Futakuchi nunca lo va a reconocer en voz alta, pero en momentos como éste entiende por qué Moniwa solía rogarle a Nametsu-san por aspirinas: el grado de histeria y sobreexcitación generalizada del equipo justo antes de un partido se ha convertido en un recital de taiko en sus sienes.

Fukiage y Koganegawa consiguen una pelota para ponerse a practicar pero la lanzan tan alto que casi rompen un farol, y cuando Futakuchi les dice que por lo menos procuraran no lanzarle la pelota a la Luna para que la remate, a Koganegawa le da una crisis de autoestima como armador y ahora está Sakunami dándole palmadas en la espalda —hasta donde llega, al menos— para reanimarlo. Futakuchi trata de explicarle que fue una broma, pero el recuerdo de esa pelota que Koganegawa mandó a Marte se ve que permanece muy fresco en su memoria, porque el chico sigue inclinándose y murmurando que no va a volver a pasar, y que tampoco va a dejar que alguien remate a través de su bloqueo como hizo el as de Seijo el año pasado, y que no quiere mancillar el buen nombre del Muro de Hierro, y llega un punto en que Futakuchi sólo puede asentir, pasarse la mano por la cara y dejar que el líbero lo reconforte como pueda.

Está bastante seguro de que se recuperará antes del partido.

Fukiage, mientras tanto, en medio de la distracción huyó a alguna parte, y Futakuchi aprovecha su rol para delegar la tarea de ir a buscarlo a uno de los de primero cuyo nombre aún no se aprendió. Obara al menos no se está metiendo en ningún problema, recostado con los ojos cerrados en profunda concentración. Lástima que su ritual de concentración antes de los partidos involucre escuchar K-pop a un volumen tal que descarta de plano cualquier utilidad que pudieran tener sus auriculares. Intercambia una mirada de Aone, cuya resignación parece hoy haber alcanzado ya un nivel zen. Fukiage reaparece entonces a la carrera y Futakuchi tiene que agarrarlo del cuello de la camiseta cuando pasa por su lado para que no se lleve puesto a uno de los de Kakugawa, ¿y se puede saber qué desayunan los de primero?

(Si sus antiguos senpais estuvieran acá, seguramente le dirían que él era mucho peor, pero no lo están así que sigue quejándose mentalmente como un anciano).

Nametsu-san, ángel entre todas las mánagers, desapareció hace un cuarto de hora con la excusa de ir a buscar bebidas energéticas y él no la culpa lo más mínimo. Y ahora que lo piensa, tampoco reapareció el chico de primero que mandó a buscar a Fukiage. Genial.

—¿Aone…? —Él asiente, sin necesidad de que Futakuchi agregue más nada, y parte en busca de la oveja perdida, y por qué no pueden ser todos igual de callados y útiles como Aone.

(Está bastante seguro de que Moniwa solía decir exactamente lo mismo, mirándolo a él como si fuera la suma de todas las decepciones de una madre, pero en fin).

Cuando comprueba una vez más que ninguno de los suyos está prendiendo fuego nada ni metiéndose en una pelea con el cabeza rapada de Karasuno ni nada por el estilo, se relaja lo suficiente para mirar a los demás equipos que revolotean en los alrededores del gimnasio de Sendai. Un nuevo año, un nuevo Intercolegial y varios de los equipos son muy diferentes a la última vez que los vio. Dateko mantiene la misma formación que en el Torneo de Primavera, pero aquellos equipos cuyos alumnos de tercero no renunciaron hasta el último minuto ahora están llenos de reemplazos y de variables nuevas a tener en cuenta. Wakutani, por lo que ve, está lleno de gente nueva, apenas si reconoce de vista a uno o dos de sus jugadores; mientras que los de Johzenji eran todos de segundo el año anterior así que casi no han variado su formación. No es un equipo particularmente bueno pero su manera bizarra de ir todos al ataque puede ser un dolor de huevos.

