Había sido un día cansado.

¡Rápido! ¡Lleven al paciente a la sala de cirugía! Recuéstenlo en una camilla y comiencen a lavar sus heridas, yo me encargaré del resto.

Muy cansado.

¡Doctora Haruno, lo perdemos! – la enfermera pequeña a su lado chilló, administrando el máximo de chakra médico que podía en la herida abierta en el centro del pecho, masculino, perteneciente a un hombre recién llegado de una misión. – El kunai que lo atravesó estaba envenenado, y está actuando muy rápido por el torrente sanguíneo. ¡Si no hacemos algo, su corazón se detendrá!

Sakura gruñó y comenzó a analizar los, cada vez más sordos latidos del hombre. – No parece ser un veneno muy difícil de extraer. — comentó, secando el sudor de su frente con el dorso de su mano. — Lo sacaré y luego le administraré unas ondas de choque para reavivar su corazón; y así, se salvará.

Agotador.

¡El paciente se ha salvado, doctora Haruno! – la misma enfermera, feliz, le recordó. Sakura se sentía muy contenta de oír eso, pero eso no evitaba el hecho de que estaba exhausta.

Se dio la vuelta, tomó una botella de agua fría y la bebió completa de un sorbo. Por el rabillo del ojo, notó como el pomo de la puerta se sacudía antes de abrir completamente, dejando a una figura pasar.

Doctora Haruno… — una mujer bronceada y alta, que trabajaba en cuidar y mantener entretenidos a los niños del orfanato que la pelirrosa y su mejor amiga Ino, fundaron para los niños con padres muertos durante la Gran Cuarta Guerra Ninja, llegó. Lucía decaída.

Sakura, suspirando por dentro se volvió hacia ella. — ¿Algo está mal, Suzuki-san?

La empleada castaña, bajó la cabeza y miró a otro lado. – Es sólo que… los niños han estado muy inquietos y tristes ya que no la han visto desde hace una semana. Incluso unos han tratado de intoxicarse solamente para que usted pueda atenderlos y… — se quebró, reteniendo las lágrimas. — ya no sé qué hacer.

Una enorme inquietud llenó el pecho de Sakura y, sin importarle su creciente dolor de cabeza, su debilidad corporal y sus mejillas calientes, comenzó a empacar sus cosas en su pequeña maleta. – Iré a tratar con ellos el resto del día. – declaró, seria. — Ayudaré a preparar su cena, los arroparé y les daré una buena regañada por lo que trataron de hacer.

Pero… Haruno-san… — la otra enfermera, temerosa, comenzó. – usted no ha comido bien ni dormido desde hace dos días, es hora de que se dé un descanso. Podría enfermarse si sigue así.

Colocando el maletín encima de su hombro, la kunoichi volteó a verla. – estaré bien, no te preocupes. – le dedicó una bonita sonrisa y la mujer sólo atinó a sonrojarse. – además, esos niños son más importantes de lo que yo lo soy, necesito tratarlos antes de que hagan una estupidez.

Y así, pasó toda la noche: tratándoles, dándoles pláticas especiales acerca del porqué lo que algunos trataban de hacer era una idiotez; preparándoles cena, arropándolos, jugando con ellos, leyéndoles un cuento, recostándose en su cama esperando a que se durmieran. Era muy lindo y ella disfrutaba su trabajo, pero sentía que ya no podía más.

Sus piernas, su cuerpo, su mente, todo exigía un descanso inmediato.

El sol estaba a media hora de ocultarse y el cielo estaba teñido de un encantador naranja rojizo, además de que también era la primera vez en dos días que Sakura tenía el suficiente tiempo libre de poder siquiera llegar a su hogar. Caminó pesadamente entre las calles de la aldea, ganándose miradas de atención de los aldeanos, la mayoría preguntándose qué pasaba con la bella doctora Haruno para estar así.

Sakura solamente los ignoró.

De repente, recordó lo que su mejor amigo Naruto le había dicho. Hace más o menos dos semanas, cuando fueron a cenar juntos en Ichiraku, como en los viejos tiempos.

¿Sabes? Sakura-chan. Creo que estás sobrecargándote demasiado. – él comenzó después de un momento de silencio, un tono sorprendentemente serio en su usualmente jovial voz, revolviendo los fideos con los palillos. – solamente tienes 23 años, tener tanto trabajo y no tomarte ningún respiro no te hará ningún bien.

Se irguió de su posición contra la mesa, dejando los palillos de lado y dirigiendo sus cálidos ojos azules a su dirección. – Sé que eres fuerte, que lo haces por una causa muy noble y por eso te admiro, pero también estoy preocupado por ti, por tu propia salud. – el rubio continuó mirándola, una gran preocupación siendo más notoria en sus facciones. – no quiero que te pase algo sólo por descuidada. Prométeme que no trabajarás tanto y comenzarás a cuidarte.

