"En un planeta ubicado en las periferias de las galaxias llamado Tatooine vive el joven Sageki Uchiha, dedicado a la granja como sus tíos y devoto a las carreras, vivirá una situación peculiar y trágica lo cual lo llevara a recorrer un camino en el que encontrara su identidad y su origen."

Piloteando por el desierto desolado y caluroso se encontraba Sageki quien volvía de su ganada carrera siendo el mejor piloto de todo Tatooine. Con una sonrisa de emoción por lo sucedido pensaba que es lo que haría con tal recompensa ganada, inmediatamente sus tíos estuvieron en su mente, el joven le entregaría parte de su premio a la casa.

No muy lejos de donde se encontraba Sageki se encontraba una pequeña casa muy similar a un iglú, allí desde la entrada de la casa lo esperaba su abuela, a quien el joven apodaba de tía. La señora de edad lo miraba desde, no podía evitar pensar lo guapo que estaba su niño y lo parecido que era a su padre, eso ultimo le traía mucha nostalgia. La señora aprecio al joven bajando con una sonrisa a la cual nadie podía quitar, lo cual la mantuvo algo inquieta.

-¡Tía!

El chico buscando la mirada de su tía, la cual encontró, se acercó y con las manos agarrando los hombros de la señora le besó la mejilla, la señora solo sonrió ante tal gesto de ternura.

-¿Dónde estabas mi niño?

La mujer agarro con delicadeza pero con una seguridad la mano de Sageki, guiándolo al interior de la casa, el joven la siguió sin reproches. El la miro contento.

-Tía, ¡gane la carrera en la capital!

La señora se detuvo de golpe y sin pensarlo lo inspecciono con la mirada, verificando que no tuviera ninguna herida que lamentar. El joven confuso por el acto de su tía saco de una de sus carteras que colgaba del cinturón que traía en la cintura, un paquete de papel color café.

-Recibí un dinero.

Ella no podía estar más sorprendida.

-¡Sageki! ¿Cuántas veces te he dicho lo de las carreras? ¡Es demasiado peligroso!

El joven sin embargo no hizo caso a los reclamos que le daba su tía.

-Con esto, podremos comprar máquinas para facilitar nuestro trabajo tía.

La mujer entonces lo miró, recordó cuan testarudo era ese niño, igual a la mujer que lo dio a luz. Ella rendida simplemente dio un largo suspiro.

-A tu tío no le gustará.

Retomando el camino escaleras abajo, divisaron a un hombre ya viejo.

Cuando ambos llegaron al piso bajo la entrada de la casa se instalaron en una mesa, esperando a aquel hombre viejo quien caminaba a paso firme hacia ellos. El hombre se acercó al chico y le dio unas suaves palmadas en el hombro a modo de saludo y un beso a su mujer.

-¿De dónde sacaste todo eso?

Su tío señalaba la gran cantidad de dinero que traía el chico en sus manos. Sageki al escuchar eso depósito todo el dinero encima de la mesa.

-Es un dinero que gané, tío.

El chico lo miraba algo inquieto.

-Te pregunte de donde lo sacaste.

El hombre se sentó al lado de su mujer, esperando la respuesta de su chico. El joven ladeo su cabeza, evitado mirar a su tío.

-No importa... -Volvió a mirar a su tío. –El fin justifica los medios.

Una profunda tristeza invadió la mente del hombre.

-¡No vuelvas a decir eso! –el hombre golpeo la mesa con su puño, el chico lo miro con algo de miedo y confusión. –suenas igual que él.

La señora inmediatamente lo interrumpió ante tal declaración.

-¡Kento!

El chico se levantó inmediatamente, completamente sorprendido y fascinado.

-¿Te refieres a mi padre? ¿Es a él a quien te refieres verdad?

El hombre canoso solo bajo la cabeza.

-No quiero hablar de ello.

El hombre giro su cabeza para encontrarse con su mujer, quien tomaba de su mano. Miro al chico quien estaba esperando alguna otra declaración que hablara de su padre. Su tío no dijo nada.

-¿Por qué?

Su tía lo miro con algo de lamento. El chico cerró su cartera y se dirigió escaleras arriba. Sabía que no obtendría más respuesta de su tío.

El chico antes de tomar las escaleras de arcilla que poseía la casa, se detuvo y no les dirigió una mirada a sus tíos, les dio la espalda.

