CAPÍTULO FINAL

El sonido de tu voz me corrompe. Mis oídos están rotos, todo mi cuerpo está roto y me desvanezco hasta llegar al suelo como un montoncito de cristales.

—Pansy... ¿te sientes bien?

Sí, definitivamente estoy rota; en el suelo, tan pálida como una tiza, con la piel fría y húmeda moviendo mi boca sin poder decir una sola palabra. Esto no puede estar pasando. No puede...

—¿Estás bien? —me vuelves a preguntar, fijando tus verdísimos ojos en mi espantosa figura. ¿Cómo me haces semejante pregunta?

—Sí, estoy bien —miento con un hilo de voz. Llevo una de mis manos a mi cara y luego retiro con premura la túnica que cubre mis brazos para confirmar si lo que tanto temía era realidad, efectivamente no fue un sueño: toda mi piel está escrita y no sólo eso, todo lo escrito me ha delatado. Tu nombre está por todos lados y junto a él dos palabras que me hacen sentir jodidamente ridícula: «te odio».

¿Cómo carajo voy a hacer para justificarme?

Es decir, lo único que puedes leer es que te odio, pero si lo piensas al cabo de unos minutos te vas a dar cuenta; tanto odio no puede ser tal.

Eres inteligente, lo sé; por eso sólo tengo dos caminos posibles: esperar a que me preguntes qué siento y decirte la verdad o lanzarte un «obliviate» para evitar que recuerdes que sabes la verdad y ya que estoy también debería lanzarme uno a mí misma, porque después de todo, yo no quiero recordar que te hice daño.

—¿Puedes levantarte? —Asiento en respuesta a tu pregunta—. ¿Qué te sucedió? —extiendes tu mano para ayudarme a levantarme y me observas esperando a que te conteste.

—Creo que fue un efecto secundario de la poción —justifico hoscamente.

Entrecierras tus ojos al oírme decir aquello y luego sonríes; pareciera que de repente recordaste algo bastante gracioso, pues me sigues mirando y riendo como si yo también lo supiera y esperaras que me riera. Y de pronto lo recuerdo.

—¿Todavía sigues leyendo «Te odio, Potter» en todos lados? —increpo con algo de fastidio.

—Sí, y como te dije antes ya lo sé, así que no tienes que preocuparte —musitas. Te acercas un par de pasos, tus ojos rutilan con la luz del sol que se asoma por la ventana, tus iris se vuelven más claros y tu piel se transparenta. Te ves odiosamente hermoso—. Y ¿hace cuánto que me odias?

La pregunta me descoloca, pero pronto comprendo que sucedió lo que tanto temía: te diste cuenta de la verdad. Por eso estás tan cerca mofándote de mí con una actitud tan arrogante que me hace recordar a Draco en sus mejores días.

—¡Aléjate, Potter! Tampoco te creas tan importante —te digo con bastante orgullo en la voz.

—¿Ah, no? Pues tu piel parece decirme lo contrario.

Mi reflejo en tus anteojos está más nítido y puedo ver claramente cada palabra que hay en mi rostro. ¿Para qué seguir negándolo? Me gustas y me muero por besarte, debería dudar en confesarlo, pero ya estoy demasiado expuesta, ¡qué diablos!

Sin dejar pasar un minuto más, rodeo tu cuello con mis brazos y atraigo tu rostro hacia mí; mis labios apenas están rozando los tuyos y una suave electricidad le hace cosquillas a mis huesos. Tus brazos se ciñen alrededor de mi cintura, me miras un instante aturdido, pero luego me atraes hacia ti con toda naturalidad y correspondes a mi beso.

Tus labios tienen una dulzura inexplicable como si acabaras de beber jugo de calabaza; tus manos, sin embargo, son tan calientes como un trago de whisky de fuego. Mi garganta exhala un gemido ronco a causa de mi excitación. No lo esperaba, no podía imaginar que este día acabaría así. Lo imaginé cientos de veces, pero jamás de los jamases creí que tu me besarías y acariciarías como lo haces en este momento.

Presiento que voy a enloquecer, sé que debería detenerte ahora, pero cada vez que tus labios rozan mi cuello o tus manos presionan mi cintura, la electricidad vuelve y me sigo entregando más a ti.

Tu pelo roza mi cara; nunca imaginé que fuera tan suave. Por un instante hacemos contacto visual, estás completamente despeinado, con un leve sudor cubriendo tu rostro, me observas con excitación y con deseo; imagino que ver tu nombre por todo mi cuerpo te debe haber despertado curiosidad.

No me importa la razón. Si amar fuera un hechizo, esto que siento sería más fuerte que un avada.