Su mirada se pasea a su alrededor y se detiene un momento en el amontonamiento negro y naranja de Karasuno: ahí hay una revancha que en el último torneo, a causa de Aobajousai, no se pudieron cobrar. Al nuevo capitán no lo tiene muy visto, pero hay algo en él que le hace pensar una de dos: o en su equipo se clonan a los capitanes, o se está esforzando mucho por imitar lo mejor posible el aura de impasibilidad impertérrita de su antiguo capitán. Cuando se encuentra con su mirada se la sostiene y le dedica una leve inclinación, antes de girar la cabeza para gritarle algo al cabeza rapada y al líbero. Aun con la partida de los de tercero, Karasuno no se ve demasiado diferente, aunque identifica a un par de chicos que, por sus ojos abiertos como platos bebiéndose todo a su alrededor, tienen que ser de primero. Aone regresa tras haber depositado a su niño perdido junto al resto del bullicio constante de los de primero de Dateko, y Futakuchi no tiene que darse vuelta para saber hacia dónde va la mirada de su amigo, atraída por un imán.

Un imán en forma de un enano de 1.62m con una mopa naranja en la cabeza, cuya camiseta ya no lleva el número 10 sino el 7, pero que siempre va a ser el número 10 de Karasuno. En ese momento está hablando con el otro bloqueador de Karasuno, el que sí tiene la estatura para serlo, gesticulando con todo el cuerpo más o menos, y Futakuchi pestañea: ¿está viendo doble o qué?

Porque, al lado del número 10 que ya no lo es, hay otra figura con una mopa naranja en la cabeza, aún más pequeña si cabe, y en lugar del uniforme negro y naranja lleva un vestido de verano con volados y unas calzas debajo.

—Oh por dios, ¿hay dos?

La nena —porque sí, al parecer no es un clon del enano, sino una niña escalofriantemente parecida a quien, supone, es su hermano— tiene los brazos cruzados sobre el pecho y da golpecitos en el suelo con la punta del pie, en el gesto universal de los niños que empiezan a perder la paciencia. Su mohín se refleja en el rostro de su hermano.

—Vaaaamooooos, Tsukishimaaaa, no seas tan asqueroso, no te cuesta nada. Es una vuelta nada más. Natsu no pesa mucho más que un par de pelotas de vóley.

Pero el rubio de anteojos niega con la cabeza, la nariz en el aire y los brazos cruzados a su vez, en un gesto que replica al de la nena. Un chico de pecas a su lado está disimulando demasiado mal sus risas.

La nena descruza los brazos, da un pisotón en el suelo y Futakuchi se prepara, pero en lugar de estallar en un llanto estridente, empieza a tirar de la camiseta del bloqueador, como si pudiera obligarlo a agacharse a su altura por la fuerza.

—Natsu, no. Aunque sea un asqueroso, no puedes estirarle la camiseta: a Yachi-san le cuesta mucho mantenerlas en buen estado.

Ahí el mohín de la nena se vuelve más peligroso que nunca y ahora sí, seguro que empiezan los chillidos. Curtido por la experiencia con sus primos menores, Futakuchi ya está alzando las manos para taparse las orejas, cuando siente un movimiento a su lado y, para su desconcierto, ve a Aone acercarse al grupo con sus zancadas silenciosas. Tan enfrascados están en su discusión que tardan un momento en reparar en su presencia y entonces, sin decir una sola palabra como de costumbre, Aone se agacha e inclina la cabeza para adelante. Los hermanos intercambian una mirada de ojos muy abiertos, antes de que el chico carraspee.

—Ehhh… es muy amable de tu parte, Aone-kun. ¿Estás seguro?

—…a mí no me preguntaste tanto —masculla el rubio de manera bien audible. Su compañero lo ignora con descaro.

Cuando Aone por toda respuesta asiente, la nena vuelve a mirar a su hermano, quien se encoge de hombros y la ayuda a subirse a los hombros de Aone.

—Capitán, ¿qué… qué está haciendo Aone-senpai?

Futakuchi descarta las tres primeras respuestas que se le vienen a la cabeza y se encoge de hombros mientras Aone se lleva de paseo en sus hombros a mini-mopa naranja, con la versión mayor caminando a su lado. La nena parece en el colmo de la felicidad, estirando los brazos como si volara, el campanilleo de su risa alzándose por encima del barullo de las voces de chicos adolescentes. Su hermano tiene que dar un paso y medio por cada zancada de Aone, avanzando casi a los saltos. Él y la nena parecen llevar adelante la conversación, el timbre de sus voces entremezclándose en la distancia, mientras Aone parece conforme acompañándolos en silencio.

No sonríe, no de una manera perceptible para nadie que no lo conozca tan bien como Futakuchi lo conoce.

