Y por fin llegamos al capítulo final… pero en esta actualización no se acaba la historia. Este capítulo se dividió en 4 partes ya que me quedo bastante largo. La segunda parte la subiré el próximo… bueno esta vez lo adelantare un poco, este sábado lo subiré a las 12 PM (tiempo de México).

Nos vemos en unos días.


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CAPITULO FINAL.

PARTE I

Umi se retiró el celular de su oído y cortó la llamada. Suspiró pesadamente, levantó la mirada hacia el nublado cielo nocturno deseando que todo saliera bien. Estaba recargada en la cajuela de su auto, bajó la mirada y observó la furgoneta blanca estacionada a pocos metros de distancia, mientras esperaba que Shigeru volviera, había sacado el aire de los cuatro neumáticos del vehículo.

Era una medida preventiva. Por si se daba el caso de que el mecánico se diese a la fuga no pudiera usar el vehículo. Umi era consciente de que eso no detendría al homicida, y probablemente terminaría forzando su automóvil y lograría usarlo aun sin tener la llave. Esa era la razón por la que le pidió a Shigeru que desconectara la batería y la ocultara en algún lugar cercano, esperaba que aquel movimiento les hiciera ganar tiempo.

El sonido de pisadas apresuradas acercándose llamó su atención, el joven Aizawa corría de vuelta de su misión para conseguir un arma, y lo que llevaba consigo era…

Una patineta.

El chico se detuvo a unos metros de ella y con ambas manos le mostró orgulloso su nueva adquisición. Umi arqueó una ceja en respuesta. Se formó un incómodo silencio que la escritora terminó rompiendo.

–¿Esa es el arma que conseguiste? –caminó rodeando su coche para llegar a la parte trasera.

–Bueno, era esto o ramas y piedras. –se quejó Shigeru– Además el dueño estuvo feliz de vendérmela. –argumentó como si eso realmente pudiera justificar su elección.

Umi se encogió de hombros– Supongo que si las cosas se ponen feas, puedes usarla para huir.

La escritora abrió la cajuela de su auto, sacó un objeto largo, rígido y delgado en una elegante funda azul, la retiró dejando a la vista un bokken. Por como relucía la madera, parecía nueva, aunque en realidad era bastante antigua; una reliquia familiar de los Sonoda, y debido a los constantes cuidados que se le daban era que se veía como recién fabricada.

El chico frunció el ceño– Usted definitivamente sabía a lo que venía. –dijo con tono de reproche y señaló la espada de madera en las manos de la mujer frente a él– Y en lugar de traer una pistola…

Umi lo interrumpió– ¿No sabes lo difícil que es conseguir un arma de fuego en Japón? –la escritora cerró la cajuela con su mano libre– Además aunque el tipo sea un monstruo no nos corresponde a nosotros ejercer justicia.

Shigeru apretó los dientes e intentó calmarse. Él quería desquitarse con Akira Kasuga por lo que le hizo a su hermana menor. Pero sabía que lo correcto era dejar que la policía se encargara, de todas maneras su final sería el mismo que el que él quería darle por su propia mano. Estaba agradecido de que en Japón existiera la pena de muerte.

–Bien. –murmuró el chico– ¿Ya le llamó a la policía?

La escritora asintió con la cabeza– Debo decir que mi contacto no estaba feliz. Se negó a ayudarnos hasta que no le conté todo.

–¿Eso quiere decir que no vendrá?

–Sí lo hará. –Umi comenzó a caminar– Pero va a tardar, apenas está en camino. No podemos darnos el lujo de esperar.

Shigeru asintió con la cabeza y fue detrás de ella.


Kotori caminaba de un lado a otro frente a la chimenea en la sala de una de las propiedades de la familia Nishikino. Estaba estresada y muy preocupada, no tenía noticias de la escritora desde que habló con Eli. Ya había oscurecido y eso sólo la puso más nerviosa, porque si Umi ya había descubierto al asesino, ya debería haberse comunicado.

¿Era posible que la escritora aún en ese punto pretendiera seguir con reglas del juego macabro del psicópata?

–Por supuesto que sí. –murmuró la diseñadora. Aquel horrible caso había obligado a su querida Umi a comportarse "raro", extrañaba a su amiga tímida y prudente. La que no allanaba casas y desenterraba restos humanos a petición de un correo extraño.

