Sombras.

Su respiración era regular y lenta. Aunque sabía que no muchas criaturas tienen la audición tan desarrollada como para oír esas cosas, intentaba que el aire que llegaba a sus pulmones hiciese su recorrido imperceptiblemente. Sus músculos estaban tensos y preparados para realizar cualquier movimiento. El enorme arco negro y plata descansaba en el suelo frente a ella, una de sus manos se mantenía sobre su superficie, lista para tomarlo cuando apareciera su presa… No, no estaba cazando en esos momentos… Aunque la sensación era muy parecida. A unos metros de ella, una rama se partía ruidosamente. Apretó sus dientes con rabia, de nada serviría que ella se mantuviera silenciosa y oculta, si esa bola de ineptos seguía descubriendo su posición con sus descuidos… Aun así, no dejó su escondite entre las sombras.

Esa misma mañana, cuando el cielo apenas aclaraba, Keruri emprendió su camino, seguida de una malhumorada Rin (Ella no recordaba que la dulce niña que conoció en algún momento odiara tanto madrugar) y de los inaguantables hombres (el hombre y el mitad bestia) que aún pretendían seguirles disimuladamente a pesar de que la niña ya había armado un alboroto cuando los descubrió a media noche durmiendo junto al fuego.

La joven lobo los guió a través de la vegetación, el lodo y los insectos durante mucho tiempo, hasta que al fin, cuando el sol se acercaba a lo más alto del cielo, se detuvo abruptamente (Rin tropezó con su espalda y faltó poco para que Inuyasha hiciera lo mismo) en un claro que estaba delimitado por el interminable bosque y una gran pared rocosa. "Muy bien, parece que ya no tienes a donde ir, ¿te seguirás negando a hablar con nosotros?" Fueron las palabras que la chica pronunció antes de caminar lentamente al espacio de hierba que a su juicio tenía menos lodo, y sentarse con su impecable postura observando la pared de rocas que se alzaba en frente.

Rin y Miroku, cada uno por su lado, decidieron que el sol y esa calorosa vestimenta habían llevado a la locura a su joven amiga. Solo Inuyasha parecía seguir confiando en el juicio de la loba, y desde su 'escondite' detrás de un arbusto, vigilaba todo lo que ocurría con una expresión similar a la de la chica.

Después de unos breves segundos, una voz quejosa contestó. "Estoy cansado de tener que lidiar con este tipo de intromisiones, ¿por qué ya nadie respeta a los espíritus del bosque? ¿Quién te crees que eres y cómo te atreves a presentarte ante mí junto a seres humanos?"

Rin, quien se había sentado junto a su compañera, abrió los ojos con gran sorpresa, pero al comprobar que Keruri no se había inmutado, recobró su tranquilidad. La joven lobo no sonó tan dura al responder. "¡Oh, vamos! ¡No me digas que alguien tan poderoso como tú le teme a un insignificante niño! No puedo creer que el Gran Royakan del que hablaba mi padre sea tan cobarde."

El nombre no le sonó de nada al monje quien sostenía en alto su brillante báculo desde que la extraña conversación inició, pero al descubrir como aparecía ante ellos la fea criatura de gran cabeza con la que cruzaron caminos durante su aventura; se relajó de tal modo que decidió que podría recostarse en la roca que tenía en frente y tal vez dormitar un poco.

"Los humanos son destructivos y egoístas sin importar su edad. Son seres que no sienten respeto ni por los seres vivos, ni por los espíritus. Incluso son capaces de atacar a los miembros de su propia especie, si con ello logran una satisfacción personal. Nadie puede negar que es natural desconfiar de algo así."

Fue entonces cuando Rin observó, por primera vez desde que se habían encontrado, lo más cercano a una sonrisa llena de amabilidad y compresión en el rostro de Keruri. "No discutiré eso, porque creo que no te equivocas."

Los enormes ojos azulados del escupidor de canes evaluaron el tono de la chica y después de unos largos minutos de titubear y de sopesar su situación, finalmente abrió su gigantesca boca para decir algo coherente: "Tu padre… ¿Cuál es su nombre?"

Después de eso Keruri no dudó que podría conseguir al Protector del Bosque como aliado, después de mencionar a su padre, Royakan adoptó una actitud más accesible; la chica ya estaba saboreando su victoria, cuando tropezó con un obstáculo inesperado. El lobo cabezón, sin duda, deseaba ayudar a su clan, pero cuando se habló del viaje que les esperaba para llegar a su territorio, el can tuvo que confesar que no le sería posible ausentarse tanto tiempo de su hogar, alejarse del bosque significaría dejar sin protección a los espíritus y animales que en él habitaban, demasiadas vidas dependían de él y no estaba dispuesto a abandonarles.

