CAPÍTULO FINAL: «La profecía y la promesa» - El rojo amanecer -

¡Lumos!

El 15 de Octubre de 1981, Severus escuchó a Sybill Trelawney —una adivina que raramente acertaba sus presagios— decirle una profecía a Dumbledore, ésta resultó ser cierta y hablaba del destino del Señor Oscuro y de un niño que podría ser su oponente. Ese niño podría ser hijo de los Potter o de los Longbothom, según dedujo Albus, tiempo después. Aterrado por lo que pudiera sucederle a Lilian, Severus no lo pensó y corrió a contársela a Voldemort, con la promesa de que nunca le hiciera daño a ella. Y Voldemort la cumpliría si nada se interponía entre él y el niño de la profecía...

31 de Octubre

La lluvia golpeaba las calles de Londres, una lluvia sin la vehemencia del viento acompañándola. Caía mojando las calles, las mismas por las que ahora transitaba un hombre de gran estatura, vestido con una túnica de grueso paño color azul oscuro con estrellas plateadas alrededor. Este hombre llegó a las puertas de una casa en las afueras de Cokeworth, ubicada en la calle La Hilandera, golpeó sordamente tres veces y esperó.

Apenas unos segundos después, otro hombre, bastante más joven, abrió la puerta y lo dejó entrar.

Ese joven hombre era Severus Snape y lucía agotado a pesar de tener unos escasos veintiún años de edad, las ojeras debajo de sus ojos denotaban que no había dormido en varios días, su rostro cetrino se veía más pálido que nunca y sus ojos negros como el carbón, habían perdido todo brillo posible.

El otro hombre, quién había venido esa lluviosa noche, era Albus Dumbledore. Su rostro también mostraba cansancio, su torcida nariz sostenía con dificultad sus anteojos de media luna y sus plateados cabellos y barba, se veían esponjados por la lluvia.

—Severus... —habló Albus con dificultad.

—Dígame, Dumbledore, sé que no ha venido solamente a hacerme una visita a estas horas de la noche —terció el joven.

—Es cierto —confirmó Dumbledore con gravedad—. Esta noche... esta noche ha sucedido algo... —El joven lo miró con el entrecejo fruncido y comprendió a medias lo que quería decir.

—¿Volvió a atacar? ¿El señor de las Tinieblas volvió a lastimar muggles? —le preguntó con apremio. Llevaba algún tiempo siendo espía de la Orden del Fénix y también mortífago del Señor Oscuro para tener sus actos bajo control.

—Sí y no —contestó con la voz más ronca Dumbledore—. Esta noche se han quitado vidas, Severus, vidas que se lamentarán... demasiado.

—¿A qué se re-refiere, Albus? ¿Quién o quienes han mu-muerto esta vez? —preguntó, balbuceando el joven empalideciendo un poco más, si eso fuera posible.

—Severus... yo sé que te prometí que la protegeríamos y...

—¿A qué se refiere? —lo interrumpió Snape con el corazón que le latía tan fuerte que le hacía doler la garganta—. ¿Quién ha muerto esta noche, Albus? ¡Dígame! —exigió al fin.

—Lilian... —susurró Dumbledore con voz ronca—. Lilian y James Potter —repitió luego más alto y más claro, mirando los ojos en negrecidos de Severus que comenzaban a cristalizarse por las lágrimas.

—¡Por favor...! —rogó el joven con la voz rota—. ¡Se lo suplico, Albus! Miéntame, pero no me diga que ella... que ella... —El muchacho cayó al suelo de rodillas destrozado por la pena.

Levantó apenas su mirada y con un dejo de súplica miró a Dumbledore como esperando que le dijera que todo era una mentira, que era un engaño cruel; prefería incluso pensar que se despertaría de un momento a otro como si fuera una pesadilla y que se encontraría en su cama, cálida, durmiendo en una noche de lluvia y que Lilian seguiría allí en el Valle de Godric... viva.

Pero Albus no desapareció, ni aquello era una pesadilla. Tampoco le dijo que era mentira ni había engaño en su mirada. La lluvia seguía cayendo lenta como un pesado manto de cristal, era real, tan real como que Lilian ya no estaba.

—NO —gritó ahogadamente. Su voz ya no salía de su boca, la angustia, el dolor, la desesperación habían invadido todo su cuerpo—. Prometí protegerla...

Llevó sus dos manos a su cara y se la cubrió para llorar, su llanto era sincero era insoportable, doloroso, profundo. Con tan sólo veintiún años, había perdido lo que más amaba y todo su mundo se había derrumbado como una débil pirámide de naipes. Y siguió llorando en compañía de Albus. Sólo él fue testigo de su dolor y su pérdida.

Lo acompañó al Valle de Godric para que pudiera ver una última vez a Lilian antes de que llegaran los Aurores y demás empleados del Ministerio. Entró a aquella habitación en donde ella yacía tendida sobre el suelo, en donde su cuerpo era una frágil pluma que él levantó y aferró contra su pecho para poder llorarla y llevarse con él un último resquicio de su calor, de su perfume, de su Lilian.

Al salir, Albus se quedó parado junto a la derruida casa a la espera de los Aurores, Severus se alejó de allí, caminando lentamente bajo el sol del amanecer por un caminito bordeado de piedras. El anciano no estaba seguro de lo que sus ojos veían, pero habría jurado por el mismísimo Merlín, que junto a Severus, la frágil figura de Lilian Evans iba a su lado tomándole la mano como un ángel volátil, y a su alrededor, correteaba una pequeña cervatilla que parecía tener en sus ojos un brillo de esperanza.

Quizás, la misma esperanza que alguna vez sintieron Severus y Lilian de estar juntos para siempre.

NOX.

FINITE INCANTATEM