Advertencias: Animatrónicos humanizados. Lenguaje obsceno.

Los personajes y la historia de Five Nights at Freddy's pertenecen a Scott Cawthon. El resto de personajes y la trama de esta historia son de mi autoría.


Pizza

-¿Por qué siempre quieres venir a este lugar? –Un hombre malhumorado iba al volante, casi regañando a su hijo que se encogía más en su sitio desde la parte trasera con cada comentario.

-Ya, amor –La madre, en el asiento del copiloto, giró los ojos-. Comamos una pizza y listo, a casa.

-Pero en este sitio es todo más caro –Se quejó de nuevo-. ¿Por qué siempre esta pizzería?

-Por los muñecos –Contestó el niño, aunque dudoso y con voz bajita.

-No mientas, Alex –Su madre se giró para verlo, con mirada de advertencia-. Dile a tu padre lo que me dijiste a mí.

Alex movió sus manitas ansiosamente, entrelazándolas con los nervios evidentes en su expresión facial.

-Peter dice que esta es la mejor pizzería...

-¡Otra vez ese niño rico! –Exclamó el padre, negando con la cabeza-. No puedes hacer todo lo que ese niño diga y haga, Alex. ¿Cuándo vas a formar tu propia personalidad? ¿O toda la vida te va a gustar lo mismo que a él?

Su esposa le dio un golpecito en el hombro, mirando cómo la cabecita del niño bajaba y el cabello negro perfectamente peinado se desordenaba cuando unos cuántos mechones caían sobre su carita desanimada.

Después de todo, estaban hablando con un niño de ocho años. Era normal que se dejara guiar por lo que hicieran las personas más dominantes a su alrededor, y aunque entendía la preocupación de su marido de que su hijo se volviera un inseguro que se dejase pisotear y no tuviera voz propia, también entendía que el niño aún tenía muchas cosas por aprender.

-¿Qué? ¿Me dirás que no es cierto? –Ante la pequeña discusión en forma de murmullos que tenían los dos adultos en la parte de adelante, el padre decidió probar su punto con otro ejemplo-. Alex, ¿cuál es tu comida favorita?

-¡La pizza! –Respondió, sin titubear, con energías renovadas.

-¿Y la de Peter?

-¿...la pizza? –Él mismo se dio cuenta de a lo que se refería su padre, ¿pero qué podía hacer al respecto?

-Cielo, por Dios –La madre bufó, riendo de forma irónica-. Son niños, probablemente es la comida favorita de todos los chicos de su edad.

Llegaron finalmente a su destino, bajándose del auto para tomar asiento entre las tantas familias que pasaban la tarde allí, disfrutando del ambiente, aceptando el precio un poco más elevado por la calidad del servicio y el entretenimiento; algunos de mala gana, como era el caso del padre de Alex.

El niño llevaba rato pensándolo, ¿acaso su padre tenía razón? Él no dependía de Peter... ¿o sí? Él tenía gustos propios, él conocía otras cosas.

Bueno, sí, el animatrónico favorito de ambos era Foxy, ¿pero cómo no iba a serlo? ¡Era un zorro pirata! Sus shows eran la mejor parte de ir a la pizzería.

Aceptaba que curiosamente coincidían en que su color favorito fuera el verde, y su animal favorito el perro, que les encantaba el helado de vainilla y que ambos querían ser el Power Ranger rojo, pero esas cosas eran totalmente normales, puras casualidades.

Aunque, pensándolo bien... que le empezaran a gustar las mismas caricaturas que a Peter luego de que él le dijera que le gustaban no parecía casual... Tampoco los zapatos caros que le pidió a su padre cuando Peter llegó estrenándolos y regodeándose de ellos en la clase de educación física, ni que hubiera cambiado drásticamente de gustos musicales cuando Peter le mostró algunas de sus canciones favoritas.

¿Es que acaso era cierto? ¿En realidad, todo lo que él creía que le gustaba, sólo era una ilusión que él mismo se inventó en su afán inconsciente por imitar a Peter?

Con aquello en mente, cabizbajo, tomó una rebanada de pizza una vez esta se hubo enfriado lo suficiente y le dio una pequeña mordida. El queso derretido se escurrió por las comisuras de sus labios, la masa suave era masticada con fascinación y la salsa acariciaba su lengua.

Sus pensamientos se desviaron hacia el sabor del manjar que devoraba casi sin pausas y se quedaron allí hasta un rato después de que había degustado su almuerzo. Era imposible que aquello le gustara tanto sólo porque así lo decía Peter. Era un gusto propio, de eso no le cabía la menor duda.

Después de todo, ¿quién no amaba la pizza?


El que salga con la pendejada de que no le gusta la pizza, lo mato.

Sayonara!