TERCER ESCENARIO
Gigar Bhu'tar


El príncipe regente le acarició el glúteo izquierdo antes de reclinarse sobre ella y empezar a besarle la espalda entre medio de los omóplatos. Llevando la melena de la mujer por encima de un hombro para cederle más espacio a sus besos, se sostuvo con el codo izquierdo mientras en la mano aún llevaba el recipiente con el ungüento.

Ema respiró hondo. Estaba nerviosa. El silencio en el que se había sentido cómoda durante toda la velada comenzaba a molestarle pero no quería pronunciar palabra y tampoco podía exigirle a Nahyuta que dijese algo. Sabía que estaba igual de incómodo que ella y si bien el fiscal se entretenía saboreándole la piel, todo aquello no debía de ser menos engorroso para él.

Era extraño que un monje tan aficionado a sus creencias llevase a cabo una de sus prácticas por primera vez y, el hecho de que fuese con ella, no hacía que Ema se sintiese beneficiada sino que le hacía cargar con un tipo de responsabilidad que no sabía que tenía, como si estuviese obligada a que el escenario resultase, como si existiese la presión de que tenía que salir todo bien.

Él colocó el pote de cerámica sobre el futon para así contar con ambas manos libres y le acarició el contorno del cuerpo desde las axilas hasta las caderas, dibujando su figura. Luego de eso, rodeó con los dedos sus posaderas y se deslizó hábilmente para reposar sus labios sobre la base del coxis. Ema sintió que se le erizaban los pelos de la nuca por la expectación. No sabía a ciencia cierta qué era lo que tenía pensado hacer y de cierta manera, no quería ser partícipe de ello: por primera vez en la noche, se adheriría al librillo sagrado y dejaría que él hiciese todo lo necesario.

Nahyuta se incorporó para separar un poco sus piernas, no sin antes masajear las pantorrillas que ella mantenía duras como si fuesen de una estatua. Oyó cómo el príncipe se arreglaba el cabello y tomaba el ungüento nuevamente mientras lo oía suspirar de manera entrecortada. Era la primera vez en la noche que lo sentía así. No. Era la primera vez que lo veía así desde que se conocían: estaba acostumbrada a verlo taciturno y misterioso, de una manera en la que le era imposible descifrar, científicamente, qué era lo que pasaba por su cabeza. Sahdmadhi jamás le daba una señal, un gesto, que le dijera que estaba pensando y, en aquel instante, una simple exhalación le había dicho todo.

Volvió a acariciarle los glúteos y Ema pudo confirmar su sospecha: estaba alargando la situación. Cuando creyó que era momento de decir algo, sintió cómo una caricia de él subía a la velocidad de la luz por su entre pierna y sin detenerse en su sexo, la tocaba allí. El impulso le hizo cerrar las piernas herméticamente pero lejos de retirar su mano, él siguió acariciándola mientras se posicionaba encima suyo, su pecho contra la espalda, y se acercaba al oído:

–Todavía podemos parar –le dijo.

Ema hundió su rostro en el almohadón con algo que oscilaba entre la vergüenza y el miedo. Se sentía igual o más rara que cuando lo había hecho por primera vez hacía ya un par de años.

–No –volvió a negarse y trató de mostrarse lo más segura posible que su cara escondida podía dar a entender.

Entonces el hombre quitó su mano, y cuando Ema giró un poco la cabeza para verlo a escondidas, lo vio tomando un poco de aquel bálsamo con sus dedo índice y medio. La forense tragó saliva mientras volvía buscar seguridad en el almohadón.

Cuando Nahyuta Sahdmadhi volvió a tocarla allí, ella pudo sentir el frío roce de la pomada casera y un auto reflejo hizo que elevase sus nalgas nuevamente, de manera que rozó el cuerpo del hombre que volvía a arrimarse a ella y sintió, para su sorpresa, una incipiente erección. Eso la descolocó pero a su vez la hizo sentirse más segura: si el comenzaba a estar más despreocupado, quizás ella no tardase en verse de la misma forma.

El masaje se encargó primordialmente en distender el ungüento por toda la zona, más que en causarle algún tipo de placer por lo que quizás por ese motivo, el fiscal se dejó caer en su totalidad sobre ella, haciendo que su miembro, ya rígido, descansase sobre uno de sus glúteos. Aquello ayudó a que Ema sintiese un hormigueo muy leve en su sexo pero no lo suficientemente excitante como para que, de una vez por todas, pudiese perder todo rastro de temor.