Era demasiado odioso, la chica lobo no solo aceptó lo muy razonable que era el cabezón comedor de hojas, sino que además se vio obligada a expresar su admiración y respeto ante tal demostración de fidelidad, agradeció con mucho gusto los cinco o seis lobos de tres ojos que Royakan ofreció vomitar para ella (¡Como si hicieran alguna diferencia!) y terminó prometiéndole a esa extraña criatura (que no paró de derramar enormes lágrimas a través de esos gigantescos ojos) que se desharía del problema de invasión que tenía desde hace mucho.

Keruri no era una negociadora. Eso estaba probado. Y más que la interminable espera, más que la rabia que le causaba que fuesen tan inútiles sus dos únicos compañeros de caza (¡Ah! ¡Por última vez, ella no estaba cazando! ¡¿Por qué no podía mantener eso en mente?!)… Más que lo enojada que estaba con Rin porque esa chiquilla simplemente se empeñó en no ir con ellos y pasar su tiempo esperando junto a un cabezón desconocido de buenas a primeras… Más que todo eso, lo que en verdad le hacía gruñir por lo bajo, era que ella fuese tan… ESTÚPIDA.

El sonido de un grupo grande acercándose por el camino detuvo sus pensamientos. Si ella había aceptado hacer esto, lo haría bien. Ella no dejaba las cosas a la mitad.

Se concentró en aquel ruido, metal contra metal… Una sonrisa se dibujó en su rostro, ¡Justo lo que estaba esperando! Estas personas tenían armaduras, por lo tanto, también tenían armas.

Su respiración se volvió aún más calmada. Después de un pequeño y silencioso suspiro, cambió su posición, rodó una vez sobre su espalda y se colocó de pie detrás de un pequeño árbol oculto entre las sobras de los de mayor tamaño; su arco en la mano derecha, y una larga flecha negra en la izquierda.

Inuyasha y Miroku se tensaron. El movimiento de la loba fue demasiado rápido y ya no tenían idea de dónde estaba su joven amiga.

Keruri permitió que la poca luz que se colaba entre las hojas que estaban sobre su cabeza iluminara su rostro brevemente, mientras estudiaba a quienes se aproximaban. Muy pocas criaturas podrían distinguir algo a esa distancia, pero para ella esto no era un problema. Tenía buena vista. Casi una docena de soldados armados, dos mulas y un pequeño carruaje sencillo. La falta de adornos inútiles y femeninos en ese medio de transporte indicaba que adentro estaba un hombre. Ella tendría que hacerles frente a once varones armados. Y por lo que veía en ese instante, once katanas, ocho lanzas, un gran mazo, ocho cuchillas… Y tres arcos.

Mostrando una nueva sonrisa, la chica lobo cargó su arco y lo apuntó al sitio, donde según ella, aparecerían sus presas… "Todo listo."

Lo siguiente que supieron Inuyasha y Miroku fue que tras ver una especie de luz voladora, el techo del carruaje ardía en llamas.

Pobres hombres.

Estaban tan sorprendidos que no se movieron por algún tiempo y Keruri lo aprovechó muy bien, se acercó más, sin miedo a ser notada, y descubrió lo que le interesaba.

Cuando, por fin, uno de los sujetos llamó al orden e indicó que todos debían ayudar a la persona que estaba adentro y controlar a los animales asustados, el más alto y fuerte de todos ellos cayó al suelo profiriendo un gemido. Y quienes dirigieron su mirada a donde él estaba de pie segundos atrás, se encontraron con la imagen de una linda jovencita vestida de negro, con su pierna extendida en el aire con tanta gracia que parecía estar en medio de un paso de baile.

La hermosa criatura no pudo ser admirada por demasiado tiempo, porque mientras los débiles humanos procesaban lentamente lo que estaban viendo (la mayoría probablemente acababan de notar su cola), Keruri miró con satisfacción el resultado de una buena patada en la quijada y luego desapareció en un remolino de viento.

"¡RAYOS! ¡ESA LOBA ESTÚPIDA!"

