Tercera parte

Llovía, las gotas golpeando con un repiqueteo rítmico en los cristales; el cielo gris plomizo oscureciéndose fuera. Aquel rincón de la biblioteca se encontraba desierto, acorde a sus preferencias.

Como capitán del equipo de básquet y presidente del Consejo Estudiantil, con la consecuente (aunque siempre extraña) popularidad que su posición acarreaba, eran raros y valiosos los momentos que podía conservar sólo para sí. Aun en su dormitorio carecía de absoluta privacidad: ni siquiera un prodigio como él podía conseguir una habitación individual como novato en Rakuzan.

Aquel rincón de la biblioteca fue pronto reconocido como su pequeño reino particular y hasta los alumnos mayores le hacían lugar cuando lo veían llegar. Ni siquiera Reo o Kotarou se atrevían a molestarlo allí.

(En cuanto a Eikichi, era bastante dudoso que alguna vez hubiese puesto los pies por aquellos lares).

Un pesado tomo de Historia sobre sus rodillas. La Segunda Guerra Mundial: tema espinoso si los había. Y sin embargo, cada palabra que leía confirmaba el lema inculcado por su padre. La victoria era absoluta y sólo los vencedores escribían la historia, sólo ellos podían declararse dueños de la verdad y la razón.

En suma: no importaba cuántos civiles incineraras, siempre y cuando acabases del lado de los vencedores y pudieras declarar, sin ningún atisbo de incertidumbre, que era lo necesario.

La lluvia golpeaba cada vez con más fuerza contra los cristales, rompiendo con su ritmo sosegado; el ulular del viento atravesaba las ventanas cerradas. Seijuurou, inmerso en su lectura, permaneció ajeno a todo hasta que el primer trueno rasgó el hilo de sus pensamientos.

Sus dedos apretaron las tapas del libro, sus músculos súbitamente en tensión.

El celular, terminantemente prohibido en la biblioteca, había quedado varado en su habitación, en el extremo opuesto del edificio.

Podría haberse levantado para ir a buscarlo. Podría haber llamado a un número que no había marcado en meses; podría haber esperado, el tono de llamada de contrapunto a los truenos retumbando afuera; podría haber vuelto a escuchar una voz acallada hacía mucho tiempo; podría haber intentado ofrecer palabras de calma en un tono mesurado.

Permaneció en su butaca, los ojos fijos en el libro, hasta que el bibliotecario, en tono amable pero categórico, lo invitó a retirarse.


Tras la victoria en el Torneo Intercolegial, el entrenador anunció que los entrenamientos del equipo de Rakuzan se doblarían. Hubo algunas miradas de desasosiego y murmuraciones por lo bajo, prontamente acalladas tras un leve alzamiento de cejas por parte del capitán.

A la primera división le quedó muy claro durante el Intercolegial lo que su capitán esperaba de ella, y ninguno de sus jugadores estaba dispuesto a caer por debajo de sus expectativas.

No eran suicidas.

A diferencia del Intercolegial, durante el cual los tres Reyes sin Corona raras veces jugaron juntos a la vez en el mismo partido, y el propio Seijuurou no lo hizo en ningún momento, la Copa de Invierno plantearía otro tipo de desafío. Los jugadores promedio de la primera división no estarían a la altura, así que Seijuurou decidió dedicar su atención al que sería el equipo titular en el próximo torneo. Eikichi y Kotarou por lo general tenían energía de sobra para gastar, sobre todo si el primero se había dado un atracón de carne: no recibió queja alguna de su parte por el entrenamiento extra. Reo frunció la nariz, con seguridad más por melodrama que porque realmente se opusiera. A pesar de todos sus aires de prima donna, trabajaba más duro que nadie en el equipo. Eso no le impidió decir, con cierto retintín:

—Sei-chan, no sé si te percataste de ello en medio de la entrega de medallas y demás, pero ganamos el Intercolegial. Y lo ganamos fácil.

(Reo, como el estereotipo de treceañera que le gustaba interpretar, tendía a los apodos ñoños y a remarcar una de cada tres palabras).

