Esta es una historia de brujas, dragones y humanos que aparecen en el momento más inoportuno. Es una historia localizada en un universo alternativo de Cómo entrenar a tu dragón, en el que existen brujas y aquelarres. Como los dragones, hay brujas buenas y brujas malvadas. Es una historia de aprendizaje, amistad y probablemente de amor.

Escribo esto para mejorar mis dotes de escritora y porque me apetecía contar una historia como esta. Así que si eres paciente te animo a que la sigas. Me inspiro en las leyendas de brujería de mi región, siempre en el canon de Cómo entrenar a tu dragón. Los nombres de los personajes están escritos en el castellano de España. No sé con que frecuencia publicaré esta historia, pero prometo esforzarme con que no haya mucho tiempo entre los capítulos. No dudes en escribir un comentario para compartir tus críticas, opiniones y/o visiones.

El título lo inspira la canción "Wicked Game" de Chris Isaak, aunque la versión adecuada sería la de Ursine Vulpine.

Todos los personajes de Cómo entrenar a tu dragón pertenecen a Cressida Cowell y a las/los realizadoras/es de las películas.

Advertencia: contiene escenas de violencia leve.


La Bruja

No había sido buena idea salir a volar aquella noche. Es más, había sido una idea terrible. Pero Hipo llevaba mal el insomnio. Las largas horas en vela, despierto como un búho, mirando el techo mientras escuchaba los estridentes ronquidos de su padre y la respiración acompasada de Desdentao estaban pasándole factura. A veces se entretenía dibujando o diseñando alguna optimización para su traje de vuelo, pero la mayoría de veces se dedicaba a mirar el techo esperanzado de que se dormiría ya sólo por el aburrimiento. Sin embargo, nunca conseguía conciliar el sueño hasta después de entrar el amanecer.

Al principio pensó que sería por el estrés. Las nuevas responsabilidades adquiridas como heredero de su padre, el entrenamiento de los nuevos cadetes de la academia y su trabajo en la herrería no le daban respiro. Había tenido que abandonar el mapa y restado horas de vuelo con Desdentao, cosa que al dragón no le había hecho ni la más mínima gracia. Pero el agotamiento nunca le llevaba a conciliar el sueño, sino más bien lo contrario. Estaba tan cansado que era incapaz de dormir. Aquello hacía que no sólo fuera menos eficiente en sus labores, sino que ya habían sido dos las ocasiones en las que había estado apunto de caerse en mitad de un vuelo porque se quedaba dormido y había olvidado engancharse el arnés. Su padre se enfureció tanto con él que le había prohibido volar hasta que se recuperase. Pero Hipo lo había probado todo: contar Terrores Terribles, infusiones para el sueño de Gothi, ejercicios de meditación… Todo. Y seguía sin conciliar el sueño.

Aquella noche en particular sintió que había llegado al límite. Apenas podía respirar del agobio que le invadía entre las cuatro paredes de su habitación. Despertó a Desdentao y éste, de mala gana, aceptó salir a volar. Salieron por la ventana sigilosos, aunque sabían que era difícil despertar a Estoico. Irónicamente, ahora que no debía estar alerta ante la probabilidad de un ataque de dragones, dormía con tal profundidad que ni un huracán podía despertarle.

Se aseguró el arnés y salieron disparados a la oscuridad bañada por la luz de la luna llena. Se arrepintió de no haber cogido el casco, ya que el aire frío chocó contra su cara cómo si fuese pequeñas agujas. Sin embargo, la ansiedad había desaparecido. Echaba de menos volar y el silencio de la noche era un alivio para su oídos acostumbrados a quejas y peticiones de sus compatriotas.

—Demos un par de vueltas por la isla, campeón —comentó él sonriente—. No necesitamos ir muy lejos.

Desdentao ronroneó, contento de poder estirar sus alas, aunque fueran a horas intempestivas. No hicieron nada extraordinario -para alivio del dragón, Hipo sabía bien que Desdentao odiaba con todo su ser sus experimentos con el traje de vuelo-, se dedicaron sólo a disfrutar del frescor de la noche.

