Otabek había escuchado alguna vez que los seres celestiales lloraban oro líquido. Le pareció una estupidez. Entonces un buen día conoció a Yuri Plisetsky y miró al cielo, por si estaba asomado un santo gritándole al ángel frente a él que volviera arriba y que se iría a una nube solitaria castigado, por bajar sin permiso. Obviamente no pasó.

El cabello de Yura era de un tono que le hacía pensar en oro blanco. Se preguntó si sus lágrimas serían como el oro convencional o del mismo bonito color que su cabello.

Resultó que ni de uno ni del otro: Yura lloraba, y desde la primera lágrima Otabek vio la gota cristalina que bajaba al chico al nivel del resto de los humanos. No tuvo tiempo de sentirse decepcionado, pues el delgado cuerpo se lanzó a sus brazos y su mente no tardó en concentrase completamente en contenerlo e intentar borrar su tristeza.