Holi,

¿Sorprendides de que actualice tan rápido? Pues yo también, la verdad. Pensaba adelantar un poco más el capítulo 58 (sí, el 57 ya está escrito, aunque pendiente por revisar), pero por una cosa no sé si de resignación, soledad o tristeza he decidido sacar este capítulo para que al menos conozcáis el final de la historia de Asta. Eso sí, dado que la batalla final se dividirán en tres capítulos más cortos de lo usual, he decidido que hasta que no termine de escribir los tres próximos capítulos no voy a publicar nada, puesto que para mí funcionan como un único capítulo y necesito tenerlo todo escrito para antes de empezar a publicar.

Por otra parte quería ser muy clara con un par cuestiones muy importantes que pido por favor que leáis:

1) Creo que no ha habido capítulo en el que no haya mencionado el tema de las reviews. Yo es una cuestión con la que estoy resignada que por mucho que diga poco va a pasar, pero solo quería remarcar que no he recibido tan pocas reviews desde el capítulo 11 y estamos ahora en el capítulo 56. Yo entiendo que tenéis vuestra vida, entiendo que no os sintáis con ganas de escribir o que creáis que no tenéis nada que compartir. Soy perfectamente consciente que Wicked Game es un fanfic largo y muy denso, que entremezcléis personajes o que no los ubiquéis si no salen de hace un tiempo, que si lo leéis por encima o muy rápido es MUY fácil perderse por la enorme cantidad de detalles que tiene y que sé que una barbaridad de lectores se han marchado o bien porque han dejado el fandom o bien porque se han aburrido del fic. Lo entiendo todo. Sin embargo, yo sigo aquí. Actualizo tan pronto la vida real me lo permite y, aún habiendo podido acortar la historia, decidí escribir la historia que tenía pensada para mí y para vosotres. Es muy difícil expresar en palabras lo que este fanfic significa para mí y lo triste que me siento cuando veo que se lee y casi nadie quiere compartir sus impresiones conmigo, ya sean buenas o malas. Me repito como las persianas, pero no insistiría tanto en este tema si no fuera porque considero que la valoración de les lectores en un fanfic es importante para las autoras. Creo que dado mi compromiso con este fic y con las personas que lo siguen, estoy en mi derecho de pedir reviews y es probable que siga haciéndolo hasta el final del fanfic.

2) Es casi seguro que este año no haya especial de Navidad. Ya lo advertí en "Tiempo de Navidad" que esa colección de one-shots (que si no lo habéis leído, os lo recomiendo) sería mi último especial de Navidad y es conveniente advertiros de que estaba hablando en serio. Yo más que nadie quiero escribir un especial (me sobran ideas para continuar la dinámica de Tiempos de Navidad), pero Wicked Game me tiene absorbida y de verdad que necesito acabarlo este año para terminar con el mundo de fanfiction y pasar página con la entrada del nuevo año. No recibo acoso al respecto (de eso jamás me he quejado de vosotres), pero sí se me ha preguntado en más de una ocasión y lamentablemente no veo probable que suceda. Quería remarcarlo porque de verdad que no quiero que nadie se siente decepcionade por esto.

Remarcaros que ya no queda mucho para que acabe Wicked Game. Por favor, aguantad un poquito más porque realmente espero conseguir el final que esta historia merece y que tengo tan claro desde hace tiempo.

Y ahora, procedemos al final de la historia de Asta. Este capítulo fue un infierno escribirlo, así que espero que el esfuerzo haya merecido la pena.

Os mando un abrazo.

Xx.


Isla Mema era un lugar frío y gris.

Quizás no tan frío como su Siberia natal, pero su cielo siempre estaba cubierto de nubes densas y grises y, según Thror Hofferson, llovía trescientos cincuenta y cinco días al año. Asta no había estado familiarizada con la lluvia hasta que había llegado al continente; pero, a diferencia de los humanos que ponían caras largas cada vez que llovía, Asta se sentía eufórica y feliz. Quizás fuera por su propia naturaleza mágica, influenciada siempre por la presencia del agua, pero a Asta le encantaban las tardes en las que podía pasear bajo la lluvia, aunque la anciana señora Hofferson siempre la regañaba por volver empapada a casa.

—¡Un día cogerás una pulmonía y yo no voy a mover un dedo por cuidarte, jovencita! —exclamaba molesta mientras Asta se secaba junto al fuego con una sonrisa burlona.

La señora Hofferson era la mujer más gruñona y terca que Asta había conocido nunca. Al principio, cuando llegó a Isla Mema, había reiterado una y otra vez que ella no necesitaba a ninguna niñera, aún sufriendo dificultades para levantarse o moverse libremente por la casa. Asta había ganado experiencia tratando ancianos durante el tiempo que había trabajado de galena y, en verdad, lo que la señora Hofferson verdaderamente necesitaba era compañía.

Estaba aliviada de que la oferta de Thror Hofferson no hubiera sido una treta para engañarla y aprovecharse de ella, aunque solo había que ver la cara de Thror para descubrir que no solo era un mentiroso terrible sino que además era un hombre honesto y de muy buen corazón que sufría mucha presión por su posición y la delicada situación que la aldea sufría a causa de los dragones. Thror era la mano derecha del Jefe, general de los ejércitos de Mema y un guerrero reputado y mordaz, por lo que tenía muy poco tiempo para atender a su madre como él consideraba que se merecía y, para marear más la perdiz, también contaba con una prometida a la que atender.

Asta solo se relacionaba con la señora Hofferson y, puntualmente, con Thror. El vikingo había demostrado ser demasiado curioso y Asta no se sentía en absoluto cómoda hablando de sí misma, más cuando debía ocultar su identidad mágica en todo momento. Apenas había usado la magia desde que había llegado a Isla Mema y se sentía extraña e incluso avergonzada por haber descuidado tanto su aprendizaje, pero no podía arriesgarse a que volviera a sucederle lo acontecido en los últimos meses con las völvas y los humanos. Tenía una necesidad imperiosa de sentirse aceptada y deseaba que Isla Mema fuera un lugar en el que pudiera quedarse a medio o incluso largo plazo.

Además, le gustaba su trabajo.

La señora Hofferson era una patrona exigente, pero Asta era una mujer activa y resolutiva. Es más, mostró ser tan eficiente en su trabajo, que la señora Hofferson no tardó en dejar de quejarse de su presencia y su trato fue suavizando hasta el punto que ambas mujeres parecieron entenderse como si se conocieran de toda la vida. Asta se sentía cómoda con esa mujer gruñona, inteligente y sabia, con mil y un anécdotas que contar y con una vida marcada por la tragedia de haber perdido a su marido y a todos su hijos en la guerra contra los dragones. La devoción que la señora Hofferson sentía por su hijo era abrumadora, puesto que, aunque la primera impresión demostraba que no era una mujer especialmente cariñosa, siempre estaba pendiente de Thror y de su bienestar. El vikingo procuraba poner siempre su mejor cara pese a su evidente estrés y el cansancio y a Asta le fascinaba como un hombre tan grande y de aspecto tan bruto pudiera contar con tanta ternura y bondad.

A causa de su tirante viaje hasta Isla Mema, Thror había tenido el detalle de darle su espacio y no volver a abordarla con un montón de preguntas. Ella se esforzaba en ocultar su nerviosismo cada vez que estaba a su alrededor y sentía su corazón acelerarse cada noche que él regresaba a casa. Asta se sentía como una tonta por sentirse como una adolescente cada vez que Thror estaba cerca y se reprendía a sí misma por sentirse atraída por un hombre que estaba comprometido con otra.

A Asta no le gustaba la prometida de Thror.

Kaira Eirksdottir era la mujer más pedante y egocéntrica que había conocido nunca y le desagradaba que la tratara de menos solo por ser una criada. La había conocido a los pocos días de llegar a Isla Mema y no le había caído en gracia, sobre todo por los aires que se daba y la falsedad con la que trataba a la señora Hofferson. La madre de Thror, que no era de las que tuvieran pelos en la lengua, se obligaba a cerrar la boca para no responder mal a los comentarios irritantes de la muchacha. Asta descubriría tiempo después sobre la desesperación de los Hofferson por tener descendencia lo antes posible para preservar su apellido, aunque seguía convencida de que Kaira no era la mujer adecuada para Thror. Para complacer a la señora Hofferson, Asta le enseñó a cocinar un par de platos y, a pesar de que Kaira reiteraba de que ella seguiría cocinando para la familia una vez que se casara con Thror, consideró importante aprender simplemente por tener una excusa para fardar ante sus amigas. Era una alumna con aires de sabelotodo y torpe, pero Asta contaba con paciencia suficiente como para tener que soportarla un par de horas a la semana solo para contentarla y quitársela de encima.

—No sé cómo lo haces, niña, es escucharla hablar y querer retorcerle el pescuezo —le dijo la señora Hofferson una noche mientras jugaban a Mazas y Garras—. Lamento que los dioses no me dieran más paciencia.

Asta movió su pieza y la anciana chasqueó la lengua irritada.

—La paciencia es una virtud que ha de entrenarse —argumentó Asta con una sonrisa.

La señora Hofferson frunció el ceño.

—Yo ya estoy vieja para entrenar nada —replicó la anciana—. Menos mal que me moriré pronto, porque no soy capaz de aguantar con esa petarda como nuera. La única pena que tengo es dejar a mi hijo unido a esa mujer.

A Asta le hubiera gustado preguntar sobre la razón por la que Thror se casaría con Kaira si tan poco les gustaba, pero no le pareció prudente hacerlo.

—El matrimonio es un contrato —dijo la vieja de repente y Asta alzó la mirada del tablero confundida—. Es raro que alguien se case por amor, más en tiempos de guerra. Kaira Eirksdottir viene de una familia numerosa y tiene las mismas caderas que su madre, por lo que es muy probable que pueda traer muchos hijos a este mundo.

—¿Por qué…?

—Los Hofferson han habitado en esta isla desde la fundación de la tribu —le interrumpió la anciana moviendo su pieza—. No podemos permitir que nuestro nombre se extinga, sería dejar ganar a los dragones.

La señora Hofferson no la había mirado a los ojos cuando pronunció aquella último frase, pero Asta leyó el dolor en su voz. Aquella pobre mujer debía haber pasado un calvario de vida tras haber perdido a tantos seres queridos, aunque le resultaba extraño que antepusiera la permanencia de un nombre a la felicidad de su hijo. Supuso que era una cuestión de humanos y era prudente no meter sus narices en aquel descabellado asunto. Se decidió que haría todo lo posible por perder el interés por Thror Hofferson, añadiendo además que ella no era más que una criada y él una de las figuras más importantes de la tribu. Sin embargo, a pesar de que ella siempre procuraba mostrarse fría e indiferente con él, Thror era amable y atento todo el tiempo y era cierto que le había pillado en más de una ocasión observándola con una mirada que la dejaba sin respiración.

La tensión entre ellos aumentó cuando empezaron a jugar sus partidas nocturnas de Mazas y Garras. Thror era tan buen jugador como su madre y cuando consiguió ganarla por primera vez, Asta sintió que estaba perdida al contemplar su sonrisa triunfal y sus ojos, azules como el cielo en verano, brillando con suma ilusión por haberla vencida por fin. Asta no se había enamorado nunca de nadie, pero tenía claro que Thror Hofferson era el hombre de su vida. Lo amaba tanto que a veces necesitaba parar y frotarse el pecho para asegurarse de que su corazón no saliera disparado. Lo amaba tanto que a veces —solo a veces— le dejaba ganar para complacerlo, aunque él era mejor perdedor que ella. Lo amaba tanto que ella había empezado a descuidarse y mostrar su verdadera cara con él, mostrándose más abierta de lo que nunca se había mostrado con nadie, incluso con su propia madre. Lo amaba tanto que se había decidido a abandonar Isla Mema tan pronto se casara, porque se le hacía insoportable la sola idea de que él perteneciera a otra mujer.

Él la deseaba. De eso tampoco tenía dudas. Asta conocía su lenguaje no verbal al dedillo y sabía lo nervioso que le ponía verla vestida solo con un camisón por las noches cuando jugaban a Mazas y Garras. A veces incluso deslizaba discretamente la tela del camisón por sus hombros para que pudiera contemplar la desnudez de su piel. No negaba que ella no le daba ningún indicio de nada, quizás por su inexperiencia y su timidez, pero se sentía poderosa al ver que podía alterarlo con tanta facilidad. No obstante, su juego terminó cuando Thror le dijo que no podían echar más partidas a Mazas y Garras por más tiempo, alegando que estaba perdiendo horas de sueño por quedarse jugando hasta tan tarde con ella y aquello empezaba a pasarle factura. Asta estaba decepcionada por sus palabras y su ridícula excusa, pero no le presionó. Después de todo, lo suyo era imposible y no podía permitirse el lujo de llevarse un desengaño.

Aquel invierno pasó tan lento que los días se le hacían agónicos. Los vikingos se preparaban para las celebraciones para el Snoggletog, aunque Asta no prestaba especial atención a las festividades de los locales. Para ella era mucho más importante celebrar el día de Freyja que cualquier fiesta vikinga, por lo que cuando tanto la señora Hofferson como Thror le preguntaron si se quedaría en casa para celebrar con ellos Snoggletog ella se negó de manera tajante. El culto a la diosa era un compromiso al que Asta no había fallado desde su huída del aquelarre y, de alguna manera, tenía la sensación que si dejaba de orar a Freyja, sería razón suficiente como para que Le Fey y las demás brujas del aquelarre pudieran encontrarla. Cualquiera que supiera de su situación la hubiera llamado supersticiosa, pero Asta Lund había tenido una vida lo bastante complicada como para no querer arriesgarse a dejar de orar. No había vuelto a tener noticias ni de Le Fey ni del aquelarre y, pese a haber abandonado a sus hermanas y toda la vida que su madre había construído para ella, Asta seguía convencida de que había hecho lo correcto. Con el grimorio en su poder, Le Fey jamás obtendría el poder absoluto del aquelarre y Asta había jurado a la diosa que protegería el legado de Masha Lund con su vida.

La noche previa a Snoggletog, Asta se había quedado hasta muy tarde preparando la comida y un postre especial para los Hofferson. Apenas durmió dos horas, pero había merecido la pena el esfuerzo con tal de contentarlos. La entrada de la casa estaba cubierta de nieve, pero al no haber nadie a su alrededor, Asta usó su magia para convertir la nieve en agua y despejar el camino hacia el bosque. El día no parecía que fuera a mejorar y estaba segura de que iba a ponerse a nevar de nuevo en cualquier momento, por lo que Asta decidió ir a las aguas termales del interior de la isla para orar, así aprovecharía también para bañarse, ya que para ella hacía demasiado frío como para bañarse en las aguas termales exteriores que habían cerca de la aldea.

Asta se esmeró en sus rezos. Recitó las oraciones, cantó y bailó desnuda sobre el agua, tal y como su madre le había enseñado desde bien pequeña. Solo cayó en la tormenta de nieve cuando dio por finalizado el rezo y soltó una palabrota en su lengua materna al caer que era lo bastante intensa como para entorpecer su camino de vuelta. Si pudiera volar tal vez hubiera vuelto a la aldea sin exponerse al peligro, pero Asta había perdido ese don tan pronto abandonó el aquelarre. Había sido uno de los muchos sacrificios que había tenido que hacer y era innegable que todavía lo echaba en falta. Decidió esperar a que la tormenta parase y aprovechó para darse un buen y largo baño. Encendió unos fuegos ignífugos para iluminar la caverna y mientras se aclaraba el pelo se preguntó si los Hofferson notarían su falta. Ella siempre había presumido de ser puntual y estar siempre de vuelta para preparar la cena, pero la tormenta no tenía pinta de amainar y todo apuntaba de que tendría que pasar allí la noche. Sin salir todavía de la piscina, Asta cogió su peine para cepillarse el pelo y desenredar los nudos de sus mechones. Se ensimismó tanto en su tarea de desenredar su cabello que escuchó al intruso demasiado tarde. Asta no podía considerarse una bruja impulsiva, pero fue tal el miedo que la embargó que actuó casi sin pensar. Lanzó una tromba de agua tan violenta y ardiente contra aquel humano que no fue hasta que escuchó su grito cuando cayó que aquel hombre no era otro que Thror Hofferson.

Movida por el pánico, paró la tromba de agua y salió de la piscina de un salto para socorrer a Thror. La bruja contempló su piel enrojecida por la alta temperatura del agua y cómo se le habían empezado a formar ampollas bajo sus densas capas de ropa. Posó la mano en su pecho y notó que sus pulmones estaban repletos de agua. Si no se daba prisa, Thror moriría o bien ahogado o a causa del shock por las quemaduras. Posó las manos sobre su vientre y formuló el hechizo para expulsar el agua de sus pulmones. Thror recuperó la consciencia tan pronto vomitó el agua por la nariz y la boca, aunque Asta no le dejó hablar hasta asegurarse de que las quemaduras quedaban completamente curadas bajo el fulgor dorado de sus manos.

Cuando hubo terminado por fin y observó que Thror la contemplaba con la boca entreabierta y los ojos abiertos de par en par, cayó que su secreto había dejado de serlo para siempre. Fue una circunstancia muy violenta para ambos, sobre todo porque se había convencido de que ya no había lugar para ella en el hogar de los Hofferson ahora que él sabía que era una bruja. Fue entonces cuando Thror declaró que necesitaba que ella se quedara. Convencida de que aún la quería como criada, Asta le aseguró que no le sería difícil encontrar a una nueva y que él ya había rechazado su compañía después de negarse a seguir jugando a Mazas y Garras con ella.

—No quería… no quería que te dieras cuenta —argumentó avergonzado.

—¿De qué? —espetó ella de mala gana mientras cruzaba los brazos sobre su pecho.

—De que disfrutaba demasiado de tu compañía —confesó Thror con un fuerte rubor cubriendo su cara.

Oh.

¡Oh!

¿Pero era eso posible?, se preguntó ella anonadada. ¿Él estaba interesado en ella en ese sentido? Pero… pero… ¡Si él iba a casarse! Sabía que se sentía atraído por ella, pero nunca hubiera pensado que Thror Hofferson hubiera desarrollado el mínimo sentimiento romántico por ella. Ella se excusó recordándole que se iba a casar y que era imposible que, tras haberle atacado como acababa de hacerlo, pudiera sentir nada positivo hacia ella.

—Cásate tú conmigo —le pidió Thror con firmeza y agarrando de su mano.

Asta sintió su corazón latir tan deprisa que estaba segura que iba a desmayarse allí mismo. ¿Quería? Sí ¿Podía? No. Era una idea terrible. Él era humano, rico y poderoso, mientras que ella era bruja, pobre y solo traía problemas allá por donde fuera. Temía que su propia maldición de haber nacido sin estrella influyera también en él y pudiera arruinarle la vida. Además, a Asta le aterraba la sola idea de que Le Fey la encontrara y exponer a que Thror o incluso su madre sufrieran cualquier daño. Si eso sucediera, Asta no podría perdonárselo jamás. Intentó disuadirlo usando su magia para intimidarlo, pero el efecto que le causó fue más bien lo contrario. Por esa razón, Asta ya no pudo negar sus propios sentimientos por más tiempo. Es más, Thror parecía gratamente sorprendido de que ella sintiera algo por él, aunque Asta fue incapaz de expresar con palabras hasta qué punto le amaba, más en un idioma que no era el suyo.

La relación entre ambos cambió por completo desde entonces. Asta no había dejado de sugerirle que quizás era más conveniente que se casara con Kaira y dejaran todo aquello en el olvido, pero Thror era más terco que una mula y no cabía duda de que él la amaba. La bruja nunca se había sentido tan atraída por nadie ni había tenido nunca una necesidad tan imperiosa por que la tocaran. Adoraba cuando la besaba, sobre todo cuando se dejaba llevar por una pasión que se esforzaba en controlar. Asta se había insinuado más de una vez, pero Thror había dejado bien claro que no se acostaría con ella a menos que se casara con él, por lo que ambos estaban a dos velas y más que frustrados. Asta seguía sin estar convencida de que casarse sería una buena idea. Ella no tenía nada que ofrecerle a Thror y dudaba que la señora Hofferson fuera a dar su beneplácito ante un posible enlace entre ellos, eso por no mencionar del revuelo que se armaría en la aldea si Thror anunciaba que se iba a casar con su criada extranjera.