Para ese momento la castaña estaba extremadanamente sensible y comportándose de una manera que sorprendió a Nozomi y Nico, e incluso a Honoka quien la conocía de toda la vida. Al principio cuando intentaban tranquilizarla, la respuesta de la diseñadora fue positiva, pero no pasaba mucho en volver a su sombrío estado de ánimo, en algún punto sus repuestas se volvieron agresivas y decidieron dejarla ser.

Pero Nico, siendo como era no pudo tolerarlo más– Kotori, vas a hacer un hueco en el piso – le advirtió la artista desde donde estaba sentada en el sofá.

Su gesto de fastidio molestó a la castaña y la cuestionó–¿Crees que Maki-chan estuvo quieta y calmada cuando te secuestraron?

La reacción de Kotori tomó a la bajita desprevenida y por unos segundos, en los que nadie dijo nada, se quedó aturdida. Eli estaba sentada junto con Nozomi en otro de los sofás, justo frente a Nico observando la interacción entre sus amigas. Tenía una caja de pockys en su mano, sacó uno de ellos y lo mordió.

Como si eso hubiese sido una señal, la artista saltó del sofá y exclamó– ¡Lo que me ocurrió no fue opcional! –bajando su tono por completo– y Maki no sabía dónde estaba.

–Tampoco sabemos dónde está Umi-chan. –espetó la diseñadora. Honoka que estaba sola en otro de los muebles se removió incómoda sin dejar de mirar la pantalla de su celular. La actitud actual de Kotori la ponía ansiosa.

–¡No es igual! –se quejó la artista.

–Nico. –Maki se acercó a su pareja y puso una mano en su hombro.

–¿Qué?

–No estas ayudando. –murmuró la doctora. Mientras Nico respondía algo en el mismo tono, Eli y Nozomi decidieron intervenir.

–Kotori-chan. –la astrónoma se puso de pie y tomó las manos de su amiga– No puedo asegurarte que todo estará bien, ya que no lo sabemos pero…

La castaña corto el discurso– Pero nosotras podemos tomar la iniciativa de llamar a la policía.

–No. –intervino Eli– No podemos hacer eso, pondríamos en peligro a una niña.

–¿Qué? –preguntó Kotori confundida.

La rubia cerró la caja de pockys y la dejo sobre la mesa de centro– Eso fue lo que Umi me dijo la última vez que hablamos.

Kotori se liberó del agarre de la astrónoma, suspiró pesadamente y –por fin– se dejó caer en el sofá más cercano. Lo cierto era que no solo ella estaba nerviosa, todas lo estaban. Nico en especial, pues aquella situación estaba llevándola a "ese" sitio oscuro de su mente donde había encerrado bajo llave gran parte de sus memorias relacionadas con su secuestro. Por eso ella podía comportarse y relacionarse normalmente, fue la manera en la que pudo sobrellevar su trauma. Sólo en su arte podían verse las secuelas de ese episodio de su vida.

–Deberíamos ir a nuestro dormitorio. –le dijo Maki a Nico al notar lo pálido que se había puesto su rostro. La artista solo atinó a asentir con la cabeza.

La culpa invadió a Kotori mientras la pareja se retiraba de la sala. Ella sabía que su amiga tampoco estaba pasándola bien, y aunque era consciente de lo que sufrió en el pasado, su preocupación por Umi era tal que estaba nublando su juicio. No estaba filtrando bien sus pensamientos antes de abrir la boca y externarlos. Cuando todo terminara se disculparía con sus amigas y buscaría la manera de compensarlas.

De momento debía calmarse y hacer lo único que realmente podía.

Esperar.


Umi consultó la hora en su celular. No había pasado mucho desde la llamada que le hizo a la policía. El detective le dijo que se encontraba a dos prefecturas de distancia y que tomaría el camino corto. Aun así ella y Shigeru debían hacer tiempo, esperaba poder poner a la niña a salvo antes de que las sirenas de policía se escucharan en la zona. Le dijeron que mantuviera una distancia prudente y esperara, pero le era imposible seguir esas instrucciones.

Guardó su móvil y levantó la mirada, fijando sus pupilas en la estructura que se alzaba frente a ella; la casa de la familia Miyazawa.

