Las calles estaban llenas de personas que lo señalaban; mirara donde mirara alguien murmuraba en su dirección. Alexander había jodido todo.

Era tarde para pensar en qué pasaría cuando sus hijos salieran a la calle. Qué les dirían… qué pensarían de él. No quería pensar en la decepción en los ojos de Philip, que siempre lo tuvo como su ídolo, ni en las lágrimas de la dulce Angie, ni en las de ninguno de sus niños. Aún era temprano, todavía debían estar en casa, seguro que Betsey…

Eliza.

Eliza…

Su pobre esposa.