Originalmente publicado en Ao3 el 20/12/2015


Primera parte

Recordaba una sonrisa dulce, sus cabellos largos mecidos por la brisa, su rostro sombreado por el parasol. Una risa cristalina, el murmullo del arroyo sobre las piedras; un vago perfume a pétalos de flor de cerezo; el brillo en su mirada reflejando el sol.

Una foto enmarcada con un lazo, rodeada de un océano de flores; los rayos implacables del sol refractándose en las lágrimas de la gente.

(Nunca las suyas: su padre no se lo habría perdonado nunca).

Un silencio ensordecedor donde antes su voz suave había llamado su nombre; un espacio helado y yermo donde antes habitaban sus caricias.

Su retrato desapareció del lugar de honor sobre la chimenea principal, sus fotos ya no colgaban de las paredes ni descansaban en las repisas; los placares con su ropa se vaciaron y su nombre dejó de pronunciarse.

Al día siguiente del servicio funerario, su padre llegó a casa con un nuevo tutor y una lista aún más larga de tareas para su hijo.

—La excelencia en todas las áreas es la única opción para un primogénito de los Akashi —dijo, y ésas fueron sus únicas palabras pronunciadas en dirección al chico en una semana.

Seijuurou asintió y sus dedos se descargaron contra las teclas del piano, sus ojos secos, su rostro sin una sola mueca de dolor. La mirada siempre fija en la partitura, jamás desviándose hacia la butaca vacía del rincón, donde alguna vez ella se había sentado para escucharle y alentarle; sus manos deslizándose sin cometer un solo error.

De noche, en la oscuridad más absoluta, metía las manos por debajo de la almohada hasta rozar el frío cristal del frasco de perfume, último vestigio de que allí, en la noble casa de los Akashi, había vivido, alguna vez, su madre.


Un año de lecciones interminables, de tareas que se multiplicaban ante sus ojos, de tutores que entraban y salían de su vida en un eterno desfile. Un año de ojos secos, de una voz infantil que jamás temblaba ni se quebraba en sollozos. Un año de éxitos continuos que no eran celebrados por nadie y que sólo parecían engendrar más deberes por cumplir.

Un año después su padre llegó a casa, la expresión de seriedad habitual en su rostro. Mandó a llamar a su hijo, quien se paró ante él con los hombros echados hacia atrás y el mentón en alto, esperando sus órdenes.

Lejos estaba de esperar las palabras que salieron de su boca.

—Seijuurou, te presento a Kuroko Kasumi. Ella será mi nueva esposa.

Su padre no dijo tu nueva madre, lo cual habría sido una mentira de un sentimentalismo imperdonable. Tampoco dijo tu nueva madrastra: su padre le dejaba bien claro que no tomaba aquella decisión en relación con él, y la enunciaba meramente como un hecho para ser aceptado.

El único atisbo de sorpresa que se permitió fue un rápido pestañeo, como el aletear de alas de mariposa, y sus rasgos pronto recuperaron la neutralidad esperada.

Su padre le presentó entonces a una mujer delgada de piel de porcelana y de ojos y cabellos azul pálido, una sonrisa tenue y tan poca presencia que jamás se habría fijado en ella si no se la hubiesen señalado. Menos aún se habría fijado en el niño que llevaba de la mano, con la misma piel de porcelana y los mismos ojos y cabellos pálidos, quien aparentaba su misma edad y lo miraba con curiosidad, quizás.

Era un poco difícil leer la expresión en aquel rostro, tan parecido a un lienzo en blanco.

De todas las cosas que Seijuurou había aprendido a esperar de su padre, un nuevo hermano no era una de ellas.

—Encantada de conocerte al fin, Seijuurou-kun —dijo ella en tono amable, con una leve inclinación que él reflejó. Sus ojos eran del color de un glaciar y, sin embargo, el brillo en ellos le parecía cálido. Él le correspondió con la sonrisa social, la cual se colocaba como el nudo de la corbata cuando era preciso.

Y entonces se encontró frente a frente con los ojos azul pálido del chico, idénticos a los de su madre. Medían casi lo mismo y Seijuurou apenas tenía que bajar la vista para encontrarse con su mirada.

—Mi nombre es Kuroko Tetsuya. Encantado de conocerte, Seijuurou-kun —se presentó, con una formalidad que hasta a él le pareció un poco extraña en un chico de su misma edad. Se preguntó si sería por las circunstancias, si la fastuosidad de la mansión le amedrentaría un poco, como a tantos otros, o si sería a causa de la severa mirada de su padre.

Más tarde aprendería que Tetsuya siempre era así de formal, sin importar a quien se dirigiera, y que se dejaba amedrentar muy poco por nada ni nadie.

En aquel momento, sin embargo, Tetsuya era tan sólo un desconocido que había entrado súbitamente en su vida y en aquel entonces le habría sido imposible predecir el rol que le tocaría cumplir en ella.

Akashi Seijuurou no era aún un emperador y su visión no se extendía –todavía– hacia el futuro.


Sabía que la gente murmuraba al respecto. Que el portador del ilustre apellido Akashi hubiese decidido casarse con una viuda de procedencia común y corriente, sin un apellido de renombre y que no parecía destacarse por nada en particular, era en verdad extraño. La boda fue un evento pequeño para sus estándares: por parte de la novia sólo su madre, su hijo y unos pocos amigos; el resto fueron los socios de negocios más importantes de su futuro esposo. Todos los cuales intercambiaban miradas extrañadas, aunque limitaban sus elucubraciones a comentarios en voz baja. Era impropio de un Akashi tomar una decisión inesperada y todos se preguntaban las razones y repercusiones.

Kuroko Kasumi debía poseer algo que escapaba a ojos de los hombres comunes y que sólo Akashi Masaomi había sido capaz de ver.

Aun engalanada con su vestido de novia, caro y diseñado especialmente para ella, era difícil reparar en su presencia sin cierto esfuerzo y el aura de misterio a su alrededor crecía. Más tarde, ya instalada en su nueva casa, los criados también murmuraban entre sí por los pasillos, preguntándose cómo cambiaría ahora el manejo de la casa Akashi bajo el mando de la nueva señora.

La respuesta fue tal vez algo decepcionante: nada pareció cambiar demasiado después del casamiento.

Tal vez, en aquellos recovecos dentro de él que no compartiría nunca con nadie, en aquel espacio entre su cabeza y la almohada, en el momento entre el sueño y la vigilia, Seijuurou sintiera temor. Temor a que apareciera un nuevo retrato sobre la chimenea, a un nuevo perfume impregnando las estancias, una nueva presencia expulsando los últimos vestigios del recuerdo de su madre.

Kasumi-san, sin embargo, pareció preferir adaptarse ella misma a la vida en aquella casa en vez de transformarla según sus deseos. Solía pasar tan desapercibida, con su voz queda y sus pasos silenciosos, que pronto todos se habituaron a ella, tan poco perturbó su presencia el estado de cosas habitual.

Seijuurou también podía preguntarse, como los demás, por las razones tras aquel matrimonio. Distaba mucho de tratarse de una alianza con una familia de apellido ilustre o de una transacción valiosa de negocios. Quizá el motivo fuera más simple, más humano, pero a sus once años le costaba verlo. Su padre no parecía en absoluto diferente, aunque ahora volvía a asistir a los eventos sociales y laborales acompañado por su esposa.