La voz de Inuyasha hizo estallar en pánico a los soldados. Los gritos consecutivos de "¡A las armas!", "¡Nos atacan!" y "¡Protejan a su Señoría!" Ocultaron perfectamente las expresiones de sorpresa de los dos arqueros que se encontraban en medio del grupo.

Un chico de largas piernas y un sujeto regordete fueron las siguientes víctimas de Keruri, quien aprovechando que toda la atención era dirigida al mitad bestia, corrió a una velocidad increíble, apareciendo ante la vista de todos desde un remolino de viento y polvo que se desvaneció entre los usuarios de los arcos. Cuando los que eran sus objetivos entendieron lo que ocurría, solo pudieron captar la enorme sonrisa del monstro, antes de ser lanzados por los aires. La joven lobo no jugaba con el tiempo, tomó con su mano derecha el carcaj que el hombre gordo cargaba y con un movimiento brusco se posesionó de él, mientras que al mismo tiempo, cortaba con un cuchillo ninja las correas del carcaj del más joven, antes de patearle en la espalda.

Las personas que estaban alrededor de ella intentaron herirla con sus espadas y lanzas, pero Keruri, gracias a su preciado instinto, logró esquivar artísticamente todos los peligros, incluyendo las patadas de las mulas, y después de salir del alcance de los soldados con un gran salto, aterrizó en las ramas de un árbol seco. Se tomó unos segundos para admirar entre el caos la forma en la que Miroku e Inuyasha procuraban luchar sin lastimar seriamente a sus oponentes. Una mueca difícil de interpretar fue su reacción ante el desorden. Luego se colgó su botín: el carcaj del gran hombre en su espalda y el que obtuvo del chico lo ató en su cinturón usando las correas rotas. De este último sacó una flecha y la estudió detenidamente. Aunque era bastante larga, no alcanzaba la longitud de las suyas. Sería complicado adaptarse para usarlas, pero no tenía otra opción.

Suspiró. Luego buscó a Inuyasha a quien le estaba costando más todo esto, y utilizando su hermoso arco lanzó la saeta. Ésta voló hasta clavarse en la sandalia de un espadachín, desgarrando las correas y haciendo que el sujeto se tropezara torpemente y cayera al suelo en un charco. Una sonrisa se dibujó en sus labios. No estaban mal. Podría aprovecharlas.

Keruri se hubiera perdido en su satisfacción en aquel momento de no ser porque sus instintos la llevaron a reaccionar y saltar al suelo justo cuando una flecha se clavaba en la rama donde antes había estado. ¡Qué tonto! ¡El tercer arquero acababa de revelar su posición en la multitud!

Sin pensarlo dos veces la joven sacó de su funda la brillante katana cuya hoja lucía una línea negra continua que dibujaba una serie de cuadros y rectángulos desde la punta afilada hasta la base de la misma y en el mango. Decidida, ingresó en la multitud abriéndose paso a través del pequeño desorden, haciéndole frente a los que la atacaban.

Unos segundos más tarde, mientras estaba atrapada en una pequeña lucha contra el hombre más grande y su mazo, vislumbró al arquero, un hombre moreno con grandes ojeras. Sin intenciones de malgastar su tiempo, se preparó para herir seriamente a su contrincante, pero antes de poder hacer algo una mancha roja se interpuso en su camino. Inuyasha le propinó un gran golpe con su puño al gigantón y tras gritarle amenazantemente "¡Sal de mi camino, adefesio!" Se concentró únicamente en el par de ojos oliva que le reprochaban su intervención.

"No necesitaba tu ayuda." Le dijo la chica lobo, quien al notar que el chico de orejas peludas procuraba bloquearle el paso agregó en un gruñido. "Apártate, aún no termino."

"No. Ya se acabó." La voz dura de Inuyasha no tuvo efecto alguno en la loba. Esto sacó de sus casillas al mitad perro y con una de sus manos sujetó la parte superior de la armadura de la chica. "¡Jamás dijiste que atacaríamos a humanos! ¡Cuando dijiste que ayudarías a esa bestia con sus problemas creímos que te referías a los mostros insecto! ¡No vamos a ayudarte si…!"

"¡No lo hagan!" Con el dorso de su brazo, sin soltar su katana, apartó la mano de su compañero con más fuerza de la necesaria. "¡Jamás les pedí su ayuda!"

"¡ME TIENES HARTO, IDIOTA!"

