi cabello y su nariz inhalando fracciones de mis bucles me descolocan. No quiero traspasar la difusa barrera entre el amor y el sexo, si es que realmente uno puede existir sin el otro.

Lo separo con mis manos alborotadas por el enloquecido pulso del cauce en mis venas y de un saltito estoy de pie, recogiendo con toda la dignidad que cabe en la desnudez, los restos de mi disfraz. Sin pedírselo, me ayuda a vestir, con la misma paciencia con la cual se libró de mi ropa, la pone nuevamente en su lugar.

Me dejo hacer, obnubilada por el detalle. Ni Ron en mis peores días se ha tomado la molestia de vestirme y tampoco es que me vea solicitando su apoyo. No soy así, al menos no con él.

No sin cierto nerviosismo me acerco a la puerta del baño, la cual, ninguno tomó la prevención de sellar. Antes de desaparecer tras la gruesa lámina de madera lo escucho asegurar.

—Esperaré ansioso nuestro próximo encuentro.

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Un trueno retumba, crujiendo contra todos los cristales de mi hogar, devolviéndome al presente y sellando con más fuerza los párpados que se resisten a ver el final de su destino. A lo lejos, escucho el balbuceo rabioso en los labios de Ronald y percibo el destello de un hechizo.

Antes que las flamas de su varita lleguen a mí, me escucho murmurando con un deje de resignación «esperaré ansiosa la próxima vez» rogando que en la eternidad del más allá, nos encontremos en el mismo bando.


Holi.

Bueno, primero que todo, mil gracias por todas sus lecturas y por darle tan buena acogida a este fic, de verdad no me esperaba tanto; y dado que les ha gustado y ustedes lo han pedido decidí darle una continuación.

Va a ser un Short-Fic, no creo que supere los tres capítulos, simplemente espero darle un cierre a la historia y cruzo los dedos porque sea de su agrado.

Este capítulo fue escrito con mucho cariño para todos ustedes, pero va dedicado a la maravillosa Cristy1994, tú sabes cuanto te quiero baby.

Un abracito especial a todas las personas que me dejaron un review: JoseDiaz2, Natdrac, Nathy Malfoy Granger, Alice1420, kyouko87, Vivianodette, nalle najar, nuria16, Miss Curie, Mia luna, Gabrielapaccocallo , , CieloDistante, Effy0Stonem, MissMalfoyGranger05, Cristy1994, CarolineRuiz, NarradoraNueva ,Selene1912 ,Beautiful Bizzarre, lovedramioneok ,Yaro Alex ,Norely, Alexaic, Rebe Marauder, sh1m1 ,Valekim Malfoy, Sweettiiee ,jeanette a garrido, espiroket, Sara Ara, y algunos reviews anónimos muy lindos, sus palabras me han motivado a mil cosas, su apoyo es lo mejor del mundo mundial.

Mil gracias por continuar aquí.

Regálenme su maravilloso review :3

Un abrazo.

Sta Granger.