Sin embargo, había sido una idea terrible salir aquella noche. Hipo lo supo un rato después, pero cuando la hoguera captó su atención en una cala al otro extremo de la isla no se lo habría imaginado. Al principio imaginó que sería alguien que se habría perdido en la noche y había acampado a la espera del amanecer. Pero tampoco descartó invasores o cazadores de dragones. No obstante, a medida que se acercaban Hipo pensó que la hoguera era demasiado grande como para que fueran simples enemigos. Cuando aterrizaron en el bosque y se acercaron a la cala ocultos por el bosque, podía escuchar unos tétricos cantos en una lengua que desconocía.

Hipo jamás se esperó encontrarse con un escenario como aquel.

La cala estaba llena de mujeres bailando y cantando alrededor de la hoguera. Todas vestían de negro. Hipo le costó entender la escena. ¿Quiénes eran ellas? ¿Y de dónde habían salido? No reconoció a ninguna de esas mujeres de la aldea. Es más, algunas eran claramente extranjeras por sus pieles oscuras. Otras, en cambio, si pasaban por mujeres vikingas corrientes, aunque había poca normalidad en ellas. Desdentao se movió nervioso y empujó a Hipo en dirección al bosque para que se fueran de allí. Hipo frunció el ceño extrañado por el comportamiento del dragón, quién rara vez mostraba signos de cobardía.

—Sólo es un grupo de mujeres bailando ¿Qué tiene eso de peligroso? —le murmuró Hipo.

El dragón le lanzó una mirada de circunstancias que el humano decidió ignorar. Por algún motivo se sentía demasiado atraído ante la peculiar escena. Entonces divisó una figura arrodillada junto a la hoguera, tan cerca que era probable que se estuviera quemando, pero no mostró signos de movimiento.

De repente, las mujeres dejaron de bailar y cantar. Una de ellas, quien lucía una corona de flores y portaba un báculo más grande que ella, se acercó a la figura y la agarró del pelo. La arrastró con violencia por el suelo hasta ponerla a una distancia prudente de la hoguera. Era otra mujer vestida de negro, pero la poca visibilidad sólo le permitió ver que era una mujer rubia y aparentemente joven. El poco diálogo que pudo escuchar era en un idioma que no había escuchado en su vida, pero Hipo sabía que la joven rubia estaba en problemas, aunque ésta no mostró resistencia alguna cuando la mujer de la corona de flores empezó a golpearla con violencia con su báculo. El resto de mujeres observaban la trifulca en silencio.

Hipo supo que tenía que hacer algo o acabarían matando a la joven. Hizo una señal a Desdentao para que le siguiera, el dragón se negó.

—Oye, este no es el momento para que te pongas gallito —se quejó Hipo—. Esa chica está en problemas y cómo entenderás no voy a poder yo sólo con ese grupo de mujeres.

Un quejido hizo que Hipo volviera a mirar la escena. La mujer rubia se revolvía en el suelo del dolor. Pero esta vez no estaba recibiendo golpes. La mujer de la corona de flores sólo tenía alzada la mano a su dirección. Esta vez sí se asustó de verdad ¿Qué demonios estaba ocurriendo? ¿Por qué esa chica se retorcía de esa forma cuando no la estaban tocando? ¿Y por qué ninguna de las otras mujeres la socorría?

Se dirigió a Desdentao desesperado y el dragón le dijo con la mirada:

—Luego no digas que no te he avisado.

Montó sobre el dragón y volaron en dirección a las mujeres. El silbido del vuelo del Furia Nocturno las asustó. La mujer de la corona de flores liberó a la rubia tan pronto los oyó. Hipo esperó un ataque por su parte, pero muchas huyeron, no al bosque sino al cielo. Aquello le asustó muchísimo. ¿Mujeres volando? ¿Sin dragón? Era imposible. La mujer de la corona de flores no se movió, ni siquiera cuando Desdentao lanzó su plasma a una distancia prudente como advertencia.

Su presencia era imponente. Su cabello, del color del fuego, y sus ojos negros intimidaron a Hipo, aunque se esforzó en simularlo. Una vez más, se arrepintió en no llevar su casco, debía lucir ridículo montado sobre un Furia Nocturna con su ropa de dormir. La mujer le señaló con el báculo y habló en su idioma:

—Maestro de dragones, has interrumpido nuestra ceremonia de sacrificio y, por ello, mereces el peor de los castigos. Es por eso que cargarás con esta paria traidora de su raza hasta el fin de tus días. ¡Que la Diosa sea testigo de ello!

