Un corazón roto.

Sin fines de lucro.

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Conforme la herida en su corazón crecía, también lo hacía el abismo entre su persona y la realidad.

En las largas noches de vigilia, pegada a la puerta de la habitación de su madre escuchaba un relato incompleto sobre la amargura de Lola Loud. En las largas noches de insomnio sentada sobre el gélido piso del pasillo, bajo la atenta mirada de un cristo de bronce, imaginaba al hombre que era su verdadero padre como una especie de cruel monstruo que le había arrebatado la inocencia a su madre para empujarla a un matrimonio sin amor. Leia por su puesto conocía parte de la historia, el como su madre había sido abandonada por el gran amor de su vida y dejada a su suerte, para luego contraer nupcias con un hombre que le superaba por un par de décadas y que veía en la joven reina de belleza estatal a la ideal esposa trofeo. También sabía que el pobre bastardo no duraría mucho alrededor de ellas, pues se estrellaría en contra de un árbol apenas un par de años después, y que afortunada fue por ello, pues el accidente segó además a su amante de ese entonces, borrando cualquier posible competencia por la herencia.

En un par de noches, aquel corto matrimonio le otorgó una fortuna considerable y a pesar de eso, no era feliz.

Porque aquel otro hombre seguía ausente.

Todavía te amo – le diría a su recuerdo, mientras que Leia imaginaba que clase de persona sería su padre.

Ojala… ojala pudiese perdonarte, no tienes idea de lo mucho que te necesito –

Jamas decía su nombre, y el siquiera preguntar estaba terminantemente prohibido en casa.

Con todo esto, no sería raro pensar que la figura de un padre ausente ocasionaría cierta mella en su persona, mas, ese nunca fue el caso. Otras chicas tenían a un padre, algunos eran buenos, otros despreocupados y a veces eran sencillamente horribles. Otras chicas no tenían a uno, o tenían dos madres como… pero bueno, independiente de eso lo importante es que Leia, al tener tantos parientes estaba expuesta a muchos tipos de familia, y de esa extensa familia existía alguien a quien prefería sobre el resto, alguien que encapsulaba todo lo que ella desearía tener en un padre salvo por una cosa.

No lo quería como a un padre…

De forma inocente, creyó que aquella imagen la cual solo se atrevía a mancillar en la seguridad de su habitación permanecería siendo una fantasía fácil de ignorar, siempre y cuando siguiese recibiendo su irrestricta atención y afecto, ¿qué más podría pedir que el incondicional y puro amor de su Lincoln?

Todo le parecía tan correcto en ese entonces, incluso con el evidente rechazo que su madre demostraba por el pobre hombre.

Todo le parecía perfecto, ideal dentro de la medida hasta que conoció la verdad, y al conocerla, al darse cuenta de las pequeñas incongruencias que la rodeaban, aquel delicado equilibrio que existía en su pecho se vino abajo, y con ello, cualquier posibilidad de salvación.

El corazón roto de una joven desilusionada.

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El corazón roto de una joven desilusionada, algo que creyó jamas volvería a enfrentar.

Yo te amaba – Creyó escucharla decir en esa pesadilla recurrente que lo atormentaba a diario, – Te amaba Lincoln, esperé por ti hasta que mi corazón se rompió en mi pedazos y aún así no regresaste, ¿cómo pudiste?, ¿cómo pudiste?

– ¿¡CÓMO PUDISTE OLVIDARTE DE MI?! –

La habitación estaba a oscuras, eso fue lo primero que notó al voltear el rostro para escupir la bilis que llenaba su garganta. La habitación estaba a oscuras y una presión desconocida descansaba sobre su persona y alrededor de su cuello, cortando cada precioso segundo de consciencia a un parpadeo monótono que lo acercaba al abismo. En un momento de cobardía, deseo que quien sea que estuviese sobre él se apresurase para terminar lo que había comenzado hacia más de una década y tal vez así, compensar en algo lo que le había hecho a Lola.