A raíz de esto, la forense llegó a la conclusión de que tendría que estimularse a sí misma para liberarse pero al parecer el regente estaba más al tanto de sus sensaciones que ella misma y una vez sintió que estaba correctamente lubricada, llevó sus dedos hacia su zona más sensible y presionó.

–Ah… –el gemido fue más para liberar tensión que otra cosa pero Ema oyó como Nahyuta reía de forma pícara contra su oído.

–No hay remedio –dijo en voz queda, su aliento golpeando en el lóbulo de su oreja–. Tu lugar favorito es este –concluyó intensificando la fuerza en su toque.

Ema creyó que era necesario sumarse al juego:

–T-todavía puedes hacer que me guste más otro lugar –lanzó mientras mostraba el rostro para mirarlo directamente a los ojos.

Lo vio sonreír antes de que dejase de estimularle esa zona que tanto le gustaba para regresar hacia donde había colocado el bálsamo. Ella volvió a ocultarse como si fuese una avestruz: (Maldito…), pensó mientras sonreía (me está torturando. Está haciéndome sufrir de una manera estupenda).

La conclusión a la que había llegado se vio inmediatamente confirmada cuando, luego de dos o tres movimientos circulares, Nahyuta comenzó a ejercer fuerza con uno de sus dedos en la entrada y un pinchazo de dolor le envolvió la cadera. Ema se mordió el labio con tanta fuerza que creyó que se había hecho daño pero aun así no dijo ni hizo nada más que moverse un poco ante el impacto. El hombre, por su parte, rozó toda la masculinidad contra su piel, en busca de algún tipo de fricción mientras ahogaba un gruñido contra su sien.

Por algún motivo, a él comenzaba a gustarle todo aquello y cuando Ema sintió cómo el monje elevaba un poco la parte trasera de ella para facilitarle el acariciar su clítoris con la otra mano, se agarró con fuerza de otro almohadón que tenía cerca.

Entonces, él logró introducir al menos la mitad de su dedo en el interior de Ema y cuando estuvo allí, acarició las paredes desplazando algo húmedo en su recorrido. La joven detective no estaba segura ya que no estaba viendo nada de lo que sucedía, pero podía asegurar que él la había lubricado también ahí.

Volvió a sentir el frote de su erección contra la piel mientras aún la acariciaba con su otra mano disponible.

–P-Pohlkunka. –Era la primera vez durante la velada que Ema le oía decir esa palabra. Parecía como si la pronunciase entre dientes–. E-Es muy estrecho –su tono parecía ahogarse en lujuria pero de repente cambió a uno de consternación: –D-Demasiado, diría yo… Ema, no creo que…

–Si no lo intentamos, nunca lo sabremos –la detective hizo fuerzas para que en su voz no se notase la molestia que sentía si bien internamente le daba la razón al fiscal: si un dedo le causaba dolor, no quería imaginarse lo que sería capaz de provocar un pene–. Continúa acariciándome en… en donde me gusta –un pequeño latigazo de dolor provocó que ya no sonase tan convincente–. Te diré si no funciona.

–Bien –asintió el monje y como si cumpliese una orden directa de la Santa Madre, retiró el dedo y Ema sintió como la molestia desaparecía instantáneamente aunque aquello no la tranquilizó, ya que supo que era el momento de enfrentar lo inminente.

Sin dejar de tocar su sexo, elevó un poco sus caderas con su otra mano y una vez hecho esto, posicionó su miembro contra el orificio. Cubriéndola totalmente con su cuerpo y su largo cabello, Nahyuta le besó la coronilla de la cabeza e hizo presión. Ema no tardó en sentir dolor; dolor que manifestó mordiendo la tela del cojín debajo de ella mientras los ojos se le humedecían.

Ni bien un trozo de la punta empezó a hacerse lugar, el príncipe regente hizo aumentar la potencia de sus caricias, haciendo que ella comenzase a sentir placer al menos por eso y la electricidad de su feminidad comenzase a adormilar la zona lentamente. El dolor hasta aquel momento era soportable pero no dejaba de ser una molestia. Ema separó un poco más las piernas rogando que aquello hiciese las cosas más fáciles mientras sentía la respiración del hombre contra su cuero cabelludo.

Pohlkunka –expresó él en un suspiro casi agónico–. Te sientes maravillosamente bien –acotó mientras introducía un poco más de su miembro dentro de ella.