Ella no se inmiscuía en su vida. Le trataba siempre con amabilidad y le preguntaba cómo se encontraba, pero el estricto horario que Seijuurou debía cumplir a rajatabla no les brindaba demasiadas oportunidades de conocerse y, en cierto modo, vivían bajo el mismo techo trazando trayectorias paralelas que nunca llegaban a cruzarse.

Sin embargo, a veces Seijuurou se sorprendía cuando le dejaban dormir hasta bien entrada la mañana porque sus lecciones del fin de semana habían sido inesperadamente canceladas, justo después que Kasumi-san hiciera un comentario sobre sus ojeras la noche anterior. A veces, cuando se sentía frustrado porque no había aprendido algo a la primera, en la cena aparecía la sopa de tofu, cuando a nadie más que a él le gustaba ese plato, y el wakame que tanto detestaba nunca más fue servido en la mesa. Nuevas cuerdas de violín podían aparecer sobre su escritorio antes de que hubiera tenido tiempo de quejarse por las viejas, y de vez en cuando, también alguno de aquellos dulces que tanto le gustaban pero que su padre desaprobaba. A veces se quedaba dormido sobre los libros abiertos y despertaba con una manta sobre sus hombros y el fantasma de una caricia en los cabellos.

Seijuurou desconocía las razones por las cuales su padre había vuelto a casarse, pero se sorprendió a sí mismo al descubrir que tampoco le importaba comprenderlas.

El vacío seguía allí, por supuesto, permeando cada pared, pero el silencio no era siempre una opresión en el pecho; a veces, el silencio también podía ser la calma de una sonrisa amable, el consuelo de una caricia.


Tetsuya no jugaba al Shogi, ni al Go ni al ajedrez; nunca había visto un caballo de cerca ni tocaba ningún instrumento. Ignoraba todo sobre la música clásica y sus conocimientos sobre los grandes emperadores y estrategas militares de la historia se limitaba a lo que había visto en la escuela; aunque le gustaba leer y casi siempre se lo veía con un libro en la mano, no había leído la mayoría de los clásicos de la lista que a Seijuurou le había dado su padre.

Empezaba a albergar serias dudas respecto a la idea de tener un hermano. No era que Tetsuya molestara. La mayor parte del tiempo era hasta difícil percatarse de su presencia. Pero a diferencia de Kasumi-san, él y Seijuurou no habitaban vidas completamente paralelas: su padre había insistido en que su hijastro se cambiara de escuela y, aunque estuvieran en clases distintas, hacían el trayecto de ida y vuelta juntos. Sus compañeros se quedaron algo desconcertados cuando les presentó a Tetsuya como su hermano, aunque ninguno hizo demasiadas preguntas.

Uno incluso llegó a comentar, en el colmo del absurdo, que se parecían.

Los viajes de ida y vuelta al colegio, así como la mayoría de las comidas en casa, transcurrían en un espeso silencio. Los dos habían intentado romperlo más de una vez, pero la distancia entre ambos se volvía cenagosa con conversaciones entrecortadas que no llevaban a ninguna parte y volvían a sumirse en el silencio: dos extraños que sólo por azar habían terminado compartiendo parte de sus vidas y no sabían muy bien qué hacer al respecto.

Era probable que Tetsuya albergara el mismo tipo de dudas.

—¿Nunca has leído un manga ni tampoco viste ningún animé?

Su rostro, normalmente tan plácido que parecía neutro, traicionaba ahora su sorpresa, sus ojos azul pálido muy abiertos. Seijuurou frunció el ceño.

—No estaban en ninguna de las listas.

—¿Quieres decir las listas que te da tu padre?

Asintió. Las listas con libros y, muy de vez en cuando, películas que le daba su padre eran sumamente largas y encima de todas sus otras lecciones, Seijuurou nunca habría tenido tiempo de leer o ver otras cosas. Y de todos modos, todos los clásicos relevantes se hallaban allí y los que no, no podían haber sido tan importantes en primer lugar.

—Pero, ¿ni siquiera Dragon Ball? ¿Pókemon? ¿Los Caballeros del Zodiaco?

Seijuurou negó con la cabeza. No entendía por qué le parecía tan extraordinario a Tetsuya. Sabía que muchos de sus compañeros de clase leían manga con devoción fanática, pero él había visto a Tetsuya leyendo libros de verdad. Seguramente no compartiría ese mismo entusiasmo por esas historias para niños.

Tetsuya pareció un poco ofendido cuando se lo dijo y Seijuurou no entendía por qué.

—No puedes juzgar si nunca has visto siquiera un episodio, Seijuurou-kun —Aún no había sido capaz de desprenderse del sufijo honorífico, por más que vivieran bajo el mismo techo. Un brillo apareció en su mirada, un brillo que más tarde aprendería a reconocer —. Está decidido, entonces.

—¿Decidido qué?

—Que tienes que ver al menos un episodio de un animé antes de juzgarlos tontos. Así que ahora vamos a ver uno.

—Ahora no puedo, tengo que ensayar violín—

—Cada episodio dura veinte minutos, no adelantarás mucho con el violín en ese tiempo.

Tetsuya eligió empezar con Los Caballeros del Zodiaco porque, según sus propias palabras, era un clásico. De mala gana Seijuurou aceptó, suponiendo que hacer concesiones a su nueva familia era parte de lo que se esperaba de él, por absurdas que éstas fueran.

En una semana se habían acabado todas las temporadas y, con una culpa algo estúpida, Seijuurou se compró algunos tomos del manga a espaldas de su padre.


Los ojos de Tetsuya, normalmente calmos como un cielo de verano despejado, chispearon como surcados por un súbito rayo.

—¿Te gusta el básquet, Seijuurou-kun?

Él asintió, aunque gustar parecía una palabra demasiado pobre para describir a la única actividad a la que se dedicaba por entera voluntad propia, la única que le permitía respirar a sus anchas. Cuando jugaba no era el heredero de un apellido ilustre, el último bastión de una familia de raigambre; no era un conjunto amalgamado de deberes y presiones y obligaciones. En la cancha era un jugador más, sólo existía el juego y todo lo demás se desdibujaba en la nada.

—¿Juegas, Tetsuya?

—Bueno… un poco nada más.

Le contó que había visto un partido el año anterior y le había fascinado, pero en su antigua escuela no había equipo así que jugaba en una cancha cercana con un chico de otra escuela.

—Pero él se mudó y yo me cambié de escuela y desde entonces no juego.

Seijuurou sintió las yemas de los dedos arder con las ansias por picar una pelota y no se puso de pie en un salto, pero casi.

—¿Qué tal si jugamos ahora?

Tetsuya no necesitó que se lo dijeran dos veces y una corriente eléctrica encendió sus ojos cuando se encontraron con los suyos. Nunca había conocido a nadie que compartiera su entusiasmo y cualquier duda, cualquier recuerdo de silencios incómodos y miradas esquivas se desvaneció.

Tetsuya, después de todo, amaba el básquet tanto como él y aquello alcanzaba de momento como puente para salvar cualquier distancia.

Después de su primer partido juntos, sin embargo, Seijuurou por una vez tenía que reconocerse perplejo.

Tetsuya amaba el básquet, de eso no cabían dudas.

El básquet, sin embargo, no parecía amarlo a él.

Seijuurou se había encontrado ya con jugadores que no estaban a su nivel, pero esto se salía con mucho de la norma. Tetsuya no era malo jugando.

Era horrendo.

