Una de las cosas más bonitas que había era ver a Akane caer dormida bajo un libro.

Podría estar recostada en la sala, en el corredor del jardín o incluso en su cuarto, leyendo, apoyando su lectura en su pecho y, de repente, haber cerrado los ojos. Su expresión, ya naturalmente, era aún más suave, pues parecía conservar vestigios de la historia en la que estaba concentrada. Las comisuras de su boca parecían inclinarse en una sonrisa y sus labios parecían más rojos, más suaves, dejando escapara una tenue exhalación cada vez que respiraba.

Si es que hay cuentas de estos hechos, es porque hay un testigo. Sin embargo, no corresponde a un texto informativo hablar sobre lo que lo relatado en él produce en el autor, por eso Ranma no hablaba de las cosquillas que sentía cada vez que Akane caía dormida.