Maldijo a la luz que lo devolvió de golpe a la vida, con su garganta rasposa que apenas lograba soportar el influjo de oxigeno que tanto necesitaba.

– Así que al fin despiertas, ya me estaba preocupando –

Poco a poco fue recuperando las sensaciones que horas antes había perdido, se dio cuenta entonces de que estaba acostado con los brazos y las piernas extendidos, cosa por demás curiosa porque no recordaba el haberse ido a acostar, de hecho, no recordaba mucho de lo que había hecho antes de despertar.

Trató de mover los brazos y los encontró sumamente pesados, intentó empuñar las manos sin mucho éxito. Por algún motivo estaba entumecido, presa de un molesto hormigueo que lo recorría por completo.

– ¿Qué esta pasando? –

Un rostro pálido y pecoso, enmarcado por coletas doradas le sonrió desde arriba, con esa infame sonrisa que tanto amaba.

De un momento a otro, el rostro de su hermana y el de su sobrina se confundieron en uno solo, llenando de terror a Lincoln.

– Espero que estés cómodo, deje suficiente espacio para que no te lastimaras –

Trató de levantarse un par de veces, pero entre el peso de Leia y su propia debilidad no había mucho por hacer, volteó la cabeza para descubrir el motivo por el cual no podía mover los brazos, y descubrió que sus muñecas estaban envueltas por correas que lo ataban a la cama.

– Leia, ¿qué fue lo que hiciste? –, preguntó en un hilo de voz, – ¿Por qué no puedo moverme? –

La joven recorrió el borde de la cama, complacida de la atenta mirada de Lincoln, luego, subió a esta y se sentó sobre el regazo de su tío, cubierta en todo momento por una colcha rosa pálida que Leni le había obsequiado años atrás y que atesoraba de forma recelosa.

La tela los cubrió a ambos formando un capullo cálido bajo la tenue luz nocturna que provenía de las paredes y penetraba la amplia estancia de la habitación. A su alrededor, una serie de recuerdos ordenados de forma cuidadosa en múltiples repisas. Al igual que su madre, Leia había entrado desde joven en el mundo de los concursos en los que se destacaba de forma admirable, sin embargo, su pasión siempre estuvo en la danza, motivo por el cual además de los trofeos de concursos de belleza existían ciertos galardones menos vistosos pero igual de importantes.

Un leotardo rosa colgaba de la pared, junto a un par de zapatillas que él había comprado, eran su obsequio de cumpleaños el cual le había entregado apenas un par de meses atrás, justo cuando Lola decidió que ya tenía permitido el asistir.

Volvió a luchar contra sus amarras sin importarle que el súbito movimiento sacudiese la delicada figura de Leia, pero la cama era firme al igual que las correas y dentro de poco volvió a estar exhausto, preso del pánico al no saber que ocurría con su hija.

Leia suspiró cansada, y sabiendo que el tiempo corría en contra sujetó firmemente el rostro de Lincoln.

– Sé lo de mamá –, le dijo, – Ya lo sé todo, papá –

Sabía que estaba llorando, y sin embargo no le importaba. El shock de verse expuesto fue suficiente para cancelar cualquier noción de propiedad que pudiese importunarle.

– ¿Cómo? –

Leia le sonrió con lastima y se recostó sobre su pecho. Esas pequeñas manos que tantas veces lo habían buscado entre las multitudes ahora se cerraban a su alrededor en un abrazo en apariencia tierno, sin embargo, podía detectar la inefables notas de traición contenidas en el murmullo inaudible del pecho de su hija.

Era igual a lo que sintió la primera vez que su madre se atrevió a cruzar la barrera.

– No importa… –, respondió Leia, – Lo importante es que te tengo –

¿Qué acaso no había comenzado de ese modo la última vez?, Lola podía ser tan… posesiva, respecto a su persona. Quería que estuviese para ella todo el tiempo y en toda ocasión, resintiendo cada instancia en la que otra persona a la que ella considerase indigna le robase un poco de su tiempo.

Y él la amaba por eso, una pequeña parte de su ser adoraba a la posesiva, celosa y obsesiva hermana que quería adueñarse de su alma.