No terminaba de explicárselo. Cierto que con su corta estatura no tenía un físico privilegiado para jugar al básquet, tampoco lo tenía el propio Seijuurou. Pero donde él podía compensar su falta de estatura con agilidad y reflejos, Tetsuya no. Era increíblemente lento, la pelota parecía ansiosa por huir de sus dedos y su resistencia física dejaba mucho que desear.

Y sin embargo, entendía el juego como pocos, sus ojos parecían tener una clara visión del campo de juego y dónde estaban la pelota y los otros jugadores, y un par de veces adivinó correctamente los amagues de Seijuurou y podría haberlo bloqueado… si no hubiese sido tan lento.

Era un misterio.

Dejaron de jugar cuando la diferencia en el marcador se convirtió en aplastante y Tetsuya quedó tirado en el suelo, jadeando por aire. Seijuurou lo miraba desde arriba, la pelota en la mano y sintiéndose más confundido que nunca.

—Sé que no soy muy bueno —dijo Tetsuya, una vez que el aire regresó a sus pulmones. Seijuurou no le contestó, porque era como decir que el Polo Norte no era demasiado cálido. Los ojos penetrantes de Tetsuya parecían saber de todos modos lo que pensaba.

(Un hecho escalofriante en sí mismo, lo bien que parecía leer sus sentimientos alguien que lo conocía desde hacía tan poco).

—De acuerdo, soy bastante malo ahora —concedió, secándose el sudor de la frente. En el estado en que se encontraban tendrían que entrar por las escaleras de servicio e irse directo a la ducha —. Pero amo el básquet más que nada en el mundo, y no hay razón para que no mejore si me sigo esforzando todo lo que puedo.

Seijuurou podría haberle señalado la falacia de su razonamiento. El esfuerzo, si bien un ingrediente necesario e ineludible, no era garantía del éxito. Para alcanzar la excelencia en ciertas áreas se precisaba un don, un don que Tesuya claramente no poseía.

Y sin embargo, no podía discutírselo. Tetsuya hablaba con tal certeza que era difícil no creerle.

Su padre desdeñaba las frases relamidas como "la fe mueve montañas", considerándolas el consuelo de los débiles. Pero, ¿acaso la perseverancia del mar no pulverizaba las rocas en arena?

Por primera vez, Seijuurou pensó que se había equivocado y sus ojos no eran del color de un glaciar o de un cielo despejado de verano.

Sus ojos eran de acero.

—Buen punto —respondió, en cambio, y si Tetsuya se sorprendió cuando le ofreció la mano para ayudarlo a levantarse, no lo dejó traslucir.


—Te garantizo que sólo come avena y a lo sumo, terrones de azúcar. Nada de carne humana.

Tetsuya alzó las cejas.

—Jajaja —dijo sin inflexión alguna, todavía vacilante, como si esperase que al caballo le salieran colmillos y cuernos —. Nunca vi uno de cerca antes.

Pero si había aprendido algo sobre Tetsuya en el último mes, era que no tenía una pizca de cobardía en las venas. Al contrario: en ocasiones era bastante capaz de arrojarse de cabeza sin pensárselo dos veces. Dio un paso, y luego otro más, hasta que alcanzó a estirar la mano para acariciar el lomo del caballo. Cuando éste, lejos de patearlo, pareció complacido con sus caricias, una leve sonrisa empezó a tirar de las comisuras de los labios de Tetsuya y se fue envalentonando.

—¿Cómo se llama?

—Yukimaru —Esperó algún comentario ante la obviedad de ponerle un nombre con la palabra "nieve" a un caballo blanco pero no llegó —. Nació en invierno, en un día nevado, me contaron.

Tetsuya sonrió.

—Como nosotros.

Seijuurou ladeó la cabeza, pensativo. Nunca se había detenido a pensarlo: con poco más de un mes de diferencia, tanto Tetsuya como él habían nacido durante el invierno, los dos el mismo año que Yukimaru. Era una conexión que no había visto antes.

—Ahora que ya no tienes miedo a que te arranque la mano, ¿quieres montarlo? Yo llevaré las riendas, por supuesto.

Tetsuya dudó, pero no era de los que rechazaban de plano un desafío. Y Yukimaru parecía manso: después de todo, estaba muy bien entrenado.

El heredero de los Akashi no montaría cualquier caballo.

Aceptó y Seijuurou lo ayudó a montar, Yukimaru demostrando una paciencia encomiable. Tal como había dicho, se hizo cargo de las riendas para dar un paseo a paso lento, ideal para un principiante.

Cuando un rato después Tetsuya se bajó del caballo con la piel más blanca que su crin y las piernas vueltas gelatina, los dos llegaron a la conclusión que sería mucho más capaz de apreciar los caballos siempre y cuando tuviera los dos pies firmemente anclados en el suelo.


En las fiestas de la empresa de las que no podían escaquearse, con la ropa formal que picaba por todos lados y el nudo de la corbata que siempre estrangulaba un poco, la gente continuamente los tomaba por mellizos.

—¿Con cuánta diferencia nacieron? —preguntaba la gerente de una empresa con la que su padre esperaba fusionarse. Seijuurou con un tono del todo serio respondía:

—Un mes y once días.

—Oh.

Algunos procuraban disimular su incomprensión con más preguntas.

—¿Y cuál es la asignatura que se te da mejor, cielo? —le preguntaban a Tetsuya, aquellas veces en que por fuerza tenían que notar su presencia.

—Ehhh… Humanidades. Historia.

—Japonés Moderno y Clásico —agregaba Seijuurou por él y su interlocutor asentía con un "ajá, qué interesante", que sonaba cualquier cosa menos interesado, antes de dirigirse a él:

—¿Y la tuya?

Seijuurou tenía que hacer un esfuerzo por no encogerse de hombros.

—Todas.

Invariablemente recibía miradas perplejas por respuesta.

—¿Todas? ¿Qué quieres decir con "todas"?

—Tiene la nota máxima en todas las asignaturas —explicaba Tetsuya, a lo cual Seijuurou agregaba el mantra de su padre:

—La excelencia es necesaria en todas las áreas o no vale de nada en absoluto.

Llegados a aquel punto, los invitados parecían decidir que era preferible seguir la máxima de "los niños deben ser vistos pero no oídos" y optaban por seguir sus conversaciones intrascendentes con gente más cercana a su propia edad. Era un alivio para Tetsuya y Seijuurou: se les había inculcado a ambos la importancia de mostrar unos modales impecables, pero los adultos en las fiestas de negocios eran inconmensurablemente aburridos.

Seijuurou había empezado a asistir a este tipo de fiestas y otras reuniones de negocios desde que tenía cuatro años, porque su padre sostenía que su heredero tenía que familiarizarse lo antes posible con el ambiente en el que debería manejarse cuando siguiera sus pasos. A edad muy temprana aprendió a tolerar los zapatos apretados y la ropa tiesa, a sonreír e inclinarse ante desconocidos, a responder preguntas insulsas con respuestas igualmente insulsas pero corteses. Debía aprenderse los nombres y rangos de los principales invitados, así como la importancia de la empresa a la que pertenecían, para que luego su padre le tomase lección al respecto. Era un paso fundamental en su educación.

También era aburrido hasta la catatonia.

