Día 5: Avaricia

La noche y su propia reflexión hicieron que sus celos pasarán a segundo plano, pero, aun así, Morinaga había caído en cuenta que su estancia en la tierra estaba acabando, faltaban tan solo dos días para que esa maravillosa relación viera su fin, para que el castigo que días atrás había atemorizado su mente y que ahora solamente podía aceptarlo tal y como pudiera ser, viniera a sus brazos y a los de Souichi de manera inevitable. Entonces se dio el privilegio de imaginar una posibilidad, de que tal vez ni siquiera volvería a ver el cielo, privándolo a un rincón de Nueva Orleans junto a Luciferum, despojándolo de todo privilegio y que no le permitirían entrar a través de las majestuosas puertas que guiaban al edén otra vez. Pero si Souichi lo abandonaba como había pensado el resto de la noche, tan poco habría razón de quedarse en la tierra.

A Morinaga le aterraba la posible veracidad de esa imagen. Souichi era un humano como cualquier otro, quizás con ligeras diferencias que lo hacían único entre todo lo demás, pero sus pensamientos, sus sentimientos y su raciocinio era idéntico al de los otros, Souichi estaba con él por el momento porque había sido deslumbrado, pero una vez que se diera cuenta de las consecuencias que traía tener esa clase de relación con un ángel como él, no perdería el tiempo e iría a los brazos de otra persona, el profesor aquel o quien fuera, pero tiene esa certeza que Souichi no lo escogería a él entre tantos hombres que habitaban el mundo y prometían ser mejores amantes que él. Miró fijamente a Souichi quien aún se encontraba durmiendo a un lado suyo luego de haberlo amado esa noche con especial fogosidad, lo miro en silencio, distante y con la mente en blanco como lo solía hacer cuando estaba en el cielo. En donde aún él y Souichi eran unos completos desconocidos, donde el temor de un castigo era ajeno a su realidad, donde Morinaga podía amarlo sin sentir cada vez más que eso no debió haber pasado. Vio tan lejano aquel pasado que pudo haber dicho que jamás había sucedido y si había pasado no había sido parte de la vida de Morinaga.

Acaricio suavemente la mejilla de Souichi queriendo sentir su suave piel deslizarse entre la yema de sus finos dedos y con aquel movimiento este despertó. Ligeramente desorientado, Souichi contemplo al ángel junto a él en su cama, con las mejillas sonrojadas, el cabello ligeramente despeinado indicándole que el aturdido amor que se profesaron ayer seguía dejándolo necesitado hoy. Souichi no sabía explicar aun ese sentimiento, era tan diferente a lo que él solía mostrar que a veces pensaba que el ángel lo controlaba, pero no podía ignorarlo. Quizás antes de que su relación se desbordará por los bordes habría sido más fácil evadirlo, sin embargo, ahora que simplemente lo dejaba entrar a su cama con tanta facilidad, Souichi ya no podía dar vuelta atrás ese sentir.

—Hola... —dijo Souichi incorporándose en la cama. Ignorando el leve mareo que sintió al hacer el movimiento más brusco de lo necesario.

Cuando iba a poner su mano sobre su cabeza, intentando que las vueltas se detuvieran, la suave mano del ángel se posó en su hombro luego de apartarla de su mejilla lo cual hizo que se detuviera y cayera en cuenta de esa cercanía. El hecho de que estuvieran piel con piel provoco que el tacto fuera más íntimo de lo que pudiera haber sido con ropas puestas. Souichi fijo su mirada en los ojos del ángel, descubriéndolo distraído, cabizbajo y melancólico, estuvo a punto de preguntar la razón de su estado, pero el ángel se apresuró a decir.

—Souichi, dime que me amas.

Souichi guardo silencio, intentando procesar toda la información salida de los labios del ángel quien aún lo miraba de aquella forma tan triste. Nunca en su vida había dicho tales palabras a otra persona, y el ángel, quien parecía satisfecho con su frío amor, esa madrugada parecía con esa necesidad que inquietaba a Souichi de una manera indescriptible.

—¿Te sucede algo? —pregunto porque deseaba saber la razón de la petición dicha por el ángel, quería saber cuándo las cosas se habían vuelto un poco más íntimas entre los dos.