–¡Ahh! –Ema no pudo evitar lloriquear cuando su interior envolvió el glande del monje. Se aferraba de forma tan vehemente a los cojines de su alrededor que los nudillos estaban pálidos –Nahyu-… ¡ah!

Aquel grito había salido de su garganta por placer ya que la manera en que la estaba tocando era directamente proporcional a cómo él se sentía y la detective no podía distinguir si percibía más goce que sufrimiento o viceversa, así como tampoco estaba segura si sus mejillas estaban húmedas por el sudor o por las lágrimas, aunque quizás fuese por ambas cosas.

Para su suerte, él no la estaba viendo a la cara ya que Ema sabía que si el fiscal apreciaba llanto en su rostro, se detendría y ella estaba lejos de querer eso.

El regente se quedó quieto allí, un par de segundos, al parecer disfrutando de todo lo que sentía mientras de alguna manera trataba de coordinar movimientos.

Cuando Ema creía que ya se había acostumbrado al grosor, él volvió a empujar, entrando poco a poco pero sin detenerse. Ella elevó la cabeza cuando un aguijonazo le subió desde la base de la espalda hasta la coronilla en la que ahora el hombre posaba su mentón. Nahyuta seguía tocándola pero el calvario la había ensordecido y ya no sentía nada más.

–¡P-para! –gritó entre un gimoteo que ya no se molestó en disimular y aquella palabra bastó para que él saliese rápidamente de dentro suyo.

Ema se dejó caer rendida contra los almohadones mientras sorbía por la nariz y cuando se volteó en busca del rostro de Sahdmadhi, se lo encontró observándola fijamente con una expresión de culpa y preocupación que no pudo evitar alarmarla. Antes de que pudiese decir nada, él le tomó el rostro con las manos y le limpió las lágrimas con los pulgares.

–Lo siento –fue lo único que manifestó para luego apoyar su frente contra la suya. La joya en el entrecejo de él se adhirió a su piel.

–N-no… espera… –se alejó Ema. Si bien era cierto que se le estaba haciendo medianamente insoportable, no quería quedarse a medio camino–. Simplemente necesito un descanso –tomó aire antes de tener el impulso de besar los suaves labios del fiscal. Él pareció desconcertado.

–Esto está siendo un tormento para ti y me niego rotundamente a continuar –Nahyuta tenía una expresión severa y la forense supo que hablaba muy en serio, así todo no se contuvo ante la inmensa necesidad que tenía de volver a besarlo.

Él respondió al beso pero no por eso la seriedad se alejó de su rostro.

–Quiero saber… –Ema estaba agitada y tenía todas las extremidades impotentes– … qué tiene de placentero esto para un mujer –dejó ver una sonrisa agotada–, ¿acaso tú no sientes curiosidad?

–¿A qué te refieres? –aunque el fiscal hacía un esfuerzo en entender sus palabras, no lograba dar con el mensaje.

Ema volvió a sonreír pero aquella vez tratando de lucir lo más seductora posible que podía verse una mujer que estaba detonada físicamente.

–Tú me metiste en esto –atacó burlonamente–. Me has hablado del misticismo de los tres escenarios y la reina con sus ochenta y ocho maridos. Creo que si es un libro que de cierta manera se convirtió en un best seller en este país y ha perdurado durante tantos siglos, algo de positivo ha de tener ese tercer escenario para la mujer. No puede ser que tantas generaciones de amantes se hayan equivocado. –Ema dejó un pequeño beso en la comisura izquierda de Nahyuta, el cual la oía estupefacto, y continuó–: Es mi misión como mujer de ciencia corroborar la hipótesis y llevar a través del método científico todo lo que me has mostrado. Si no lo hago ahora, siento que me quedaré sin saber cómo termina el libro –volvió a ponerse de espaldas, como había hecho en un principio. El regente parecía haberse quedado helado con el monólogo que rozaba lo masoquista y lo impertinente–. Ya sabes. Como cuando te ves un programa entero de investigación criminal y apagas la televisión antes de descubrir quién es el asesino.

–Ema –Nahyuta Sahdmadhi se oía dubitativo–, tu cuerpo se resiste. No quiero lastimarte.

–No lo harás –Ema se puso en cuatro y se apoyó en él. Totalmente segura de lo que hacía, tomó el recipiente con un ungüento que yacía olvidado a un costado de ellos dos, y por su propia cuenta, se lubricó. Inmediatamente después, tomó entre sus manos el miembro del regente el cual se sorprendió con su toque inesperado–. Déjame guiarte.

