CAPÍTULO 1

Cada vez que apoyo mis pies en el suelo, cada mañana al despertarme, pienso en ti.
La sangre se apresura hasta ellos para irrigarles calor así como mis pensamientos se apresuran a irrigarle tu recuerdo a mi memoria.
Y me odio por eso.
Porque mi cuerpo y mi mente no hacen otra cosa más que depender de ti.
Destesto la rutina que se agolpa ante mis ojos, todos los días la misma maldita y desagradable historia; ir a clases, ir al gran salón para el almuerzo o la cena, volver a clases, volver a la sala común, acostarse.
Pero entre todo eso, lo que más detesto, es lo único que hace que la rutina sea placentera: Tu.
Me cruzo cada mañana contigo y tus inseparables acompañantes. Esa sangre sucia de Granger que no hace otra cosa que alardear de su sabiduría y ese bueno para nada de Weasley. Y no contento con eso, también te escoltan tu pelirroja novia y otros dos o tres amigos más.
¿Es que no puedes estar solo nunca?
Detesto eso.
Así como detesto tantas otras cosas.
Clase de pociones. Entras y te sientas atrás de todo con tus dos mejores amigos.
¡Ja! Otra vez.
Ni siquiera me miras y cuando lo haces parece que yo fuera una inmensa pared. Pareces mirar a través de mí, me atraviesas de tal forma que hasta puedo sentir tus pupilas cortarme la piel. Pero no me ves.
Y te odio por eso.
Te doy la espalda. Draco, que está sentado a mi derecha, me pregunta que me pasa. «¡Nada!» le respondo de mala gana.
¿Qué tiene que saber él por qué estoy tan molesta.
¿A ti te gustaría saber por qué?
Pues te diré...
Odio tu risa rota y tu voz invasora.
Odio las ganas que siento de tocarte... y no poder hacerlo.
Odio que me ignores.
Odio tu pelo desprolijo.
Detesto tu forma de concentrarte, odio las líneas de tus labios y el hoyuelo en tu mentón.
Odio como te vistes... porque parece que supieras que me encanta.
Odio tus ojos verdes y tu estúpida cicatriz.
Odio que seas el niño que sobrevivió.
Odio como caminas, porque cada paso poco a poco me mata.
Odio escucharte hablar y detesto la forma en que inclinas la cabeza al pensar.
Odio tus silencios y tu respiración.
La forma en que te quedas sumergido en tus pensamientos, la manera en la que te vas tan lejos que no te puedo alcanzar...
Detesto tu altura y el calor de tu cuerpo.
Ese mismo calor que apenas siento cuando te rozo sin querer.
Odio la pasión que le pones a todo y también tus nervios.
Como defiendes lo indefendible, como te enfrentas al peligro, haciendo que deteste que algo te pueda pasar.
Odio cuando vuelas y juegas Quidditch. Odio hasta verte ganar.
Odio que aparezcas cuando te espero.
Odio el beso en la mejilla que le das a tus amigos y, envidio el que le das en los labios, a esa idiota que tienes por novia.
Odio el ondear de tu capa, la forma de tus manos y tu sonrisa de universo.
Odio el lugar que ocupas en cada sitio y el perfume que desprendes al pasar.
Odio estar tan cerca de ti que parece lejos.
Odio que me gustes y no poder decírtelo.
Odio que seas lo que quiero.
Odio no poder respirar cuando estás y sentir que me muero si te vas.
Odio que mis amigos te odien y que yo tenga que demostrar que te odio más.
Detesto todas las horas que te odio.
Y odio odiarte tanto como te detesto.
Odio pensar que te odio y odio la palabra odio porque me recuerda a ti.
Y te odio por existir, aunque si no existieras, no podría hacer otra cosa que odiar eso.
Te odio... Te odio de una forma que duele.
De una forma que no imaginas.
De una forma que no puedes percibir.
Te odio hasta el cansancio, te odio hasta que me duermo y me vuelvo a despertar.
¡Estúpido Potter! ¿Quién carajo te crees que eres?
¿Por qué me haces sentir todo esto? ¿Por qué cuesta tanto despegarse de tu recuerdo?
Quisiera golpearte, quisiera empujarte hacia un vacío del que no vuelvas más...Y aún así seguramente me odiaría por hacerte daño.
Te odio...O ¿acaso será que te amo?
No, no, no, no quiero pensar en eso.
No te puedo amar. No a ti, no ahora, no en esta vida ni en ninguna otra.
Me descubro a mi misma mirándote otra vez.

—¿Qué te pasa? —me pregunta esta vez Zabinni.

—¡Nada! —vuelvo a responder.

Todos sospechan, pero nadie dice nada, nadie se anima realmente a preguntar.
Porque, después de todo, ¿a quién se le puede ocurrir pensar que yo, Pansy Parkinson, puedo estar enamorada de Harry Potter?