Él tomó las pequeñas manos pálidas que reposaban en la mesa y las arropó entre las suyas, dejándola sin aliento. – Por favor.

Sakura miró hacia abajo, sintiendo la culpa en lo más profundo de su ser. Lo siento, Naruto. Pero no puedo cumplir esa promesa. Ella pensó, sacando las pequeñas llaves doradas de su bata blanca que abrían las puertas de su casa, su propia casa.

Entró a la sala de estar, tiró su pesado maletín al lado y, de un tirón, su cuello tronó ruidosamente, liberándola un poco de la tensión tan dura que sentía en sus hombros. Un suspiro de alivio se escapó entre sus rosados labios. Lo siento, pero el pueblo, esa gente, los niños, todos me necesitan a toda hora. No podría darme un descanso, aunque quisiera.

Pero, eso no evitaba que podría relajarse el resto de la noche. Sakura sonrío felizmente y comenzó a dar saltitos, casi corriendo se dirigió a su habitación en el segundo piso. Se metió a su baño de un salto y cerró la puerta detrás de ella, casi inmediatamente comenzó a deshacerse de sus sucias y sudorosas ropas con una mueca desagradada. Las hizo bolita y las tiró al cesto de la ropa sucia, jugando como si fuese un juego de pelota. Finalmente, ya desnuda, metió su cansado y caliente cuerpo a la tina, lo cual hizo que soltara un gemido de placer. Estaba nadando en agradable agua a temperatura media, pintada de rosado por una sal de baño con olor a rosas.

Hundió su cabeza abajo del agua y la sacó después con un salpicón. Se recargó en uno de los extremos de la tina y, con ojos entrecerrados miró el techo. Era irónico, ella siempre les dice a sus pacientes que la mejor forma de tratar una enfermedad común es tener reposo absoluto y comer saludablemente, y no estaba siquiera siguiendo sus propias enseñanzas, ¿qué clase de doctora hace eso?

No era estúpida, sabía muy bien que ahora mismo sufría de una fiebre bastante intensa, sus ojos se cerraban por sí solos y su cuerpo se sentía pesado y difícil de mover. Estaba claro que no era como las demás personas, Sakura gracias a su Byakugou No In y con unas pocas horas de sueño su fiebre se iría fácil. Por lo que eso haría, se tomaría una tranquila noche de sueño y mañana por la mañana regresaría a trabajar. Eso cuenta como descanso, ¿no?

De mala gana, se levantó de la tina después de haberse lavado muy bien, sintiendo que era hora de salir. Tomó una toalla blanca y se la enrolló, justo después salió del baño a su habitación. Se preguntó por un momento cómo estaba el hospital ahora mismo, sin ella ahí; la era se encontraba calmada y sus enfermeros eran los más competentes de todo el país del Fuego, ya que los entrenó personalmente. Pero eso no evitaba que se preocupara, al menos un poco.

Se colocó un par de bragas negras y un sostén negro suave. A modo de pijama, se colocó un vestido simple de seda roja; bastante corto, le llegaba a la mitad de los muslos. En el área del escote este era en forma de corazón, dejando ver el principio de sus medianos pechos y se sostenía con delgados tirantes; por el uso, éstos le quedaban ya algo grandes y se resbalaban por sus hombros, pero no le importaba.

Sabía que la prenda era reveladora, pero sólo la usaba para dormir así que no tenía problema con ello.

Se sentó frente a su tocador, y comenzó a cepillarse su húmedo cabello rosa deshaciendo todos los nudos, pensativa. Hace varios días que no dejaba de pensar en él… en Sasuke. No, ya no lo amaba de la misma manera que antes, pero sin embargo aún seguía preocupándose profundamente por el cuervo, ahora más que nunca. Lo amaba como a un hermano, a él y a Naruto. Ellos son las personas que más ama y que más quiere proteger, por eso, lo haría con su vida.

Solamente se preguntaba, vagamente, qué era de él ahora. Sabía que de un tiempo a otro comenzó a vivir en su antigua casa Uchiha, pero era muy poco el tiempo que se quedaba ahí, por su extenuante (pero necesaria) misión de viajar entre dimensiones, todo para prevenir que una amenaza similar a Kaguya aparezca. Se sentía mal por él, ya que nunca ha sido capaz de vivir una vida normal.

Suspirando y borrando todas esas memorias de su cabeza, se levantó de su bonito tocador de madera y volteó a ver a su cama con deseo. Oh, sí. Tú y yo ahora, baby.

Se subió a su amplia cama con sabanas suaves color marfil y se dejó caer boca abajo, cerrando sus ojos verdes lentamente. Justo cuando estaba a punto de caer en los brazos del oh señor Morfeo, sintió un repentino escalofrío que le erizó toda la piel y le hizo abrir los ojos como platos.