Antes, cuando podía eludir de a ratos sus deberes de anfitriona, su madre inventaba juegos para hacérselo más llevadero, en los que tenía que observar a los invitados para encontrar tics divertidos o ubicar el par de gemelos más extraño que llevara alguno de los hombres. Era la clase de juegos que podían jugarse en silencio, sin correr ni llamar la atención: la clase de juegos en los que su padre no repararía y a los que, por ende, no podría objetar.

El año tras la muerte de su madre se sintió muy, muy vacío.

Tetsuya resultó muy bueno a la hora de observar a la gente y registrar cada pequeño gesto o tic. Contaba con la ventaja, tal vez, de que la gente raras veces lo miraba a él, así que podía estudiarla a sus anchas. Uno de los nuevos entretenimientos que idearon consistía en Tetsuya apareciendo detrás de alguien, esperando en silencio hasta formular una observación casual que hacía a la otra persona dar un respingo. Cuanto mayor el sobresalto, mejor.

Podía ser bastante divertido, pero tuvieron que dejarlo cuando un camarero arrojó por el aire la bandeja de los canapés.

Buscaron otras formas de entretenerse. Tetsuya había empezado a estudiar juegos de manos, con monedas y pelotitas, y Seijuurou todavía era capaz de adivinar dónde las escondía, pero adelantaba a grandes pasos. También tenía un talento innato para transformar las servilletas de papel en figuras complicadas que dejaba a modo de peculiar decoración sobre los platos.

Seijuurou le contaba las anécdotas que conocía sobre los invitados y luego empezaron a inventárselas, cuanto más ridículas mejor. Aquel caballero con el monóculo era un pirata; aquel anciano, el abuelo de Saori Kido seguramente. Tetsuya, con su talento para desaparecer ante la vista de la gente, ideó la manera en que podían jugar a las escondidas aun en medio de un salón lleno de gente. Sólo había que tener cuidado de no correr ni hacer ruido, y podían ir ocultándose detrás de los invitados, cortinas o columnas de quienquiera hubiesen enviado a buscarlos.

Tetsuya y él no eran mellizos, ni siquiera hermanos de sangre. No se habían criado juntos, apenas se conocían de hacía unos pocos meses.

Y sin embargo, a veces a Seijuurou se le hacía muy difícil imaginarse cómo era su vida antes de que Tetsuya llegara a ella.


Seijuurou era incapaz de contar chistes o gastar bromas.

Tal vez jamás se habría percatado de ello si no se lo hubieran señalado sus compañeros de clase.

—Akashi-kun es tan serio que no es ni medio normal—les había escuchado comentar, cuando creían que no les estaba prestando atención —. Creo que jamás hizo una broma en su vida.

—No sé si se ríe siquiera.

—Seguro que no tiene sentido del humor.

—Por eso le debe ir tan bien en todos los exámenes, ¿no?

—…¿qué tiene que ver una cosa con la otra?

Seijuurou se quedó pensando largo tiempo después de que sus compañeros siguieran con otra cosa. Por supuesto que tenía sentido del humor. Había muchas cosas que le parecían divertidas. Quizá no las mismas niñerías que a sus compañeros, quizá no lo manifestara riéndose a carcajadas, pero eso no significaba que no tuviera sentido del humor.

Se preguntó si sería una falta por su parte. Su padre nunca había hecho hincapié en ello pero, siendo una parte vital de las interacciones sociales, ¿no sería una falencia por su parte no prestarle atención?

Investigó sobre el tema. Afortunadamente encontró que habían corrido muchos ríos de tinta al respecto y contaba con un amplio marco de referencia.

El pasaje de la teoría a la práctica, sin embargo, planteó algunas dificultades inesperadas.

Todos sus intentos por hacer bromas le ganaron miradas de perplejidad, desconcierto y hasta franca preocupación, y ni una mísera sonrisa.

—Quizá seas demasiado serio para hacer bromas, Seijuurou-kun.

Lo miró, sintiendo cómo se le arrugaba el entrecejo.

—Tú también estás casi siempre serio y sin embargo puedes hacer reír a la gente.

Era curioso, a decir verdad: muchas veces Tetsuya decía cosas con una expresión de absoluta seriedad, en tono monocorde, y la gente se reía.

Tetsuya lo consideró.

—Tal vez sea una cuestión de timing —sugirió —. A lo mejor no dices los remates en el momento justo. O podría ser una cuestión de talento innato.

Tenía la sospecha de que Tetsuya se estaba riendo de él y lo triste era que, de ser así, era lo más cerca que había estado de hacer reír a nadie.

Tras algunos intentos fallidos más, Seijuurou decidió tirar la toalla cuando la gente empezó a preguntarle si se sentía bien.

Su padre no daba muestras jamás de sentido del humor, después de todo. No podía ser algo tan importante.


A Tetsuya no le gustaban las tormentas eléctricas.

Seijuurou lo descubrió una noche por casualidad. No supo qué le había despertado: en un momento dormía profundamente, al siguiente, tenía los ojos abiertos fijos en el cielorraso, la cacofonía de la tormenta desatándose fuera. Entre los truenos y el ulular del viento, un golpe irregular le impedía volver a dormirse: una puerta mal cerrada o la hoja de una ventana tal vez, sacudida por el viento.

Cuando le ganó la resignación se levantó de la cama a buscar la fuente de los golpes. Con los ojos ya habituados a la oscuridad, decidió no encender las luces, guiándose por la luz de la luna y el resplandor súbito de los relámpagos que bañaban los pasillos.

Resultó ser un error. A mitad de la escalera, se encontró con una sombra.

Una sombra sólida.

Si alguien le hubiese preguntado, habría negado hasta su último aliento que en ese momento pegó un grito y dio un salto de medio metro.

La sombra se movió y, en el resplandor distante de un relámpago, distinguió un par de ojos familiares.

—¿Tetsuya?

Con el trueno que siguió, el chico volvió a esconder el rostro entre las rodillas, cubriéndose las orejas con las manos. Seijuurou lo contempló un momento, y darse cuenta de lo que sucedía le llevó más tiempo del que le habría gustado reconocer.

Se sentó en el escalón inmediatamente superior y miró la figura ante él con cierta perplejidad. Nunca se había encontrado en una situación así antes.

Estiró un brazo y, tras cierta vacilación, apoyó una mano sobre su hombro.

Temblaba bajo sus dedos.

—¿Es… es por la tormenta?

El rugido del siguiente trueno le dio su respuesta, Tetsuya encogiéndose aún más sobre sí mismo.

—No… no me gustan —musitó, casi inaudible, y Seijuurou tuvo que inclinarse hacia adelante para escucharlo.

—¿Por qué no dejamos la escalera mejor? Te congelarás aquí.

—Lo… lo intenté —Sus dientes castañeteaban —. Estaba bajando la escalera para servirme algo de tomar y entonces… entonces…

Un nuevo rugido, una nueva sacudida. Instintivamente, Seijuurou le apretó el hombro con fuerza.

—Empezaron los truenos —concluyó por Tetsuya, quien parecía estar tratando de mantener su respiración agitada bajo control —. ¿Y desde entonces estás…? Claro, no hay ventanas en la escalera —murmuró para sí. Pero la tormenta parecía llevar un buen rato: ¿Tetsuya había estado allí encogido todo ese tiempo?

Seijuurou se mordió el labio: éste era un problema de tipo muy diferente de los que estaba acostumbrado a lidiar.

Ni siquiera un Akashi podía hacer desaparecer una tormenta eléctrica.