Ese grito fue lo que distrajo al sujeto que atacaba a Miroku. El monje, después de utilizar su báculo para dejarlo inconsciente, logró ver el momento en el que Inuyasha desenvainaba Tetsusaiga y le volvía a cortar el paso a su joven compañera. Suspiró cansinamente mientras estrellaba su codo en el rostro de otra persona. Sabía que su amigo no tenía verdaderas intenciones de dañarla, pero antes de que esos dos se enfrascaran en una lucha inútil debía intervenir. Y lo hubiera hecho, de no ser porque el gigante con mazo se dirigía hacia él, seguramente con intenciones de tener un buen enfrentamiento después de haber sido ignorado de esa forma por una mujer.

Ante sus ojos, la enorme hoja de la famosa espada se extendía peligrosamente, solo en ese momento, teniéndola así de cerca, Keruri se dio cuenta de lo impresionante y gruesa que era la katana. Comprendió un poco la razón por la que cada vez que el mitad perro la utilizaba su cuerpo reaccionaba y le pedía salir huyendo. No, no era solo lo imponente del arma. Su mirada se dirigió hacia su usuario. Era Inuyasha. El verdadero motivo de que sus instintos reaccionaren ante ese objeto era porque estaba en manos de un imbécil, ahora lo veía claramente. Ella viajó durante mucho tiempo junto a alguien que manejaba más de un arma comparable con esa, mucho más poderosas incluso, pero nunca se sintió intimidada por ellas, porque jamás sintió que pudieran ser usadas en su contra. En cambio Tetsusaiga estaba en manos de alguien explosivo e irritable, capaz de atacarle sin dudar, solo para proteger a unas criaturas tan ajenas a ellos.

Su cuerpo le insistía interminablemente que corriera, sus músculos estaban listos para huir, pero la rabia que ella sentía en ese momento le obligó a permanecer allí. Sus dos manos se aferraron con más fuerza a su espada y su expresión mostraba sus colmillos.

No le importaba si era la intención o no de Inuyasha, pero lucharía contra él. ¡¿Cómo podía este ser su hermano?! ¡Eran tan distintos! ¡Ella jamás se había sentido amenazada por el hermano mayor! No. Todo lo contrario. ¡Ella se sentía muy segura junto a aquel!

Para ella, para los suyos, lo más importante era la confianza y la fidelidad. En el clan, en los grupos de caza, entre amigos, en las familias, en su hogar, en su territorio… Eso era lo único que importaba. Era cierto que ella protegía humanos, pero nunca sería capaz de ponerlos antes que a sus compañeros.

¡Estaba ofendida! Ya no le importaba la razón por la que había ido hasta allá, la razón por la que estaban rodeados de enemigos, ni cuál era su objetivo. Keruri alzó en alto su katana y se abalanzó contra el mitad perro. Contra el traidor en el que había depositado su confianza.

Inuyasha no esperaba una reacción como esa, aún estaba algo aturdido y evitaba torpemente las arremetidas de la loba protegiéndose con su arma. La había hecho enojar. Esos estúpidos animales salvajes no entendían de razones llegados a ese punto. Lo mejor que podía hacer en ese momento era utilizar su fuerza bruta para desarmarla y arrastrarla lejos de esas persona inocentes… Tal vez si la amarraba a un árbol, podrían tener algún tipo de conversación.

El mitad bestia logró alejarse de ella lo suficiente como para blandir su espada de tal forma que hizo a la chica retroceder. Regresó su espada a la funda y se preparó para utilizar sus puños, jamás tuvo la intención de causarle un verdadero daño. Pero Keruri aún temblaba debido a la ira que sentía, e interpretando las acciones de Inuyasha como una demostración de su menos precio hacia ella, se dispuso a atacarlo, ahora sintiendo como su energía se concentraba en sus manos y su respiración se volvía más profunda, sentía el calor aumentando en sus palmas y no lucharía por controlarlo.

Ambos contrincantes corrieron el uno contra el otro, nadie se interpondría, los soldados notaron que sus fuerzas no tendrían efecto en una pelea de monstros y se concentraron en el único enemigo que estaba a su altura, Miroku se las arreglaba como podía.

La lucha continuaría por mucho tiempo. Sin embargo, en el momento exacto en el que la joven lobo levantaba su arma sobre su cabeza para una estocada que causaría mucho daño, su cuerpo dejó de responderle.

No podía moverse. El aire se había vuelto pesado, y a través de su espalda corrían fuertes escalofríos.