Kotarou contuvo la respiración con una exclamación ahogada (hasta cuando intentaba mantener silencio era ruidoso), y Eikichi se tragó un eructo, los ojos de ambos muy abiertos. Reo logró sostenerle la mirada sin retroceder cuando Seijuurou se volvió para clavar sus ojos en él.

(Aunque no pudo evitar tragar saliva).

Seijuurou habló, como siempre, con voz pausada, en tono suave. La verdadera autoridad no requería alzar la voz.

—La Copa de Invierno no tendrá nada que ver con el Intercolegial. Allí la mayoría de nuestros enemigos fueron barridos del tablero antes de que pudiéramos enfrentarnos a ellos, y Daiki fue relegado al banco.

—¿Por eso le pediste al gigante que no jugara contra nosotros?

—Atsushi nunca ha podido ganarme y lo sabe. No existió un desafío para Rakuzan en ningún momento.

—No consideras a ningún equipo en que no esté uno de tus ex compañeros un desafío, ¿verdad?

—¿Acaso tú sí?

En los rostros de los tres se dibujó una expresión tormentosa, el recuerdo de sus derrotas contra Teikou aún reciente, aún supurante. Fue respuesta suficiente.

—Gracias a la categoría especial de este año, será la primera y la última vez que los seis equipos se enfrentarán en la Copa de Invierno. Nuestra victoria debe ser absoluta, cualquier error o desliz será imperdonable.

—…¿los seis? —murmuró Kotarou a Eikichi, quien se encogió de hombros. Reo puso los ojos en blanco y amagó con darle un codazo antes de pensárselo mejor.

—El sexto es el equipo de tu chico fantasma, por supuesto.

La voz monocorde de Chihiro tenía, tal vez, un leve tinte sardónico. Los otros tres dieron un respingo: al parecer habían olvidado que el chico de tercero estaba allí, recargado contra una columna, desde el inicio de la reunión. Tendía a sucederles a menudo.

Seijuurou lo consideraba prometedor.

Era probable que Chihiro lo considerase de otra forma.

Sus ojos grises se clavaron en los suyos, más opacos que nunca.

—¿Realmente crees que vaya a lograrlo? Digo, Touou lo aplastó de manera bastante fea la última vez, si mal no recuerdo.

Seijuurou sonrió, y los tres Reyes sin Corona dieron un paso atrás sin vergüenza alguna.

—Tengo la certeza de que, llegado el momento, Tetsuya entrará al campo de batalla como todos los demás. Y mis certezas son absolutas.

Ninguno iba a rebatir eso.

—Con toda seguridad, Chihiro, tendrás tu oportunidad para medir tus fuerzas contra el modelo original.

El chico entrecerró los ojos, sus cejas dos líneas paralelas sobre su frente, los brazos cruzados sobre el pecho.

—No estoy aquí para lidiar con tus problemas personales y convertirme en tu pececito dorado de repuesto.

Seijuurou, en verdad, no comprendió la referencia de Chihiro, probablemente sacada de alguna de las novelas ligeras que leía, pero el significado entre líneas era fácil de captar. Ignoró la exclamación ahogada de Reo y avanzó un par de pasos hasta encontrarse en la esfera del espacio personal de Chihiro. Por lo general, acortar la distancia era una ventaja intimidatoria para el más alto: no así cuando involucraba a Seijuurou.

—No, tu función no es convertirte en el reemplazo del modelo antiguo. Tu función es sobrepasarlo. Y para lograrlo, tendrás que entrenar más que nadie.

Chihiro apretó los labios.

—Estoy dispuesto a hacer lo que tenga que hacer para jugar en la cancha y ganar, lo sabes. Pero no voy a ponerme en el lugar de nadie más sólo porque extrañas tu casa o algo por el estilo, ¿está claro? No me voy a sacrificar por el equipo: si puedo hacer el tanto yo, entonces no voy a pasar la pelota, ya te lo dije.

—Y lo dejaste muy claro, además —remarcó Seijuurou, en un tono que hizo que el chico de tercero cerrara la boca y apretara sus labios aún más, si cabe —. Soy consciente de lo diferente que eres a Tetsuya, y esas mismas diferencias son las que te llevarán a superarlo. Ahora, sin embargo, mejor será que empieces a practicar cuanto antes, ¿no te parece?

No era una sugerencia, y ninguno de ellos lo tomó como tal.