Hipo sintió un doloroso en el fondo de su cabeza, como si un Nader Mortífero hubiera lanzado una de sus púas contra su cráneo. El dolor era inmenso y un zumbido inundó sus oídos. Pensó que se desmayaría, pero tan pronto apareció el dolor también desapareció.

—¿Q-qué he pasado? —se tocó la cabeza y se dio cuenta que estaba sudando.

—Ahora tu vida está vinculada a la de ella —señaló a la joven inconsciente en el suelo—. Ese será tu castigo.

Y con esas palabras se fue volando. Desdentao lanzó otro plasma, pero ya era tarde. Había desaparecido. Hipo, todavía confundido, corrió a socorrer a la joven. Tenía la cara amorotonada, pero Hipo vio enseguida que aquella joven sería más o menos de su edad. Llevaba las mismas vestiduras que aquellas mujeres y su cabello rubio, del color del sol, caía sobre su cara.

—¡Oye! ¿Estás bien? ¡Despierta, por favor! —le llamó Hipo mientras la incorporaba entre sus brazos.

La mujer hizo un gesto de dolor y siseó. Parpadeó un par de veces y se miraron a los ojos. Hipo se quedó fascinado. Su ojos eran del color del cielo en pleno verano. Ella le observó desorientada al principio, pero la cólera se dibujó pronto en su rostro. Le dijo algo en un idioma que no entendió. Su incomprensión le molestó aún más. Clavó el codo en sus costillas y le dio un rodillazo en el estómago.

—¡Espera! —exclamó Hipo hecho un ovillo por el dolor.

La mujer no le hizo ni el más mínimo caso, corrió hacia al agua y saltó. Al parecer, ambos esperaban que ella saliera volando, pero no se dio el caso.

Volvió a saltar.

Nada.

La mujer se giró, esta vez asustada, y fue en dirección a la hoguera. Hipo se incorporó con ayuda de Desdendao y corrió en su dirección aterrado por la posibilidad de que la mujer se pudiera arrojar al fuego. Pero ésta se paró en seco, demasiado próxima para no sentir el calor abrasante en su cara. Para cuando Hipo la alcanzó, tenía el brazo derecho entero metido en el fuego. Iba a apartarla cuando la mujer se giró en su dirección y sintió una fuerza inmensa empujándolo al sentido contrario. No supo cómo ni por qué, pero aquella fuerza le pilló tan de sorpresa que le cortó la respiración. Por suerte, Desdentao lo atrapó al vuelo.

La mujer se acercó, amenazante y peligrosa, e Hipo se preguntó en qué buena hora se le había ocurrido la terrible idea de pasar su noche de insomnio fuera de casa. Se fijó en el brazo derecho de la joven. Estaba intacto. Hipo se convenció a sí mismo que era imposible, que todo aquello debía ser una pesadilla. La mujer alzó de nuevo el brazo, dispuesta a lanzarle por los aires una vez más, pero Desdentao se puso delante de él, con los dientes fuera y dispuesto a atacar. Lanzó un rugido y la mujer se paró en seco.

—¿Por qué le defiendes? Su especie ha masacrado a miles de los tuyos.

Así que sabía hablar su idioma. Aunque no parecía un gran consuelo.

—Los dragones son criaturas pacíficas, Desdentao jamás me haría daño —comentó Hipo con las manos levantadas en son de paz.

—No hablaba contigo —respondió la mujer con voz cortante.

Desdentao parecía tan confundido como él. Volvió a rugir, aunque esta vez con más timidez.

—¿Tu amigo? ¿Un humano? —preguntó sorprendida.

—¿Acaso no lo eres tú también? —inquirió Hipo.

—¡No estoy hablando contigo! —chilló ella— ¿Y cómo te atreves a ponerme a tu altura? ¡Soy una bruja del Aquelarre del Sabbat! ¡Jamás podría comparárseme con un simple humano como tú!