"¡¿Qué rayos…?!" Las palabras de Inuyasha, pronunciadas con cierta dificultad, la obligaron a prestar atención a lo que sucedía a su alrededor. Frente a ella, con un puño que apuntaba a su rostro, se encontraba el mitad bestia, quien estaba en la misma situación que ella, como una estatua inerte, la única prueba de que era un ser vivo era el temblor de sus extremidades y las palabrotas que salían de su boca. Estaban atrapados, pero, ¿por quién?

A su derecha un ruido metálico llamó su atención. Notó como Inuyaha lograba girar su rostro para observar lo que sucedía. Ella no lograba hacerlo y eso le desesperaba. Al final se controló lo suficiente como para dirigir sus ojos hacia esa dirección.

Con dificultad distinguió en el suelo, de rodillas la figura de Miroku atado y amordazado. Lo habían atrapado, pero no parecía afectado por el aire viciado como ellos lo estaban… No, aparentemente solo Inuyasha y ella se sentían así; los soldados que se habían puesto en fila detrás del monje golpeado también estaban tranquilos, respiraban agitadamente por el cansancio, pero nada más. Todos estaban haciendo una extraña reverencia y poco a poco todos murmuraron dos palabras: "Su Señoría."

Hasta entonces no se había percatado de esa presencia, a su izquierda, Keruri sintió una energía enorme que antes no estaba allí. Con gran esfuerzo, se obligó a mirar a la fuente de esa aura. Inuyasha tardó menos tiempo en girarse hacia la misma dirección.

De pie, a pocos metros de ellos, estaba un hombre bajo y bastante gordo, vestido con un atuendo religioso de colores brillantes. Era la persona que había estado viajando en la carroza el que ahora, con un enorme rosario que sostenía entre sus manos enlazadas en su pecho, les miraba frunciendo el ceño. No, a ella no, a Inuyasha.

"¿Cómo es que aún puedes moverte?" Tenía un acento muy raro y hablaba con mucha autoridad. El extraño monje se aproximó a ellos con demasiada confianza mientras estudiaba al joven. "¡Ah! ¿Podría ser…? ¿Acaso eres un mestizo? Eso debes ser."

"¡¿Algún problema con ello, vejete apestoso?!" Keruri estaba frustrada. ¿Cómo era posible que Inuyasha se las arreglara para gritar boberías, mientras ella tenía tantas dificultades incluso para parpadear?

"Por supuesto que no. Eso jamás ha sido un impedimento para la purificación."

"¿La qué?"

"Purificación." El sacerdote ahora se paseaba entre ellos dos como si estuviera admirando una obra de arte. "Es lo que hago. Limpio el mundo de la violencia causada por presencias malignas como tú y esta criatura."

Oh, no. ¿Eso significaba que quería destruirlos? ¡¿Cómo había ocurrido esto?! Keruri recordaba esa sensación. Purificación. Era algo doloroso. Ella había permanecido en el Monte Hakurei lo suficiente como para que quedara grabado en su memoria el horrible efecto. Aunque se internó solo hasta donde sus capacidades le permitieron, su cuerpo se resintió por un tiempo.

Ahora, mientras Inuyasha no paraba de proferir insultos, ella era inundada por el miedo. Había sido una tonta, y debía escapar cuanto antes, logró cerrar los ojos con fuerza mientras bajaba su espada tratando de alcanzar su pie, su padre le había dicho en alguna oportunidad que muchas veces el dolor permitía que la mente se librara de ciertos tipos de control utilizados por los religiosos.

El monje había empezado a pronunciar una serie de rezos, y aún lo hacía mientras posaba sus manos sobre los hombros de ambas criaturas.

Keruri estaba desesperada, ¿le daría tiempo de escapar? ¿Tendría que dejar a Inuyasha atrás para salvarse?

Intentó removerse desesperadamente, pero la energía a su alrededor estaba aumentando. Empezó a sentir punzadas dolorosas a lo largo de todo su cuerpo, y ya ni siquiera podía abrir los ojos para observar cómo estaba Inuyasha, quien (sobre el zumbido de sus oídos) parecía estar gritando. El aire se negaba a entrar en sus pulmones y sentía que…

Ese sonido.

