Inuyasha © Rumiko.

2020. ¡Hola! Estoy editando mis fics, y hoy fue el turno de Dulce. :) Antes estaba en primera persona con Inuyasha como narrador, aunque nunca me logró terminar de gustar así. Ahora está en tercera persona, pero el mensaje es exactamente el mismo. Para más noticias de mis fics futuros, me he creado una página en FB Mrs Bipolar (link en mi perfil). Comenzaré a ocuparla más ahora, por si les interesa saber de mis ediciones y proyectos a futuro de este fandom y otros. :)

Desde ya, ¡muchas gracias por leer, ponerlo en favoritos y comentar! (L)


.

Dulce

.


Kagome se volteó en su cama, acomodándose y dándole la cara a Inuyasha. Había viajado hasta su época para buscarla, arrastrarla si era necesario, para que regresara al lugar donde debía estar. Poco le importaba si los demonios que ella llamaba exámenes le estuvieran ganando la batalla. ¡Él no tenía la culpa de que Kagome fuera así de débil! Encima, ni siquiera era débil; de seguro estaba perdiendo a propósito. Tres días había sido el acuerdo, pero era demasiado tiempo para gusto de Inuyasha. No era como si la extrañara, claro, porque quién podría extrañarla a ella, sino que Kagome debía estar más tiempo a su lado porque… tenían que derrotar pronto a Naraku, y para eso necesitaban los fragmentos, claro.

Claro.

Jamás había conocido respeto por la privacidad de Kagome, así que no tuvo problemas para colarse por la ventana entreabierta, ya comenzando a vociferar que tomara rápido sus cosas porque se iban a casa, aunque callándose al notar que estaba sospechosamente silencioso el lugar. Al mirar a la cama, comprendió que estaba profundamente dormida —probablemente agotada por su lucha con esos demonios llamados exámenes—, y no fingiendo para no irse con él. Ah, pensó Inuyasha con reproche, encima la tonta se ha olvidado de cerrar la ventana, no se vaya a resfriar…

Dejando de lado su enojo, se inclinó a un lado de la cama, pensando fugazmente que daba la falsa (muy, muy falsa) impresión de ser una persona pacífica mientras dormía, incluso cuando le estaba dando la espalda al principio. Al voltearse, dio un leve suspiro de gusto, claramente feliz por la posición que había escogido. Diablos, te sobreexiges tanto, fue lo único que pensó mientras cogía la manta a los pies de la cama para taparla. Ridícula mujer. Intentaba hacer todo para que ella no tuviera que sufrir tantas dificultades, y aun así…

Inuyasha suspiró. Por más que intentara alejar a Kagome de todos los peligros posibles, al final del día siempre temía por su destino a su lado. Quizás él sólo le traía cosas malas, quizás era mejor su vida aquí, con su familia, luchando contra exámenes en vez de Naraku, con personas diferentes a él. Allí estaría segura por siempre. Y, aunque pensara así, también era egoísta; le hacía feliz que ella hubiera elegido permanecer a su lado pese a todo. Kagome era la razón por la que se hacía más fuerte, ya que se había hecho tan necesaria para él que no soportaría perderla.

Su rostro estaba realmente pacífico. Ellas se parecían tanto y, a la vez, eran tan diferentes. A Inuyasha le hubiera gustado poder encontrar las palabras para pedirle perdón por todo lo que la había hecho pasar, para explicarle que ocupaba siempre un lugar en sus pensamientos y que quisiera entregarse a ella como ella lo había hecho con él, pero que no podía. No todavía. Naraku los había dañado mucho, a Kikyō y a él, y ninguno de los dos había sanado del todo todavía. Pero quería prometerle que pronto.

Pronto podría quererla como se merecía.

Se veía tan… dulce. Al mirarla no podía evitar sentirla como dentro de sí, en su pecho. Conocía tan bien su rostro, lo había visto mil veces, pero eso no quitaba que se sorprendiera de lo mucho que le agradaba verlo de nuevo. Puede que incluso le gustara su rostro enfadado, porque en realidad le gustaba todo de ella. Era dulce, tenaz, inteligente, con una valentía que probablemente terminaría matándola si no la cuidaba… Era Kagome. Era la chica que le habló con enojo a Naraku, la que no temió a Sesshōmaru, la que lo había abrazado cuando se estaba convirtiendo en demonio, la que le había tendido la mano a Sango cuando su tristeza fue demasiada, la que representaba casi una madre para Shippō, la que ponía en su lugar al pervertido de Miroku cuando no se comportaba con Sango, la que siempre estaba aprendiendo de Kaede, la que no temía a nada con tal de cuidar a los que quería. Era su compañera de viaje, su amiga incondicional, la razón de sus enojos y risas…

Kagome lo era todo, y lo había llegado a ser sin siquiera proponérselo.

Lo acometieron de nuevo las ganas de pedirle perdón por no quererla como se lo merecía, prometerle que siempre estaría ahí para ella y que ya pronto estará del todo a su lado.

—Kagome —susurra, estirando la mano hacia ella, pero sin atreverse a tocarla—, yo… yo te…

Tragó duro, incapaz de decir más. Se sintió patético. ¿Incapaz de hablarle a alguien que jamás se enteraría de lo que estaba diciendo? Maldición, si ni así podía, ¿cómo sería capaz de confesarlo algún día, viéndola a los ojos?

—Inuyasha…

Su corazón dio un vuelco y sintió sus mejillas arder. ¿Acaso Kagome soñaba con él? Sin querer sonrió, envuelto en una súbita ternura, confesándole:

—Puede que seas un poco tierna después de todo.

—… Siéntate.

Ante eso, se estampó directamente contra el piso por las palabras de una dormida Kagome. Por el estruendo y su grito de dolor, Kagome despertó de inmediato, muy sobresaltada y con amago de preguntar qué sucedía, cuando vio a Inuyasha erguirse rápidamente y con el rostro enfadado. ¡Esa maldita…!

—¡Retiro lo dicho! —recriminó, muy ofuscado y apuntándola con un dedo acusador, sin darse cuenta de qué estaba diciendo—. ¡No eres para nada tierna, sólo eres una bruja!

Hubo un momento de silencio en el que para ambos fue claro que habría un funeral muy pronto.

—Inuyasha… —dijo Kagome con una sonrisa, y la propia sonrisa nerviosa de Inuyasha tembló un poco. Quizás sí se apiade de mí, pensó por un breve segundo, antes de que ella mostrara todo su enojo y él pensara sus últimas palabras—. ¡Siéntate, siéntate, siéntate!

Ah, de la chica que se había enamorado…