Capítulo 4

Morinaga estuvo en el laboratorio durante unos cuantos minutos más, aun sin entender lo que acaba de suceder, porque su senpai había actuado como si no lo conociera, haciéndole sentir un desconocido en absoluto.

Había imaginado que lo recibiría con los brazos abiertos, que quizás esa separación entre ellos haría que se diera cuenta que estaban enamorados, pero quizás eso solo era una ilusión que Morinaga se permitía tener, sin embargo la realidad volvía a azotarlo. Su senpai… ¿Estaría dispuesto a terminar todo lo que habían iniciado? Morinaga no deseaba eso, pero por más que se negaba a dejarlo una parte suya le decía que lo dejará ir.

"Has afrontado mucho Morinaga…" gimió en su pensamiento.

Y era verdad, había superado muchas cosas. Había dado todo para estar al lado de su senpai, quizás era tiempo de tirar la toalla.

Entonces tomo las cosas que había llevado, y las apretó en su puño para después sacar su teléfono y dirigirse al departamento vacío. Necesitaba llamar a algunas personas y después de ello, quizás huir al otro lado del mundo, porque huir era lo único que conocía bien.

Después de todo siempre tuvo esa ligera sensación que por más que amara a un tirano como lo era él, por más que se sacrificará por él… siempre, siempre su senpai no lo aceptaría, ni a él ni al amor que tanto le profesaba. Tal vez aún estaba a tiempo para ir y olvidar todo lo doloroso que había sido estar al lado de ese hombre, aun podía regresar a Estados Unidos y vivir una vida libre ante los ojos de la sociedad, que parecía ser más liberar que la sociedad japonesa.

Aun podía fingir amar a otra persona, aún podía echarse para atrás.

Quizás era lo mejor para ambos, así dejaría a su senpai en paz, como siempre este le había suplicado.

Y con esa idea en la cabeza Morinaga llamo a una agencia de viajes para agendar un vuelo para la fecha más próxima.

[…]

Los vuelos están llenos por ahora señor —le dijo una voz femenina del otro lado de la línea, Morinaga suspiro—. Tenemos lugar hasta el dos de enero, lamentamos esto.

—Está bien señorita —respondió con el ceño fruncido—. ¿Puede agendar un boleto para esa fecha?

Después de darle su información a la señorita de la agencia de viajes, Morinaga colgó sin nada más que decir.

Estaba echado en el suelo de la sala, todas las demás habitaciones tenían una brisa fría que no sabía explicar, pero que deseaba no sentir, el suelo había sido la única parte de todo ese departamento solitario donde tal cosa no le sucedía. Morinaga lo resumió todo como pura melancolía. ¿Y cómo no estarlo? Había vivido en aquella casa con el amor de su vida durante un buen tiempo, donde habían hecho cosas, donde habían hablado y convivido de una forma equilibrada y a la vez no.

Llevaba buenos recuerdos, pero también tenía malos.

Pero en ese momento lo único que puede pensar es en el desorden en el que se hallaba, sumergido ese lugar. Había pasado más horas de la necesaria para que ese departamento estuviera organizado y limpio, pero ahora con tantas cosas empacadas de su senpai y su repentina fatiga sin contar con su soledad, Morinaga no tenía esa necesidad de recoger. Aunque inevitablemente tendría que hacerlo en algún momento, porque debía agarrar sus cosas para llevarlas a su nuevo hogar permanente.

Estuvo tendido ahí durante unos segundos más, hasta que su obsesión de recoger se hizo presente y le gano a sus deseos de continuar acostado y dormir. Se levantó entonces, y comenzó a recoger todo lo que se hallaba tirado para ponerlos en las cajas que se encontraban dispersas en el departamento.

Rápidamente su ánimo cambio, estaba tan concentrado en mantener todo ordenado que no noto que se encontraba en la habitación del senpai hasta que encontró una de sus camisas en el suelo.

Giro la vista, ese lugar parecía igual, pero más vacío. Y entonces un flashback sacudió su memoria, había dormido alguna vez ahí, se recuerda, y es tan abrumadora la sensación y tan nítida que parece formar parte de esa cruel realidad.

Su senpai debajo de él abrazando su espalda con una posesión que desconocía por la inconciencia que dejaba el sexo, el placer de sus caricias bruscas, sus besos apasionados que ignoraba dar. Esas largas noches que ahora dejaban una cicatriz parecían un poco alejadas de él, miro el techo, no deseaba llorar. No quería sentirse débil y flaquear su decisión.

Pero quería volver a sentarse, respirar tan hondo que sintiese sus pulmones colapsar, dormir durante todo el día, y morir para la mañana siguiente. Eso era lo que él quería. Ahora mismo se pregunta si se había sentido así por Masaki, no lo recuerda, pero está seguro de algo, no es lo mismo. Masaki era como un conejillo que deseaba ser protegido, el error de Morinaga fue no haberse dado cuenta de que no era su resguardo el que buscaba, senpai era más independiente, menos necesitado de lo que fuera.