Y me entrego, me fundo contigo y tus besos, dejo que mis labios te digan, te supliquen, te imploren continuar. Mi voz exhala un sonido que podría atraer no sólo a Filch, sino a todo Hogwarts hasta aquí y sin embargo, no lo ahogo.

Ni por Merlín renunciaría a dejar de besarte.

El reflejo de las lámparas juega al claroscuro sobre tu rostro y una sonrisa tibia se dibuja entre tus labios cuando te despegas de mis labios por primera vez.

—¿Todavía... me odias? —preguntas con al voz entrecortada. Niego con la cabeza. Desde el momento en que tus labios quemaron en carne viva los míos, reconocí para los dos, que te amo de la manera más sincera que pueda haber.

Después de aquella pregunta todo parece volver a la normalidad. Tenemos que separarnos y seguir adelante aunque seguir no signifique exactamente hacerlo como siempre.

Todo va a cambiar, ahora lo sabes todo y yo sé que lo sabes. Y duele.
Te veo alejarte unos pasos sin quitarme la vista de encima y hago lo mismo; pienso que quizás no haya otra oportunidad de volver a tenerte así otra vez y quiero grabarme tu rostro como un sello en la memoria.
Ojalá también pudiera conservar ese momento sin necesidad de un giratiempo o de la magia...

Quizás nuestros caminos se bifurquen mucho más pronto de lo que creemos. No será fácil mirarnos a los ojos siendo quienes somos, mucho menos podremos hacerlo sabiendo que tenemos un secreto, que no podremos volver a hacerlo, irónicamente, por quienes somos.

Y entonces la decisión se toma por sí sola en mi cabeza; elevo mi brazo derecho hacia ti, mi mano me tiembla, pero aún así pronuncio el hechizo:

—¡Obliviate!

Acabas de caer a suelo desmayado y tardarás unos minutos en volver a recuperar el conocimiento. Bajo mi varita y dejándola a un costado, encima del escritorio; mi cuerpo continúa temblando, algunas lágrimas se escapan de mis ojos y una nube de angustia tiñe mi mente.

Vuelvo a tomar mi varita, te miro por última vez antes de olvidarte y sonrío lastimosamente. Quería recordarte, quería quedarme con este momento para siempre en mi mente, quería...

—¡Obliviate!

Ya podría mirarte de nuevo si sé que conoces mi secreto; no, no podría. Sería suicidarme cada día del resto de mi vida y la daga que atravesaría mi cuerpo sería este recuerdo...

Una oscuridad mortífera cubre mis recuerdos, despierto unos minutos después y te veo a mi lado preguntándome qué me sucedió.

—¡No lo sé! Estábamos preparando la poción y... creo que me desmayé.

—Yo también me desmayé. Debemos haber inhalado algún ingrediente que nos sedó. Tendremos que rehacerla, pero ya es muy tarde y mañana debemos entregarla —te lamentas.

—No, la poción está bien, sólo faltaba probarla —digo de repente—. Mi cabeza parece estallar, pero tengo la noción de que la estábamos por probar y luego... no sé.

—Bueno, entonces probémosla —decides tomando uno de los frascos. Le quitas el corcho que lo tapona, y de un trago bebes al menos la mitad. Unos minutos después veo aparecer en tu piel un sin fin de palabras.

El nombre que más se repite es Voldemort y ahí justo cerca de la comisura de tus labios, del lado izquierdo, veo mi nombre: «Pansy».

Te sonrojas un poco porque sabes que lo he visto, aún así me sonríes.

—Creo que sí funciona —adviertes para romper el silencio.

—Sí, sí funciona. Snape tendrá que darnos una buena nota —agrego. Ambos reímos. No sé por qué, pero tengo la sensación de que nuestra risa no es sólo por el comentario, es como si ambos tuviéramos una conexión.

Sacudo la cabeza negativamente. No puede haber ninguna conexión entre tú y yo.

Esperamos una media hora y observamos que tu piel vuelve a la normalidad; hacemos las últimas anotaciones en el pergamino y damos por terminado el informe para el profesor. Minutos después, guardamos todos los restos de ingredientes y los elementos que utilizamos en nuestras mochilas, limpiamos bien el escritorio y damos por terminado nuestro trabajo.

—Bueno... —musitas cuando ya no tenemos nada más que hacer allí.

—Sí... —masculló yo sin saber qué acotar.

Como si nos hubiésemos puesto de acuerdo mentalmente, caminamos hacia la salida del aula, al llegar a la puerta me das paso y después sales detrás de mí; seguimos avanzando por el oscuro pasillo hacia el primer piso en donde se halla el gran salón.

Ya es casi la hora de la cena y todos los demás alumnos deben estar entrando. Al llegar a un rellano nos detenemos sabiendo que no podemos entrar juntos.