-El dinero lo gane de la carrera a la que fui. – El sentía la mirada que les daban sus tíos. Ladeo su cabeza hasta mirarlos de reojo. –No podrás evitar que participe en ellas, es lo que más me hace sentir con un propósito.

Dicho eso, el joven se fue hacia las afueras. Tomando su vehículo en un acto de rabia y decepción se dirigió a las lejanías de su hogar.

Aún instalados en la mesa, y con su tío mirando el dinero que su niño había traído a casa solo sintió pena. Su mujer lo abrazo por los hombros y le beso su mejilla a modo de consuelo.

-Sabes que no podrás ocultarle para siempre la verdad. –Ella le miro con amabilidad. –Él es cada día más parecido a su padre.

El viejo hombre solo cerró sus ojos y con sus manos tomo su cabeza, en una pelea mental. Entonces la miro.

-Y eso es lo que temo.

Con las manos fuertemente apretando el volante de su pequeña nave y dirigiéndose a toda velocidad hacia lo más lejano que pueda escapar de su enojo, pensó en sus tíos. ¿Porque no eran honestos con él? ¿Por qué le ocultaban cosas sobre sus padres? Eran pensamientos que vagaban en esos momentos en él, y eran indestructibles.

Se detuvo en los cañones de arena que poseían esas tierras, bajó de su pequeño vehículo y se dedicó a contemplar las grandes rocas que habían en frente suyo, cuestionándose el porqué de todo. Entonces el aire se sintió más tibio y pesado, Sageki miró a su alrededor y se pudo dar cuenta que habían pisadas marcadas, apenas se podían notar, pero estaban ahí. Las pisadas están en una sola fila, parecía que fueran de una sola persona, pero eran de muchas, eran los moradores de las arenas.

Inmediatamente el joven se puso en alerta, revisó en su vehículo si poseía algún arma con el cual pudiera defenderse, lamentablemente no encontró ninguna por lo que se dispuso a marcharse inmediatamente del lugar, encontrarse con moradores de las arenas era muy peligroso. Entonces el chico sintió que algo ni iba bien, tenía un fuerte pensamiento negativo.

Entonces el chico cayó al piso, poco antes de subir a su nave.

Una roca del tamaño de un puño yacía ensangrentada al lado del chico.

Dolor, alegría, tristeza, pena, felicidad, sufrimiento y rabia. Esos sentimientos giraban en la mente del joven Sageki, quien se retorcía al no entender el significado de ellos, ¿de dónde salías? ¿Eran de él?

Sintió algo húmedo que era muy cálido en su rostro, era una sensación muy agradable.

Entonces recordó.

El joven de un salto quedo sentado, aturdido por tal acto posó su mano en su frente tratando de calmar el mareo que sentía, y segundos después pudo comprobar que no estaba en los cañones de arena, no estaba en el desierto de Tatooine, sino, en una casa muy pequeña y sin mucho que pudiera considerar como algo parecido a un hogar, miro a su alrededor y vio que había al otro lado de la habitación un hombre de espaldas, con un gran manto cubriéndolo.

El joven impactado y asustado se quitó el paño tibio que tenía en ese momento en su frente y lo deposito en el suelo con extremo cuidado evitando ruido alguno. Lentamente se enderezo mientras veía como el hombre aun de espaldas buscaba algo desde donde estaba, Sageki buscando algo con el que defenderse decidió que su mejor arma sería la vara gruesa que yacía al lado suyo apoyada en la pared.

-Miedo no debes tener.

El joven de la sorpresa cayo causando un ruido sordo, cerró sus ojos y pudo darse cuenta que el hombre lo estaba mirando, sin embargo él no podía ver su rostro, el manto que traía esa persona no lo dejaba ver. Sageki en un instante agarró la vara que tenía prevista tomar y se posiciono en defensa.

-¡¿Quién eres?!

El joven alterado sintió paz en ese momento, no sabía porque.

-Tu no me conoces, sin embargo, yo de toda la vida a ti.

El misterioso hombre se acercó más al joven Sageki. Este no sintió miedo.

-¿Quién eres...?

El muchacho ya no sentía miedo, sino confusión ante tal hombre.

Entonces el hombre frente a él se quitó la capucha que lo mantenía oculto ante él, y pudo ver a un hombre cuyo rostro le traía sentimientos encontrados.

-Soy Naruto. –El hombre frente al muchacho le sonreía con cierta amabilidad que desarmaba completamente al joven. –Naruto Uzumaki.