Sin embargo, terminó diciendo que sí. No pudo negarse después de que Thror arriesgara su propia vida al intentar rescatarla durante aquel ataque de dragones. Asta nunca le había contado que no podía quemarse debido a su magia. Es más, nunca había necesitado comentárselo hasta ese día en el que los dragones incendiaron la casa de los Hofferson. Ella había entrado en la casa sin ningún miedo más que el de perder el libro de su madre y, por suerte, lo rescató a tiempo. Su vestido se quemó en su mayor parte y el humo era muy denso, pero ella no sufrió el menor daño. Sin embargo, cuando salió al exterior y se encontró de bruces con Thror, se asustó. Pensó que se enfadaría con ella, pero el vikingo había estado demasiado preocupado como para siquiera poner en orden sus emociones encontradas. El hecho de que estuviera tan roto y hubiera intentado salvarla de las llamas fue motivo suficiente como para ceder por fin a su petición.

Deseaba estar con él por encima de todo.

Además, Thror no la presionaba. Respetaba que hubiera tenido un pasado lo bastante complicado como para que ella no quisiera relatarlo y también era consciente de que el hecho de que Asta fuera una bruja complicaba ciertos aspectos de su relación. A él lo único lo importaba era que estuvieran juntos, todo lo demás carecía de importancia. Por esa razón, a Thror se le hizo muy fácil contar sobre su relación a su madre y, cuando ésta mostró su disconformidad, siguió sin cambiar de parecer. La anciana cedió tras advertirle que el quedarse embarazada debía ser su máxima prioridad para preservar el nombre de los Hofferson, algo que alteró ligeramente a Asta, puesto que hasta ahora no se había planteado siquiera la posibilidad de tener hijos. Al margen de eso, la señora Hofferson no puso más reparos ante su compromiso y se volvió incluso más cariñosa de lo acostumbrado, quizás porque Asta le caía infinitamente mejor que Kaira.

La ruptura del compromiso con Kaira Eirksdottir fue lo más desagradable de todo aquello. Pese a que la posición de Thror y el apoyo del Jefe les facilitaron muchas las cosas, Asta tuvo que pasar por una de las situaciones más violentas que había vivido nunca. Kaira era una mujer inestable e irascible, en un momento podía estar arrastrándose a lo pies de Thror llorando a lágrima viva y suplicándole que volviera con ella y al minuto siguiente podía estar gritando como una histérica mientras les llamaban de todo y les lanzaba toda clase de objetos. Thror había arreglado los asuntos con la familia de Kaira pagando una cantidad disparatada de dinero, pero Asta estaba convencida de que se había ganado a pulso una enemiga más a su colección. No mucho tiempo después de la ruptura del compromiso, Kaira Eirksdottir se casó con Haran Gormdsen y no se volvió a hablar más del asunto.

Asta Lund nunca pudo imaginarse que su vida le llevaría a organizar su propia vida. Tanto ella como Thror deseaban un enlace sencillo, sin mucha pompa y circunstancia, más teniendo en cuenta la situación precaria de la aldea a causa de la guerra. Por esa razón eligieron casarse a orillas del mar, en pleno contacto con su elemento y la propia Asta cosió su vestido con telas que el propio Thror le trajo desde el continente, inspirándose en las antiguas vestiduras de su aquelarre y decorando por primera y única vez su cabello con flores para homenajear a su difunta madre. Thror le regaló aquel día un anillo de plata que Asta llevaría consigo siempre colgado del cuello, salvo en las ocasiones especiales que se lo pondría en su dedo anular. La bruja se esforzó en contener su emoción durante la boda, aunque durante la noche de bodas, mientras se fundía entre los enormes brazos de Thror, fue incapaz de retener sus lágrimas que entremezclaban tristeza y la más plena felicidad. Le hubiera gustado que Masha y sus hermanas del aquelarre hubieran estado allí para conocer a su marido y dar sus bendiciones, pero se consolaba pensando que había dejado de estar sola por fin.

A pesar de que le rompía el corazón tener que dejar el apellido que su madre tan generosamente le había regalado, Asta aceptó el nombre Hofferson con gran orgullo. Thror era un marido extraordinario, aunque la guerra con los dragones le forzaba a ausentarse más de lo que a ella le hubiera gustado. Sin embargo, tras el repentino y triste fallecimiento de la señora Hofferson, Thror le aseguró que no había impedimentos por su parte en que practicara la magia dentro de casa cuando le viniera en gana. Por otra parte, Asta retomó su antiguo oficio de matrona y, tras ayudar a traer al mundo a Estoico Haddock, se ganó una buena reputación dentro de la aldea. Todo parecía ir sobre ruedas: tenía un marido maravilloso, un trabajo que la llenaba, una aldea en la que encajaba y, además, podía seguir estudiando el arte de la magia a través del grimorio de su madre.

No obstante, su felicidad se enturbió cuando una nueva galena llegó a la aldea. Ante el fallecimiento de la curandera anterior a causa de un ataque de dragones, Carapota Haddock había tenido que mover cielo y tierra para encontrar a una nueva galena que estuviera dispuesta a vivir en una de las aldeas con mayor tasa de mortalidad de todo el Archipiélago. Se presentaron muy pocas candidatas, pero al parecer Gothi, una curandera solterona que ya estaba al borde de la menopausia, estaba más que encantada por quedarse allí, sobre todo al saber que contaría con su propia vivienda sin tener que pagar el menor impuesto. Tan pronto se la presentaron, Asta cayó que aquella mujer era una völva y ésta tampoco tardó en adivinar su identidad mágica. La ansiedad se adueñó de ella: ¿qué iba hacer? ¿y si volvía a ser acosada por las völvas como había sucedido en el pasado? Asta no podía volver a pasar por todo aquello y no deseaba que Thror sufriera por su culpa, por lo que decidió presentarse en casa de la galena para mostrar su respeto y llegar a un acuerdo de convivencia. Gothi estaba muy sorprendida e incluso extrañada por su predisposición a que ambas se mantuvieran en buenos términos.

—No me molesta que vivas aquí —apuntó la mujer—. Lo que hagas con tu vida es asunto tuyo, yo solo deseo establecerme aquí y hacer mi vida tranquila.

—¿Y no avisarás a tus amigas de völvas de que vivo aquí? —preguntó Asta con cierta desconfianza.

—No tengo el menor interés de atraer más völvas que puedan quitarme el trabajo, quédate tranquila —gruñó Gothi—. Además, tú eres la esposa del general de Isla Mema, estás casi más protegida que la esposa del Jefe.

El establecer una relación cordial con la völva supuso un enorme alivio para Asta y pudo continuar su vida sin percances que la inquietaran. O eso pensó hasta que un día se dio cuenta de que su sangrado venía con mucho retraso. Eso junto a que se notaba muy hinchada y más cansada de lo habitual hizo que Asta se alarmara, sobre todo cuando sintió que su magia, en ocasiones, funcionaba a su libre albedrío. Conocía lo bastante bien su cuerpo como para cerciorarse de que estaba embarazada pero, en lugar alegrarse, solo pudo entrar en pánico. No se veía preparada para ser madre, sentía que era demasiado joven para serlo todavía. Deseaba disfrutar algo más de Thror y de su intimidad ahora que la señora Hofferson ya no estaba. Con el paso de los días, Asta cada vez estaba de peor humor y, pese a que jamás se planteó el hecho de quitarse el niño de en medio, sentía cierto rencor hacia la vida que creía dentro de ella. Thror no sospechaba nada a pesar de que era evidente de que estaba aumentando de peso, por lo que Asta mantuvo en secreto lo del embarazo hasta que un día, sin quererlo, se desmayó mientras trabajaba en las cocinas del Gran Salón.

La puñetera Gothi le reveló a Thror que estaba embarazada y Asta no podía soportar que él estuviera tan eufórico mientras que ella no podía soportar la sola idea de tener un bebé. Comprendía que Thror no entendiera lo que ella sentía. ¿Cómo se puede esperar eso de un hombre? Ellos no tenían que pasar por el calvario de verse convertidos en vacas, donde cada parte de su cuerpo se hinchaba mientras una cosa pequeña y chillona crecía dentro de ella. Le resultaba inquietante y horroroso a la vez. Además, sin comprender bien por qué, a Asta se le notaba el avance del embarazo más que a otras mujeres de su alrededor, como si el bebé que estuviera esperando fuera más grande de lo normal. Thror, quizás para aligerar la tensión, bromeaba de que tal vez se debiera a que los Hofferson siempre habían presumido de ser niños grandes, aunque con ese comentario solo se ganó que Asta le fulminara con la mirada y que casi le tirara el grimorio a la cabeza.

Asta sabía que no se estaba portando bien con su marido, aunque no había forma de que ella pudiera controlar toda esa ira que la estaba embargando como un caldero en ebullición. Sabía que los embarazos afectaban a las brujas de forma distinta que a las humanas, pero aquello se le estaba haciendo insoportable. Sentía que su magia y sus sentidos escapaban a su control, que aquella cosa que crecía dentro de ella iba a arruinarle la existencia y que Thror querría al bebé más que a ella.

Toda su vida estaba arruinada.

Estaba segura de ello.

O puede que no.

Sentir al bebé por primera vez lo cambió todo. La patada que brindó contra su vientre fue como si alguien le hubiera dado una bofetada y le hubiera gritado «¡espabila, Asta, que ahí dentro tienes un ser vivo de verdad y resulta que es tu hijo!». Fue en esa ocasión en la que Asta por fin procesó de que aquella cosa que crecía dentro de ella era un bebé. Un bebé de ella y Thror. Podía ser incluso una niña, se le ocurrió eufórica. Una niña que algún día sería una bruja como ella y le enseñaría todo lo que había aprendido sobre la magia. El legado de su madre viviría a través de su descendencia.

Toda la ira que la había abordado aquellos meses desapareció y fue sustituída por una maravillosa sensación de plenitud y felicidad. Thror, aliviado de que Asta volviera a ser ella misma, se volcó en darle cariño, en mimarla y en satisfacer cada uno de sus caprichos, desde aprender a cocinar sus asquerosos antojos hasta saciar su sed sexual que pareció acrecentarse a medida que iba avanzando el embarazo.

No debió haberse sorprendido tanto cuando descubrió que estaba embarazada de gemelos. Ella siempre había sido pequeña en tamaño, pero ello no justificaba que con seis meses de embarazo luciera como si estuviera en el término del embarazo. Asta se veía gigante con una tripa que le sobresalía exageradamente, con dos bebés que se movían dentro de ella como si estuvieran peleándose a puño limpio, con los pechos pesados por la leche que se acumulaba en ellos y con los tobillos tan hinchados que a veces no podía ni andar. Eso por no mencionar que su magia se escapa a su control, aunque por suerte nadie acabó herido. Daba gracias todos los días a Freyja porque Thror estuviera en su vida y que estuviera siempre tan pendiente de ella, y a Frigga por haberse quedado embarazada durante el invierno y así no sufrir los estragos de los ataques de dragones. No quería ni imaginarse lo que sería correr con aquella barriga de su casa hasta el Gran Salón cuando ir de su dormitorio hasta la cocina casi le parecía un peregrinaje.

Cuando por fin rompió aguas Asta quiso gritar por el alivio. Casi no había podido salir de la cama durante el último mes y ya ardía en deseos de tener a sus bebés en sus brazos. Pese a las reticencias de Thror, Asta consiguió convencerle para que pudiera dar a luz a sus bebés a la usanza de las brujas. Las contracciones eran terribles, pero Asta estaba lúcida y tenía muy claro hacia dónde debían ir cuando Thror la llevó en brazos hacia el bosque. Aquella cala estaba lo bastante lejos de la aldea como para que ella pudiera gritar a gusto y por si su magia escapa a su control. Además, estaba segura de que si alguien la viera dar a luz a sus hijos dentro del agua se habría llevado las manos a la cabeza. Entrar desnuda en el agua y apoyarse contra el pecho desnudo de su esposo le facilitó mucho las cosas. En contraste con su piel, Thror era cálido y tosco, pero sus caricias se sentían como cuando tocaba el terciopelo. Mientras esperaban a que la naturaleza siguiera su curso a la vez que se retorcía de dolor, Asta le confesó su deseo de que si resultaban tener niñas quería que recibieran la bendición de la diosa. Tras titubear unos segundos, quizás porque todo aquello sonaba muy confuso para él, Thror simplemente dijo:

—Se hará como tú desees, mi amor.

Asta dio a luz a dos niños varones preciosos y sanos. Thror los llamó Erland y Finn, como el padre y el hermano que había perdido a consecuencia de la guerra. Asta nunca pensó que pudiera estar embargada por un amor tan poderoso.

Sus hijos.

Esos dos bebés tan bellos y rubios eran suyos. Fruto de su amor con Thror.

Había cumplido con su misión al casarse con el único superviviente de los Hofferson. Había asegurado el linaje de los Hofferson trayendo al mundo dos varones al mismo tiempo. No obstante, tendría que esforzarse en salvar el legado de su madre. Volvería a quedarse embarazada y la próxima vez tendría una niña, con suerte quizás la muchacha que había visto en el reflejo del Lago de las Lágrimas cuyos ojos se asemejaban a los de su esposo y pronto descubriría que a los de sus hijos también.

Erland y Finn habían nacido siendo un reflejo el uno del otro, pero los dioses habían querido que fueran totalmente opuestos. Erland era un niño extrovertido, encantador y aventurero, quizás con tendencias a distraerse demasiado, mientras que Finn era más introvertido, silencioso y no cabía duda que era más astuto que su hermano. Los dos eran niños listos, educados y ruidosos. Desde el primer momento, Thror no pudo evitar enfocarse más en Erland, el mayor por siete minutos y, por tanto, su heredero. Asta a veces le regañaba por no darle la misma atención a Finn, aunque resultaba un tanto hipócrita teniendo en cuenta de que éste era el niño de sus ojos. Amaba a Erland con locura, por supuesto, pero Finn demostró ser mucho más sensible a su naturaleza mágica. Ni Thror ni Asta ocultaron su identidad mágica a los niños, sobre todo porque era cuestión de tiempo para que se notara de que Asta no envejecía al ritmo de los humanos y, honestamente, ella no veía razón para engañar a sus hijos. Ella era una bruja y estaba orgullosa de ello, ¿por qué debía ocultar algo tan importante a sus hijos?

Poco antes de que los gemelos cumplieran dos años, Asta volvió a quedarse embarazada. A diferencia del primero, este sí fue acogido con suma alegría desde el principio y el matrimonio no podía caber en su dicha. Ésta vez resultó evidente que esperaban a un único bebé, lo cual supuso un alivio para la bruja, dado que ésta vez pudo moverse con mucha más libertad y el descontrol en su magia resultaba menos severo que en el embarazo de los gemelos. Sin embargo, aquel embarazo fue mucho más estresante debido a que se había quedado embarazada a la entrada de la primavera y, por tanto, sufrió el horror de los ataques de los dragones. El estrés de no saber cuándo iban a ser atacados, de tener que proteger a sus hijos y a sí misma de los dragones y la falta de sueño no contribuyeron especialmente a su salud mental.

Al octavo mes, Asta rompió aguas.

No era el primer caso que conocía en el que el bebé nacía antes de tiempo. Ella misma había participado en alumbramientos bebés que nacían al séptimo mes y, aunque no todos sobrevivían, había más posibilidades de que su bebé sobreviviera. Su bebé iba a sobrevivir. Tenía que sobrevivir. No obstante, de partida, ni siquiera pudo dar a luz a la antigua usanza de las brujas como hizo con los gemelos. La sangre que había empezado a correr sus piernas la había alarmado tanto que se vio obligada a pedir ayuda a Gothi. Fue un parto mucho más lento que el de los gemelos y cuando el bebé salió por fin de ella le alarmó no oírla llorar. Se alzó ligeramente para ver a su bebé cuando contempló que Gothi estaba muy pálida y había alzado la mirada de su bebé hacia ella con una expresión que Asta jamás pensó que vería en una völva: lástima y pena. Embargada por el dolor y aún sin comprender qué estaba pasando, Asta se esforzó en incorporarse y entonces comprendió qué estaba pasando. El cordón umbilical no estaba donde debía estar. Había rodeado el cuello de su bebé hasta tres veces y la piel, en lugar de rosada, se había tornado morada.

—Asta, lo siento mucho…

La bruja arrancó al bebé de los brazos de la völva y, desesperada, le quitó con rapidez el cordón de su cuellito. Se dio cuenta de que era una niña. Una criatura preciosa y perfecta que seguramente sobreviviría. Intentó apartar los recuerdos de aquella bebé morada que Le Fey había matado y enfocó todos sus esfuerzos en reanimarla, como ya había hecho con otros bebés, pero la niña seguía siendo un bulto muerto entre sus brazos.

—Asta… Es inútil… Lo más seguro es que lleve así desde hace días —argumentó Gothi angustiada.

—No… no… por favor…

Fue traumático. Asta no quería separarse de la niña y fue Thror el que tuvo que convencerla para dejarla marchar. Asta no tendría muchos recuerdos de esos días tan tristes y oscuros, aunque se forzaba en fingir que todo estaba bien delante de los niños. Aún así, tanto Finn como Erland, aún siendo tan pequeños, demostraron una enorme sensibilidad y empatía hacia su madre, volviéndose aún más cariñosos de lo que ya habían demostrado ser. Asta se enfocó en educarlos, en hacer que fueran hombres hechos y derechos con un fuerte sentido de la responsabilidad y sensibles a la magia, como lo solían ser todos los hijos de brujas.

Asta volvió a quedarse embarazada cuando los gemelos cumplieron cuatro años. Ésta vez, procuró tomárselo con más calma y, por suerte, pasó la mayor parte del embarazo sin sufrir los ataques de los dragones. No obstante, cuando el embarazo llegó a término, Gothi tuvo que provocar el parto para descubrir que la bebé estaba muerta. Ésta vez no había explicación que justificara por qué demonios la niña había fallecido, pero el dolor fue tan terrible como la pérdida de la anterior. Asta se pasó días encamada, llorando en la intimidad, justificando ante sus hijos que mamá solo necesitaba descansar y que pronto todo sería como antes.

Un año más tarde de aquel terrible suceso, Asta se quedó de nuevo embarazada. Durante aquel embarazo en el que apenas salía de la cama, sucedió un evento terrible que despertó un miedo latente dentro de ella pero que jamás la había abandonado. Asta era una bruja lo bastante entrenada como para detectar la presencia de otras brujas sin que éstas la notaran. Por esa razón, cuando se despertó en mitad de la noche por el pestilente olor de la magia de Moryen Le Fey, Asta entró en pánico. Llevó la mano instintivamente a su vientre, pensando que Le Fey estaría allí para matarla. Sin embargo, allí solo estaba Thror roncando sonoramente. Alarmada y angustiada, obligándose a taparse la nariz con la manga de su camisón, Asta corrió primero a las habitaciones de sus hijos. Recientemente, tras la última reconstrucción de su casa debido a los ataques de los dragones, Thror se había visto obligado a construir una vivienda con una habitación más dado que Erland y Finn no soportaban compartir habitación. Pese a su corta edad, ambos hermanos no solo habían demostrado ser muy diferentes sino que además era muy fácil que se pelearan por cualquier tontería. Ni Asta ni Thror comprendían el origen de la enemistad surgida entre los gemelos y, aunque siempre se mostraban amorosos con sus padres, difícilmente podían aguantarse el uno al otro. Aquella noche, Erland dormía a pierna suelta, pero Finn se despertó tan pronto su madre asomó la cabeza en su cuarto.

—¿Ma?

—Vuélvete a dormir, cariño —le pidió Asta con suavidad, acercándose a la cama para arroparlo de nuevo e intentando no lucir demasiado nerviosa.