En el entrenamiento Seijuurou hizo que Chihiro se concentrara en coordinar sus pases con los otros tres aunque, fiel a su palabra, no dudaba de lanzar al aro si tenía la oportunidad. Seijuurou no tenía nada que objetar, mientras cumpliera su función principal. De cuando en cuando, alguno de los otros tres no podía disimular la sorpresa cuando recibía un pase que parecía haber seguido una trayectoria imposible, la pelota materializándose de la nada misma. Un recuerdo flotaba en las aguas pantanosas de su memoria, en aquel rincón de su mente cerrado bajo siete llaves, donde yacía, relegado, aquella otra parte de su persona, hacía mucho ya descartada. Un recuerdo de miradas extrañadas, exclamaciones de sorpresa, una leve sonrisa satisfecha esbozándose, apenas, en un rostro de porcelana. Un recuerdo fútil, perteneciente a otra persona, al chico que nunca volvería a ser, a todo aquello que debía hacer a un lado de una vez por todas.

Había un fantasma en aquel gimnasio y no era Mayuzumi Chihiro.


Una importante reunión de accionistas se llevaría a cabo en las oficinas centrales del conglomerado Akashi, y su padre se mostró casi impresionado cuando Seijuurou manifestó su deseo de asistir.

—¿Y el colegio?

—Hablaré con los profesores para aclararles la situación, pero una inasistencia no perjudicará en absoluto mi promedio.

Su padre no tenía razón alguna para dudar de su palabra, y Seijuurou tomó el tren bala hacia Tokio, cargado con libros que no precisaba leer.

La asistencia a este tipo de reuniones era vital para su preparación como sucesor de su padre, bastante más de lo que vería en clase en un día.

La reunión también coincidía, con diferencia de unas escasas horas, con los partidos que definirían los equipos que irían a las Nacionales en representación de Tokio.

Shuutoku dejó fuera del tablero a los antiguos Reyes del Oeste, con un cómodo resultado de 112 a 81. Seijuurou no habría esperado otra cosa. En la otra cancha la situación resultó más compleja, pero los números 76-70 declararon la victoria en favor de Seirin. Los ojos de Seijuurou siguieron mucho más de cerca aquel partido. Vio los hilos de la telaraña tejiéndose alrededor de los talones y las muñecas de los jugadores de Seirin sin que ellos se dieran cuenta, los vio uno a uno caer en la trampa, enceguecidos como estaban por la furia, la frustración. Cada golpe y codazo enmascaraba el movimiento de las fichas en el tablero, y para cuando se percataron era demasiado tarde.

O lo habría sido, de tratarse de cualquier equipo que no contase con Tetsuya.

Nunca logró despertar en su hermanastro más que un interés pasajero en el Shogi o el ajedrez. Tetsuya poseía cierta habilidad estratégica, pero nunca pareció saber –o querer– aplicarla a aquel tipo de juegos. Después de todo, sólo existía un juego en el mundo capaz de fascinarlo, con la exclusión de cualquier otro. Cuando el tablero del juego era de parquet, entonces se desplegaban todas las habilidades de Tetsuya. Y la gente solía olvidar con demasiada facilidad que, por todo lo que desviaba de sí mismo las miradas, su principal talento consistía en mirar a los demás y ver.

Tetsuya nunca se interesó por el Shogi o el ajedrez pero, de haberlo hecho, habría sido una competencia más cercana a pisarle los talones que Shintarou.

Con cada pase imposible, inesperado (inesperado la palabra clave, a juzgar por las caras de sus propios compañeros), Seijuurou vio cómo Tetsuya deshacía cada uno de los hilos de la telaraña, para desconcierto de quien la tejiera. Habría sonreído, tal vez, ante una estrategia impecablemente ejecutada –pero reconoció algo en el rictus del capitán de Kirisaki Daiichi, algo que tejió su propia telaraña helada en sus venas. Había visto esa expresión dibujada en otros rasgos: aquella misma frustración, aquella misma furia a punto de desbordar, aquel mismo brillo peligroso en las pupilas. Había olvidado el nombre, sí, mas no el rostro, de ese par de mellizos –sobre todo de aquel que alzó los brazos para clavarle un codo en la sien a Tetsuya.