Nametsu-san regresa al fin con las bebidas y un mensaje del entrenador. Le dedica una mirada de desconcierto a Aone, pestañea rápido y parece descartarlo para seguir con sus tareas: no es lo más extraño a lo que la ha expuesto el equipo de Dateko en estos años. Futakuchi se queda hablando un rato con ella de las indicaciones del entrenador. De reojo, sin embargo, capta una ligera conmoción en el rincón de Karasuno cuando su armador regresa de váyase a saber dónde, con un cartón de jugo en la mano, y se para en seco al llegar a su grupo y su ceño fruncido parece grabársele a fuego. Mira alrededor, sus ojos cada vez más entrecerrados, y el de anteojos y el de pecas empiezan a reírse sin disimulo alguno.

—¿Se te perdió algo, Kageyama? —dice el rubio con voz bien clara. La mirada que le lanza el armador es ácido corrosivo puro. Futakuchi empieza a prestar atención porque, bueno: es entretenimiento gratuito, y por una vez no son los idiotas de su propio equipo dando la nota.

—¿Dónde se metió el cabeza hueca? ¿Se fue otra vez al baño? Sabe que no puede ir solo al baño.

(Futakuchi y Nametsu intercambian una mirada —sí, a ella le gusta tanto el drama ajeno como a él, pero lo disimula mejor— porque qué carajo, pero ninguno de los de Karasuno parece extrañado).

—No, no, ¿realmente te crees que lo dejaríamos ir solo a estas alturas? —dice el líbero vestido de naranja, como si fuera ni medio normal acompañar a un chico de ¿dieciséis? años al baño —. Llevó a Natsu a dar un paseo. Bueno, en realidad…

Se da cuenta del momento exacto en que los ojos del armador se posan en Aone y su escolta pelirroja, porque su ceño fruncido se vuelve de antología. Los nudillos de la mano que sostiene el cartón de jugo empiezan a emblanquecer y una parte perversa de Futakuchi (el 80% de su ser, diría Sasaya) espera el momento en que le estalle en la cara. El cabeza rapada le da unas palmaditas en el hombro.

—Ya, ya, dan una vuelta con Natsu y vuelven, no te lo tomes tan a la tremenda.

—Shouyou siempre vuelve a ti como un búmeran, no tienes que poner esa cara de conpispado, ¿sabes?

—Constipado— masculla de nuevo el rubio, como si le doliera. El líbero se encoge de hombros.

—Me entendieron igual, ¿no?

Futakuchi tiene que dejar momentáneamente de lado el drama cuando uno de los de Johzenji le hace al pasar un comentario a Nametsu-san que tal vez en algún universo paralelo sea un cumplido, pero no en éste. En un abrir y cerrar de ojos Dateko está levantado en pie de guerra, hasta Obara, quien al parecer sí puede escuchar aún con el K-pop a todo lo que da (bueno tenerlo en cuenta a futuro). El último Intercolegial, cuando todavía era Moniwa capitán, Futakuchi no habría tenido problemas en ser el primero en ir a ponerle algunos puntos sobre las íes al imbécil, pero ahora tiene como responsabilidad evitar que sus compañeros dejen un charco de sangre en el piso antes de un partido.

Esto de la responsabilidad apesta.

El de Johzenji está lo suficientemente aterrorizado con el Muro de Hierro cerniéndose sobre él y no tarda en farfullar disculpas, y en serio era un cumplido, no la quería ofender. Nametsu-san pone los ojos en blanco.

—Ya, chicos, no vale la pena, es demasiado estúpido. Ya lo pueden aplastar en la cancha cuando tengan la oportunidad.

(Nadie dijo nunca que Nametsu-san se caracterizase por su compasión, precisamente).

El tipo huye a la primera oportunidad, no sin que Futakuchi aproveche para recomendarle que invierta su dinero en revistas de modelos en bikini, porque lo que es una chica, no la va a conseguir nunca.

(Él tampoco es muy magnánimo, y qué).

Cuando vuelve a acordarse, ve que el armador de Karasuno sigue clavado en su lugar, el cartón de jugo aún intacto pero una nube negra relampagueando sobre su cabeza, poco menos. El resto de su equipo ya no le hace ni caso, salvo la mánager, que no deja de lanzarle miradas ansiosas y retorcerse las manos.

(No la mánager que parecía una modelo sino la otra, la rubiecita pequeñita de aspecto nervioso).