A sus oídos llegó el sonido de mil campanillas… ¡El zumbido desaparecía! ¡Y su respiración se volvió agitada y ruidosa como si estuviera intentando recuperar el aire que faltaba! La mano de aquel hombre ya no estaba en su hombro. Keruri abrió sus ojos sorprendida, sin comprender nada observó cómo Inuyasha se hallaba de rodillas frente a ella, su pecho subía y bajaba igual que el de ella, agitadamente. A su izquierda el sacerdote se encontraba temblando en el suelo, sosteniendo su muñeca, alrededor de él miles de cuentas que habían conformado su rosario. Y entonces se percató de la pequeña figura verde que acababa de detenerse. "Amo bonito, ¿por qué estábamos corriendo en esta…?"

Sus ojos se cruzaron con su mirada… Pero antes de que el enano recuperara el habla. Keruri abría aún más sus ojos. ¿Esto era posible? Empezó a buscar con desesperación a su alrededor. ¿Dónde estaba él?

En ese instante, el ruido metálico de su espada cayendo al suelo la llamó a la realidad. Miró el arma en el suelo, y luego observó su muñeca. Una mano larga y elegante había evitado que se hiciera daño con la katana (y que se hubiera desplomado en el suelo como el mitad bestia), la sostenía con demasiada fuerza y Keruri se hubiera quejado escandalosamente sobre ello de no ser porque reconoció las marcas rojizas de esa piel blanca… Su cabeza giró rápidamente.

Esos ojos dorados.

"¡Ses… Sesshōmaru-sama!"

"¡¿Nos dirigimos al mar?!"

¡Wouh! Teruri volteó los ojos descaradamente ante la pregunta que por enésima vez le hacían los subalternos de Kōga junto a los que caminaba a un ritmo constante a través de la vegetación boscosa. ¡Con razón Kōga había decidido viajar con pocos seguidores aquella vez! ¡Esta gente era leeeenta!

"Es exactamente lo que dije." (Desde que partimos). "Nos dirigimos al mar."

En ese instante alcanzaban al joven líder que esperaba con los brazos cruzados por ellos. A pesar de haber acordado que parte del camino se haría andando, Kōga simplemente era rápido, e incluso cuando andaba, se veía obligado a esperar por los demás.

Silencio. Todos esperaron a que la pelea iniciara nuevamente. Teruri y Kōga lo hacían regularmente. En especial porque, como Ginta y Hakaku habían señalado a sus camaradas, su admirado líder era extremadamente tonto y no pensaba antes de hablar. Aunque también había surgido la teoría de que su amable jefe no dejaba de molestar a la joven para distraerle de sus penas.

Sin embargo, esta vez, ambos lobos solo se limitaron a intercambiar miradas de forma intensa. Tras unos segundos en los que solo se dibujó una sonrisa extraña en los labios de ambos (haciendo que la manada entera sintiera escalofríos), la chica siguió su camino. Luego el líder fue tras ellas pronunciando un "¡¿Qué esperan?!"

Rápidamente todos retomaron el camino, y la mayoría apuró el paso hasta volver a estar a la altura de la muchacha que vestía pieles negras.

"Pero, Teruri-san…" El joven Mio, que caminaba entre la chica y el enorme lobo que la acompañaba volvió a la conversación anterior. "¿No nos había dicho que su territorio se encontraba a gran altura?"

"Y es así. Pero antes de ir hasta allá tenemos que hacer una parada más. Debemos buscar a unos amigos antes de volver a mi hogar."

Ayame, que estaba junto a Kōga, pudo haber jurado que éste acababa de gruñir. Y creyó entender lo que pensaba su prometido. "¿No irán a negarnos su apoyo? Somos suficientes ahora, deberíamos…"

"No. Mientras podamos recibir más ayuda mejor." Teruri ni siquiera volteó para contestar. "Además, no hay duda de que conseguiremos apoyo. Dejé los clanes que con seguridad se nos unirían para el final de mi viaje."

"¿Con seguridad?" Había algo que Ayame no estaba viendo y eso no le gustaba. "¿Estabas segura de que Kōga te apoyaría? ¿Por qué? ¿Por qué él ama a los humanos?"

Otro gruñido de parte del chico alto de cabello oscuro.

"¿Qué…? No. No es por eso." Teruri se detuvo, rió ante la expresión confundida de la loba. "Sabía que sería así porque Kōga-kun está en deuda conmigo, ¿no es así?"

El tercer gruñido. Después de eso Kōga salió corriendo sin decir nada, dejando atrás las quejas de sus compañeros. La mayor parte de la manada se apresuraró tras él.

Ginta, con una expresión cansina en el rostro era uno de los pocos que habían seguido caminando. "¿Y bien, Teruri-chan? ¿Cómo es esta manada a la que visitaremos?"