«Marioneta Suicida»

Chocolate y café hay en mi sangre marioneta.

Verdugos hilos calientes me manejan, mis labios son terrones de azúcar que se vuelven caramelo con tus besos, y ese perfume vaginal que arremete en mi nariz como veneno, va calando profundo en mi conciencia de aserrín.

Fríos, templados, tibios, ardientes, así son nuestros encuentros.

Soy tu marioneta y me manejas a tu antojo.

Te deseo tanto.

No imaginas cuanto.

Antes de conocerte, nunca nadie me había hecho sentir tan débil ni tan manipulado.

Ahora soy un juguete de tus caprichos, te sonríes al besarme, al morderme, al quebrarme. Inicias el incendio y me dejas quemarme, despiertas la lujuria y atormentas mi carne.

¿Ves? Me vuelves loco, me haces vibrar, me haces explotar en un universo de sensaciones. Soy un loco, soy madera, soy un suicida a la deriva cuando estoy cerca de ti.

Aún así te amo.

No imaginas cuanto.

Te persigo en mi caja de papel, soy una más de tus pertenencias.

Me arrastras a tu antojo adonde quiera que vayas.

Me arrojas sobre un sofá o me escondes bajo la cama. Me escupes en la cara cuando traes otros amantes a tu lecho y disfrutas haciéndome sentir un inservible muñeco de madera.

Te admiro.

No imaginas cuanto.

Luego lloras cuando todos se van. Sólo yo te veo, sólo yo percibo esa tristeza de que te sientas menos que la mierda y más que una pluma.

Escupes, blasfemas, te envenenas y envenenas todo alrededor. Gruñes, rasgas, quemas, arrasas las pieles y los cuerpos, lo haces con rabia, con esa furia con la que también me amas.

No queda nada en pie cuando te das cuenta que siempre te quedas sola.

Y es entonces, cuando te acuerdas otra vez de mí y me sacas de mi caja de cartón corrugado; me limpias, me sacudes, me acomodas sobre tus rodillas y peinas mi cabello desordenado.

Pasas tu lengua sobre mis mejillas, muerdes mi nariz y comienzas a manejarme otra vez.

Me haces soñar.

No imaginas cuanto.

El rimel traza sobre tu ojo derecho una línea pastosa, pero prolija, lo mismo haces luego en tu ojo izquierdo.

Ya estás libre de lágrimas. Ya no quedan rastros de la mujer herida tiempo atrás.

Me quemas, enciendes la cerilla y la arrojas sobre mi, ves consumirse mis maderas, cortarse mis hilos, desaparecerse mis facciones y esfumarse mi más evidente cicatriz. Me ves desaparecerme del mundo y del espacio.

Me ves... ya no me ves.

Te extraño... No imaginas cuanto.