Sospechaba que se precisaba otro tipo de solución que se le escapaba. ¿Qué le habría dicho su padre para superar una situación así?

Miró a la figura encogida y temblorosa ante él: nada que le sirviera a Tetsuya cuando se encontraba más allá del terror.

Otra pregunta se insinuó en su mente, como un dedo helado rozándole la espalda.

¿Qué habría hecho mamá?

—Tetsuya, escúchame. ¿Me escuchas?

Un leve movimiento de cabeza le bastó por respuesta.

—Vamos a bajar. Iremos al salón de música, si cierro los postigos, estará casi insonorizado. Toma mi mano, ¿quieres? No tienes que abrir los ojos si no quieres, yo te guío.

Seijuurou bajó las escaleras casi de espaldas para poder guiar a Tetsuya, quien le apretaba las dos manos con fuerza, manteniendo los ojos cerrados. Llegaron hasta la sala de música casi sin tropiezos y Seijuurou instaló a Tetsuya en la butaca del rincón mientras iba corriendo a cerrar todos los postigos. La tormenta seguía rugiendo, aunque ahora amortiguada. Tetsuya había vuelto a su posición original, con la cabeza entre las rodillas y los brazos rodeando sus piernas. Seguía temblando con la fuerza de las hojas en los árboles sacudidos por el viento.

A mano no tenía ninguna manta, pero sí la funda verde que usaban para cubrir el piano, gruesa y de felpa, y Seijuurou la sacó de su lugar para envolver a Tetsuya con ella. Trató de ajustarla alrededor de su cuerpo tanto como pudo: los bebés se tranquilizaban cuando estaban envueltos bien apretados en sus mantas, ¿verdad?

Inseguro, hizo lo único que le quedaba por hacer: lo rodeó con sus brazos y lo apretó contra sí. El cuerpo de Tetsuya se puso rígido y estuvo a punto de soltarlo, pero entonces pareció desinflarse con un suspiro y el chico ocultó el rostro en el cuello de Seijuurou. Permanecieron así un buen rato le pareció, hasta que los temblores de Tetsuya remitieron.

—¿Quieres… quieres que te traiga un vaso de agua? ¿O una leche tibia o algo así?

Tetsuya se mordió el labio y negó con la cabeza.

—Seijuurou, ¿podrías…? Si no es mucha molestia para ti, ¿podrías quedarte así, un poco más?

Aquella era la primera vez que Tetsuya omitía el "kun" al nombrarlo.

Seijuurou asintió y se acomodó de manera tal que él también pudiera entrar en la butaca: por suerte, los dos eran bastante pequeños aún y aunque apretados, lograron acomodarse.

Despertaron por la mañana con la exclamación de sorpresa de una mucama y, al menos Seijuurou, un terrible dolor en el cuello. Casi enseguida apareció el ama de llaves para darles una buena reprimenda: al parecer, llevaban gran parte de la mañana buscándolos por toda la casa. Tetsuya lo miraba con ojos que parecían pedirle disculpas, pero Seijuurou se encogió de hombros.

Cuando Kasumi-san salió a su encuentro estaba muy lejos de mostrar el mismo enojo del ama de llaves. Por el contrario, en cuanto sus ojos se posaron en Tetsuya estiró los brazos para estrecharlo contra sí.

—Tetsuya, lo siento tanto. Estaba tan cansada que ni siquiera me desperté, ¿por qué no me llamaste o algo?

—No te quería molestar —murmuró él, las mejillas algo sonrosadas, tal vez porque a los once años ya era algo mayor para correr hacia su madre cuando se asustaba —. E igual Seijuurou se quedó conmigo así que estuve bien.

Por encima del hombro de Tetsuya, Kasumi-san le dirigió una mirada y una sonrisa de agradecimiento tales que Seijuurou se sintió algo incómodo. Tampoco había hecho mucho. Le devolvió la sonrisa, sin embargo, y sintió una calidez al hacerlo como no había conocido en mucho tiempo.

Durante el resto del día ninguno de ellos volvió a mencionar la tormenta y sólo al caer la noche Seijuurou cayó en la cuenta de algo que tendría que haber recordado mucho antes.

Según le habían contado, también era una noche de tormenta eléctrica cuando el auto del padre de Testuya se desbarrancó por la carretera.

A partir de entonces, Seijuurou empezó a prestar más atención. A la primera señal de tormenta eléctrica, salía en busca de Tetsuya para asegurarse que no volviera a quedarse solo con su pánico. Era lo mínimo que podía hacer.

Después de todo, aunque sólo fuera por un mes y once días, él era el mayor.


A veces, su padre recordaba que ahora había otro niño viviendo bajo su techo e intentaba hacer algún esfuerzo por prestarle atención a su hijastro. Era difícil: Akashi Masaomi era un hombre en extremo ocupado, sus pensamientos siempre tironeados en varias direcciones a la vez, y Tetsuya se caracterizaba por ser muy escurridizo cuando le convenía.

Seijuurou sabía, porque varios testigos se lo habían contado, que Tetsuya a veces dormía en clase o se ponía a leer novelas y, de algún modo, ningún profesor lo pescaba jamás. Para él, desaparecer bajo el radar de su padrastro era una tarea muy sencilla, casi instintiva. Cuando le dirigía la palabra respondía siempre con su cortesía y su formalidad habituales, pero de algún modo parecía asegurarse de que aquello no sucediera demasiado a menudo. En cuanto a su padre, probablemente pensara en Tetsuya –cuando lo hacía– más en relación a su esposa que a sí mismo: era probable que no se hubiese planteado nunca la relación con un hijastro cuando concertó su matrimonio.

Después de todo, tampoco parecía haberse detenido a pensar su relación con Seijuurou más allá de prepararlo para su futuro como su sucesor, y Tetsuya ni siquiera era su heredero.

Pero, de vez en cuando, su padre parecía intentar hacer un esfuerzo y le preguntaba a Tetsuya por sus notas. Las calificaciones de Tetsuya eran, en cierto modo, extraordinarias. Con la excepción de Japonés, en la cual destacaba, en las demás asignaturas sus notas jamás salían de la media. Eran normales, pero a tal extremo que se volvía llamativo: la mayoría de la gente tenía calificaciones notables o malas, o una combinación de ambas. En cambio, la absoluta medianía de Tetsuya era difícil de encontrar.

Su padre entonces soltaba alguno de sus discursos sobre la necesidad de alcanzar la excelencia en todas las áreas y Tetsuya escuchaba y asentía y, Seijuurou estaba seguro, pasaba a ignorar sus palabras con una facilidad que daba envidia.

—No se puede ser excelente en todas las áreas —le había dicho Tetsuya una vez, lejos de los oídos de los adultos —. Por fuerza tiene que haber cosas en las que destaques más que otras. O que te importen más.

Quizá sintió cómo lo estaba mirando, porque agregó:

—A menos que seas Seijuurou-kun, por supuesto.

¿Era ésa una nota burlona en su voz? Era imposible decirlo: su rostro permanecía tan serio como siempre.

(De Tetsuya, quizá, no le hubiese molestado demasiado: aun sus burlas parecían desprovistas del veneno de otra gente. Pero se cuidaría mucho de decírselo y, de todos modos, con la mirada penetrante de sus ojos azules, probablemente fuera innecesario).

Los tutores lo buscaban a veces, con una lista de objetivos a cumplir similar a la de Seijuurou pero, de algún modo, Tetsuya siempre se las ingeniaba para librarse de ella cuando las tareas no le interesaban y los tutores, al igual que su padre, pronto volvían a olvidarse de él.