Por fin terminan Aone y sus dos acompañantes de dar la vuelta, y el primero vuelve a agacharse para que la nena, entre risas, logre bajarse de su alto corcel.

—¿Qué se dice, Natsu?

—¡Muchas gracias, Aone-kun! Eres mucho más amable que Tsukishima-kun.

—Natsu, no deberías… oh, bueno, es verdad. Aone es mucho más amable que Tsukishima.

Y el chico le sonríe a Aone de oreja a oreja, y podría dedicarse a las publicidades de dentífrico si el vóley no le resulta.

¿Es su imaginación o Aone se está poniendo algo rojo?

—Oh, por dios, Aone se puso rojo —susurra Nametsu-san a su lado así que no, no es su imaginación.

Aone se despide con una inclinación, y casi enseguida la niña ha salido disparada hacia la mánager rubiecita.

La cara del armador es uno de esos cuadros de tormentas y naufragios.

—Cabeza-hueca, no te vayas a cualquier lado sin avisarme.

—Kageyama, que no me fui a Kamchatka.

—Kageyaaamaaa-kuuun, no puedes decirle "cabeza-hueca" a mi hermano.

—…perdón, Natsu.

La niña ladea la cabeza, como evaluando la validez de su disculpa. Al fin parece aceptarla por buena porque asiente y vuelve a dirigirse a la mánager, gesticulando mucho con las manos y todo el cuerpo, igual que su hermano mayor. La rubia parece algo abrumada ante el sonsonete constante de su tintineante vocecita infantil que no deja de disparar preguntas y comentarios sin respirar.

Nadie acude en su rescate, por más miradas de desesperación que lance en derredor: el hermano de la niña parece demasiado inmerso en el aura tormentosa de su armador. Quien, para sorpresa de Futakuchi, en vez de empezar a gritarle o que le explote una vena en la sien, se limita a encajarle entre las manos el cartón de jugo. El pelirrojo pestañea unas cuantas veces con la boca algo entreabierta.

—Pensé… pensé que la máquina no tenía más de este jugo.

El armador alza y deja caer uno de sus hombros.

—En la que está del otro lado tenían.

Futakuchi no sabría muy bien cómo describir la expresión del mini-bloqueador sin decir algo ridículo, como que toda su cara parece encenderse como un reflector de alta intensidad que daña la vista mirar. Tal vez el armador de Karasuno piense parecido, porque su cara se contrae de una manera muy rara. Baja la mirada, tal vez para ocultarse tras su flequillo negro, pero eso no esconde el rojo de sus orejas.

De reojo ve que Aone está ahora parado cerca de Koganegawa y del resto de los díscolos de primer año, pero su mirada se desvía hacia el mini-bloqueador de Karasuno. Nametsu-san le da un codazo absolutamente innecesario, porque más allá de sus tareas como capitán, Futakuchi no necesita que nadie le recuerde su rol como amigo.

De ahí a saber qué decirle a Aone en ese momento hay una gran distancia, claro. ¿Cómo se dice de una manera que suene bien siento mucho que el enano con el que estás algo obsesionado esté obsesionado con su propio armador?

Pero se acerca igual y le da un puñetazo sin fuerza en el hombro, y se pone después en su mejor pose de niño problema de Dateko, con los brazos en jarras.

—No irás a ponerte blando con los de Karasuno, ¿no?

Aone alza los músculos que corresponderían a sus cejas, si las tuviera, en un gesto que Futakuchi lee como ni modo.

—Estamos bien, entonces.

No lo pronuncia en tono de pregunta, pero si él puede leer a Aone, lo mismo sucede al revés. Echa una mirada por encima del hombro de Futakuchi, a donde el equipo de Karasuno está ahora en semicírculo, escuchando a su capitán darles una arenga de último minuto, tal vez. El mini-bloqueador está sorbiendo su jugo, tan pegado al armador que podría estar apoyándose en él. Futakuchi, muy a su pesar, chasquea la lengua como su abuela, pero Aone se encoge de hombros y asiente. Futakuchi sonríe enseñando todos los dientes.

—Entonces, mejor vamos a aplastar a Ougiminami así vamos a por Karasuno después.

Aone no sonríe de manera que resulte evidente para quien no lo conozca bien.

Pero Futakuchi lo conoce lo suficiente.