Rebelde y testarudo, senpai no era un conejillo. Era todo menos eso, era como un poderoso lobo que buscaba a una presa, en este caso Morinaga, quien no deseaba su protección porque tampoco era un ser tan indefenso, era el que seguía sus pasos y no al revés.

Mientras pensaba en ello, escucho la puerta de la entra abrirse, confuso ante ese hecho, dejo la escoba que llevaba en sus manos y se dirigió al pasillo con curiosidad, y cuando su mirada verdosa se encontró con la ambarina, su rostro se crispo en una emoción que resultaba dolorosa pero emocionante.

—¿S-senpai? —su voz sonaba algo rota, quizás había sido por el nudo que sentía en la garganta.

Estaba emocionado, no podía negarlo aunque lo quisiera ¿esa era una señal? Quizás su senpai había ido a disculparse.

—Ah… no sabía que estabas aquí… —Morinaga frunció el ceño, "Por supuesto estoy aquí, sigue siendo mi casa" pensó sintiendo sus ilusiones colapsar—. Vendré en otro momento.

Souichi se dio la media vuelta y volvió a ponerse los zapatos que ya había dejado en frente de la casa, había ido porque no encontraba una carpeta e imagino que podría encontrarla ahí, pero sus ganas de ver a Morinaga aún le impedían verle la cara. Esperaría en otra ocasión, maldición, era demasiado orgulloso para incluso buscar algo que necesitaba.

Estaba a punto de abrir la puerta cuando de pronto las manos grandes de Morinaga le tomaron del antebrazo, demasiado fuerte para su gusto, que lo hicieron volver a encarar al azabache.

—Espera senpai —Morinaga no podía dejarlo que se fuera así como así… aún era demasiado dependiente de ese hombre—. Quédate conmigo un rato…

Morinaga se golpeó mentalmente, había sido una petición de lo más ridícula, ¿Por qué no le dijo un par de verdades?

Souichi por su lado se mantuvo en silencio, ciertamente había esperado mucho para escuchar esas palabras, pero como bien decía en un principio, era orgulloso… y muy testarudo. Un lado suyo le decía que se quedará, pero aquel con quien había compartido más de la mitad de la vida le gritaba con rabia que le pegara una patada en los huevos y se jactara en su cara para después dejar el departamento con un lastimado Morinaga.

Quizás si hubiera sido en otro momento, esa parte diabólica de Souichi habría dejado a su orgullo ir tras los brazos de Morinaga por ese cálido amor que siempre le regalaba. Esa tarde sin embargo no era así.

—Tengo muchas cosas que hacer —contesto con apatía, y con un tirón libero su brazo de las poderosas manos del menor.

Abrió la puerta y salió por ella sin voltear a ver su kohai, de todos modos lo que le había dicho era cierto y tenía que regresar para continuar con su investigación.

Pero Morinaga también estaba decidido, quizás no era el destino como le hubiera gustado, pero si no podía tener a su senpai por lo menos deseaba sacarle la verdad de su comportamiento y ya de paso maldecirlo un par de veces. Así que lo siguió, debajo de la brizna y el frío invernal.

—¿Por qué actúas de esa forma? —le pregunto sintiendo la bilis en la garganta—. Acabo de regresar de un largo viaje y lo único que recibo de ti es un desprecio más grande del que tenía antes ¿Me odias tanto?

Souichi no odiaba a Morinaga, pero le molestaba que lo siguiera los pasos como una novia despechada, el que había sido despechado había sido él después de todo, así que con qué derecho…

De nuevo la mano de Morinaga lo intento detener, pero senpai ya estaba alerta para ello y lo empujo.

—¡Ya deja de seguirme maldito animal! —exclamo, sin embargo al ver a Morinaga se dio cuenta de lo loco que ese hombre estaba.

Descalzo, con una sudadera delgada y los pantalones más ligeros que le conocía. ¿El imbécil no sabía que estaban a menos diez grados? Apenas iniciaba la temporada de nevadas y ese tonto saliendo de esa forma.

Souichi entonces se quitó la bufanda y se la abrigo a su amigo.

—Tal vez no eres un animal —murmura entonces, bajo la atenta y confusa mirada del menor—. Pero piensas como uno, mira que salir de casa sin zapatos o algo… de verdad que imbécil.

—Deje de insultarme —escupe, ocultando ese destello de amor que surgió de la nada.

—Estas muy lejos ya del departamento —dice el pelilargo ignorando lo que le había dicho Morinaga, porque no se había dado cuenta que ya habían caminado rápido y ahora estaban más cerca del departamento de Souichi que el del azabache—. Vamos al mío. Está más cerca…

Morinaga abre los ojos y se siente avergonzado, por un momento planea rechazarlo así como él lo había hecho, pero entonces ve sus pies desnudos tornándose de un color rojizo y siente el ardor en la planta del pie.

—Está bien —responde, y comienza a caminar sin dirigirle más la palabra su senpai.