¿Bruja? Hipo había oído hablar de ellas. Meras leyendas. No eran criaturas comunes en estos lares y mucho menos concordaban a las mujeres que él había visto esa noche. ¿Mujeres que volaban sin necesidad de un dragón? ¿Que no se quemaban? ¿Que lanzaban a la gente por los aires con un leve gesto de la muñeca? Estaba claro, el insomnio le estaba jugando una mala pasada y ahora tenía visiones. No pudo evitar reírse.

—¿Qué te hace tanta gracia? —replicó la bruja molesta.

—Dímelo tú que eres la bruja —respondió Hipo con sorna—. Debería estar contento porque creo que estoy durmiendo, aunque esto sea una pesadilla.

—¿De qué diablos estás hablando? —la bruja volvió a levantar la mano a su dirección e Hipo y Desdentao se pusieron en guardia— ¿Quién eres? ¿Y cómo demonios nos has encontrado?

—Soy Hipo, estaba sobrevolando la zona cuando me encontré con vuestra hoguera.

—¿Sobrevolando? —miró a Desdentao y se fijó en la silla de montar que tenía sobre su lomo— ¿Un simple humano ha conseguido domar a un Furia Nocturna? No me lo creo.

Hipo puso los ojos en blanco y se giró en dirección a Desdentao. La mujer frunció el ceño.

—¿A dónde te crees que vas?

—A mi casa, a ver si así consigo despertarme de este mal sueño —replicó molesto mientras se acomodaba sobre Desdentao.

—No puedes dejarme aquí sola, no sé dónde estoy —corrió a su dirección pero Desdentao le respondió con un gruñido poco amigable que hizo que se parara en seco—. Deberías vigilar tu lengua, reptil.

—¿Es cierto que le entiendes? —preguntó Hipo, simulando desinterés.

—Todas las brujas entendemos a los dragones, pero no nos llevamos muy bien entre nuestras especies.

—Me pregunto por qué —comentó Hipo con cierto tono de amargura.

—Lo mismo deberíais preguntaros los humanos, podremos llevarnos mal, pero nosotras al menos no nos dedicamos a asesinarlos.

Hipo le lanzó una mirada envenenada y acomodó su prótesis sobre la palanca. La chica le observó curiosa, aunque seguía habiendo furia en sus ojos.

—¿Qué vas hacer ahora? —preguntó Hipo.

—¿A qué te refieres?

—La mujer de la corona de flores dijo algo así como que eras una paria traidora de tu especie, por lo que entiendo que estás sola.

La mujer se vio dolida por sus palabras, miró en dirección al cielo.

—Supongo que se acabó. Estoy fuera, ya no podré volar ni volver nunca más —murmuró.

—¿Fuera de qué? —quiso saber Hipo.

—No es asunto tuyo —respondió ella cortante.

Hipo se estaba cansando de su hostilidad y notaba que el cansancio le estaba invadiendo de nuevo. Le dolía el omoplato izquierdo de cuando Desdentao le había atrapado en el vuelo. Para ser una pesadilla, el dolor se sentía demasiado real.

—Bien, pues señora bruja, me voy. Te deseo la mejor de las suertes.

—Me llamo Astrid y necesito que me cuentes que más te dijo esa mujer —hizo un amago de acercarse, pero Desdentao mostró los dientes con poca simpatía.

Hipo acarició a Desdentao para calmarle. Por primera vez, sintió cierta fragilidad en aquella mujer.

—Me dijo que era ser terrible por interrumpir una ceremonia de sacrificio o algo así y que tendría que cargar contigo por el resto de mis días —suspiró—. Luego hizo una cosa rara que hizo que me doliera la cabeza y dijo que estábamos vinculados como castigo. Evidentemente, eso es una tontería.

La cara de Astrid era un poema. Se había quedado blanca como la cera. Llevó las manos a la cabeza y empezó a hablar para sí misma:

—Por eso no me ha matado. Quiere vincularme con un humano amante de dragones para que malviva con los de su especie. Por la Diosa, la muerte habría sido mejor que esto.

