Lo más sorprendente, tal vez, es lo poco que cambia todo.

Hinata y ella siguen compitiendo por todo: quien llega primero al gimnasio, quien logra juntar más pelotas en menos tiempo, quien pasa la mopa más rápido. Siguen discutiendo y llamándose "Kageyama-idiota" y "cabeza-hueca"; siguen empujándose al entrar por la puerta del gimnasio; ella sigue tirándole del pelo a Hinata cuando la irrita (aunque las más de las veces, sus dedos terminan deslizándose por sus cabellos en una caricia). Hinata la espera como siempre a la salida del aula si no se le adelanta ella, y se turnan para llevarse los libros. Siguen siendo dos idiotas que sólo tienen vóley en la cabeza, como dice Tsukishima, siempre pensando en el siguiente partido, en la siguiente jugada, en el siguiente paso en su camino a la cima. Hinata todavía dice que su sonrisa asusta y ella todavía insiste en perseguirla por todo el gimnasio para hacérsela pagar.

Todavía duermen en la misma cama o futón, todavía se sientan juntas a la hora del almuerzo y en los viajes en autobús. Pero bajo las mantas, tal vez, Hinata se abraza a ella y acurruca su cara contra su pecho, tal vez los dedos de Kageyama dibujan espirales sobre la piel de su espalda. Tal vez, la más de las veces Hinata se sienta con al menos parte de sus piernas sobre el regazo de Kageyama, tal vez ésta última juguetee con el borde de su falda o de sus shorts, y sin importar qué tan rojas se pongan sus mejillas, Hinata nunca la aparta de un manotón. No es como si ella no aprovechase para deslizar sus manos por debajo del borde de la blusa de Kageyama cuando la abraza, surcando escalofríos en su espalda con la yema de los dedos.

Aún se encuentran a la entrada del colegio para echar una carrera o desandan el camino corriendo hasta la salida tras los entrenamientos, pero ahora la carrera es aplazada por un beso o dos o tres.

Ninguna trae a colación contárselo al equipo o no, y de todos modos deja de importar el día que la cabeza-hueca de Hinata, contenta de que por fin les salió esa nueva jugada, le planta un beso en la boca en medio del entrenamiento.

Tal vez debería sorprenderlas lo poco que se sorprende todo el mundo, pero al menos Kageyama ya está acostumbrada a que el universo entero se dé cuenta de las cosas antes que ella.

Un día Hinata tira de su mano, una sonrisa en sus labios que le hace cosas extrañas al estómago de Kageyama.

—Vamos, Kageyama, no va a haber nadie allí y todavía tenemos diez minutos antes de que suene el timbre.

Su resistencia es más teatro que otra cosa y se deja arrastrar por Hinata (siempre se deja arrastrar por Hinata, será su epitafio) al trastero detrás del gimnasio donde se amontonan redes polvorientas y pelotas desinfladas, sillas desvencijadas y colchonetas sin relleno. Kageyama hace un último intento por conservar su dignidad, deteniéndose ante la puerta cerrada.

—¿Segura que no estará con llave? ¿Y no vendrá el portero?

Hinata pone los ojos en blanco y en vez de contestar se pone en puntas de pie, sus manos aferrándose a los hombros de Kageyama para impulsarse. Ella no cede ni un ápice ni inclina su cabeza un centímetro, y los labios de Hinata hacen un mohín.

Quizá se incline hacia adelante un poquito.

Hinata le planta un beso y la práctica ayuda porque sus narices ya no chocan, ya no tienen nada que temer de sus dientes, y cuando Kageyama entreabre un poco los labios la otra tramposa ya está deslizando apenas la punta de su lengua y, oh.

Mejor será que entren al trastero.

Hinata de algún modo encuentra el picaporte, mientras Kageyama la toma del mentón para poder desparramar besos por su boca, su nariz, sus cejas. La chica suelta una risita cuando al abrir la puerta casi se cae para atrás, pero sus reflejos le devuelven el equilibrio, aferrándose a la cintura de Kageyama. Está por llamarla cabeza-hueca, pero es más importante depositar otro beso en la comisura de sus labios, y con el pie trata de cerrar la puerta tras ella y casi trastabilla, y la cabeza-hueca sí que se ríe, y entonces…

—Jódeme.

Un balde repleto de cubos de hielo no habría tenido un efecto más inmediato. Al unísono las dos giran la cabeza, seguramente con la misma expresión de horror pintada en sus caras.

Pero nada podría haberlas preparado para la escena ante sus ojos.

Sobre una pila de colchonetas está sentada Tsukishima con la cara más irritada que le vieron nunca. Y no está sola: sentada a horcajadas encima de ella, con la falda bien subida arriba de sus muslos, está Yamaguchi, su cara fucsia debajo de las pecas, las manos de Tsukishima aferradas a su cintura.

Kageyama enarca una ceja y la mira de reojo a Hinata.

—Conque iba a estar vacío seguro, ¿eh?

—Oh, cállate, Kageyama-idiota.