Seijuurou proseguía, impertérrito, con las inexorables listas de su padre, decidido siempre a salir triunfante sin importar la complejidad. La historia era escrita por los vencedores, los derrotados eran borrados y sus nombres olvidados.

El suyo sería recordado. Si aquello significaba quedarse hasta altas horas de la noche trazando sus kanji, quedarse dentro mientras el verano estallaba afuera para estudiar historia o asistir a las reuniones de negocios de su padre en lugar de la fiesta de cumpleaños de algún compañero de clase, ése era un precio que estaba dispuesto a pagar.

A veces, sin embargo, era posible que sus libros y apuntes quedasen olvidados en un rincón mientras él se escondía con Tetsuya bajo las mantas para ver una película de terror que Kasumi-san les había prohibido. Era posible que, a veces, el piano y el violín permanecieran todo el día en silencio cuando caía una nevada durante la noche y a la mañana siguiente el manto blanco impoluto invitara a una guerra de nieve sin cuartel. O tal vez que los pesados tomos de historia fueran dejados momentáneamente de lado por un manga.

Akashi Seijuurou tenía toda la intención de alcanzar la excelencia en todas las áreas que su padre esperaba de él, y más aún. Su nombre no sólo no caería en el olvido, se aseguraría que fuera escrito con la tinta indeleble de la victoria y el éxito.

Mientras tanto, aprovechaba aquellos pequeños resquicios que las interminables listas de deberes aún le dejaban para poder respirar y, a veces, disfrutaba de la posibilidad de escapar, aunque fuere por un rato, de un destino inexorable.


—Siéntate. Sitzen.

El cachorro lo miraba fijo con sus grandes ojos castaños, su cola sacudiéndose, y dio un paso hacia él.

En lugar de sentarse, le babeó los zapatos.

—Tetsuya, no te rías. Tiene que aprender a comportarse.

—No me estaba riendo —respondió, su tono muy serio, pero aún de reojo podía ver la sonrisa tirando de las comisuras de sus labios. Sonrisa que terminó triunfando y desplegándose por todo su rostro cuando cayó de rodillas ante el animal —. ¿A qué eres adorable? Mira qué ojos tan bonitos tienes. Se nota que eres inteligente.

Y se puso a acariciar al animal, como si ameritase una recompensa por su mal comportamiento.

—Si fuera inteligente, entendería lo que se le ordena.

Tetsuya se mordió el labio, rascándole tras las orejas al perro.

—A lo mejor te entiende, pero elige ignorarte y hacer lo que quiere.

Seijuurou no se enfurruñó, porque era demasiado mayor para hacer pucheros, así que se cruzó de brazos y frunció el ceño.

—Tendría que obedecer a lo que se le dice.

—¿Y en alemán te hará más caso?

—Debería, lo dicen los libros —Ahora Tetsuya estaba revolcándose en el suelo, con el perro babeándole la cara —. No me gustan los perros desobedientes.

Tetsuya resopló y apartó la vista del animal para mirarlo.

—Seijuurou, no te gusta nadie que no haga lo que le digas.

Abrió la boca para negarlo, pero tal vez tenía algo de razón.

No era tanto que quisiera que todos siguieran sus órdenes sólo que, por lo general, solía ser la mejor opción para todos.

Había un brillo divertido en los ojos azules de Tetsuya, un brillo que había aprendido a reconocer donde antes sólo veía un azul pálido uniforme e inexpresivo. En un rostro de porcelana por lo general inmutable, era en sus ojos donde se encontraba el caleidoscopio de emociones, donde se podía aprender a reconocerlas.

Y tal vez, tal vez Tetsuya en este tiempo había aprendido a leerlo a él igual de bien.

—Ven —le dijo, estirando hacia él la mano que no acariciaba al perro —. Intenta hacerle un mimo antes de darle órdenes.

Seijuurou resopló cuando el chico se estiró cuanto pudo para tirarle de la manga y, de mala gana, terminó descruzando los brazos. Tetsuya le agarró la muñeca y llevó su mano hasta la mopa mullida de pelo. El perro rozó su hocico contra la palma de su mano, haciéndole cosquillas y, una vez lo hubo olfateado, bajó la cabeza y graciosamente dejó que le acariciara detrás de las orejas. Su pelaje era mullido, más aún que las caras alfombras del salón, y menos suave de lo que esperaba. Aun así, era… agradable, tal vez. Como un peluche, un peluche cálido que buscaba sus caricias.

Cuando la señora –presidenta de la junta de un holding importante o algo así– que había estado hablando de negocios con su padre salió de su despacho para encontrar a los dos chicos despatarrados en el suelo jugando con su perro, soltó un gritito muy poco apropiado para una ejecutiva, a decir verdad.

—Oh, Masaomi-san, sus niños son un encanto, han cuidado tan bien de mi Plushy.

El chucho inmediatamente se escurrió de las manos de Tetsuya para correr a mordisquearle los tobillos a su dueña, quien en seguida lo alzó en brazos y empezó a murmurarle naderías.

La habilidad de su padre para mantener la cara de piedra en estas situaciones era digna de admiración.

—Hamada-san, le agradezco que haya podido trasladarse hasta aquí para tratar este asunto. La próxima vez me aseguraré de que podamos reunirnos en su oficina.

Una ceja enarcada en su dirección bastó para que Seijuurou se pusiera de pie enseguida y se alisara los pantalones, Tetsuya imitándole. Se despidieron cortésmente de la mujer, aunque con seguridad fue Tetsuya quien se ganó su aprecio eterno al elogiar a su perro.

Su padre acompañó a su invitada –y a su perro– hasta la salida y al verlos alejarse, Seijuurou pensó que tal vez un perro podría ser una buena idea. No un caniche, por supuesto, sino un perro de verdad, uno que se pudiera entrenar e hiciera lo que uno le dijera.

—Y que entienda alemán —agregó Tetsuya, con el rostro perfectamente serio, sólo el brillo en sus ojos traicionándole.

Seijuurou era demasiado maduro ya para arrojarle un almohadón, pero lo pensó.


La lluvia se estrellaba contra los vidrios con el golpeteo rítmico de una antigua máquina de escribir. El cielo tenía el color de un pizarrón viejo, en el que sucesivas capas de polvo de tiza hubieran ido destiñendo el negro original en un gris nebuloso. Ningún rayo lo surcaba, ningún trueno rompía la sinfonía del agua golpeando contra el cristal, por lo que de momento no había nada de qué preocuparse.

Una tremebunda pila de libros esperaba a sus dedos, los cuales en cambio trazaban círculos y garabatos en los márgenes de su cuaderno, transformándose a veces en elaboradas estrategias de básquet o de Shogi. Su mente parecía rehusarse a centrarse y, por una vez, ningún ejercicio de concentración venía en su ayuda.

Tal vez tampoco quisiera concentrarse demasiado.

El lápiz resbaló de sus dedos, rodó por el escritorio y cayó al suelo. Por un momento, estuvo tentado de dejarlo allí: había una lasitud inusitada en cada uno de sus músculos, un letargo que parecía aferrarse y embarrar sus pensamientos. Su tutor se había marchado por una emergencia familiar y, por lo general, él era más que capaz de continuar sus estudios por sí mismo.

No ese día.