Con una horripilante impresión de déjà vu, vio al capitán alzar la pelota con los dos brazos en alto y luego, bajarlos súbitamente en diagonal, justo en dirección al rostro de Tetsuya.

Pero lo que Tetsuya carecía de reflejos lo había ganado en experiencia y esquivó el codazo, aunque por poco.

Seijuurou salió del estadio mientras Seirin continuaba celebrando en la cancha, pero no se marchó demasiado lejos.

Logró ubicarse en un lugar estratégico para esquivar las miradas de terceros, en particular las de Shuutoku y Seirin. Ya se enfrentaría a ellos a su debido momento. Esperó, con calma, porque no tendría sentido alguno ofuscarse y errar todos los tiros como el capitán de Seirin. El equipo de Kirisaki Daiichi no tardó en abandonar los vestuarios: no tenían, después de todo, un entrenador que pudiera reprenderlos o señalarles sus errores, ¿y qué más le quedaba a su capitán salvo mascullar maldiciones?

La gente que optaba por maldecir al destino o a otros por los fallos en sus propios planes le merecía el más absoluto desprecio.

—Hanamiya Makoto, ¿verdad?

El muchacho se sobresaltó, aunque la voz de Seijuurou apenas se elevó por encima de un susurro. Tal vez porque, a sus ojos, Seijuurou parecía haberse materializado de las sombras del corredor.

(Tal vez tuviera un cierto gusto por las entradas melodramáticas. Cumplían su propósito).

Le llevó un momento considerable borrar el desconcierto de sus rasgos para reemplazarlo con la máscara de desdén habitual.

—Pero si es el mismísimo Akashi Seijuurou, el antiguo capitán de la Generación de los Milagros y ahora capitán del mismísimo Emperador de toda la creación o lo que sea —Se pasó la lengua por los labios —. Me siento honrado de que tan encumbrada personalidad conozca mi nombre.

—Oh, conozco los nombres de todos los Reyes sin Corona. Después de todo, son los únicos que casi fueron una competencia para Teikou.

Un rictus torció su boca, el cual intentó disimular con una sonrisa desdeñosa.

—No estamos más en la escuela media, niñito prodigio. Quizá deberías andar con algo más de cuidado.

El tipo de pelo engominado, aquel que había actuado como su segundo al mando durante el partido, avanzó un par de pasos en silencio, tan sólo para poder mirarlo desde arriba. Con su altura y su mirada torva, no precisaba nada más para resultar intimidante.

A alguien como Seijuurou, quien compartió equipo con Atsushi y era más bajo que casi todos los jugadores que conocía, la maniobra más que intimidarle, le producía algo de vergüenza ajena.

—He visto tu mejor juego en acción —respondió, sin ceder un solo paso de terreno —y aunque interesante de ver, a modo educacional, no hay nada en tu estrategia que pueda considerar digno de temer. Repugnante, tal vez. ¿Temible? Tienes que hacer algo que Tetsuya no pueda desbaratar en meros minutos para impresionarme, y no creo que poseas lo que hace falta.

Los ojos grises relampaguearon debajo del flequillo oscuro y casi, casi podía percibirse un leve tinte rosado extendiéndose por las mejillas cenicientas.

—Mocoso, puedes creerte el emperador del puto universo, pero cuando acabo con ellos, todos los niños prodigio no son más que chatarra, no importa qué tan genial pienses que eres. Si me vas a venir a echar un sermón—

Seijuurou empezó a aburrirse. Sabía cómo concluiría aquella conversación.

Alzó una mano para interrumpirlo y, algo sorprendido, Hanamiya lo hizo.

—Me malinterpretas. No es una cuestión de moral o de juego limpio o ninguna de las cosas que pudo haberte echado en cara Tetsuya. Mi desprecio es de una naturaleza muy diferente.

Esta parte siempre era un poco más compleja sin una pelota en la mano, sin el ritmo acelerado del juego. Sin embargo, no era su primera vez. Hizo un amague a dar un paso adelante, luego atrás, cambiando el centro de gravedad de su cuerpo. La atención natural de Hanamiya a los movimientos ajenos fue su propia perdición: sin notarlo, su cuerpo empezó a moverse en consonancia.