—¿Por qué siguen aquí? ¿Por qué aún no se largaron?

La voz de Tsukishima suena súper irritada, quizá más allá de toda exasperación posible, pero también algo temblorosa. ¿Se le están empezando a teñir las mejillas de rosa? Ahora que la mira bien, parece tener la cara manchada con algo morado y brillante, del mismo color de los labios de Yamaguchi, a la que parece que le va a explotar la cabeza.

Kageyama empieza a tirarle del brazo a Hinata porque no quiere quedarse allí y no porque le tenga miedo a Tsukishima sino porque no, pero la cabeza-hueca clava los talones antes de que pueda terminar de arrastrarla por la puerta.

—Ése es el brillo labial sabor cereza, ¿no? ¿Vieron que no tiene gusto a nada?

Le da un último tirón a su brazo para sacarla de ahí antes de que ninguna de las otras dos pueda reaccionar y cierra de un portazo. Quedan mirándose un momento en silencio.

—¿Tú sabías…?

Niega con la cabeza y Hinata asiente.

—Yo tampoco.

Definitivamente, Kageyama siempre será la última en enterarse de las cosas, pero al menos ahora tiene compañía.


Vuelven del campamento de entrenamiento en Tokyo más decididas que nunca a ganar, cada una del equipo puliendo sus nuevas armas, aceitando los engranajes para que Karasuno vuelva a conquistar los cielos. Las preliminares del torneo de primavera, a la vuelta de la esquina, son casi el único tema de conversación que existe.

—Si queremos enfrentarnos a Ushijima Wakatoshi para ir a las nacionales, tenemos que derrotar a la Gran Reina primero.

—Ya lo sé, tarada. Ahora, ¿quieres o no que te lance otra vez?

Por supuesto que Hinata quiere que le lance otra vez, siempre quiere que le lance una vez más, aun cuando se está cayendo de cansancio y es Kageyama la que tiene que decir basta antes de que le dé un tirón en un músculo. En el torbellino continuo que implica tener a Hinata en su vida, hay ciertas constantes que le dan cierta calma.

Calma que se tambalea cuando la cabeza-hueca le lanza una sonrisa demasiado brillante, estrellas resplandeciendo en sus ojos y le suelta un eres increíble que le afloja las rodillas y le hace dar vueltas la cabeza.

Las demás están demasiado inmersas en su propio entrenamiento para burlarse mucho de Kageyama y las caras que pone cuando Hinata le suelta un cumplido de sopetón. Hasta Tsukishima entrena ahora hasta que el sudor le apelmaza sus cabellos rubios contra el rostro, una determinación nueva en sus saltos y bloqueos, y el resto no se queda atrás.

Karasuno volará o se estrellará, pero no vacilará a la hora de dar el salto.

Una breve interrupción en las conversaciones monotemáticas sobre el torneo se da cuando una tarde Tanaka aparece en el gimnasio, con un chico detrás de ella cargando con sus cosas.

El chico es Fujioka.

Hinata y Kageyama intercambian una mirada mientras el resto del equipo mira a Tanaka con los ojos muy abiertos. Ésta se encoge de hombros.

—Me vio cargando con el bolso y la maqueta de Biología y me ofreció ayuda. ¿No es un encanto de kouhai? Eh, Fujioka-kun… tu nombre era Fujioka, ¿verdad? Puedes dejarlo ahí si quieres y muchas gracias de nuevo.

Fujioka sonríe de oreja a oreja. Tiene que mirar un poco hacia arriba para encontrarse con la línea de visión de la chica.

—¡Sí, Tanaka-san!

Noya se acerca con una sonrisa para darle un codazo poco disimulado a Tanaka, que la mira algo desconcertada, ¿y es posible que Shimizu-san esté sonriendo?

—Es el alivio —musita Daichi detrás de ella, y ahí es Suga la que aplica un codazo.

El chico se despide de ellas con su efusividad habitual, casi dando saltitos al ir hacia la puerta. Antes de cruzar el umbral se detiene un segundo y mira por sobre el hombro, sus ojos se encuentran con los de Kageyama.

Lentamente y tratando que el gesto pase desapercibido para el resto, Kageyama alza los pulgares en su dirección. Fujioka parece sorprendido, pero le guiña un ojo y desaparece del gimnasio. Sabe que fue la decisión correcta cuando se encuentra con Hinata mirándola con una sonrisa en los labios.

—Miren a la Reina, haciendo nuevos amigos y todo eso.

—¡Cállate, cabeza-hueca!

Y la agarra del pelo mientras la chica chilla, pero las dos saben que es más teatro que otra cosa, porque los dedos de Kageyama hace mucho ya que se disuelven en caricias al tocarla.


Es una excursión estúpida con todos los cursos de primer año al Museo de Historia Natural, lo que emociona a Tsukishima (según les dice Yamaguchi, la intérprete oficial de la falta de expresividad de su amiga) y aburre hasta las lágrimas a Kageyama y Hinata, quienes preferirían con mucho encontrarse de vuelta en el gimnasio.