De mala gana, se inclinó para agarrar el lápiz y al levantarse, se encontró con Tetsuya observándolo desde la puerta. Hacía mucho que las súbitas apariciones de su hermanastro habían dejado de sobresaltarlo y aun así, de vez en cuando, todavía lograba tomarlo por sorpresa.

—Tetsuya, no te vi. ¿Hace mucho que estás ahí?

El chico negó con la cabeza, un movimiento leve, casi imperceptible. Seijuurou frunció el ceño. Hacía mucho tiempo que no veía la máscara de muñeco de porcelana cubriendo los rasgos de su hermanastro, hacía mucho también desde que viera su cuerpo tan tieso, los hombros así de rígidos. Donde otros habrían visto vacuidad, sin embargo, Seijuurou había aprendido a percibir lo que se escondía tras la inexpresividad ocasional de Tetsuya.

Era nerviosismo.

—¿Estás bien? ¿Pasó algo?

Se tiró del borde de la manga de la camisa: un gesto que le había visto muchas veces cuando necesitaba prepararse para algo difícil.

—No. Digo, estoy bien, no sucedió nada malo. Sólo que… —Ladeó apenas la cabeza, clavando sus ojos azules en los suyos. Como tantas otras veces, sintió que aquella mirada podía captar siempre mucho más de lo que dejaba traslucir —. Fui a guardar algunas cosas al ático. Y encontré algo. Pensé… pensé que tal vez te gustaría verlo.

Ahora Seijuurou se sentía más confundido que nunca. El ático funcionaba como trastero, donde iban a parar todas aquellas cosas que habían perdido su utilidad pero que por alguna razón, se resistían a deshacerse de ellas. O mejor dicho, su madre se había resistido: ella era quien había insistido en conservar algunas de las prendas de bebé y los primeros juguetes de su hijo, en guardar cajas y cajas con souvenirs y amuletos, en apilar álbumes de descoloridas fotografías. Su padre siempre había sido de naturaleza más pragmática y Seijuurou sospechaba que de tiempo en tiempo les ordenaba a los criados que se deshicieran de los trastos inútiles en el ático.

De más estaba decir que él mismo no había puesto los pies allí desde hacía años, desde una tarde de lluvia en que su madre le había propuesto jugar a las escondidas en uno de sus raros ratos libres.

Una tarde no muy diferente a aquélla, y al pensarlo sintió algo apretándole el pecho.

La lluvia sería la misma, tal vez.

Él no.

—Estás haciendo mucho misterio al respecto, Tetsuya. ¿Qué puede ser tan importante?

Tetsuya se mordió el labio.

—Creo… no, estoy seguro de que deberías verlo por ti mismo.

Intrigado, Seijuurou siguió a Tetsuya por los largos pasillos y luego por la empinada y estrecha escalera que llevaba al ático, al que encontró tal cual lo recordaba: igual de polvoriento, la luz mortecina de una única lamparita, el mismo techo bajo, ahora más incómodo que nunca. A primer golpe de vista encontró muebles de buena calidad pero que habían pasado de moda, tapices y alfombras, cajas con inscripciones como "porcelana inglesa" o "jarrón de la tía Hisoka", libros y álbumes de fotos apilados, todo cubierto por una capa de polvo.

La única excepción, unas pocas cajas: por el rastro dejado en el suelo supo que habían sido arrastradas recientemente de su lugar original y limpiadas a las apuradas, las marcas de los restos de polvo aún sobre ellas. Seijuurou adivinó que allí se encontraba lo que Tetsuya deseaba enseñarle y, con cuidado de no ensuciarse, se acuclilló junto a la caja que le quedaba más cercana y la abrió. Bajo un envoltorio de papel azul encontró una tela de seda, y al desenvolverlo descubrió un traje vuelto familiar por fotografías vistas hacía mucho tiempo.

Era el traje de boda de su madre.

Sintió una hiedra enredándosele en la garganta.

—¿Cómo…? —Tragó saliva, o lo intentó —. ¿Cómo supiste dónde encontrarlo?

Tetsuya, por toda respuesta, señaló el costado de la caja y oh: allí estaban, en tinta negra, los familiares kanjis del nombre de su madre.

Shiori.

Un nombre que había dejado de pronunciarse, de escribirse, pero nunca de pensarse.

Con un sobresalto, se dio cuenta que aquellos kanjis habían sido trazados por la mano de su padre.

Otra caja contenía algunos vestidos de fiesta, un fabuloso kimono con dragones, y también un suéter azul con los puños deshilachados que su madre adoraba usar de entrecasa. En una de las cajas encontró las acuarelas con las que su madre se entretenía en sus raros ratos libres y ante sus ojos aparecieron playas de acantilados escarpados y mares verdiazules, jardines de flores multicolores y también su propio rostro, trazado en el papel por el pincel de su madre. Aquella otra caja guardaba sus libros favoritos, algunos de hojas amarillentas y tapas roídas por el roce constante de sus dedos; ésta contenía las fotos, aún en sus marcos, que alguna vez habían ocupado un sitio de honor en las paredes y repisas de la mansión. Encontró los libros de recetas de su madre, entre sus hojas entremezcladas páginas arrancadas de incontables cuadernos cubiertas con su precisa caligrafía describiendo sus propias invenciones culinarias; encontró también, enrollado y atado con una cinta azul, su diploma de la universidad.

¿Podía toda una vida entrar en un montón de cajas? ¿Podía mero cartón conservar tantos recuerdos?

Cuando las cajas estuvieron por fin vacías, él y Tetsuya siguieron buscando por el ático hasta que detrás de un pesado armario de caoba, cuidadosamente envuelto, encontraron el retrato al óleo de su madre. Sus ojos se encontraron con los suyos después de tanto tiempo y allí se veían tanto más vivos, tanto más reales que en las fotografías.

—Era hermosa —susurró Tetsuya y él asintió, aunque le era una palabra ajena para describir a su madre. Tal vez había sido hermosa, pero para él era una voz dulce cantándole al oído, una mano cálida sobre su frente, una sonrisa sombreada por un parasol, cabellos suaves meciéndose en la brisa.

Entre los dos volvieron a acomodar las cosas en sus cajas, con la excepción de algunos libros, unas cuantas fotografías enmarcadas, el suéter azul y las acuarelas, los cuales llevaron al cuarto de Seijuurou. Y luego entre ambos cargaron el retrato y como no pudieron colgarlo, lo pusieron con cuidado sobre una silla de modo que pudiera contemplarse desde la cama. Allí se acostaron los dos un momento, los músculos agarrotados tras el esfuerzo, sus ojos nunca despegándose de la sonrisa dulce de Akashi Shiori.

—A mi padre le gustaban los libros de aventuras y los westerns —comentó Tetsuya en una voz tan queda que apenas se impuso sobre el golpeteo constante de la lluvia contra los cristales —. Le gustaban los dulces, pero odiaba las bebidas colas: no tomaba nada con burbujas, como yo. También le encantaban los perros. Y siempre me decía que aunque las cosas no salieran a la primera ni a la tercera, si valían la pena entonces merecían que uno lo siguiera intentando, por difícil que fuera.

Seijuurou asintió, sin mirar al muchacho acostado a su lado. Dejó que las palabras de Tetsuya le alcanzaran mientras iba desgranando los recuerdos del padre que había perdido, y él quiso corresponderle, a pesar de la enredadera de hiedra y espinas que le atenazaba la garganta tras un silencio autoimpuesto por meses y meses.