– Leía, tienes que soltarme –, le pidió a la joven, recibiendo de parte de ella una fría negativa.

– No puedo hacer eso Linky –

Los mismos labios que tantas veces le sonrieron en secreto se anclaron sobre la piel expuesta del cuello, deteniendo su pulso y sus pensamientos.

Iría al infierno y su castigo sería ver la destrucción de la familia a la que amaba y que no podía tener.

– Leia… por favor, no más –

Leia se apartó de su cuello dejando a su paso un largo y delgado trazo de saliva que limpió con el dorso de su mano, solo entonces Lincoln se dio cuenta de que debajo de la colcha estaba desnuda.

Su corazón se desplomó hasta el piso, ¿qué le había hecho a su hija, a su familia?

– Si te suelto ahora –, susurró ella, – Jamas volveré a tenerte –

–Mamá siempre tiene lo que quiere y nunca da nada a cambio. No es justo para ti ni para mi –, murmuró cabizbaja, – Y sé, sé muy bien que te sientes culpable por abandonarnos, pero no fue tu culpa –

Deseaba creer esas palabras con todo su ser, mas, sabía que no eran ciertas. Su hija no tenía idea del alcance total de su traición.

Leia no pudo evitar el sentir lastima al verlo tan herido. Su pobre Lincoln seguía sin comprender que a pesar de todo ella lo amaba, que era la persona más importante de su vida junto con mamá y que por nada del mundo los resentía por lo que había sucedido. No era responsabilidad de ellos el que sus vidas acabasen así, solo que aún no lo aceptaban, pero ella se encargaría de remediar eso.

– Eres un buen hombre que ha cometido muchos errores, pero a pesar de eso sigues luchando, es por eso que no odio –

Sus palabras lograron calmar un poco a Lincoln, no mucho, pero lo suficiente como para que siguiese escuchando.

– Por eso… no te sientas culpable de lo que va a pasar, no es tu culpa. Yo lo decidí por mi misma –

Sintió los labios de su hija posarse sobre los suyos. Leia era tan… cálida, intensa, al igual que Lola, incluso existía ese fantasmal trazo de ternura que estaba seguro pocos conocían en realidad. Poco a poco le fue correspondiendo, abandonando trozos de su humanidad junto al repicar quieto de su pecaminoso corazón. Era un beso que de inocente no tenía nada, un gesto empapado de temor al rechazo, tal y como en aquella primera ocasión en que su mundo se vino abajo.

Todo gracias a un corazón roto.

– Te amo papá, y tú me amas –

Te amo Linky, gracias por estar siempre a mi lado, gracias por creer en mi, por apoyarme siempre –

La oscuridad inmensa de más de una década en silencio lo arrastró lejos de cualquier otro recuerdo que no fuese el de su amada hermana rogando por algo de atención, y él, preso de su encanto, aferrándose a su luz la cual se desvaneció entre sus brazos.

Lola no se merecía esto, ni Leia y ni siquiera él.

No importa lo que los otros digan, solo tú me haces sentir feliz –

Cerró los ojos y sacudió la cabeza, Lola iba a matarlo en cuanto llegase a casa.

– ¿Lincoln?, ¿me amas verdad? –

Su hermana iba a matarlo, pero, ¿realmente quería seguir viviendo así?, llevaba tanto tiempo escapando de lo que debió haber acabado hacia ya tanto que no le veía sentido a su existencia.

Lo único que lo había devuelto a la vida era asegurarse de que Lola estuviese bien, y que su hija fuese feliz.

– Por favor responde, no… no me odies Lincoln –

La redención que tanto añoraba se esfumó al escuchar la voz suplicante de su hija, Leia lo vio a los ojos y el asintió tranquilo, recuperando esa resplandeciente sonrisa que colmaba su mundo. Ella era su niña y la amaba más que a su vida, y le ofrecería su mente, cuerpo y alma, al igual que en aquella primera ocasión…

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Fin del primer capítulo.

Ja!, y ni siquiera entré en lo rikolino