¿Qué es… ?

— Vaya, qué agradable vista, kunoichi.

Una voz. Masculina, grave, y terriblemente reconocible, sonó desde su ventana. Sintió como su corazón se detenía por un momento, y saltó hacia atrás en posición defensiva, observando al temible akatsuki de negro cabello en las orillas de su ventanal. Su blanca piel se veía oscurecida por las sombras, pero sus joyas carmesíes eran inconfundibles. Estaba ahí, Itachi Uchiha (o quien fuera que fuese) estaba ahí, en todo su esplendor. En una milésima de segundo, se colocó en posición defensiva en medio de su habitación, encarando al hombre misterioso en su ventana.

Sakura estrechó su mirada verdosa al tipo.

— ¿Qué diablos estás haciendo aquí? Tú estás muerto. – la mujer pálida preguntó ferozmente, tomando un kunai de doble filo de un mueble cerca de donde estaba. El akatsuki ni siquiera parpadeaba, pero no perdía de vista ningún movimiento que hacía. Esto la perturbaba.

Oyó una silenciosa risa oscura. – Bueno, parece que el plan ha funcionado perfectamente. Ahora todos piensan que estamos muertos. Y pronto, volveremos a actuar; para planear nuestra venganza contra la Hoja. – el tipo sentenció, y algo dentro de Sakura le gritaba en alerta.

La kunoichi frunció profundamente el ceño. – Tú no eres Itachi Uchiha. Ni tampoco algún akatsuki que el libro bingo tenga registrado. Deja de esconderte en ese disfraz y revélate, cobarde.

Una sonrisa maliciosa curvó sus comisuras. – Ellos me habían advertido que eras inteligente y fuerte, pero no pensaba que también podías ser bastante ingenua…

Sakura se quedó parada ahí, estudiándolo. Estudiando su rostro, sus atractivas facciones pertenecientes al verdugo del clan Uchiha, entero que no revelaban absolutamente nada. Su respiración podía escucharse en el silencio de la habitación, pero ella tenía una sensación muy fuerte de alejarse lo más lejos posible de él. Planear una estrategia, llevarlo a otro lugar, pero tenía que alejarse.

Sus piernas se endurecieron, listas para dar un salto que la desaparecería rápidamente de ahí. Pero antes de que si quiera sus pies pudiesen hacer cualquier movimiento, sintió un calor humano detrás de ella, lo que la hizo detenerse. Mirando por encima de su hombro, notó el rostro de su acosador mirándola fijamente, con aquellos ojos tan temidos pero aclamados en el mundo ninja.

— Destruiremos a Naruto Uzumaki y a la aldea de Konoha entera. – susurró, muy cerca de su oído. Erizando su piel y abriendo sus ojos con horror. ¡No, cualquiera menos Naruto! — ¿Lo malo? Sasuke y tú son las dos grandes amenazas que nos lo impiden. – declaró, tomándola fríamente de los hombros. – por eso, en vez de deshacernos de ustedes, simplemente los separaremos los más posible.

En ese instante, algo se abrió en la pared de su habitación. Se abrió monstruosamente, rompiendo todo a su alrededor y soltando un poderoso viento que mecía su cabello y la falda de su vestido hacia atrás. Se veía oscuro, muy oscuro por dentro e incluso con pequeñas luces verdes con rojo y amarillo.

Horrorizada, y más aún paralizada por unos cuervos que se enredaban en sus brazos y piernas, Sakura aun así opuso resistencia. — ¡No! ¡No dejaré que toquen a la aldea, ni mucho menos a Naruto! ¡Maldita sea! – la mujer encajó sus talones en la madera del suelo, haciendo mucho más difícil que Itachi lograra empujarla. Y eso que no estaba usando chakra, su cansado cuerpo no parecía permitírselo.

— Nunca había conocido a una mujer tan terca y tosca como tú, a pesar de ese irritante tono de cabello y lo pequeña que eres… — el hombre pronunció, sacándola del suelo tal cual saco de papas. Sin más, la acercó al agujero.

— ¡No! No… — ella chilló, levantando su barbilla para observar a su secuestrador con ojos suplicantes, pero permaneció estática cuando notó lo vacías que eran sus joyas rubíes. Nubladas y opacas, escasas de cualquier brillo o alma. Por un momento pensó que estaba muerto en vida.

Muerto en vida…

"Claro… ¡Claro!"

— Adiós, kunoichi. Algún día regresarás, pero dudo que sea pronto.

Y la arrojó.

Ella sentía claramente como el suelo y el cielo iban desvaneciéndose poco a poco. Todo lo material, lo sólido, cada vez se veía más borroso y lejano; y fue en el momento que sus pies comenzaron a elevarse, que comenzó a caer.