Finn se tumbó, aunque sacó su mano para cogérsela. Su piel se sentía caliente y suave contra la suya. Si no fuera por el nauseabundo olor que la estaba mareando, Asta hubiera besado su frente sin dudarlo. Finn era un niño introvertido y observador, fascinado con todo lo que tuviera que ver con la magia y con ella. Estaba muy apegado a Asta y la bruja no negaba que Finn había sido un pilar fundamental para soportar todo el dolor que había tenido que sobrepasar en los últimos años por la pérdida de las bebés.

—¿Estás triste? —preguntó el niño inocentemente.

—No, mi vida, cuando estoy contigo siempre estoy feliz —le aseguró la bruja con ternura—. Mamá solo está cansada, venga, duérmete de nuevo.

Asta murmuró el hechizo como si fuera un arrullo y Finn cayó preso del conjuro del sueño de su madre, quedándose dormido al instante. La bruja salió de su habitación y, con sumo cuidado, abrió la puerta de su casa. El olor era todavía más fuerte en el exterior y tuvo que sostenerse contra el marco de la puerta para no desmayarse allí mismo. Fue tal su mareo que apenas percibió los gritos provenientes del norte de la aldea, pero sí que vio a la figura salir volando de entre las casas. Asta se metió rápidamente en el interior de su casa y, con paso torpe, miró entre las cortinas a la bruja que pasó encima del tejado de la casa de enfrente con un bulto entre sus brazos.

Resultaba hasta irónico que Asta hubiera podido reconocer a Le Fey a pesar de que ahora tenía una cara distinta. Era rubia, esbelta y más bajita de lo que había sido Masha, pero su pestilente olor era inconfundible y estaba segura de que tendría los mismos ojos grises de siempre. Se apartó de la ventana cuando pareció que Le Fey giraba la cabeza hacia su casa, como si supiera que ella se escondía ahí, y se sentó en el suelo rezando para que, por favor, no se hubiera dado cuenta. Thror la encontró al cabo de una hora temblando como un corderito y llorando en silencio, incapaz de moverse del terror que le daba que la mujer que había arruinado una vez su vida volviera a hacerlo. Nunca había dudado de que Le Fey la buscaría, lo que no esperaba es que hubiera llegado tan lejos.

Sin embargo, pronto descubrió que los asuntos que habían traído a Le Fey a Isla Mema poco tenían que ver con ella.

Desde que Thror había roto el compromiso y se había casado con Haran Gormdsen, sus encuentros con Kaira, ahora Gormdsen, habían sido muy reducidos e incómodos. Es más, le resultaba muy desagradable encontrarse con aquella mujer porque cada vez que se veían parecía restregarle que, mientras ella solo había parido dos niños y había sufrido dos abortos, Kaira había dado a luz a cuatro criaturas sanas. La última de los retoños había sido una niña regordeta y pelirroja llamada Rosethorn que, por lo que tenía entendido, había sido la favorita del padre. La misma noche en la que Asta había visto a Le Fey, Carapota Haddock apareció buscando a Thror explicándole que habían secuestrado a la benjamina de los Gormdsen. Lo más inteligente para Asta hubiera sido quedarse en casa con los niños, pero le aterraba quedarse sola sabiendo que Le Fey todavía estaba cerca, por lo que cogió a sus dos hijos y los llevó con ella a casa de los Gormdsen.

Su presencia en aquella casa no fue bienvenida, pero a Asta no le importaba las malas caras o los desprecios de aquella familia. La casa apestaba a la magia de Le Fey y escuchó horrorizada cómo los Gormdsen detallaban al Jefe la presencia de la bruja en la casa.

—¿Pero os estáis escuchando? —cuestionó Carapota impaciente—. ¡Vuestra hija acaba de desaparecer y estáis hablándonos de brujas y cuentos de hadas!

—¿Acaso crees que miento, Haddock? —rugió Haran Gormdsen furioso—. ¡Esa mujer entró en nuestra casa y nos inmovilizó con sus conjuros, arrancó a mi niña de los brazos de su madre y salió volando por la ventana como si nada! ¡Lo hemos visto todos! ¡Era una bruja!

Los gemelos miraban preocupados a su madre todo el tiempo, aunque Asta agradeció que mantuvieran la boca cerrada el tiempo que estuvieron allí. Thror también formuló preguntas, pero se conformó cuando ella le dijo que hacía años que no tenía contacto con ninguna bruja. Consciente de que era demasiado arriesgado que la familia Gormdsen supiera de la existencia de las brujas, Asta decidió esperar el momento adecuado para actuar. Se presentó en casa de los Gormdsen todos los días, mostrándose dulce y amable con Kaira a pesar del desdén que sentía por ella. Los gemelos detestaban ir a esa casa, sobre todo porque los hijos de los Gormdsen eran la mar de deseagradables y, por irónico que resultara, esas ocasiones fueron las únicas veces en las que Asta vio a sus hijos actuando como hermanos gemelos que eran y defendiéndose el uno al otro de los comportamientos violentos y terribles de los niños Gormdsen. Asta preparaba las comidas de la familia mientras ponía la oreja a las intenciones de Haran Gormdsen respecto a la búsqueda de Rosethorn. El mayor miedo de Asta era que la desaparición de la niña atrajera a los cazadores de brujas por allí, pero aquella propuesta se desestimó en el Consejo por falta de pruebas. Finalmente, Haran Gormdsen partió solo a buscar a su hija cargado únicamente con una ballesta. Lo encontraron al cabo de un mes a la deriva y en estado vegetativo que le impedía hablar o valerse por sí mismo. Asta reconoció el hechizo y, a pesar de que sabía bien cómo romperlo, se arriesgaba no solo a delatar su condición mágica sino que había posibilidades de que aquel hombre fuera a buscar a Le Fey de nuevo y la atrajera de nuevo a la aldea. Aprovechó el estado del patriarca Gormdsen para modificar los recuerdos, no solo de la familia, sino de toda la aldea para dar a entender de que la niña, en realidad, había muerto en circunstancias muy desafortunadas y que el Viejo Gormdsen, incapaz de aceptar la muerte de su hija, había salido a buscarla y se había dado tal golpe en la cabeza que había acabado en ese estado. Poco después de lanzar aquel hechizo, Asta sufrió un aborto con tan solo seis meses de embarazo.

Aquel suceso fue demoledor para ella. Estaba convencida de que había perdido al bebé —otra niña— a causa del estrés sufrido en las últimas semanas al descubrir que Le Fey estaba en el Archipiélago. Se esforzaba en ocultar su desazón y su angustia, sobre todo cara a sus hijos, pero Thror la conocía demasiado bien.

—Sé que no me quieres decir qué ha pasado realmente con la niña de los Gormdsen; pero, por favor, no se te ocurra culparte por esto.

—Ya van tres, Thror, ¡tres! Está claro que el problema soy yo… ¿por qué la Diosa no quiere que tengamos una niña? —cuestionó la bruja destrozada—. ¡¿Por qué?!

Thror no tenía respuesta a su pregunta, por lo que simplemente la acunó entre sus brazos mientras ella lloraba a lágrima viva, incapaz de soportar tanto dolor por sí misma. Cuando Asta se quedó por última vez embarazada ni siquiera sabía que estaba en estado. Perdió a la criatura con apenas un mes de embarazo, pero fue tal su disgusto que Thror no pudo soportarlo más.

—Está claro que no es voluntad de los dioses que tengamos más hijos, Asta. ¿Qué necesidad tenemos de sufrir así cuando ya tenemos dos niños preciosos?

—Pero Thror…

—Sé que quieres una niña, de verdad que lo entiendo, pero no puedo verte así, mi amor —dijo Thror acunando su rostro con suma ternura—. Así solo alargas nuestro sufrimiento. Paremos de intentarlo, por favor.

Resignada y con el corazón roto, Asta tuvo que aceptar que el legado de su madre probablemente moriría con ella. A los pocos años su periodo también se cortó antes de tiempo y comprendió que su cuerpo ya no podría albergar más hijos. Quizás aquel fuera el castigo de la diosa por los pecados cometidos en el pasado. Asta hubiera querido maldecirla gritando a todo pulmón, pero sabía que su posición no era la adecuada cara a los dioses y no deseaba importunarlos con desprecios inmerecidos cuando era perfectamente consciente de que todo había sido culpa suya. Ella había sido quien había perdido a sus bebés, ella había sido la causa por la que Masha había muerto y ella había abandonado el aquelarre, priorizándose a sí misma por delante de sus hermanas. No era digna del grimorio de su madre y quedaba claro que ella jamás llegaría a ser reina de nada. Debía conformarse con la vida que tenía. Y, además, ¿de qué podía quejarse? Tenía un esposo fantástico y dos niños maravillosos. No podía ni debía codiciar más.

Pasaron los años. Erland y Finn pasaron de ser dos niños a dos jóvenes hombrecitos que eran dignos hijos de los Hofferson. Erland era el orgullo de su padre y el más extrovertido y encantador de los cuatro. Toda la aldea le adoraba y, aunque solo tenía dieciséis años y después de haber matado a la Pesadilla Monstruosa en el entrenamiento de dragones con solo quince, se había vuelto el soltero de oro más codiciado de toda Mema, por delante incluso de Estoico Haddock. Era alegre, divertido y hacía amigos con una facilidad envidiable, por no mencionar que había heredado la destreza y la habilidad en el combate de Thror. Finn, en cambio, seguía siendo el niño de sus ojos. Introvertido, sensible y un tanto taciturno, Finn no presumía de tener el don de gentes de su hermano, pero se le daba muy bien escuchar y era muy observador. Era un gran luchador, aunque se frustraba ante la incapacidad de derrotar a su hermano en combate.

Tan pronto terminaron el entrenamiento de dragones, Carapota Haddock empezó a mandar misiones a sus hijos con su único heredero, Estoico Haddock. Erland y Estoico compartían una amistad estrecha y había un gran entendimiento entre ambos hombres, aunque Finn no podía presumir de lo mismo. Sin embargo, cuando Carapota pidió a Thror que marchara con su hijo a una misión diplomática para buscar a la sobrina huérfana de Gothi, su marido solicitó que sus hijos acudieran con él. A Asta no le hacía especial gracia quedarse sola durante varias semanas, pero hacía tiempo que se le había pasado la ansiedad de que Le Fey fuera aparecer de nuevo. No había vuelto a haber ningún robo de ningún bebé y Asta se había acostumbrado a soportar a Kaira entre sus amistades.

Su esposo y sus hijos regresaron poco tiempo después, durante una jornada en la que llovía especialmente. Asta susurró al agua para que velara por la seguridad de su familia y, por suerte, su marido y Finn llegaron de una sola pieza. Asta besó a su hijo pequeño en la mejilla, pero éste parecía más preocupado en rumiar alguna queja de su hermano. Thror puso los ojos en blanco cuando Finn se encerró en su habitación y Asta sonrió por su expresión mientras le ayudaba a quitarse la capa empapada.

—¿Cómo ha ido el viaje? ¿Dónde está Erland?

—Acompañando a Estoico a dejar a la chiquilla en casa de su tía —respondió Thror acercándose al fuego—. Tenía esperanza de que este viaje les ayudara a llevarse un poco mejor, pero ya les conoces. Erland aprovecha cualquier ocasión para tomar el pelo a su hermano y Finn no soporta que se mofe de él. Pueden resultar desesperantes si se lo proponen.

Asta hizo una mueca a la vez que sacudía la capa de Thror para que ésta se secara al instante con su magia. Su esposo cogió la tetera y sirvió el té para los dos mientras ella doblaba la capa para dejarla a un lado y se sentó cerca del hogar junto a Thror

—Creo que forzarlos a que se lleven bien solo empeora las cosas.

—¿Y qué hacemos entonces? —cuestionó Thror.

Asta sacudió los hombros.

—Los dos ya son mayorcitos para que estemos nosotros dos detrás para tirarles de las orejas —le advirtió la bruja—. Solo nos queda esperar a que ambos maduren y que se den cuenta de que son hermanos y no enemigos.

Thror suspiró agotado y se frotó los ojos. Ya se le notaba la edad. Hacía tiempo que había dejado aquel joven de veintipocos que conoció en aquella aldea costera. Ahora estaba cerca de cumplir cuarenta años y la guerra de los dragones y la pérdida de los bebés le habían desgastado bastante a nivel físico y emocional. Sin embargo, Thror seguía manteniéndose en forma y, a pesar de que Asta seguía viéndose casi tan joven como cuando se conocieron y se veía obligada a tomar pociones para verse envejecida a los ojos de la aldea, la pareja seguía tan enamorada como el primer día. Nunca hablaban sobre el futuro, de cuando Thror sería un anciano y ella seguiría viéndose como una joven veinteañera, prefiriendo enfocarse en el presente y asegurarse de que sus hijos tuvieran un buen futuro garantizado.

Erland regresó empapado y con su buen humor de siempre. Se acercó a besar a su madre en la mejilla y se unió a ellos para tomarse un té mientras Asta usaba su magia para secarlo. Al caer que Finn no iba a tener intención de unirse a ellos, la bruja se acercó a su cuarto con un té humeante. Su hijo reconoció su toque en la puerta y le dijo suavemente que pasara. Asta tuvo que contener una mueca y un comentario al ver el cuarto desordenado de su hijo. Finn era descuidado para el orden y la higiene y probablemente era el único defecto que desquiciaba a su madre. Sabía que no lo hacía a propósito ni con el objetivo de fastidiarla, sobre todo porque Finn siempre deseaba complacerla, por lo que Asta se esforzaba en ser paciente con él en medida de lo que le era posible. Finn estaba sentado en el suelo, aún empapado y temblando de frío, aunque con una expresión colérica en sus ojos.

—¡Ay cariño! Ese temperamento tuyo va a ser tu perdición si no aprendes a calmarte —le dijo Asta sentándose junto a él y le dio unas palmaditas en la rodilla a la vez que él gruñía con fastidio—. ¿Quieres contarme lo que ha pasado?

—Erland es lo que me pasa.

Asta tuvo que contenerse en poner los ojos en blanco.

—¡Siempre está igual, madre! ¡Siempre! ¡Hace lo que sea con tal de dejarme en ridículo!

—Ya conoces a tu hermano, sabes bien que le encanta tomarte el pelo porque siempre caes en sus provocaciones —le advirtió Asta con suavidad—. Estoy segura que no lo hace por maldad.

—¡Claro que lo hace! —exclamó Finn furioso—. Hace lo que sea con tal de dar una buena impresión a los demás, aunque eso conlleve humillarme. No puede ser Don Perfecto sin asegurarse de que yo sea Don Fracasado.

—Finn, por favor, ya basta —le pidió su madre con severidad—. Solo serás un fracasado si te permites que te vean así.

Su hijo hizo una mueca de fastidio y Asta cogió enfadada de su barbilla para obligarlo a mirarla.

—Finn Hofferson, eres mi hijo y ninguna criatura que haya salido de mis entrañas será jamás un fracaso, ¿entendido?

Finn asintió resignado y ella le besó en la frente con ternura.

—Te quiero. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí, madre. Yo también te quiero.

Asta acarició su mejilla.

—Bien, ahora vamos a cenar. Quiero que me contéis todos los detalles de vuestro viaje.

La cena, sin embargo, fue tensa a pesar de los esfuerzos de Asta por querer aligerar la tirantez entre los gemelos. Apenas mencionaron a la muchacha a la que habían ido a buscar, aunque Thror sí que le mencionó a la hora de acostarse de que la chica le recordaba a un animalito desvalido y triste. Su situación era trágica y no tenía que ser nada fácil el tener que abandonar su hogar forzadamente para vivir con una desconocida.

—Al menos tiene familia —mencionó Asta—. Debería agradecer que tiene un nuevo hogar.

—Creo que el dolor le impide verlo por ahora —advirtió Thror con lástima—. No es más que una niña y es evidente que no ha recibido el menor atisbo de cariño en su vida.

Asta Hofferson no puso especial interés en la sobrina de Gothi, aunque sí la vio de lejos en varias ocasiones. Como bien había señalado su esposo, la joven Eyra Andersen parecía un corderito degollado y triste que parecía sufrir dificultades para encajar. Había visto a Erland en más de una ocasión hablando con ella y no negaba que sentía cierto orgullo porque su hijo se preocupara por aquella huérfana. Sin embargo, no esperaba que Erland le hubiera cogido tanto cariño, hasta el punto que se había ofrecido a enseñarla a leer y a escribir. Ni a Asta ni mucho menos a Thror les convencía la idea de que Erland tomara más responsabilidades de las que ya contaba, pero su hijo era cabezón como su padre y, además, tan pronto mencionó que la sobrina de Gothi contaba con ojos bicolores, Asta decidió de que tal vez era el momento de conocer por fin a Eyra Andersen.

La muchacha se mostró tímida y escueta en palabras, quizás por los nervios que la habían invadido. Aún así, era una niña más bonita de lo que le había parecido en un principio. Su cabello era de un precioso castaño rojizo; su piel, aún cubierta de pecas, se mostraba clara y rosada y contaba con unos labios carnosos que le daban cierta fragilidad a su rostro. Aún estaba por desarrollarse y quedaba claro que no había recibido una alimentación adecuada en mucho tiempo, pero no cabía duda de que aquella muchacha llegaría a ser toda una belleza cuando alcanzara la edad adulta. Eso por no mencionar que contaba con los ojos más impresionantes y preciosos que Asta había visto nunca. Su ojo izquierdo era de un vivo verde esmeralda mientras que el otro era castaño con fragmentos esmeraldas incrustados en la zona superior del iris. Pocas eran las brujas que contaban con una marca de Freyja como la de Eyra Andersen, por lo que no tenía dudas de que la diosa le bendeciría con un gran poder si se bañaba en sus aguas.

Asta no era una bruja que se precipitara a tomar decisiones, pero no cabía duda de que esa chiquilla podía ser una digna hija suya. Ya que no podía tener hijas propias, por lo menos podría adoptar a una y hacerla suya para así transmitir el legado de su madre, tal y como había hecho Masha con ella.

Era un plan perfecto.

No obstante, tan pronto consiguió que Eyra y a Erland se retiraran, Gothi pareció adivinar sus intenciones.

—No va a ser bruja.

Asta frunció el ceño.

—Ni siquiera has escuchado mi oferta.

—No necesito hacerlo —le advirtió la curandera—. Eyra no vale para bruja.

—Gothi…

—Es una niña, Asta. Solo tiene doce años, acaba de perder a su padre y ya ves que ni siquiera sabe leer y escribir —dijo la galena con voz cansada—. No tengo nada en contra tuya ni de tu especie, pero me gustaría que mi sobrina viviera el resto de su infancia siendo una niña normal y, a ser posible, feliz.

—¿Y si la adoptase?

Aquella pregunta hizo que Gothi abriera los ojos como platos.

—¿Por qué querrías adoptarla? Ya tienes dos hijos mayores contigo.

—Siempre he querido una niña, lo sabes muy bien —matizó Asta nerviosa.

Gothi sostuvo su mirada en un frío silencio.

—No.

Asta apretó los puños y se esforzó en mantener la compostura, aunque podía escuchar el agua burbujear dentro de la tetera.

—¿Por qué? —preguntó la bruja.

—No quieres a Eyra porque sea Eyra, la quieres porque tiene potencial para ser bruja —respondió Gothi enfadada—. Lo siento, Asta, pero no tengo interés en darte a mi sobrina. Es la hija de mi hermana y quiero que se quede conmigo.

Asta frunció los labios.

—Eyra podría vivir mejor vida con nosotros que contigo.

—No lo dudo, pero jamás querrás a Eyra por lo que es, Asta, y por eso se quedará conmigo —sentenció Gothi con dureza—. Mira, te respeto enormemente y no quiero estar en disputa contigo, pero compréndeme: ¿entregarías a tu único familiar vivo a una völva?

La bruja respiró profundamente, consciente de que Gothi la conocía a ella mejor de lo que Asta conocía a la galena.

—No —respondió con sequedad.