Fingiendo que tenía algún tipo de experiencia en la materia, Ema colocó el miembro aún rígido de él en la zona que tantos problemas le estaba ocasionando, y lo introdujo con cuidado. Se percató de cómo el príncipe la tomaba por las ancas pero no apresuraba la situación, permitiendo que ella hiciese toda la labor. No fue igual de doloroso que la vez anterior pero ni bien llegaron al punto en el que se habían quedado, comenzó a sentir las molestas punciones y se obligó a establecer un ritmo en su respiración. Nahyuta regresó a sus orígenes, que implicaban los masajes en su "zona favorita" aunque Ema ya no podía decir si lo hacía solo por ella o porque también él disfrutaba estimulándola.

Ema retrocedió un poco más, haciendo que otro par de centímetros se adentrase con cautela. Liberó aire en forma de suspiro y se detuvo un instante, haciendo que su cuerpo se acostumbrase al intruso. Creía haber descubierto la metodología de aquello y por eso se sentía orgullosa: era todo cuestión de costumbre.

Nahyuta gimió y pronunció algo en voz queda que ella no supo identificar. Volvió a retroceder y él gruñó con la garganta rugosa. Sentía como si alguien estuviese dando pequeños pinchazos en toda su parte trasera pero no era del todo doloroso, al menos no tanto como antes. Hasta se animaba a decir que había más placer que molestia en aquellos pinzamientos.

Las rodillas se le aguaron ante la extraña sensación y dejó caer el vientre sobre la cama, Nahyuta con gran parte dentro de ella, la acompañó.

–¿C-cuánto queda? –preguntó.

–Menos de la mitad –observó el regente conteniendo un gemido.

–Continúa desde allí –exigió y se sorprendió a sí misma con su comportamiento dominante.

Algo había sucedido con ella en el transcurso de los tres escenarios que de repente no titubeaba en dar órdenes a un príncipe.

El hombre no respondió, simplemente se limitó a obedecer y lentamente introdujo el resto de su falo en ella. Lo que Ema sintió en el momento que se percató de que el bajo vientre de Nahyuta rozaba sus posaderas, fue una mezcla de felicidad y satisfacción, además de un placer tan comparable al que había sentido cuando había estado dentro de su sexo, que prácticamente sobrepasaba el dolor. Era extraño pero se sentía genial.

Pohl-… ¡ah, mitamah! –Nahyuta se encorvó por encima de ella y el miembro se movió en su interior. Ema gimió con la boca cerrada–. Ema, Ema, E-Ema… –la nombró enceguecido de lo que parecía ser lascivia– …e-eres… ¡ah! ¿p-puedo moverme? –preguntó en un suplicio.

Ni bien ella asintió con la cabeza, el príncipe regente comenzó a embestirla primero suavemente, como tanteando qué tan sensible se encontraba aún su cuerpo. Cuando observó que Ema ya no sentía casi rastro alguno de dolor, aumentó la velocidad, gimiendo sonoramente contra su nuca. La mujer también se permitió gemir, mientras se complacía a sí misma con una de sus manos ya que en determinado momento, Nahyuta había olvidado lo que llevaba haciendo hasta ese instante.

Al igual que durante el segundo escenario, los ecos de sus sollozos y el choque de sus carnes retumbaron en las paredes. Los mechones de cabello lila que caían como carámbanos sobre la piel de la detective se pegaron a su espalda húmeda causándole cosquillas. Ella trató de amortiguar sus gemidos con la mano que tenía disponible pero el príncipe, al percatarse de aquello, dejó de aferrarse a sus caderas para quitarle la mordaza que se había autoimpuesto.

–No –dijo Nahyuta. El tono de su voz había perdido todo rastro de serenidad para oírse más grave y rasposo. Los gemidos brotaban de su garganta–. Quiero oírte. Necesito oírte… –fue interrumpido por su propio llanto de placer – …Ema –le llamó–. Ema, Ema, Ema –pronunciaba su nombre devotamente, como un rezo.

Como un mantra.

Con sus suspiros impactando contra el lóbulo de su oreja derecha, la detective se permitió acariciar la cabeza del hombre que tanto placer le estaba dando aquella noche y enredó sus dedos en las hebras violáceas mientras coordinaba sus sollozos con las embestidas de él.