La poca iluminación de la zona y el, en ese momento, inexistente flujo de gente, hacían ver tétrica la propiedad. Umi observó la zona dándose cuenta que había tenido razón, desde el tiempo en el que se cometieron los asesinatos el entorno no había cambiado mucho. Cuando la familia Miyazawa comenzó a vivir allí, había por lo menos otras doscientas familias. Si el 30 de diciembre del año 2000, el asesino se hubiese topado con ese panorama no hubiera podido salirse con la suya. Sin embargo unos meses antes de los asesinatos, el ayuntamiento había decidido expandir el parque detrás de la casa, el cual tenía años en funcionamiento, y la mayoría de vecinos ya se habían mudado para dar paso a la expansión. Para el último día de la familia Miyazawa, solo ellos, sus familiares y otras dos familias vivían en la zona.

Aquella fatídica noche era prácticamente un barrio fantasma.

Igual que en ese momento. Luego de 17 años, durante el día debía haber mucha actividad por el parque y las canchas. Pero a esa hora estaba desierto. Pasaba una que otra persona –los rezagados que esperaban hasta que los cuidadores los echaran– pero los lapsos de inactividad eran bastante prologados. En pocos minutos ya no quedaría nadie en la calle.

En un principio Umi pensó que llegar hasta esa casa sería mucho más difícil. Pero no, las únicas medidas que tomó la policía fue bloquear la calle de acceso con unos conos de plástico naranja y un par de barras de acero forradas de plástico amarillo con kanjis negros y una leyenda en inglés que decía "Keep out" en el centro. Uno de los conos había sido movido –imposible saber si recientemente– y se podía pasar sin problemas. Pero aun sin eso, el bloqueo era inútil, hubieran podido pasar por encima con facilidad.

Otra medida que tomaron fue cubrir los costados y también la parte trasera de las casas con una lona azul. El frente de la casa no tenía ningún tipo de bloqueo, ni estaba cubierto con algo, lo único que se hizo –Umi supuso que realizado por la familia de la esposa– fue poner un mueble de madera destartalado y podrido –que se encontraba en ese estado por estar a la intemperie– bloqueando el camino. La casa de los Miyazawa parecía un solo edificio, pero éste estaba partido por la mitad, volviéndolo más como un dúplex. Las casas no estaban conectadas por dentro, eso dejó a salvo de la masacre a las tres personas que habitaban el lado izquierdo de la propiedad.

No parecía haber movimiento adentro, aunque la verdad era difícil saber, pues todas las ventanas estaban cerradas, y las cortinas viejas y sucias de color gris, estaban corridas. En la ventana del segundo piso, un cortinero estaba doblado por el centro pero todo lo que se veía por ahí era oscuridad.

Shigeru caminó hacia la entrada de "la famosa casa de los asesinatos" y le señaló la cerradura a la escritora.

Estaba rota.

Cuando Umi se acercó, pudo notar que no era algo reciente. Se imaginó la cantidad de irrespetuosos y curiosos que habían visitado la casa, y probablemente también la vandalizaron.

–Vamos. –murmuró la mujer.

El chico asintió con la cabeza, tomó la manija y jaló la puerta. El rechinido de las bisagras viejas y oxidadas resonó por todo el interior de la casa, aquello provocó que los latidos del corazón de ambos se dispararan y la mayor casi entró en pánico, pero la mezcla de olores a húmedad, mugre y alcantarilla que venían del interior, hicieron que se le pasara rápido para dar paso a las náuseas. Umi se imaginó que aquella casa tenía mucho tiempo sin haber sido limpiada. Shigeru estaba acostumbrado, el taller mecánico a veces, sobre todo los días de verano, llegaba a oler de esa manera, por lo que entró en la casa primero seguido por la escritora.

El exceso de polvo era demasiado y Umi sintió muchas ganas de estornudar. Hizo todo lo posible por contenerse mientras el menor la observaba con un evidente gesto de pánico en su rostro. Con su mano libre, pues con la otra sostenía su bokken, se cubrió su nariz y boca. Esperó unos segundos, lo suficiente para estar segura de que la crisis fue superada. El chico suspiró aliviado y luego comenzó a escanear la estancia.

–¿Dónde estará? –murmuró Shigeru.