Gothi asintió y sonrió con cordialidad.

—No deseo que interpretes esto como una ofensa.

—No lo hago —le prometió la bruja—. Es tu sobrina, al fin y al cabo.

—Agradezco mucho que dejes que Erland la ayude. Eyra puede llegar a ser una niña complicada, pero me consuela que al menos se entienda bien con él.

Asta se preguntó a qué se refería con «complicada», pero desafortunadamente no tardó en descubrirlo. Cuando supo que Eyra había agredido a Erland en un arrebato de ira, Asta entró en cólera. ¿Cómo se atrevía? El golpe que le había dado en la oreja casi había afectado al oído de su hijo y había posibilidades de que pudiera sufrir problemas de audición en el futuro. Aunque Thror había insistido en quitarle hierro al asunto al ver que Erland estaba bien e insistía que había sido él quien había provocado a la niña, Asta estaba demasiado furiosa como para pasar aquello por alto. A modo de compensación y para darle una lección de humildad a la niña, solicitó a Gothi que Eyra sirviera como criada durante un mes en su casa. La anciana accedió a regañadientes y Eyra tampoco estaba contenta, pero Asta Hofferson no era una mujer que diera su brazo a torcer.

No obstante, podría decirse que Asta no tardó en arrepentirse de aquel acuerdo. Eyra Andersen le había dado la impresión de ser una niña callada y reservada cuando, en realidad, era todo lo contrario: no callaba ni debajo del agua. Es más, era tan preguntona que a veces rozaba lo impertinente y a cada día que pasaba en su casa más desquiciada acababa la bruja. A Asta le gustaba la tranquilidad y el silencio en su casa, pero cada vez que Eyra Andersen estaba en ella parecía que estaban siendo arrasados por un huracán. Lo peor de todo era que ni Thror ni Erland parecían molestos por la presencia de la muchacha, más bien lo contrario. No negaba que la naturaleza de su hijo mayor le impedía ser rencoroso, pero a Asta le inquietaba lo cercano que se mostraba con esa niña aún cuando podía haberle dejado sordo de un oído.

Aún así, lo más alarmante de Eyra Andersen no era que no supiera mantener la boca cerrada, sino que ya de tan joven resultaba ser una völva. Cuando Asta había intervenido en aquella pelea entre los gemelos que Eyra había causado, no comprendió la razón por la que la niña había entrado en estado catatónico cuando cogió de su barbilla en mitad de su regañina. Asta había intentado despertarla por todos los medios, pero ni siquiera su magia parecía hacerla reaccionar. Sin embargo, Eyra recuperó la consciencia tan rápido como la había perdido y, según clavó sus singulares orbes en ella, se apartó espantada.

—Eres una bruja.

Nunca una afirmación tan obvia y simple la había pillado tan desprevenida. ¿Cómo había podido saberlo? ¿Quién era esa niña? Sus ojos estaban marcados por un miedo que la bruja no supo interpretar, pero ni siquiera pudo detenerla cuando salió disparada de su casa y, pese a que Finn fue tras ella, ya era demasiado tarde: su secreto iba a ser desvelado de un momento a otro. Estaba segura de que Eyra Andersen sería incapaz de contenerse con semejante caramelo que podía usar a modo de venganza tras obligarla a ser su criada. Esa misma noche, Asta fue hablar con Gothi y escuchó horrorizada no solo que Asta era un völva, sino que además tenía el poder de ver el pasado. La bruja tuvo que esforzarse en no desmayarse allí mismo por el miedo que la había abordado.

Ahora tenía sentido.

Eyra había tenido que ver algo de su pasado.

Algo que la había perturbado lo suficiente como para salir corriendo de su casa.

Gothi le instó a que se calmara y le aseguró que Eyra no diría nada a nadie, ni siquiera a su tía. Sin embargo, Asta no se fiaba y, tras volver a recibir la negativa de bautizarla, la bruja supo que Eyra Andersen sería una horma en su zapato. Por fortuna, no tuvo que advertir a Erland que no le quería cerca de esa völva y mucho menos relacionarse con ella. Su hijo estaba todavía en una edad donde el respeto hacia una madre imperaba por encima de sus propios deseos y no cabía duda que los poderes de Eyra intimidaban hasta el más valiente de los guerreros.

La vida en Isla Mema siguió el mismo curso de siempre durante los años siguientes. Asta siguió ejerciendo de matrona y contaba con una gran reputación en la aldea; y Thror, pese a verse más afectado por los años que ella, seguía ejerciendo como general de la Guardia de Mema y era mano derecha de Estoico tras tener que retirar forzosamente a Carapota del puesto por una demencia muy agresiva. Los gemelos habían tomado rumbos muy distintos. Erland había ascendido a capitán de la Guardia de Mema por méritos propios y le habían asignado el entrenamiento de dragones debido al exceso de trabajo que Bocón sufría en la herrería. Finn, en cambio, vagaba de un oficio a otro, incapaz de encontrar algo que pudiera proporcionarle alguna ilusión.

Erland era el soltero más codiciado de toda la isla y llegaban demandas de matrimonio desde todos los rincones del Archipiélago. Su hijo mayor, quien hasta entonces había hecho lo imposible para complacer a su padre, puso resistencia a la sugerencia de tener que casarse desde el primer momento que su padre lo sugirió y Finn directamente se levantaba de la mesa para no tener que hablar del asunto. Tanto Thror como ella deseaban nietos lo antes posible, aunque cada uno por fines distintos: su esposo deseaba asegurarse de que la línea de sangre de los Hofferson se mantuviera en el tiempo, mientras que Asta anhelaba una niña que pudiera seguir sus pasos y recibir su legado. Aún así, sus hijos se resistían a cumplir con la voluntad de sus padres y Asta descubrió horrorizada que Erland había retomado su amistad con Eyra Andersen después de haber asistido al entrenamiento de dragones. Por primera vez en su vida, Erland se opuso a una orden suya, mostrándose incluso enfadado por la sola sugerencia de que debía romper la relación con Eyra Andersen.

—Eyra no ha abierto la boca sobre ti en estos años, así que relájate, ¿quieres? Solo somos amigos, nada más.

Erland, sin embargo, se equivocaba. Cierto era que al principio solo había un cariño fraternal hacia la joven völva, pero Asta conocía a sus hijos mejor que nadie y la bruja no tuvo forma de impedir lo inevitable. Tal y como había predicho en su día, Eyra Andersen se acabó convirtió en una belleza destacada en la aldea. La muchacha seguía siendo tan pelma y habladora como siempre, presumiendo además de mantener ese terrible temperamento que casi causó la sordera a su hijo, pero mostraba un encanto singular que la hacía brillar con luz propia. En un intento de evitar que Erland pudiera mostrar el menor interés en casarse con Eyra, Asta planteó a Thror la posibilidad de concertar un matrimonio para él, algo que desconcertó a su esposo.

—No negaré que soy el primero que quiere que se case, pero prefiero que escoja él a su esposa —argumentó su marido.

—No digo que tengamos que elaborar un contrato siquiera —se defendió Asta un tanto abochornada—, ¿pero por qué no sugerirle que preste más atención a ciertas mujeres? Puedo hablar con Kaira y concertar alguna cita entre Erland e Ingrid.

Thror frunció el ceño.

—¿Ingrid Gormdsen? —repitió su marido.

—Es una buena candidata. Tiene una buena dote, propiedades, es una guerrera destacada y cuenta con el cuerpo ideal para albergar a muchos hijos —argumentó la bruja sin atreverse a mirarle a los ojos.

—¿Desde cuándo nos importan las dotes y las propiedades? —cuestionó Thror un tanto escandalizado, aunque Asta no supo qué replicar—. ¿Esto es por Eyra Andersen?

Asta se volteó a su esposo sorprendida de que la hubiera atrapado y Thror alzó una ceja casi ofendido.

—No eres la única que presume de conocer a sus hijos —advirtió su marido muy serio—. Sé que no te gusta esa chica, pero es obvio que Erland está enamorado de ella.

—Está encaprichado, que es muy distinto, le pasa lo que le pasa a más de la mitad de los jóvenes de esta aldea —argumentó Asta indignada—. Solo digo que ya es hora de que Erland siente la cabeza.

—¿Y qué pasa con Finn? —cuestionó entonces su esposo.

—¿Qué pasa con él?

—¿Por qué no concertar una cita entre Ingrid y Finn? —sugirió Thror.

Asta le contempló espantada.

—¿Por qué íbamos a hacer algo como eso? Ambos sabemos que Finn no puede aguantar que…

—Acabas de responderte tú sola —le cortó su marido tajante—. Asta, te quiero con todo mi ser y sé qué deseas lo mejor para nuestros hijos, pero no podemos hablar de concertar matrimonios cuando yo renuncié a uno beneficioso para casarme contigo.

—Pero…

—Dejemos esta conversación, por favor —le suplicó su esposo agotado.

De no haber sido porque Valka apareció en aquella época habría sido muy probable que Asta se hubiera vuelto loca. Es más, estaba encantada de tratar con una bruja después de tantos años sin relacionarse con una. Valka había sido criada por un humano, aunque curiosamente había recibido la bendición de la diosa siendo apenas un bebé y poseía el fascinante don de la clarividencia. No era una gran bruja, todo había que decirlo, sus poderes apenas se habían desarrollado por la falta de entrenamiento y no presumía de contar con mucho conocimiento mágico. Sin embargo, era un encanto de chica y mostraba una madurez muy impropia entre las jóvenes de su edad, quizás porque no había tenido que ser fácil el llevar una vida errante en un barco y había perdido recientemente a su padre en unas circunstancias muy tristes y trágicas. Asta se ofreció a enseñarle las bases de la magia y no recordaba sentirse tan ilusionada con algo desde hacía mucho tiempo. Valka era una alumna atenta y aplicada y ambas disfrutaban de la compañía y de las clases de magia que hacían en la privacidad de la casa de los Hofferson. No obstante, Estoico pareció considerar que Valka necesitaba relacionarse con alguien de su edad más que con una mujer que aparentaba tener cuarenta años, por lo que tuvo la «brillante» idea de pedirle a Eyra que socializara con ella. Valka también cayó antes los encantos de la joven Andersen; aunque, por suerte, seguían viéndose con mucha frecuencia y la bruja parecía valorar mucho su amistad.

Tras la boda de Estoico y Valka, el comportamiento de Erland se volvió muy extraño. Thror no parecía haberse dado cuenta, pero Asta notaba que había un cambio notable en él. No era tan abierto como antes; cada vez que ella le preguntaba cada mañana cuál era su plan para ese día, Erland le respondía evadiendo su mirada; y ya no le veía por la aldea con la misma frecuencia que antes. Observó que Finn también parecía saber algo que se resistía a compartir, algo que le resultaba perturbador teniendo en cuenta que su hijo pequeño había compartido todo con ella desde siempre. Sus hijos habían crecido lo bastante como para no hacerla confidente de sus secretos y, pese a que era una circunstancia normal en la vida de cualquier madre, no dejaba de romperle el corazón.

Por otra parte, Valka sufría dificultades para quedarse embarazada. En realidad, se quedaba embarazada, pero nunca era capaz de retener al bebé más allá del primer trimestre. Para Asta todo aquello fue reabrir viejas heridas que, en realidad, nunca habían dejado de sangrar. Era admirable la facilidad con la que Valka podía quedarse embarazada, pero resultaba terrorífico lo rápido que perdía a cada uno de los bebés. Asta le brindó todo el apoyo que pudo, pero sabía que no había consuelo posible ante tanto dolor, más cuando se sufría la presión de concebir a un heredero.

Cuando Erland anunció su deseo de casarse con Eyra, Asta sintió que se le caía el mundo encima. Esa niñata no solo poseía conocimiento de ella que fácilmente podía usar en su contra, sino que además le estaba arruinando el futuro a su hijo. Eyra Andersen no era más que una niña sin aspiraciones reales, perdida y sin dote. Sonaba hipócrita que fuera precisamente ella quien señalara tales carencias, pero Asta consideraba que la inmadurez y el temperamento de esa chica solo traería desgracias a la familia, sobre todo a Erland. Por no mencionar que no soportaba la simple idea de tener a una völva en su familia después de haber pasado por tantas penurias a causa de ellas. Pese a la oposición de Asta, Thror no titubeó en dar su visto bueno al enlace, más después de hablar personalmente con Eyra, y Asta solo pudo consolarse con Finn ante la desgracia que se cernía sobre su familia.

Asta nunca reconocería lo mal que se comportó con Eyra durante la organización de la boda. No pudo evitarlo, estaba demasiado enfadada con ella y con el resto del mundo y, por desgracia para Eyra, Asta volcó toda su frustración en ella. No negaba que buscaba provocarla y ponerla en evidencia, pero resultaba admirable cómo la muchacha soportó cada uno de sus comentarios hirientes y maliciosos. Por su cara, se veía claramente que se estaba conteniendo y Asta no dudaba por un segundo que si Eyra no había replicado ni se había quejado todavía se debía únicamente a Erland. Lo único que Asta nunca se atrevió a cuestionar era que Eyra quisiera aprovecharse de su hijo. Era obvio que se querían, hasta el más ciego podía darse cuenta de ello, y le sorprendió descubrir que incluso la propia Eyra había sido la más reticente de los dos en celebrar esa boda precisamente por miedo a no estar a la altura de su futuro esposo.

Fue en mitad de aquel caos de organización de boda cuando supieron que Valka se había quedado de nuevo embarazada. Aquella revelación les había pillado a todos desprevenidos, sobre todo porque Estoico y Valka habían tomado la decisión de no tener hijos y conceder la Jefatura al primogénito de los Jorgenson cuando naciera. Sin embargo, parecía que la diosa reservaba otros planes para los Haddock y, para su enorme sorpresa, fue la propia Eyra quien le suplicó su ayuda para conseguir que aquel embarazo llegara a término como fuera. En esta ocasión, Asta no titubeó en acceder ante las súplicas de la muchacha y le resultó sorprendente la madurez y la profesionalidad que Eyra demostró en el transcurso del embarazo de Valka.

La boda de Erland y Eyra se celebró en pleno otoño. Aquel día, Asta se levantó temprano para acudir al tradicional ritual de purificación para lavar y preparar a la novia antes de la boda. Eyra reía y charlaba con sus amigas y su tía mucho más tranquila de lo que una novia solía estar y Asta observó una extraña tirantez en su sonrisa cuando las más jóvenes bromearon sobre la noche de bodas. La bruja cepillo el largo y sedoso cabello de su nuera en silencio, concentrándose en cepillar y no caer en suposiciones que no venían a cuento ese día. Vistieron a la novia en casa de los Haddock para que Valka pudiera ver el resultado del vestido en el que Sigrid, Asta y ella habían estado cosiendo las últimas semanas. No cabía duda de que Eyra era una novia resplandeciente y cuando Asta le entregó la corona de flores que Erland había dejado preparada la noche anterior, se veía más bella que nunca. Todas las mujeres se pusieron a parlotear emocionadas mientras que Asta se preocupaba por recoger el desorden montado para vestir a la novia. Fue entonces cuando Eyra se acercó y le dijo:

—Asta, yo… solo quería decirte que voy a esforzarme en ser una mujer digna para tu hijo. Sé que no soy plato de tu gusto, pero de verdad quiero que algún día me veas como una hija, intentaré por todos los medios ser una más en esta familia.

Aquellas palabras no debían haberla molestado tanto, más a sabiendas que las intenciones de la muchacha eran buenas, pero Eyra había conseguido el efecto contrario que estaba buscando. No podía soportar el simple pensamiento de que auqella chiquilla iba a formar parte de su vida ahora. Una völva que podía poner a su familia en su contra si revelaba lo que fuera que hubiera visto en su pasado. ¿Y si les contaba que ella había sido la autora de la muerte de su madre? ¿Que había formado parte del asesinato de una familia al completo? ¿Que ella había creado a un monstruo llamado Moryen Le Fey?

Odiaba que Eyra tuviera semejante poder sobre ella.

La boda fue preciosa. Thror no reparó en gastos en decoración, comida y bebida, aunque Asta no podía apartar su atención de los novios. La complicidad que había entre Eyra y Erland sobrepasaba descaradamente la de dos simples y modestos recién casados. A Asta le escandalizó que dejaran tan en evidencia que ambos habían sido amantes —y, al parecer, por largo tiempo— antes de casarse. Siendo una bruja no debía de sorprenderse por ese tipo de comportamientos, sobre todo cuando se era tan joven, pero siendo la esposa de alguien como Thror, había aprendido que la imagen y el decoro lo eran todo entre los humanos. Asta había tenido que esforzarse mucho para encajar en Isla Mema y mantener la reputación de su familia intacta debido a su humilde y desconocido origen.

Eyra Andersen estaba tirando todo aquello por la borda.

Asta, que siempre había pecado de ser prudente y de controlar sus emociones a la perfección, descargó su ira de la peor forma posible. Sabía que no tenía que haberle hablado a Eyra de aquella manera, mucho menos recriminarle lo de haberse acostado con Erland cuando ya se habían casado, pero si no sacaba lo que sentía temía que acabara dándole palos en la cabeza. Eyra estaba demasiado borracha para siquiera comprender lo que le estaba diciendo, pero un desagradable sentimiento de culpa la azotó al contemplar que las lágrimas se le acumulaban en los ojos. Nunca llegó a saber si Eyra le había contado aquel suceso a Erland, pero después de la boda la relación con su hijo no volvió a ser la misma.

Cuando la luna de miel llegó a su fin, Erland y Eyra retomaron cada uno sus oficios y la pareja se integró en la vida familiar de los Hofferson. Eyra mantenía una buena relación con Thror y Finn se esforzaba por mantener un trato tan cordial como indiferente con su cuñada. No obstante, Asta no tardó en observar las numerosas carencias que Eyra contaba como esposa. Su casa siempre estaba desordenada; Erland era quien hacía las comidas ante su mala mano para la cocina; trabajaba demasiadas horas, a veces incluso más que su esposo y, por alguna razón, no parecía poner mucho empeño en lo de quedarse embarazada. Eyra, quien siempre había presumido de no callarse ante nadie, se mostraba cohibida ante sus quejas, por lo que era Erland quien acababa defendiendo siempre a su esposa ante ella.

—Dale a Eyra un puto respiro, ¿quieres?

Aquel día Erland había venido solo y había coincidido que ni Thror ni Finn habían vuelto todavía a casa. No explicó por qué no había venido Eyra ni tampoco dio muestras de que fuera a quedarse en casa a cenar con ellos, pero la dureza y la frialdad de su expresión le erizó la piel.

—Eres demasiado blando con ella, Erland. Así jamás va a madurar.

—¿De verdad crees que Eyra tiene un problema de madurez, madre? Porque la única que aquí se está comportando como una cría eres tú.

Asta apretó los puños furiosa y Erland miró como el agua que estaba en el caldero al fuego estaba hirviendo con más rapidez de lo normal.

—¿En serio, madre?

—No espero que lo entiendas —musitó Asta molesta.

—No tienes que jurarlo, siempre te ha importado bien poco lo que yo pienso.

La bruja frunció el ceño confundida por sus palabras.

—¿De qué estás hablando?

—Nunca me has perdonado que no mostrara el mismo interés por tu magia que la que te demostró Finn.

Asta se quedó sin aire por unos segundos y negó reiteradamente con la cabeza.

—¿Por qué piensas eso, hijo? Yo… yo os quiero a los dos…

—Yo no he dicho que no me quieras —le cortó Erland molesto.

—¿Entonces por qué…?

Asta no comprendía el giro que había dado la conversación. No entendía por qué su hijo le estaba recriminando todo aquello cuando sus hijos lo habían sido todo para ella.

—He invertido toda mi vida en complaceros y en hacer lo que vosotros gustabais. Me esforcé en ser el mejor para estar a la altura de las expectativas de padre, pero reconocía la decepción en tus ojos cuando yo no escuchaba el arrullo del agua o el canto del viento como lo hacía Finn —argumentó Erland—. Sé que nunca has tenido una sola queja de mí y sé que me quieres, pero Eyra es la única decisión que he tomado pensando en mí antes que en ti o en padre, ¿tanto cuesta entenderlo? Deberías saber que Eyra es la única que me conoce de verdad, la única que se ha detenido a escucharme y reconocer que yo estoy lejos de ser el hijo perfecto de los Hofferson.