Quiso gritar, pero el grito se ahogó y desapareció en su garganta tan repentinamente como llegó. Mientras caía, los pensamientos de Sakura no dejaban de flotar entre los atractivos rostros de sus mejores amigos y su hogar: la aldea de Konoha. Se la imaginó, destrozada. Y a ellos dos, moribundos en el suelo. Con espesos lagos de sangre saliendo a borbotones de sus bocas; las ropas destrozadas y un pie ajeno, el cual llevaba sus uñas pintadas de un negro extraño, pisando cruelmente sus cabezas.

Escuchó unas risas de fondo, una cada vez más oscura y profunda que la anterior. Se oían complacidos y maravillados ante la caída de sus peores enemigos, y ella no estaba ahí. Para sanarlos, para ayudarlos… no estaba ahí.

En su cabeza, visualizó a Naruto recostado en el pavimento, con su mejilla completamente morada y los labios manchados de rojo. Sus ojos azules, normalmente resplandecientes ahora no llevaban ningún brillo, ninguna emoción o alegría en ellos, justo como los de Itachi. Estaba muriendo.

Su bijuu había sido probablemente extraído, ni el Kyuubi podría curarlo ahora para salvarlo de su segura muerte. La piel de Sasuke se acercaba cada vez más al blanco fantasmal, y sus labios amoratados fueron su foco de atención, analizando su vaivén susurrante para descifrar el mensaje que trataba de emitir. Una sola palabra.

Sakura…

Su garganta se desgarró por su poderoso grito de agonía, el cual ya no pudo ser detenido o censurado. La kunoichi pensó seriamente que caería hasta que se volviese loca; pero no. Repentino, se abrió un pequeño agujero debajo de ella, el cual atravesó y cayó en un suelo rocoso cual tronco. Soltó un ligero gemido de dolor.

Sí, cayó boca abajo. No, no puso sus brazos ante ella para no darse en la cara. Simplemente cayó.

De inmediato, puso sus codos contra la tierra para elevar su torso, sintiendo algo húmedo saliendo de su nariz. Nadie le tuvo que decir qué pasaba o qué era. Posó dos dedos esplendentes de chakra médico verde para sanar su reciente nariz rota. Al terminar, Sakura decidió prestar atención a su alrededor y comenzó a sudar frío al darse cuenta de algo… no tenía ni idea de donde estaba.

Se colocó en sus dos pies y comenzó a analizar su entorno, sintiendo su temperatura (y su enfermedad) agravarse cada vez más. Lo único que veía eran montañas, rocas y una enorme… pero enorme aldea llena de luces y edificios gigantes a pocos kilómetros de aquí.

Realmente… Sakura miró hacia arriba, siguiendo el final de los enormes rascacielos que inundaban esa… eh, ¿aldea gigante? ¿cómo era más apropiado llamarla?

Giró su cabeza a la parte de las rocas y fue ahí cuando notó algo extraño. Escondió su chakra perfectamente para cercarse un poco más. La precaución ante todo.

Había un grupo masivo de personas en ese medio de la nada (más o menos unas cincuenta), las cuales por el poder y chakra que emanaban no eran civiles (para nada), sentados en el suelo con una enorme fogata en el medio, hecha caseramente con madera gruesa, como de árbol. Todos eran hombres, se veían robustos y altos. Ellos reían y parecían estar festejando, ¿qué cosa? Sakura agudizó sus ojos para verlo mejor.

Estaban regocijándose con unos cofres gigantescos de roble puro a rebosar de oro, plata y piedras preciosas; amende otros objetos de gran valor. Y, discúlpenla por su atrevimiento, pero dudaba muchísimo que los hubieran comprado o algo así, lucían como unos completos ladrones. No pudo evitarlo, la molestó.

Pero, aun así, aunque su instinto de Kunoichi le gritara que fuera a detenerlos, su sentido común la detuvo de golpe. "No… ni siquiera sabes dónde estás, para que te metas en problemas tan rápido. " se recordó, y cerró los ojos suspirando. "recuerda, tienes que volver. Para ayudarlos a salvar la aldea, no puedes ser simplemente la damisela en apuros otra vez. Simplemente no puedes".

Sakura, quien había estado reposando sus manos en unas piedras gigantes, por el puro calor de sus emociones las destrozó. Estrujándolas debido al amargo recordatorio de lo que les pasaría a los demás si no volvía a tiempo. Ni siquiera filtró algo de chakra a sus manos, simplemente lo hizo con su propia fuerza.

E inmediatamente supo, que había cometido un error.

- ¡Oye, tú!

— ¡¿Quién mierda está ahí?!

— ¡Sal y pelea, marica!

Mierda.