—Me gustó trabajar contigo, Parkinson —admites.

—Lo mismo digo, Potter —acepto yo también. Te veo pasar una mano por tu revuelto cabello para alborotarlo aún más; ya tienes que irte, pero te quedas allí en ese recoveco oscuro en el que estamos como si necesitaras decirme algo más.

—No quiero sonar loco, pero... tengo una visión en mi mente algo extraña, ¿sabes?

—¿Qué visión?

—Tú parada frente a mí con todo tu cuerpo escrito con mi nombre y unas imágenes entrecortadas de ambos... besándonos —me cuentas; me parece extraño, pero antes de que pueda decírtelo... —No me hagas caso, creo que estoy cansado. En serio, olvídalo.

Me guiñas un ojo y luego continúas el recorrido del pasillo hasta desaparecerte dentro del gran salón. Yo quedo perpleja con lo que me contaste, con una sensación amarga en mi ser como si hubiera olvidado algo.

Retomo yo también mi camino e ingreso por fin al gran salón; tu ya estás de nuevo familiarizándote con tus amigos y a mí no me quedará otra que hacer lo mismo con los míos. Echo una furtiva mirada hacia dónde estás y te veo besarte con tu novia, automáticamente giro la cabeza para dejar de verlos.

No lo soporto.

Llego a mi asiento junto a Theodore y escucho parte del monólogo que mantiene Draco para Blaise, Nott, Spencer y ahora también para mí.

—...así que finalmente la poción quedó terminada gracias a mí porque, como se imaginarán, la sangre sucia lee mucho en la biblioteca, pero en realidad cuando hay que llevar las cosas a la práctica no tiene ni la menor idea de cómo hacerlo.

Todos rieron, incluso yo esbocé una sonrisa sonora, aún así, lo que dijera Draco no me llamaba tanto la atención como mirarte a escondidas.

La cena terminó y todos nos fuimos a nuestras respectivas salas comunes a descansar

A la mañana siguiente nos reencontramos en la clase de pociones, allí, en donde todo comenzó.

—El idiota de Malfoy tratará de darse todo el crédito. No ayudó en nada para realizar la poción, lo único que hizo fue molestarme. De no haber sido por mí, ahora tendría unos enormes granos de pus en su perfecta y estúpida cara. ¿Pueden creer que no sabe como utilizar una mandrágora? ¿No aprendió que hay que dormirlas antes de cortarlas?

Granger parecía echar fuego por los ojos. Finalmente descubrí que Draco mentía y que en realidad no era ningún héroe. No me sorprende, lo sospechaba hacía tiempo.
Acomodo mis pergaminos y mi pluma sobre una de las mesas, estoy concentrada buscando el informe que redactamos para Snape y de pronto lo tengo frente a mis ojos y tu mano derecha lo está sosteniendo.

—Toma, entrégalo tú. Anoche olvidé dártelo —me dices. Elevo lentamente mi cabeza y choco con tu mirada, eso ralentiza mis sentidos; tardo bastante en reaccionar y al hacerlo una sonrisa en tus labios me arrebata todo el aire que tenía contenido hasta ese momento.

Finalmente te vas. Entrego el informe y la poción al profesor y allí todo nuestro trabajo termina; regreso a mi sitio sin mirarte para no hacer tan notable mi estúpida manía de seguir cada uno de tus movimientos.

A mi mente vuelve la imagen de mi nombre cerca de tu boca. ¿Significa que querías nombrarme, besarme, o qué?

Quizás nunca lo sepa, mis ojos se ponen tristes. ¿Por qué teníamos que ser tú y yo en esta vida? ¿Por qué no podíamos ser otros?

Tarde o temprano te darás cuenta lo que siento, como si hubiera sido a mí a quien hubieras leído. Tal vez no llegues nunca a ver mi piel con tu nombre, pero te darás cuenta... Tienes que notarlo.

Y por eso: ¡TE ODIO, POTTER!

«No te preocupes, Pansy, algún día él se irá de tu mente», me digo a mi misma para calmar mi rabia.

Seguiré adelante sin ti. No me importa.

En serio, no me importa. Por que te odio, es todo lo que podré hacer el resto de mi vida. Te odio y es lo único que no podré olvidar.

Por eso vuelvo a odiarte y por eso todo vuelve a empezar. A ser como antes, a convertirse en una estúpida rutina; la mía contigo y el odio, la tuya con tus amigos y tu novia por siempre... Por siempre.

«¡Por Morgana! ¡Qué fastidio es sentir lo que siento! Si lo supieras no sé en qué terminaría todo. Qué bueno que tu probaste la poción primero... Qué bueno, sí. ¿Definitivamente?»

Fin.