Nunca había escuchado hablar a Erland con tanto dolor como en aquella ocasión y Asta fue incapaz de encontrar las palabras adecuadas para defenderse ante tamaña acusación. ¿Acaso había descuidado a su hijo? ¿Tanto favoritismo le había dado a Finn como para que Erland se hubiera sentido despreciado por ella? Asta era consciente de su afinidad con Finn, al igual que también reconocía que Erland siempre había sido el que más conexión había tenido con su padre, pero nunca se había parado a pensar que, al igual que Finn había detestado no tener la atención de Thror, Erland podría haber sentido lo mismo por ella.

Tenía que estar exagerando, pensó en ese momento la ilusa de ella.

Quizás era un simple ataque de celos o puede que fuera una excusa más para defender a Eyra. Por aquel entonces, la bruja estaba ciega por su propia arrogancia y tardaría tiempo hasta darse cuenta de que nunca había valorado los sentimientos de su hijo como él se merecía.

Valka rompió aguas mucho antes de lo esperado. Fue un parto muy difícil, el más complicado que Asta había asistido nunca, y el niño, Hipo, nació con los pulmones tan poco desarrollados que no había que ser una gran galena para adivinar que aguantaría pocos días con vida. Ni la más poderosa de las magias podía salvar la vida de ese pequeño y no había palabras que pudieran ofrecer consuelo al dolor de los pobres padres. Asta había visto a madres perder a sus hijos después del parto, ya fuera en el aquelarre como en sus años viviendo entre los humanos, pero nunca había contemplado a una madre sufrir como Valka. Su repentina desaparición con el niño hizo que se planteara seriamente si Valka no había perdido la cabeza o había planeado quitarse la vida. Nunca se creyó que la bruja fuera secuestrada por nadie, sobre todo porque Valka era perfectamente capaz de protegerse por sí misma, por lo que quedaba claro que se había marchado por su propio pie. Thror le suplicó que hiciera un hechizo de búsqueda para encontrarla, pero cuando Asta movió el péndulo sobre el mapa del Archipiélago, éste se redujo a girar sobre sí mismo, lo que daba a entender que Valka no estaba en un lugar localizable dentro del mapa.

Parecía que todo iba a llevarles a una guerra contra las otras tribus cuando, de repente, Valka volvió a aparecer cargada con un niño perfectamente sano entre sus brazos. Asta acudió casi de inmediato a ver a su amiga, excitada por tenerla de nuevo en casa y ansiosa por descubrir cómo había conseguido curar al niño. Sin embargo, lo que se encontró fue la mayor atrocidad que Asta había visto desde que Le Fey se había apoderado del cuerpo de Masha.

Nadie sabía la razón por la que la magia olía. Es más, el olor era distinto según la bruja y había quienes contaban con un aroma más intenso que otro, en función siempre de lo poderosa que era la magia. Le Fey había olido a muerte y putrefacción desde el instante que habían despertado sus poderes y, por lo que le había dicho su madre, ella olía a agua de lluvia y bosque en invierno. Valka no contaba con un olor relevante debido a que no era una bruja muy poderosa, pero cuando Asta entró en el dormitorio de la mujer del Jefe su nariz fue invadida por un intenso olor a humo y brasas calientes. Nunca había olido nada igual, ni siquiera había sentido un poder tan intenso desde que había estado en el aquelarre, pero aquella habitación debía haber una bruja muy poderosa que no era Valka. Descubrir que era Hipo el origen de semejante poder despertó en Asta un miedo que rivalizaba con el que sentía hacia Le Fey.

Los hombres no eran poseedores del don de la magia, toda bruja lo sabía. Era tan obvio como que el cielo era azul o que el sol nunca se veía en la noche. A Freyja no le gustaban los hombres. Le inspiraban una enorme desconfianza y los veía débiles para poseer un don tan valioso como la magia. Una mujer siempre defendería a las suyas, ¿pero un hombre? La historia ya había demostrado que eran codiciosos de poder. Sin embargo, había una profecía que marcaba la excepción de la regla, un profecía que se había transformado en un especie cuento de terror para las brujas. Cuando Freyja habló con todos los dioses para conceder sus poderes a las mujeres que ella misma marcaría, todos accedieron. Algunos complacientes, como Njord, y otros más reticentes como Thor, pero hubo uno entre los gigantes que denegó su poder a las hijas de Freyja. Surt no sentía simpatía por los dioses de Asgard y mucho menos por los Vanir como Freyja, a quienes consideraba dioses inferiores y mediocres. Estaba harto de la tiranía del Padre de Todos y estaba dispuesto a todo por acabar con su reinado al precio que fuese. Por esa razón, Thor, el hijo de Odín, lo había mandado a la fuerza a Muspelheim antes de que pudiera convocar el Ragnarok y Odín se aseguró de maldecir a Surt para que no pudiera usar nunca su poder en dichas tierras. La osadía de Freyja de pedir su poder prestado hizo que Surt lanzara su propia maldición a los dioses. Un día, un niño humano varón recibiría su bendición en las aguas de Freyja y tendría el poder de controlar el fuego y a toda criatura que naciera de él. Su paladín convocaría el Ragnarok y lo liberaría de su prisión para poner fin a todo. Freyja no tomó aquello como una amenaza vacía, aunque estaba convencida de que ninguna de sus brujas cometería tal traición contra ella y el orden preestablecido por los dioses. Por esa razón, las leyes de las brujas dictaminaban que los niños varones debían abandonar los aquelarres cuando alcanzaban la edad para valerse por sí mismos y se sentenciaba con la muerte a todo hombre que se acercara a una fuente de la diosa. Era responsabilidad de las reinas transmitir estas leyes a sus súbditas, pero Valka Haddock nunca había formado parte de ningún aquelarre y Asta nunca se había planteado la posibilidad de que la joven bruja pudiera cometer semejante acto de blasfemia.

Había fallado una vez más y, ésta vez, Asta estaba decidida a redimir su error.

No obstante, había infravalorado el poder de Valka. La bruja, que hasta ahora se había mostrado dulce y tímida con quienes la rodeaban, la amenazó con destruirla si ponía un dedo encima sobre el niño, mostrando un poder latente que erizó la piel de la bruja. Asta sabía que matar a Hipo Haddock conllevaría la ruina de su familia. A ella, por supuesto, la matarían o intentarían hacerlo, y el castigo para su marido y sus hijos sería o bien el exilio o la muerte.

Tenía las manos atadas contra la espalda.

Por esa razón, propuso bloquear los poderes del niño. Le costó convencer a Valka, pero terminó por persuadirla tras explicarle que el niño estaría expuesto a innumerables peligros si su magia terminaba desarrollándose del todo. Fue un hechizo complicado de ejecutar y dejó a Asta con la energía por los suelos, pero al menos le consolaba que los poderes de Hipo Haddock no fueran a despertar nunca a menos que el niño estuviera expuesto a una cantidad ingente de magia y Asta procuraría vigilarlo para que eso no sucediera.

Perder la amistad de Valka fue un precio doloroso a pagar, pero Asta no podía pasar por alto ni perdonar la atrocidad que la bruja había cometido por salvar a su hijo. Ni siquiera ella habría hecho algo así de haber estado en la misma circunstancia. Hubiera sobrepasado muchos límites con tal de salvar a cualquiera de las hijas que había perdido, pero aquello era demasiado. No podía traicionar a su especie y mucho menos al credo. Aún estaba segura de que los dioses no la habían perdonado por haber ayudado a Le Fey y temía que el simple hecho de no haber matado al niño aumentara su enfado.

Sin embargo, los dioses habían decidido castigar a Valka. Una noche, durante un ataque de dragones, esas criaturas con las que había dado muestras de simpatía en más de una ocasión, se la llevaron de la aldea y era seguro de que la hubieran masacrado. Hipo Haddock se había quedado huérfano de madre y al cargo de un padre que estaba consumido por el dolor y la desesperación de encontrar una esposa que jamás volvería. Asta se convenció de que aquella era la ocasión perfecta de acabar con lo que Valka nunca le había permitido.

Tenía que matar a Hipo Haddock.

No obstante, Eyra volvió a entrometerse en su camino.

La muchacha había defendido los actos de Valka a capa y espada aún ignorando cuán malos habían sido. La acusaba de haber difamado la reputación de la esposa de Estoico expandiendo rumores terribles sobre que Hipo no era ni siquiera hijo del Jefe y, por primera vez en mucho tiempo, Eyra había mostrado su oposición a sus ideales abiertamente. Desaprobaba su enemistad con Valka y no toleraba que insultara a Hipo de la forma que lo estaba haciendo. Darle aquella bofetada delante de todos había sido un error por parte de Asta, más que nada porque a raíz de eso había conseguido que Erland dejara de dirigirle la palabra. Thror, por primera vez desde que Eyra había formado parte del clan Hofferson, explotó con ella. Estaba cansado de que la familia se fragmentara y discutiera por lo que él consideraba nimiedades y, antes de partir con Estoico y Erland a la búsqueda de Valka, le advirtió que debía disculparse con Eyra. Asta estaba indignada por la simple sugerencia, pero no recordaba haber visto a Thror nunca tan enfadado con ella.

—Eyra es la esposa de tu hijo y será la madre de nuestros nietos, le debes respeto —le advirtió su marido furioso.

—¿Y cuándo me ha respetado ella a mí? ¡Yo soy la matriarca de esta familia!

—¡Y ella también lo será algún día, Asta! ¿Qué crees que pasará contigo cuando me muera? ¡Estás consiguiendo que tu hijo, nuestro primogénito, te odie!

—Un hijo no puede odiar a su madre —replicó ella, aunque su voz tembló.

—Erland no es Finn, Asta —le recordó Thror—. ¿Crees que Finn es rencoroso? Erland lo es mucho más, ni olvida ni perdona, en eso es exactamente como tú.

—Thror, no…

—Discúlpate con Eyra, me da igual cómo lo hagas, pero no voy a tolerar que sigas comportándote así por más tiempo —dijo Thror con frialdad—. Jamás he puesto una sola pega ni al asunto de la magia ni a que sigas practicándola, pero ninguna ideología se va a poner por delante de esta familia.

Asta no tuvo opción de replicar. Acompañó a su esposo al puerto, quien la despidió con un beso seco en la mejilla. Erland ya estaba en el barco y ni se volteó cuando su padre la señaló desde la cubierta. La bruja sintió que se le rompía el corazón ante la frialdad y el distanciamiento de su hijo. Quizás Thror tenía razón y se había sobrepasado con Eyra, quizás podrían empezar de nuevo si…

—¿Habéis oído que Eyra Hofferson se va a encargar del hijo del Jefe? —escuchó a una mujer decir a sus espaldas.

—¡Qué dices! ¿Esa cabra loca? ¡Eso promete ser un espectáculo! —se burló otra mujer con malicia.

Las risas de aquel grupo de mujeres se sintieron como puñaladas que alimentaron la ira de la bruja. Su nuera había decidido acoger al niño, probablemente con el objetivo de fastidiarla. Podía escuchar los llantos de la pequeña abominación desde el exterior de la casa de su hijo. Eyra palideció al verla cuando le abrió la puerta y Asta recriminó su comportamiento, el caos que reinaba en su casa y su irresponsabilidad. La bruja había esperado que Eyra le gritara y que se defendiera, pero la muchacha le sorprendió con una corta y simple pregunta:

—¿Por qué me odias tanto? —de sus hermosos ojos empezaron a caer lagrimones—. ¿Por qué no puedes ser amable conmigo por una vez?

Aquella pregunta fue como una bofetada, sobre todo cuando Eyra cayó sobre sus rodillas para llorar junto al bebé a lágrima viva. Fue embargada por un horroroso sentimiento de culpa y asco hacia sí misma, e incluso sintió lástima por aquella chiquilla que solo intentaba hacer lo posible por ayudar a un padre que acababa de perder a su esposa que había sido su amiga. Asta se fue a buscar a Gothi para suplicarle que ayudara a su sobrina para lidiar con Hipo y la bruja se aisló en su casa, consciente de que era ella y no Eyra la que se había estado comportando como una loca.

Thror tenía razón.

Había sido Asta la que había fragmentado a la familia, no Eyra.

¿Pero cómo podía convalidar una reconciliación cuando su nuera se estaba haciendo cargo de un niño del paladín de Surt, el primer humano varón con el poder de convocar el Ragnarok?

¿Qué podía hacer? Asta suplicaba respuestas de los dioses, pero solo era respondida con silencio hasta que decidieron castigarla de la peor forma posible.

Moryen Le Fey, antes Blatvasky, regresó a su vida como una enfermedad: virulenta, agonizante y, ante todo, peligrosa. El día que se reencontró con ella, Asta había madrugado para hacer la colada al río. La bruja, acostumbrada a cambiar la presión del agua con su magia durante el lavado para ir más rápido, solía ir sola y, además, no soportaba el ambiente ruidoso y escandaloso que las mujeres de Mema montaban cada vez que era el día de lavado. Asta se puso manos a la obra y se puso a canturrear alguna canción cuando oyó a alguien a su espalda preguntar:

—¿A esto te dedicas ahora? ¿A lavarle la ropa interior a un humano?

Asta se volteó asustada y se levantó de un salto al ver a una mujer con una sonrisa tensa en sus labios. No reconoció a aquella mujer de Isla Mema. Alguien tan bella y voluptuosa habría llamado mucho la atención en la aldea y, además, no había que ser muy avispada para darse cuenta de que aquella mujer era una bruja, la primera que Asta había visto desde que había conocido a Valka.

—¡Dioses, Asta! ¿De verdad no me reconoces? —cuestionó la bruja irritada.

La bruja se acercó peligrosamente a ella y Asta dio un paso inconsciente hacia atrás, metiendo su pie en el río. Su corazón latía muy rápido y no se vio capaz de ocultar su miedo, más cuando reconoció aquellos ojos fríos y grises que tantas veces se habían aparecido en sus pesadillas.

—¿Qué...? ¿Qué haces aquí? —balbuceó Asta.

—¿Que qué hago aquí? —repitió Le Fey con tono de burla—. Me ha llevado tiempo localizar la peste de la traición más mezquina y ruín, pero al final he dado contigo, querida.

Asta ya estaba buscando un hechizo adecuado para lanzar contra Le Fey cuando ésta se abalanzó rápidamente sobre ella para darle… ¿un abrazo? La bruja tuvo que contener la respiración cuando olió un ligero atisbo de putrefacción que salía de su largo cabello castaño. Le Fey rompió enseguida su abrazo y acunó su rostro entre sus dedos algo rechonchos.

—¿Por qué te ves tan vieja?

Le Fey disipó los efectos de la poción de envejecimiento con un hechizo rápido y Asta contempló sus manos menos arrugadas de lo que se había acostumbrado a ver cada vez que salía de su casa. Le Fey cogió de su barbilla con brusquedad y sonrió enseñándole unos dientes relucientes como perlas.

—Mucho mejor, con lo guapa que eres, por favor —señaló Moryen—. ¿Cómo estás, querida hermana? Tengo que admitir que nunca me habría imaginado verte vestida con harapos de humana.

—Moryen…

—Estás casada, ¿no?

Asta se redujo a fulminarla con la mirada.

—¡Oh, vamos! ¡Esperaba que te hiciera un poquito de ilusión verme! —exclamó Le Fey malhumorada—. Tengo que felicitarte también, ¿no? ¡Asta Lund es madre de gemelos!

La bruja apretó los puños para contener su magia que deseaba salir disparada de ella.

—¿Qué quieres, Moryen?

La jovial expresión de Le Fey se disipó y Asta contuvo una arcada ante el pestilente olor que salió violentamente del cuerpo de Le Fey.

—¿Por qué preguntas lo que ya sabes? —cuestionó la mujer con frialdad.

—El lago Baikal está a miles de kilómetros de aquí…

—He refundado el aquelarre, ahora soy la reina del aquelarre del Sabbat, y lo he trasladado a este Archipiélago —argumentó Moryen—. No dudé en hacerlo tan pronto supe que estabas por aquí escondida.

—¿Y cómo…?

—Llevo años haciéndolo, era cuestión de tiempo de que te fuera a encontrar —le cortó Le Fey—. Hay tantas cosas que quiero hacer contigo ahora mismo. Llevo mucho tiempo preguntándome cuál sería la forma más adecuada de matarte, ¿sabes? Buscaba una forma lenta y dolorosa. Después de todo, me abandonaste, ¿no? Mereces sufrir lo indecible, más teniendo en cuenta que robaste lo que no te pertenecía.

—Ese libro era de Masha —se defendió Asta intentando ocultar el miedo en su voz—. ¿Dónde está ella, por cierto? ¿Acaso has…?

—Abandoné su cuerpo hace años, se pudrió y probablemente se haya hecho del todo polvo en algún rincón del Baikal —contestó Le Fey con indiferencia—. Es un pequeño daño colateral de mi poder. Soy tan poderosa que pocos cuerpos pueden soportar mi magia. Ikerne es útil para eso, me ayuda a seleccionar los cuerpos y con los rituales para explotarlos y mantenerlos en funcionamiento al máximo tiempo posible hasta que me traslado a uno nuevo.

A Asta se le ponía la piel de gallina al oírla hablar de cuerpos humanos como si fueran ganado. Sintió una congoja que le impedía respirar ante la imagen del cuerpo podrido y consumido de su madre abandonado como un perro en aquellos helados y solitarios bosques.

—Moryen…

La bruja chilló cuando una mano invisible cogió de su cuello y lo apretó con fuerza, elevándola a varios metros del suelo y dejándola sin respiración.

—Voy a ponértelo muy fácil, Asta —le advirtió la reina—. Dame el grimorio y perdonaré tu traición. Es más, te dejaré que vivas en esta insulsa isla en paz con tu estúpido humano y tu ridícula familia perfecta.

Asta sintió su sangre hervir. El agua del río se movilizó a su espalda para crear una enorme ola que se alzó por encima de su cabeza, pero la reina no se mostró en absoluto intimidada.

—¡Ay, por favor! —exclamó Le Fey exasperada y la soltó tan repentinamente que Asta no pudo sostener su hechizo y el agua volvió a su cauce. Asta gimió de dolor al golpearse con fuerza en su cadera ante el impacto contra el suelo—. Te estoy ofreciendo la paz, Asta. Devuélveme el libro y no tendrás que verme nunca más.

—No lo tengo —gimió ella mientras intentaba incorporarse.

Era mentira, por supuesto, pero Asta no iba a entregarle el libro ni muerta. Le Fey se arrodilló ante ella y cogió de su cabello con tal fuerza que casi le dio la sensación que iba a arrancarlo de su cuero cabelludo.

—No soy famosa por mi benevolencia, Asta, si todavía no te he matado es porque todavía te quiero y te respeto lo suficiente para no hacerlo a pesar de que te lo mereces —argumentó Le Fey entre dientes—. Te lo preguntaré una vez más: ¿dónde está el puto grimorio?

Asta soltó un alarido cuando tiró de nuevo de su cabello y no pudo detener las lágrimas de dolor. Por no mencionar que la pestilencia que salía del cuerpo de Le Fey resultaba insoportable.

—¡Me lo robaron! —chilló desesperada—. ¡Me lo quitaron las völvas antes de conocer a mi esposo! ¡Esas mujeres no han dejado de acosarme desde que llegué a estas tierras!

La expresión de Le Fey se suavizó y soltó su cabello para acariciar su mejilla con delicadeza.

—¿Y tienes a una völva como nuera?

Asta decidió dramatizar un poco su situación para convencer a Le Fey lo humillante y difícil que era soportar a una völva dentro de su familia. A pesar de que las vejaciones que las völvas de la costa del continente fueron terribles, Asta decidió inventarse que la habían secuestrado durante semanas hasta que consiguió escapar, pero nunca pudo recuperar el grimorio. Le Fey parecía molesta, aunque más que por la dramática trola que Asta se había inventado sobre la marcha, se debía más a por lo inconveniente que le resultaba que no tuviera el grimorio en su poder.