La visita no tendría nada digno de mención para ellas, si en un momento en que dejan a los alumnos recorrer el museo a su aire, no se encontrasen con un espectáculo que hace detener a Hinata en seco.

En un banco, a unos metros de ellas, está sentado Matsuo Akio. Kageyama sabe que las cosas han quedado algo frías entre ellos y que apenas le dirige la palabra en clase y cuando lo hace, suele ser un poco cortante, por lo que Hinata evita cruzárselo.

No está solo, sin embargo: a su lado hay una chica, más bajita que Hinata tal vez. Tiene rizos castaños, pero no crespos y enredados, sino de esos que caen en perfectos tirabuzones tras sus orejas, sujetados por un moño rojo. Lleva unos anteojos grandes que le hacen parecer la cara muy pequeña y tiene una sonrisa de dientes muy pequeños y parejos; su uniforme está impoluto, con cada media exactamente en su lugar.

Está mostrándole a Matsuo cómo hacer una grulla de origami con sus pequeñas manos blancas y el chico la mira embelesado.

—Oh —suelta Hinata y a Kageyama no le gusta que no pueda leer bien su expresión en ese momento.

—Ah, ya se consiguió otra —dice Tsukishima, con su falta de interés habitual. Yamaguchi se muerde el labio.

—Es muy… muy…

—¿Bonita? —sugiere Hinata.

Yamaguchi se encoge de hombros.

—En realidad iba a decir moé…

Tsukishima no hace ni el amague de disimular la risa.

Kageyama frunce el ceño y mira a la chica. Con esas manos tan delicadas y blancas, de uñas largas pintadas de rosa, seguro que esa chica nunca golpeó un remate que lograse pasar a tres bloqueadoras mucho más altas que ella. Nadie con esa piel blanca sin moretones en codos y rodillas puede haberse tirado al piso para recibir una pelota imposible y devolverla después que todos los demás la dieran por perdida Seguramente alguien con el uniforme tan bien planchado no se tira la mitad de la comida encima ni termina con granos de arroz en la cara, ni se arroja a colgarse a la espalda de alguien para que la lleve. Esos rizos no sobrevivirían una carrera y no puede ver a una chica así elevándose en el aire con un salto que parece hacer crecer alas en su espalda.

—Yo no la veo bonita —dice y es cierto: el marrón es un color de pelo tan aburrido después de todo y una sonrisa como la suya no es capaz de enceguecer con el resplandor del sol.

Tsukishima resopla, Yamaguchi suelta una risita detrás de su mano y Hinata la mira, confundida.

—¿Por qué lo dices tan enojada…? ¡Oh! —Si su vida fuera un manga, una lamparita encendida aparecería arriba de su cabeza cuando sus labios se curvan en una sonrisa. La agarra del brazo y la mira por debajo de sus pestañas, imitando a Noya-san cuando le habla a Asahi —. No tienes que ponerte celosa, ¿sabes? A mí me gustan más altas, con pelo lacio y negro y ojos azules. Y mucho mejor si juegan al vóley en vez de hacer origami.

—Oh por Dios, consíganse un cuarto —gime Tsukishima, cubriéndose la cara con las manos; Yamaguchi las mira con los ojos muy abiertos y Kageyama puede sentir el humo saliéndole por las orejas.

—¡No estoy celosa!

Intenta zafarse de la mano de Hinata, pero la chica se agarra con fuerza a su brazo y su sonrisa se vuelve más amplia.

—Claro que no, si no tienes por qué estarlo. Tú me gustas más que nadie.

Quiere llamarla cabeza-hueca, quiere tirarle del pelo, tal vez arrojarla por el aire. La cara le arde y allí donde los dedos de Hinata se cierran en torno a su brazo siente fiebre y es una tarada y por sobre todas las cosas, quiere besarla hasta borrarle aquella sonrisa y dejarla sin aire.

Hinata Shouyou no es un chico alto esperándola a la puerta del aula para invitarla a salir, nunca le regalará flores ni le abrirá la puerta para dejarla pasar primero. Hinata Shouyou no sabe hacer tarjetas bonitas en forma de corazón con frases románticas, todavía come como si tuviera cinco años, insiste en compartir su futón para después patearla toda la noche, es ruidosa y tonta como ella sola.

Hinata saltó con los ojos cerrados, le gritó estoy aquí cuando el silencio era ensordecedor y le prometió que la vencería así le llevara veinte años. Hinata sigue desafiándola todos los días y llevando la cuenta de sus victorias y derrotas; insiste en llevarle los libros día por medio, siempre le pide que le lance una vez más y su sonrisa es el primer día de verano tras el más crudo invierno.

En el autobús de regreso tras la excursión, Kageyama le toma la mano y se la aprieta con fuerza, susurrando tú también me gustas más que nadie y esta vez es el turno de Hinata de ponerse roja y esconder la cara en su hombro. Kageyama, tras echar una mirada rápida alrededor, deposita un beso en su frente.

También le tira del pelo.

Por cabeza-hueca.