—Guardé un frasco vacío del perfume de mi madre bajo la almohada por meses hasta que dejó de oler como ella.

Su voz se quebró en la última sílaba, con el sonido húmedo de las lágrimas a duras penas contenidas por la fuerza, y sintió dedos cálidos entrelazándose con los suyos, un apretón suave, un recordatorio de que no se encontraba allí solo bajo la mirada de su madre.


El instructor pareció armarse de paciencia.

—Akashi-kun, no hay nada que temer. Esta pista está ideada para principiantes, su pendiente es casi llana.

—No tengo miedo —objetó, sin importar cómo sus manos agarrotadas alrededor de los palos de esquí contradecían sus palabras.

El hombro no resopló, pero tenía el aspecto de querer hacerlo. Eso y abandonar a Seijuurou por cualquier otro alumno que le diera menos quebraderos de cabeza.

—Empezaremos por lo más sencillo, ¿de acuerdo? Si quieres frenar, pones los esquíes así – no, así no, así – ahí está mejor. Ahora sólo queda deslizarse.

En el tiempo que el instructor había perdido explicando y tranquilizando a Seijuurou –en un esfuerzo que parecía cada vez más fútil– Tetsuya y Kasumi-san se deslizaron y volvieron a subir por la ligera pendiente unas cuantas veces. De vez en cuando, los ojos de Tetsuya se desviaban hacia las aerosillas que llevaban a los esquiadores experimentados hasta las pistas de verdad. Tetsuya y Kasumi-san, acostumbrados a esquiar desde hacía años, sin duda se habrían encontrado allí, subiendo hacia la cima, si no hubiesen decidido incluirlo a él en su excursión anual a las montañas. Kasumi-san aprovechó la coincidencia de un viaje de negocios con las vacaciones escolares de invierno para convencer a su padre de organizar una excursión familiar. Seijuurou estaba seguro de que su padre respondería con un no rotundo, pero para su sorpresa cedió, siempre y cuando su hijo se comprometiera a mantenerse al día con todos sus estudios durante el viaje.

(Era muy posible que, en lo que se refería a su hijastro, ya hubiese arrojado la toalla y abandonado todas sus exigencias).

No se unió en ningún momento a su familia durante las excursiones, encerrado todo el día desde la mañana temprano hasta bien avanzada la noche en reuniones de negocios, pero ni Kasumi-san habría esperado otra cosa. Los ayudó a prepararse para la excursión a las pistas de esquí sin ninguna mención a su esposo ausente, y en sus movimientos y los de Tetsuya podía percibirse un ritual llevado a cabo muchas veces a lo largo de los años.

Tetsuya debía de estar aburriéndose de muerte en aquella pista.

Pero al regresar junto a Seijuurou sonrió, sin malicia ni burla alguna.

—¿Te lanzas conmigo esta vez, Seijuurou?

Seijuurou miró la pendiente –tan leve y a la vez, tan ajena a su control– y luego a los esquíes, de apariencia tan endeble. Apretó los dientes y asintió.

Un Akashi no se rendía.

Los ojos del mismo color del cielo despejado relampaguearon y Tetsuya se inclinó hacia adelante, listo para arrojarse. Seijuurou imitó sus movimientos fluidos tan bien como pudo y entonces, un último impulso hacia adelante.

Voló, o así le pareció, pendiente abajo y Tetsuya pasó por su lado como una exhalación. Le ganó distancia con rapidez y Seijuurou apretó los palos con renovada fuerza.

Un Akashi no perdía.

Los clavó en el suelo y se impulsó hacia adelante tan fuerte como fue capaz, su cuerpo inclinado en batalla contra la resistencia del viento helado, un solo pensamiento: no quedarse atrás.

Tetsuya se deslizaba sobre la nieve plana con la fluidez de años de entrenamiento, sin necesidad de pensar en sus movimientos, los palos y esquíes una extensión natural de su propio cuerpo. Seijuurou en comparación se sentía un pato andando sobre barro pero no por nada había logrado aventajar a todos los demás chicos en el club de básquet a pesar de su baja estatura. Sus ojos captaron el entorno y los movimientos de Tetsuya y de los demás esquiadores; su mente los memorizó y los reformuló. En un instante de claridad, sabía perfectamente cómo moverse, cuándo hacerlo, como si lo hubiese estado haciendo desde la cuna.

Empezó a ganar velocidad, acercándose cada vez más a Tetsuya, hasta alcanzarlo, hasta pasarlo. El viento silbaba en sus oídos, le golpeaba el rostro con sus dedos helados allí donde no le cubrían la ropa y las antiparras, pero la nieve dejó de ofrecerle resistencia, los esquíes dejaron de trabarlo en su paso. Sonrió, el corazón latiéndole igual que cuando pegaba el salto y lograba encestar esquivando a los demás jugadores, el mismo calor recorriéndole las venas, la misma libertad despegándolo de sí mismo y de todas aquellas cosas siempre anclándolo en el suelo.

Y entonces tal vez se distrajo (imposible), tal vez calculó mal el siguiente movimiento, tal vez no percibió una ligera irregularidad en el terreno y antes de darse cuenta de lo que sucedía, literalmente voló por los aires y cayó en una pila desordenada de piernas, brazos, palos, esquíes y treinta kilos de ropa de invierno. No sintió dolor, demasiado shockeado aún, hasta que Tetsuya, incapaz de frenar tan de súbito, chocó contra él y se le cayó encima para arrebatarle la última bocanada de aire de los pulmones. Escuchó junto a su oído los jadeos de Tetsuya y, con absoluta incredulidad, cómo esos jadeos se transformaban en risas ahogadas, risas que pronto escaparon de sus propios labios aunque podía sentir los moretones formándosele en el momento.

Más tarde, los pies calentándose junto a la chimenea en el refugio, los dedos temblando aún alrededor del tazón de chocolate caliente, Kasumi-san los reprendió por su descuido y Tetsuya, tú ya sabes lo que no tienes que hacer. Su tono conservaba su suavidad habitual pero había una tensión severa en sus cejas y los chicos se apresuraron a disculparse y prometer mayores recaudos en el futuro. Cuando Kasumi-san se marchó a buscarse otra taza de té, sin embargo, vio cómo los labios de Tetsuya temblaban. Alzó las cejas a modo de pregunta.

—Realmente no puedes salir segundo en nada, Seijuurou, ¿verdad?

La risa bailaba en sus ojos claros, tiraba de la comisura de los labios en un gesto que en Tetsuya era casi una carcajada.

—Por supuesto que no.

Le llevaría algún tiempo a Tetsuya comprender la genuina y absoluta seriedad de sus palabras, a un precio muy alto tal vez.


A veces, cuando las hojas cambiaban de color en los árboles sin que él lo notara, la lista de deberes incrementándose inexorablemente, Seijuurou tenía una extraña sensación de desapego. Por momentos, era como si sus acciones no las realizara él mismo, como si sus brazos y piernas respondieran a alguien más. Por momentos, le parecía verse por fuera de su propia piel; por momentos, miraba al espejo y no terminaba de reconocer su propio rostro.

Entonces Tetsuya le preguntaba si quería jugar un rato al básquet o Kasumi-san dejaba caer una caricia distraída sobre sus cabellos y la sensación parecía disiparse y cuando respondía, era otra vez Akashi Seijuurou.

¿Quién más iba a ser?