Mi abuelo me contó una historia que la recordaré hasta mis últimos días. Una acerca de un león que fue retado por el halcón a cometer una imprudencia. Lo engañó diciéndole que el no podría ser rey de la selva si no se coronaba como uno. El halcón era el rey de los cielos y según él, ya se había coronado con la mítica criatura que le dió el título. El león orgulloso no podía dejarse del halcón y aceptó el reto.

Era algo aparentemente sencillo: Debía tomar la forma de la más repugnante de las criaturas y emprender un viaje en busca de una mujer bruja en las más remotas colinas nevadas. Nunca le dijo como, solo le entregó una zampoña y un pequeño rubí. Debía de calmar a la bestia que lo esperaba al pie de su guarida con aquello.

El león viajó por meses, sin acostumbrarse a sus dos piernas humanas hasta llegar a una tierra desértica, donde la nieve cubría. Un esplendor blanquecino para sus ojos, tan acostumbrados a férreo panorama de la sabana.

Llegó a una cueva entre las montañas, donde había esculturas de hielo de otros animales tan realistas que le causaban escalofríos. Sin embargo, hubo una que le llamó la atención: una serpiente blanca con solo un ojo de rubí.

Se acercó a la estatua y le colocó el otro ojo. Tras de sí se oyó una risa delicada de mujer.

Una bella joven de cabellos blancos como la nieve y unos ojos incapaces de olvidar: uno del mismo tono del hielo y otro tan profundo rojo como la sangre.

-¿Qué lo trae por aquí, apuesto caballero?

El león aclaró su garganta, estupefacto por tanta belleza antinatural que no se había percatado como la escultura de la serpiente había cobrado vida y reptaba tras de sí. Cuando por fin lo notó, ya era demasiado tarde. La serpiente le había mordido en la pierna y el veneno comenzaba a hacer efecto casi inmediato.

La bruja sonreía al verlo agonizar mientras poco a poco, el hombre tomaba su verdadera forma de león y rugía de dolor.

-Cómo siempre, realizas un excelente trabajo hermana. Tenemos nuevo integrante a nuestra colección...

Por las estalactitas de la cueva, un halcón sobrevoló el panorama con su silencioso batir de alas para posarse en el hombro de la bruja de hielo. Allí proclamó un chillido al león, ya en el suelo exhalando sus últimos respiros.

Lo último que alcanzó a ver el león es como el halcón que lo había engañado se transformaba en una mujer de cabellos de fuego salvaje y le dedicaba una sonrisa malévola. Apreciaba como su presa expiraba abrazada a su querida hermana bruja. Tenía el mismo diabólico patrón de ojos y el brillo de los dos ojos de rubí lo cegaron hasta sumirse en la más repulsiva oscuridad.

Y allí, el león orgulloso se convirtió en una de las esculturas guardianas de las hermanas brujas, justo al lado de la escultura de serpiente de ojos de rubí.