Hipo no quiso escuchar nada más. Quería despertarse ya. Movió la palanca en señal de despegue para Desdentao y se fueron. Escuchó la voz de Astrid a su espalda, pero la ignoró. Después oyó un trueno, seguido de la lluvia de relámpagos. Mientras huían a duras penas de aquellas corrientes de energía, Hipo creyó escuchar unos sollozos en lo más hondo de su cabeza. El dolor había vuelto y no era capaz de escuchar los atronadores relámpagos porque le zumbaban los oídos. Cruzaron la isla, ya libres de la tormenta eléctrica de Astrid, aunque el cielo estaba inundado de nubes negras como el azabache. La tormenta había despertado a varias personas de la aldea, pero por suerte ninguno le avistó colándose por su ventana. Hipo fue a la cama dando eses, el dolor de cabeza era insoportable. Al final cayó inconsciente mientras escuchab la voz de Bocón despertando a su padre.

Se despertó a mediodía. El dolor de cabeza había desaparecido, aunque le zumbaban levemente los oídos. Desdentao no estaba en su sitio y su padre tampoco se hallaba en casa. Intentó comer algo, pero tenía el estómago cerrado. La pesadilla de la noche anterior había sido demasiado vívido. El frío nocturno, las brujas bailando y cantando alrededor de la hoguera, la bruja pelirroja con la corona de flores y Astrid. Le fascinaba que pudiera acordarse tan bien de su rostro amorotonado marcado por la ira y la apatía hacia su presencia. No obstante, estaba seguro que en otras circunstancias le habría parecido hermosa.

Estaba todavía ensimismado en sus pensamientos cuando su padre apareció.

—¡Veo que te has despertado! Estabas tan profundamente dormido que no he querido despertarte esta mañana.

—Gracias, papá —dijo Hipo un tanto avergonzado. Sabía que su padre estaba muy preocupado por su insomnio y sabía que había estado mirando remedios con Gothi para solucionarlo—. ¿Alguna novedad en mi ausencia?

—La verdad es que sí ¡Tengo una buena noticia! Hemos encontrado ayudante para Gothi.

—¿Ya? —aquello era extraño. Gothi había expresado su deseo de retirarse, pero era consciente que para ello necesitaba una aprendiz. Ser la curandera de la aldea conllevaba años de estudio, pero no estaba en nuestra lista de prioridades— ¿Y quién es?

—No la conoces, es una muchacha de una isla vecina que pasaba por aquí —explicó su padre mientras le cogía un trozo de manzana de su desayuno—. Gothi se ha mostrado encantada con ella, parece que la chica ya tiene experiencia previa en medicina, sobre todo en campos de batalla. Es de tu edad.

Aquello sonaba cada vez más extraño. Era raro que personas de otras aldeas se pasearan por allí. La simpatía de los habitantes de Mema por los dragones no levantaban pasiones en el archipiélago, aunque tampoco suponía un conflicto. ¿Quién querría enfrentarse contra una isla cuyos habitantes montan dragones? No era la idea más inteligente.

—¡Oh! ¡Está justo ahí! —exclamó Estoico mirando por la ventana— ¡Ven hijo! ¡Has de conocerla!

El entusiasmo de su padre le tenía preocupado, pero no se atrevió a discutir. Un pequeño grupo rodeaba a Gothi y a la muchacha. Vestía como cualquier mujer vikinga en invierno: pieles, falda, leggins y botas. Tenía el pelo rubio, del color del sol, recogido en una trenza muy complicada y llevaba una cinta sobre su cabeza, como símbolo de su soltería. Ella le daba la espalda y estaba riéndose con algo que le estaba contando Patapez.

—¡Astrid! —le llamó el Jefe y a Hipo se le paró el corazón. No podía ser verdad— ¡Ven a conoce a mi hijo, Hipo! ¡El orgullo de Isla Mema!

Ella se giró. Sus ojos azules, como el cielo en verano, se clavaron en los suyos. Esperó que no hubiera reconocimiento entre ellos, pero lo hubo. Ella sonrió y se acercó a darle la mano. Sintió un calambre que le paralizó.

—Tenía muchas ganas de conocerte, Hipo —dijo Astrid sin apartar la mirada y apretando tan fuerte su mano hasta el punto de hacerle daño—. Estoy convencida de que tú y yo nos llevaremos muy pero que muy bien.

Y en ese momento Hipo supo que estaba ante la persona que sería su ruina por el resto de sus días.

Xx.