Taciturnos eran sus ojos frente al piano. El sudor le chorreaba por la frente entremezclándose con el rojo de la herida sobre su ceja, palpitante y llevadero a los infiernos. Tenía una mueca espantosa en el rostro, enseñando los incisivos en muestra de dolor agarrándose las costillas, producto de una fuerte patada por parte de aquel bruto peliblanco que los había encontrado.

Su mente divagaba entre el tacto de sus labios contra la nívea piel de la joven y el sabor agridulce de su femeneidad, el cual le hacía cosquillas en su lengua y paladar, aún con el sabor metálico de la sangre opacándolo.
Hans observaba el firmamento, lágrimas coronaban sus ojos. Sus dedos indicaron al silencio que ya no era bienvenido y su llanto fue oído por los que les ha dolido el corazón.

Otro sitio, lejos, donde las lágrimas se congelan al despedirse de las cornisas de los ojos, una joven de cabellos platinados sollozaba dentro del carruaje. Su vestido de terciopelo tono añil no era comparación con su gélida mirada, una simple veta de la naturaleza. La joven cubría su angelical rostro entre sus manos mientras el violín de su padre yacía en el suelo del carruaje hecha añicos, con las cuerdas cortadas y el diapasón partido.

El cochero la oía, con una angustia innenarrable. La historia de los amantes de hielo y notas había corrido por todo el pueblo y no todos estaban de acuerdo. El hombre de buen corazón, no pudo evitar recordar sus años de juventud cuando decidió hacer lo mismo. Terminó de la misma manera.

El pianista desolado sin una partitura intacta y con la nieve en sus labios, ansioso del siguiente invierno. La violinista con su instrumento derruido, el corazón roto y las lágrimas de impotencia, se alejaba del lugar con rumbo incierto.

Todo por una maldita tonada...