Umi lo pensó un momento mientras observaba un par de libreros vacíos y sucios, al igual que dos escritorios viejos. En aquel piso estaba lo que en algún momento fue una especie de oficina. Solo recordaba vagamente el caso, pues esos temas no eran algo que ella investigara por gusto. Recientemente por su situación leyó un poco sobre homicidas seriales, pero lo que sucedió en Setagaya no fue obra de un asesino de ese tipo, por lo que leer sobre la familia Miyazawa nunca pasó por su mente.

Observó las paredes atestadas de grafitis y luego desvió su mirada al frente donde estaban las escaleras que daban al segundo piso. Pensó en los Miyazawa; Mikio, Yasuko, Niina y Rei. Pensó en los reportajes policiales que llegó a ver sobre el caso en cuestión y recordó uno donde se hablaba sobre como la policía creía que ocurrieron los hechos. La casa constaba de tres pisos, y se dijo que en el segundo estaba el dormitorio de los niños, justo ahí encontraron a Rei de 6 años estrangulado, por eso supusieron que fue la primer víctima. Según la evidencia encontrada se cree que Yasuko, la madre y Niina de 8 años fueron atacadas en el desván mientras veían televisión. El ataque de ambas terminó en las escaleras que conectan el tercer piso con el segundo.

–En el desván. –concluyó Umi.

–Esto tiene tres pisos. –señaló el chico– ¿No podría estar en alguna otra habitación?

–No. –se apresuró a decir la escritora. Estaba segura de su razonamiento, Niina Miyazawa entraba perfectamente en el rango de edad de las víctimas de su fan loco y creía firmemente que ese factor era suficiente para hacerlo elegir ese lugar específico– Desván. –insistió.

El chico se encogió de hombros y comenzó a subir las escaleras con sumo cuidado, aun así no pudo evitar que los escalones crujieran a cada paso. Umi se apresuró a alcanzarlo, iba iluminando el suelo sucio tratando de evitar los tablones en peor estado. Al llegar al pie de la escalera se estremeció al notar una mancha oscura de buen tamaño a sus pies. Pasó la luz de la linterna de su celular por la pared y el resto de escalones notando manchas de salpicaduras de distintos tamaños y del mismo color. La escritora subió rápidamente los primeros escalones, pero se detuvo recordando su situación actual, se tranquilizó un poco y comenzó a subir con más cuidado. Había estado de pie justo donde la madre de Yasuko Miyazawa encontró el cadáver ensangrentado de su yerno, esa idea la alteró, afortunadamente logró recuperarse antes de causar algún ruido que alertara de su presencia –o eso esperaba–.

"Definitivamente nadie ha limpiado este lugar desde el crimen" pensó Umi, quería salir huyendo del lugar, pero teniendo en cuenta las posibles consecuencias de esa acción, reunió todo el valor que pudo y alcanzó a Shigeru quien ya la esperaba al final de la escalera.


Kasuga Akira estaba en el desván quieto y en silencio. En su mano derecha sostenía un bate de béisbol metálico que había llevado para jugar con la menor que secuestró.

Desde el momento en que la puerta principal se abrió –rechinando las bisagras– se puso alerta y estuvo pendiente de todos los ruidos de su entorno. En ese momento ya tenía sus niveles de adrenalina al máximo y al igual que algunos animales salvajes cuando cazan, sus sentidos se habían agudizado. Siempre que le dedicaba tiempo a sus víctimas le ocurría, esto era algo que le resultaba bastante útil, cosa que aprendió desde que era un niño y se ocultaba de sus padres luego de hacer alguna travesura. Quizás fue en ese momento en que le tomó gusto, se hizo adicto a la adrenalina. Luego de tantas décadas poniendo en práctica aquello, ya sabía cuando algún sonido era real y cuando era sólo paranoia debido a las acciones que estaba cometiendo. Era por eso que estaba seguro que la escritora ya había llegado. Esbozó una sonrisa, pero tan pronto como se formó, desapareció. Miró al sucio piso de madera donde yacía inconsciente la menor, tenía raspones, moretones y su brazo izquierdo estaba doblado en una posición imposible. Esta vez no pudo disfrutar mucho de su muñeca, quizás fuese lo mejor, la pequeña no resistió muchos golpes, su débil cuerpecito quedó fuera de combate justo cuando su brazo se rompió de un batazo.

Akira caminó a la entrada del desván, adoptó la posición típica de bateo y esperó.