Morinaga en cambio lo tomo de los hombros y lo beso bruscamente quitándole el aliento, el acto sorprendió a Souichi de tal manera que intento vagamente detenerlo, pero la fuerza entre ellos dos era demasiada dispareja por lo que no logro ni siquiera moverlo un centímetro. En cambio, Morinaga, mientras besaba con necesidad los besos de Souichi, su mente pensaba en las palabras que utilizaría en la futura despedida que existiría entre ellos dos, y en el hecho de que en un par de días más de nuevo regresaría al cielo, donde les gritaría a los grandes arcángeles y al Dios mismo si era posible y diría que no se arrepentía de nada. Una vez que lo miraran a los ojos y descubrieran en el brillo impuro de su mirada todo sobre sus pecados, sobre los goces que había probado en la tierra, del hambre insoportable y de la envidia excitante que hasta ese momento lo seguían malhiriendo sus, hasta ese momento, hermanos entenderían a que se refería. Entonces, tal vez pronunciaría las crudas palabras de cierto hombre…

«Sí, soy yo, mírenme, soy quien mancho vuestros nombres, quien cometió fraude ante mis creencias y os traiciono, hermanos míos...si quered podéis llamarme el judas».

Solo en ese instante, Morinaga alejo sus labios de los de Souichi, dejando ver una fina línea de saliva que aun los unía de manera vulgar. La imagen de sí mismo en tal estado atemorizo hasta su última partícula de materia. Con el corazón galopando en un estado eufórico, y el sudor frio recorrer por su espina dorsal, giro el rostro para mirar a Souichi quien se había dejado de resistir y mostrando en sus dorados ojos su reflejo, su propia tristeza como si Souichi fuera un espejo y se estuviera viendo, asimismo, sin embargo, esa no era su tristeza, y posiblemente ni siquiera su dolor, Morinaga había sentido culpa, pero no una propia.

—Lo siento —dijo con la voz entrecortada, sintiendo el temblar de sus manos—. No quise forzarte a eso… Nunca…

Souichi guardo silencio cuando Morinaga aparto la mirada, frunció el ceño y con una cara que mostraba enojo dijo con una voz casi gritando algo que no estaba seguro de querer decir.

—N…no lo vuelvas hacer imbécil —exclamo con su tono molesto de siempre.

Morinaga detuvo su respiración, ¿qué había hecho? No tenía control y de hecho teme que nunca lo haya tenido, pero algo extraño lo impulsaba a desear más, a no parar y todo eso era abrumador.

Un ángel como él no debería sentirse abrumado por emociones mundanas, pero ahí estaba él, muerto de miedo, de deseo, de todo. Todo su cuerpo tembló, sus ojos escocieron ante el sentimiento de llorar, pero las lágrimas no salieron, no brotaron de sus ojos como lo habría esperado. No podía llorar, no podía, aunque no dejara de pensar en aquel oscuro futuro próximo que le deparaba por su falta de control.

Alzo el rostro para ver el calmado Souichi Tatsumi quien al igual que el ángel lo miraba. Lamentaba haber empujado al mortal en ese juego que ni él comprendía y en ese instante algo parecido a una pequeña lagrima broto de los ojos del joven Morinaga, se abalanzo hacía Souichi una vez más, se hundió entre los delgados brazos del hombre mortal y cerró los ojos con fuerza, luego de ello, dirigió su mirada a la de Souichi, haciendo notar esa diferencia de estaturas que parecía por un momento abrumadora, y sin querer, la lagrima que Morinaga no había podido sacar choco suavemente con los parpados de Souichi, y ante el pequeño impacto cerro los ojos al igual que el ángel. Fue hasta que la gota llego al mentón de Souichi que Morinaga decidió romper el silencio

—Lo siento… —dijo tomando el mentón de su amado para únicamente limpiar su desastre, Souichi no se quejó.

—¿Te ocurrió algo?

Morinaga abrazo aún más a Souichi y le susurro al oído.

—Nada...no pasa nada.

Morinaga debía detener eso que le intrigaba, pensó, pero una vez más el deseo que le provocaba ese hombre se presentó con más fuerza sobre su cuerpo. Morinaga ni siquiera pudo detenerse cuando su mano desabrocho la camiseta de Souichi, una vez más, él y el ángel se entregaron a aquel pecado que tanto deseaban ambos, una vez más, Morinaga había pecado y había sentido una nueva emoción después de aquel orgasmo. Sintió como si no hubiera sido suficiente, se sentía insatisfecho, quería volver a poseerlo, y aunque Souichi lloraba y gritaba cuando perdió ese control que tanto había anhelado, a él no le importo. Sexto error: Impulso

Morinaga cegado por el impulso y el éxtasis volvió a poseer a Souichi, una y otra vez hasta que su cuerpo entero se sintió satisfecho. El ángel cerro los ojos en su último orgasmo, sin que ningún sonido perpetrará su sentir, no les prestó atención a las palabras que invocaban los labios de Souichi, aunque si sabía que es lo que significaban, Morinaga decidió ignorarlo por completo. Al final de todo aquello que habían hecho, Souichi se quedó inconsciente sobre sus brazos y Morinaga dejo que descansara. Esa noche había ocurrido algo con él, algo había cambiado y no sabía cómo explicarlo o definirlo con palabras...pero si sabía algo, había cometido avaricia