Un paso más, y Seijuurou pasó caminando por entre el capitán y su compañero de pelo engominado, dejándolos a ambos caer al piso con una expresión de desconcierto, reflejada en las caras del resto del equipo, demasiado estupefactos para hacer otra cosa que dejarle pasar.

—Es tu mediocridad, más bien, lo que me ofende.

—¿Qué mierda…?

—Podría enumerar todas las maneras en que podría desbaratar tu tela de araña sin dificultad —continuó Seijuurou, sin mirar atrás, mientras se alejaba por el pasillo —. Pero dudo mucho que alguna vez lleguen a las Nacionales, por lo que no vale la pena.

Regresó a Kioto en el último tren, la sangre aún latiéndole en las sienes, una furia sorda pulsándole en las venas y una sentencia de la voz que había tratado acallar todos aquellos meses: nunca sabrás la suerte que tienes de que Tetsuya te haya esquivado.


En los ojos de Tetsuya relampagueó una emoción que nunca antes habría imaginado dirigida hacia él: miedo.

Pero, ¿acaso qué esperaba? Seijuurou estaba seguro que Kagami Taiga tendría los reflejos necesarios para esquivar el filo de la tijera.

Y si no los tenía, ¿para qué debía Tetsuya seguir perdiendo el tiempo con él?


¿Quién eres?

Mayuzumi Chihiro no era Tetsuya y le había demostrado ya que nunca se le acercaría siquiera. Pero sus palabras encontraron eco en un recuerdo, en un gimnasio, tantos meses atrás, y unos ojos azul celeste reflejando una emoción parecida al espanto.

Qué pregunta absurda: ¿quién iba a ser, sino Akashi Seijuurou?

Pero el chico que se puso de pie no era exactamente el mismo que se dejara caer sobre el banco, derrotado, unos momentos atrás. Sus compañeros de equipo intercambiaron miradas, algo asustadas; el entrenador parecía desconcertado.

Sólo en los ojos de Tetsuya brilló el reconocimiento y, quizá, el alivio.

—Has vuelto, Seijuurou.

En su voz, una nota de maravilla, como si acabara de presenciar un milagro.

Pero si siempre has sido tú, Tetsuya, el que hacía surgir milagros de sus dedos pensó, mientras sonaba el silbato que indicaba el reinicio del juego.

Era el momento decisivo de su enfrentamiento, y Seijuurou sintió una extraña euforia burbujeándole en la sangre: otra vez era él, en control de su cuerpo, de su destino, y allí frente a él, impulsándolo a seguir hacia adelante, estaba Tetsuya. Como tenía que ser.

Como tendría que haber sido siempre.


Una vez le dijo a Shintarou—

—a Midorima—

—que no conocía la derrota. Recordaba la reacción del chico: la mirada de ojos entornados tras los anteojos, la arruga en su frente, como si creyera que Seijuurou se estaba burlando de él. Como si se estuviera jactando para provocarle. Nada más lejos de su intención: para él, sólo se trataba de un hecho irrefutable. Jamás había perdido, jamás había fracasado en nada que se propusiera. El segundo lugar le era desconocido.

A los catorce años (y a los quince) todas las evidencias parecían indicar que sería un hecho no sólo irrefutable, sino también irreversible. Aun así, Midorima le prometió que él le enseñaría lo que significaba la derrota, que un día sería él quien lo vencería: en Shogi, en básquet, en sus estudios, en algo.

Como tantas otras promesas, de ella sólo sobrevivieron palabras vacías.

Akashi Seijuurou era absoluto porque era invencible. Si las circunstancias se volvían desfavorables para la victoria, entonces descartaría todo aquello que se interpusiera en su camino, incluido a sí mismo, y vencería.

La historia la escribían los vencedores. La historia, también, contaba innumerables ejemplos de verdades absolutas e irrefutables vueltas añicos, ¿y no acababan los imperios más poderosos envueltos en cenizas?

Y extrañamente apropiado, también, que fuera Tetsuya el artífice de su derrota.

Tetsuya siempre había la excepción, quien creía en volver tangible lo imposible, quien siempre había superado todas las expectativas de Seijuurou.

