Prólogo Año 100 DBY

Era de día, y uno de los muchos caminos del bosque terminaba en lo alto de una colina, desde donde se podía ver el frondoso bosque, así como el castillo, la aldea y sus alrededores, siendo un paisaje perfecto para quien lo contemplara. Y de esto lo podía constatar la mirada triste de unos ojos oscuros, que rayaba en lágrimas, a punto de explotar. A pesar de esto, la joven, quien poseía tan bellos ojos, se irguió en carácter; aspiro hondo y justo cuando dio la vuelta para dejar ese lugar, se sorprendió ante la presencia de un hombre alto, de pelo rubio oscuro, con algunas canas; su padre.

—¿Entonces estas decidida? ¿Te iras a las Regiones Desconocidas? Aunque bueno, el nombre de ese lugar solo queda en nombre, pues, hoy en día, para nadie son desconocidas —dijo con una gran sonrisa y una tierna mirada

La chica asintió, no quería responder. Sin embargo, contesto:

—Sí, padre, mañana partiré —dijo la joven de cabellos negros—. Iré antes a Coruscant y probablemente a… –Pensó antes de soltar la palabra del lugar al que se dirigía.

Otra vez esa triste mirada asomo a sus ojos; su padre adivinó el lugar.

—A la Ciudad de Hanna, ¿cierto? Vas a ir a la Ciudad de Hanna. Eso está bien —dijo su padre, viendo ese paisaje tan imponente, pero pensando en las palabras adecuadas para no dañar, para hacer entender a su hija que era mejor quedarse con su familia y no irse solo para huir de un dolor del cual no se puede escapar.

—¡Se lo que estás pensando, papá! Siempre lo haces, quieres hacerme desistir de algo que quiero, solo porque piensas que me hará daño —rio al decir esto—. Pero estas equivocado —finalizó.

—Creo que eso hacen los padres que quieren a sus hijos, ¿no? —rio de lado

—¡Recuerda tengo dieciséis años! Casi soy una mujer —expresó triunfante.

—¡Por Yoda! Eres una niña —exclamó su padre, que se puso en frente de ella y la miró a los ojos.

La chica esquivó la mirada de su padre, sabía por dónde iba y no quería escucharlo. Sin embargo, no tenía escapatoria.

—Sé que te duele que no te hayas podido despedir; sé que hoy se cumple un mes del lamentable hecho, pero sé que eres fuerte. También la fuerza. Superarás este hecho. Viaja si es lo que deseas. Pero ¡hazlo porque lo deseas! No por huir de algo, o de la culpa que sientes por no haberte podido despedir—esto último su padre lo dijo sin compasión alguna, directo al corazón y ella solo lloró.

—Lo sabía. —Abrazó a la que consideraba su pequeña—. Sabes todo acerca de nuestra familia —dijo esto soltando lentamente a su hija, como temiendo de que se fuera a romper si lo hacía de golpe.

—Jamás se te ha ocultado nada, conoces nuestros orígenes, y de dónde provenimos, quiénes somos y que solo seremos quien decidamos ser.

—Lo sé, padre, lo sé —dijo la chica, suspirando—. Pero es que no puedo superar el hecho de su partida y que por mi egoísmo no haya llegado a tiempo para despedirme.

—Es cierto, pero es hora de perdonarte, ¿no crees? —dijo esto caminando erguido con las manos hacia atrás, como un profesor a punto de dar una clase—. Te he educado en el amor y el conocimiento de nuestra raíz, ahora es tiempo de que lo escuches de nuevo, nuestro origen pero más frio, más cruel, más doloroso y brutal, tienes razón cuando dices que ya eres casi toda una mujer, así que lo entenderás.