—Hagamos una cosa querida y ten en cuenta que esto solo lo hago por el inmenso cariño que siento hacia ti —dijo Le Fey en voz queda—. Te doy un año para recuperar el grimorio. Me da igual lo que hagas, como si torturas a esa völva que tienes como nuera para que cante, pero como dentro de un año no tenga mi grimorio de vuelta masacraré a toda tu familia. Lo entiendes, ¿verdad?

—Pero Moryen…

Le Fey posó un dedo contra su boca.

—A cualquiera que estuviera en tu lugar la habría descarnado y me habría comido sus vísceras —volvió a acariciar su mejilla con ternura—. Más teniendo en cuenta que eres una de las brujas más poderosas que conozco, pero mi amor por ti es superior a dicho deseo, así que no me hagas cambiar de parecer, ¿entendido? —Asta no tuvo otro remedio más que asentir—. Buena chica. ¡No sabes lo feliz que soy por tenerte de vuelta, hermanita!

Asta sintió que todo su mundo se venía abajo. Le Fey había vuelto a su vida, poniéndolo todo patas arriba y amenazando a sus seres más queridos. El problema del paladín de Surt pasó a un segundo plano e intentó focalizar todas sus energías en buscar la forma de quitarse a Le Fey de encima. No podía entregarle el grimorio, antes muerta que hacerlo, pero tampoco podía no hacer nada.

Debía engañarla.

U ofrecerle un trato mejor.

¿Pero cual?

En ese tiempo tan tumultuoso para ella, Eyra sorprendió a toda la aldea haciéndose cargo de forma magistral de Hipo. En otro contexto, hasta Asta la habría felicitado, pero no sacaba el valor ni las ganas para hablar con ella, menos ahora que estaba tan embargada por la ansiedad. No obstante, casi consiguió tenderle la mano cuando la defendió ante las arpías Gormdsen, quienes intentaban atacar tanto a Eyra como al niño. Aquella vez fue la primera y única vez que Asta sostuvo a Hipo Haddock entre sus brazos tras las súplicas de Eyra. Gracias a su hechizo, su magia era imperceptible y dormía dentro de él, pero Asta era incapaz de sentirse cómoda sosteniendo a esa criatura entre sus brazos. No cabía duda de que era un niño risueño y cariñoso y Asta tuvo que contenerse en hacerle un gesto afectuoso antes de devolverlo a los brazos de su nuera. Llegó a plantearse si no sería interesante entregar ese niño a Le Fey como ofrenda de paz, pero era consciente de que Moryen no mataría a Hipo. Todo lo contrario, haría todo lo que estuviera en su mano para controlar el imparable poder del Paladín de Surt para así convocar el Ragnarok en su propio beneficio.

Su esposo y Erland volvieron cuatro meses después de su partida. Como era de esperar, no encontraron a Valka y Estoico sufría problemas con su hijo, puesto que al estar tanto tiempo ausente ni siquiera reconocía a su propio padre. Asta no pudo evitar maldecir por el hecho de que Eyra decidiera seguir encargándose del niño mientras el Jefe dirigía la aldea, pero no se atrevió a hacer ningún comentario al respecto, menos delante de su familia. No había habido una disculpa oficial por su parte, pero al parecer Eyra era mucho menos rencorosa que Erland y el hecho de que la hubiera defendido ante las Gormdsen fue suficiente para hacer que su hijo volviera hablar con ella, aunque aún su relación continuara muy tirante.

Thror también había vuelto con la idea de casar a Finn. Asta no se mostró muy convencida de que presentar candidatas a su hijo pequeño fuera a motivarlo a casarse, sobre todo porque Finn no parecía ni interesado en el sexo. Su hijo era solitario, taciturno y se relacionaba con poca gente. Thror le preocupaba que Finn sufriera algún tipo de problema para establecer relaciones, pero Asta sabía que Finn era feliz a su forma. Madre e hijo seguían siendo muy cercanos y Finn era el único hombro al que podía llorar sin ser juzgada. No le había mencionado nada respecto a la amenazante presencia de Le Fey, es más, Asta jamás había contado su pasado ni a Thror ni mucho menos a sus hijos, quizás por miedo a que la rechazaran si se enteraban de sus horribles actos. Thror nunca la había presionado y sus hijos eran lo bastante discretos como para no hacer demasiadas preguntas al respecto. No obstante, Finn había sido un sostén emocional importante para ella, por lo que cuando su hijo empezó a trabajar en los barcos mercantes y pasaba mucho tiempo fuera de casa, Asta se sintió más deprimida y ansiosa si cabía.

Eyra aún no se había quedado embarazada y, viéndolo desde fuera, no dudaba de que aquello era un asunto que carcomía a Erland. A esas alturas estaba casi segura de que Eyra tomaba té de luna para evitar quedarse embarazada y, aunque lo consideraba insultante para su familia, Asta decidió no exponer su posición para no crispar todavía más la delicada relación que mantenía con la pareja. Por esa razón, el anuncio del embarazo de Eyra pilló a todos desprevenidos. No recordaba haber visto a su hijo y a su marido tan contentos en la casa familiar desde hacía tiempo y Eyra se mostró muy ilusionada y algo temerosa ante la perspectiva de ser madre. Aquel embarazo pudo suponer una oportunidad para dejar sus diferencias a un lado y construir una relación sana y buena entre madre, hijo y nuera.

El problema fue que Asta Hofferson nunca hubiera esperado que Eyra Andersen pudiera concebir una niña que diera muestras de magia desde su vientre.

Masha le explicó que había niñas que, aún sin haber recibido la bendición de la diosa, podían dar muestras de magia presente en ellas. Al parecer, Asta había sido una de esas niñas, pero jamás hubiera esperado que esa presencia mágica fuera a estar presente en la hija de una völva y mucho menos que mostrara tal potencial aún estando en pleno desarrollo. Asta fue sobrecogida por una excitación desbordante. ¡Su nieta estaba marcada por Freyja y podría convertirse en una gran bruja! Sin embargo, su euforia enseguida se disipó cuando Eyra se mostró muy cortante y desagradable respecto a que la niña no sólo tenía su sangre, como dándole a entender de que la niña perfectamente podía ser una völva.

Asta no recordaba sentirse nunca más insultada.

Y fue entonces, movida por un profundo rencor, cuando se le ocurrió la idea más horrible y espantosa que se le había ocurrido jamás.

Le Fey trasladaba su alma de un cuerpo a otro, absorbiendo el poder de la bruja cuya alma devoraba. Si la hija de Eyra tenía el potencial de ser una bruja tan poderosa como pintaba ya desde el vientre de su madre, ¿quién decía que no serviría para albergar el inmenso y creciente poder de Le Fey? Para la reina, esa oferta debería ser más jugosa que la de un libro que ni siquiera se molestaría en leer. El grimorio no era más que un instrumento simbólico para quien no lo usara y Moryen jamás había sido muy dada a seguir sus lecciones. Sostendría su mentira del grimorio, ofrecería la niña a Le Fey y a cambio ella su familia estaría a salvo. No cabía duda que sería un golpe duro para todos, pero Erland y Eyra tendrían más hijos y aún habría posibilidades de que concibieran otra niña marcada por Freyja.

La simple propuesta era espantosa, pero Asta estaba dispuesta a cargar con cualquier remordimiento con tal de salvar a su familia y el único recuerdo de su madre que quedaba en el Midgard.

Le Fey se mostró muy desconcertada por su oferta, quizás por qué no se la esperaba. No obstante, la reina siguió insistente con el grimorio de vuelta y no le convencía de que la niña fuera para tanto. Aún así, Asta le pidió que se lo pensara, dado que ella insistía que sería muy difícil recuperar el grimorio y quizás a esas alturas las völvas ya lo habrían destruído.

Asta vio oportuno insistir que la niña debía ser bautizada. Erland intentó mediar entre ella y Eyra, por una vez entendiendo la postura de Asta, a pesar de que no podía oponerse a la voluntad de su esposa. Pasado un tiempo y probablemente con objetivo de poner paz en todo aquello, la pareja propuso que si la niña deseaba ser una bruja cuando fuera lo bastante mayor, ellos no pondrían ninguna oposición. Sin embargo, para Asta aquello era una simple estupidez y, ahora que estaba tan cerca de quitarse a Le Fey de encima, le aterraba que Eyra perdiera a la bebé como a ella le había pasado años atrás. Es más, verla trabajar con la normalidad de siempre y cuidando de Hipo y cogiéndolo en brazos como si nada le causaba muchísima ansiedad. Llegó incluso a pedirle a Estoico si sería posible que buscara otra niñera ahora que Eyra en tal delicado estado y tendría muy poco tiempo para atender al niño, pero sus intentos fueron en vano, sobre todo porque Eyra era más terca que una mula y eran pocos, por no decir ninguno, los que se atrevían a llevarle la contraria. Si las cosas ya de por sí eran tensas, Moryen decidió meter sus narices y complicarlo todo aún más.

El día que Eyra apareció en su casa preocupada y enfadada a causa de una bruja que le había abordado en el mercado y le había preguntado sobre la ubicación del grimorio, Asta quiso retorcerle el cuello a Le Fey por ponerle las cosas todavía más difíciles. Ya era bastante complicado llevar todo aquello con discreción como para que encima Eyra se convirtiera ahora en una mosca cojonera que echara a perder sus planes. Le costó convencer a la völva de que tenía todo bajo control y, a pesar de que no le gustó tener que darle el nombre de Moryen o dar ínfimos detalles de su pasado, al menos fue suficiente como para mantener a Eyra con la boca cerrada. Aún así, fue en aquella ocasión la primera vez que Asta sintió al bebé patear contra su mano. Tenía fuerza y su potencial mágico resultaba abrumador, pero no vio prudente comentarlo.

Había aprendido que no podía infravalorar a Eyra y si utilizaba su poder contra ella, estaba acabada. Sabía que la völva no usaba su don ni en Erland ni en ninguno de los miembros de la familia, probablemente para no reabrir la vieja brecha que se había abierto entre ellas cuando Eyra se adentró en sus recuerdos por accidente años atrás. Sin embargo, no podía confíar en que no volviera a hacerlo, por lo que debía andarse con mucho cuidado.

Los últimos meses del embarazo de Eyra fueron muy estresantes a causa de los constantes ataques de dragones. La völva anunció que era su expreso deseo que fuera Gothi y no ella quien la ayudara con el parto y Asta vio su oportunidad. Si la niña desaparecía durante el mismo día del parto y, según cómo se dieran las circunstancias, Eyra difícilmente podría acusarla de haber robado a la niña si no estaba presente durante el alumbramiento. Era el post-parto, el momento en el que Gothi estaría curando a Eyra, cuando Asta tenía que aprovechar la oportunidad y llevarse a la niña de allí. Sus pocas pegas a cómo Eyra quería que se dispusiera el parto hizo que todo el mundo se sorprendiera, aunque por suerte se interpretó como si Asta estuviera respetando los deseos de la muchacha como una forma de establecer la paz definitiva entre ellas.

Sin embargo, nada salió según lo planeado.

Eyra rompió aguas durante el solsticio de verano, día que coincidió con la peor tormenta y el más horrible ataque de dragones que se recordaban en décadas. La redada les había tomado por sorpresa y durante la noche, por lo que Asta ni siquiera tuvo de tomar una nueva dosis de poción de envejecimiento y se veía más joven de lo normal cuando llegó al Gran Salón. El pánico era palpable, pero no tanto como cuando una mujer le dijo que su nuera se había puesto de parto.

—¿Y Gothi? —preguntó Asta mientras se dirigía hacia el almacén donde estaba Eyra.

—De camino, pero me temo que pasará un rato largo hasta que llegue. Al parecer, hay dragones en la colina y han tenido que tomar la ruta del norte —le contestó la angustiada mujer mirando las grandes compuertas del Gran Salón aterrorizada porque entrara algún dragón.

Los años de dedicación a la profesión de matrona hizo que Asta reaccionara desde el más puro instinto, olvidándose en ese instante de sus intenciones y sus tratos con Le Fey. Eyra había dilatado con una rapidez tan extraordinaria que, sí o sí, debía atender el parto. La muchacha no tenía ni fuerzas ni capacidad para negarse y la bruja se puso manos a la obra. Gritaba órdenes a las jóvenes que se encontraban allí mientras alentaba a Eyra para que empujara con todas sus fuerzas.

Asta Hofferson había traído a muchos niños al mundo, pero nunca había oído a un bebé llorar y gritar con tanta fuerza como lo hizo su nieta aquella noche.

La niña gritaba como si quisiera hacer ver que ella ya estaba allí, dispuesta a quedarse y marcar la diferencia. Aún cubiera de líquido y sangre, era una preciosidad de bebé y Asta contó diez deditos en las manos y en los pies. La niña era tan rubia como su padre y su corazón latía veloz como el de un Terrible Terror. En la zona izquierda de su pecho se apreciaban tres pequeños lunares desde donde nacía todo el aura mágica que Asta había detectado desde el vientre de su madre.

Era perfecta.

Sencillamente perfecta.

—Dame a mi hija, por favor —escuchó a Eyra decir con demasiada agresividad.

Asta no titubeó en darle a la niña y le resultó fascinante como la bebé dejó de llorar tan pronto su madre la posó contra su pecho desnudo. Aquella era una escena terriblemente bella, digna de retratar si hubiera un artista por allí, pero fue en ese instante en el que Eyra le regaló la sonrisa más bonita que Asta le había visto jamás cuando cayó que había cometido el peor error de su vida.

¿Qué había hecho?, se preguntó a sí misma horrorizada.

Había usado a esa preciosa criatura como moneda de cambio, como si fuera mercancía y no su nieta. La hija de su hijo. Era un monstruo, ¿cómo había podido permitir llegar al extremo de vender a su propia nieta por un libro? Había amado a Masha con todo su ser y había mantenido su legado intacto, lejos de las garras malvadas y codiciosas de Le Fey, ¿pero eso justificaba que tuviera que llegar a ese extremo?

Ahora se daba cuenta de que su madre jamás habría querido nada de esto.

Y ella tampoco.

Tenía que hacer algo que enmendara su error y esta de vez de verdad.

Procurando controlar el temblor de sus manos, Asta cortó el cordón umbilical y se puso a limpiar a Eyra mientras esperaba que expulsara toda la placenta cuando, en un gesto de pura comodidad e inconsciente, apoyó su mano contra la rodilla desnuda de Eyra. Asta alzó la cabeza alarmada cuando Gyda Jorgenson y Sigrid Throston chillaron horrorizadas. La niña se había puesto a llorar tan pronto la arrancaron de los brazos de su madre, quien parecía haber entrado en un profundo estado de shock. Asta sintió su corazón latir del más puro pánico.

Estaba teniendo una visión.

Una que tenía que ver con ella.

Arrancó a la niña de los brazos de Sigrid y dio un paso hacia atrás asustada, tentada en salir corriendo de allí y dejar a Eyra en tal deplorable estado. Sigrid y Gyda zarandeaban a la muchacha para que despertara, confundidas por la expresión vacía de sus ojos y la repentina palidez de su piel. Pocos segundos después, Eyra volvió en sí soltando un grito tan terrorífico que parecía haber estado ante la mismísima Diosa de la Muerte. Miró hacia los lados, ansiosa y desesperada, con los ojos casi inyectados en sangre del terror, y entonces detuvo su mirada en ella.

Lo sabía.

Se asustó cuando la muchacha se levantó ignorando los dolores del parto para coger a su bebé y protegerla contra su pecho.

—Eyra, por favor….

Era una súplica ridícula y estúpida. Abochornante, más bien, pero ni siquiera Asta podía ocultar en ese instante su propia vulnerabilidad. Eyra parecía haber perdido totalmente el juicio, sus ojos mostraban una ira que casi rozaba la locura. Intentó hacerla entrar en razón, pero solo consiguió enfadarla aún más si cabía. Eyra la echó de allí bajo la amenaza de matarla si era necesario. Fue humillante que la tratara así y, en ese momento, su propia vanidad la había cegado. No quería que Eyra la expusiera a su familia, que les contara la locura que había estado a punto de cometer…

Fue su penúltimo y más abochornante error.

Pensaba que había conocido lo peor del difícil temperamento de Eyra, pero se equivocaba. Ahora que se había convertido en madre, había sacado las uñas y mostrado los dientes, como si se hubiera tornado en una dragona dispuesta a lo que fuera con tal de proteger a su cría. Sí, era cierto que había escogido una supuesta variante de su nombre, más nórdica y menos extranjera, para nombrar a la niña, como si se tratara de un pequeño homenaje a su persona que, en realidad, no llevaba a ninguna parte.

Astrid Hofferson.

Su significado distaba mucho del suyo. No cabía duda de que su nieta había nacido para tener una belleza y una fuerza divina, tal y como señalaba tal nombre. Y, por fortuna, cuando Asta había consultado el cielo, como también había hecho en las ocasiones que nacieron sus hijos y cada uno de los bebés que había traído al mundo, comprobó aliviada de que la niña había nacido bajo una buena y reluciente estrella. Astrid no necesitaba un nombre que la protegiera, aunque Asta era la prueba viviente de que ni los nombres podían proteger de estar maldita a una niña que había nacido sin estrella.

Asta estaba tan avergonzada y humillada por sus actos y por los de Eyra, que no se sintió capaz de ir a conocer a su nieta. Erland intentaba hacerla entrar en razón y le suplicaba que pidiera perdón a Eyra para arreglar las cosas entre ellas. Sus palabras eran tan sinceras y desesperadas que supo que Eyra no le había dicho nada de la visión que había tenido de su conversación con Moryen. No supo cómo sentirse al respecto, aunque sus remordimientos iban cada vez a peor.

Necesitaba arreglar todo aquello.

Necesitaba hacer algo.

Tenía que quitar a Moryen del mapa como fuera.

No podía matarla, pero tal vez… tal vez pudiera darle lo que ella quería sin realmente renunciar a ello.

Fue entonces cuando se le ocurrió la idea que destruiría su vida para siempre.

Ahora que Astrid estaba en su vida, le resultaba impensable tener que desprenderse del grimorio. Deseaba que aquel libro fuera para su nieta cuando ella dejara aquel mundo, por lo que decidió aplicar el hechizo más complejo que había realizado jamás. Ocultar un grimorio a ojos de una bruja resultaba ser una tarea tediosa y complicada que requería un alto conocimiento de magia y otras ciencias. Le llevó semanas preparar y ejecutar el conjuro, pero finalmente consiguió esconder el grimorio bajo la apariencia de un libro de recetas de apariencia insulsa y poco llamativa. Ahora solo quedaba que estuviera oculto en las manos de alguien a la que Le Fey ni siquiera le dedicara una segunda mirada.

Su primera y única opción fue Kaira Gormdsen.

Durante todos aquellos años desde que Le Fey había secuestrado a su hija Rose, Asta y Kaira habían mantenido una amistad construída desde la hipocresía y la lástima. Kaira la quería como amiga porque se sentía sola y porque no había nadie más a su alrededor que tuviera la paciencia para aguantarla, ni siquiera sus hijos. Asta se sentía muy culpable por ella debido a que, después de que le lanzara el hechizo que disfrazó la desaparición de su hija en muerte, la mujer había perdido ligeramente la cabeza. No es que estuviera del todo senil, pero la magia influenciada en su cabeza había hecho que sus arrebatos violentos se acentuaran junto con un comportamiento errático propio de una demente. Sus hijos la obligaban a pasar la mayor parte del tiempo en casa atendiendo al padre que, tras todos aquellos años, aún seguía vivo y vegetal. Kaira, quien en su día había sido una mujer bella y atractiva, se había tornado en una anciana con solo cuarenta años de edad. En sus peores días, que no eran precisamente pocos, Kaire le achacaba de que le hubiera robado al amor de su vida y la hubiera condenado a vivir con una marido y unos hijos tan horribles como los suyos. Sus hijos no contaban con buena fama en la aldea, aunque Asta sabía bien que no debía haber sido nada fácil convivir en una casa de locos como aquella.