Sentía una extraña pesadez en sus brazos y piernas, un zumbido en los oídos, una sensación de papel de lija en la garganta, una neblina enturbiando su mirada.

Así que, ¿esto era la derrota? ¿Éste era el gusto amargo del arrepentimiento?

Su mano se sintió de plomo cuando la levantó para ofrecérsela a Tetsuya. Rogó porque su voz no flaqueara, porque sus dedos no temblaran.

Tetsuya se lo quedó mirando, sus ojos resplandecientes de lágrimas que caían por su rostro, y por un momento, Seijuurou sintió miedo. Miedo a que Tetsuya le pagara con la misma moneda y se negara a estrecharle la mano como él hizo con Midorima; miedo a que le volviera el rostro y esta vez sí, saliera de una vez por todas de su vida.

¿No se lo merecería, acaso? De todas las personas a las que había lastimado, a ninguna había desgarrado como a Tetsuya, a ninguna había envenenado hasta sofocar el brillo en su mirada.

A nadie le dio tantas razones para rechazarle.

Los dedos de Tetsuya se cerraron alrededor de los suyos, porque Kuroko Tetsuya nunca dejaría de desafiar todas las expectativas.

Juguemos juntos otra vez. Y otra, y otra… cuantas veces quieras…

Y una vez más Tetsuya arrojó todas sus expectativas por la ventana: Seijuurou sintió un tirón en su mano, trastabilló y cayó hacia adelante.

—¿Qué carajo…?

Ése tenía que haber sido Eikichi, pensó Seijuurou al tiempo que impactaba contra el cuerpo de Tetsuya, quien le soltó la mano para rodearle el cuerpo con los brazos. Escuchó una exclamación ahogada, un chillido agudo inarticulado –Koutarou y Reo, seguramente– y después, la voz de Tetsuya en su oído:

—Has vuelto. Realmente has vuelto.

Sintió el calor húmedo sobre su hombro, donde Tetsuya hundía su rostro; más allá de él, veía a Seirin, algunos de ellos aún gritando y dando saltos, unos pocos mirando en su dirección, para apartar rápidamente la vista.

Ninguno parecía realmente sorprendido, aunque Kagami Taiga parecía querer horadarle la frente con la mirada.

Probablemente se lo había ganado.

Tetsuya temblaba, tal vez por las lágrimas, tal vez por el agotamiento, por la bajada de la adrenalina.

O tal vez porque Seijuurou no fue el único que sintió el terror a perderlo para siempre.

Allí, bajo los reflectores, bajo los flashes de las cámaras, en el medio del estadio donde tomó lugar la primera derrota de su vida, Seijuurou rodeó el cuerpo de Tetsuya con sus brazos y lo estrechó con fuerza, como si hubiera una tormenta estallando afuera y aquel fuera el último lugar seguro.

Si Tetsuya sintió también el calor húmedo de las lágrimas sobre su hombro, nunca se lo diría a nadie.


Si su espacio de almacenamiento hubiese tenido una cualidad física, el celular de Seijuurou habría estado a punto de estallar. Mensajes de Reo, quien parecía sentirse en la obligación de relatarle minuto a minuto todo lo que sucedía en el entrenamiento que se estaba perdiendo, con emojis y muchos signos de exclamación que imitaban bastante bien las expresiones de Eikichi y Koutarou. Mensajes de Kasumi-san con recomendaciones para el viaje y para recordarle que le avisara al llegar a Tokio, como si fuera la primera vez que tomaba aquel tren. Mensajes cruzados de todo su antiguo equipo de Teikou, con planes y sugerencias y fotos de cafés especializados en milkshakes de vainilla y quejas por el spammeo. Hasta algunos mensajes demasiado bien tipeados para provenir de Murasakibara, firmados por Himuro Tatsuya, todos referidos a dulces o comida, con alguna queja intercalada por tener que hacer semejante viaje para seguir jugando al básquet en un día libre.

Casi una docena de mensajes de Kagami Taiga, los primeros con su berrinche porque la Generación de los Milagros se robó el cumpleaños de Kuroko, después con pedidos de mantener entretenido al susodicho hasta que Seirin pudiera terminar de organizarle una fiesta sorpresa y más tarde con exigencias del tipo no se pasen de las 6PM! Seijuurou estaba muy, muy tentado de seguir la sugerencia de Aomine y dejar que Momoi o Kise lidiaran con él directamente. Con algo de suerte, le sangrarían demasiado los tímpanos como para seguir molestándoles.