Era mágico y, definitivamente, aquello era mucho más que fornicación. Había algo espiritual en lo que hacían, algo que convertía en místico lo que en el país de Ema definirían simplemente como una noche de buen sexo. La forense jamás se había sentido más contemplada y mimada en una cama que no era, precisamente, una cama. Jamás se había encontrado tan ameno el fuerte aroma de los inciensos y jamás, ninguno de los hombres con los que se había acostado, había sido igual de bueno que Nahyuta Sahdmadhi y dudaba realmente que luego de aquello alguien pudiese superarlo.

La hizo sentir como una diosa desde el primer minuto en el que se encontraron en aquella recámara austera y aunque al principio no se sintió cómoda con ello y consideró bastante egoísta la práctica khura'inista, ahora podía afirmar con total certeza que le encantaba.

Adoraba que un hermoso príncipe la estuviera tomando por un lugar por el que nunca antes nadie la había tomado, le deleitaba sentir su grácil pecho adherido a su espalda por el sudor y cómo los músculos del abdomen de él se contraían contra su piel, le fascinaban los gemidos de Nahyuta, lo poco ortodoxo que se oía y lo salvaje e irreconocible que se sentía cada vez que tomaba impulso para embestirla una vez más. La maravillaba saber que era ella, una extrajera y una simple forense, la que provocaba tal cosa. La hacía sentir bien, le levantaba aquella autoestima que por momentos se venía a pique. Básicamente, Ema Skye se sentía casi tan imponente como la Santa Madre, la cual los veía follar desde su tapiz con el rostro vacío.

El monje le mordió la piel de la mejilla y murmuró algo entre dientes y en el idioma de Khura'in por lo que Ema no pudo entender qué fue lo que dijo. Acto seguido, lo oyó suspirar de forma quejumbrosa y cuando la mujer sintió que el peso de él se le venía encima y todo su cuerpo se ponía tieso, supo que Nahyuta había llegado al clímax.

No sintió su semilla esparcirse dentro suyo como cuando se vino dentro de su feminidad, pero el sollozo habló por sí solo.

Sahdmadhi depositó un par de besos en su cabeza antes de permitirse salir y cuando lo hizo Ema no pudo evitar percibir que le faltaba algo. Su cuerpo se había amoldado a él de una forma perfecta.

–Oh… –El príncipe regente se quedó sentado sobre el futón. Ema se dio la vuelta y lo vio respirando de forma agitada pero sonriente–. Eso fue… maravilloso –manifestó a la vez que sus sus ojos jade la miraban plácidamente–. No tengo palabras para agradecerte por permitirme a mí ser el hombre que disfrute de tu cuerpo.

Ema no pudo evitar reír ante aquellas palabras. Se veía y oía tan diferente a hacía apenas unos segundos atrás.

–Yo tampoco sé cómo agradecerte por permitirme conocer esta costumbre –Ema dejó ver un poco de picardía–. Estoy considerando el convertirme al khura'inismo –bromeó.

–¿De verdad? Si es así, estaría encantado de ser tu guía espiritual –Nahyuta hablaba muy en serio.

–Estoy bromeando… –se apresuró a aclarar ella–…pero, si todas las prácticas khura'inistas implican algo como esto, no estaría mal –científicamente, Ema ya no sabía si lo decía en modo jocoso o no.

Antes de que la detective pudiese seguir indagando en sus propios cuestionamientos filosóficos, una caricia del fiscal en su mejilla izquierda la trajo de nuevo al plano terrenal.

–He cumplido con llevarte a través de los tres escenarios y, aunque no has alcanzado el orgasmo las tres veces, has disfrutado –observó con solemnidad–. La Santa Madre y Bhu'tar Tanma Khura'in están orgullosas, lo sé. –Ema fue testigo de cómo el hombre dirigía su mirada hacia el tapiz de su diosa. Toda aquella religiosidad seguía pareciéndole extraña aunque menos molesta–. Ahora –prosiguió el fiscal–, supongo que tienes el conocimiento suficiente como para fundamentar tus declaraciones en la sesión de mañana, ¿verdad, detective Skye? –la sonrisa que dejó ver era entre maliciosa y condescendiente.

(No te saldrás con la tuya tan fácilmente, Efímera Santidad).

–No lo sé –Ema comenzó a bambolear la cabeza de lado a lado mientras se sostenía el rostro con la mano–, quizás necesite otra sesión más –atacó.