Por desgracia, aquella casa era el lugar perfecto para ocultar el grimorio.

Kaira recibió el regalo con una ilusión fingida y no le dedicó ni una segunda mirada, pasando a otros temas más interesantes como el criticar a todo aquel que le viniera en mente, desde cómo Sigrid Throston se había puesto como una vaca tras a tener a sus gemelos hasta asegurar que Mocoso Jorgenson era el niño más feo que había visto nunca. Antes de partir de nuevo a su casa, Kaira le preguntó:

—Dicen que tu nieta es la niña más guapa de toda la aldea.

Asta forzó una sonrisa.

—No lo dudo, es una belleza.

—¿También es como tú?

Asta no entendió a qué se refería con aquella pregunta.

—Te vi con esa mujer que volaba y vi que tu cara no es tan vieja. Que eres joven y hermosa todavía, como el primer día que llegaste aquí.

Asta sintió su corazón latir tan rápido que pensó que iba a desmayarse allí mismo.

—¡Pero no te preocupes, querida! No se lo diré a nadie si te portas bien —dijo Kaira guiñándole el ojo—. Después de todo, somos amigas, ¿no?

A pesar de que la dudosa cordura de Kaira jugaba a favor de Asta, le inquietaba que aquella mujer supiera que ella no era como las demás. No había usado el término de «bruja», pero no dudaba que sus hijos eran lo bastante listos para atar cabos y, siendo hijos de un cazador de brujas, fácilmente podrían delatarla a los otros cazadores. No obstante, debía dejar sus preocupaciones en torno a Kaira a un lado hasta que arreglara las cosas con Le Fey y después con Eyra.

La segunda parte de su plan constaba de preparar un falso grimorio. Estaba segura de que Le Fey había leído pocos libros mágicos a lo largo de su vida, aunque se esmeró en replicar la energía mágica a través de un hechizo espejo que irradiaba su propia magia. El contenido del libro replicaba el del grimorio, aunque sus hechizos no eran reales o estaban redactados de forma que no se pudieran ejecutar. Seguía convencida de que Le Fey no abriría el libro. Dado que ella aumentaba su poder y su conocimiento a base de devorar a almas, Asta se había convencido de que no le dedicaría el menor interés al estudio de la magia y que solo deseaba adquirirlo por su valor simbólico. Aún así, cuando se reencontraron para entregarle el grimorio, Asta se inventó una historia rocambolesca de cómo había conocido el paradero del libro por pura casualidad. La expresión de Le Fey era entre aburrida y extrañada, pero no le hizo demasiadas preguntas al respecto, aunque sí se detuvo a hablar de su nieta.

—¿Significa entonces que te has quitado la idea de entregarme a tu nietecita?

—Ahora que tienes el grimorio comprendo que me dejarás tranquila y podré ver a mi nieta crecer y convertirse en una gran bruja si los dioses lo permiten.

Le Fey sonrió enseñando sus blancos y alineados dientes. Asta sintió un escalofrío.

—Me encantaría conocerla.

—Ese no era el trato —le advirtió Asta.

La bruja estrechó los ojos.

—Algún día reinaré en este Archipiélago y en todo el continente, Asta. Tu nieta está resignada a conocerme más pronto que tarde, al igual que toda tu familia.

—Prométeme que me dejarás a mí y a mi familia en paz. Ya tienes el grimorio, nada más nos une.

La rubia contempló cómo sus manos apretaban el libro más de lo debido y el olor a putrefacción se adentró en sus fosas nasales con demasiada rapidez. No pudo contener una arcada, cosa que enfureció aún más a la reina, y agarró de su cabello con fuerza.

—Nuestros destinos están unidos para siempre, Asta. Esta no será la última vez que nos veamos, pero estate tranquila, te dejaré vivir tu mediocre vida con los humanos, pero cuando toda esta nube de felicidad acabe, cuando veas a tus hijos morir, te arrastrarás para volver a mí lado.

Nunca, pensó Asta. Nunca volvería a esa miserable existencia de nuevo.

Cuando la figura de Le Fey desapareció en la noche, el peso que Asta llevaba meses arrastrando sobre sus espaldas se sintió un poco más ligero. Solo quedaba arreglar las cosas con Eyra y sabía que solo había una forma de convencerla de que ella estaba de su parte.. A pesar de que el poder de las völvas funcionaba muy diferente al de las brujas, Asta había conseguido aprender el funcionamiento del poder de Eyra, hasta el punto que consiguió que la völva viera un falso recuerdo en el que Asta le entregaba el verdadero grimorio a Le Fey y no uno falso. Lo mejor de aquella conversación larga y tendida con su nuera no fue solo el hecho de lograr por fin un entendimiento entre ambas mujeres —a pesar de la evidente y razonable desconfianza de Eyra—, sino además pudo conocer por fin a su nieta.

Astrid Hofferson era la niña más preciosa y lista que Asta había visto nunca.

Tenía unos ojos azules increíblemente expresivos pese a su cortísima edad, tanto que a veces parecía comunicarse mejor a través de la mirada que llorando como solían hacer los otros bebés. La bruja tenía pocas pegas de cómo Eyra cuidaba a su hija, a diferencia de la casa que seguía siendo un caos, la niña siempre se la veía limpia, aseada y estaba todo el tiempo pegada al pecho de su madre, demostrando un apetito voraz propio de los Hofferson. Aquella criatura rara vez lloraba y mostraba un carácter tranquilo, rasgos impropios de una bebé de tan pocos meses, y también parecía recordar a la perfección a quien conocía y a quien no, puesto que Astrid era una bebé desconfiada que no se dejaba sujetar por cualquiera. Por fortuna, la magia de Asta facilitó que enseguida se ganara la confianza de la niña, aunque solía ser reacia a abandonar los brazos de sus padres de buenas a primeras. Aún así, tan pronto la mecía entre sus brazos, la niña se calmaba y clavaba sus grandes ojos azules en ella. Fue en una de esas ocasiones en las que Asta mecía y le cantaba las nanas rusas con las que había crecido en el aquelarre cuando cayó que Astrid era la joven que había visto en el Lago de las Lágrimas. Había reconocido esos ojos en Thror y sus hijos los había heredado también, por lo que no tenía la menor duda de que aquella criatura que tenía en brazos iba a convertirse en la bruja que vio en el reflejo del agua.

Ni Eyra ni Erland cedieron ante sus insistencias de bautizarla y, aunque se sentía tentada a bañarla en las aguas de Freyja a sus espaldas, se esforzó a respetar la voluntad de sus padres. La reconciliación entre ambas mujeres supuso también que hubiera un acercamiento entre ella y Erland. Su hijo mayor, siempre tan alegre y risueño, mostró un lado de su personalidad que Asta no había tenido la oportunidad de conocer a fondo hasta entonces. Es más, pese a su oposición a bautizar a la niña siendo tan pequeña, mostró curiosidad en torno a la brujería y le formulaba preguntas sobre lo que supondría que Astrid fuera una bruja. Resultaba maravilloso poder conocer la faceta familiar de su hijo mayor, quien demostraba ser devoto a su mujer y a su hija y presentaba dudas e inseguridades propias de un padre primerizo. Sin embargo, pocos defectos podían señalarse de cómo Erland ejercía la paternidad con su hija, sobre todo porque su implicación en los cuidados de Astrid era mayor que la de cualquier vikingo u hombre humano que Asta hubiera conocido. Erland siempre había sido una persona muy familiar, por lo que no dudaba que acabaría teniendo más nietos en un futuro cercano.

Lo único que Asta seguía sin aprobar en la vida familiar de la pareja era que Eyra siguiera cuidando de Hipo Haddock. En ese sentido, Eyra era terriblemente cabezota y no conseguía comprender cuán peligroso era aquel niño. Asta cada vez estaba más y más convencida de que Hipo Haddock solo traería la desgracia a su familia, sobre todo porque los dioses no verían buenos ojos que estuvieran custodiando y cuidando a aquel que causaría el Ragnarok. Había vuelto a hablar con Estoico y le había suplicado que, por favor, buscara a alguien que pudiera hacerse cargo del niño, creando una mentira en la que le aseguraba que Eyra estaba sobrepasada con el cuidado de dos niños tan pequeños y alegó que su nuera era demasiado responsable con su labor como para contarle la verdad o quejarse lo más mínimo.

Al margen de aquellos pequeños conflictos, Asta sentía que su vida volvía al curso normal y feliz que debía haber sido siempre.

Hasta que llegó ese día.

Asta disfrutaba del invierno como nadie. Le gustaba la confortabilidad del hogar y sentarse junto al fuego abrazada a su esposo mientras añoraban viejos tiempos o charlaban sobre sus hijos y su nieta. Fueron unos días largos, silenciosos y reconfortantes, de lo más felices que Asta había vivido en mucho tiempo. Sin dragones que atacaran, la vida se reducía a pasar el invierno como buenamente se podía, aunque Thror y Asta siempre salían adelante sin ninguna traba. Aquella tarde, Thror y ella habían hecho el amor mientras la ventisca golpeaba contra las ventanas. La edad era notoria en los rasgos de su marido y a veces mostraba cierta inseguridad al temer que Asta dejara de verle atractivo por haber perdido la jovialidad y la belleza propia de un hombre joven cuando ella seguía viéndose por una veinteañera tan hermosa como el día que se conocieron. Asta, sin embargo, seguía viendo belleza en su marido, no le importaban ni las arrugas de sus ojos, ni las canas en su pelo y barba o sus primeros achaques de lo que parecía ser una artritis. Thror seguía fornido y, aunque su ferocidad y fuerza en la batalla no era como en sus mejores años, Asta seguía disfrutando de la dureza de sus brazos, del suave olor varonil que desprendía su cuerpo y la ternura de cada una de sus caricias y palabras de amor. Thror Hofferson había tenido razones de sobra como para censurarla y castigarla por ser una esposa indomesticable, pero él había permanecido a su lado, guiándola en aquella vida puramente humana en la que ella hubiera estado perdida si él no le hubiera tendido la mano en el momento que más le había necesitado. Thror le había salvado la vida y no había palabras ni actos que pudieran expresar cuan agradecida se sentía por haber tenido a semejante marido a su lado.

Le Fey apareció antes que los dragones. A Asta le despertó su pestilente olor y se alarmó tanto al verla al pie de su cama que hubiera gritado si la bruja no hubiera apagado sus cuerdas vocales con su magia. Le Fey estaba muy seria, aunque Asta la conocía lo suficiente como para saber que estaba esforzándose en ocultar toda su ira. El olor que había inundado la habitación resultaba tan insoportable que Asta hizo una arcada y, de repente, recibió una bofetada invisible tan fuerte que la tiró de la cama. El estruendo causó que Thror se despertara alarmado, pero antes de que pudiera hacer nada, Le Fey cogió de su cuello con su magia. Dibujó una sonrisa maquiavélica que le puso a Asta la piel de gallina.

—Creo que no nos han presentado —dijo Le Fey en un nórdico perfecto—. Soy Le Fey, reina del aquelarre al que pertenecía Asta, ¿tú eres el humano que se casó con ella, verdad?

Thror no comprendía qué estaba pasando y buscó su mirada preocupado. Asta volvió a subir la cama para interponerse entre ellos y romper el hechizo que retenía a Thror, pero Le Fey decidió hacer lo mismo con ella.

—¡Dioses, Asta! ¡Te has vuelto torpe y lenta! —se burló Le Fey—. Además de mentirosa, ahora resulta que te has convertido en una bruja mediocre, como esas de las que te reías cuando éramos niñas. ¿Qué pensaría Masha si te viera convertida en esta?

Asta abrió la boca para suplicar que parara, pero de su garganta no salió el menor sonido. Sintió las lágrimas acumularse en sus ojos mientras imploraba con la mirada que dejara a Thror marchar. Le Fey hizo una mueca de desprecio.

—Tú piensas que soy tonta, ¿no? ¿De verdad me creías tan estúpida como para que no me fuera a dar cuenta de que el grimorio que me diste era falso? —reclamó Le Fey colérica—. Ya no soy esa niña que jugaba a ser adulta en el cuerpo de Masha, Asta. He tenido que trabajar mucho para llegar hasta aquí y, ahora, vas y me vuelves a traicionar. No sé qué es más ofensivo, el hecho de que me dieras un grimorio falso o que pienses que no me iba a enterar.

Se escuchó una explosión en el exterior y Le Fey sonrió triunfalmente.

—Recuerdas lo que te dije, ¿verdad, Asta? Si no me dabas el grimorio en un año, iba a masacrar a toda tu familia. ¡Y vaya! ¡Parece que se ha agotado el plazo!

Asta reaccionó tan violentamente que Le Fey tuvo que paralizar sus brazos para impedirle que usara su magia.

—Tú te lo has buscado, Asta. Te perdoné una vez y me lo compensas traicionándome de nuevo. Lo siento, pero esta vez has de pagar por tus actos.

La bruja intentó replicar con todas sus fuerzas, pero el hechizo de Le Fey era demasiado poderoso como para romperlo sin tener uso de sus cuerdas vocales y de sus manos. Sin embargo, el pestilente olor de Le Fey mezclando con el gran poder de su magia, hacía imposible que Asta pudiera usar su magia. Le Fey la mantuvo paralizada mientras Asta contemplaba horrorizada cómo con un simple movimiento de muñeca elevaba todo el cuerpo de Thror hasta que sus pies dejaron de pisar el suelo y, seguido, soltaba todo el peso de su cuerpo para sostenerlo únicamente por su cuello.

No había palabras para describir todo aquello. No solo resultaba grotesco escuchar cómo Le Fey se mofaba de Thror mientras su esposo se asfixiaba y jadeaba por recuperar el aire. Thror pareció implorar ayuda cuando ya estaba en el límite, pero Le Fey ni siquiera le concedió una sola mirada a ella. Asta gritó un hechizo en silencio, pero fue inútil.

Thror estaba muerto.

El hombre que ella había amado más que a su propia vida había muerto por su culpa.

De repente, el agarre invisible que la tenía atrapada la soltó y Asta cayó al suelo. La bruja intentó incorporarse para alcanzar a su esposo, pero Le Fey la empujó de nuevo contra el suelo de una patada y le lanzó un saco blando.

—Vístete —le ordenó antes de salir fuera del cuarto con el cuerpo de Thror flotando tras ella.

Asta intentó correr tras ella, pero Le Fey cerró la puerta en sus narices. Fuera de la casa se escuchaban los gritos de los aldeanos, huyendo despavoridos hacia el Gran Salón y a los dragones rugiendo y lanzando fuego sin cesar. Parecía un escenario ajeno y muy lejano a lo que estaba sucediendo en su casa. Asta hubiera preferido estar allí fuera y que un dragón la destrozara con sus garras que seguir allí por más tiempo. Abrió el saco que Le Fey le había dado y contempló horrorizada de que se trataban de las vestiduras blancas del aquelarre del Skaði. Conteniendo sus intensas ganas de llorar, Asta no tuvo otro remedio más que ponerse aquel vestido y esperar a que Le Fey volviera a la habitación. Cuando la puerta se abrió, Asta no se volteó.

—Gírate y arrodíllate ante tu reina, Asta Lund.

La bruja obedeció, conteniendo inútilmente sus sollozos. Le Fey se colocó ante ella y le lanzó una mirada de profundo desprecio antes de darle una fuerte bofetada.

—Podías haber sido la más grande de todas nosotras y elegiste esta patética vida —escupió Le Fey—. Has traicionado a tu especie y a tu aquelarre.

—Yo… —el hechizo de Le Fey se había roto, pero a Asta todavía le costaba hablar.

—¡Silencio! —rugió la reina.

Asta tuvo que llevar su mano contra su nariz y su boca para aplacar el olor que salía del cuerpo de la bruja.

—Tu castigo no ha hecho nada más que empezar, Asta —le advirtió Le Fey con voz envenenada—. Me dirás dónde está el grimorio y vendrás conmigo de vuelta al aquelarre.

—¡No! ¡No pienso volver! —chilló Asta y movió las manos para ejecutar su magia para descubrir que ésta no acudía a su mandato.

—¡Dioses, Asta! ¿De verdad eres tan tonta? Nunca fuiste oficialmente expulsada del aquelarre, por lo que todavía tengo poder sobre ti —advirtió Le Fey ahora sonriente—. No puedes hacer nada contra tu reina, querida. Estás condenada.

Lo estaba. Le Fey había buscado la manera para mantener su poder de reina intacto y, por muy poderosa que fuera ella, si Le Fey tenía la voluntad de bloquear sus poderes podía hacerlo como a ella le placiera. Era un movimiento cruel por parte de la reina, pero indudablemente inteligente si quería impedir que Asta se quedara indefensa. De repente, se escuchó a alguien entrar por la puerta principal. A Asta se le paró el corazón y rezó a los dioses para que no fueran Erland y Eyra con la niña. Escucharon unos pasos que se detuvieron no muy lejos del dormitorio principal y escuchó el chirrido de la puerta del cuarto de Finn abrirse.

No pudo detener a Le Fey. La reina se aseguró de que no pudiera levantarse del suelo y sus piernas pesaban toneladas. Oyó la voz de la bruja y una especie de implosión que vino con un chillido que reconoció. Eran ellos. Erland y Eyra estaban allí. Le Fey regresó con ellos y Asta contempló horrorizada cómo el bello rostro de su hijo estaba destrozado por cortes y su mano estaba cubierta de astillas. Eyra solo presentaba un pequeño corte en su mejilla, aunque lucía muy asustada y cargaba un bulto contra su pecho.

Astrid.

¿Por qué le hacían esto a los Dioses? ¿Por qué la castigaban a través de los seres que más amaba? Astrid no era más que un bebé y si Le Fey no había tenido dudas de matar a su hermana recién nacida con tan solo cuatro años, ¡quién sabe lo que le haría a su nieta! Asta suplicó y suplicó para que los dejara marchar, ¿qué otra cosa iba hacer? No podía ni usar su magia, ni levantarse del suelo. Eyra chilló tanto como ella cuando Le Fey acuchilló a Erland varias veces por todo su abdomen. Su hijo cayó al suelo como un peso muerto y sangrando a borbotones. Astrid echó a llorar asustada ante el caos de la situación y Le Fey, tras contemplar a la niña con sus ojos, aprovechó la ocasión para lanzar a Eyra con la niña por los aires cuando la völva había intentado socorrer a Erland. La muchacha gimió de dolor y Astrid lloró con más fuerza si cabía. Moryen parecía dispuesta a rematarla cuando Asta consiguió alcanzar sus faldas para detenerla. Le Fey se inclinó a su altura y le dijo muy seria y en voz baja:

—Voy a matarlos a todos, Asta. No voy a detenerme hasta que escarmientes. Te has condenado tú solita, yo solo soy el verdugo de tu estupidez. Así que hazte un favor y deja de humillarte. Tu hijo está prácticamente muerto y ambas sabemos que tienes muy poco aprecio por la völva y esa cría.

—¡Moryen, por favor, no lo hagas!

La reina, sin embargo, no la escuchó. Arrancó a Astrid de los brazos de su madre y la bebé se puso a llorar desconsoladamente. Eyra se levantó dificultosamente del suelo para recuperar a su hija, pero Le Fey volvió a paralizarla y clavó su daga formada de hielo en ella varias veces. Asta le suplicó que se detuviera, pero era inútil. Eyra cayó cerca de Erland, quien apenas yacía consciente sobre el charco formado por su propia sangre, y Le Fey procedió a apuñalar a su nieta, aunque no llegó a hacerlo. Hizo el amago varias veces, pero por alguna razón el filo nunca rozaba la piel de la niña.

—¡Maldita zorra! —chilló Moryen.

Asta consiguió definir la expresión de triunfo de Eyra desde su ubicación. Había sido cosa de ella. Había lanzado sobre su hija un antiguo rezo de völva que impediría que la niña muriera en sus manos. Chica lista, pensó Asta sin evitar cierto orgullo. Le Fey, en cambio, volvió a clavar su daga en el cuerpo de Eyra movida por una rabia profunda.