De Tetsuya, un único mensaje, para que le avisara de su llegada para ir a buscarlo a la estación y desearle un viaje tranquilo.

Sus buenos deseos cayeron un poco en saco roto, con el tintineo constante de su celular (Reo le había cambiado el tono de llamada a una estridente canción k-pop. Reo lo pagaría corriendo alrededor de la cancha hasta que se le cayeran las piernas). Y también con la pequeña anciana sentada a su lado, quien con amabilidad férrea insistió en que Seijuurou le ayudara a desmadejar lana. Con los buenos modales demasiado atornillados en su cabeza desde edad temprana como para desairar a una persona mayor, Seijuurou hizo a un lado su libro y se sentó obediente con las manos en alto para que la señora pasara la lana entre sus dedos, mientras le narraba toda su historia de vida y él asentía a intervalos adecuados. Cada tanto tenía que disculparse para intentar atender su celular como podía con sus manos enredadas en lana, porque el intercambio de mensajes seguía imperturbable, a pesar de las amenazas de Aomine de arrojar su propio teléfono por la ventana si Momoi o Kise volvían a llamarlo.

Conociendo a Tetsuya, era más bien obvio cómo iban a terminar celebrando su cumpleaños, sin importar los planes de Momoi y Kise, pero ningún intento de persuasión lógica funcionaría a esas alturas.

—Mis amigos y yo estamos organizando un cumpleaños —le explicó a Saibara-san la quinta vez que tuvo que interrumpirla para atender un mensaje, esta vez de Midorima para informarles de la carta astral de Tetsuya —. Hace algún tiempo desde la última vez que nos vimos, así que están todos un poco… emocionados, por así decirlo.

Saibara-san asintió con benevolencia, volviendo a acomodar su lana.

—Es agradable que aún en estos tiempos los chicos de tu edad se esfuercen en celebrar cuando se reúnen. Deberías aprovecharlo al máximo, antes de que te llegue el reuma como a mí.

No supo muy bien qué responder a eso así que asintió, y otro mensaje de Kagami Taiga, esta vez para remarcarles que tampoco agotaran a Tetsuya, que no quería llevarlo a la rastra a su propia fiesta porque se había desmayado.

La respuesta de Aomine no habría sido apta para leérsela a Saibara-san.

La lana fue desmadejada, el tren llegó a Tokio y Seijuurou ayudó a Saibara-san a juntar sus cosas y descender del vagón.

—Gracias, Akashi-kun. Eres un sol.

(Podía imaginarse demasiado bien las caras de sus compañeros de equipo, del viejo y del actual, si escucharan a alguien llamarlo un sol).

—Y este joven de aquí debe ser tu amigo —observó, con más calma que la mayoría de la gente cuando Kuroko Tetsuya se materializaba de súbito ante sus narices.

Tetsuya estaba tan cubierto de capas de ropa que apenas se distinguían un par de mechones azul pálido escapándose de su gorro de lana, sus ojos y un poco de su nariz, roja allí donde no la cubría la bufanda de lana. El resto de su cuerpo era una masa informe de abrigos superpuestos y, alrededor de sus pies, luciendo un chaleco de lana azul, trotaba Nigou para mantenerse en calor.

—Saibara-san, éste es mi hermano, Tetsuya. Tetsuya, ella es Saibara-san, viajó junto a mí desde Kioto.

Con cierto esfuerzo para moverse, Tetsuya la saludó educadamente, mientras la anciana lo contemplaba pensativa.

—Se parecen un poco, en la mirada sobre todo. ¿Cuánto se llevan?

La bufanda cubría la mitad de su rostro pero en sus ojos azul pálido pudo adivinar una sonrisa cuando Tetsuya, en tono muy formal, le respondió:

—Nos llevamos un mes y once días, Saibara-san.

La señora pestañeó.

—…menudo parto tuvo su pobre madre —murmuró por lo bajo mientras Seijuurou se mordía el labio para no reír.