23 de agosto de 2028, 8:35 am
Alta Corte de Khura'in


–No se encontraron rastros de semen en la acusada, ni tampoco líquido pre seminal –continuó Ema mientras todos los presentes en la sala la escuchaban con atención–, así que es poco probable que la víctima fuese asesinada durante el segundo escenario de la intimidad o, si lo fue, es menester considerar que quizás la víctima no estaba manteniendo relaciones con la acusada, sino que con su verdadero asesino.

Vio al Magistrado asentir con la cabeza y entonces dirigió su atención hacia Apollo Justice el cual, detrás del banquillo de la defensa, dejaba caer gruesas gotas de sudor y la expresión de su rostro era más de un muerto en vida que de un abogado.

(Apollo, te estoy ayudando), maldijo Ema en su interior (Tu cliente no es culpable).

–¿Algo más que agregar, inspectora Skye? –preguntó el anciano juez. Al ver que Ema negaba con la cabeza, prosiguió: –¿La defensa y la acusación no tienen nada más que preguntarle a la inspectora?

Ema miró primero a Nahyuta Sahdmadhi, su jefe, el príncipe regente de aquel país y el hombre con el que se había acostado la noche anterior y al verlo sonreír levemente supo que, a diferencia de la sesión de ayer, había hecho las cosas bien. Luego volvió a fijarse en la defensa y vio cómo el pobre abogado defensor hacia el amago de elevar la mano, en vez de protestar o hacer una objeción como tenía por costumbre. Se veía estresado, confundido y con ganas de irse a casa.

–Ehhhhh…–balbuceó Apollo–… ¿inspectora Skye?

–¿Sí? –la mujer sintió necesidad de masticar unos snackoos.

–Durante la sesión de ayer… eh… tanto usted como yo no teníamos ni idea de lo que estaba pasando en este caso y hoy, sin embargo… –notó cómo los ojos del abogado se iban por un segundo hacia el que durante años fue su hermano adoptivo. Apollo era un hombre muy intuitivo y definitivamente se olía algo– …¿puedo preguntar en qué momento se volvió una experta en khura'inismo?

¡Sathora! –la voz del príncipe regente hizo eco en las paredes de la sala– La pregunta que plantea la defensa no tiene nada que ver con el caso.

–Mmmmm… –el Magistrado lucía dubitativo–. La acusación tiene razón, aunque tengo que reconocer que es curioso que una extranjera aprenda tanto sobre khura'inismo de la noche a la mañana, literalmente. –El hombre arqueó las cejas al percatarse de sus palabras–. Es decir, con todo el respeto que se merece la inspectora Skye y la congratulación por mostrarse tan interesada en nuestras costumbres, el khura'inismo es una religión extensa y complicada. Por lo que…

–No se preocupe. –Ema se apresuró a interrumpir al anciano para así dirigirse hacia el confundido abogado–. El motivo por el que hoy soy conocedora de cosas que ayer no conocía y tampoco quería conocer es básicamente porque… me leí el libro –soltó mientras esbozaba una sonrisa forzada y llena de odio hacia Apollo–. Se lo recomiendo, señor Justice.

Entonces, Ema se bajó del estrado con toda la integridad que una mujer que estaba mintiendo descaradamente podía tener y caminó de vuelta hacia la gradas lo más erguida posible ya que el cuerpo le dolía de una forma insoportable.

Cuando con todo el esfuerzo del mundo logró sentarse, vio a Apollo mirándola con extrañeza a la vez que se acariciaba frenéticamente y de forma nerviosa la muñeca en la que llevaba su característico brazalete.


N/A Y aquí termina esta historia

Creo que no hace falta decir que de los cuatro capítulos, éste fue el que más me costó escribir. Es la primera vez que escribo anal (no solo de Skyemadhi, de cualquier ship xD) y mi intención primordial era que ni Ema como Nahyuta fuesen Dioses del Sexo Anal™, por lo que intenté retratar lo mejor que pude todos los inconvenientes aunque espero que no se haya convertido en algo agobiante.

Puede que esté considerando seguir esta historia (y digo "puede" porque no tengo mucho tiempo, sino lo haría encantada xD), sobre todo basándome en este headcanon de los tres escenarios khura'inistas aplicados a otros ships, o cómo siguió la relación de Ema y Nahyuta después de esa noche de pasión desenfrenada xDDD

En fin, espero que les haya gustado la historia en general y díganme si les parecería buena idea o no el darle una continuación a esto :)