—Si no puedo matarla, me aseguraré de que esta mocosa sea aquello que más odias. Será una bruja y la convertiré en un reflejo de mi persona. Será cruel, despiadada y odiará a los humanos con todo su ser. La haré mía.

Eyra escupió la sangre que se había acumulado en su boca contra su cara.

—Jamás será tuya —le advirtió la völva en un hilo de voz.

Asta no podía soportarlo. La impotencia de no poder hacer nada. De ser testigo del asesinato de su hijo y ahora de su nuera… Nunca se había dado el lujo de querer a Eyra como se había merecido, pero no por ello significaba que no le doliera su muerte también. A pesar de sus diferencias, Eyra Hofferson había sido su nuera y la madre de su nieta. Merecía una muerte mejor que aquella. Se preguntó dónde estaría Thror. Su amado y queridísimo Thror. ¿Qué habría hecho Le Fey con su cuerpo? Asta no soportaba pensarlo.

No soportaba nada.

Escuchó los sollozos de Astrid cuando Le Fey abrió un portal de oscuridad que las rodeó y las trasladó hasta una caverna. Asta no se ubicó con el lugar, pero tenía claro que aquella era una fuente de Freyja. Astrid lloró con más fuerza y Le Fey, irritada, casi le lanzó la niña a sus brazos.

—Hazla callar, me van a reventar los tímpanos —espetó la bruja rabiosa.

Le Fey llamó a voz de gritó a alguien que salió de la oscuridad, pero se alejó tanto que no pudo escuchar qué decían. Astrid lloraba en sus brazos claramente alterada y echando en falta a su madre, por lo que Asta hizo lo que pudo para calmarla. Fue en ese momento cuando observó que a poco menos de un metro, Le Fey había dejado caer la daga de hielo que había empezado a descongelarse sobre la superficie rocosa. Asta seguía sin poder mover sus piernas, pero no titubeó en agarrar la daga y guardarla en el bolsillo escondido entre los pliegues de su falda antes de enfocarse de nuevo en su nieta.

—Ya está, cariño, ya está —murmuró la bruja en nórdico—. Estoy aquí, mi cielo.

Por fortuna, Astrid reaccionó a la familiaridad de su voz y clavó sus ojos acuosos en ella. Casi parecía que le estaba preguntando cómo demonios iban a salir de allí. Miró hacia los lados y comprobó que había varios túneles que llevaban a la fuente, pero era difícil comprobar cual de ellos sería una verdadera salida. Su cabeza seguía buscando diferentes vías de escape cuando, de repente, dos mujeres vestidas de negro aparecieron por su espalda y le arrancaron a Astrid de sus brazos.

—¡No! —chilló Asta extendiendo su mano hacia ellas.

—¡Silencio! —rugió Moryen—. Tiradla al lago.

La bruja que sostenía a la bebé en sus brazos se acercó hasta la orilla del lago y extendió sus brazos con toda la intención de soltarla. Sin embargo, la bruja se quedó ahí parada, sin moverse, con la niña sostenida en alto.

—¿A qué coño esperas? —escupió Le Fey irritada.

—No… no puedo. Es… es cómo si mis manos no me dejaran —balbuceó la bruja.

Le Fey soltó un grito de frustración y llamó a otra bruja para que decapitara a la bebé, pero ésta tampoco fue capaz de hacerle ningún daño mortal.

—¿Por qué? ¿Qué demonios ha hecho esa völva con esta puta cría? —gritó Le Fey furiosa.

La bruja la miró a ella buscando respuestas.

—Eyra era una völva poderosa, ¿qué esperabas? ¿Que dejara a su hija a tu merced? —cuestionó Asta con frialdad—. Ni tú puedes romper la magia de la oración de una völva, Moryen, menos cuando ha sido formulada por una madre desesperada por salvar a su hija.

Le Fey parecía muy confundida por sus palabras.

—¿Significa…?

—Significa que da igual lo mucho que lo intentes, no podrás matar a la niña —aclaró Asta.

El pestilente olor de Le Fey volvió a intensificarse hasta el punto que las brujas que se encontraban allí dieron muestras de náuseas y una de ellas incluso vomitó. Astrid estaba tendida en el suelo, moviendo sus bracitos hacia arriba mientras lloraba sin cesar, quizás porque sintiera que nada estaba yendo bien. Asta temió por el destino que pudiera depararle a su nieta.

—¡Calíope! —gritó Le Fey de repente.

Una bruja descendió del techo y aterrizó con suma delicadeza, arrodillándose ante la reina y agachando la cabeza.

—¿Sí, mi reina?

—Empieza los preparativos para el ritual.

—Pero el cuerpo…

—No vamos a usar a la huésped que habíamos escogido —señaló Le Fey y miró a Asta fijamente—. He encontrado uno mejor y más poderoso.

Asta palideció y forcejeó cuando dos brujas tiraron de sus brazos para levantarla del suelo. El hechizo que Le Fey había lanzado sobre sus piernas se había roto por fin, pero las brujas la habían sujetado con tanta fuerza que no había forma de liberarse. Alguien había tenido la decencia de coger a Astrid en brazos, pero la niña no había dejado de llorar. Odiaba que fuera cogida por un desconocido y, por desgracia, aquel lugar estaba repleto de desconocidas que poco bien querían hacerles a ninguna de las dos. Le Fey hablaba rápido y en susurros con una anciana que había aparecido de la nada, y Asta reconoció a la vieja Kostenka, también conocida como Ikerne. La bruja recordó su último encuentro con ella, en el que le advertía que si se marchaba del aquelarre habría firmado su sentencia de muerte. La muy hija de puta había demostrado tener toda la razón. Le Fey se dirigió a otra bruja que se encontraba allí para ladrarle órdenes y la vieja se acercó hacia ella arrastrando los pies.

—Niña tonta —se burló la anciana—. Te dije que el precio que pagarías por proteger el grimorio sería demasiado alto. No me hiciste caso.

—Ella todavía no tiene el libro —escupió Asta—. Y no pienso decirle dónde está.

—Lo sabrá cuando entre en tu cuerpo, querida. Te harás una con la reina y ya sabrá cada uno de tus secretos y podrá avistar cada uno de tus recuerdos.

Asta intentó liberarse una vez más del agarre de las brujas, pero estas no la soltaron.

—Toda tu familia ha muerto, Asta. ¿Por qué ponerlo más difícil? —cuestionó Ikerne—. Sométete a la reina y puede que así encuentres la forma de proteger a tu nieta y a tu otro hijo. ¿Cómo se llamaba él? ¿Finn?

La bruja sostuvo la mirada de la anciana, procurando no mostrar el pánico que estaba sintiendo en ese momento.

—¿Por qué quiere mi cuerpo?

—¿No es evidente? —replicó la vieja con impaciencia—. Eres una poderosa bruja con el don del agua. Cuentas con un gran poder y los conocimientos adquiridos por tus estudios del grimorio. Creemos que puedes ser el cuerpo más sólido que puede albergar el creciente poder de Le Fey.

—¿Sólido? —preguntó Asta sin entender.

—Le Fey no puede traspasar su alma a cualquier cuerpo. Su poder es inmenso, tanto que necesita un cuerpo solventado con una magia lo bastante poderosa para que pueda soportar todo ese nuevo poder. El cuerpo de Masha aguantó tres años, pero para cuando Le Fey se cambió a un nuevo cuerpo, todos sus órganos estaban consumidos y ya había rastros de putrefacción en su piel. Fue un espectáculo bastante grotesco, la verdad, parecía un cadáver viviente y estaba consumida por los dolores, por no mencionar la peste que sacaba ¡Era vomitivo! ¡Ahora no huele ni una cuarta parte de mal de lo que olía entonces! Por suerte, la diosa nos dio la respuesta para llevar a cabo el ritual que permitiría trasladar el alma de Le Fey y sus nuevos poderes a otros.

Asta entreabrió la boca horrorizada por todo lo que aquella vieja le estaba contando.

—¿Por qué Freyja haría algo como eso? —preguntó la bruja en voz de hilo—. ¿Por qué le otorgaría un don tan horrible?

—¿Quién dice que fuera Freyja la que me bendijo?

Le Fey se unió a la conversación con una expresión seria y fría. No había reparado hasta ese momento lo pálida que estaba y su olor seguía siendo la mar de desagradable.

—¿Qué pasó aquella noche, Moryen? —preguntó Asta alterada—. ¿Quién se te apareció?

—Recé y recé y recé, tal y como tú me habías enseñado. La magia de aquellas aguas quemaban contra mi piel y el aire estaba tan cargado que viciaba mis débiles pulmones, pero no apareció nadie. Freyja no atendió a mi llamada, Asta, por lo que simplemente clamé que lo único que yo quería era ser la bruja más poderosa de todo el Midgard, tan poderosa que mi poder podría competir contra la mismísima Freyja —Le Fey carraspeó y sonrió maleficamente—. Entonces ella acudió a mi llamada.

—¿Ella?

—La Diosa de la que nadie puede huir, Asta. Ella apareció encarnada en su forma humana, ¡tendrías que haberla visto! Era tan bella que dolía el solo mirarla…

Asta tragó saliva.

—Moryen, no me dirás que…

—¿Que hice un pacto con la diosa de la Muerte? Por supuesto. Ella estaba más que dispuesta a cumplir mi deseo a cambio de un precio tan nimio como acumular almas para ella. Una tarea muy sencilla para alguien que ya había matado antes, ¿no crees? Así que la diosa me entregó este poder de absorber las almas para así ocupar cuerpos ajenos al mío. Salvó mi vida, Asta.

—¿A esto lo llamas vida? ¿A verte consumida por tu propia magia hasta el punto que pudre tu cuerpo y tengas que cambiarlo? —cuestionó Asta escandalizada.

Le Fey sacudió los hombros.

—Así es como absorbo la magia y me vuelvo más poderosa. Admito que es incómodo y debía haberme esperado que esta magia venía con condiciones que la diosa no se molestó en darme, pero el dolor no es más que un mísero precio por alcanzar el poder que quiero.

—¿Lo dices en serio, Moryen? —gritó Asta sin dar crédito—. ¿Tanto poder para qué?

—Durante toda mi vida me dijeron que yo no sería nadie, que no valía para nada. Demostraré que soy la bruja más grande del Midgard, tan poderosa como un Dios y nadie volverá a decirme qué tengo que hacer y qué no. Seré yo quien gobierne sobre todos.

—¿Y matarás a todo aquel que se oponga a tu tiranía? —le recriminó Asta furiosa—. Reinarás sobre un montón de cadáveres.

Le Fey soltó una carcajada.

—Ya te he dicho que matar no me supone un esfuerzo y, además, siempre están los que temen a la muerte —Le Fey se acercó a ella para acariciar su rostro. Asta sacudió su cabeza para apartarse de ella—. Admito que no poseí tu cuerpo porque siempre te he querido demasiado, aún sigo haciéndolo, pero creo que la única forma que tengo para que estemos juntas para siempre es precisamente quedándome con tu cuerpo y haciendo que nuestras almas sean una. Tu cuerpo será mucho más duradero que los demás.

Aquello era una locura. No cabía duda de que aquella mujer estaba senil, que el poder se le había subido tanto a la cabeza que ya carecía de moral o cordura. Asta descubrió, para su sorpresa, que su magia había reaccionado a su ira, quizás porque se encontraba en una fuente de Freyja, por lo que actuó muy rápido. Deshidrató a las brujas que la tenían sujeta hasta que se convirtieron en polvo y, antes de que Le Fey comprendiera qué estaba pasando, sacó la daga para atacarla. El filo de hielo se quedó a escasos centímetros del rostro imperturbable de Le Fey, puesto que su cuerpo se había vuelto a quedar paralizado. La reina le dio un manotazo y Asta soltó la daga que se quebró en mil pedazos contra el suelo. Seguido, le dio un empujón que la tiró al suelo de nuevo.

—Tú misma dijiste que no teníamos madera para ser soldados y veo que sigue siendo así —observó Le Fey con aburrimiento y se acercó a los pequeños montículos de polvo que antes habían sido sus brujas—. Tu poder es impresionante, Asta, te dará mucha rabia no poder usarlo contra mí.

Asta la fulminó con la mirada. Puede que sus poderes hubieran vuelto a ella, pero seguía siendo incapaz de atacar a Le Fey por su posición de reina. Su situación era desesperada. No podía permitir que Le Fey se apoderara de su cuerpo y permitir que tuviera manejo de un elemento tan fundamental y peligroso como el agua. Si Le Fey se apoderaba de su cuerpo y, contando con el poder que ya poseía, podría hacerse con todo el Archipiélago en cuestión de semanas. Es más, quizás aún movida por sus ansias de vengarse de ella, podrías ir tras Finn.

Finn

¡Su pobre Finn! ¡Cuán doloroso sería para él descubrir que todos habían muerto durante su ausencia! ¿Qué sería de su hijo? ¿Podría superar su pérdida? ¿Y qué pasaría con los cuerpos de Thror, Erland y Eyra? Lo más seguro era que Le Fey se hubiera encargado de ocultar su rostro, que todo fuera un fruto de una terrible tragedia, ¿quizás quemarían sus cuerpos y la casa para que así la gente de Mema pensara que había sido todo cosa de los dragones?. Miró entonces a Astrid, quien seguía llorando en los brazos de una bruja que intentaba consolarla por todos los medios. ¿Qué pasaría con ella? ¿Qué clase de destino le esperaría viviendo en aquel aquelarre? Nada bueno, se temía. Eyra la había protegido de la muerte, pero no de la miseria de la que ni siquiera Asta podría salvarla. Ojalá pudiera perdonarla algún día, aunque era probable que Astrid nunca conozca su nombre.

Solo esperó que la diosa protegiera a su nieta de todo mal porque Asta sabía bien lo que debía hacer.

No quería hacerlo, pero debía hacerlo.

No podrás evitar lo inevitable, pero sí puedes hacer que el mal sea mucho menor de lo que va a ser.

Freyja lo había sabido desde el principio. No podía enmendar su error, pero si podía evitar que fuera a peor.

Por Thror, por sus hijos, por Astrid e incluso por Eyra.

Se lo debía a todos ellos.

—Tu destino está escrito —dijo Le Fey y se volteó hacia Ikerne, quien había estado observando la escena en silencio—. Diles que empiecen con los preparativos.

Ikerne, en cambio, no se movió. Había abierto mucho los ojos y ahora miraba fijamente a Asta. Le Fey no comprendió su expresión y se volteó de nuevo hacia la bruja de cabello platino cuando observó que le salía agua de la nariz y de la boca. Le Fey palideció al comprender que Asta estaba encharcándose sus propios pulmones a una velocidad vertiginosa y estaba ahogándose. Asta cayó a un costado y su cuerpo empezó a sacudirse mientras Le Fey intentaba por todos los medios detenerla, pero le fue imposible al no tener el menor control sobre el agua. Contempló con impotencia como Asta se ahogaba mientras su amiga de la infancia la miraba con una expresión de triunfo hasta que sus ojos castaños se apagaron y su cuerpo dejó de moverse.

Asta se había quitado la vida ante sus ojos.

¡Esa hija puta había vuelto a abandonarla!

Le Fey empezó a golpear el cuerpo de la bruja con suma violencia. ¡La odiaba! ¡La odiaba tanto por haberla querido que no podía soportar el haberla perdido de aquella manera! Se había quitado la vida para no estar atada con ella, para no tener que compartir su alma con ella.

¡Puta Asta!

Siempre iba por delante de ella.

Siempre.

—Moryen, para ya —le pidió Ikerne a su espalda.

Le Fey no había reparado de que había destrozado la cara de Asta con sus propias manos y que su sangre aún se sentía caliente con sus manos. Observó que de su cuello había una cadena con un anillo. Le Fey lo cogió con desgana y se sintió tentada en arrancarlo y tirarlo a un rincón oscuro de la caverna, pero decidió no hacerlo. Aún seguía queriéndola y, aunque Asta jamás la quiso como ella, Le Fey respetaría al menos que llevara el anillo consigo. Después de todo, necesitaría algo con lo que consolarse en el Helmheim, aunque solo fuera un espejismo de una baratija que tuvo en vida. Se levantó del suelo y miró hacia la bruja que cargaba con la mocosa llorona de la völva.

—¿Qué quieres hacer con el cuerpo? —preguntó Ikerne acercándose a su lado—. Ya no vale para nada.

—Devolvedlo a Mema —ordenó la reina—. Resultará extraño que estén los cadáveres de todos menos el de ella. Los vikingos son imbéciles, pero sospecharán si no encuentran un cuarto cadáver. Prefiero ahorrarme en salud y evitar que los cazadores de brujas tengan razones para investigar.

—Sabia decisión, mi reina —señaló Ikerne—. ¿Y qué hacemos con la niña?

Le Fey se acercó a la bruja y le quitó a la niña de sus manos para contemplarla. Sabía que se llamaba Astrid y se parecía demasiado a Asta, salvo en los ojos que claramente había heredado del humano. La bebé siguió llorando, pero Le Fey no le dio importancia. Aquella mocosa no significaba nada para ella, solo era un vulgar recordatorio de Asta y su traición. Sin embargo, sería demasiado peligroso devolverla, más si la propia Le Fey no podía matarla. Se dirigió a la fuente y entregó la niña a Ikerne para desnudarse. La bruja siseó de dolor cuando la tela del vestido rozó contra su pierna putrefacta. Su aspecto era tan grotesco que pocas soportaban mirarla demasiado tiempo.

—¿Estás segura de esto? La niña no será fácil de doblegar —le advirtió Ikerne.

—Prefiero tener a mis enemigos cerca y bien vigilados —argumentó Le Fey—. Si yo soy la que la bautizo, difícilmente podrá usar su magia en mi contra.

—No creo que…

—No estás aquí para dar una opinión que te he pedido —le cortó la reina amenazante—. Que vayan a por mi nueva huésped ahora mismo, cuando termine con la niña empezaremos con el ritual.

Ikerne refunfuñó algo antes de entregarle de nuevo la niña, pero Le Fey la ignoró y se metió en el agua. La niña había dejado de llorar, quizás influida por la magia que emanaban las aguas de la fuente, y ahora la miraba a ella con unos ojos que parecían demasiado juiciosos para una bebé. Le Fey soltó una palabrota ante su incapacidad de soltarla en el agua y permitirla que se ahogara. Caminó hasta el centro del lago y se dirigió a la niña.

—Me aseguraré que seas todo lo que ellas no quisieron que fueras. Serás una bruja sumisa y obediente, matarás sin titubear y serás más fría que un témpano de hielo. Serás un ser hecho de odio porque me odiarás con todo tu ser, pero vivirás con la impotencia de que no podrás nunca hacerme el menor daño. Vivirás una vida miserable y sin amor, Astrid Hofferson, y por ello jamás sabrás quién eres de verdad ni nunca te amarán. Serás una niña insignificante y huérfana, destinada a estar sola —posó su mano sobre el vientre de la niña—. Yo te despojo de tu apellido y de tu derecho a tener descendencia y vivirás por y para mí hasta que llegue el fin de tus días, pues para eso yo soy y seré siempre tu reina.

La niña chilló, quizás por el dolor o quizás de la indignación, pero Le Fey solo se mofó de ella. Después de todo, para Moryen Le Fey, Astrid Hofferson no sería nada más que una mocosa que se parecía demasiado a Asta, aunque su carácter poco tendría que ver con el de su abuela. Poco sabía Le Fey de que en aquel día le estaba otorgando la bendición de la diosa a la que se convertiría en la peor de sus enemigas.

Se sumergió en el agua con la niña, ignorante de que estaba cometiendo el mayor error de su vida.

Ignorante de que estaba bautizando a la única bruja capaz de arrebatarle lo que siempre había considerado suyo.

Ignorante de que solo Astrid era la única con derecho a reclamar su reinado y que podía tener todas las de perder.

Xx.