Dejaron a Saibara-san en custodia de su hija de mediana edad, quien también le agradeció y lo llamó "un sol" (la risa chispeando en la mirada de Tetsuya) y abandonaron la estación. Nigou corría delante de ellos, retrocedía para enredarse entre sus pies e ignoraba cualquier intento de Seijuurou de darle una orden, para diversión silenciosa de su dueño.

Algunas cosas cambiaban muy poco.

Otras, sin embargo…

Seijuurou echaba de tanto en tanto miradas de reojo al perfil de Tetsuya bajo la luz débil del sol escurriéndose entre las nubes, tan parecido al rostro familiar que había conocido, y tan diferente.

¿Conocía a Tetsuya? Alguna vez, podría haber respondido que sí. Alguna vez, cuando jugaban a las escondidas en interminables soirées de negocios, cuando se refugiaban bajo una manta en una noche de tormenta, cuando se sacudían entre risas tras una caída en la pista de esquí. Cuando Seijuurou lanzaba una mirada a la otra punta de la cancha y Tetsuya la interceptaba y no necesitaban de palabras para entenderse; cuando habían compartido un idioma propio en sus silencios.

Ahora, en cambio, sus silencios estaban cargados de preguntas sin formular, de recriminaciones jamás pronunciadas en voz alta, de una distancia que Seijuurou no estaba seguro de saber franquear.

Todas sus interminables listas de lecciones y nunca le enseñaron a comenzar por un "lo siento".

Tetsuya ladeó apenas la cabeza, clavando sus ojos azules en él, casi el único rasgo de su rostro distinguible entre el gorro de lana y la bufanda. No tendría que haberle sorprendido: Tetsuya era aun de los pocos capaces de sostenerle la mirada sin inmutarse y el único, tal vez, en ser capaz de leerlo mejor de lo que Seijuurou podía leerlo a él.

—Me alegro que hayas vuelto a casa, Seijuurou.

La bufanda ocultaba su sonrisa pero la escuchó en su voz, y con esa facilidad que raras veces sentía, Seijuurou se la devolvió, sin pensarlo dos veces, sin titubear y calcular y recalcular.

—A mí también —dijo, sorprendiéndose a sí mismo, porque si alguien le hubiese preguntado (si alguien se hubiese atrevido), nunca habría dicho que sentía particular apego por la mansión de los Akashi o por Tokio. Otros niños sufrían el primer año en los dormitorios de Rakuzan, echando de menos su casa; él no.

Pero tal vez volver a casa no era revisitar una serie de pasillos y habitaciones con cuadros y muebles caros; tal vez, volver a casa fuera simplemente rencontrarse con aquellas personas con las que no tenía que hacer un esfuerzo por sonreír, con aquellas personas que habían aprendido alguna vez a ver más allá de sus máscaras y no lo habían olvidado.

Cuando Seijuurou le entregó su regalo y Tetsuya sonrió al desenvolverlo y encontrar el último tomo, recién salido de la imprenta, de la saga que estaba leyendo; cuando los ojos de Tetsuya se iluminaron como faroles al ver a su antiguo equipo esperándolo en una cancha de básquet, Seijuurou pensó que tal vez él tampoco había olvidado; tal vez, a pesar de todo, aún conociera a Tetsuya.

—¡Tetsu-kun!

—¡Kurokooooochiiiii!

—Ey, ustedes dos, córranse de en medio, estoy hablando yo con Tetsu.

—Kuro-chin, ¿podemos comernos tu torta de cumpleaños antes de jugar?

—Murasakibara, no. Nos va a dar un ataque.

Cuando Tetsuya le lanzó una mirada algo suplicante debajo de la enredadera de brazos en la que se encontraba atrapado y Seijuurou avanzó para rescatarlo de sus propios amigos, pensó que aún quedaban muchas cosas por decir, muchas heridas envenenadas por sanar. Nunca nada era tan sencillo como simplemente retomar una relación en el punto en que la dejaste antes de incendiar todos los puentes y dejarlos arder.

Pero, pensó también, con la sonrisa agradecida de Tetsuya cuando insistió en que empezaran de una vez a jugar (y nadie se atreviera, aún ahora, a contradecirle), ahora estaba, por fin, de vuelta en casa.